lunes, 15 de agosto de 2016

Osoro en la Virgen de la Paloma: "Como María, seamos instrumentos de su misericordia, de su amor incondicional a todos"

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, ha presidido este lunes, 15 de agosto, por la mañana la solemne Misa en honor a la Virgen de la Paloma en la parroquia Virgen de la Paloma y San Pedro el Real. En un templo abarrotado, en el que también estaban autoridades del Ayuntamiento y la Comunidad, así como miembros de las distintas congregaciones, cofradías, asociaciones y hermandades de la diócesis.
El prelado ha invitado a contemplar el cuadro recuperado por Isabel Tintero: «La Virgen con las manos unidas sosteniendo un rosario: un arma, la cruz; unas manos unidas que la llevan, y llaman a unir y difundir la fraternidad y la comunión entre los hombres; una corona llena de cuentas, somos todos los hombres unidos, tú y yo estamos en esa corona. ¿Os atrevéis acompañados por la Virgen a realizar el proyecto?».
Texto completo de la homilía de Don Carlos Osoro
Queridos hermanos y hermanas, que es el título más grande dado por Dios mismo a todos los hombres, como consecuencia de ser hijos suyos. Hoy, un año más nos reunimos aquí todos, también quienes seguís la celebración por la TV. Con un gozo inmenso, os acercáis a este santuario de la Virgen de la Paloma. Honrar, contemplar y escuchar a esta Buena Madre que Dios mismo nos dio, y que el pueblo de Madrid supo acoger con este título entrañable de Virgen de la Paloma es una gracia y una bendición.
Además, fue una mujer de este pueblo de Madrid, Andrea Isabel Tintero, quien adquirió esta pintura e invitó a visitar y a vivir esta devoción en su propio domicilio; donando el lienzo a la Iglesia en 1777. Son muy numerosos los pintores que se han hecho eco de esta devoción, destaca la pintura de Goya en el hermoso cuadro Procesión de disciplinantes. Pero especialmente se hizo eco de esta devoción el pueblo de Madrid, desde hace casi dos siglos y medio, nuestros antepasados y hoy vosotros, año tras año venís a honrar a nuestra Madre en esta advocación de la Virgen de la Paloma.
Hemos escuchado la Palabra de Dios. En ella, el Señor nos habla como lo hace siempre, muy directamente al corazón, y nos hace descubrir que es cierto que «se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el Arca de la Alianza» (Ap 11, 19a). En esa Arca que alude a la Virgen María, pues Ella es «la nueva Arca de la Alianza», ha venido a este mundo Dios, quien «resucitó de entre los muertos», y que «por Cristo todos volverán a la vida».
San Pablo nos propone con un imperativo una tarea: «Cristo tiene que reinar» (cfr. 1 Cor 15, 20-27a). Y María nos enseña cómo hacer posible el dar a conocer a todos los hombres a Jesucristo: 1) «se puso en camino»; 2) «entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel»; 3) y provocó en aquel encuentro que se experimentase la acción y la cercanía de Dios: «saltó la criatura en su vientre». Un niño aún no nacido, que todavía estaba en el vientre de la madre, Juan Bautista, experimenta la presencia de Dios e Isabel canta la fe de quien se fía de Dios, de María, «dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».
Pero en este día, como pastor vuestro, como arzobispo de Madrid, quiero que os fijéis en elmensaje que Dios nos quiere dar a través de su Madre, a quien invocamos como la Virgen de la Paloma. Porque vuestro arzobispo quiere estar con su pueblo, a la manera y al modo que estuvo Jesús, enseñando y dándole la mano para que sepa actuar, vivir y ser presencia viva del Evangelio, del Reino que es el mismo Jesucristo; en este tiempo en el que vivimos en el que presentar el mensaje del Evangelio debe de hacerse con claridad, pero con la misericordia, que es el modo más claro en que Dios se hace visible y que alcanza a todos los hombres.
La Virgen de la Paloma, nuestra Madre, nos invita a dar este mismo mensaje hoy a los hombres, aquí desde Madrid. Fijad vuestra atención en sus palabras: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios [...] su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Cfr. Lc 1, 39-56).

Papa: La Asunción de María, misterio grande para nuestro futuro


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Buena fiesta de la Asunción!
La página evangélica (Lc 1,39-56) de la  fiesta de la Asunción de María al cielo describe el encuentro entre María y su prima Isabel, subrayando que «María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá» (v.39). En aquellos días, María corría hacia una pequeña ciudad a los alrededores de Jerusalén para encontrar a Isabel. Hoy, en cambio, la contemplamos en su camino hacia la Jerusalén celeste, para encontrar finalmente el rostro del Padre y volver a ver el rostro de su Hijo Jesús. Muchas veces en su vida terrena había recorrido zonas montañosas, hasta la última etapa dolorosa del Calvario, asociada al misterio de la pasión de Cristo. Ahora la vemos llegar a la montaña de Dios, «revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza» (Ap 12,1) – como dice el Libro del Apocalipsis – y la vemos cruzar el umbral de la patria celeste.
Ha sido la primera en creer en el Hijo de Dios, y es la primera de nosotros en ser elevada al cielo en alma y cuerpo. Fue la primera en recibir y tomar en brazos a Jesús cuando era todavía niño y es la primera en ser recibida en sus brazos para ser introducida en el Reino eterno del Padre. María, la humilde y simple muchacha de un pueblo perdido de las periferias del imperio romano, justamente porque ha recibido y vivido el Evangelio, es admitida por Dios a estar para la eternidad junto al Hijo. Es así que el Señor derriba a los poderosos de su trono y eleva a los humildes (Cfr. Lc 1,52).
La Asunción de María es un misterio grande que se refiere a cada uno de nosotros, concierne nuestro futuro. María, de hecho, nos precede en el camino en la cual están encaminados aquellos que, mediante el Bautismo, han ligado su vida a Jesús, como María ligó a Él su propia vida. La fiesta de hoy nos hace ver al cielo; la fiesta de hoy pre-anuncia los “cielos nuevos y la tierra nueva”, con la victoria de Cristo resucitado de la muerte y la derrota definitiva del maligno. Por lo tanto, el regocijo de la humilde joven de Galilea, expresada en el cantico del Magníficat, se convierte en el canto de la humanidad entera, que se complace en ver al Señor inclinarse sobre todos los hombres y todas las mujeres, humiles creaturas, y llevarlos con Él al cielo. El Señor se inclina sobre los humildes para elevarlos y esto lo hemos escuchado en el Magníficat, en el catico de María.
Y el cantico de María nos lleva también a pensar en tantas situaciones dolorosas actuales, en particular a aquellas, de las mujeres oprimidas por el peso de la vida y del drama de la violencia, de las mujeres esclavas de la prepotencia de los poderosos, de las niñas obligadas a trabajos deshumanos, de las mujeres obligadas a rendirse en el cuerpo y en el espíritu a la concupiscencia de los hombres. Pueda llegar lo más antes para ellas el inicio de una vida de paz, de justicia, de amor, en espera del día en el cual finalmente se sentirán tomadas por manos que no las humillan, sino con ternura las levantan y las conducen en el camino de la vida, hasta el cielo. María, una mujer, una joven que ha sufrido tanto en la vida, nos hace pensar en estas mujeres que sufren tanto. Y pidamos al Señor que Él mismo las lleve en sus manos por el camino de la vida y las libere de estas esclavitudes.
Y ahora nos dirigimos con confianza a María, dulce Reina del cielo, y le pedimos: «Dónanos días de paz, vigila sobre nuestro camino, has que veamos a tu Hijo, llenos de alegría en el Cielo» (Himno de las segundas vísperas).
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano).(from Vatican Radio)


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA A LOS CIELOS


Sube, Señora, donde está tu Hijo. Asciende tú, la gloriosa, Santa María, pero si tu Hijo, estando en la cruz, nos dejó su túnica, la que tú le hiciste, no te olvides de quienes seguimos peregrinos en este valle, tantas veces oscuro, y cúbrenos con tu manto.
Tú, la Madre de Misericordia diste de mamar al mismo Hijo de Dios. Tú fuiste la artesa del Pan Santo, y en Belén te hiciste la mejor panadera. No dejes de ser, como en Caná, la mujer que consiguió de su Hijo el don supremo del banquete sagrado, el Pan de vida, y el cáliz de bendición, y así seremos alimentados y saciados de misericordia.
Tu Hijo Jesús pasó haciendo el bien, y fuiste tú quien logró que nos dejara abastecidos del buen vino, don gratuito de amistad, de amor de pertenencia. Tú eres en verdad Mujer Eucarística. Sigue intercediendo para que no nos falte nunca el don de quienes prolongan en la Iglesia al banquete donde gustar la máxima misericordia de Jesucristo, que en la última cena se nos dio en comida y en bebida.
Tú conociste el relato del profeta Elías, en el que se nos cuenta que al ser arrebatado a los cielos en torbellino de fuego, ante los ruegos de su discípulo Eliseo, dejó caer su manto, y con ello también la fuerza de su espíritu. En tu asunción, Señora, déjanos al menos la certeza de tu protección, y al igual que los primeros cristianos te invocamos: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”.
Si la misericordia significa el amor de las entrañas, tú eres la Virgen, la Mujer, la Madre, la Esposa, Tú sabes mejor que nadie llenarnos de consuelo. El vidente del Apocalipsis narra que la Mujer que dio a luz a un varón fue llevada al desierto por 1.200 años.
Esta imagen me da la esperanza de que sigues entre nosotros, aunque con razón gozas ya de la gloria de tu Hijo en el cielo.
El pueblo cristiano te invoca, Señora, con muchos nombres, y pone bajo tu protección sus tierras, sus caminos y sus frutos, pero sobre todo la vida de cada uno de tus hijos. No te olvides de ser nuestra abogada, nuestro consuelo, auxilio, refugio, faro, estrella, horizonte de luz en la noche, guía en el camino de la existencia.
Virgen bendita, recibe el homenaje que hoy te tributan los pueblos; en algunos hasta llegan a alfombrar sus calles con romero, cantueso, espliego, mejorana, tomillo, ajedrea, y al recorrido de la procesión sube el suave olor de las yerbas del campo esparcidas en tu honor.
Virgen María asunta al cielo, ruega por todos los que aún andamos como forasteros, mientras esperamos compartir contigo y con tu Hijo la misma gloria.
Ángel Moreno de Buenafuente

Solemnidad de la Asunción de María


P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México).
Idea principal: Esta fiesta es la explosión de la victoria de Dios. El dragón y Dios frente a frente, ¿quién ganará?
Síntesis del mensaje: La fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amorMaría fue elevada al cielo en cuerpo y alma. En Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros:  “He aquí a tu madre”. En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.
Puntos de la idea principal:
En primer lugarel dragón quiso devorar a esa Mujer –símbolo de María- y el fruto de sus entrañas, Jesús (1ª lectura). ¿Qué pasó en esa batalla? La “mujer vestida de sol” es el gran signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Un gran signo de consolación. Pero esta mujer que sufre, que debe huir, que da a luz con gritos de dolor, también es la Iglesia, la Iglesia peregrina de todos los tiempos. En todas las generaciones debe dar a luz de nuevo a Cristo, darlo al mundo con gran dolor, con gran sufrimiento. Perseguida en todos los tiempos, vive casi en el desierto perseguida por el dragón. Pero en todos los tiempos la Iglesia, el pueblo de Dios, también vive de la luz de Dios y —como dice el Evangelio— se alimenta de Dios, se alimenta con el pan de la sagrada Eucaristía. Así, la Iglesia, sufriendo, en todas las tribulaciones, en todas las situaciones de las diversas épocas, en las diferentes partes del mundo, vence. Es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.
En segundo lugar, también hoy el dragón quiere devorar al Dios que se hizo niño. No temamos por este Dios aparentemente débil. La lucha es algo ya superado. También hoy este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Así, la fiesta de la Asunción de María es una invitación a tener confianza en Dios y también una invitación a imitar a María en lo que ella misma dijo: “¡He aquí la esclava del Señor!, me pongo a disposición del Señor”. Esta es la lección: seguir su camino; dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente así estamos en el camino del amor, que consiste en perderse, pero en realidad este perderse es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la verdadera vida.
Finalmente, esta solemnidad nos llena de esperanza y alegría, porque el triunfo de Cristo –primicia de todos los que han muerto, 2ª lectura- y de su Madre se proyecta a la Iglesia y a toda la humanidad. En María se condensa nuestro destino. Al igual que su “sí” fue como representante del nuestro, también el “sí” de Dios a Ella, glorificándola, es un “sí” a todos nosotros, sus hijos; nos espera ese destino donde está la Madre. Reflexionemos en estas palabras de una homilía del Papa emérito Benedicto XVI: “María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está “dentro” de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como “madre” -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros. En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Amén” (15 de agosto 2015).
Para reflexionar: ¿Tengo fe en que mi cuerpo también resucitará? ¿Me acompaña María en mi caminar hacia Dios y me hace desear el cielo, donde Ella nos espera como Madre e Intercesora? ¿Durante mi trayecto a la eternidad voy entonando el “Magnificat”, junto con María o voy quejándome y maldiciendo mi suerte?
Para rezar:
Alégrate y gózate Hija de Jerusalén
mira a tu Rey que viene a ti, humilde,
a darte tu parte en su victoria.
Eres la primera de los redimidos
porque fuiste la adelantada de la fe.
Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre:
“Ven amada mía”,
te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza.
Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora,
ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar
las Bodas del Cordero:
Hoy, tu sí, María, tu fiat, se encuentra con el sí de Dios
a su criatura en la realización de su alianza,
en el abrazo de un solo sí.
Amén.
Zenit

Seguidora fiel de Jesús


Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.
María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.
Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.
María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.
María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.
María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.
María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión,trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.
(José Antonio Pagola)

El Poderoso ha hecho obras grandes por mi; enaltece a los humildes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 39-56
En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
-«¡ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
-«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como lo había prometido a nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.
Palabra del Señor.

“El fuego de Jesús nos ayuda a superar los muros y las barreras de hoy”, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Lc 12,49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a sus discípulos a lo largo del camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte de cruz. Para indicar el objetivo de su misión, Él se sirve de tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy deseo hablar de la primera imagen: el fuego.
Jesús lo expresa con estas palabras: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! » (v.49). El fuego del cual habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Este – el fuego – es una fuerza creadora que purifica y renueva, incendia toda humana miseria, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde adentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo arda como fuego en nuestro corazón, porque es sólo partiendo del corazón que el incendio del amor divino podrá desarrollarse y hacer progresar el Reino de Dios. No parte de la cabeza, parte del corazón. Y por esto Jesús quiere que el fuego entre en nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego que es el Espíritu Santo, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su consolador mensaje de misericordia y de salvación, navegando en alto mar, sin miedo. Pero el fuego comienza en el corazón.
En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia – es decir, todos nosotros Iglesia – tiene necesidad de la ayuda del Espíritu Santo para no detenerse ante el miedo, para no habituarse a caminar dentro de los confines seguros. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional, que no arriesga jamás. En cambio, la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en movimiento para caminar incluso por vías inexploradas o incomodas, ofreciendo esperanza a cuantos encontramos. Con este fuego del Espíritu Santo estamos llamados a convertirnos siempre más en una comunidad de personas guiadas y transformadas, llenas de comprensión, personas con el corazón abierto y el rostro gozoso. Hoy más que nunca se necesita de sacerdotes, de consagrados y de fieles laicos, con la mirada atenta del apóstol, para conmoverse y detenerse ante las dificultades y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo restaurador de la proximidad. Es justamente el fuego del Espíritu Santo el que nos lleva a hacernos “prójimos” de los demás: de las personas que sufren, de los necesitados; de tantas miserias humanas, de tantos problemas; de los refugiados, de los prófugos, de aquellos que sufren. Este fuego que viene del corazón. Fuego.
En este momento, pienso también con admiración sobre todo a los numerosos sacerdotes, religiosos y fieles laicos que, en todo el mundo, se dedican al anuncio del Evangelio con gran amor y fidelidad, e incluso a costo de sus vidas. Su ejemplar testimonio nos recuerda que la Iglesia no tiene necesidad de burócratas y de diligentes funcionarios, sino de misioneros apasionados, devorados por el ardor de llevar a todos la consoladora palabra de Jesús y su gracia. Este es el fuego del Espíritu Santo. Si la Iglesia no recibe este fuego o no lo deja entrar en sí, se hace una Iglesia fría o solamente tibia, incapaz de dar vida, porque está constituida por cristianos fríos y tibios. Nos hará bien, hoy, tomar cinco minutos y preguntarnos: ¿Cómo es mi corazón? ¿Es frío? ¿Es tibio? ¿Es capaz de recibir este fuego? Tomemos cinco minutos para esto. Nos hará bien a todos.
Y pidamos a la Virgen María de orar con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que infunda sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que enciende los corazones y nos ayuda a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de San Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: él nos enseñe a vivir el fuego del amor por Dios y por el prójimo.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia»