martes, 12 de mayo de 2015

Aún hoy se asesinan a los cristianos en nombre de Dios, dijo el Papa en su homilía

Aún hoy se asesinan a los cristianos en nombre de Dios, pero el Espíritu Santo da la fuerza para testimoniar hasta el martirio. Lo dijo el Papa Francisco durante su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.  

También hoy hay quien mata a los cristianos creyendo dar culto a Dios


En el Evangelio del día, Jesús anuncia a los discípulos la venida del Espíritu Santo: “Yo tengo tantas cosas que decirles, pero en este momento ustedes no son capaces de llevar el peso; pero cuando vendrá el Paráclito, el Espíritu de la verdad, Él los guiará hacia toda la verdad”. El Señor “habla del futuro, de la cruz que nos espera, y nos habla del Espíritu, que nos prepara a dar el testimonio cristiano”.

Habla “del escándalo de las persecuciones”, del “escándalo de la Cruz”. “La vida de la Iglesia – observó el Papa –  es un camino guiado por el Espíritu” que nos recuerda las palabras de Jesús y “nos enseña las cosas que aún Jesús no ha podido decirnos”: “Es compañero del camino” y “también nos defiende” del “escándalo de la Cruz”.

En efecto, la Cruz es un escándalo para los judíos que “piden signos” y necedad para “los griegos, es decir, los paganos” que “piden sabiduría, ideas nuevas”. Los cristianos, en cambio, predican a Cristo crucificado. De este modo, Jesús prepara a los discípulos para que no se escandalicen de la Cruz de Cristo: “Los expulsarán de las sinagogas – dice Jesús –  es más viene la hora en que cualquiera los matará, creyendo que rinde culto a Dios”:

“Hoy somos testigos de estos que matan a los cristianos en nombre de Dios, porque son incrédulos, según ellos. Ésta es la Cruz de Cristo: ‘Harán eso porque no han conocido ni al Padre ni a mí’. ‘Esto que me ha sucedido a mí – dice Jesús – también les sucederá a ustedes – las persecuciones, las tribulaciones – pero, por favor, no se escandalicen; será el Espíritu el que los guiará les hará entender’”.

La fuerza del Espíritu de los fieles coptos degollados en la playa

En este contexto, el Papa Francisco recordó la conversación telefónica mantenida el día anterior con el Patriarca copto Tawadros, “porque era el día de la amistad copto-católica”:
“Pero yo recordaba a sus fieles, que han sido degollados en la playa por ser cristianos. Estos fieles, por la fuerza que les ha dado el Espíritu Santo, no se escandalizaron. Morían con el nombre de Jesús en sus labios. Es la fuerza del Espíritu. El testimonio. Es verdad, esto es precisamente el martirio, el testimonio supremo”.

El testimonio de cada día

“Pero también está el testimonio de cada día  –  prosiguió diciendo el Papa –  el testimonio de hacer presente la fecundidad de la Pascua” que “nos da el Espíritu Santo, que nos guía hacia la verdad plena, la entera verdad, y nos hace recordar lo que Jesús nos dice”:
“Un cristiano que no toma seriamente esta dimensión ‘martirial’ de la vida no ha entendido aún el camino que Jesús nos ha enseñado: camino ‘martirial’ de cada día; camino ‘martirial’ en el defender los derechos de las personas; camino ‘martirial’ en el defender a los hijos: papás, mamás, que defienden su familia; camino ‘martirial’ de tantos, tantos enfermos que sufren por amor de Jesús. Todos nosotros tenemos la posibilidad de llevar adelante esta fecundidad pascual por este camino ‘martirial’, sin escandalizarnos”.
“Pidamos al Señor – dijo el Papa  al concluir –  la gracia de recibir al Espíritu Santo que nos hará recordar las cosas de Jesús, que nos guiará a la verdad total y nos preparará cada día para dar este testimonio, para dar este pequeño martirio de cada día o un gran martirio, según la voluntad del Señor”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

lunes, 11 de mayo de 2015

AMADOS DE DIOS

Pocos días como hoy concurren las lecturas con tanta fuerza y evidencia para afirmar el núcleo de la revelación: “Dios es amor” (1Jn 4, 7). 
Quizá no valoramos la expresión suficientemente, por ser manida y estar un tanto gastada, como si fuera fórmula aprendida del catecismo.
Y sin embargo, cuando uno experimenta en propia carne que Dios no lleva cuentas del mal, que perdona y “no hace distinciones” (Act 10, 34 ), seas de la nación que seas, que te quiere por ti mismo, se llega a ser consciente de que el amor de Dios no depende de la propia respuesta, ni siquiera de la fidelidad que tengamos, porque “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como victima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4,10).
Si descubres que el amor con el que eres amado, no es de compromiso, ni pasajero, sino que Jesucristo afirma: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9), ¿qué resistencia cabe ante tal derroche de amor y declaración de fidelidad?
Te puedo asegurar que si en algún momento de tu vida percibes en tu corazón la brisa del amor divino, quedarás conmovido como el profeta, postrado por sobrecogimiento, al mismo tiempo que sentirás la anchura interior y el abrazo envolvente de la misericordia.
Deja que entre en ti la declaración de amor más sincera, estable, gratuita, regeneradora, fiel, permanente, la declaración divina, y nada será igual. La existencia de cada uno de nosotros transcurre en la diferencia entre mendigar amor o en sabernos amados, en caminar heridos de nostalgia, o remecidos de agradecimiento.
¡Que distinto es levantarse cada mañana, sabiendo que alguien te mira, te espera, te acompaña, te quiere, de no saber para qué ni para quién vives!
“Tú eres amado”. Te puedo asegurar que estas palabras cambiaron mi vida, aunque por torpeza a veces las olvide, pero cuando se han grabado en el corazón en momentos de intensa soledad, siempre cabe volver a ellas. Se reconoce que son sinceras, restauradoras, discretas y, como cuando después de una gran sequía vuelven las lluvias suaves y templadas, todo el ser se estremece y le parece soñar, pero es verdad. ¡Somos amados!

No desperdicies la generosidad de Dios, de ella depende que gustes la felicidad posible en esta vida. Te lo deseo.
José Moreno de Buenafuente

NO DESVIARNOS DEL AMOR


El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen, con una intensidad especial, algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata solo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Solo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.


José Antonio Pagola

domingo, 10 de mayo de 2015

El corazón de Cristo ama a todos, cultos e ignorantes, ricos y pobres, justos y pecadores, dijo el Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy  – Juan, capítulo 15 – nos vuelve a llevar al Cenáculo, donde escuchamos el mandamiento nuevo de Jesús. Dice así: “Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (v. 12). Y, pensando en el sacrificio de la cruz ya inminente, añade: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (vv.13-14).
Estas palabras, pronunciadas durante la última Cena, resumen todo el mensaje de Jesús; es más, resumen todo lo que Él ha hecho: Jesús ha dado la vida por sus amigos. Amigos que no lo habían comprendido, que en el momento crucial lo han abandonado, traicionado y renegado. Esto nos dice que Él nos ama aun no siendo merecedores de su amor: ¡así nos ama Jesús!
De este modo, Jesús nos muestra el camino para seguirlo, el camino del amor. Su mandamiento no es un simple precepto, que permanece siempre como algo abstracto o exterior a la vida. El mandamiento de Cristo es nuevo, porque Él, en primer lugar, lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor es escrita una vez para siempre en el corazón del hombre (Cfr. Jer 31,33). ¿Y cómo está escrita? Está escrita con el fuego del Espíritu Santo. Y con este mismo Espíritu, que Jesús nos da, ¡podemos caminar también nosotros por este camino!
Es un camino concreto, un camino que nos conduce a salir de nosotros mismo para ir hacia los demás. Jesús nos ha mostrado que el amor de Dios se realiza en el amor al prójimo. Ambos van juntos. Las páginas del Evangelio están llenas de este amor: adultos y niños, cultos e ignorantes, ricos y pobres, justos y pecadores han tenido acogida en el corazón de Cristo.
Por tanto, esta Palabra del Señor nos llama a amarnos unos a otros, incluso si no siempre nos entendemos, no siempre vamos de acuerdo… pero es precisamente allí donde se ve el amor cristiano. Un amor que también se manifiesta si existen diferencias de opinión o de carácter, ¡pero el amor es más grande que estas diferencias! Éste es el amor que nos ha enseñado Jesús. Es un amor nuevo porque ha sido renovado por Jesús y por su Espíritu. Es un amor redimido, liberado del egoísmo. Un amor que da la alegría a nuestro corazón, como dice el mismo Jesús: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto” (v.11).
Es precisamente el amor de Cristo, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, el que realiza cada día prodigios en la Iglesia y en el mundo. Son tantos pequeños y grandes gestos que obedecen al mandamiento del Señor: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Cfr. Jn 15,12).
Gestos pequeños, de todos los días, gestos de cercanía a un anciano, a un niño, a un enfermo, a una persona sola y con dificultades, sin casa, sin trabajo, inmigrada, refugiada… Gracias a la fuerza de esta Palabra de Cristo, cada uno de nosotros puede estar cerca del hermano y de la hermana que encuentra. Gestos de cercanía, de proximidad. En estos gestos se manifiesta el amor que Cristo nos ha enseñado.
Que en esto nos ayude nuestra Madre Santísima, para que en la vida cotidiana de  cada uno de nosotros el amor de Dios y el amor del próximo estén siempre unidos.


DIOS NOS HA RECONCILIADO POR MEDIO DE CRISTO


Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre la segunda carta a los Corintios (Caps. 5, 5-6, 2: PG 74, 942-943)

«La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros», y, para que nosotros tuviésemos vida, sufrió la muerte según la carne, y así es como conocimos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo conocemos. Pues, aunque retiene su cuerpo humano, ya que resucitó al tercer día y vive en el cielo junto al Padre, no obstante, su existencia es superior a la meramente carnal, puesto que murió de una vez para siempre y ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. 

Si tal es la condición de aquel que se convirtió para nosotros en abanderado y precursor de la vida, es necesario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos parte de los que viven por encima de la carne, y no en la carne. Por esto, dice con toda razón san Pablo: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Fuente: News.va

Juan de Ávila y la crítica a la limpieza de sangre

Teresa de Jesús contó con el privilegio del magisterio espiritual de Juan de Ávila, cuya fiesta litúrgica se celebra hoy. Este hecho sería decisivo para respaldar su experiencia de Dios y abrirle confiadamente al camino de la contemplación mística.
Muchos puntos de contacto encontramos entre ambos, pero hoy vamos a resaltar uno muy concreto: ambos eran cristianos nuevos, con antepasados conversos, lo que constituía un inconveniente o una lacra social que les cerraba muchas puertas. Bien lo pudo comprobar Teresa en su fundación de Toledo.
Ser cristiano nuevo o amigo de judeoconversos en una sociedad en la que se iban imponiendo los “estatutos de limpieza de sangre” era algo socialmente deshonroso. A ambos su experiencia de Dios les liberó de prejuicios en este tema, y les llevó a criticar abiertamente cuestiones de “honra”: «Siempre he estimado en más la virtud que el linaje» –afirmará Teresa con rotunda claridad. Y no tiene miedo a declarar que no posee nobleza por razón de su origen familiar. Así, a propósito de la fundación de Sevilla, recalca que el apoyo de Dios a su obra es por pura gracia: «pues no sería por ser de sangre ilustre el hacerme honra» (27, 12).
Presentamos a continuación un trabajo  de Juan Ignacio Pulido Serrano, de la Universidad de Alcalá de Henares, sobre Juan de Ávila donde muestra que el hecho de ser descendiente de judíos, por vía paterna, algo que fue bien conocido por sus contemporáneos, y presenta su singular postura frente al problema converso, que le causó distintos problemas, entre otros, un proceso inquisitorial ante el tribunal de Sevilla. En este artículo se analiza la huella que dejaron estas experiencias en sus principales obras (Audi, filia, sermones,Epistolario espiritual), enlas que se expresa su actitud y su pensamiento sobre la polémica cuestión de la limpieza de sangre.

Leer el artículo en la revista Sefarad, Vol 73, No 2 (2013): Juan de Ávila: su crítica a la limpieza de sangre y su condición conversa”
Fuente: Blog Para Vos Nací

ASIA/SIRIA - El obispo caldeo Audo: en las guerras sucias de Oriente Medio hay quieres instrumentalizan los sufrimientos de los cristianos

Alepo - “Diariamente estamos bajo las bombas. Creo que muchos cristianos huirán de Alepo y buscarán refugio en la zona costera, pero lo harán cuando se cierren las escuelas y universidades, después de los exámenes. Es paradójico, pero en el desastre en el que vivimos, este año en los distritos centrales de Alepo las escuelas y universidades han permanecido abiertas. Y quienes han podido no han dejado de ir a clase y de hacer los exámenes, mostrando que todavía creen que el estudio es importante para el futuro. Y todo esto, mientras se vive en una ciudad que parece no tener futuro”. Con estas palabras, el jesuita sirio Antoine Audo, obispo caldeo de Alepo, explica a la Agencia Fides los sentimientos compartidos por las familias cristianas de la ciudad mártir.
En las últimas horas, según las noticias relanzadas por los organismos internacionales, en la región de Alepo las milicias yihadistas parecen haber consolidado sus posiciones, intimidando a la rendición a dos mil soldados del ejército gubernamental que han quedado atrapados en la zona. “En realidad”, dice el obispo Audo “desde hace más de tres años para salir de Alepo no utilizamos los aeropuertos, que están todos en zonas en disputa. La impresión es que se está llevando a cabo una fuerte propaganda y guerra psicológica contra el gobierno, orquestada también a nivel internacional con el uso pilotado de la información. Hablan de un ataque a Alepo, dicen que Alepo está acabada. Tal vez están preparando algo”.
Las noticias acerca de los cristianos, según el obispo caldeo de Alepo, también se utilizan a menudo en clave instrumental: “hace tres semanas”, señala el obispo Audo “los grupos armados anti-gobierno realizaron ataques muy fuertes contra los distritos donde se concentran las Catedrales cristianas y luego también atacaron el distrito Suleimanya, donde viven muchos cristianos. Tal vez la intención era la de impresionar a la opinión pública internacional y justificar las respuestas militares. Desde el principio, han hecho todo lo posible para presentar este conflicto como un enfrentamiento religioso entre cristianos y musulmanes, o entre chiitas y sunitas. Por supuesto, los cristianos son el grupo más indefenso, no tienen armas, tienen miedo. Pero ciertas consignas y determinadas interpretaciones dirigidas y pilotadas, sólo sirven para ocultar las verdaderas razones y la dinámica real de la guerra. Hay quienes quieren dividir toda la zona en pequeñas entidades sectarias, como trataron de hacer también en Iraq, para poner unos contra otros y continuar dominando todo”. 
Fuente: News.va

Hoy celebramos a San Isaías, profeta. El gran profeta que predijo la muerte de Cristo en la Cruz

No todos los profetas nos dejaron sus visiones en forma de escritos. De Elías y Eliseo, por ejemplo, sólo sabemos lo que nos narran los libros históricos del Antiguo Testamento, principalmente los libros de Samuel y de los Reyes.
 
Entre los vates cuyos escritos poseemos es, sin duda, el mayor Isaías, hijo de Amós, de la tierra de Judá, quien fue llamado al duro cargo de profeta en el año 738 a.C., y cuya muerte ocurrió probablemente bajo el rey Manasés (693-639).

Según una antigua tradición judía, murió aserrado por la mitad, a manos de verdugos de este impío rey. En 442 d. C. su restos fueron transportados a Contantinopla. La Iglesia celebra su memoria el 6 de julio.
 
Isaías es el primero de los profetas del Antiguo Testamento, desde luego por lo acabado de su lenguaje que representa el siglo de oro de la literatura hebrea, mas sobre todo por la importancia de los vaticinios que se refieren al pueblo de Israel, a los pueblos paganos y a los tiempos mesiánicos y escatológicos.

Ningún otro profeta vio con tanta claridad al futuro Redentor, y nadie, como él, recibió tantas ilustraciones acerca de la salvación mesiánica, de manera que san Jerónimo no vacila en llamarlo "el Evangelista entre los Profetas".
 
Distínguense en el Libro de Isaías un Prólogo (cap. 1) y dos partes principales. La primera (cap. 2 a 35) es una colección de profecías, exhortaciones y amonestaciones, que tienen como punto de partida el peligro asirio, y contiene vaticinios sobre Judá e Israel (2, 1 a 12, 6), oráculos contra las naciones paganas (13, 1 a 23, 18); profecías escatológicas (24, 1 a 27, 13); amenazas contra la falsa seguridad (28, 1 a 33, 24), y la promesa de salvación de Israel (34, 1 a 35, 10).

Entre los profetas descuellan las consignadas en los capítulos 7 a 12. Fueron pronunciadas en tiempo de Acaz y tienen por tema la encarnación del Hijo de Dios, por lo cual son también llamadas El Libro de Emmanuel.
 
Entre la primera y segunda parte media un trozo de cuatro capítulos (36 - 39), que forma algo así como un bosquejo histórico.
 
El capítulo 40 da comienzo a la parte segunda del libro (cap. 40 a 66), que trae veintisiete discursos, cuyo fin inmediato es consolar con las promesas divinas a los que iban a ser desterrados a Babilonia, como expresa El Eclesiástico (48, 27 s.).
 
Fuera de eso, su objeto principal es anunciar el misterio de la Redención y de la salvación mesiánica, a la cual precede la pasión del siervo de Dios, que se describe proféticamente con la más sorprendente claridad.
 
No es de extrañar que la crítica racionalista haya atacado la auntenticidad de esta segunda parte, atribuyéndola a otro autor posterior al cautiverio babilónico. Contra tal teoría, que se apoya casi exclusivamente en criterios internos y linguísticos, se levanta no sólo la tradición judía, cuyo primer testigo es Jesús, hijo de Sirac, (Ecli. 48, 25 ss.), sino también toda la tradición cristiana.
 
Para la interpretación del profeta Isaías y de todos los profetas hay que tener presente el decreto de la Pontificia Comisión Bíblica, del 29 de junio de 1908, que establece los siguientes principios:
 
1. No es lícito considerar las profecías como productos de la historiografía post eventum, es decir, compuestos después de los acontecimientos que se pretende vaticinar.
 
2. La opinión de que Isaías y los demás profetas sólo anunciaron cosas fáciles de conjeturar, no se compagina con las profecías, especialmente con las mesiánicas y escatológicas; ni con la opinión general de los Santos Padres.
 
3. No se puede admitir que los profetas debieran hablar siempre en forma inteligible, y que por esto la segunda parte del libro, en la cual el profeta consuela a las futuras generaciones, como si viviese en medio de ellas, no pueda tener por autor a Isaías.
 
4. La prueba filológica, sacada del lenguaje y estilo, para combatir la identidad del autor del libro de Isaías, no es de tal índole que obligue a reconocer la pluralidad de autores.
 
El creyente que lea este divino libro con espíritu de oración, no tardará en descubrir que las profecías no son simples anuncios, sino que contienen ricas enseñanzas de vida espiritual, preciosas para anunciar nuestra fe y esperanzas.
 
Artículo publicado originalmente por evangeliodeldia.org 

Oración para el Jubileo de la Misericordia

Señor Jesucristo,
tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo, y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación.
Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero; a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura;  hizo llorar a Pedro luego de la traición, y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la samaritana:
¡Si conocieras el don de Dios!
Tú eres el rostro visible del Padre invisible, del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia: haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti, su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error: haz que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia, a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Amén.

Cardenal Jorge Mario Bergoglio

Sentido cristiano de la enfermedad

El papa Francisco, en el Mensaje para la Cuaresma de este año, nos invitaba a ser "islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia". He recordado estas palabras ante la Pascua del enfermo, que coincide con este sexto domingo de Pascua. San Juan Pablo II, muy sensible al sufrimiento humano y a la atención a los enfermos, instituyó la Jornada Mundial del Enfermo, que coincide cada año con la fiesta de la Virgen de Lourdes, el día 11 de febrero. Entre nosotros, esta jornada mundial se complementa con la dedicada a los enfermos en este tiempo pascual, que por eso mismo se llama la Pascua del enfermo.

El sufrimiento humano encuentra su significado más profundo y su valor salvífico en la muerte y la resurrección de Jesús. Juan Pablo II afirmó, hablando de la enfermedad, que de la paradoja de la cruz brota la respuesta a nuestros interrogantes más angustiosos ante la enfermedad y el sufrimiento. Nos decía que "Cristo sufre por nosotros, ya que quita el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con él nuestros sufrimientos."

El sufrimiento humano unido al de Cristo se transforma en medio de salvación. Este es el mensaje esperanzador que la Iglesia ofrece a todas las personas que sufren. El dolor, si es acogido con fe, se convierte en puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor. Se convierte, por tanto, en un sufrimiento que no puede quitar la paz y la felicidad, porque está iluminado por el fulgor de la resurrección.

El don de la fe ilumina toda la realidad de la vida humana y da una respuesta positiva a la realidad lacerante de la enfermedad y de la muerte. Ciertamente, la enfermedad y la muerte permanecen en la existencia terrenal después de la salvación de Jesucristo, pero han perdido su sentido negativo. A la luz de la fe, la muerte del cuerpo, vencida por la de Cristo, se convierte en pasaje obligado hacia la plenitud de la vida inmortal.

El lema de la Jornada del Enfermo que hoy celebramos nos dice que "otra mirada es posible con un corazón nuevo"; es decir, que es posible dar un sentido cristiano a la enfermedad y al dolor, que es lo que he querido expresar en esta comunicación. En esta jornada quisiera dar gracias a Dios por todas aquellas personas que están al servicio de los enfermos y que son verdaderamente, como dice el papa Francisco, "islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia". Por ello, pensando en los profesionales de la salud y en las personas que están cerca de los enfermos con los recursos de la ciencia de curar, pero también con la sabiduría del corazón para aliviar el sufrimiento, termino con unas palabras de la oración que se ha compuesto para la jornada del enfermo de este año: "Danos, Señor, un corazón misericordioso como el tuyo".
† Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

viernes, 8 de mayo de 2015

Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 12-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Eucaristía, Pan partido para tu salvación.

Qué grande debe ser nuestra alegría sabiendo que en el altar,(...) cada día se ofrecerá el sacrificio de Cristo; sobre este altar Él seguirá inmolándose, en el sacramento de la Eucaristía, para nuestra salvación y la del mundo entero. En el Misterio eucarístico, que se renueva en cada altar, Jesús se hace realmente presente. La suya es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él; nos atrae con la fuerza de su amor haciéndonos salir de nosotros mismos para unirnos a Él, haciendo de nosotros una sola cosa con Él.

La presencia real de Cristo hace de cada uno de nosotros su "casa", y todos juntos formamos su Iglesia, el edificio espiritual del que habla también san Pedro. "Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios -escribe el apóstol-, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pe 2, 4-5).

Casi desarrollando esta bella metáfora, san Agustín observa que mediante la fe los hombres son como maderos y piedras cogidos de los bosques y de los montes para la construcción; mediante el bautismo, la catequesis y la predicación se van desbastando, escuadrando y puliendo; pero se convierten en casa del Señor sólo cuando se acompañan por la caridad. Cuando los creyentes se ponen en contacto en un orden determinado, se yuxtaponen y cohesionan mutua y estrechamente, cuando todos están unidos con la caridad se convierten verdaderamente en casa de Dios que no teme derrumbarse (cfr Serm., 336).

Es por tanto el amor de Cristo, la caridad que "no tendrá fin" (1 Cor 13,8), la energía espiritual que une a cuantos participan del mismo sacrificio y se nutren del único Pan partido para la salvación del mundo. De hecho ¿es posible estar en comunión con el Señor si no estamos en comunión entre nosotros? ¿Cómo podemos presentarnos ante el altar de Dios divididos, lejanos unos de otros? Este altar, sobre el cual dentro de poco se renueva el sacrificio del Señor, sea para vosotros, queridos hermanos y hermanas, una constante invitación al amor; a él os debéis acercar siempre con el corazón dispuesto a acoger el amor de Cristo y a difundirlo, a recibir y a conceder el perdón.

(...) Cada vez que os acerquéis al altar para la celebración eucarística, vuestra alma debe abrirse al perdón y a la reconciliación fraterna, dispuestos a aceptar las excusas de cuantos os hayan herido y dispuestos, por vuestra parte, a perdonar.

En la liturgia romana el sacerdote, tras presentar la ofrenda del pan y del vino, inclinado hacia el altar, reza en sumisamente:

"Humildes y arrepentidos acógenos, Señor: acepta nuestro sacrificio que hoy te presentamos".
Se prepara así a entrar, con toda la asamblea de los fieles, en el corazón del misterio eucarístico, en el corazón de esa liturgia celeste a la que se refiere la segunda lectura, tomada del Apocalipsis. San Juan presenta a un ángel que ofrece "muchos perfumes para que, con las oraciones de los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono" (cfr Ap 8, 3). El altar del sacrificio se convierte, de cierta forma, en punto de encuentro entre el Cielo y la tierra; el centro, podríamos decir, de la única Iglesia que es celeste y al mismo tiempo peregrina en la tierra, donde, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios, los discípulos del Señor anuncian su pasión y muerte hasta que vuelva en la gloria (cfr Lumen gentium, 8). Es más, cada celebración eucarística anticipa el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre el mundo, y muestra en el misterio el fulgor de la Iglesia, "esposa inmaculada del Cordero sin mancha, Esposa que Cristo a amado y por la que se ha entregado, a fin de hacerla santa" (ibid., 6).

Es necesario que toda la comunidad crezca en la caridad y en la dedicación apostólica y misionera. Concretamente se trata de dar testimonio con la vida de vuestra fe en Cristo y la confianza total que ponéis en él. Se trata también de cultivar la comunión eclesial que es ante todo un don, fruto del amor libre y gratuito de Dios, y que por tanto es divinamente eficaz, y está siempre presente y operante en la historia, más allá de cualquier apariencia contraria.

La comunión eclesial es también una tarea confiada a la responsabilidad de cada uno. Que el Señor os conceda una comunión cada vez más convencida y operante, en la colaboración y en la corresponsabilidad en todos los niveles: entre presbíteros, consagrados y laicos, entre las distintas comunidades cristianas de vuestro territorio, entre las distintas agrupaciones de laicos. (...)

Homilía del Papa en la dedicación del altar de la catedral de Albano, el lunes 22 de septiembre de 2008.

En la Iglesia se discute para hacer unidad y no acuerdos, dijo el Papa en su homilía

El Espíritu Santo crea “movimiento” en la Iglesia que, aparentemente, puede parecer  “confusión” y, en cambio, si es acogido en oración y con espíritu de diálogo, siempre genera “unidad” entre los cristianos. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta en el día de la fiesta de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina.


Es el Dios desconocido el que mueve las aguas de la Iglesia y cada vez que los cristianos, comenzando por los Apóstoles, se han confrontado con franqueza y en el diálogo, sin fomentar traiciones y “acuerdos” internos, han comprendido siempre lo que era justo hacer, gracias a la inspiración del Espíritu Santo.

Francisco profundizó este tema guiado por los Hechos de los Apóstoles refiriéndose a las situaciones de confrontación y de choque que vivió la primera comunidad cristiana.

Diálogo entre hermanos, no “acuerdos” de enemigos

Teniendo en cuenta el pasaje evangélico que narra la conclusión del primer Concilio de Jerusalén, que estableció, después de no pocas fricciones, las pocas y sencillas reglas que los nuevos convertidos al Evangelio debían observar, el Santo Padre recordó que el problema, es que anteriormente se había desatado una lucha interna entre los que definió “cerrados” –  es decir el grupo de cristianos “muy apegados a la ley” que querían “imponer las condiciones del hebraísmo a los nuevos cristianos” – y Pablo de Tarso, el Apóstol de los paganos, decididamente contrario a esta constricción:
“¿Cómo resuelven el problema? Se reúnen, y cada uno da su juicio, da su opinión. Discuten, pero como hermanos, y no como enemigos. No hacen “acuerdos” afuera para vencer, no van a los poderes civiles para vencer, no matan para triunfar. Buscan el camino de la oración y del diálogo. Estos, que estaban precisamente en posiciones opuestas, dialogan y se ponen de acuerdo. Esta es obra del Espíritu Santo”.

El Espíritu mueve hacia la armonía

El Papa Bergoglio subrayó que la decisión final, se toma en la concordia. Y sobre esta base se escribe, al final del Concilio, la carta que se enviará a los “hermanos” que “provienen del paganismo” en la que, lo que se comunica, es fruto de una participación muy diferente de las maniobras o de las discusiones planteadas por los intransigentes defensores de la tradición:
“Una Iglesia en la que jamás  hay problemas de este tipo me hace pensar que el Espíritu no esté tan presente. Y en una Iglesia donde siempre se discute y hay ‘acuerdos’ y se traicionan a los hermanos, ¡allí no está el Espíritu! El Espíritu es el que hace la novedad, que mueve la situación para ir adelante, que crea nuevos espacios, que crea la sabiduría que Jesús ha prometido: ‘¡Él les enseñará!’. Es el que mueve, pero es también el que, al final, crea la unidad armoniosa ente todos”.

Fieles a los “movimientos” del Espíritu

La última observación del Papa Francisco fue acerca de la frase adoptada para concluir la carta. Palabras que revelan el alma de la concordia cristiana, y no un simple acto de buena voluntad, sino un fruto del Espíritu Santo:
“Esto es lo que nos enseña hoy esta Lectura; que nos enseña el primer Concilio ecuménico. En efecto, ‘le pareció bien’ al Espíritu Santo y a nosotros… Esa es la fórmula, cuando el Espíritu nos pone a todos de acuerdo. Ahora continuemos la celebración eucarística y pidamos al Señor Jesús, que estará presente entre nosotros, que nos envíe siempre al Espíritu Santo, a nosotros, a cada uno de nosotros. Que lo envíe a la Iglesia y que la Iglesia sepa ser fiel a los movimientos que hace el Espíritu Santo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Promover solidaridad y acogida de los migrantes, el Papa a Conferencias Episcopales Europeas

En su discurso el Pontífice recordó que este Comité tiene como objetivo acompañar el camino ecuménico en Europa “donde comenzaron muchas de las divisiones que todavía existen entre los cristianos”. Recordando que por largo tiempo los cristianos de este continente combatieron los unos contra los otros el Papa recalcó que “el movimiento ecuménico ha permitido a las Iglesias y Comunidades eclesiales dar grandes pasos en el camino de la reconciliación y de la paz”.
Francisco destacó asimismo cómo las recientes Asambleas Ecuménicas Europeas y la Charta Oecumenica redactada en Estrasburgo en el 2001, son factores de fecunda colaboración entre la Conferencia de las Iglesias Europeas y el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas y “motivo de gran esperanza para la superación de las divisiones” aun cuando es todavía largo el camino hacia la plena comunión “entre todos los creyentes en Cristo”.
“El Decreto conciliar sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio afirma que la división entre los cristianos daña la santísima causa de la predicación del Evangelio a cada creatura” recordó el Pontífice y destacó cómo esto es evidente cuando las Iglesias y las comunidades eclesiales en Europa presentan visiones diversas sobre importantes cuestiones antropológicas y éticas. “Deseo por lo tanto que no falten y sean fructuosas las ocasiones de reflexión común, a la luz de la Sagrada Escritura y de la compartida tradición” afirmó.
Francisco constató luego que en la actualidad las Iglesias y las Comunidades eclesiales en Europa deben enfrentar desafíos nuevos y decisivos “a los cuales se pueden dar respuestas eficaces sólo hablando con una sola voz” y dirigió su pensamiento al desafío que presentan legislaciones que, “en nombre de un principio de tolerancia mal interpretado, impiden a los ciudadanos expresar libremente las propias convicciones religiosas”. Asimismo hizo hincapié en la actitud con la cual Europa enfrenta la dramática migración de miles de personas en fuga de las guerras, persecuciones y miseria y recordó que “las Iglesias y las Comunidades eclesiales de este continente tienen el deber de colaborar para promover la solidaridad y la acogida” así como los cristianos de Europa están llamados a “interceder con la oración y a obrar activamente para traer diálogo y paz en los conflictos en acto”.Finalmente, tras renovar su reconocimiento por el servicio eclesial de este Comité el Pontífice invocó sobre él la constante bendición del Señor.   (MCM-RV)