sábado, 15 de abril de 2017

"Te pedimos no avergonzarnos jamás de tu cruz, no instrumentalizarla, sino honrarla"



"Te pedimos no avergonzarnos jamás de tu cruz, no instrumentalizarla, sino honrarla, porque en ella tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de nuestro amor, y la potencia de tu misericordia".
El Papa Francisco asistió en silencio a las 14 estaciones del Via Crucis del Coliseo, y sólo al final dirigió una profunda reflexión, en la que mostró la "vergüenza" ante los pecados y las omisiones de los hombres y mujeres, de la Iglesia, ante los Cristos de nuestros días, y pidió al Señor de la vida, que "transforma nuestros corazones endurecidos, capaces de perdonar y de amar".
"Oh, Cruz de Cristo, enséñanos que la aurora del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche, y que el amor eterno de Dios vence siempre". Es, sin lugar a dudas, el momento más espectacular de la Semana Santa romana. El Via Crucis del Coliseo, allí donde murieron miles de cristianos, resulta una ceremonia emotiva y apasionante, con momentos de profundo recogimiento y silencio, de oscuridad iluminada por miles de cirios, por la esperanza en la Resurrección.
 La encargada de las reflexiones de este año fue la teóloga Anne-Marie Pelletier, quien aportó varios cambios sustanciales, tanto en la forma como en el fondo de las 14 estaciones. Los cambios más vistosos pueden apreciarse en la segunda estación, que llevó por título "Jesús es negado por Pedro" en lugar de "Jesús carga la cruz" o la tercera "Jesús y Pilato" en lugar de "Jesús cae por primera vez".
La innovación destaca también en la séptima estación, "Jesús y las hijas de Jerusalén" en vez de "Jesús cae por segunda vez", o la decimocuarta, "Jesús en el sepulcro y las mujeres", que sustituye a "Jesús es colocado en el sepulcro".
A lo largo de las 14 estaciones, diversas personas se turnaron para llevar sea la cruz alta que encabezará la procesión, sea las dos candelas que la acompañarán. La primera estación corrió a cargo del cardenal vicario de la diócesis de Roma, Agostino Vallini.
En la segunda, una familia romana, mientras que la tercera estación le tocó a un discapacitado en silla de ruedas. En la cuarta, una estudiante polaca; en la quinta, un matrimonio italiano; en la sexta a una monja de India y en la séptima a varias personas africanas.
En las siguientes estaciones, portaron la cruz una familia originaria de Egipto, dos jóvenes de Portugal y una familia de Colombia, países que Francisco visitará en las próximas semanas y meses.
La undécima estación fue portada por dos chicas francesas, mientras que la 12 será muy especial, pues la llevaron dos fieles chinos. La penúltima estación corrió a cargo de unos frailes de Tierra Santa, mientras que Vallini volvió a recoger la cruz para la última estación, antes de las palabras finales del Papa.
 En las mismas, Francisco se dirigió directamente al Cristo clavado en la cruz. "Volvemos a ti este año con los años abajados de vergüenza y con el corazón lleno de esperanza".
"Vergüenza por todas las imágenes de devastación y de destrucción, de naufragio, que se han convertido en ordinarias para nosotros. Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente viene derramada de mujeres, niños, emigrantes, personas perseguidas por el color de su piel o por su pertenencia étnica, social, o por su fe en ti", clamó Bergoglio.
La misma vergüenza que ya proclamó en Lampedusa, y que anoche recogió, también, "por las demasiadas veces que, como Judas y como Pedro, te hemos vendido y traicionado, y dejado solo para morir por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestras responsabilidades".
"Vergüenza por nuestro silencio frente a la injusticia, por nuestras manos vagas para dar y ávidas para quitar y conquistar, por nuestra voz que defiende nuestros intereses y tímida para hablar de los de los demás".
También, dentro de la Iglesia, el Papa advirtió la "vergüenza por todas las veces que obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas hemos herido tu cuerpo, la Iglesia, y hemos herido nuestro primer amor, nuestro entusiasmo, nuestra total disponibilidad, dejando arruinar nuestro corazón y nuestra consagración. Tanta vergüenza, Señor, pero en nuestro corazón, está la nostalgia en la esperanza de que tú nos tratas no según nuestros méritos".
Y es que, pese a "nuestras traiciones", ese Jesús crucificado es capaz de "transformar nuestros corazones endurecidos, capaces de perdonar y de amar". "Transforma esta tenebrosa noche de tu cruz en alba fulgurante de tu resurrección", la esperanza de que "la lista de hombres y mujeres fieles a la cruz continuará como la levadura, y la luz que abre nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida. La esperanza de que tu iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la Humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal".
En definitiva, "la esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente fracaso". Por ello, el Papa clamó a Jesús, "hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante de tu misterio de gloria (...). Ante tu patíbulo nos arrodillamos avergonzados y esperanzados, y te pedimos que nos laves en el lavatorio de la sangre y el agua que brotaron de tu corazón,... perdonar nuestros pecados y nuestras culpas. Te pedimos que te acuerdes de nuestros hermanos arrancados por la violencia de la indiferencia y de la guerra, te pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera involuntaria, y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos".

El Papa clama «vergüenza» por la Iglesia «gritando en el defender nuestros intereses y tímida en el defender el de los demás»



Al celebrar el Viacrucis en el Coliseo romano, Francisco recuerda la sangre vertida cada día de mujeres inocentes, niños, inmigrantes y «personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica, social o por su fe»
El Papa encabezó el Viacrucis en Roma desde un palco habilitado en el Monte Palatino, justo delante del Coliseo Romano, y clamó «vergüenza» por la «sangre inocente» que es derramada en el mundo de mujeres, niños e inmigrantes.
«Vergüenza por las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragio que se han convertido en algo ordinario en nuestra vida. Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente viene versado de mujeres, de niños, de inmigrantes y de personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica, social o por su fe», dijo el Obispo de Roma en un discurso improvisado ante unas 20.000 personas en el Coliseo.
«Vergüenza por las muchas veces que como Pedro y Judas te hemos traicionado y vendido, dejado solo a morir por nuestros pecados escapando como cobardes. Vergüenza por nuestro silencio ante las injusticias, nuestras manos perezosas en el dar y ávidas en el arrancar y en el conquistar», añadió.
El Pontífice hizo hincapié en que los hombres se acercan a Dios «con la mirada abajada por la vergüenza y el corazón lleno de esperanza» y no evitó referirse también a los escándalos de la Iglesia. «Vergüenza por todas las veces que todos nosotros obispos, sacerdotes, consagrados hemos escandalizado y herido tu cuerpo y la Iglesia que hemos olvidado nuestro primer amor y nuestro primer entusiasmo; nuestra total disponibilidad dejando oxidar nuestro corazón y nuestra consagración», dijo. «Vergüenza por nuestra voz gritando en el defender nuestros intereses y tímida en el defender el de los demás, por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados sobre el bien», añadió.
El Papa también reivindicó también en el Viacrucis a los que mueren ante la indiferencia en las guerras y pidió que se frene la «cadena del egoísmo» que guía la «vanidad de nuestros cálculos mundanos».
Novedades en el Viacrucis
Las 14 estaciones pusieron de forma especial este año las «mujeres crucificadas» hoy en el mundo, el drama de las guerras, de los migrantes, de las familias laceradas y los niños abusados. La cruz fue llevada durante las diferentes estaciones por el cardenal vicario de Roma Agostino Vallini, una familia romana, así como representantes de Unitalsi, una organización dedicada a la asistencia de personas con discapacidad. También cargaron con ella religiosos y laicos de diversos países como Egipto, Portugal y Colombia, países que el Papa visitará este año. En la duodécima estación la cruz fue transportada por dos ciudadanos chinos.
La autora de las meditaciones fue la biblista francesa Anne Marie Pelletier, quien introdujo algunas alteraciones en la estructura habitual. Por ejemplo, la segunda estación fue «Jesús es negado por Pedro» y la tercera, «Jesús y Pilato». Se aumentó además el protagonismo femenino con las estaciones «Jesús y las hijas de Jerusalén» y «Jesús en el sepulcro y las mujeres».

Europa Press / Alfa y Omega

LA SOLEDAD DE LA VIRGEN De las meditaciones de Fray Luis de Granada



Después de esto considera cómo fue quitado aquél santo cuerpo de la cruz y recibido en los brazos de la Virgen.
Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos, para sólo esto le quedaban fuerzas; mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.
¿Cómo no hablas ahora, Reina del cielo? ¿Cómo han atado los dolores vuestra lengua? La lengua estaba enmudecida, mas el corazón allá dentro hablaría con entrañable dolor al Hijo dulcísimo y le diría:

Hijo mío, ¿Qué haré sin ti? ¿Adónde iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían a rogarte por sus hijos y por sus hermanos difuntos, y tú, con tu infinita virtud y clemencia, los consolabas y socorrías. Mas yo que veo muerto a mi hijo, y a mi padre, y mi hermano y mi Señor, ¿a quién rogaré por Él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesús Nazareno, Hijo de Dios vivo, que consuela a los vivos y da vida a los muertos? ¿Dónde está aquel grande Profeta poderoso en obras y palabras?
¡Oh dulcísimo hijo mío! ¿qué haré sin ti? Ya no limpiaré tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más sentado a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia. Ya no me veré más a tus pies oyendo las palabras de tu dulce boca. Fenecida en ya mi gloria; hoy se acaba mi alegría y comienza mi soledad.
Cómo dura poco la alegría en la tierra y se siente mucho el dolor después de mucha prosperidad! ¡Oh Belén y Jerusalén, cuán diferentes días he llevado en vosotros! ¡Qué noche fue aquella tan clara y qué día este tan oscuro! ¡Qué rica entonces y qué pobre ahora!
¡Oh ángel bienaventurado!, ¿dónde están ahora aquellas tan grandes alabanzas de la antigua salutación? Entonces me llamaste llena de gracia; ahora estoy llena de dolor. Entonces, bendita entre las mujeres; ahora, la más afligida entre las mujeres. Entonces dijiste: El Señor es contigo; ahora también está conmigo, mas no vivo, sino muerto, como lo tengo en mis brazos.
¡Oh muerte!, ¿por qué eres tan cruel que me apartas de aquel en cuya vida está la mía? Más cruel eres a las veces en perdonar que en matar. Piadosa fuera para mí si nos llevaras a entrambos; mas ahora fuiste cruel en matar al hijo y más cruel en perdonar a la madre.

Palabras del arzobispo en la Pasión y Muerte del Señor

María de Lope de Vega

1. La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

2. ¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

3. Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

4. Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

5. ¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Descenso del Señor a los infiernos


"¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. «La tierra temió sobrecogida» porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado.
Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte». El, que es al mismo tiempo Hijo de Dios, hijo de Eva, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: Mi Señor esté con todos. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: Y con tu espíritu. Y tomándolo por la mano le añade: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».
Yo soy tu Dios que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo: tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: Salid; y a los que se encuentran en las tinieblas: iluminaos; y a los que dormís: levantaos.
A ti te mando: «despierta tú que duermes», pues no te creé para que permanezcas cautivo en el Abismo; «levántate de entre los muertos», pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al Abismo; por ti me he hecho hombre, «semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos»; por ti que fuiste expulsado del huerto he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado. Contempla los salivazos de mi cara que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada.
Contempla los azotes en mis espaldas que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados que habían sido cargados sobre tu espalda. Contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero; por ti los he aceptado, que maliciosamente extendiste una mano al árbol.
Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado por ti, que en el paraíso dormiste y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del costado. Mi sueño te saca del sueño del Abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilará; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y las moradas, los tesoros abiertos y el reino de los cielos que existe antes de los siglos está preparado. "
De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado 

María, Fray Luis de Granada.



"Llegan pues el mismo día sobre aquella tarde aquellos dos santos varones, José y Nicodemus, y arrimadas las escaleras a la cruz descienden en brazos el cuerpo del Salvador.
Como la Virgen vio que, acabada la tormenta de la cruz, llegaba el sagrado cuerpo a tierra, aparéjase ella para darle puerto seguro en sus pechos y recibirlo de los brazos de la cruz en los suyos. Pide, pues, con grande humildad a aquella noble gente, que pues no se había despedido de su hijo, ni recibido de Él los postreros abrazos en la cruz, al tiempo de su partida la dejan ahora llegar a Él si no quieren que por todas partes crezca su desconsuelo, si habiéndosele quitado por un cabo los enemigos vivo, ahora los amigos se le quitan muerto.
¡Oh por todas partes desconsolada Señora! Porque si te niegan lo que pides, desconsolarte has, y si te lo dan como lo pides, no menos te desconsolarás. No tienen tus males consuelo, sino en sola tu paciencia. Si por una parte quieres excusar un dolor, por otra parte se dobla. Pues ¿qué haréis santos varones? ¿Qué consejo tomaréis? Negar a tales lágrimas y a tal Señora cosa que pide es acabarle la vida. Teméis por una parte desconsolarla, teméis por otra, no seáis por ventura homicidas de la Madre, como lo fueron los enemigos del Hijo. Finalmente vence la piadosa porfía de la Virgen y pareció a aquella noble gente, según eran grandes sus gemidos, que sería mayor crueldad quitarle el hijo que quitarle la vida, y así se lo hubieron de entregar.
Pues cuando la Virgen lo tuvo en sus brazos ¿qué lengua podría explicar lo que sintió? Angeles de paz, llorad con esta Sagrada Virgen, llorad cielos, llorad estrellas del cielo y todas las criaturas del mundo acompañad el llanto de María. Abrázase la madre con el cuerpo despedazado, apriétale fuertemente en sus pechos (para esto sólo le quedan fuerzas), mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tiñese la cara de la madre con la sangre del Hijo, y riégase la del Hijo con las lágrimas de la madre"
Fray Luis de Granada

Sábado Santo




El Sábado santo se caracteriza por un profundo silencio. Las iglesias están desnudas y no se celebra ninguna liturgia. Los creyentes, mientras aguardan el gran acontecimiento de la Resurrección, perseveran con María en la espera, rezando y meditando. En efecto, hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que brota de la pasión y de la resurrección del Señor. En este día se da gran importancia a la participación en el sacramento de la Reconciliación, camino indispensable para purificar el corazón y prepararse para celebrar la Pascua íntimamente renovados. Al menos una vez al año necesitamos esta purificación interior, esta renovación de nosotros mismos.

Este Sábado de silencio, de meditación, de perdón, de reconciliación, desemboca en la Vigilia pascual, que introduce el domingo más importante de la historia, el domingo de la Pascua de Cristo. La Iglesia vela junto al fuego nuevo bendecido y medita en la gran promesa, contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, de la liberación definitiva de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte. En la oscuridad de la noche, con el fuego nuevo se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo que resucita glorioso. Cristo, luz de la humanidad, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a todo hombre que viene al mundo. Junto al cirio pascual resuena en la Iglesia el gran anuncio pascual: Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre él. Con su muerte, ha derrotado el mal para siempre y ha donado a todos los hombres la vida misma de Dios.
Según una antigua tradición, durante la Vigilia pascual, los catecúmenos reciben el bautismo para poner de relieve la participación de los cristianos en el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Desde la esplendorosa noche de Pascua, la alegría, la luz y la paz de Cristo se difunden en la vida de los fieles de toda comunidad cristiana y llegan a todos los puntos del espacio y del tiempo.

El papa Francisco preside en silencio la liturgia del Viernes santo, en la basílica de San Pedro



Pocos minutos antes de las 17 horas de Roma, el santo padre Francisco entró en procesión en la basílica de San Pedro. En este día de luto en el que se conmemora la pasión y muerte del Señor, no tocaron las campanas y ni a su ingreso cantó el coro.
En medio del silencio que reinaba en la basílica, el Papa que vestía paramentos rojos y tiara blanca se postró sobre un tapete y almohadón ubicado delante del altar central, el del baldaquino del Bernini, debajo del cual está la tumba del apóstol Pedro. El Pontífice a continuación se puso de pié y se dirigió a su asiento ubicado en el lado izquierdo de la nave central.
Inició entonces la liturgia de la Palabra intercalada con algunos cantos interpretados por el Coro pontificio de la Capilla Sixtina que participó también en la lectura de la Pasión según el Evangelio de san Juan, el único apóstol que estuvo al pie de la Cruz con María y las santas mujeres, narración proclamada en latín por tres cantores.
La homilía la realizó el sacerdote capuchino, padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia quien señaló que a pesar de las muertes registradas todos los días por la crónica, después de dos mil años, la de Jesús se sigue recordando porque ha cambiado el sentido de la muerte.
Señaló que la cruz, en la sociedad líquida en la que vivimos, representa “un punto fijo, un «No» definitivo e irreversible de Dios a la violencia, a la injusticia, al odio, a la mentira, a todo lo que llamamos «el mal»; y, al mismo tiempo, es el «Sí», igualmente irreversible, al amor, a la verdad, al bien. «No» al pecado, «Sí» al pecador. Es lo que Jesús ha practicado durante toda su vida y que ahora consagra definitivamente con su muerte”, dijo.
Y el predicador exhortó a la esperanza porque encima «está la cruz de Cristo», “Salve, oh cruz, esperanza única del mundo”. Porque “el corazón de carne, prometido por Dios en los profetas –concluyó el sacerdote capuchino– está ya presente en el mundo: es el Corazón de Cristo traspasado en la cruz, lo que veneramos como «el Sagrado Corazón»”. E invitó: a decir mirando la cruz desde lo profundo del corazón, como el publicano en el templo: «¡Oh, Dios, ten piedad de mí, pecador!», y así también nosotros, como él, volveremos a casa «justificados»”.
Concluida la meditación, se guardaron algunos instantes de silencio y el Papa realizó la oración universal, propia del Viernes Santo.
Le siguió la adoración de la Santa Cruz, traída desde el fondo de la basílica, mientras un miembro de la Sixtina cantó tres veces: “Ecce lignum”. Después del Venite Adoremus, todos se arrodillaron para la adoración silenciosa.
Solamente cuando el diácono y los dos acólitos se detuvieron por tercera vez delante de la estatua de San Pedro, el Pontífice bajó los escalones para adorar la cruz y la presentó en silencio para que todos los fieles la adoraran. Pasaron así, delante del crucifijo negro con un cristo de marfil, los cardenales primero y después el resto de la asamblea.
La ceremonia concluyó con la comunión.

Pasión del Señor, P. Cantalamessa: “La cruz de Cristo, esperanza frente a una sociedad líquida”

“El corazón de carne, prometido por Dios en los profetas, está ya presente en el mundo: es el Corazón de Cristo traspasado en la cruz. Al recibir la Eucaristía, creemos firmemente que ese corazón viene a latir también dentro de nosotros. Al mirar dentro de poco la cruz digamos desde lo profundo del corazón, como el publicano en el templo: ¡Oh, Dios, ten piedad de mí, pecador!”, lo dijo el P. Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia en su homilía del Viernes Santo, en la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco, en la Basílica de San Pedro.
En su homilía, el P. Cantalamessa señaló que, el relato de la Pasión de Cristo, aparentemente se presenta como nada más que la crónica de una muerte violenta. Es más dijo, en la actualidad nunca faltan noticias de muertos asesinados en nuestros noticieros. Incluso en estos últimos días ha habido algunas, como la de los 38 cristianos coptos asesinados en Egipto, señaló. ¿Por qué, entonces, después de 2000 años, el mundo recuerda todavía la muerte de Jesús de Nazaret como si hubiera pasado ayer?, se preguntó el Predicador. El motivo es que su muerte – la muerte de Jesús – ha cambiado el sentido mismo de la muerte.
Comentando algunos pasajes bíblicos de la vida pública de Jesús en los que ya se prefiguraba la resurrección, el P. Cantalamessa precisó que, “tras el sacrificio de Cristo, más profundo que el corazón de tinieblas, palpita en el mundo un corazón de luz. En efecto, dijo el Predicador, Cristo al subir al cielo, no ha abandonado la tierra, como, al encarnarse, no había abandonado la Trinidad”. Y existe en la tradición de los monjes cartujos – afirmó el P. Cantalamessa – un escudo que figura en la entrada de sus monasterios, en sus documentos oficiales y en otras ocasiones. En él está representado el globo terráqueo, rematado por una cruz, con una inscripción alrededor: Stat crux dum volvitur orbis: está inmóvil la cruz, entre las evoluciones del mundo.
Pero, ¿Qué representa la cruz, para que sea este punto fijo, este árbol maestro entre la agitación del mundo?, se pregunta el Predicador. Ella es el «No» definitivo e irreversible de Dios a la violencia, a la injusticia, al odio, a la mentira, a todo lo que llamamos «el mal»; y, al mismo tiempo, agregó el P. Cantalamessa, es el «Sí», igualmente irreversible, al amor, a la verdad, al bien. «No» al pecado, «Sí» al pecador. Es lo que Jesús ha practicado durante toda su vida y que ahora consagra definitivamente con su muerte.
La cruz no «está», pues, contra el mundo, precisó el padre franciscano, sino para el mundo: para dar un sentido a todo el sufrimiento que ha habido, hay y habrá en la historia humana. «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar el mundo —dice Jesús a Nicodemo—, sino para que el mundo se salve por medio de él». La cruz, dijo el P. Cantalamessa, es la proclamación viva de que la victoria final no es de quien triunfa sobre los demás, sino de quien triunfa sobre sí mismo; no de quien hace sufrir, sino de quien sufre.
(Renato Martinez – Radio Vaticano)
Texto completo y audio de la homilía del P. Raniero Cantalamessa,