lunes, 1 de mayo de 2017

Venezuela: llamada del Papa Francisco a negociar una solución




 Al término de una audiencia con unos 70.000 miembros de la Acción Católica italiana que festejan sus 150 años al lado de él, en la plaza de San Pedro, este domingo 30 de abril de 2017, el Papa Francisco ha dirigido diferentes mensajes, antes de la oración mariana y pascual del Regina Caeli.
Su primer mensaje ha sido para el Venezuela : “No cesan de llegar nuevas noticias dramáticas en relación a la situación del Venezuela y de los grandes enfrentamientos, con un gran número de  muertos, heridos y de prisioneros”: “Me uno al dolor de las familias de las víctimas, por las cuales aseguro mi oración, dirijo una sincera llamada al Gobierno y a toda la sociedad venezolana, para que se evite toda clase de violencia, que los derechos humanos sean respetados, y que se busquen soluciones negociadas a la grave crisis humanitaria, social, política y económica que está agotando al pueblo.”
El Papa ha invitado a los católicos a orar por esta intención, añadiendo también un pensamiento por la situación en la República de Macedonia: “Confiamos a la Santa Virgen María la intención de la paz, de la reconciliación y de la democracia en este querido país. Y oremos por todos los países que atraviesan grandes dificultades, pienso en particular estos días en la República de Macedonia.”
El papa Francisco ya había evocado la situación en Venezuela en la conferencia de prensa en el avión que le había llevado, el sábado 29 de abril de El Cairo a Roma.
Taducción de Raquel Anillo

El Papa a los católicos de Egipto: «En medio de tantos profetas de destrucción, sed una fuerza positiva»



Francisco les invita a superar el negativismo general y ser «sembradores de esperanza»
El último encuentro del Papa en Egipto tuvo un carácter familiar e íntimo aunque participaban millar y medio de personas. Francisco se reunió con unos quinientos sacerdotes, setecientas religiosas y un centenar de religiosos en el campo de futbol del seminario de Al-Maadi, donde los más orgullosos eran, lógicamente, los 30 seminaristas.
Francisco comenzó su discurso revelándoles una prioridad de su corazón: «daros las gracias por vuestro testimonio y por todo el bien que hacéis cada día trabajando en medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos».
Es lo habitual en países con problemas y donde los católicos son una minoría pero, en realidad, comparada con otros países de Oriente Medio, la situación de Egipto no es tan mala. Quizá la característica específica es un cierto clima de pesimismo.
El Papa es consciente de las dificultades reales y también de las psicológicas, por eso mencionaba ambas en el pasaje central de su discurso a los católicos egipcios, una pequeña comunidad de 270.000 personas, prácticamente invisible al lado de los diez millones de coptos, a su vez minoría junto a 90 millones de musulmanes.
En tono realista pero a la vez vigoroso, Francisco les ha dicho que «en medio de tantos motivos para desanimarse, de tantos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva; sed la luz y la sal de esta sociedad».
Es una tarea difícil, pero es la vocación marcada por Jesús en el Evangelio, que el propio san Marcos trajo a las tierras de Alejandría, la gran capital cultural del mundo en aquellos momentos.
Animándoles a no dejarse oprimir bajo el peso de una grandeza pasada que testimonian las pirámides, el Papa les ha insistido en que los católicos deben ser en este país «la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta. Sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia».
En un plano más práctico, y hablando a personas dedicadas enteramente a Dios, Francisco les ha enumerado siete tentaciones «que las personas consagradas encuentran cada día en su camino».
En primer lugar y con toda claridad les ha dicho que una persona dedicada a evangelizar «no puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo». Y debe ser generosa, debe «saber ser padre cuando los hijos la tratan con gratitud pero, sobre todo, cuando no son agradecidos».
«La tentación del “faraonismo”»
Les ha alertado, en segundo lugar contra «la tentación de quejarse continuamente», típica de ambientes clericales, lo mismo que las tentaciones de «la murmuración y la envidia».
Con un juego de palabras les ha puesto en guardia frente a «la tentación del ‘faraonismo’, es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor», como el faraón del tiempo de Moisés, que no dejaba marchase a sus esclavos judíos.
La palabra «copto» significa «egipcio», y un buen resumen de su vocación especifica es, según Francisco, «ser coptos -es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces- y ser católicos –es decir, parte de la Iglesia una y universal-, como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo».
Era un texto para meditar durante las próximas décadas, tanto en su enseñanza como en el espaldarazo final del Papa: «Os tendré presentes en mi corazón y en mis oraciones. ¡Ánimo y adelante! ‘Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría’. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí».

Juan Vicente Boo. El Cairo (ABC)

1 de mayo: san José Obrero


Se cristianizó una fiesta que había sido hasta el momento la ocasión anual del trabajador para manifestar sus reivindicaciones, su descontento y hasta sus anhelos. Fácilmente se observaba en las grandes ciudades un paro general y con no menos frecuencia se podían observar las consecuencias sociales que llevan consigo la envidia, el odio y las bajas pasiones repetidamente soliviantadas por los agitadores de turno. En nuestro Occidente se aprovechaba también ese momento para lanzar reiteradas calumnias contra la Iglesia, que era frecuentemente presentada como fuerza aliada con el capitalismo y, en consecuencia, como enemiga de los trabajadores.
Fue después de la época de la industrialización cuando tomó cuerpo la fiesta del trabajo. Las grandes masas obreras han salido perjudicadas con el cambio y aparecen extensas masas de proletarios. También hay otros elementos que ayudan a echar leña al fuego del odio: la propaganda socialista-comunista de la lucha de clases.
Era entonces una fiesta basada en el odio de clases con el ingrediente del odio a la religión. Calumnia dicha por los que, en su injusticia, quizá tengan vergüenza de que en otro tiempo fuera la Iglesia la que se ocupó de prestar asistencia a sus antepasados en la cama del hospital en que murieron; o quizá lanzaron esas afirmaciones aquellos que, un tanto frágiles de memoria, olvidaron que los cuidados de la enseñanza primera los recibieron de unas monjas que no les cobraban a sus padres ni la comida que recibían por caridad; o posiblemente repetían lo que oían a otros sin enterarse de que son la Iglesia aquellas y aquellos que, sin esperar ningún tipo de aplauso humano, queman sus vidas ayudando en todos los campos que pueden a los que aún son más desafortunados en el ancho mundo, como Calcuta, territorios africanos pandemiados de sida, o tierras americanas plenas de abandono y de miseria; allí estuvieron y están, dando del amor que disfrutan, ayudando con lo que tienen y con lo que otros les dan, consolando lo que pueden y siendo testigos del que enseñó que el amor al hombre era la única regla a observar. Y son bien conscientes de que han sido siempre y son hoy los débiles los que están en el punto próximo de mira de la Iglesia. Quizá sean inconscientes, pero el resultado obvio es que su mala propaganda daña a quien hace el bien, aunque con defectos, y, desde luego, deseando mejorar.
El día 1 de mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo –don de Dios– y del trabajador –imagen de Dios–, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte; además, se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para el logro de mejoras sociales de los distintos grupos, habida cuenta de las exigencias del bien de toda la colectividad y se aviva también la responsabilidad política del gobernante. Todo esto incluye ¡y mucho más! la doctrina social de la Iglesia porque se toca al hombre al que ella debe anunciar el Evangelio y llevarle la Salvación; así mantuvo siempre su voz la Iglesia, y quien tenga voluntad y ojos limpios lo puede leer sin tapujos ni retoques en Rerum novarum, Mater et magistra, Populorum progressio, Laborem exercens, Solicitudo rei socialis, entre otros documentos. Dar doctrina, enseñar dónde está la justicia y señalar los límites de la moral; recordar la prioridad del hombre sobre el trabajo, el derecho a un puesto en el tajo común, animar a la revisión de comportamientos abusivos y atentatorios contra la dignidad humana… es su cometido para bien de toda la humanidad; y son principios aplicables al campo y a la industria, al comercio y a la universidad, a la labor manual y a la alta investigación científica, es decir, a todo el variadísimo campo donde se desarrolle la actividad humana.
Nada más natural que fuera el titular de la nueva fiesta cristiana José, esposo de María y padre en funciones de Jesús, el trabajador que no lo tuvo nada fácil a pesar de la nobilísima misión recibida de Dios para la salvación definitiva y completa de todo hombre; es uno más del pueblo, el trabajador nato que entendió de carencias, supo de estrecheces en su familia y las llevó con dignidad, sufrió emigración forzada, conoció el cansancio del cuerpo por su esfuerzo, sacó adelante su responsabilidad familiar; es decir, vivió como vive cualquier trabajador y, probablemente, tuvo dificultades laborales mayores que muchos de ellos; se le conoce en su tiempo como José «el artesano» y a Jesús se le da el nombre descriptivo de «el hijo del artesano». Y, por si fuera poco, los designios de Dios cubrían todo su compromiso.
Fiesta sugiere honra a Dios, descanso y regocijo. Pues, ¡ánimo! Honremos a Dios santificando el trabajo diario con el que nos ganamos el pan, descansemos hoy de la labor y disfrutemos la alegría que conlleva compartir lo nuestro con los demás.
Archimadrid.org

«El trabajador no es un simple recurso humano»


Este lunes, 1 de mayo, se celebra el Día del Trabajo, cuyo patrono es san José obrero. El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha aprovechado su alocución dominical en COPE para recordar que «el trabajo es mucho más que un factor de producción y el trabajador no es un simple recurso humano».
En su mensaje, el purpurado incide en que, «desde su nacimiento, el hombre y la mujer son convocados a un divino diálogo amoroso que durará toda la vida y que culminará en abrazo definitivo» y, en ese camino, «surge la posibilidad de desarrollar un proyecto personal, vivido como convocatoria singular y como tarea», donde el trabajo «juega un papel muy relevante».
«El quehacer humano es el instrumento de santificación cotidiano por excelencia. Y de ahí que el abuso sobre el trabajador, la ausencia de trabajo o su precarización no sean simplemente un ilícito laboral o la violación de un derecho; constituyen un pecado grave porque pretenden alejar al hombre de su vocación», agrega.
Vocación, principio de vida
El cardenal Osoro, que grabó el mensaje desde Roma –donde participó en el II Congreso Internacional de Acción Católica–, subraya que «esta reflexión no es tarea de especialistas sino que incumbe a toda la comunidad cristiana» y lanza tres propuestas:
En primer lugar, «urge integrar la vida de fe con la experiencia cotidiana del trabajo (incluso en la dolorosa situación de ausencia de empleo)». «Precisamos –continúa– desarrollar un auténtico Evangelio del trabajo que parta de la categoría de vocación como un auténtico principio de vida. Sabiendo que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS 19)».
En segundo lugar, «no podemos olvidar la prioridad del trabajo sobre el resto de factores del proceso productivo», ni que este «tiene una íntima vinculación con el plan de Dios sobre el género humano». «Comprender la grandeza de la dignidad del trabajo humano exige reconocer previamente la primacía de la persona sobre cualquier otra dimensión de la economía», añade; para luego pedir que se visibilice «la imagen de un Dios creador en cada hombre o mujer que trabajan, invitados a interactuar responsablemente con la naturaleza y a ser agentes de cambio en la historia».
«Resultan intolerables los niveles de desempleo (especialmente elevados entre nuestros jóvenes), o la circunstancia de que contar con un trabajo no siempre garantice una vida digna para el trabajador y su familia. La Iglesia apuesta no por cualquier trabajo, sino por un trabajo “libre, creativo, participativo y solidario” (EG 191), justamente remunerado y en el que el ser humano exprese y acrecienta la dignidad de su vida», asevera.
Por último, el arzobispo de Madrid señala que «hay que devolver al trabajo el ser un instrumento de la gracia del Señor que divinice y santifique la existencia personal y comunitaria». «El trabajo hecho con Dios y por Dios es obra humana que se torna divina. Las personas podemos dar a nuestras acciones, incluso a aquellas más rutinarias o aparentemente irrelevantes, un valor trascendente y sobrenatural. En el quehacer encontramos el anuncio anticipado de los nuevos cielos y la nueva tierra», concluye.

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida eterna


Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 22-29
Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar.
Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús:
«La obra de Dios es Esta: que creáis en el que él ha enviado».
Palabra del Señor.