jueves, 20 de julio de 2017

Carta del arzobispo de Madrid: Entrar en el dinamismo de la acogida y del encuentro.


Este verano, el Señor nos ofrece la posibilidad de vivir nuevas realidades que enriquecen nuestra existencia. Los cristianos que caminamos en Madrid tenemos una nueva oportunidad de acoger y de anunciar a Jesucristo
Ha llegado este tiempo de verano y quiero dirigirme a todos los cristianos y hombres de buena voluntad. Son muchas las personas que en este tiempo salen de Madrid, pero también otras muchas llegan a visitar nuestra ciudad de otros lugares del mundo; sois muchos los madrileños que viviendo aquí, os trasladáis a otro sitio, ya sea para pasar unos días en el lugar de origen o en otro lugar donde con vuestro esfuerzo habéis conseguido una casa de vacaciones; otros muchos os quedáis en el mismo lugar de siempre pero viviendo este tiempo con unas connotaciones especiales. Los cristianos que caminamos en Madrid tenemos una nueva oportunidad de acoger y de anunciar a Jesucristo, de hacerlo creíble. Muchos jóvenes y niños estáis en campamentos, realizando el camino de Santiago, ayudando en tareas que dignifican la vida de los demás, y aportáis lo mejor de vosotros mismos. Gracias por esta entrega que os hace crecer como personas y posibilitar el crecimiento de los demás llevando el amor de Jesucristo.
¿Cómo es el dinamismo de la acogida, del encuentro? En estos ámbitos nuevos en los que desarrollamos nuestra vida, tenemos la posibilidad de encontrar la originalidad que tiene esa nueva manera de vivir que nos ofrece Jesucristo. ¿Por qué no hacemos la experiencia? Un hombre excepcional como san Pablo lo hizo en el camino de Damasco. Sin ningún miedo se dejó interpelar por Jesucristo, que le salió al camino. Con aquella luz que lo cegó, vio que se le ofrecían otras posibilidades para hacer el camino de su vida. Y él las aceptó, porque descubrió la vida con un sentido diferente y más hondo. ¿Por qué nosotros no podemos ser aquellos que reciben sin miedos la luz que viene de Jesucristo? Ciertamente la experiencia enseña que, quien se deja iluminar por esa luz, tiene una manera nueva de estar en la vida; ahí tenemos a la pléyade de testigos de la fe, muchos de los cuales han caminado con nosotros.
Permitidme que os diga a los jóvenes, a las familias cristianas, precisamente en este tiempo, que os dejéis iluminar por esa luz. La familia tiene una capacidad original y única de transformación de la sociedad. Dejad que la luz de Jesucristo entre en vuestras vidas: en la de los esposos y en la de los hijos. ¡Qué diferencia más abismal de perspectivas! En verano vais a estar más tiempo juntos; las relaciones se van a hacer más intensas y pueden ser más profundas, ya que tenéis más tiempo para vivir desde la hondura de lo que sois. Todas las familias cristianas tenéis una oportunidad de vivir la gracia de lo que es la familia cristiana. Vivid la comunión interpersonal de amor y de vida. En este momento de la historia, cuando hemos comenzado una época nueva, necesitamos más que nunca que pongáis el acento en el amor interpersonal auténtico, un amor fiel, único, exclusivo, totalizante y para toda la vida. Descubrid la grandeza del mismo. Sed una comunidad abierta con proyección social y eclesial, positiva y solidaria. Orientad así vuestra acción de esposos y la educación de vuestros hijos mediante la transmisión de los auténticos valores. Vosotros, los jóvenes, lanzaos a vivir con la fuerza del amor de Cristo que os hace mirar siempre hacia adelante y siempre a los demás. Creedme que la fe, la esperanza y el amor de Cristo contribuyen a la transformación y santificación del mundo desde dentro a modo de fermento. Podemos y debemos ser fermento.
Hacerse verdaderos
Este verano, estoy seguro de que el Señor nos ofrece la posibilidad de vivir nuevas realidades que enriquecen nuestra existencia. Suscitemos el dinamismo de la acogida y del encuentro:
1. Seamos capaces de suscitar un nuevo dinamismo que mueva la historia: la acogida y el encuentro. Seamos capaces de suscitar un nuevo dinamismo en la vida y en las vidas de los que nos rodean, que nace de la acogida y del encuentro. Ese dinamismo confiere la tensión de la búsqueda permanente, que nos hace más humanos. Quien busca, encuentra. El dinamismo de la acogida y del encuentro es que el nos enseña Jesucristo con su vida. Nadie se sintió al lado del Señor extraño, indiferente, pasando de todo. Nunca el Señor se puso en contra del otro, sino que su acogida suscitaba situarnos ante nosotros mismos y a favor del otro. A este respecto, recuerdo el encuentro de Jesús con Zaqueo. La acogida del Señor de su persona y de toda su familia suscitó en Zaqueo la necesidad de situarse ante sí mismo y de descubrir que tenía que hacer un cambio de vida. Por otra parte, le llevó también a situar la vida a favor siempre de los otros (cfr. Lc 19, 1-10). En verano tenemos la posibilidad de realizar y suscitar más acogida y encuentro: más tiempo en la familia, más tiempo con los amigos, más posibilidades de conocer nuevas personas… Hagamos vida lo que aquí, en Madrid, siempre se dio por parte de quienes fueron construyendo esta comunidad: lugar de acogida y de encuentro, nunca lugar de aparcamiento, siempre lugar de distensión y de formular la vida desde el encuentro. Acojo al otro para que se dé al otro; no lo acojo para mí, lo acojo para sí. Hagamos de nuestras vidas escuela de proximidad, semillero de fraternidad, escuela de solidaridad.
2. Seamos capaces de potenciar la acogida inteligente en nuestra vida: estamos en el mundo para hacer lo mismo que el Señor hace con nosotros, cuando lo dejamos entrar en nuestra vida. En esa entrada nos abre la mente, nos entrega una visión nueva, nos da vista, nos agranda y desatasca el corazón. A la larga todo esto ayuda a vivir en verdad o, como decía un santo, a hacerse verdadero, que es lo mismo que aprender a vivir y tener un criterio de verdad que no es el del ilustrado que responde fríamente a las cuestiones que le preguntan con sus palabras y razones y por eso son respuestas frías, sino que nos hace entrar a la verdad por el amor. A este respecto, recuerdo el texto del ciego de Jericó que, sentado junto al camino pedía limosna y sintió el paso y el amor del Señor a quien gritó con fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». El Señor lo acoge inteligentemente, sale a su encuentro y le dice, «¿Qué quieres que te haga?». La respuesta del ciego fue contundente: «Rabbuni, que recobre la vista» (cf. Mc 10 46-52). Realmente la acogida que hace el ciego del Señor, le hace ver con una profundidad especial y única, le hace entrar en la verdad regalándole su mismo amor y haciéndole vivir de él. Precisamente por eso, el pueblo, al verlo, alabó a Dios. Un nuevo verano para hacer lo mismo que el Señor y permitir que en la vida de otros suceda la experiencia del ciego: que otros vean lo que realmente hay que ver, que tengan entrada en la verdad por el amor que el Señor hace caer en sus vidas.
3. Seamos capaces de dejarnos acoger por Cristo: nadie se hace grande sin la apertura a quien es realmente Grande, a quien es Camino, Verdad y Vida. La historia nos enseña que la referencia a quien es Roca que sostiene, da seguridad, hace afrontar todo desde unas dimensiones absolutamente nuevas, y nos ha sido revelado por Jesucristo.
Os aseguro que nunca encontré modos de acoger y de encontrarnos los hombres como los que engendra el haber acogido en la vida a Jesucristo. No acoger a Jesucristo introduce al ser humano en un avasallamiento y su existencia se empobrece, se rompe y rompe, se altera su identidad y expulsa la posibilidad de tener un desarrollo de la vida en todas las dimensiones de la misma. Es cierto que la apertura a Jesucristo produce la conversión que es imprescindible para transformar nuestra vida y darle la identidad verdadera. Dejémonos acoger y encontrar por Jesucristo; seamos agradecidos de ser acogidos por Jesucristo, que no tiene inconveniente en enseñarnos a querer, a saber más, a poder mucho más, a esperar siempre y a orar o establecer un diálogo permanentemente con Él.
Con el deseo de que viváis un verano diferente porque entráis en el dinamismo de la acogida y del encuentro, con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Card. Osoro, arzobispo de Madrid

Itinerario del profeta Elías

«Mirando a los venerables Padres antiguos, especialmente al profeta Elías, como a su inspirador, la Orden toma una conciencia más viva de su vocación contemplativa, orientada por completo a la escucha de la palabra de Dios y a la búsqueda del tesoro más valioso, la perla preciosa de su reino».
Constituciones de las Carmelitas Descalzas, 1991, 2
Dolores Aleixandre nos presenta el itinerario que realizó el profeta Elías a lo largo de su historia. Una historia tejida de contrastes, en la que Elías se dejó transformar por el Señor:

Del Blog: "Teresa de la rueca a la pluma"

20 de julio: san Elías, profeta del Antiguo Testamento


Cuando sucedió, allá en el monte llamado Tabor, la Transfiguración de Jesucristo ante los tres discípulos predilectos Pedro, Juan y Santiago, dejándoles ver por un momento su Gloria, allá apareció Elías entre los invitados junto a otro peregrino de la montaña que se llamaba Moisés; los discípulos los veían conversando familiarmente con Cristo; entre los tres comentaban cosas sobre los acontecimientos de la próxima Pasión.
Ya sabían cosas de él; las habían escuchado con frecuencia en la sinagoga de los sábados; incluso los más viejos del lugar afirmaban que en los últimos tiempos se hablaba de Elías más que en otras épocas; no hacía mucho, la gente llegó a confundir a aquel Bautista que realizaba su carismática predicación en el río Jordán con Elías; los mismos príncipes de los sacerdotes habían mandado a unos comisionados para que investigaran si Juan era el Mesías tan esperado y, al obtener una respuesta negativa, intuyeron que se trataba de alguna otra persona importante y hasta le preguntaron si era una especie de reencarnación de Elías o una aparición suya, puesto que se hablaba de que el gran profeta tendría que venir en los tiempos últimos.
¿Que quién fue este personaje?
Los judíos de todos los lugares conocían bien sus portentosas obras que fueron parte de su misión. Había nacido en torno al año 900 antes de Cristo, cuando ya se había consumado la división cismática político-religiosa del Pueblo de Dios que quedó seccionado en el Reino del Norte –con capital en Samaría– y el Reino del Sur –con capital en Jerusalén–, después de la asamblea que tuvieron en el 931, en Siquén. El reino del norte se llama desde entonces Israel y el del sur, Judá. Cuando Elías ejerce su profetismo por encargo de Dios, reina en Israel Ajab; pero se ha casado con la cruel Jezabel, hija de Ittobaal, el rey de Tiro y Sidón, que ha traído a Samaría a sus profetas y dioses fenicios, levantado un templo a los baales y ha perseguido hasta el aniquilamiento a los profetas del verdadero y único Dios, Yahvé.
Elías o Eliyahú, que quiere decir «Dios es mi confianza», es fuerte y claro con el rey Ajab. Le dirá que por haberse apartado de Yahvé y por haber torcido sus ojos a los dioses falsos ya lleva su reino sufriendo años la sequía que ha mandado Elías; hace años que los campos se han olvidado de las cosechas, los veneros están agostados y los animales se mueren; los hombres tienen labios resecos y Samaría entera sufre el azote de Dios.
Profeta fuerte y claro con el pueblo prevaricador. «¿Hasta cuándo cojearéis entre dos muletas?» les dice, recriminándoles por mantenerse dubitativos y negligentes entre Yahvé y los baales. Tiene que convencerles con un prodigio: Reunidos los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y él solo en lid sobrenatural para dilucidar ante el pueblo dónde está la verdad; dos novillos descuartizados dispuestos sobre el monte para el sacrificio; los profetas de los baales danzarán, cantarán, gritarán, implorarán, se harán incisiones sangrientas y entrarán en trance sin éxito; Elías invocará con sencillez al Dios de Israel y de Judá y vendrá de inmediato un fuego del cielo que hará en un instante cenizas a las víctimas y a las piedras por más que antes hubieran sido empapadas en agua.
Con los intereses de Yahvéh es fuerte y claro por encima de todo. Los cuatrocientos cincuenta profetas de los falsos dioses son pasados a cuchillo junto al torrente Cisón. Ni uno solo escapó.
Convertido ya el pueblo al buen Dios, no hace falta que continúe el castigo. Viene el agua como llega la persecución de la vengativa Jezabel que obliga a huir a Elías al desierto donde, cansado y agotado el profeta, pide ya la llegada de su fin bajo la retama. Como el desierto tiene reminiscencias de lugar encontradizo con Dios, le viene el encargo de reponer fuerzas porque el camino a recorrer es aún largo para Elías. Hace falta ungir a Yehú para rey de Israel y preparar a Eliseo como sucesor en el profetismo.
Aún tuvieron tiempo para ver al hombre de Dios pasar andando el río Jordán golpeado con su manto.
¡Cuánto debió de ser el poder que Dios dio a Elías, cuando Eliseo se conformaba solo con un tercio de él para desempeñar su propia misión! Y lo tendrá al ver el rapto de su maestro al cielo en aquel carro de fuego.
Archimadrid.org

Comentario por el papa Francisco del santo Evangelio según san Mateo 11, 28-30


En  este  Evangelio encontramos la invitación de Jesús. Dice así: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). 

Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos a las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente sencilla, pobres, enfermos, pecadores, marginados... Esta gente lo ha seguido siempre para escuchar su palabra —¡una palabra que daba esperanza! 

Las palabras de Jesús dan siempre esperanza— y también para tocar incluso sólo un borde de su manto. Jesús mismo buscaba a estas multitudes cansadas y agobiadas como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36) y las buscaba para anunciarles el Reino de Dios y para curar a muchos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los llama a todos a su lado: «Venid a mí», y les promete alivio y consuelo.

Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y a veces privados de válidos puntos de referencia. En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia

La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos! En los márgenes de la sociedad son muchos los hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por la insatisfacción de la vida y la frustración. Muchos se ven obligados a emigrar de su patria, poniendo en riesgo su propia vida. Muchos más cargan cada día el peso de un sistema económico que explota al hombre, le impone un «yugo» insoportable, que los pocos privilegiados no quieren llevar. 

A cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: «Venid a mí, todos vosotros». Lo dice también a quienes poseen todo, pero su corazón está vacío y sin Dios. También a ellos Jesús dirige esta invitación: «Venid a mí». La invitación de Jesús es para todos. Pero de manera especial para los que sufren más.

Jesús promete dar alivio a todos, pero nos hace también una invitación, que es como un mandamiento: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). El «yugo» del Señor consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro. La mansedumbre y la humildad del corazón nos ayudan no sólo a cargar con el peso de los demás, sino también a no cargar sobre ellos nuestros puntos de vista personales, y nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia.
Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su manto a todas las personas cansadas y agobiadas, para que a través de una fe iluminada, testimoniada en la vida, podamos ser alivio para cuantos tienen necesidad de ayuda, de ternura, de esperanza.

PAPA FRANCISCO. ÁNGELUS. Domingo 6 de julio de 2014

Soy manso y humilde de corazón





Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.