domingo, 20 de agosto de 2017

20 de agosto: san Bernardo, abad y doctor de la Iglesia



Este hombre es un ciclón y un contemplativo. Parece como si los dos polos se hubieran dado cita en su grado máximo para estar presentes en la misma persona, que a veces se ve envuelta en torbellinos de agitación y, en otras ocasiones, casi sin solución de continuidad, arrebatado por embelesos de la más alta mística. Todo se encuentra en él en extraña y simpática mezcolanza: es soldado y asceta, político y director de almas, guerrero y apóstol, fundador de monasterios y pescador de vocaciones, místico y mediador de conflictos entre príncipes. Supo conjugar su condición de fraile pío, devoto, recogido y ensimismado en el amor con la de consultor de nobles, obispos y papas. Asiste a concilios, disputa con los herejes y predica la Cruzada; pero supo sacar tiempo para ser también prolífico escritor y predicador de Jesús y de su Madre, Santa María, amados con arrobamientos.
Es un borgoñón nacido en Dijon, cerca de la llamada Suiza francesa. Hijo de Tescelin y Aleta, que tuvieron siete hijos. El padre es oficial del duque de Borgoña y la madre está dentro de la parentela del duque. Por orden descendente, Bernardo hace el número tres. La madre murió pronto.
Hacía poco que Roberto de Molesme había fundado el monasterio del Cister. Bernardo quiere hacerse uno de sus monjes, pero tropieza con la general oposición familiar que las mismas amistades apoyan, cerrando filas. La sorpresa fue mayúscula al llegar a convencerlos a varios para que le acompañasen en la decisión de entrega y son en número de treinta los que van con él a pedir el hábito al abad, al que poco le faltó para el desmayo, porque, en los catorce años de fundación, se mantenían los mismos veintiuno que comenzaron sin que se hubiera aumentado ni siquiera una unidad.
A los dos años de monje, le nombran abad de Claraval, teniendo solo veinticinco años. Es tiempo de abundantes herejías y de desaliento en la Iglesia. Tuvo que intervenir con firmeza y empleando todos los recursos de la dialéctica; pero mostró siempre talante conciliador, dejando puerta abierta y mano tendida al adversario para facilitar la reconciliación, como se vio en la lucha casera entre los cluniacenses (monjes negros) y los cistercienses (monjes blancos).
En el concilio de Estampes, intervino con ocasión del cismático y enojoso asunto del antipapa Anacleto II (Pedro Petri Leonis), apoyado por el duque de Aquitania y Roger de Sicilia, contra el papa legítimo, y logrando que el antipapa se arrodillase y pidiese perdón al verdadero sucesor de Pedro, Inocencio II. Pero esta actitud reverente con el papado no impidió que, con santa libertad, censurara personalmente al papa Honorio por haberse dejado engañar por los diplomáticos franceses, poniendo en peligro a la Iglesia.
Sacó a la luz errores teológicos y demostró con fulminante dialéctica, en el concilio de Sens, diecisiete proposiciones heréticas de Abelardo, que era el teólogo de moda, sobre la Trinidad; pero lo hizo sin humillar.
Ya cansado, y esperando el fin de su vida, le llega otro encargo que convierte en aventura, desplegando una actividad prodigiosa. Tiene ya cincuenta y seis años, pero el papa Eugenio III –llamado también Bernardo– le encarga predicar la segunda cruzada para liberar los Santos Lugares del poder musulmán. Toca a asamblea y reúne en Vécelay al rey de Francia, prelados y caballeros, nobles de todas partes y gente del pueblo; enciende y convence a Francia, Alemania y Flandes; manda emisarios a España, Italia, Hungría y Polonia. Mucho movió para obtener con la pelea unos resultados desastrosos.
Igual que en su juventud se arrojó con decisión impetuosa a un estanque helado para apagar la tentación, puso idéntica fuerza y empeño en la atención y cuidado de pobres, enfermos y menesterosos, atribuyéndose a su intervención diversos milagros de curaciones.
Fue la piedad el motor de toda su actividad, pasando al recogimiento del monje más observante a continuación del ajetreo más desenfrenado. No fueron dos vidas las de Bernardo, sino una sola y plena de amor a la Humanidad Santísima de Jesucristo –síntesis y expresión del amor de Dios al hombre– y a la Santísima Virgen –Madre de Dios y de los hombres–; ante cuya contemplación se encontraba, a pesar de su ciencia, como con un balbuceo embelesante.
En la celebración de su octavo centenario, el 24 de mayo de 1953, el papa Pío XII publica la encíclica Doctor Mellifluus, afirmando de la enseñanza de Bernardo que «Jesús es miel en los labios, melodía en los oídos y júbilo en el corazón». De María, desarrolla su papel medianero, afirmando que «nada quiso darnos el Señor que no viniera por manos de María», sentando premisas que no podrá desatender la mariología posterior, y condensando para la piedad de los fieles el contenido de la oración Memorare o Acordaos que ya rezaron nuestros bisabuelos.
La producción teológica del Doctor Bernardo no cabe en el espacio que me queda; baste como muestra de sus escritos apologéticos, Apología; de los teológicos, La Gracia y el libre albedrío; ascéticos, Los doce grados de humildad y del orgullo; místicos, Comentarios sobre el Cantar de los Cantares, y los Sermones en las fiestas de la Presentación, Anunciación y Asunción o sobre Las doce prerrogativas de la Virgen María.
El pintor sevillano Murillo (1517-1682) y su contemporáneo asturiano Juan Carreño de Miranda (1614-1685), Goya (1746-1828) y otros inmortalizaron en sus lienzos a Bernardo, expresando con pinceles los éxtasis místicos que la sola palabra es incapaz de expresar.
Archimadrid.org

El cardenal Omella llama a la paz y a la unión en la misa por las víctimas de los atentados

En un clima de oración, tristeza y esperanza, y en el marco incomparable del templo de Gaudí, el cardenal Omella presidió la misa por la paz y la concordia en el templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Con la presencia de los Reyes y demás autoridades nacionales y autonómicas. Y con una apelación, en su homilía, a la paz y a la unión.
Entre los presentes, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, la vicepresidenta, Saenz de Santamaría, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, el vocepresidente y líder de Esquerra, Jonqueras , y las alcaldesas de Barcelona, Ana Colau y de Madrid, Manuela Carmena.
Acompañan al cardenal Omella, todos los obispos de Catalunya, asi como el arzobispo emérito de Barcelona, cardenal Sistach
El obispo auxiliar de barcelona, monseñor Taltavull, introduce la ceremonia:
"Santa misa, para pedir por la paz y la concordia para nuestro pueblo y rezamos por las vívtimas de los atentados"
"Tenemos muy presentes a los heridos"
"Nuestra oración por ellos y sus familiares
"Han sido estos dias, dias de lágrimas, de muchas lágrimas, pero sobre todo de mucha humanidad"
"Hemos podido comprobar y vivir el esfuerzo de todos los ciudadanos"
"Toda esta dura realidad queremos verla transformada en una situación de paz. Una paz trabajada con el esfuerzo de todos"
"Nuestra solidaridad en nombre de todos"
Lectura del libro de Isaías: "Todos los pueblos llamarán a mi templo casa de oración"
Segunda lectura de la carta de Pablo a los Romanos: "Los dones y la llamada de Diosd son irrevocables..."
Lectura del Evangelio de Mateo: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí...La cananea lo alcanzó y se postró ante Él...No está bien echar a los perros el pan de los hijos...Es verdad, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos...Mujer, qué grande es tu fe..."

lgunas frases de la homilía del cardenal Omella
"Saludo a sus Majestades, al presidente de Portugal...al señor cardenal Sistach...
"Saludo al presidente del Gobierno, al presidente de la autonomía, a las alcaldesas..."
"Estamos unidos también a los de Cambrils, que celebran, en estos momentos, una eucaristía"
"Todos hemos recibidio estos días muestras de cercanía y de repulsa por los atentados sufridos en Barcelona y en Cambrils"
"Quiero destacar el mensaje de Su Santidad"
"El Santo Padre condenam una vez más la violencia ciega, que es una ofensa gravísima al Creador"
"Ayer por la tarde, el Papa me dejó un mensaje en el móvil: "Cardenal Omella, además, del mensaje del cardenal Parolin, quiero personalmente hacerme cercano a usted y acompañarlo en la misa que va a celebrar. Estoy cerca de ustedes en este momento doloroso. Les acompaño mucho. Que Dios les bendiga. Rezo por ustedes y ustedes recen por mí"
"Estamos en este lugar sagrado, la basílica de Gaudí, un templo reparador"
"¿No es un pecado gravísimo atentar contra la vida de unos inocentes?"
"Nuestra presencia es signo de repulsa del atentado"
"Que Dios cambie nuestros corazones de piedra y nos dé corazones de carne"
"Jesús propone como modelo de fe a la cananea"
"Para decirle al Señor que cure a quienes han quedado heridos o destrozados por estos atentados"

"La paz es el mejor alimento de nuestras vidas"
"Que todos seamos constructores y artesanos de paz"
"Unidos todos en torno al altar: autoridades del Estado y autonómicas..."
"Hermoso mosaico sobre el que se construye toda sociedad: la paz, el respeto y la convivencia y el amor solidario"
"La unión nos hace fuertes. La división nos corroe y nos destruye"
"Ponemos en nuestros corazones los nombres de las víctimas de los atentados"
"Señor, haz que la paz reine en el mundo y en nuestros corazones"
"Pon, Señor, el bálsamo del consuelo en el corazón de todos"
"Quiero acabar, agradeciendo a las fuerzas de seguridad del Estaod, de la autonomía y de Barcelona la generosidad con la que actúan siempre"
"A los profesionales de la sanidad, su generosidad"
"Hay mucha reserva de generosidad en nuestra tierra"
"Da gusto sentirse ciudadanos de esta sociedad"
Religión Digital

Jesús es de todos



Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús, aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija «maltratada por un demonio». Sale al encuentro de Jesús dando gritos: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».
La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: «Dios me ha enviado solo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y, de rodillas, con un corazón humilde, pero firme, le dirige un solo grito: «Señor, socórreme».
La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad «perros» a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: «Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los «perros» paganos. Jesús parece pensar solo en las «ovejas perdidas» de Israel, pero también ella es una «oveja perdida». El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.
Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla como deseas». Esta mujer está descubriendo a Jesús que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.
Jesús reconoce a la mujer como creyente, aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una «fe grande», no la fe pequeña de sus discípulos, a los que recrimina más de una vez como «hombres de poca fe». Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe, aunque viva fuera de la Iglesia. Todos podrán encontrar en él un Amigo y un Maestro de vida.
Los cristianos hemos de alegrarnos de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

Mujer, qué grande es tu fe

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor.