domingo, 23 de octubre de 2016

Luis Miguel Modino: "Sal de tu Tierra, deja que Dios te lleve hasta los confines del mundo"


 El tercer domingo del mes de octubre se celebra tradicionalmente edía del DOMUND. Este año la Iglesia española, a través de las Obras Misionales Pontificias, escogió como lema las palabras que Yavéh le dijo a Abraham: "Sal de tu Tierra". Leer estas palabras desde la misión me lleva a pensar en cómo Dios va conduciendo nuestras vidas y ayudándonos a descubrir la felicidad en medio de personas que nunca imaginaríamos.
Isa Solá, la religiosa de Jesús-María asesinada en Haití el pasado mes de septiembre, decía que allí se sentía en casa y puedo constatar que en la misión uno aprende a sentirse en casa al lado de gente que poco tiempo atrás eran extraños. Este sentimiento se acentúa en los lugares más distantes, apartados, donde la gente vive fuera del contacto permanente con los otros.
Sirva como ejemplo esta última semana, la visita a algunas de las comunidades más alejadas de la parroquia donde soy misionero, en la región fronteriza con Colombia de la Amazonia brasileña. Son lugares donde poca gente llega y donde nosotros, como Iglesia, no llegamos tanto como deberíamos. En la última comunidad, situada a casi diez horas de viaje en una pequeña canoa con motor de popa, la gente bromeaba, ante la falta de atención sanitaria, educativa... que para las autoridades brasileñas allí ya es Colombia.
Es gente que vive lejos, pero en quien se percibe la alegría que brota de la simplicidad, personas que no quieren abandonar los lugares paradisíacos que habitan, rodeados de una selva exuberante, donde la vida brota a raudales y donde el aislamiento potencia la solidaridad y la visión comunitaria de la propia existencia. Es una expresión clara de que la lógica del Buen Vivir es posible y que se puede disfrutar plenamente de la vida al margen de parámetros que pretende ser universalizados como único modo de ser feliz.
Es en los confines del mundo donde nuestra reflexión se hace más profunda, donde nuestra oración brota con más fluidez de lo más hondo del corazón, donde la liturgia se despoja de ropajes inútiles, donde se descubre que el ejemplo de las primeras comunidades cristianas todavía está presente en algún lugar, donde se percibe que hay comunidades indígenas que son ejemplo de verdadero cristianismo.
A la misión es Dios quien llama y la Iglesia quien envía. En su carta a los diocesanos de Madrid, entre los que me incluyo, con motivo del DOMUND, el Arzobispo Carlos OsoroSierra, recientemente elegido cardenal por el Papa Francisco, dice que los misioneros "han descubierto la vocación del Señor. Han descubierto que este mandato no es una simple recomendación o petición. Es la expresión de una llamada personal, determinada, concreta al corazón de estas personas para que, dejándolo todo, se conviertan en heraldos de la Palabra y de la Persona del Señor".
Es verdad que somos anunciadores, pero no es menos cierto que somos descubridores de innumerables señales del Dios que se hace presente en las periferias geográficas y existenciales, en lugares donde muchos creen que es una locura querer llegar, en personas que la mayoría considera que nunca van a enseñarnos nada que valga la pena.
Las palabras de quien llega de fuera siempre nos ayudan a descubrir hasta que punto estamos avanzando en la dirección correcta. Está de visita un misionero italiano, queriendo conocer la realidad de la diócesis de São Gabriel da Cachoeira, estudiando la posibilidad de ser misionero aquí.
A la vuelta de estos días en las comunidades me decía que había descubierto lo que era la verdadera misión. Escuchar esto de alguien que es misionero en Brasil desde hace dieciocho años me lleva a pensar y a agradecer a Dios y a la Iglesia por darme la posibilidad de llevar a cabo lo que algunos consideran que es la misión de verdad.
No me arrepiento de haber salido de mi tierra, de mi patria, de la casa de mi padre para llegar a la tierra a la que Yaveh me ha conducido. Cada día estoy más convencido que vale mucho la pena estar donde nadie quiere estar, como nadie quiere estar y con quien nadie quiere estar.
Luis Miguel Modino. Fuente: Religión digital

La postura justa

Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.
El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.
En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.
La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.
El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».
Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.
- José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (18,9-14)



Hoy, con una parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14).

Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. 

El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). 

Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. 

Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. 

Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. El fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo. 

No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. 

Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. 

Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. 

Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón.

El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! 

En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». 

La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. 

Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente.

Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Os digo que este —o sea el publicano — bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (v. 14). 

De estos dos, ¿quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es precisamente la imagen del corrupto que finge rezar, pero sólo logra pavonearse ante un espejo. Es un corrupto y simula estar rezando. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja de Dios y de los demás. 

Si Dios prefiere la humildad no es para degradarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser levantados de nuevo por Él, y experimentar así la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. 

Si la oración del soberbio no llega al corazón de Dios, la humildad del mísero lo abre de par en par. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los humildes. Ante un corazón humilde, Dios abre totalmente su corazón. 

Es esta la humildad que la Virgen María expresa en el cántico del Magníficat: «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. [...] su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen» (Lc 1, 48.50). Que nos ayude ella, nuestra Madre, a rezar con corazón humilde. Y nosotros, repetimos tres veces, esas bonita oración: «Oh Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador»”.
(Papa Francisco, catequesis de la audiencia general del 1-6-2016)

EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO




Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo."

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador."

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Palabra del Señor