"Cantados los himnos, salieron para el Monte de los Olivos".Mateo y Marcos cocluyen con estas palabras la narración de la ültima Cena (Mt 26,30; Mc 14,26). La última comida de Jesús - fuera cena pascual o no - es sobre todo un acontecimiento cultural. En su centro está la oración de acción de gracias y de bendición. Jesús sale con los suyos para orar por la noche, que recuerda aquella noche en la que mataron a los primogénitos de Egipto, e Israel fue salvado por la sangre del cordero (cf. Ex 12), la noche en que Él debe asumir el destino del cordero.

"Fueron a una finca, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:"Sentaos aquí mientras voy a orar""(Mc 14,32). Éste es uno de los lugares más venerados del cristianismo. El Monte de los Olivos es el mismo de entoces. Quién se detiene en él, se encuentra aquí ante un dramático punto culminante del misterio de nuestro Redentor: Jesús ha experimentado aquí la última soledad, toda la tribulación de ser hombre. Aquí, el abismo del pecado y del mal le ha llegado hasta el fondo del alma. Aquí se estremeció ante la muerte inminente. Aquí le besó el traidor. Aquí todos los discípulos lo abandonaron. Aquí Él ha luchado también por mí.
San Juan recoge todas estas experiencias y da una interpretación teológica del lugar, diciendo: Fueron "al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto" (18,1). La misma palabra clave retorna de nuevo al final del relato de la Pasión: "Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía" (19,41).
Es evidente que con la palabra "huerto" Juan alude a la narración del Paraíso y del pecado original. Nos quiere decir que aquí se retoma aquella historia.
En aquel huerto, en el "jardín" del Edén, se produce una traición, pero el huerto estambién el lugar de la resurrección. En efecto, en el huerto Jesús ha aceptado hasta el fondo la voluntad del Padre, la ha hecho suya, y así ha dado un vuelco a la historia.
Del libro: Jesús de Nazaret, desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección
Benedicto XVI