sábado, 9 de septiembre de 2017

9 de septiembre: san Pedro Claver, apóstol de los negros


Pedro Claver, Patrono de Colombia, de mediana estatura y un poco encorvado, es una figura que se torna gigantesca del siglo XVII. Quiso hacerse esclavo de los negros. Le contó al hermano Nicolás, en una conversación que tuvieron en el colegio de los jesuitas de Cartagena de Indias, según su propio cálculo, le salían más de trescientos mil los negros que bautizó. Tenía entonces setenta años.
La gran cacería africana reportaba buenas ganancias a los negreros que compraban negros en el continente africano de 1683 por ocho francos y los vendían en Cartagena, la Habana, Portobello, Jamaica, Lima o Veracruz por cien pesos, pudiendo permitirse la muerte de las dos terceras partes del cargamento humano durante la travesía. Era un realismo brutal el que a diario se contemplaba en los mercados de esclavos del Nuevo Mundo. Dicen que unos catorce millones de seres humanos fueron desplazados desde los bohíos africanos hacia América; también se cuenta que, solo a Cartagena, llegó más de un millón de estos desgraciados hombres.
Cuando han pasado el Renacimiento y la Reforma, ya es una realidad el asentamiento europeo en América. Es la ocasión pintiparada para el soldado y el comerciante; tanto el idealista como el famélico tienen ahora su oportunidad; y también hay campo abierto para el misionero y el santo.
Pedro Claver, que había nacido en el pueblecito catalán de Verdú el 26 de junio del 1580, hijo de Pedro Claver y Juana Corberó, en familia de campesinos acomodados; después de una infancia sin mayor historia que la de crecer ayudando en las tareas del campo, entró a los diecinueve años en la vida eclesiástica, y luego se hizo jesuita; como había descubierto en Mallorca la perspectiva apostólica americana en sus contactos con el portero santo Alfonso Rodríguez, terminó embarcándose en Sevilla en el galeón San Pedro, el día 15 de agosto de 1610, rumbo a las nuevas tierras.
Primero estuvo dos años en Bogotá, luego marchó a Atunja donde estuvo un año y, por último, se convirtió en un residente de Cartagena de Indias, recorriéndola por el prolongado tiempo de treinta y ocho años. Allí se ordenó sacerdote en el 1616.
Las notas que pueden entresacarse de la obra del P. Sandoval De la salvación de los negros son escalofriantes. Parece ser que a Cartagena llegan cada año doce o catorce navíos con un siniestro cargamento humano de negros; el negro viene pensando que lo traen para hacer aceite con él y comérselo; en la bodega no se ve sol ni luna; están amontonados; les dan de comer una escudilla diaria de harina de maíz o mijo y un pequeño jarro de agua; hay un terrible murmullo en las tripas del navío; de seis en seis están atados por cadenas en el cuello; aquella masa humana desprende un hedor que nadie puede entrar en la bodega sin mareo. Cuando los sacan en puerto, parecen esqueletos y es raro no encontrar en alguno pústulas infectadas. Ahora van de dos en dos con grilletes en los pies buscando al comprador que dé su precio.
Cada barco que llega repite la historia de actividad desenfrenada en el Colegio de san Ignacio donde vive Pedro Claver en su cuarto pobre, con una silla desvencijada y una cama con estera. En contraste con la pobreza, hay allí una rica y abundante despensa de frutas: limones y naranjas, tabaco, aguardiente y aguafuerte para los negros. Ha prometido oración especial para el primero que le avise de la llegada de un barco negrero nuevo. Dada la alarma, corre hacia el puerto y lleva en sus brazos a los enfermos. Tiene montado un sistema de intérpretes: Calapino habla doce idiomas africanos; pero como es imposible hacerse entender, recurre al lenguaje universal del signo con el abrazo a todos los temblorosos negros que puede entre el hedor fétido de desperdicios y pescado podrido. Sabía poner esperanzas en aquellos desheredados e infelices negros y hacer milagros con su Cristo de madera.
Le llamaban ignorante y muchos creían que de verdad lo era. Su heroica y constante actitud cristiana, cuidando y evangelizando a los negros; su desvelo con los presos de la Inquisición y su afán de ayudar a los extranjeros apresados por las naves españolas no era extraño que provocara el asombro incomprensivo. Él estaba enamorado de aquella pobre humanidad y todo le parecía poco para socorrerla. Y cuando no se desvivía por los demás, rezaba y adoraba por la noche al Santísimo Sacramento.
Las señoras Doña Isabel de Urbina y Doña Mariana de Delgado tienen que esperar su turno en las filas de esclavas negras para su confesión. Ellas disponen de confesores abundantes si no quisieran guardar cola, porque las negras no tienen otra alternativa para recibir instrucción, consuelo o perdón. ¿Todos iguales? No; los que sufren y son despreciados tienen prioridad.
Un día cayó paralítico. Al que pasó toda su vida en continua actividad, le ha llegado la hora de imitar de modo más completo y perfecto al Maestro. Cuatro años le duró la enfermedad que le llevó a la muerte, abandonado de todos; estuvo al cuidado de un resabiado esclavo negro nuevo que le maltrató sin recibir ninguna queja de Pedro Claver.
El día seis de septiembre se extiende por la ciudad, como una ola, el rumor de que se muere el santo; los días siete y ocho se forma espontáneamente un reguero humano que viene y va. Ya sin habla, ve a algunos y les sonríe.
El día 9 de septiembre del año 1654 marchó al cielo, habiendo cumplido su misión.
«La vida que más me ha impresionado después de la de Cristo», dijo el Papa León XIII cuando lo canonizó.
Archimadrid.org

Francisco se conmueve en un encuentro con víctimas que promueven la reconciliación


Dos guerrilleros y dos mujeres relatan el destrozo y reconstrucción de sus vidas
«Estoy conmovido», confesó el viernes el Papa Francisco al escuchar el testimonio de cuatro personas en un encuentro de reconciliación nacional con seis mil víctimas de la violencia que ha ensangrentado Colombia los últimos 52 años.
Deisy relató que fue reclutada a los 16 años por los paramilitares de Autodefensas Unidas de Colombia. A los 19 fue arrestada y tras dos años de cárcel empezó a estudiar Psicología. Ahora ayuda a víctimas de la violencia.
También tenía 16 años Juan Carlos cuando fue enrolado por las FARC y perdió una mano preparando explosivos. Llegó a comandante, pero «con el tiempo me sentí frustrado y utilizado». Logró salir de la guerrilla al cabo de 12 años.
Francisco le dijo que la reconciliación requiere «asumir la verdad», como «contar a las familias lo ocurrido con sus parientes desaparecidos» o «confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los grupos violentos».
También afirmó que «en la regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse».
Pastora relató que había descubierto a uno de los asesinos de su hijo cuando, unos días después atendió a un muchacho herido y lo instaló en la cama del chico: «el joven vio sus fotos y me contó que era uno de sus asesinos y cómo lo habían torturado antes de matarlo».
La vida de esa mujer refleja la tragedia de Colombia. Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado. Después lo serian también su marido y dos hijos.
En su respuesta, Francisco la animó a «romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso solo es posible con el perdón y la reconciliación».
Luz comentó que había perdido el uso de una pierna por la bomba que casi mata también a su hija de 7 meses, «y al inicio sentía rabia y rencor, pero después he descubierto que si me limitaba a transmitir este odio, creaba más violencia todavía».
El Papa reconoció con ella que, efectivamente, «las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo, pero lo más importante es que te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor».
El encuentro era diálogo y también plegaria «a los pies del Cristo negro de Bojayá», que perdió piernas y brazos por la bomba que mató en 2002 a decenas de personas refugiadas en la iglesia.
Por la mañana, Francisco había celebrado una misa para cuatrocientas mil personas en la llanura de Villavicencio, uno de los territorios más golpeados, en la que beatificó a dos mártires: el obispo Jesús Emilio Jaramillo, asesinado por el ELN en 1989, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, víctima de la violencia política de 1948.
Según el Papa, «cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz».
Por eso «es necesario que algunos se animen a dar el primer paso, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza!»
Juan Vicente Boo. Enviado especial a Colombia (ABC)
Alfa y Omega

EVANGELIO DE HOY: CRISTO, SEÑOR DEL TIEMPO




Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,1-5):

Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano.

Unos fariseos les preguntaron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?».

Jesús les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros.»

Y añadió: «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

Palabra del Señor

El Papa: “Colombia, abre tu corazón y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia”

Queridos hermanos y hermanas:
Desde el primer día he deseado que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.
Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.
Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.
Agradezco a estos hermanos nuestros que han querido compartir su testimonio, en nombre de tantos otros. ¡Cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.
El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Esto sólo es posible con tu ayuda y presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.
Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al suyo y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Tienes razón: la violencia engendra más violencia, el odio más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que es posible. Sí, con la ayuda de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia.
Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que me ofreces. Aunque aún te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme, porque piensas en los demás y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida. Gracias.
Deseo agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.
Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo y no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.
Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.
Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidamos ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).
Deseo poner todas estas intenciones ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:
* * *
Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos recuerdas tu pasión y muerte;
junto con tus brazos y pies
te han arrancado a tus hijos
que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos miras con ternura
y en tu rostro hay serenidad;
palpita también tu corazón
para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.

Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia. 
(from Vatican Radio)

Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación, el Papa en Villavicencio

El Papa Francisco en su tercer día de visita apostólica a Colombia, ha celebrado en el terreno de Catama la Santa Misa y beatificación de los Siervos de Dios, el Obispo Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, en la memoria litúrgica de la Natividad de la Virgen María.
En su homilía cuyo título fue: “Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación”, el Santo Padre iluminó sus palabras afirmando que “María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día”, animando a Colombia a dejar atrás un pasado lleno de luces pero también de muchas oscuridades.
El Santo Padre partiendo de la reflexión del Evangelio de la Genealogía de Jesús, con la mirada puesta en la realidad de Colombia dijo: “Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte”. Y nuevamente el Papa les animó a dar el primer paso, reflexionando sobre el significado auténtico de la reconciliación: "Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. A vencer la tentación de la venganza, sin esperar que lo hagan los otros”.
Como ejemplo de reconciliación para Colombia el Papa presentó a los dos nuevos beatos, el Obispo Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, “ellos son expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor”.
Finalizó el Papa su homilía reflexionando como “la violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes” (cf. Carta enc. Laudato si’, 2). De esta manera animó a los colombianos a “decir sí a la reconciliación; -un- sí que incluya también a nuestra naturaleza –dijo- … Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor» (Juan Carlos Velarde Gonzalez para Radio vaticana)
Texto completo de la Homilia del Papa en Villavicencio: «Reconciliarse en Dios, con los Colombianos y con la creación»
Viernes, 8 de septiembre de 2017
¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus). La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.
María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día. Su nacimiento nos hace intuir la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie podrá romper.
María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José y Jesús, y también en su pueblo, su nación y en esa casa común a toda la humanidad que es la creación.
En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,1-17), que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.
La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.
Y en medio de eso, Jesús, María y José. María con su generoso sí permitió que Dios se hiciera cargo de esa historia. José, hombre justo, no dejó que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrojaran fuera de esta luz. Por la forma en que está narrado, nosotros sabemos antes que José lo que ha sucedido con María, y él toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor. La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda por cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio.
Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad! ¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro.
La reconciliación no es una palabra abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia. Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y de los valores propios de cada sociedad civil» (Carta a los obispos de El Salvador, 6 agosto 1982). La reconciliación, por tanto, se concreta y consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer la esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación será un fracaso.
El texto evangélico que hemos escuchado culmina llamando a Jesús el Emmanuel, el Dios con nosotros. Así es como comienza, y así es como termina Mateo su Evangelio: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (28,21). Esa promesa se cumple también en Colombia: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, son signo de ello, expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor.
En este entorno maravilloso, nos toca a nosotros decir sí a la reconciliación; que el sí incluya también a nuestra naturaleza. No es casual que incluso sobre ella hayamos desatado nuestras pasiones posesivas, nuestro afán de sometimiento. Un compatriota de ustedes lo canta con belleza: «Los árboles están llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está marrón, mezcla de sangre con la tierra» (Juanes, Minas piedras). La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (cf. Carta enc. Laudato si’, 2). Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor», porque como lo ha prometido a nuestros padres, auxilia a todos los pueblos y a cada pueblo, auxilia a Colombia que hoy quiere reconciliarse y a su descendencia para siempre.

(from Vatican Radio)