viernes, 4 de noviembre de 2016

La mirada de Dios hacia ti. Una mirada de amor incondicional que nunca se olvida


«El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad» (Benedicto XVI).
Se dice que los ojos son el espejo del alma. La mirada de las personas expresa muchas veces lo que viven en su interior. Miradas, a veces, vacías; miradas desinteresadas; miradas de dureza o de tristeza. Miradas profundas que nos expresan experiencias de dolor o sufrimiento; miradas de esperanza y alegría. Miradas esquivas que expresan sentimientos de culpa.
En relación con las personas a nuestro alrededor, podríamos preguntarnos: ¿Cómo reaccionamos ante las miradas de las personas? ¿Nos dejamos tocar por lo que vemos a nuestro alrededor? ¿Por qué muchas veces volteamos la mirada? Puede ser por miedo al compromiso; podría también ser por el dolor de lo que percibimos.
Cabe preguntarnos: ¿Cómo es nuestra mirada? Muchas veces buscamos la seguridad en nuestras vidas teniendo la mirada puesta en cuestiones exteriores: lo que los demás piensan de nosotros, la imagen que queremos proyectar, entre otros. No está en la mirada exterior la búsqueda de la seguridad que tanto buscamos. Es en la mirada interior. Es la mirada de amor y el percibirnos amados por otro, lo que nos da la auténtica seguridad.
Mirada divina
Existe un tipo de mirada que cuando uno la percibe en su interior, nunca olvida: la mirada divina. Es la mirada del amor incondicional de Dios que se fija en ti independientemente de lo que hayas hecho o de tus méritos. Es una mirada gratuita de amor que cuando toca nuestro corazón nunca vuelve a ser el mismo. En Dios descubrimos un amor incondicional donde cada uno redescubre su dignidad y su propia identidad. Es esa mirada interior, que se aleja de lo vano y de lo superfluo; esa mirada sencilla y penetrante que cuestiona e interpela, que en ocasiones es como un susurro que resulta ser una brisa confortante para el que busca paz o una palabra tan aguda como espada de dos filos que penetra hasta el fondo del alma.
¿Cuánto dura esa mirada? Es una mirada de amor eterno. A diferencia de las ilusiones que plantea el mundo y se acaban, la mirada de Dios permanece. Dios nos ha visto desde siempre. Somos fruto de un sueño eterno de Dios quien nos invita a cumplir una misión que tiene algo de la eternidad de Dios impresa en nuestro interior. En esa mirada está contenida la eternidad. En el momento donde la mirada de Dios y la nuestra se encuentran, se define nuestro destino eterno.
Solo dejándonos impulsar, día a día, por esa mirada no habrá tristeza, ni dolor, ni angustia que pueda resistir el ardor de ese encuentro.
¿Cómo ilumina la mirada divina mi propia mirada?
Es una mirada que quiere a través de mi pobre mirada irradiar la fuerza de su amor. La mirada de Dios sondea lo más profundo de mi interior. Es una mirada esperanzadora pues reconoce la dignidad de cada hijo. Es una mirada en la que tú reconoces algo de ti mismo, pero siempre te sobrepasa. Es una mirada que traspasa el tiempo y el espacio y por eso anticipa la gloria a la que un día participaremos si somos fieles.     
«El Salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la comunidad: de hecho, el Salmo pasa de la primera persona del singular –«a ti levanto mis ojos»– a la del plural «nuestros ojos» (Cf. versículos 1-3). Expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para difundir dones de justicia y de libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números: 2ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz2 (Números 6, 25-26)» Benedicto XVI.
Artículo escrito por Carlos Muñoz.

Desde mi cruz, te envío este mensaje: Desde mi cruz a tu soledad

Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, es fuente de salvación, de redención. Podemos aprovechar nuestro sufrimiento y convertirlo en fuente de frutos de salvación. El sufrimiento del inocente sólo se entiende desde Cristo, el cordero inocente llevado al matadero. Él fue inocente: "Pasó haciendo el bien", fue signo de contradicción, fue llevado como un malhechor, sufrió uno de los más terribles tormentos, la crucifixión; pero lo hizo por amor, para enseñarnos el valor del dolor y que también cada uno de nosotros lo podamos vivir así cuando nos llegue.

Te escribo desde mi cruz a tu soledad, a ti, que tantas veces me miraste sin verme y me oíste sin escucharme. 
A ti, que tantas veces prometiste seguirme de cerca y sin saber por qué te distanciaste de las huellas que dejé en el mundo para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo, que me buscas sin hallarme y a veces pierdes la fe en encontrarme; a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo y no comprendes que estoy vivo.

Yo soy el principio y el fin, soy el camino para no desviarte, la verdad para que no te equivoques y la vida para no morir. Mi tema preferido es el amor, que fue mi razón para vivir y para morir.

Yo fui libre hasta el fin, tuve un ideal claro y lo defendí con mi sangre para salvarte. Fui maestro y servidor, soy sensible a la amistad y hace tiempo que espero que me regales la tuya.

Nadie como yo conoce tu alma, tus pensamientos, tu proceder, y sé muy bien lo que vales. Sé que quizás tu vida te parezca pobre a los ojos del mundo, pero Yo sé que tienes mucho para dar, y estoy seguro que dentro de tu corazón hay un tesoro escondido; conócete a ti mismo y me harás un lugar a mí.

¡Si supieras cuánto hace que golpeo las puertas de tu corazón y no recibo respuesta! A veces también me duele que me ignores y me condenes como Pilatos, otras, que me niegues como Pedro y que otras tantas me traiciones como Judas.

Hoy te pido que te unas a mi dolor, que lleves tu pequeña cruz junto a la mía, te pido paciencia y perdón para tus enemigos, amor para tu pareja, responsabilidad para con tus hijos, tolerancia para los ancianos, comprensión para todos tus hermanos, compasión para el que sufre, servicio para todos, así lo he vivido Yo, y así te lo he enseñado.

Quisiera no volver a verte egoísta, orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista. Desearía que tu vida fuera alegre, siempre joven y cristiana. Cada vez que aflojes, búscame y me encontrarás; cada vez que te sientas cansado, háblame, cuéntame.

Cada vez que creas que no sirves para nada, no te deprimas, no te creas poca cosa, no olvides que yo necesité de un asno para entrar en Jerusalén y necesito de tu pequeñez para entrar en el alma de tu prójimo. Cada vez que te sientas solo en el camino, no olvides que estoy contigo. No te canses de pedirme, que yo no me cansaré de darte, no te canses de seguirme, que yo no me cansaré de acompañarte, nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes, estoy para ayudarte.
Desde mi cruz, te envío este mensaje, te quiero mucho. Tu amigo: Jesús
 P. Dennis Doren 

Asumir la muerte

El hombre contemporáneo consume la vida pero no asume la muerte, que es su consumación: el descanso eterno, la paz perpetua. Nuestro viejo heroísmo fatuo nos impide asumir nuestra parte oscura de víctimas, el otro lado del espejo, lo dracontiano de la existencia considerado como monstruoso.
Solamente en la experiencia hospitalaria de un Hospital entrevemos la otra visión o versión del mundo, el auténtico heroísmo de médicos y enfermeras que no se enfrentan al mal belicosamente, sino que lo afrontan positivamente para sanarlo o salvarlo.
Llegó el otoño y yo pensaba que había cogido una astenia estacional, pero tenía una anemia estacionaria causada por cierta pérdida de sangre. Ingresé en el impresionante Hospital Miguel Servet de Zaragoza, el panteón de los enfermos aragoneses, bajo el patronazgo de nuestro famoso médico y teólogo, propugnador de la salud física o corporal y la salvación anímica o espiritual. Allí me han sometido en su inframundo a sus benévolas máquinas infernales y me descubrieron la causa: un tumor cancerígeno, un cáncer de colon, con un puntito negro en el hígado, cuya operación preparamos para su próxima ejecución.
Inmediatamente te rodean como un cordón sanitario médicos y enfermeras, la familia y los amigos, los cofrades de la residencia y los recuerdos fundantes de los padres ya fallecidos.
A estas alturas de la vida ya no me asusto y lo asumo y encajo bien. Ya he vivido, que sea lo que Dios quiera. Noto que esta enfermedad tan simbólica como real confiere una cierta autoridad moral, siquiera desautorizada y desmoralizada físicamente. Estoy bien, un poco débil o debilitado, pero tranquilo, observo que al estar enfermo te quieren un poco más.
Por eso sería un buen momento existencial para realizar el tránsito trascendental al otro ámbito radical (el trasmundo). Pero aprovecho para participar en la presentación de mi último librejo de poemas -Poética del sentido- en la Biblioteca de Aragón, acompañado por los amigos aragoneses pero también vascos. Nuestro bailarín Miguel Ángel Berna puso un colofón brillante, al ofrecernos una preciosa escenificación de mi propia filosofía del contraste o de los contrastes.
En nuestra existencia se trata de vivir la vida sana y enferma, la juventud y la vejez. Lo mejor al respecto es implicar la existencia en su devenir, plantando fuerte en la adversidad, así pues asumiéndola para tratar de trasfigurarla. En este contexto la figura de Miguel Servet resulta arquetípica, ya que condensa en su vida y muerte la libertad personal y el destino o necesidad impersonal, la fe religiosa y la caridad humana.
Por lo demás, nuestro patrono afirmó que todos tienen/tenemos parte de verdad y error, por eso se trataría por tanto de compartirla (y no de partirla). Un mensaje política y socialmente muy relevante en nuestra actual circunstancia nacional e internacional.
Andrés Ortiz-Osés

Misa del Papa por los cardenales y obispos difuntos: testimoniaron y donaron a los demás el amor de Jesús

El primer viernes de noviembre, en el mes en que la piedad cristiana recuerda a los fieles difuntos, el Papa Francisco presidió la celebración de la Santa Misa en la Basílica Vaticana en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante los últimos doce meses. De todos ellos el Pontífice recordó que han concluido su jornada terrenal a la vez que invitó a la asamblea a encomendarlos, una vez más, a la bondad misericordiosa del Padre, renovando nuestro reconocimiento por el testimonio cristiano y sacerdotal que han dejado.
Después de recordar que el camino hacia la casa del Padre comienza para cada uno de nosotros el mismo día en que abrimos los ojos a la luz, y mediante el Bautismo, a la gracia, el Santo Padre destacó que los Cardenales y Obispos que hoy recordamos en la oración, durante toda su vida, especialmente después de haberla consagrada a Dios, se han dedicado a testimoniar y donar a los demás el amor de Jesús. Y con su palabra y ejemplo – dijo – han exhortado a los fieles a hacer lo mismo.
“Han sido pastores de la grey de Cristo y, a imitación suya, se han gastado, entregado y sacrificado por la salvación del pueblo que se les había encomendado. Lo han santificado mediante los Sacramentos y lo han guiado por el camino de la salvación; henchidos por el poder del Espíritu Santo han anunciado el Evangelio; con amor paterno se han esforzado por amar a todos, especialmente a los pobres, indefensos y necesitados de ayuda. Por esta razón, al término de su existencia, pensamos que el Señor “los ha recibido como la oferta de un holocausto”.
Y ahora – dijo el Papa Bergoglio – nosotros estamos aquí, rezando por ellos, y ofreciendo el divino Sacrificio en sufragio de sus almas, pidiendo al Señor que los haga resplandecer para siempre en su reino de luz. Asimismo recordó el Santo Padre que “en nombre del Dios de la misericordia y del perdón, sus manos han bendecido y absuelto, sus palabras han consolado y enjugado lágrimas, su presencia ha testimoniado con elocuencia que la bondad de Dios es inagotable y que su misericordia es infinita.
Y al recordar que algunos de ellos fueron llamados a dar testimonio del Evangelio de modo heroico, soportando grandes tribulaciones, el Sucesor de Pedro invitó, en esta misa de sufragio, a alabar a Dios por el bien que el Señor ha hecho por nosotros y por su Iglesia a través de estos hermanos nuestros y padres en la fe.
“A la luz del Misterio pascual de Cristo, su muerte es en realidad, el ingreso en la plenitud de la vida. En esta luz de fe, nos sentimos aún más cerca de nuestros hermanos difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo y de su Espíritu nos une de manera aún más profunda. Seguiremos sintiéndolos junto a nosotros en la comunión de los santos. Alimentados por el Pan de la vida, también nosotros, junto a cuantos nos han precedido, esperamos con firme esperanza el día del  encuentro cara a cara con el rostro luminoso y misericordioso del Padre”.
Que sobre ellos, y sobre nosotros – terminó diciendo Francisco en su homilía – vele siempre nuestra madre María, para que no nos separemos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

San Carlos Borromeo – 4 de noviembre



entre otros santos, este ilustre cardenal fue contemporáneo de Felipe Neri, Ignacio de Loyola, y Francisco de Borja. Se convertiría en una de las figuras representativas de la Contrarreforma. California honra su memoria con una misión que lleva su nombre gracias al gran apóstol franciscano y santo mallorquín, fray Junípero Serra, que lo eligió para nominar su segunda fundación en 1770. Los restos mortales de este heroico misionero, que fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988, se custodian en el Duomo de Milán.
Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en la fortaleza de Arona, propiedad de sus padres, los nobles Gilberto Borromeo y Margarita de Médicis, hermana del papa Pío IV. Era el tercero de seis vástagos, aunque la familia vivió la tragedia de la desaparición del primogénito que se cayó de un caballo. Precisamente este suceso fue interpretado por el santo como una señal del cielo que le invitaba a centrarse en la búsqueda del bien, para no ser sorprendido por la postrera llamada de Dios sin estar preparado. Fue un niño devoto, prematuro en su vocación, muy responsable, como lo fue en la asunción de las altas misiones que le serían confiadas. Con solo 12 años recibió la tonsura. Luego cursó estudios en Milán y en la universidad de Pavía, formación que completó provechosamente, a pesar de que no era excesivamente brillante, y además tenía una seria dificultad para expresarse. Su conducta intachable, en la que se advertía su gran madurez, le convirtió en modelo para otros estudiantes.
Ya había muerto su hermano mayor, cuando determinó ser ordenado sacerdote después de renunciar a sus derechos sucesorios y a los bienes que llevaba anejos. También se alejó de una vida, que sin ser disipada, era bastante despreocupada, por así decir. El lujo, la música, y el ajedrez formaban parte de su acontecer. Se doctoró a los 22 años. Unos meses antes, en enero de 1560, su tío Giovanni, elegido pontífice Pío IV tras la muerte de Pablo IV, lo designó cardenal diácono. Con posterioridad le encomendó la sede de Milán, a la que ascendió como arzobispo a la edad de 25 años, y en la que permaneció hasta el fin de sus días. Evidentemente, su carrera estaba siendo meteórica. Por si fuera poco, el pontífice añadió nuevas misiones como legado de Bolonia, de la Romagna, de la Marca de Ancona, del protectorado de Portugal, de los Países Bajos, de los cantones de Suiza y otras. Fueron tantas y de tal envergadura las responsabilidades que recayeron sobre él que no pueden sintetizarse en este espacio. Asumió todas con dignidad, y lo más sorprendente: aún sacaba tiempo para ocuparse de asuntos familiares, hacer ejercicio y escuchar música.
Como Pío IV lo retuvo junto a él, inicialmente no pudo afrontar in situ los graves desórdenes que había en Milán. Un día el arzobispo de Braga, Bartolomé de Martyribus, acudió a Roma, y Carlos le confesó: «Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino, y sobrino predilecto de un papa, y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si solo Dios y yo existiésemos». El consejo que le dio el noble prelado luso fue que se mantuviese fiel a su misión. Pero más tarde, Carlos supo que el motivo del viaje de este obispo había sido renunciar a la suya, y naturalmente le pidió una explicación, que aquél le proporcionó con sumo tacto y delicadeza.
Gracias a su fe, tesón y energía logró que salieran adelante proyectos de gran calado en circunstancias adversas y sumamente difíciles. Fue un hombre de oración, caritativo, exigente y severo consigo mismo, piadoso y misericordioso con los demás, muy generoso con los pobres a los que constantemente daba limosna; un gran diplomático y defensor de la fe, así como restaurador del clero. Convocó sínodos, erigió seminarios y casas de formación para los sacerdotes,  construyó hospitales y hospicios donando sus bienes, visitó en distintas ocasiones la diócesis, alentó en la vivencia de las verdades de la fe a todos, etc. Fue un ejemplar pastor entregado a su grey que luchó contra la opresión de los poderosos, e hizo frente también a las herejías, además de cercenar las costumbres licenciosas. «Las almas se conquistan con las rodillas», solía decir, sabiendo el valor incomparable que tiene la oración, siempre bendecida por Dios.
Pío IV murió en 1565 y Carlos pudo regresar a Milán. Desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Trento y no tuvo reparos en sujetar a los religiosos y al clero con una severa disciplina. Por este motivo, los violentos se cebaran en él al punto de atentar contra su vida, como hizo Farina en su fallido intento el 26 de octubre de 1569, después de haberla tasado en veinte monedas de oro. Durante la epidemia de peste su objetivo principal fue atender a los enfermos acogidos en su propia casa; palió las carencias que tenían para poder vestirse utilizando los cortinajes del palacio episcopal. En 1572 participó en el cónclave que eligió a Gregorio XIII. Ese mismo año se convirtió en miembro de la Penitenciaría Apostólica.
Cuando en Milán se desató la epidemia de peste en 1576, socorrió a los damnificados, consoló a los afligidos enfermos en los lazaretos y ayudó a dar sepultura a los fallecidos. En 1578 fundó los Oblatos de San Ambrosio, congregación de sacerdotes seculares, las «escuelas dominicanas», una academia en el Vaticano, fundó el Colegio helvético para ayudar a los católicos suizos, y encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli, entre otras acciones. Maestro y confesor de san Luís Gonzaga, le dio la primera comunión en julio de 1580. Sus conferencias y reflexiones se hallan compendiadas en la obra Noctes Vaticanae. Murió el 3 de noviembre de 1584. Pablo V lo beatificó el 12 de mayo de 1602, y también lo canonizó el 1 de noviembre de 1610.

«Si Dios no abandona a nadie, ¿cómo vamos a hacerlo los que nos decimos discípulos suyos?»

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, presidió este miércoles, fiesta de los Fieles Difuntos, una Misa en la iglesia de San Antón por las personas sin hogar «que tuvieron una muerte en la soledad, sin atención». En su homilía, incidió en que, como nos está repitiendo el Papa en este Año de la Misericordia, «Dios no se cansa nunca de amar, como no se cansa nunca de perdonar, como no se cansa nunca de estar al lado de los hombres». «Si el Dios que ha hecho todo lo que existe no abandona a nadie, ¿cómo los que decimos llamarnos y ser discípulos del Señor vamos a abandonar, incluso en los momentos más duros y difíciles, que es dejar este mundo y dejarlo sin sentir, a lo mejor, la mano amiga de alguien que nos acompaña?», se preguntó.
En este sentido, el prelado subrayó que todo ser humano necesita el amor, ilustrándolo con una historia de su época de arzobispo de Oviedo: «Una mujer de raza gitana de Mieres, de unos treinta y tantos años, me conoció y todas las semanas venía a verme y a pedirme... Ella vivía en las afueras de Oviedo y tenía un caballo muy viejo que había comprado. Un día estaba celebrando un funeral por el que había sido rector de la universidad de Oviedo –ni este ni el anterior, el otro–, y estaba despidiendo a la gente, y ella llegó llorando, con un lloro tremendo. "Se ha muerte, se ha muerto", y yo creía que eran los padres o algún hermano suyo, que vivían en Mieres. Y le pregunto que quién había muerto, y me contesta: "¡El caballo! Que era lo que más quería yo, a él y a usted"». «Me di cuenta de que la necesidad del amor, la siente todo ser humano. Y cuando no lo encuentra en el ser humano, lo busca donde sea. Porque el amor es cosa de Dios. La necesidad de Dios la tiene todo ser humano, y Dios se vale de los demás para revelarse y hacerse presente», aseveró.
Este amor, según recordó, «está unido a la esperanza, no puede separarse». «La gente, las personas, todos nosotros, tenemos esperanza, y cada día más cuanto más sentimos que se ocupan los demás de nosotros», por lo que es importante «hacer memoria de ese Dios que se hizo hombre, que se ha hecho hombre, que ha pasado por uno de tantos, y de este Dios que incluso pasó por la muerte, y que ha conquistado para nosotros la vida». «Este Dios es del que hacemos memoria en este Día de los Difuntos», añadió.
«Los demás nos revelan el cariño de Dios»
Y a su vez, el amor y la esperanza van unidos a la «invitación a creer» que nos hace el Señor, a la fe. «Cuando tú regalas el amor, te acercas a Dios. Por eso, la invitación que nos ha hecho el Señor en el Evangelio a tener fe, a acoger este don que nos da, nos hace entender precisamente lo que nos decía el Señor hace un momento: que no tiemble vuestro corazón, ni se acobarde, creed... pero es posible creer en el Señor cuando también experimentamos la acogida que tiene de nosotros. Normalmente eso viene también a través de los demás; son los demás los que nos revelan el cariño de Dios», detalló monseñor Osoro.
«No hay fe verdadera sin amor y sin esperanza, no hay esperanza verdadera sin fe y sin amor, y no hay amor verdadero sin fe y sin esperanza. Se dan la mano. Esto nos lo hace ver Jesucristo. En Él ponemos la vida de tantos seres humanos que mueren solos, que están solos en el momento más sublime de esta vida: pasar de este mundo, pasar de esta historia. Queridos hermanos, es imposible que todo termine en la vida. Es imposible que quien ama nos deje a la intemperie, tirados. Lo vemos en nuestra vida, cuando hemos querido a alguien lo recordamos para siempre, para siempre. Si eso lo sabemos hacer nosotros, ¿cómo no lo va hacer Dios, que es eterno y su amor permanece?». concluyó.
Infomadrid / R.P. / Foto: Mensajeros de la Paz

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (16,1-8)




Hoy Jesús nos lleva a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: el mundano y el del Evangelio: el espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús. Y lo hace mediante la narración de la palabra del administrador infiel y corrupto... 



Es necesario precisar inmediatamente que este administrador no se presenta como modelo a seguir, sino como ejemplo de astucia.



Este hombre es acusado de mala administración de los negocios de su señor y, antes de ser apartado, busca astutamente ganarse la benevolencia de sus deudores, condonando parte de la deuda para asegurarse, así, un futuro. Comentando este comportamiento, Jesús observa: «los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».



Ante tal astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu de los valores del mundo, que tanto gustan al demonio, para vivir según el Evangelio. 



Y la mundanidad, ¿cómo se manifiesta? La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de abuso, y supone el camino más equivocado, el camino del pecado, ¡porque uno te lleva al otro! Es como una cadena, aunque sí —es verdad— es el camino más cómodo de recorrer generalmente. 



En cambio el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio —¡serio pero alegre, lleno de alegría!—, serio y de duro trabajo, basado en la honestidad, en la certeza, en el respeto de los demás y su dignidad, en el sentido del deber. Y ¡esta es la astucia cristiana! 



El recorrido de la vida necesariamente conlleva una elección entre dos caminos: entre la honestidad y deshonestidad, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. No se puede oscilar entre el uno y el otro, porque se mueven en lógicas distintas y contrastantes. 



El profeta Elías decía al pueblo de Israel que iba por estos dos caminos: «¡Vosotros cojeáis con dos pies!» (cf. 1 Re 18, 21). Es una imagen bonita. Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez elegida la adecuada, caminar con soltura y determinación, confiando en la gracia del Señor y en el apoyo de su Espíritu. 



Fuerte y categórica es la conclusión del pasaje evangélico: «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Lc 16, 13). 



Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a elegir claramente entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez y la de la rectitud, de la humildad y del compartir. 



Hay quien se comporta con la corrupción como con las drogas: piensa poderla usar y dejarla cuando quiera. Se empieza con poco: una propina por aquí, un soborno por allá... Y entre esta y aquella lentamente se pierde la propia libertad. También la corrupción produce adicción, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. Y ¡cuántas víctimas hay hoy por el mundo! Cuántas víctimas de esta difusa corrupción. 



Cuando en cambio intentamos seguir la lógica evangélica de la integridad, de la transparencia, en las intenciones y en los comportamientos, de la fraternidad, nosotros nos convertimos en artesanos de justicia y abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. Con la gratuidad y la donación de nosotros mismos a los hermanos, servimos al dueño justo: Dios.



Que la Virgen María nos ayude a elegir en cada ocasión y cueste lo que cueste el camino justo, encontrando también el valor de ir contracorriente, con el fin de seguir a Jesús y a su Evangelio”.
(Papa Francisco, Ángelus del 18-9-2016)

LOS HIJOS DEL MUNDO SON MÁS ASTUTOS QUE LOS HIJOS DE LA LUZ

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,1-8):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido." 

El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa." 

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?" Éste respondió: "Cien barriles de aceite." Él le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta." 

Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" Él contestó: "Cien fanegas de trigo." Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta." 

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.»

Palabra del Señor

Papa Francisco: Éste es el tiempo de la fraternidad

El primer jueves de noviembre, la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano se convirtió – en el contexto del Año Jubilar – en el escenario del encuentro del Santo Padre Francisco con casi doscientos miembros pertenecientes a diversas religiones – cristianos, judíos, musulmanes, budistas e hinduistas, entre otros – todos ellos comprometidos en el ámbito de las obras de caridad y misericordia.
Llamándolos “queridos amigos”, el Papa Bergoglio les dio su cordial bienvenida, manifestando su satisfacción por este encuentro que les permitió reflexionar juntos sobre el tema de la misericordia. Y añadió que este misterio de la misericordia no debe celebrarse sólo con palabras, sino sobre todo, con las obras, con un estilo de vida que sea realmente misericordioso, hecho de amor desinteresado, servicio fraterno y participación sincera.
Estilo que – dijo –  la Iglesia desea asumir y al que están llamadas también las demás religiones para ser – especialmente en nuestro tiempo – mensajeras de paz y artífices de comunión, para contrarrestar a quienes alimentan choques, divisiones y cerrazones, puesto  que éste es el tiempo de la fraternidad.
De ahí que Francisco haya manifestado la importancia de buscar el encuentro entre nosotros, un encuentro que, sin sincretismos conciliadores, nos haga más abiertos al diálogo, elimine toda forma de cerrazón y desprecio, rechazando  cualquier forma de violencia y discriminación, tal como él mismo ha escrito en la Bula de convocación del Jubileo Extraordinario, Misericordiae Vultus, (n. 23), del 11 de abril del año 2015.
Después de destacar que el tema de la misericordia es familiar a numerosas tradiciones religiosas y culturales, donde la compasión y la no-violencia son esenciales; el Pontíficeenumeró una serie de actitudes que bien pueden considerarse obras de misericordia corporales y espirituales, aludiendo también al drama del mal.
Sin embargo el Obispo de Roma recordó que la misericordia también se extiende al mundo que nos circunda, a nuestra casa común, que estamos llamados a custodiar y preservar del consumo desenfrenado y voraz. Por esta razón afirmó que es necesario educar a la sobriedad y al respeto, a un modo de vivir más sencillo y ordenado, utilizando los recursos de la creación, con sabiduría y moderación, pensando en la entera humanidad y en las generaciones futuras, y no sólo en los intereses propios.
Antes de despedirse, el Sucesor de Pedro indicó la vía maestra común que resumió con una serie de afirmaciones, comenzando por el hecho de que se condenen de modo claro las actitudes inicuas que profanan el nombre de Dios y contaminan la búsqueda religiosa del hombre.
Que en cambio se favorezcan por doquier el encuentro pacífico entre los creyentes y una real libertad religiosa. En esto nuestra responsabilidad frente a Dios, a la humanidad y al futuro, es grande y requiere todo esfuerzo, sin ninguna simulación. Es una llamada que nos implica, un camino que hay que recorrer juntos por el bien de todos, con esperanza. Que las religiones sean regazos de vida, que lleven la ternura misericordiosa de Dios a la humanidad herida y necesitada; y que sean puertas de esperanza, que ayuden a atravesar los muros levantados por el orgullo y el miedo.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)