domingo, 26 de julio de 2015

Carta abierta a Sor Lucía Caram

"No debemos perder nuestra independencia por una ideología"

Para nuestra vocación es necesaria la vivencia del silencio y de la vida oculta y discreta .
Querida Hermana: Por los medios de comunicación todos conocemos tu labor en el mundo fuera de la clausura y tus dotes para la comunicación. Y como son actividades que realizas abiertamente, nosotras, que también somos monjas dominicas de clausura, queremos reflejar cómo vivimos nuestra vocación de forma activa desde una vida escondida en Dios.
La propia vocación de clausura indica que es una forma de vida cristiana radical, que recuerda que lo importante para los bautizados es el Reino de Dios y por tanto, Jesucristo. Nuestra vocación sirve para enseñar que también el silencio y la soledad son fructíferos y que la Iglesia, como cuerpo de Cristo, tiene muchos miembros, cada uno de los cuales están llamados a realizar su función. La nuestra consiste en la escucha y en la atención, que hoy en día son más necesarias que nunca; para ello es necesaria la vivencia del silencio y de la vida oculta y discreta, que es lo que vienen buscando quienes acuden a nuestro torno, porque ven otra forma de vida diferente.
Podemos comprender nuestra vocación de clausura a través de la experiencia de San Antonio abad, el primer monje o ermitaño, que quiso retirarse al desierto cuando comprendió el Evangelio, que la única riqueza es Cristo. Pero, a pesar de retirarse al desierto, no se escondió de quienes lo buscaban para pedirle consejo. Así debemos ser también nosotras poniendo en práctica el lema de nuestra orden: Contemplata aliis tradere (transmitir a los otros lo que hemos contemplado); no guardamos para nosotras lo que hemos experimentado y recibido, sino que compartimos desde nuestra pobreza con quienes se acercan a nuestro monasterios.
Y la gente que viene a visitarnos para consultarnos, para pedirnos oración, consuelo y remedios materiales urgentes valora, con la percepción de la gente sencilla, que nuestra vocación consiste en mostrar que lo único importante para cualquier cristiano es Jesucristo. Por eso nosotras, como Orden de Predicadoras, estamos llamadas a predicar desde el silencio y la oración sólo a Cristo muerto y resucitado, no a predicar nada más, ni hablar de otros asuntos que pertenecen al ámbito de los laicos y seglares, de manera que cada miembro de la Iglesia realicemos nuestra vocación para el bien común de todo el cuerpo, lo que significa que no invadamos terrenos o hagamos tareas que, como no son propias de nuestra misión, pueden causarnos daño a nosotras mismas y a la Orden, además de a toda la Iglesia, pues como cuerpo que es, sufre cuando uno de sus miembros se daña.
Por eso es tan importante que siempre hagamos lo que estamos llamadas a ser, porque así repercutirá para todo el cuerpo de la Iglesia; igual que si no realizamos lo que estamos llamadas a ser y hacer, nos dispersamos, nos mundanizamos, nos alienamos, no solamente nosotras, sino todo el cuerpo al que pertenecemos. También es importante hacerse todo a todos, porque hemos de integrar y atender a cualquier persona, no a algunos solamente según nuestros gustos o intereses particulares. Para esto también son importantes los métodos que usamos, de manera que nunca perdamos nuestra libertad ni nuestra independencia en favor de un grupo o de una ideología en detrimento de otros.
En este sentido he tenido con dolor que escuchar de ti y ver actitudes en ti que desdicen de una persona, y más de una religiosa, ya que dividimos a los hermanos en lugar de dar ejemplo de integración y de acogida.
Termino con un último consejo desde mi experiencia de ser una hermana de tu Orden: Nuestra misión y vocación necesita espacios de relación comunitaria y con Dios, cuidando las relaciones fraternas con las demás hermanas, la comunión con todas. Si dices al mundo que monja de clausura, no. Monja de silencio, no...de obediencia, no ¿qué es lo que queda de consagrada?
Afectuosamente, 
Sor María Pilar Cano, OP

Fuente: Religión Digital

DIOS EN EL SUFRIMIENTO.

Todos nuestros sufrimientos, pérdidas y despedidas: sean de los seres queridos y de las cosas que hemos amado o sean las pérdidas propias que limitan cada vez más nuestra fuerza física, nos colocan ante la realidad de la muerte, que es el resumen de todas limitaciones.
Pueden ser leídas desde una mirada que no ve sino absurdo y sinsentido en la existencia humana. O podemos entenderlas desde la hondura de una espiritualidad de la entrega, como confianza en Dios y parte de su misteriosa pedagogía hacia la salvación
Nuestras pérdidas, nuestros sufrimientos, pueden enseñarnos algo más de nosotros mismos, de los demás y de Dios, pues ayudan a que el individuo se detenga, mire hacia atrás de otro modo y examine distinguiendo entre lo accidental y lo esencial, entre lo que vale la pena y lo que es pura apariencia.
Los sufrimientos nos preparan para hacernos más amigos de nuestras sombras y de las muertes que nos habitan y que a menudo le ocultamos a los demás, porque para ser plenamente humanos hemos de mirar la totalidad de lo que somos.
Necesitamos del proceso espiritual que nos permita afrontar desde Dios aquello que nos arrancará de nuestros amores para vivirlos definitivamente desde el Amor.
Un proceso espiritual que tiene que llevarnos a acoger el tiempo que llega, con sus quiebras y disminuciones, y descubrirlo como tiempo de Dios, que quiere hacernos más suyos.
Y haciendo que la vida fluya de nosotros hacia los otros pasando el relevo y aprendiendo a morir, con la esperanza de un nuevo comienzo que dejamos en las manos de los demás, con confianza.
La disminución total es "saberse por entero en las manos de Dios y aceptar que toda la iniciativa es suya", como  dijo el P. Arrupe.
Necesitamos la oración:
Como decía santa Teresa de Jesús "Orar es tratar de amistad, estando muchas veces a solas con Quien sabemos nos ama"
Jesús hace vida de oración, ora con el Padre, ora por nosotros y nos enseña a orar al Padre. Orar para conocernos mejor: "Jamás nos acabamos de conocer si no intentamos conocer a Dios", san Juan de la Cruz.
Hablarle como Padre, pedirle como Padre, contarle nuestros sufrimientos y pedirle remedio para ellos.
Santa Teresa decía: Cuando miramos hacia dentro y encontramos a Dios, consuela mucho ver que encontramos con quien hablar y entender que nos oye y los sentimientos de ternura que nos despierta"
"Si estáis con trabajos o tristes, miradle camino al huerto o miradle cargado con la cruz, miraros a Él con unos ojos tan hermosos y piadosos y olvidará sus dolores para consolar los vuestros, solo porque os vais con Él a consolar y porque volvéis la cabeza a mirarle"
Mirar a Jesús
Jesús en la angustia de su pasión abrió su corazón y su ser a la acción de Dios y por eso su cruz es para los cristianos icono de que somos barro y fragilidad, dolor y muerte. Pero también es signo de que estamos de determinación y resistencia, de entrega. Porque la cruz es camino que conduce a ganar, el derecho a tener voz cuando pase la guerra, a ser luz para los pueblos y sus gentes.
"En la muerte, como en un océano, vienen a confluir nuestras disminuciones bruscas y graduales... Superemos la muerte descubriendo a Dios en ella. Y lo divino se hallará instalado en el corazón de nosotros mismos; en el último reducto que parecía escapársele... Cristo ha vencido a la muerte, no sólo reprimiendo sus desafueros, sino embotando su aguijón. En virtud de la resurrección nada hay que mate necesariamente, sino que todo en nuestras vidas es susceptible de convertirse en contacto bendito de las manos divinas  y en bendita influencia de la voluntad de Dios... Tal es el hecho que domina toda explicación y toda discusión.*
Precisamente, la resurrección de Jesús dice que todo es susceptible de convertirse en bondad. Encontrar a Dios en el sufrimiento para rendir la vida ante el Misterio, en actitud de entrega: "Tomad, Señor y recibid"

* Pierre TEILHARD DE CHARDIN. Escritos Esenciales

El pan de Dios es Jesús mismo, dijo Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Jn 6, 1-15) presenta el gran signo de la multiplicación de los panes, en la narración del evangelista Juan. Jesús se encuentra en la orilla del lago de Galilea, y está rodeado por “una gran multitud”, atraída por los “signos que hacía curando a los enfermos” (v. 2).

En Él actúa el poder misericordioso de Dios, que cura todo mal del cuerpo y del espíritu. Pero Jesús no es un sanador, es también maestro: en efecto sube al monte y se si sienta, en la típica actitud del maestro cuando enseña: sube sobre aquella “cátedra” natural creada por su Padre celestial. Llegado a este punto Jesús, que sabe bien lo que está por hacer, pone a la prueba a sus discípulos.

¿Qué hacer para dar de comer a toda aquella gente? Felipe, uno de los Doce, hace un rápido cálculo: organizando una colecta, se podrán recoger, al máximo, doscientos denarios para comprar el pan que, sin embargo, no alcanzaría para dar de comer a cinco mil personas.


Los discípulos razonan en términos de “mercado”, pero Jesús, a la lógica del comprar, sustituye aquella otra lógica, la lógica del dar. Las dos lógicas, ¿no? La del comprar y la del dar. Y he aquí que Andrés, otro de los Apóstoles, hermano de Simón Pedro, presenta a un muchacho que pone a disposición todo lo que tiene: cinco panes y dos pescados; pero ciertamente – dice Andrés – son nada para aquella gente (Cfr. v. 9).

Pero Jesús esperaba precisamente esto. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, después tomó aquellos panes y aquellos pescados, dio gracias al Padre y los distribuyó (Cfr. v. 11). Estos gestos anticipan aquellos de la Última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más verdadero.

El pan de Dios es Jesús mismo. Tomando la Comunión con Él, recibimos su vida en nosotros y llegamos a ser hijos del Padre celestial y hermanos entre nosotros. Tomando la Comunión nos encontramos con Jesús, realmente vivo y resucitado. Participar en la Eucaristía significa entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la participación. Y por más pobres que seamos, todos podemos dar algo. “Tomar la Comunión” también significa tomar de Cristo la gracia que nos hace capaces de compartir con los demás lo que somos y lo que tenemos.

La multitud está sorprendida por el prodigio de la multiplicación de los panes; pero el don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino aquella más profunda, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Frente al sufrimiento, a la soledad, a la pobreza y a las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer lo poco que tenemos. Como aquel muchacho. Ciertamente tenemos alguna hora de tiempo, algún talento, alguna competencia... ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos pescados”? Todos tenemos.

Si estamos dispuestos a ponerlos en las manos del Señor, bastarán para que en el mundo haya un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría. ¡Cuán necesaria es la alegría en el mundo! Dios es capaz de multiplicar nuestros pequeños gestos. Gestos de solidaridad y hacernos partícipes de su don.
Que nuestra oración sostenga el empeño común para que jamás falte a nadie el Pan del cielo que da la vida eterna y lo necesario para una vida diga, y para que se afirme la lógica del compartir y del amor. Que la Virgen María nos acompañe con su intercesión maternal.
(Traducción de María Fernanda Bernasconi - RV).

«EN TODA ESTA LUCHA ME SIENTO REBOSANDO DE ALEGRÍA» San Juan Crisóstomo.

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para atemperar la aspereza de su reprensión.

Pues, después que los ha reprendido y les ha echado en cara que no lo aman coma él los ama, sino que, separándose de su amor, se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda vez, suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, esto es: "Amadnos"

El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es un favor de más provecho para el que lo da que para el que lo recibe. Y no dice: "Amadnos", sino: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un matiz de compasión. "¿Quién -dice- nos ha echado fuera de vuestra mente? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de que nos sintamos al estrecho entre vosotros?". Antes había dicho: Vosotros estáis encogidos por dentro, y ahora aclara el sentido de esta expresión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto, que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido. 

Ya os tengo dicho -añade- que os llevo tan en el corazón, que estamos unidos para vida y para muerte. Muy grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. 
"Porque os llevamos en el corazón, mas no de cualquier modo, sino del modo dicho". Porque puede darse el caso de uno que ame pero rehúya el peligro; no es éste nuestro caso. Me siento lleno de ánimos. ¿De qué ánimos? "De los que vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmendado y me habéis consolado así con vuestras obras." Esto es propio del que ama, reprochar la falta de correspondencia a su amor, pero con el temor de excederse en sus reproches y causar tristeza. Por esto, dice: Me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría. 

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre la segunda carta a los Corintios (Homilía 14,1-2: PG 61, 497-499)
Fuente: News.va

«TENÉIS A CRISTO EN VOSOTROS»



No permita Dios que permanezcamos insensibles ante la bondad de Cristo. Si él imitara nuestro modo ordinario de actuar, ya podríamos darnos por perdidos. [...] Pues el que se acoge a otro nombre distinto del suyo no es de Dios. Arrojad, pues, de vosotros la mala levadura, vieja ya y agriada, y transformaos en la nueva, que es Jesucristo. [...]


Como sé que estáis llenos de Dios, sólo brevemente os he exhortado. Acordaos de mí en vuestras oraciones, para que logre alcanzar a Dios, y acordaos también de la Iglesia de Siria, de la que no soy digno de llamarme miembro. Necesito de vuestras plegarias a Dios y de vuestra caridad, para que la Iglesia de Siria sea refrigerada con el rocío divino, por medio de vuestra Iglesia. 

Os saludan los efesios desde Esmirna, de donde os escribo, los cuales están aquí presentes para gloria de Dios y que, juntamente con Policarpo, obispo de Esmirna, han procurado atenderme y darme gusto en todo. Igualmente os saludan todas las demás Iglesias en honor de Jesucristo. Os envío mi despedida, a vosotros que vivís unidos a Dios y que estáis en posesión de un espíritu inseparable, que es Jesucristo.

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios (Caps. 10,1-15: Funk 1,199-203)

Fuente: News.va

San Joaquín y Santa Ana.

El Protoevangelium de Santiago nos ofrece la siguiente historia: En Nazaret vivían Joaquín y Ana, una pareja rica y piadosa pero que no tenía hijos.
Cuando en una fiesta Joaquín se presentó para ofrecer sacrificio en el Templo, fue rechazado por un tal Rubén, bajo el pretexto de que hombres sin descendencia no eran dignos de ser admitidos. 
Joaquín, cargado de pena, no volvió a su casa sino que se fue a las montañas a presentarse ante Dios en soledad.
También Ana, habiendo conocido la razón de la prolongada ausencia de su esposo, clamó al Señor pidiéndole que retirase de ella la maldición de la esterilidad y prometiéndole dedicar su descendencia a Su servicio.
Sus oraciones fueron escuchadas; un ángel visitó a Ana y le dijo:
"Ana, el Señor ha mirado tus lágrimas; concebirás y darás a luz y el fruto de tu vientre será bendecido por todo el mundo".

El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, quién volvió a donde su esposa.  Ana dio a luz una hija a quien llamó Miriam (María). 

Nuestro gran pecado

(Juan 6,1-15)
El episodio de la multiplicación de los panes gozó de gran popularidad entre los seguidores de Jesús. Todos los evangelistas lo recuerdan. Seguramente, les conmovía pensar que aquel hombre de Dios se había preocupado de alimentar a una muchedumbre que se había quedado sin lo necesario para comer.
Según la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano.
Felipe le hace ver que no tienen dinero. Entre los discípulos, todos son pobres: no pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que dinero.
Jesús les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que tengan, aunque solo sea «cinco panes de cebada y un par de peces».
La actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién nos va enseñar a nosotros a compartir, si solo sabemos comprar? ¿Quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre? ¿Hay algo que nos pueda hacer más humanos? ¿Se producirá algún día ese «milagro» de la solidaridad real entre todos?
Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Por eso, toma los alimentos que han recogido en el grupo, «levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias». La Tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios. Es regalo del Padre destinado a todos sus hijos e hijas. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir es que lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado aunque casi nunca lo confesemos.
Al compartir el pan de la eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.

José Antonio Pagola

«Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.»

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,1-15
En aquel tiempo Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). 

Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»

Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»


Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo.»

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido.

La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.»

Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor.

sábado, 25 de julio de 2015

SANTIAGO APÓSTOL. PATRÓN DE ESPAÑA.

El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: "Sant Iacob, ayúdenos". Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.

Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él.

Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea.


Fue uno de los primeros que recibieron la llamada de Jesucristo, cuando estaba pescando en el lago de Genesaret junto a su hermano.
"Poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban en una barca arreglando las redes; y los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él."(Marcos 1, 19-20)
Tuvo un papel especial en el desarrollo del milagro de la hija de Jairo (Marcos 5, 21-43).

Fue uno de los discípulos más apreciados por Jesucristo, de tal manera que estuvo presente en dos de los momentos más importantes de su ministerio -la Transfiguración en el monte Tabor.. (Marcos, 9)
"Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos,aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos,tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús"

También estuvo presente en la oración en el Huerto de los Olivos, junto a Simón Pedro y a su hermano Juan .
- Van a una propiedad, llamada Getsemaní, y dice a sus discípulos:
"Seantaos aquí, mientras yo hago oración".
Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan , y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: " Mi alma está triste hasta el punto de morir, quedaos aquí y velad" 

Fuera de los Evangelios, sólo aparece nombrado en los Hechos de los Apóstoles (Hc 12, 2), cuando, tras una prédica, es martirizado en Jerusalén (es uno de los primeros mártires cristianos) hacia el año 44, degollado por orden de Herodes Agripa I, rey de Judea. Este rey propició el arresto de algunos miembros de la iglesia, para matarlos.
"Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judios, llegó también a prender a Pedro. Eran los días de los Ázimos"


Papa Francisco: Para vencer el SIDA hay que estar unidos

El Papa Francisco envió un mensaje, a través del cardenal Parolin, a la octava Conferencia sobre el Sida organizada por la International AIDS Society, en Vancouver, donde se lee como el Santo Padre asegura que para vencer el SIDA es necesario estar unidos.

Unidos se vence. Es el sentido del mensaje del Papa que refleja su “estima” por todos aquellos que se dedican a salvar vidas humanas, en particular a través de la terapia antirretroviral altamente activa y la utilidad del “tratamiento como prevención”. Tales esfuerzos afirma, “ “son un testimonio de la posibilidad de un resultado positivo cuando todos los sectores de la sociedad se unen por un propósito común”.  Así, asegura sus oraciones para que todos los progresos en la farmacología, en la terapia y en la búsqueda, puedan ser acompañados de un firme empeño en promover el desarrollo integral de cada persona” ya que, además, cada uno es “un hijo amado de Dios”.

El mensaje del Papa fue enviado al doctor Julio Montaner, copresidente de la Conferencia y director del Centro del SIDA en el Hospital de San Pablo en Vancouver. Es un instituto de inspiración católica, fundado por las hermanas de la Providencia, que se ha distinguido por la cura de enfermos con dicha enfermedad. 
(MZ-RV)

(from Vatican Radio)

jueves, 23 de julio de 2015

“Agradezco esta declaración. Deseo que haga mucho bien”, escribe el Papa en el Acuerdo de los Alcaldes del mundo

Este miércoles 22 de julio, concluyó en el Vaticano, el Encuentro organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias sobre “Esclavitud moderna y cambio climático, el compromiso de las grandes ciudades”, en la cual, Alcaldes de 70 ciudades del mundo junto a algunos representantes de las Naciones Unidas se confrontaron sobre los cambios climáticos y la trata de personas.
Los compromisos comunes asumidos por los participantes fueron sigilados el día de ayer, al finalizar el encuentro con el Papa Francisco, en la Declaración Conjunta de los Alcaldes. La misma que el Pontífice firmó y dejo escrito: “Agradezco esta declaración. Deseo que haga mucho bien”.
En el documento, se precisa que los participantes tienen por “objeto abordar dos dramáticas emergencias correlacionadas: el cambio climático inducido por el ser humano, y la exclusión social en las formas extremas de radical pobreza, de la esclavitud moderna y de la trata de personas”.
En este sentido y después de haber llegado a un consenso sobre las urgencias planteadas, se lee en el documento, “es nuestra intención declarar que el cambio climático antropogénico es una realidad científicamente comprobada, y su efectivo control es un imperativo moral que alcanza a toda la humanidad”.

Asimismo, los participantes se comprometieron “a reforzar en sus ciudades y asentamientos urbanos la capacidad de resilencia de los pobres y de aquellos en situación de vulnerabilidad y reducir su exposición a los eventos extremos relacionados con el clima y otros impactos, y catástrofes económicos, sociales y medioambientales, que fomentan la trata de personas y los riesgos de la migración forzada”.
Texto completo de la Declaración Conjunta firmada por el Papa y los Alcaldes

Los abajo firmantes nos hemos reunido aquí, en la Academia Pontificia de las Ciencias y la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, con el objeto de abordar dos dramáticas emergencias correlacionadas: el cambio climático inducido por el ser humano, y la exclusión social en las formas extremas de radical pobreza, de la esclavitud moderna y de la trata de personas. Hemos llegado hasta aquí desde diversos ámbitos y diferentes culturas, y somos así el fiel reflejo del deseo, compartido por toda la humanidad, de paz, felicidad, prosperidad, justicia y sostenibilidad ambiental. Siguiendo cuanto afirma la Encíclica Laudato si', hemos considerado la abrumadora evidencia científica que confirma la existencia de un cambio climático provocado por el ser humano, al igual que la pérdida de biodiversidad y la vulnerabilidad de los más pobres a los desastres económicos, sociales y ambientales.
Ante las urgencias planteadas por el cambio climático antropogénico, la exclusión social y la pobreza extrema, es nuestra intención declarar lo siguiente, fruto de nuestro consenso. El cambio climático antropogénico es una realidad científicamente comprobada, y su efectivo control es un imperativo moral que alcanza a toda la humanidad.
En este fundamental espacio moral, las ciudades de todo el planeta cumplen un papel clave. Todas nuestras tradiciones culturales afirman la inherente dignidad y la responsabilidad social de cada individuo en su relación con el bien común de la humanidad toda. Proclaman lo bello y lo maravilloso del mundo natural, al igual que su inherente bondad, y lo valoran como un don precioso que ha sido confiado a nuestro común cuidado; por eso es nuestro deber moral respetar, y nunca devastar, este jardín que es nuestra "casa común".
Los pobres y los excluidos, a pesar de que participen mínimamente en la disrupción del clima, están expuestos a temibles amenazas por causa de perturbaciones climáticas antropogénicas tales como la mayor frecuencia de sequías, tormentas extremas, olas de calor y el aumento incesante del nivel del mar. Hoy la humanidad cuenta con los instrumentos tecnológicos, los medios financieros y el conocimiento adecuado para revertir el cambio climático antrópico, poniendo fin, al mismo tiempo, a la pobreza extrema, mediante la aplicación de soluciones relativas al desarrollo sostenible tales como la adopción de sistemas bajos en carbono, con el respaldo de las tecnologías de la información y de la comunicación.
El financiamiento de las iniciativas en pro del desarrollo sostenible, tales como las que apuntan a tener un efectivo control del cambio climático antropogénico, debe estar impulsado por incentivos que ayuden a la transición hacia energías bajas en carbono y renovables, y debe incorporar la búsqueda incansable de la paz, lo que permitirá que los presupuestos de los gobiernos pasen a priorizar las inversiones en la sostenibilidad, que tanto hacen falta, en desmedro del gasto bélico.
El mundo debe saber que la cumbre sobre el cambio climático, a celebrarse en París hacia el final de este año (COP2 1), puede ser la última oportunidad efectiva de negociar acuerdos para mantener el calentamiento antropogénico por debajo de los dos grados centígrados, y para apuntar, para mayor seguridad, a mantener el clima del planeta bien por debajo de ese umbral. Sin embargo, de seguir la trayectoria actual, la humanidad fácilmente podría alcanzar la devastadora cifra de cuatro grados centígrados o más.
Los líderes políticos de todos los Estados Miembros de la ONU tienen la especial responsabilidad de consensuar, en el marco de la COP21, un osado acuerdo en pro del clima que confine el calentamiento del planeta a un límite seguro para la humanidad, y que proteja a los más pobres y vulnerables del cambio climático ininterrumpido, que pone sus vidas en grave peligro. Tal como lo han prometido, los países de altos niveles de ingresos deben ayudar a financiar los costos de la mitigación del cambio climático en las naciones más necesitadas.
Para revertir el cambio climático antrópico, será necesaria una veloz transformación que haga de nuestro hábitat un mundo impulsado por energías bajas en carbono — entre ellas las renovables —, y fundado en la gestión sostenible de los ecosistemas. Dichas transformaciones deberán llevarse a cabo en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que consensuados a nivel mundial, tendrán por objeto poner fin a la pobreza extrema; garantizar el acceso universal a la salud, a la educación de calidad, al agua potable, y a la energía sostenible; y fomentar la cooperación para erradicar la trata de personas y todas las formas modernas de esclavitud.
Como alcaldes nos comprometemos a reforzar en nuestras ciudades y asentamientos urbanos la capacidad de resilencia de los pobres y de aquellos en situación de vulnerabilidad y reducir su exposición a los eventos extremos relacionados con el clima y otros impactos, y catástrofes económicos, sociales y medioambientales, que fomentan la trata de personas y los riesgos de la migración forzada.
Asimismo nos comprometemos a terminar con el abuso, la explotación, la trata de personas y todas las formas de esclavitud moderna, que son crímenes de lesa humanidad, incluido el trabajo forzado y la prostitución, el tráfico de órganos, y la esclavitud doméstica. Nos comprometemos también a desarrollar programas nacionales de reasentamiento y reintegración que eviten la repatriación involuntaria de las personas víctimas de trata (cf. la revision de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, n. 162, realizada por la PASS).
Querernos que nuestras ciudades y asentamientos urbanos sean cada vez más socialmente inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles (cf. Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, n. 11). Todos los sectores y todas las partes interesadas deberán desempeñar el papel que les corresponde: este es un compromiso al que cada uno de nosotros se suma plenamente ya como alcaldes ya como personas.

miércoles, 22 de julio de 2015

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena.

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» ( Jn  20,18).

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. 

He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.

Cristo es esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones. Y está presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada situación humana de sufrimiento e injusticia.

Benedicto XVI

MARÍA MAGDALENA. De las homilías de san Gregorio Magno , Papa.

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos; Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:
«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».


María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

«UNA SOLA ORACIÓN Y UNA SOLA ESPERANZA EN LA CARIDAD Y EN LA SANTA ALEGRÍA»

No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven para nada. Porque, si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica, confesamos no haber recibido la gracia. En efecto, los santos profetas vivieron según Jesucristo. Por eso, justamente fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia para convencer plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se habría de manifestar a sí mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su Palabra que procedió del silencio, y que en todo agradó a aquel que lo había enviado.

Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el Domingo como el principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida gracias al Señor y a su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su Maestro? Y, por eso, el mismo a quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de entre los muertos.

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios
(Caps. 6,1-9,2: Funk 1,195-199)

martes, 21 de julio de 2015

Los cristianos ya no viven aquí

Ningún cristiano vive ya en Mosul. El 16 de julio del pasado año se tuvo la primera noticia de que las casas y propiedades de los cristianos de la ciudad iraquí eran marcados con la letra árabe Nun (N) por "Nazarenos". Ahora todos los cristianos se han ido y las iglesias de la ciudad están cerradas, aunque algunas han sido transformadas en mezquitas por el autoproclamado Califato Islámico, como la dedicada a san Efrén y la de san José.

Iraq, Siria, Tierra Santa: la presencia de los cristianos en todo Oriente Medio es hoy historia de sufrimiento. La geografía de los países que los acogen se adelgaza en los mapas. Los cristianos desaparecen de territorios enteros donde vivían desde la primera difusión de los discípulos de Jesús.
Con el título "La terra perduta. Nel cuore dei cristiani del Medio Oriente", el periodista Matteo Spicuglia cuenta las vicisitudes de un territorio desconocido para la mayoría, el Tur Abdin, corazón del sudeste de Turquía, en el confín con Siria e Iraq.

Tur Abdin es una parola aramea que en español se traduce "Montaña de los siervos de Dios", y que reúne a las decenas de aldeas cristianas, las dos mil iglesias y los ochenta monasterios activos en esta región desde los primeros siglos del cristianismo. ¿Cómo ha sucedido que esta tierra se despoblara de cristianos?

 Una lengua antigua como la de Jesús

El Tur Abdin es la región de referencia de los Siriacos, un pueblo antiquísimo, presente en la región desde hace cuatro mil años, y entre los primeros en convertirse al cristianismo. Aún hoy, los siriacos usan en los ritos y en el dialecto – el turoyo – una lengua que desciende directamente del arameo, la lengua usada en los tiempos de Jesús.

 A principios del siglo XX, los siriacos eran más de 500.000, hoy no superan los 2.500. "La cultura siriaca – explica Spicuglia - ha resistido a los árabes, a los Seleúcidas, a los turcos otomanos. E incluso a los cruzados, a los persas, a los mongoles, a los bizantinos. Ninguno consiguió acabar con este patrimonio antiquísimo.

Al menos hasta el siglo pasado, el siglo de la espada para todas las minorías cristianas de la región: los siro-ortodoxos y siro-católicos, pero también los armenios, los asirios, los caldeos. Las masacres y el genocidio cristiano de 1915 fueron un golpe durísimo".

Pero lo que supera definitivamente a los cristianos es la lucha entre el gobierno turco y la minoría kurda, sobre todo en los años 80: "Las revueltas por la independencia reprimidas con sangre, la militarización de toda la región, después el nacimiento del PKK, el Partido kurdo de los trabajadores y la guerra abierta para responder al terrorismo. Pagaron todos, pero los cristianos algo más porque se jugaban sus raíces, su tierra. Tierra amada y perdida".

Las presiones y las discriminaciones contra la minoría cristiana por parte de la mayoría musulmana se vuelven cada vez más fuertes y la gente comienza a irse. En Midyat, uno de los centros principales, al comienzo del siglo las familias eran 1.500, mientras que hoy no superan las 70. En Mardin, cuando se fundó la República turca en 1923, el 70% de los habitantes era cristiano: ahora han quedado 85 familias y solo 65 hablan arameo.

Un monasterio sin pueblo

La vida es difícil para los muchos monasterios de la "Montaña de los siervos de Dios". El monasterio de Mor Gabriel estuvo en el centro de una disputa judicial sobre la propiedad de las tierras que lo rodean que parece haberse resuelto positivamente solo en 2013, pero otros monasterios sufrieron restricciones de sus propiedades.
 A las puertas de Mardin está el monasterio Deyrülzafarân, uno de los lugares de espiritualidad más importantes para los siro-ortodoxos, con 1.500 años de historia. Está dedicado a san Ananías, pero se llama así porque según una leyenda, los constructores mezclaron el azafrán con la malta para obtener el color ocre que lo caracteriza.
Hasta 1932 hospedaba a centenares de monjes; después, a raíz de las revueltas kurdas, el patriarca se vio obligado a huir y se refugió primero en Mosul – la misma Mosul de donde el ISIS ha expulsado a los cristianos – y después en Damasco, que es la sede del actual patriarcado.
Hoy en el monasterio viven treinta personas, pero la comunidad religiosa está formada sólo por un monje y por el obispo de Mardin: mor Filuksinos Ozmen. "En un siglo – afirma – han cambiado muchas cosas. Los que han escapado encontraron refugio en los países vecinos. Nuestra gente ha conocido grandes sufrimientos. Basta mirar alrededor. El nuestro es ya un monasterio sin pueblo".

Anah, Naile y los demás

Los cristianos que dejaron el Tur Abdin están diseminados entre Suiza, Suecia, Alemania, Holanda, Estados Unidos, adonde hayan podido encontrar un lugar para empezar de nuevo. Las jóvenes generaciones nunca han estado en Turquía, en Mardin o Midyat, pero sus padres y madres llevan en el corazón el recuerdo de estos lugares a los que a veces vuelven de visita.
 Como Anah, que vuelve con sus nietas nacidas en Alemania a volver a la casa en la que 35 años antes fue una joven esposa y madre. La historia de los prófugos es igual en todo el mundo: la casa, el corral, todo lo que fue construido fatigosamente con las propias manos fue malvendido por la necesidad de huir, lo justo para pagar los gastos del viaje.

 Sabri, que era orfebre, tuvo solo tiempo para preparar de prisa una maleta: "Recuerdo que cerré la puerta y no lo pensé más. Primero Estambul, después Australia. ¡Fuera! En Midyat ya no era posible vivir, corrías riesgo a diario, lo más importante era salvar la piel. El resto no contaba".

Lo mismo para Naile, que ha rehecho su vida en Suiza, tras huir dejando atrás la vida acomodada de la familia de un comerciante, con una casa grande y un negocio boyante. Como afirma Naile: "Nuestra historia es increíble. Somos como un puñado de granos de trigo en las manos de un agricultor. Cuando lo esparces en un campo, no sabes qué va a ser de él. Un grano aquí, otro allá, uno comido por los pájaros, uno plantado. A nosotros nos ha pasado lo mismo. No somos otra cosa que granos de trigo".
Fuente: Aleteia