viernes, 3 de febrero de 2017

La belleza de la familia


Por una obligación personal contraída, hace unos meses tuve que hablar en público de la exhortación apostólica Amoris laetitia. No voy a trasladar aquí el contenido de este documento de la Iglesia porque ese no es el propósito de este artículo, pero su estudio sí que provocó en mí algunas reflexiones que quiero compartir en voz alta.
La primera está en señalar la enorme preocupación de la Iglesia por la familia. Nunca, a lo largo de los siglos, ha habido ninguna otra institución natural tan atacada como lo está siendo ahora la familia, ninguna tan zarandeada y tan herida. Creo que se puede decir, sin miedo a exagerar, que actualmente no tenemos otro problema de mayor hondura. Y no será que andamos escasos de problemas serios: los derivados de la política y de la economía, las dificultades sociales de todo tipo (el suicidio demográfico, la juventud y su futuro, la inseguridad, la soledad, el paro laboral…). Muchos y muy graves, pero ninguno tan preocupante en estos momentos como el cúmulo de dificultades con las que se encuentra la vida familiar. Estamos ante un problema con varias caras, que nos afecta a todos en diversa medida, un problema que a muchos les está suponiendo sufrimientos muy dolorosos, de los cuales una parte se exterioriza abiertamente mientras que otra buena parte queda ahogada en el más callado de los silencios.
Pienso ahora especialmente en los muchachos jóvenes, chicos y chicas, llamados al matrimonio y a la fundación de familias nuevas. ¡Qué complicado lo tienen, qué difícil! Tanto que muchos optan por no casarse porque no se ven a sí mismos como artífices de sus propias familias. Y no porque la convivencia no les resulte deseosa, que es tan apetecible como siempre, pero establecerla a través del matrimonio, no. Y menos aún si hay que pensar en fundar una familia. ¿Este modo de proceder es egoísmo?, ¿este rechazo al compromiso es culpable? Si lo fuera, ¿los culpables son ellos? Solo Dios sabe. A mí lo que sí me produce es una pena grande porque veo que no sueñan con ser esposos y esposas, padres y madres. Me da pena por ellos porque los sueños son un trampolín imprescindible para llevar la vida adelante con ánimo, y me da pena por la asfixia social que supone la falta de familias nuevas. Me da pena porque escaseando los niños y los jóvenes, escasea mucha vida. Algo falla cuando resulta más atrayente un currículo cargado de títulos que un hogar cargado de hijos. Algo muy serio debe estar fallando cuando hemos subordinado el proyecto de familia al proyecto de trabajo, en lugar de hacerlo al revés. Mucho estamos fallando cuando hemos asumido como normal la falta de fecundidad, poniendo el tope al número de hijos en dos, en uno o en ninguno. Algo falla cuando a los jóvenes, a sus padres y a sus maestros les parecen más importantes los proyectos de los hombres que los proyectos de Dios, sin caer en la cuenta, unos y otros, de que cada familia es un proyecto de Dios para sus miembros.
Si del celo que ponemos en su formación académica y profesional, pusiéramos una décima parte en su formación como futuros padres y madres, a algunos nos parecería un éxito. Al decir esto no estoy arremetiendo contra la formación, entre otros motivos porque he dedicado la totalidad de mi vida laboral a formar académicamente a centenares de muchachos, haciendo cuanto he podido para ayudarles a que llegaran tan alto como les fuera posible. Pero los hechos son tozudos, y es claro que en nuestra sociedad actual necesitamos muchos más esposos y esposas que técnicos y graduados, de la misma manera que nos hacen más falta niños que mascotas. Con un añadido, y es que los graduados, una vez graduados ya no se desgradúan. Nadie en sus cabales rompe un título universitario y tira los trozos a la papelera, aunque el título no lo pueda ejercer, mientras que son muchos los que hacen trizas su matrimonio. Redondeando las estadísticas de los últimos años, en España el número de divorcios por año dobla el de matrimonios contraídos.
Nadie dilata voluntariamente durante años y años la consecución de un título o de unas oposiciones y en cambio nuestros jóvenes, en general no se casan; bien porque rehúsan el matrimonio, bien porque los que se casan, cuando lo hacen, ya no son jóvenes. ¿Son culpables de todo esto? Pienso que algo de culpa sí les tocará, pero yo me resisto a cargar sobre ellos la responsabilidad de que no sueñen o que tengan sueños de bajos vuelos porque la responsabilidad de los sueños no recae por entero en quien tiene que soñar. Los grandes responsables de los sueños de los niños y de los jóvenes somos los adultos. Padres, sacerdotes, maestros, catequistas, y en general formadores de opinión, somos a quienes nos corresponde animar, promover, alentar, ilusionar, abrir caminos.
Y esto no lo estamos haciendo, al menos no lo estamos haciendo en la medida que socialmente necesitamos. No me refiero a la sociedad en general, porque la sociedad en general no es conductora sino conducida. No lo están haciendo los gobernantes, a los cuales les corresponde una carga mayor de culpa, porque han recibido el encargo de trabajar por el bien común y el bien común pasa, necesariamente, por la promoción y el bienestar de la familia. Pero aún es más grave y mucho más doloroso que no lo estemos haciendo muchos cristianos, los que sí creemos en la familia y decimos defenderla. No la estamos defendiendo ni promocionando porque en buena parte hemos asumido los mismos planteamientos de quienes con sus ideas o su conducta están contribuyendo a su deterioro. Fuera de una minoría ejemplar y coherente, la gran mayoría de los bautizados, con culpa o sin culpa (eso Dios lo sabe) participamos de un estilo de vida y unas costumbres que son abiertamente contrarias a la doctrina de la Iglesia sobre la familia. He aquí algunos ejemplos:
– Aceptación de la convivencia entre personas del mismo sexo igualándolo con el matrimonio.
– No es difícil comprobar que la mayor parte de las parejas de novios que piden el matrimonio católico llevan años de cohabitación prematrimonial.
– La media en el número de hijos de los matrimonios cristianos no difiere sustancialmente de la media en otras formas de convivencia entre hombre y mujer.
– No hay grandes diferencias en los datos sobre rupturas de matrimonios contraídos por la Iglesia y el resto.
– Rechazo de la maternidad y de la ancianidad. Tanto el cuidado de los hijos como el de los ancianos se imponen sobre todo como cargas difíciles de asumir y de las que hay que desprenderse cuanto antes.
Estos males son solo una muestra de un repertorio mucho más extenso con los que las familias se enfrentan, pero yo no quiero dedicarles una sola línea más. Lo que corresponde ahora es ver qué podemos hacer nosotros, los hombres y mujeres de a pie, los que no tenemos grandes responsabilidades en este campo. Pienso en tres cosas:
1) Lo primero y más importante es rezar. Rezar mucho no tanto por la familia en general -que también- cuanto por las familias concretas que conocemos, por los matrimonios en riesgo de ruptura y por los hogares en dificultades.
2) En segundo lugar, viene bien llamar a las cosas por su nombre. Una separación o un divorcio no son opciones de vida sino fracasos. En muchos casos no serán fracasos culpables, pero son fracasos. Al decir esto no se me olvidan las víctimas de estos fracasos y su sufrimiento, víctimas inocentes, especialmente los hijos, pero también la persona que se ha visto burlada y engañada por quien le había prometido compañía, amor y fidelidad. Precisamente el hecho de que haya víctimas que sufren es lo que demuestra que el divorcio o la ruptura no son opciones a las que aspirar sino desgarros dolorosos. Llamar a las cosas por su nombre exige no frivolizar con algo tan serio como el matrimonio. Y es que desde hace ya décadas hemos frivolizado mucho con el divorcio, y lo seguimos haciendo. En muchos casos parece como si el hecho de divorciarse no fuera sino un signo de puesta al día, de estar a la última. Estoy convencido de que si por causas que ahora no se me alcanzan, de repente se pusiera de moda el matrimonio indisoluble y fiel, el número de divorcios descendería de forma significativa sin más motivo que estar en la corriente dominante.
3) En tercer lugar debemos actuar. Me refiero a los matrimonios que nos mantenemos unidos pese a los baches que podamos coger y las dificultades que haya que superar. Quienes no podemos influir directamente en las leyes ni disponemos de medios para generar corrientes de opinión puede parecer que no podemos hacer nada. Pero eso no es cierto. Tenemos una gran responsabilidad, especialmente los matrimonios cristianos, en mostrar la belleza del matrimonio y de la familia. No se trata de llevar adelante tareas especiales ni grandes trabajos, sino en no apagar la luz que nos ha sido dada. Luego, si hay matrimonios concretos a los que se piden otras responsabilidades, que respondan, pero en principio, todo matrimonio normal está llamado a ser luz para los que les rodean. A mí me parece que esto suele pasar desapercibido y por eso creo que viene bien recordarlo. Me vienen a la memoria unos versos de Antonio Machado:
El ojo que tú ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.
Para hablar con rigor, habría que hacer alguna objeción importante a los versos de nuestro poeta, pero para el propósito que aquí se sigue, podemos parafrasearle y decir que la luz que un buen matrimonio desprende no es luz porque lo vean quienes la irradian, sino porque lo ven los demás. Ojalá haya muchos y ojalá sepamos ayudar a verlo, sobre todo a los jóvenes.
Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net

Carta del cardenal arzobispo de Madrid: No te dejes manipular por las mafias


El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida
El pasado 13 de enero se presentó el documento preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en octubre de 2018. En dicho texto hay una preocupación que quiero compartir con vosotros: la juventud «está aprendiendo a vivir sin Dios y sin la Iglesia». En la misma fecha, el Papa Francisco escribía una carta a los jóvenes en la que les explicaba la razón del tema de este próximo Sínodo: los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un asunto que está en el centro de su corazón y de atención en su ministerio. Así nos lo ha manifestado en la JMJ de Brasil, el año pasado en Cracovia, en muchas de sus intervenciones y, por supuesto, eligiendo este tema para el Sínodo de los Obispos.
¡Qué alegría ver al sucesor de Pedro, al Papa Francisco, interpretando con los jóvenes lo que hizo Jesús con Juan, el discípulo al que tanto amaba! Siempre estuvo a su lado, hasta el momento más importante de su vida, cuando se entregaba para salvar a todos los hombres. Allí estaba Juan. El Señor sabe que muchos tratan de conquistar a los jóvenes, pero no precisamente para que sigan creciendo en todas las dimensiones, sino para hacer sangre con sus vidas; en el fondo es hacer que vean en los que están a su lado, en vez de hermanos, enemigos a los que hay que eliminar y engañar para triunfar en todos los estamentos de la vida. ¿No estaremos siendo una mafia para los jóvenes? ¿No les estaremos entregando la droga de la ignorancia al no darles las dimensiones reales que tiene la vida humana, y la cultura que los pueblos de toda la tierra manifiestan de diversas formas?
¡Qué alegría dedicar la vida a promover en los jóvenes los deseos que el beato Pablo VI quería entregar con el Concilio Vaticano II! I) Clarificar la conciencia de la Iglesia y de los discípulos de Cristo, estar cerca de los hombres, atender los problemas sociales, dar espacio a todos, tener una decisión en favor de la innovación social, y todo ello con una clara identificación con Jesucristo; II) Promover la reforma, siguiendo los deseo del Señor: «Sois luz del mundo y sal de la tierra»; III) Recuperar la unidad de los cristianos con el perdón mutuo ofrecido y pedido; y IV) Impulsar un diálogo abierto y sin miedos con el mundo contemporáneo, desde un amor ilimitado; ser puentes y no muros, para así acercar a todos el mensaje de Cristo.
El encuentro con Jesucristo cambia absolutamente tu vida: es un encuentro interior que agranda tu corazón, te da las medidas del corazón de Dios, te hace mirar con otras perspectivas, te hace vivir junto a los demás no por las ideas que tienen, sino porque has encontrado a Jesucristo que te sigue diciendo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y que el otro es tu hermano. No son ideas: es una persona que te acerca a todos por igual. El mejor termómetro para saber si me he encontrado con Jesucristo es observar si mi vida está dirigida por una idea que me hace mirar para un lado solamente, o por Cristo que me hace mirar como Él lo hizo, a todos, pues en ellos está al imagen de Dios. El libro que hace muy pocos días he publicado, Búscate en mi, en el que completo lo escrito, trata de hacer vivir una experiencia viva en, por y con Cristo.
Tenemos que ver a los jóvenes en las situaciones que están viviendo en muchos continentes. En todos, de formas diversas, experimentan un mundo en el que hay guerrilla, bandas, cárcel, drogodependencia, manipulación, utilización de sus vidas e imposición de modos de vivir. Ellos nos plantean retos y oportunidades. ¿Vamos a ser tan mafiosos que nos les demos la oportunidad de descubrir algo tan esencial y sencillo, pero que los jóvenes captan de una manera singular y que está dentro de su corazón, como es el deseo de ser felices? ¿Nos conformaremos con darles ideas, o seremos capaces de ofrecerles realidades? ¡Qué bien entienden los jóvenes que el Señor nos salva con su amor y no con una carta o un decreto! Es más: Él nos impulsa a que hagamos lo que hizo, pues haciéndose hombre nos ha dicho cómo hemos de ser y vivir. Hagamos recuperar a los jóvenes la dignidad: no se la hagamos perder. Su dignidad es ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Solamente recuperando esta dignidad podemos construir la familia humana, tan gravemente deteriorada, y de la que son pacientes pasivos especialmente los jóvenes y los niños. No les demos maquillajes. Entreguemos a los jóvenes el arma que cambia la vida, la historia y las relaciones: el amor mismo de Dios, que se revela y se nos da en Jesucristo. No nos quedemos en dar ideas o estrategias.
Para que juegues la vida por la libertad y no te manipulen mafias que te esclavizan, te propongo:
1. Apuesta por lo que hace más grande el corazón: no te duermas, que no te duerman. Que, como las vírgenes prudentes, tengas las lámparas encendidas de la fe, esperanza y caridad, y abras el corazón al bien y a la belleza, a la verdad. Es tiempo de vivir con el corazón de Dios, que hace salir el sol sobre todos los hombres, y Él mismo sale a encontrarse con todos. No seas hombre o mujer dormido, apuesta por dar lo que eres y tienes, no te encierres en ti. Da gratis lo que a ti te dieron gratis.
2. Ama cada vez más a Jesucristo, de la mano de María: así aprenderás a ser magnánimo, de corazón, de mente y espíritu abierto, sin miedos, con capacidad para apostar en la vida por grandes ideales. Pasa tiempo junto al Señor, escucha su Palabra. Él te habla a ti. ¡Qué horizontes nos abre Jesucristo! Por eso, camina con Jesús, y escucha con mucha atención lo que Él nos dice. Descubre con Jesucristo que caminar por la vida es un arte, y que lo propio del cristiano es salir, anunciar: mira, piensa, soporta, no vayas solo sino en comunidad. Y todo de la mano de María, que nos dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
3. Sed revolucionarios en servir como Jesucristo: que es lo mismo que ser generosos con Dios y con los demás como Dios mismo lo es. Nos lo enseña Jesucristo, que dio la vida por cada uno de los hombres. Pensad que nada perdemos y que todo lo ganamos. Seamos revolucionarios como el Señor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, descubrirlo es caminar hacia una realización feliz. Descubramos nuestra vocación como discípulos de Cristo. No tengamos miedo a lo que Dios nos pida para hacer esta revolución. Vale la pena decir «sí» siempre a Dios. Responde a esta pregunta: «¿Qué quieres que haga?».
Con gran afecto, os bendice:
+Carlos Card. Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid
Alfa y Omega

Acoger a los necesitados, intención del Papa para febrero



Alfa y Omega
Que los que están agobiados, «especialmente los pobres, los refugiados y los marginados encuentren acogida y apoyo en nuestras comunidades». Es la intención del Papa Francisco para el mes de febrero, dada a conocer en un nuevo vídeo.
«Vivimos en ciudades que construyen torres, centros comerciales, que hacen negocios inmobiliarios, pero abandonan una parte de sí en los márgenes, en las periferias», denuncia el Pontífice en su videomensaje, que empieza mostrando a un joven blanco sentado en las calles de una ciudad cualquiera, rodeado de personas negras que realizan todo tipo de actividades, ajenas a su presencia.

Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 14-29
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado, de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor