viernes, 14 de septiembre de 2012

Ninguna oración se pierde, por Benedicto XVI


Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles, que se desarrolló en el Aula Pablo VI, a la oración en la segunda parte del libro del Apocalipsis, “una plegaria que se orienta al mundo entero, pues la Iglesia camina en la historia y forma parte de ella”. 

En esta segunda parte, la asamblea cristiana está llamada a “leer en profundidad la historia que vive, aprendiendo a discernir con la fe los acontecimientos, para colaborar con su acción, en la extensión del reino de Dios. Y esta obra de lectura y discernimiento, al igual que la de acción, está ligada estrechamente a la oración”. 


En el Apocalipsis la asamblea es invitada a subir al cielo “para mirar la realidad con los ojos de Dios” ; el relato de San Juan describe los tres símbolos que encuentra para leer la historia: el trono de Dios, el libro y el Cordero. En el trono está sentado Dios omnipotente que “no se ha quedado sólo en su cielo, sino que se acercó al hombre, estableciendo una alianza con él”. El libro “contiene el plan de Dios sobre los acontecimientos y los hombres, pero está cerrado herméticamente con siete sellos y nadie puede leerlo”. Ahora bien, “hay un remedio al desamparo del ser humano ante el misterio de la historia:  alguien es capaz de abrir el libro e iluminarlo”. 


Ese alguien, se manifiesta en el tercer símbolo: Cristo, “el Cordero, inmolado en el sacrificio de la Cruz, pero de pie, como signo de su resurrección. El Cordero, Cristo muerto y resucitado, progresivamente abrirá los sellos desvelando el plan de Dios, el sentido profundo de la historia”. 


Estos símbolos, explicó el Papa, nos recuerdan “cual es la clave para descifrar los acontecimientos de la historia y de nuestra vida. Levantando los ojos al Cielo de Dios, en la relación constante con Cristo (...) en la oración personal y comunitaria, aprendemos a ver las cosas de forma nueva y a captar su significado verdadero”. El Señor invita a la comunidad cristiana “a considerar con realismo el presente que vive. Cuando el Cordero abre los cuatro primeros sellos, la Iglesia ve el mundo en que hay diversos males (...) los males debidos a la acción del hombre como la violencia (...) o la injusticia. A estos se suman los que el hombre debe padecer como la muerte, el hambre, la enfermedad”. 


“Ante estas realidades, a menudo dramáticas, la comunidad eclesial está llamada a no perder nunca la esperanza, a creer firmemente que la aparente omnipotencia del Maligno se enfrenta con la omnipotencia verdadera que es la de Dios”. San Juan habla de la entrada en escena de un caballo blanco, símbolo de que “en la historia del ser humano ha entrado la fuerza de Dios, que no solo es capaz de servir de contrapeso al mal, sino de derrotarlo (...) Dios se hizo tan cercano como para descender en la oscuridad de la muerte para iluminarla con el esplendor de su vida divina; ha cargado con el mal del mundo para purificarlo con el fuego de su amor”. 

“¿Como crecer en esta lectura cristiana de la realidad? El Apocalipsis nos dice que la oración alimenta en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades esta visión de luz y de profunda esperanza (...) La Iglesia vive en la historia, no se encierra en sí misma, afronta con valor su camino en medio de dificultades y sufrimientos, afirmando con fuerza que el mal no puede con el bien, que la oscuridad no ofusca el esplendor de Dios. Es un punto muy importante también para nosotros; como cristianos nunca podemos ser pesimistas (...) La oración, sobre todo, nos educa a discernir los signos de Dios, su presencia y su acción ; más aún, a ser nosotros mismos luces del bien que difunden esperanza e indican que la victoria es de Dios”. 


Al final de la visión, un ángel pone constantemente granos de incienso en un incensario que después arroja sobre la tierra. Los granos, serían nuestras oraciones. “Tenemos que estar seguros -dijo el Papa- de que no hay oraciones superfluas o inútiles, ninguna se pierde (...) Dios no es insensible a nuestras súplicas (...) A menudo frente al mal tenemos la sensación de no poder hacer nada, pero es precisamente nuestra oración, la respuesta primera y más eficaz que podemos dar y que fortalece nuestro compromiso diario de difundir el bien. La potencia de Dios hace fecunda nuestra debilidad”.