domingo, 9 de febrero de 2014

Anunciar el Evangelio sin aprovecharse de la condición de cristianos, el Papa Francisco el viernes en Santa Marta

El Papa desarrolló su homilía partiendo del martirio de Juan el Bautista y subrayó que, como él, el verdadero discípulo de Cristo sigue el camino de la humildad sin adueñarse de la profecía.
 

Herodes hace asesinar a Juan para complacer a la amante Herodías y el capricho de su hija. El Papa reflexionó sobre la trágica muerte del Bautista, narrada en el Evangelio de hoy. Juan, observó el Santo Padre, es “un hombre que tuvo un tiempo breve de vida, un tiempo breve para anunciar la Palabra de Dios”. Era el hombre, agregó, que “Dios había enviado para preparar el camino a su Hijo”. Y Juan termina mal su vida, en la corte de Herodes “que se encontraba en un banquete”:
 

“Cuando existe la corte es posible todo: la corrupción, los vicios, los crímenes. Las cortes favorecen estas cosas. ¿Qué cosa hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que el Salvador estaba cerca, el Señor, que el Reino de Dios estaba cerca y lo había hecho con fuerza. Y bautizaba. Exhortaba a todos a convertirse. Era un hombre fuerte. Y anunciaba a Jesucristo”.
 

“La primera gran cosa que hizo Juan fue anunciar a Jesucristo”. Otra cosa que hizo, prosiguió Francisco, “fue que ¡no se adueñó de su autoridad moral.” El Pontífice recordó que se le dio “la posibilidad de decir ‘Yo soy el Mesías’, porque tenía mucha autoridad moral”, “toda la gente iba a él”. Y el Evangelio narra que Juan instaba a todos a convertirse. Y los fariseos, los doctores veían esta fuerza suya: “Era un hombre recto”. Le preguntan entonces si es él el Mesías. Y, en aquel “momento de la tentación, de la vanidad” podía hacer una “cara de estampita” y decir: “No lo sé...” con una “falsa humildad”. En cambio fue claro: “¡No! ¡Yo no lo soy! Aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias”. Juan, remarcó el Papa, “fue claro”, “no robó el título. No se adueñó de la misión”. Esta, entonces, “es la segunda cosa que lo ha hecho un “hombre de verdad”: “No robar la dignidad. 

La tercera cosa que hizo Juan, agregó, “es imitar a Cristo”. También Herodes, que lo había asesinado, “creía que Jesús fuese Juan”. Juan, observó, imitó a Jesús “sobre todo en el camino del abajarse: Juan se humilló, se abajó hasta el fin, hasta la muerte”:
 

“Muertes humillantes. También Juan tuvo su ‘huerto de los olivos’, angustia en la cárcel, cuando creía haberse equivocado, y manda a sus discípulos preguntar a Jesús: ‘Dime, eres tú o me he equivocado y hay otro?’ La oscuridad del alma, aquella oscuridad que purifica como Jesús en el huerto de los olivos. Y Jesús respondió a Juan como el Padre respondió a Jesús, consolando. Aquella oscuridad del hombre de Dios, de la mujer de Dios. Pienso en este momento en la oscuridad del alma de la Beata Teresa de Calcuta, ¿no? Ah, la mujer a la que alababa todo el mundo, ¡Premio Nobel! Pero ella sabía que en un momento de su vida, largo, había solamente la oscuridad”.
 

“Anunciador de Jesucristo”, reflexionó Francisco, Juan “no se adueñó de la profecía”, él “es el ícono de un discípulo”. Pero, se preguntó el Obispo de Roma, “¿dónde estaba la fuente de esta actitud de discípulo?”. En un encuentro. El Evangelio, recordó, nos habla del encuentro de María e Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el vientre de Isabel. Eran primos. “Quizás – dijo - después se encontraron algunas veces. Y aquel encuentro llenó de alegría, de mucha alegría el corazón de Juan, y lo transformó en discípulo”. Juan es “el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo”:
 

“Hoy nos hará bien, a nosotros, preguntarnos sobre nuestro discipulado: ¿anunciamos a Jesucristo? ¿Aprovechamos o no aprovechamos de nuestra condición de cristianos como si fuese un privilegio? ¿Juan no se adueñó de la profecía? 
Tercero: ¿vamos por el camino de Jesucristo? ¿El camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento por el servicio? Y si sentimos que no somos firmes en esto, preguntarnos: ‘¿Cuando fue mi encuentro con Jesucristo, aquel encuentro que me llenó de alegría?’. Y regresar al encuentro, regresar a la primera Galilea del encuentro. ¡Todos nosotros tenemos una! ¡Regresar allí! Reencontrarse con el Señor, ir adelante en este camino tan hermoso, en la cual Él debe crecer y nosotros abajarnos”. (RC-RV)

Nota del P. Lombardi sobre el documento ONU


A raíz de la polémica luego de la publicación el pasado miércoles en Ginebra de las observaciones conclusivas del Comité ONU para los Derechos del Niño referidas a la Santa Sede, el padre Federico Lombardi asegura en una nota que “no se puede hablar de un “enfrentamiento entre la ONU y el Vaticano” y recuerda que la Santa Sede siempre ha dado “un fuerte apoyo moral a la Organización de las Naciones Unidas, como lugar de encuentro entre las naciones”. Este apoyo lo comprueban “los numerosos documentos e intervenciones de la Santa Sede en los más altos niveles, así como la participación intensa de sus representantes en diversos organismos de la ONU”. Así como “las visitas de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI”. El director de la Oficina de Prensa Vaticana agrega que se ve que “el tono, el desarrollo y la publicidad que obtuvo el Comité con su documento es anómalo respecto a los procedimientos con otros Estados que adhieren a la Convención”.

El director de la Oficina de Prensa indica que las actividades de la ONU son amplias y variadas, como en toda organización grande, y que por lo tanto “abraza en su interior a personas, posiciones, voces muy diversas”. Y que por lo tanto “no hay que asombrase si en su vasto mundo se encuentran o chocan visiones diversas”.

Los Estados tienen la libertad de adherir o no a las convenciones de las Naciones Unidas, que sirven para promover los derechos de la persona humana en sectores específicos. Y el Estado de la Ciudad del Vaticano ha adherido a las más importantes, de acuerdo a su capacidad de participación. “La Santa Sede ha adherido inmediatamente y entre los primeros en el mundo -indica- a la Convención para los Derechos del Niño” y recuerda la gran labor desarrollada en este sector desde siempre por la Iglesia, “inspirada en el comportamiento de Jesús descrito en el Evangelio”.

En la nota se explica también que para verificar cómo están cumpliendo los Estados que adhieren a la Convención de los Derechos del Niño, un comité con sede en Ginebra recibe los informes de los diversos Estados que adhieren y les da sus recomendaciones.

El P. Lombardi recuerda que sobre las recomendaciones dadas por el Comité sobre infancia “casi nunca se escuchó un eco de la prensa internacional, incluso en países en los que hay incumplimiento de derechos humanos y de la infancia notablemente graves”. indica además que para quienes siguieron el caso queda claro que el último informe del Comité de la ONU presenta límites graves, porque “no se tomaron en cuenta las respuestas escritas y orales, dadas por los representantes de la Santa Sede” al punto que “hace pensar que el documento haya sido escrito con anterioridad o por lo menos que su enfoque haya sido fijado antes de la audición”. Así como se ve la dificultad de entender la naturaleza específica de la Santa Sede, al punto de preguntarse: ¿No son capaces de entender o no quieren entender? En ambos casos se tiene el derecho a asombrarse.

Lombardi señala que la insistencia en algunos casos particulares del pasado, hacen pensar que se ha dado más atención a lo dicho por ONGs contrarias a la Iglesia y no a las medidas tomadas por la Santa Sede.

Precisa además que “es típico de tales organizaciones no querer reconocer lo que ha sido realizado por la Santa Sede en la Iglesia en estos años recientes, al reconocer errores, al renovar las normativas, al desarrollar medidas formativas y preventivas”. Y concluye: “Pocas o ninguna otra organización o institución ha hecho lo mismo”.

Y el punto más grave es que las observaciones del Comité parecen superar sus competencias propias, al interferir en las posiciones doctrinales y morales de la Iglesia católica, dando indicaciones que implican evaluaciones morales sobre la contracepción y el aborto, o la educación en las familias, o la visión de la sexualidad humana, a la luz de una propia visión ideológica de la sexualidad. El Padre Lombardi alienta a encontrar el plano correcto del compromiso por el bien de los niños. También a través del instrumento de la Convención. La Santa Sede no hará faltar sus respuestas atentas y argumentadas. (RC-RV)

SALIR A LAS PERIFERIAS. José Antonio Pagola

Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.
      
   “Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.
         “Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.
         Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.
         El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.
         El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

         La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

José Antonio Pagola