jueves, 15 de junio de 2017

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del 14 de junio de 2017



El papa Francisco realizó hoy en la plaza de San Pedro la audiencia de los miércoles, en la cual desarrolló prosiguió con la serie de catequesis sobre la esperanza.
A continuación el texto completo:
«¡Queridos hermanos y hermanas , buenos días!
Hoy hacemos esta Audiencia en dos lugares, unidos a través de las pantallas gigantes: los enfermos están en el Aula Pablo VI para que no sufran tanto el calor y nosotros aquí. Pero todos juntos. Y nos une el Espíritu Santo, que es el que hace siempre la unidad. Saludemos a los que están en el Aula…
Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una de las más feas esclavitudes en la que podemos caer es la de creer que el amor se merece. Seguramente gran parte de la angustia del hombre contemporáneo viene de esto: creer que si no somos fuertes, atrayentes y bellos, nadie se ocupará de nosotros.
¿Es la vía de la “meritocracia” no? Tantas personas hoy día buscan una visibilidad sólo para colmar el vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de ser confirmados. Pero ¿imagínense un mundo donde todos mendiguen la atención de los demás, y nadie esté dispuesto a amar gratuitamente a otra persona? Imagínense un mundo así…un mundo sin la gratuidad del quererse bien….Parece un mundo humano, pero en realidad está enfermo.
Tantos narcisismos del ser humano, nacen de un sentimiento de soledad. Y también de orfandad. Detrás de tantos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿Es posible que yo no merezca ser llamado por mi nombre; o lo que es lo mismo, no merezca ser amado? Porque el amor siempre te llama por tu nombre.
Cuando es un adolescente quien no es o no se siente amado; entonces puede nacer la violencia. Detrás de tantas formas de odio social y de vandalismo, se esconde con frecuencia un corazón que no ha sido reconocido.
No existen los niños malos, como tampoco existen los adolescentes del todo malvados, existen personas infelices. ¿Y qué nos puede hacer felices más que la experiencia de dar y recibir amor? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguien que al mirarnos, nos arranca una primera sonrisa, y en la sonrisa que ofrecemos gratuitamente a quien está encerrado en la tristeza. Y así es cómo abrimos el camino. Intercambio de miradas: mirarse a los ojos….y así se abren las puertas del corazón.
El primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que nos anticipa de manera incondicional. Dios siempre ama primero. Dios no nos ama porque nosotros tememos motivos que despierten su amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse.
Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del amor de Dios. San Pablo lo dice de manera perfecta: “Dios demuestra su amor hacia nosotros, en el hecho de que aunque éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5,8).
Mientras aún éramos pecadores. Un amor incondicional. Estábamos lejos, como el hijo pródigo de la parábola: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vió, tuvo compasión….” (Lc 15,20). Por amor hacia nosotros, Dios realizó un éxodo de sí mismo, para venir a nuestro encuentro, en esta tierra, dónde insensato que Él transitara. Dios nos amaba aun cuando estábamos equivocados.
¿Quién de nosotros ama de esta manera, a no ser quien es madre o padre? Una madre sigue amando a su hijo aunque éste hijo esté en la cárcel. Yo recuerdo tantas madres, haciendo la fila para entrar en la cárcel, en la primera diócesis dónde estuve: tantas madres. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo.
Y sufrían tantas humillaciones en la antesala, antes de entrar, pero “es hijo mío”. “¡Pero señora, su hijo es un delincuente! – “Es hijo mío”- Sólo este amor de madre y de padre, nos hace comprender cómo es el amor de Dios.
Una madre, no pide que no se aplique la justicia de los hombres, porque todo error necesita redimirse, pero una madre nunca deja nunca de sufrir por el propio hijo. Lo ama a pesar de saber que es pecador.
Dios hace lo mismo con nosotros: somos sus hijos amados. ¿Pero puede ser que Dios tenga algún hijo al que no ame? No. Todos somos hijos amados de Dios. No hay ninguna maldición sobre nuestra vida, lo único es la benévola palabra de Dios, que ha sacado nuestra existencia de la nada. La verdad de todo está en esa relación de amor que une al Padre con el Hijo mediante el Espíritu Santo, relación en la cual, nosotros somos recibidos mediante la gracia.
En Él, en Cristo Jesús, hemos sido queridos, amados, deseados. Es Él quien ha impreso en nosotros una belleza primordial que ningún pecado, ninguna decisión equivocada podrá nunca borrar enteramente.
Nosotros, ante los ojos de Dios, somos siempre pequeños manantiales hechos para salpicar el agua buena. Lo dijo Jesús a la samaritana: “ El agua que yo te daré, se hará en ti una corriente de agua, de la que fluye la vida eterna”. (Jn. 4,14)
Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? (responden ‘el amor’) ¡Más fuerte! (‘¡el amor!’)
¡Muy despiertos!, muy despiertos, ¡todos están muy despiertos! ¿Y cómo hacemos sentir a una persona que la amamos? Hace falta sobretodo abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste.
El amor llama al amor, de un modo mucho más fuerte de cuanto el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para si mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Así que es tiempo de Resurrección para todos: tiempo de levantar a los pobres de la desesperanza, sobre todo a aquellos que yacen en el sepulcro mucho más que tres días.
Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Haz que germine aquí, el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios Padre que nos ama como somos: nos ama siempre, a todos. Buenos y malos. ¿De acuerdo? ¡Gracias!»
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 14 Jun. 2017)

De Madrid al cielo. Hace 24 años…



El 15 de junio de 1993 san Juan Pablo II consagraba la catedral de la Almudena. Habían pasado 110 años desde que Alfonso XII pusiera la primera piedra, el 4 de abril de 1883. Los madrileños habían esperado 125 años para ver otra vez un templo dedicado a la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena.
Madrid fue la ciudad escogida en 1561 por Felipe II para ser la nueva capital. Dependía de la diócesis de Toledo y, aunque fueron muchos los intentos de segregarla, Toledo seguía teniendo la primacía. Será en 1885 cuando el Papa León XIII cree la diócesis de Madrid, nombrando a don Narciso Martínez Izquierdo primer obispo. Se establece la cátedra en la iglesia que está en construcción, Santa María la Real de la Almudena, pero hasta la terminación de la obras será la colegiata de San Isidro la catedral provisional.
Su edificación no fue tan rápida como se esperaba. El primer proyecto del marqués de Cubas era muy ambicioso, un templo neogótico de cinco naves. A su muerte le sucedieron diferentes arquitectos, Miguel Olavarría, Enrique Repulles y Vargas y Juan Moya, quienes realizaron sustanciales variaciones. En el año 1944, el marqués de Lozoya propuso un concurso de arquitectura para dar una solución a la iglesia que estaba a medio construir. Carlos Sidro y Fernando Chueca Goitia ganaron el concurso y el resultado es la actual catedral, aunque con algunas modificaciones producidas por falta de recursos económicos.
Las obras se reanudaron en 1950, pero un nuevo parón entristeció a los madrileños. En 1984 don Ángel Suquía le dio el impulso definitivo con la creación de un patronato.
El 10 de junio de 1993 la Virgen de la Almudena procesionaba desde San Isidro hasta su nueva sede. Unos días más tarde, el Papa san Juan Pablo II la dedicaba. A la solemne ceremonia acudían las más altas personalidades del Estado y sus majestades los reyes don Juan Carlos y doña Sofía. En el museo catedral de la Almudena se exponen las casullas y los ornamentos que utilizó el Papa ese día. La catedral ha cambiado mucho desde entonces: el altar de la Virgen, la sacristía mayor, la capilla del Santísimo… Hace 24 años de aquel 15 de junio y, aunque tardamos en verla terminada, un Papa como san Juan Pablo II la dedicó.
Cristina Tarrero

Lesbos, Grecia. Noviembre de 2015 «Tuvimos que decidir quién vive y quién muere»



A toda prisa Oscar y Gerard preparan las motos acuáticas. Saben que cada segundo cuenta. Centenares de refugiados se están ahogando a pocos kilómetros de su base en To Kyma. Nico y Oriol se suben en marcha sobre las camillas vacías. Todavía no saben qué se van a encontrar en alta mar. «Tuvimos que decidir quién vive y quién muere», nos contaba después Óscar Camps, el alma del dispositivo de rescate financiado con sus propios ahorros y, más tarde, con la solidaridad de miles de ciudadanos de todo el mundo ante la incapacidad e inacción manifiestas de los gobiernos de Europa.
«Lo más duro era tomar a los niños de los brazos de sus padres sabiendo que era muy posible que nunca más se fueran a ver». Los barcos de los guardacostas griegos y del Frontex europeo, que no están preparados para faenas de rescate sino policiales, se mostraron totalmente ineficaces para salvar a las más de cuarenta personas muertas o desaparecidas, muchos de ellos niños.
Dos niñas y dos niños de unos siete años son encontrados vagando por el puerto. Buscan a sus padres perdidos en el mar unas horas antes. Una voluntaria los acompaña al local donde se hacinan docenas de supervivientes. Los niños atisban desde la puerta con la esperanza de que sus padres estén entre los rescatados. Entre los murmullos y sollozos que llenan la sala, la voluntaria grita su apellido. Una mujer se levanta. La niñas saltan entre los cuerpos cubiertos de mantas y se abrazan a ella. Cuando el fotoperiodista abandona la sala un rato después, los dos niños están sentados en una esquina, solos. Sus padres siguen sin aparecer.
En los días siguientes, a los fotoperiodistas nos corresponde la labor de buscar por las playas los cuerpos de los ahogados para documentar lo que no se quiere ver. Emociona ver a una mujer griega llorar desconsolada mientras abraza el pequeño cuerpo de un bebé ahogado que acaba de encontrar cerca de su casa.
Alfa y Omega

Gevgelija, Macedonia. Agosto de 2015. Perder el tren para no perder la familia



La tensión sube a medida que pasa la hora de salida del tren que no llega. Se escucha un clamor cuando a lo lejos se vislumbra la figura de la vieja máquina. Centenares de personas se abalanzan sobre las puertas antes de que el convoy se detenga. Un policía comienza a golpear con su porra a los pasajeros más cercanos, mientras otros trepan por las ventanillas para no quedarse en tierra. Un padre de cuatro niños consigue, con gritos de «Family! Family!», subir finalmente al último asustado pequeño.
Varias familias quedan separadas en la debacle. Un padre con tres hijos grita por la ventanilla a los policías que dejen subir a la madre que se ha quedado rezagada en el andén. Los policías hacen caso omiso a sus súplicas y a los varios avisos que un periodista les da. Otras dos familias incompletas son obligadas a bajarse del tren si no quieren quedar separadas de sus hijos o padres. Mantener junta a la familia es la prioridad absoluta, muchas veces casi misión imposible, para los padres y madres. Si se pierden no saben si se podrán volver a encontrar en un camino del que no saben ni adónde va.
Un policía se lleva detenidos a los dos periodistas. No tienen el permiso escrito, diario, para hacer fotografías en la caótica estación. Tras casi una hora detenidos son puestos en libertad con la amenaza de peores consecuencias. Dos veces más serán detenidos en los siguientes días, afortunadamente sin graves problemas.
Pasan las horas y el viejísimo tren de metal se convierte en un horno para las personas hacinadas en su interior. Las escasas botellas de agua se convierten en una necesidad absoluta para los niños, que casi no pueden ni respirar dentro de los vagones. Por las ventanillas abiertas se ven bebés asomados, sujetos por sus agobiados y sudorosos padres, cuyos ojos se iluminan cuando alguien les entrega un poco de agua desde el andén. Las escenas de la estación recuerdan a los vagones de ganado en el que los judíos eran llevados a los campos de exterminio.
Alfa y Omega

Motril, Granada. Junio de 2017 De la patera al calabozo. 92 personas en 200 metros cuadrados durante tres días




Tras ser rescatados por la Guardia Civil en el mar y trasbordados a la Salvamar Hamal, los migrantes fueron llevados al puerto de Motril, Granada, el pasado 3 de junio. Entre ellos cinco menores de edad y seis mujeres, algunas en aparente mal estado de salud.
Tras bajar del barco de rescate sobre las 19:30 horas, las 92 personas fueron recibidas por Cruz Roja, y tras una breve conversación de un minuto sobre su estado de salud, y la entrega de calzado, ropa y alimentos, la mayoría de ellas fueron llevados al calabozo por la Policía Nacional. Unas 20 personas pasaron al cuarto de Cruz Roja para ser atendidas por los voluntarios y enfermera. Tras varias horas todas fueron ingresadas en el calabozo. Ninguna fue trasladada al hospital.
Las menores y adultos permanecieron durante tres días en el calabozo durmiendo en el suelo, con unas esterillas por todo acomodo en los aproximadamente dos metros cuadrados de espacio por persona. Las mujeres disponen de varias literas.
Tras más de 72 horas encerrados, a las 19:40 horas del lunes, 5 de junio, las personas migrantes fueron sacadas del calabozo, atadas de dos en dos, e introducidas en un autobús privado escoltado por dos furgonetas de la unidad antidisturbios de la UIP.
El periodista fue identificado, y sus datos apuntados, por el mando de la fuerza de escolta hasta que los últimos migrantes estuvieron el autobús con dirección al CIE por orden del juez. Un reciente informe del Servicio Jesuita a Migrantes indica que el 75 % de los internados en los CIE son personas recién llegadas en pateras que no han tenido ocasión de cometer delito alguno y que la mayoría no son expulsados. EL SJM califica de «desproporción e ineficiencia que añade sufrimiento» al internamiento en los CIE y el cardenal Osoro ha pedido «alternativas dignas» a los CIE.
Alfa y Omega

«Está cerrado, no podemos pasar»

Europa ha tomado partido. Frente a los derechos humanos, ha elegido el control de fronteras. El cambio de rumbo afecta a personas concretas que huyen de la muerte y del hambre con sus hijos a cuestas. El fotoperiodista Javier Bauluz, Premio Pulitzer de Periodismo, ha participado en las Jornadas de delegados y agentes de Pastoral de Migraciones organizadas el pasado fin de semana por la Conferencia Episcopal en El Escorial (Madrid), y nos acerca algunos historias que ponen rostro a ese sufrimiento en Lesbos e Idomeni (Grecia) y en Gevgelija (Macedonia). Pero también en Motril (Granada), donde Bauluz documenta el trato inhumano a inmigrantes recién rescatados por la Guardia Civil



Idomeni, frontera de Grecia con Macedonia. Agosto de 2015
«¿Por qué gritan órdenes como si fuésemos perros?»
Nadie sabe lo que se van a encontrar. Demasiadas noticias contradictorias. Tras la declaración del estado de emergencia en Macedonia, el despliegue militar y el cierre temporal de la frontera, se sucedieron los gases lacrimógenos, los palos y las granadas aturdidoras ante el intento desesperado de miles de personas de entrar.
Las voces se convierten en murmullos, caminan casi a tientas entre las traviesas del ferrocarril. La gravilla gruesa dificulta el andar y hace peligrar los tobillos a cada paso. Nadie se queja. Los padres suben a sus hijos en hombros y siguen avanzando.
Al fondo se ven luces reflejadas en los raíles de una curva. Bajan el ritmo, no saben qué hay al otro lado. Ahora las vías están iluminadas por postes de luz, ya pueden ver sus pies otra vez. Otra curva y empezamos a caminar entre las negras sombras de vagones de carga estacionados. Otros grupos de 30, 40, 80 personas salen a nuestro encuentro y se unen al conjunto. La sensación de seguridad individual crece.
Al fondo se perciben unas sombras humanas que nos deslumbran con potentes focos de luz. Se escuchan fuertes gritos en la oscuridad: «Stop! Stop!» «Sit! Sit!» Un muro de hombres armados nos impide el paso. Los murmullos de los caminantes pasan el mensaje: «Está cerrado, no podremos pasar». Muchos ojos brillan húmedos y desencajados cuando las ráfagas de luz de las linternas macedonias pasan por sus rostros.
El grupo, ya más de 200 personas, sigue avanzando. Pronto se agolpa y se compacta. Cuerpo contra cuerpo nos apiñamos en la oscuridad contra la masa humana detenida frente a los fornidos hombres armados que levantan sus porras visibles entre las luces de sus linternas. No nos podemos mover.
Los uniformados empiezan a gritar: SitSit!, para que la gente se siente delante de ellos. «¿Por qué nos gritan órdenes como si fuéramos perros? No somos animales, somos personas que huimos de la guerra en nuestro país». El alambre de espino lleno de jirones de ropa cierra el paso a los lados de la vía. Durante varias horas les obligan a permanecer sentados en el suelo mojado, lleno de barro y basura.
Alfa y Omega

«Mi vocación ha sido un combate, pero la llamada es real, no me la he inventado»



Javier Andrés es uno de los 20 nuevos diáconos que se ordenaron en Madrid este sábado
A veces Dios insiste de una manera tan delicada que no le hacemos caso. Pero Él insiste. Y si seguimos sin hacerle caso, Él insiste. Y sigue insistiendo… Es lo que le pasó a Javier Andrés, un seminarista de 28 años que el sábado 10 de junio recibió la ordenación diaconal. Con 28 años, Javier aprendió a rezar en casa: «Mi familia es cristiana y desde pequeño me educaron en la fe, y hasta iba a un colegio católico, pero vivía una fe de tradición. En realidad, para mí era algo secundario, iba a Misa, pero nada más», reconoce. Tras acabar el colegio empezó a estudiar Arquitectura y también comenzó a salir con una chica.
Todo cambió cuando tenía 20 años: «Me invitaron a hacer el Camino de Santiago con la parroquia y ese fue mi encuentro con el Señor, el punto de inflexión de mi vida. Antes era un cristiano teórico pero me encontré con Jesucristo vivo y resucitado».
Tras este primer descubrimiento, poco a poco fue participando en las actividades de la parroquia, «y el Señor empezó a tener más protagonismo en mi vida. Comencé a dar catequesis, a ir al grupo de jóvenes, a campamentos, peregrinaciones…» De ir a Misa «porque tocaba» empezó a ir a Misa entre semana y rezar con sus amigos, «y el Señor fue entrando así poco a poco en mi vida», recuerda Javier.
En 2010, fue con unos amigos a ver la película La ultima cima, sobre el sacerdote Pablo Domínguez, y salió del cine «envidiando la vida y la alegría que tenía ese hombre. Empecé a vivir en un runrún sobre la vocación, pero no dije nada a nadie y me callé. Un mes más tarde, fuimos a Sigena a rezar con las hermanas de Belén y me tocó mucho el evangelio que se proclamó, el de la vocación de Juan y Andrés: “Ven y sígueme”. Me removió mucho y le dije sí al Señor pero con condiciones, porque quería seguir con la carrera, con mi novia…». Entonces, Javier lo quería todo «muy clarito, algo así como: “Tú me llamas y ya si eso me lo planteo, déjame vivir un poco y ya lo veré…”».
Javier seguía callando todo lo que le estaba pasando, «pero la bola de nieve se iba haciendo cada vez más grande». Decidió ir con un amigo al monasterio de Leyre, en Navarra, para ver si esa inquietud desaparecía o no. «Le decía al Señor: “O me lo dejas claro, o nada”. En una Eucaristía se proclamó entonces la vocación de san Pedro: “No temas, yo te haré pescador de hombres”, y eso ya me rompió. Le di un sí ya sin condiciones, pero volví a Madrid diciendo que eso no era para mí».
A los pocos días volvió a ir a Misa, y en el Evangelio escuchó: “Dejarás a tu padre y a tu madre…”. «Eso fue definitivo y al día siguiente lo dejé con mi novia. Hablé con un sacerdote amigo de todo lo que había vivido en los últimos meses y empecé el Introductorio del seminario en noviembre de 2010».
Al hacer balance, este nuevo diácono ve su vocación «como un combate. Yo era muy cabezón, y necesitaba tenerlo todo muy clarito. Hoy, en momentos de duda me aferro mucho a lo que he vivido y hago memoria de esa llamada, porque es real, no me la he inventado».
A día de hoy, Javier tiene «muchas ganas de entregar el sí definitivo, que es un sí cada día y que se concreta en el sí para siempre. Estoy con ganas e ilusionado, y con mucha alegría por el sacerdocio».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

Todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 20-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».
Palabra del Señor.