domingo, 14 de agosto de 2016

LA DENUNCIA PROFÉTICA

Nos puede pasar como en los tiempos antiguos, que embebidos en una cultura del bienestar como absoluto, rechacemos toda voz discordante, y sentenciemos como ingrata e injusta la denuncia posible, que proclama valores y verdades contraculturales, como le pasó, de alguna forma, al profeta Jeremías. “En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: -«Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.» (Jer).
Y, no obstante, a la corriente embriagante, que convierte el tiempo de vacaciones en un paréntesis, en el que cabe todo, el Autor Sagrado vienen en nuestra ayuda, y la Iglesia se hace portavoz, sin ánimo de aguar la fiesta, de la verdad que supera el tiempo, y que en definitiva libera, consuela, da esperanza.
Jesucristo es siempre el referente autentificador, como señala el autor de la Carta a los Hebreos: “Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Hbr). Porque podríamos interpretar la invitación al testimonio como una reacción violenta, pero Jesús fue paciente, expuso la verdad, y entregó su vida por defenderla, y llegó a morir por todos, incluso por los que le crucificaron.
Quienes tenemos el don de la fe, nos podemos convertir en profetas, por el modo de vivir, y sin intromisiones violentas, siempre cabe la profecía del testimonio: “Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor” (Sal).
Jesús, en el evangelio, parece que muestra cansancio o impaciencia en el anuncio de la Buena Noticia, y a apela a una imagen terrible: -“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (Lc). Sin embargo, el fuego al que se refiere no es destructor, sino transformador, como se narra en los Hechos de los Apóstoles, cuando se posaron llamas como de fuego sobre los discípulos de Jesús, reunidos en oración con María, la Madre de Jesús, a la espera del Espíritu Santo.
Ante el mensaje que hoy nos ofrece la Palabra, ¿cómo te sientes? ¿Denunciado? ¿Animado a ser testigo? ¿Esperanzado? ¿Con fuerza interior?
No pierdas el ánimo. Como dice el salmista: “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.

Prender fuego


Son bastantes los cristianos que, profundamente arraigados en una situación de bienestar, tienden a considerar el cristianismo como una religión que, invariablemente, debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.
Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús dichos que invitan, no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo... ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división».
No nos resulta fácil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a las personas.
El creyente en Jesús no es una persona fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, tranquilidad y falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sin trabajar con ánimo creador y solidario por un mundo mejor. Tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.
El que ha entendido a Jesús actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total. El verdadero cristiano lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», cambio cualquiera de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.
El orden que, con frecuencia, defendemos, es todavía un desorden. Porque no hemos logrado dar de comer a todos los hambrientos, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras o destruir las armas nucleares.
Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. H. Marcuse escribía que necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la crueldad y la masacre ya no tengan razón de ser».
Quien sigue a Jesús, vive buscando ardientemente que el fuego encendido por él arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, se exige a sí mismo una transformación radical: «solo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es verdaderamente la revolución» (E. Mounier).


José Antonio Pagola

No he venido a traer paz, sino división




Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! 

Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! 

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? 

No, sino división. 

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Ir al encuentro de la carne llagada de Cristo. “Viernes de la Misericordia” con el Papa

 La tarde del 12 agosto, en el marco de los “Viernes de la Misericordia”, el Santo PadreFrancisco dejó el Vaticano para dirigirse a una filial romana de la “Comunidad Papa Juan XXIII” fundada por don Oreste Benzi, para encontrar a 20 mujeres liberadas de la esclavitud de las mafias de la prostitución. Seis de ellas provenientes de Rumanía, 4 de Albania, 7 deNigeria, y las otras tres respectivamente de Túnez, Italia y Ucrania. La edad media bordea los 30 años. Todas ellas han sufrido graves violencias físicas y ahora viven protegidas.
Esta nueva visita de Francisco es otra llamada de atención a la conciencia del mundo para combatir el tráfico de seres humanos, que el Santo Padre ha definido varias veces como “un delito contra la humanidad”. “Una llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una llaga en la carne de Cristo”. El gesto de hoy se suma a los “Viernes de la Misericordia” ya vividos por el Papa a lo largo del Jubileo: en enero el Santo Padre visitó un asilo de ancianos y una casa para enfermos en estado vegetativo en Tor Spaccata; en febrero, una comunidad para tóxico dependientes en Castelgandolfo; en marzo (el Jueves Santo) el Centro de acogida para prófugos (CARA) de Castelnuovo di Porto; en abril fue a encontrar a los prófugos y migrantes en la Isla de Lesbos; en mayo tocó el turno a la comunidad del “Chicco”, en Ciampino, para personas con graves problemas mentales; en junio el Papa visitó dos comunidades romanas para sacerdotes ancianos.
El pasado viernes 29 de julio, durante su viaje a Polonia, el Obispo de Roma también cumplió su “Viernes de la Misericordia” con la oración silenciosa en Auschwitz-Birkenau, su visita a los niños enfermos en el hospital pediátrico de Cracovia y el Via Crucis con los jóvenes de la JMJ, en presencia de tantos chicos y chicas iraquíes, sirios y de otras zonas de guerra y conflicto.
(RC-RV)