jueves, 2 de junio de 2016

Sagrado Corazón de Jesús



Mi amado Jesús... cada vez que voy hacia mi estudio me encuentro con el cuadro de tu Sagrado Corazón que me mira y parece hablarme... ¡Es hermosa esa imagen...! Tú, con la mano extendida, parece que me dices: “toma mi Corazón”... ¡Cuánto quisiera poder hacerlo...!

¿Sabes...? Cuando veo tu imagen pienso en Santa Margarita María de Alacoque... y desearía que un día me concedieras, como a ella, la gracia de recibir una pequeña chispita de la llama ardiente que arde en tu Corazón... La más pequeña chispita sería capaz de inflamar el corazón más frío e indiferente... ¡Señor, deseo amarte tanto... TANTO...! Y sin embargo, sólo puedo amarte con mi frágil corazón humano... con mi corazón lleno de faltas y debilidades...

Ayúdame a amarte más... ayúdame a amarte con cada palabra, con cada gesto, con cada pensamiento... ayúdame a amarte en cada hermano, especialmente en aquellos que están más necesitados de tu amor... ayúdame a amarte en todo y en todos... ayúdame a amar con cada latido y cada respiración... ayúdame a amar con todo Tu Corazón... Amén...

Fuente: Tengo sed de Ti

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 12,28-34,P0R EL PAPA FRANCISCO


«El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. (...) Jesús, citando el libro del Deuteronomio, dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». 
Y hubiese podido detenerse aquí. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado el doctor de la ley. Dijo: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Tampoco este segundo mandamiento Jesús lo inventa, sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo— revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla.

No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a DioS (...) En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos.

El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.
Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.

Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos.

No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

El Rostro de Dios se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto?».
(Papa Francisco, Ángelus del 26 de octubre de 2014)

AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO



Evangelio según San Marcos 12,28-34. 

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de los mandamientos?". 

Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. 

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos". 

El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, 
y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios". 

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos del Reino de Dios". 

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.