martes, 17 de enero de 2017

Luz Casanova: mujer apóstol, mujer de periferias



El Papa ha reconocido como venerable a Luz Casanova. El 8 de enero se celebraron los 68 años de su muerte en Madrid en la casa fundacional de la congregación de Apostólicas del Corazón de Jesús
Nace en Avilés el 28 de agosto de 1873 en el seno de una familia aristocrática, aunque la mayor parte de su vida trascurrirá en las periferias de Madrid. El derecho a la educación y a la salud de los últimos de la ciudad la llevará a crear una amplia red de escuelas populares dirigidas por mujeres, con el apoyo del cardenal Merry del Vall y el patronato de enfermos, como una red integral de atención sociosanitaria, apoyándose en el voluntariado social. En 1924, en unos ejercicios espirituales acompañados por el jesuita san José María Rubio, junto a otras compañeras decide fundar la congregación de la Apostólicas del Corazón de Jesús para dar estabilidad a los proyectos generados. Una congregación cuyo fin es la evangelización en el mundo de la marginación. «El amor más ardiente al Salvador y la máxima estima de la dignidad de la persona»; «tener un oído atento al murmullo de los pobres»; «la flexibilidad a circunstancias tiempos y lugares»… son algunos de los rasgos de la congregación desde su origen.
La vida incansable de Luz Casanova entre los pobres no estuvo nunca reñida con su preocupación por la formación y su gusto por escribir y abrir nuevos horizontes para las mujeres en la Iglesia. Lo cual la llevó a tener una intensa actividad en el Apostolado de la Prensa, viajar a Alemania para conocer la Pastoral Social y escribir unos ejercicios espirituales que durante años dio en secreto a otras mujeres. Murió en 1949 en Madrid.
Luz Casanova hoy
Luz Casanova encarna un tipo de Iglesia, la Iglesia en salida a las periferias que necesita de mujeres y hombres con «oído atento al murmullo de los empobrecidos y empobrecidas» que se dejan afectar por el Espíritu de Jesús para conducir su vida sin otra ley que «la ley interior de la caridad», porque el prójimo y el valor de la dignidad de la persona son la norma suprema en el Evangelio. En definitiva: la libertad, la agilidad y la creatividad del Evangelio al servicio de los últimos de la ciudad, pues ellos son los vicarios, los representantes de Cristo. Así fue la vida de Luz. Su historia es un icono del seguimiento a Jesús en las periferias, desde sus primeros encuentros con los pobres a los que empieza a convocar en el salón familiar de su casa, pasando por la creación de escuelas. También están los años duros de la guerra, cuando se resiste a cerrar y abandonar las obras sociales y educativas porque «la gente está preocupada por la quema de conventos; pero a mí lo que me quita el sueño es no poder dar de comer a la gente». En los últimos años de su vida creó albergues y puso en marcha proyectos socioeducativos dirigidos a la promoción y la evangelización de las de las personas más excluidas.
Una fe de camino
Toda su vida estuvo movida por «el más ardiente amor al Salvador y la máxima estima de la dignidad de la persona». Su fe, como nos insta el Papa Francisco, «no fue una fe de laboratorio, sino una fe histórica, una fe de camino», que hizo de su vida un permanente éxodo del centro a los márgenes para hacer comunidad de destino con quienes habitaban en ellos. Una fe que la llevó a romper con el círculo de confort y seguridad para el que había sido educada y a descubrir que lo que ella había recibido como un privilegio –techo, educación, salud, conocimiento del Evangelio, etcétera–, tenía que ser devuelto a los pobres como un derecho universalizable.
Reconocer a Luz Casanova como venerable significa también descubrirla como maestra de espiritualidad apostólica, de una espiritualidad contemplativa en la acción, en la que la complejidad de lo real y los compromisos por otro mundo posible no son un inconveniente para el encuentro con Dios, sino justo su condición. Una espiritualidad que conlleva una forma de vida atenta la realidad, buscando el querer de Dios en los acontecimientos desde la actitud y la práctica de discernimiento, con la confianza, la libertad y el riesgo que ello conlleva. En definitiva, una espiritualidad que no separa la fe de la justicia, la oración de la actuación, la pasión de la razón, las necesidades espirituales de las materiales. Una espiritualidad eucarística, de banquete y acción de gracias. Una espiritualidad de mesa compartida, donde sentarnos juntas y juntos con los excluidos del reparto de los bienes de la tierra para que dejen de serlo, para que no haya primeros ni últimos, donde nadie ocupe el centro, porque el centro es el Corazón de Cristo.
Por último, reconocer a Luz Casanova como venerable significa la apuesta por una Iglesia más laical y femenina, donde la autoridad de las mujeres no sea vista con sospecha o amenaza frente al clericalismo dominante, sino como un don del Espíritu. Luz Casanova se tomó en serio su participación en el espacio público: primero como laica, desde el apostolado femenino, creando escuelas, obras sociales dirigidas por mujeres y promoviendo la colaboración del laicado masculino y de otros religiosos y sacerdotes. Y, a partir de 1929, como fundadora de la congregación Apostólicas del Corazón de Jesús, cuyo fin es la evangelización en el mundo de los pobres. Una fundación «con el espíritu de san Ignacio pero en femenino», buscando la inculturación en las periferias y lugares de vida de los empobrecidos; cuidando el trato, la acogida y la amistad con ellos, de modo que «se sientan con derecho a contar con nosotras».
María José Torres
Autora de Espiritualidad y originalidad femenina en Luz R. Casanova (Verbo Divino)

El p. Hamel ya había sufrido un atentado en 1954: un tiroteo en el que murieron todos sus compañeros


El primer sacerdote muerto a manos de un islamista en suelo europeo en el siglo XXI ya sufrió un atentado cuando era seminarista durante la Guerra de Argelia, en 1954. Todos los ocupantes de su jeep y del que les seguía inmediatamente detrás murieron, mientras que él resultó ileso. «¿Por qué yo?», fue una pregunta que se hizo muchas veces a lo largo de su vida, durante muchos años
El sacerdote francés Jacques Hamel, muerto a manos de dos islamistas el 26 de julio de 2016, esquivó la muerte con anterioridad cuando con 23 años, siendo todavía seminarista, salió de Francia tras ser reclutado para participar en la guerra de Argelia, en 1954. Hamel sufrió entonces un atentado del que salió indemne. Mientras atravesaba el macizo de Biskra, el convoy en el que viajaba recibió una ráfaga de ametralladora: todos los ocupantes de su jeep y del que les seguía inmediatamente detrás murieron, mientras que él resultó ileso. «¿Por qué yo?», fue una pregunta que se hizo muchas veces a lo largo de su vida, durante muchos años.
Así lo desvela el periodista belga Jan de Volder en el libro Martyr. Vida y muerte del padre Jacques Hamel (Publicaciones claretianas). El sacerdote francés, que viviría después su ministerio muy implicado en desarrollar buenas relaciones con los musulmanes, quedó también muy impresionado cuando conoció la noticia del martirio de los monjes trapenses de Tibhirine, en 1996. «¿Por qué han querido suprimir todo el bien que hacían?», comentaba con sus familiares, mientras manifestaba su conmoción por el testamento espiritual del padre Christian, prior de la comunidad. La película De dioses y hombres, que narra el martirio de los religiosos, fue luego una de las preferidas del padre Jacques.
La parroquia en la que servía desde el año 2000 está enclavada en la zona de Rouen con más inmigrantes procedentes de Argelia y Marruecos. Detrás de la iglesia se encuentra la mezquita, para cuyo acceso la parroquia cedió en su día una parte de su terreno al precio simbólico de un franco, años antes de que se incorporara Hamel. La convivencia siempre fue normal, hasta el punto de que cada tres meses se organizaban en los salones parroquiales encuentros entre fieles de ambas religiones, a los que Hamel iba algunas veces.
«El Dios de los terroristas es un Dios que quiere la muerte, pero ese no es el Dios del islam. Estos jóvenes no saben lo que hacen», decía en los últimos años, cuando escuchaba noticias de algún atentado islamista. Pero poco antes de morir confesó a un amigo íntimo que tenía pesadillas en las que él resultaba agredido a la salida de la iglesia.
Días después de su martirio, durante su funeral en la catedral de Rouen, su hermana dio respuesta a la inquietud que había acompañado a Jacques durante años: por qué fue él el que salió ileso de aquel atentado en Argelia. «El Dios del amor y de la misericordia te ha elegido para estar al servicio de los demás, cultivar el amor, la apertura y la tolerancia entre los pueblos de todas las confesiones, creyentes y no creyentes, hasta tu último suspiro», dijo la hermana. Se despedía así de Jacques, el que en los funerales solía entonar un canto, que para él fue profético: «A las puertas de su mansión, nuestro Padre te espera, y los brazos de Dios se abrirán para ti».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

17 de enero: san Antonio, abad



Modelo de espiritualidad ascética, considerado como el padre del monaquismo, San Antonio nació en Egipto -al sur de Memfis, cerca del Delta del Nilo, para ser precisos- en el año 251. Sus padres eran de posición social elevada y le dejaron una fortuna considerable al morir. San Antonio tenía entonces 20 años. Inspirado por el Evangelio de San Mateo, legó una parte de sus bienes a su hermana, repartió el resto entre los pobres y marchó a vivir al desierto de Tebaida en total soledad.
Una soledad especialmente austera: baste decir que no bebía una gota de agua antes de la puesta del sol. Más de una vez, padeció tentaciones diabólicas, que logró superar. No tardó en granjearse una fama de santo y, para albergar a todos los que acudían a verle -y a veces, a quedarse con él- hizo construir edificios con celdas individuales alrededor de un claustro. Era, según San Antonio, la mejor forma de propiciar una vida de oración y de entrega a Dios.
A estos edificios los llamó monasterios, del griego mono, que significa solo. Fundó varios de ellos y estableció que a la cabeza de cada uno debía figurar un monje que fuese como un padre para el resto. De ahí la palabra abad, que procede del Evangelio y significa padre.
De excepcional longevidad, superó los 100 años de vida y se da el año 356 como fecha de su muerte.
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)
Alfa y Omega

El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 2, 23-28

Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
« ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él»
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
Palabra del Señor.