jueves, 19 de marzo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE LOS NIÑOS: UNA SOCIEDAD QUE SE QUEDA SIN NIÑOS ES TRISTE, ES GRIS


Queridos amigos, les ofrecemos el texto completo de la catequesis de hoy del Papa. ¡No se la pierdan, especialmente si tienen hijos o nietos!

La familia: los niños

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber analizado las diversas figuras de la vida familiar - madre, padre, hijos, hermanos, abuelos, - quisiera concluir este primer grupo de catequesis sobre la familia hablando de los niños.

Lo haré en dos momentos: hoy me detendré sobre el gran don que son los niños para la humanidad (aplausos). Pero es verdad eh - y gracias por aplaudir - que son el gran don de la humanidad, pero también son los grandes excluidos, porque ni siquiera los dejan nacer.

Y la próxima semana, me detendré sobre algunas heridas que, lamentablemente, hacen mal a la infancia. Me vienen a la mente los tantos niños que he encontrado durante mi último viaje a Asia: llenos de vida, de entusiasmo, y por otra parte, veo que en el mundo muchos de ellos viven en condiciones no dignas…

En efecto, por como son tratados los niños se puede juzgar la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente. Si es una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales.

En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no se ha ahorrado este pasaje. Es el misterio que contemplamos cada año, en Navidad. El Belén es el icono que nos comunica esta realidad en el modo más simple y directo.

Es curioso: Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en entender a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los “pequeños”.

Este término “pequeños” indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular, a los niños. Por ejemplo Jesús dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Y todavía: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial” (Mt 18, 10).

Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón. ¡Y todos estamos necesitados de ayuda, de amor, de perdón! ¡Todos!

Los niños nos recuerdan otra cosa bella; nos recuerdan que somos siempre hijos. Incluso si uno se convierte en adulto o anciano, aún si se convierte en padre, si se ocupa un lugar de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos.

Y eso nos vuelve a llevar siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros, sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que hemos recibido: la vida. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes.

En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos. Este es el mensaje principal que los niños nos dan, con su sola presencia. Solamente con la presencia nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos.

Pero hay tantos dones, tantas riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos.

Traen su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en el papá y la mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen.

Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, todavía no está contaminada por la malicia, por los dobleces, por las “costras” de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior.

Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. Y muchas veces, ponen en dificultad a los padres... Dicen: “esto no me gusta porque es feo” delante de otras personas… Los niños dicen lo que piensan, no son personas dobles. Todavía no han aprendido aquella ciencia del “doblez” que nosotros, los adultos, hemos aprendido.

Los niños, además, en su simplicidad interior, traen consigo la capacidad de dar y recibir ternura. Ternura es tener un corazón “de carne” y no “de piedra”, como dice la Biblia (cf. Ez 36, 26). La ternura también es poesía; es “sentir” las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos porque sirven...

Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos cuando los tomo para besarlos, sonríen. Otros, me ven de blanco, creen que soy el médico y que vengo a hacerles la inyección, ¡y lloran! ¡Espontáneamente! ¡Los niños son así!

Sonreír y llorar, dos cosas que en nosotros los grandes, a menudo se “bloquean”, ya no somos capaces… Y muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de cartón, una cosa sin vida, una sonrisa que no es vivaz, incluso una sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.

Siempre depende del corazón. Y nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y de llorar. Y entonces los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y llorar.

Tenemos que preguntarnos nosotros mismos: ¿yo sonrío espontáneamente, con frescura, con amor? ¿O nuestra sonrisa es artificial? ¿Yo todavía lloro? ¿O he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todas estas razones, Jesús invita a sus discípulos a “ser como los niños”, porque «el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14).

Queridos hermanos y hermanas, los niños traen vida, alegría, esperanza. Cierto, también traen preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con éstas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris, porque se ha quedado sin niños.

Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas llega al uno por ciento podemos decir: “Esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños”».

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Griselda Mutual - Radio Vaticano)


SAN JOSÉ, HOMBRE JUSTO Y OBEDIENTE A LA VOZ DEL SEÑOR


Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a.

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.

CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR


Del Salmo 88:
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Solemnidad de San José, Reflexión espiritual: «No debemos tener miedo de la ternura.»

Homilía de Padre Francisco, Martes 19 de marzo de 2013

«José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia. [...]

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. [...] En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación. [...]

El preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Nwes va

miércoles, 18 de marzo de 2015

"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo".

Evangelio según San Juan 5,17-30.

Jesús dijo a los judíos:
"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo".

Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.

Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo.

Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados.

Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, 
para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.

Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida.

Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán.

Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre.

No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.

Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

News.va

A los maestros italianos: Id hasta las “periferias de las escuelas” como testigos de vida y esperanza


La enseñanza, es una hermosa tarea porque permite ver cómo crecen día tras día las personas confiadas a nuestro cuidado. Es cómo ser padres, al menos espiritualmente. ¡Es una gran responsabilidad!`` Así se ha dirigido el Papa esta mañana a los miembros de la Unión Católica Italiana de profesores (UCIIM) a los que ha recibido en audiencia en el Aula Pablo VI. ``La enseñanza -ha añadido- es un compromiso serio que sólo una personalidad madura y equilibrada puede realizar. Un compromiso de este tipo puede atemorizar, pero hay que recordar que ningún maestro está solo: comparte su trabajo siempre con el resto de los colegas y con toda la comunidad educativa a la que pertenece``. 

``Como Jesús nos enseñó, toda la Ley y los Profetas se resumen en dos mandamientos: Amarás al Señor tu Dios y amarás al prójimo. Podemos preguntarnos: ¿Quién es el prójimo para un maestro? ¡El prójimo son sus alumnos! Con ellos pasa sus días. Son ellos los que de él esperan orientación, una dirección, una respuesta - y, antes de esto, ¡buenas preguntas! -ha continuado-. Entre las tareas de la UCIIM no puede faltar la de iluminar y motivar una justa idea de escuela, a veces eclipsada por las discusiones y posiciones reductivas. La escuela esta hecha ciertamente de una educación válida y cualificada, pero también de relaciones humanas, que para nosotros son las relaciones de acogida, de benevolencia, que se ofrece a todos indistintamente. De hecho, el deber de un buen maestro, mucho más el de un maestro cristiano, es amar con mayor intensidad a los estudiantes más difíciles, más débiles, más desfavorecidos``. 

Francisco ha mencionado que si hoy en día una asociación profesional de maestros cristianos quiere dar testimonio de su inspiración, está llamada a comprometerse con las periferias de la escuela, ``que no se pueden abandonar a la exclusión, la ignorancia, y la mala vida``, y les ha alentado a seguir el ejemplo de las muchas figuras de grandes maestros que existen en la comunidad cristiana para animar desde el interior una escuela que, independientemente de su administración estatal o no, necesita educadores creíbles y testigos de una humanidad madura y completa. ``La enseñanza -ha finalizado- no es sólo un trabajo: es una relación en la que cada maestro debe sentirse plenamente involucrado como persona, para dar sentido a la tarea de la educación de sus estudiantes... Os animo a renovar vuestra pasión por el ser humano en su proceso de formación y a ser testigos de vida y esperanza``.

Papa: paz y reconciliación para toda Nigeria

Con una carta a los Obispos de Nigeria, el Papa Francisco asegura su cercanía y los alienta con gratitud a perseverar sin desalentarse por el camino de la paz.  

«¡Acompañen a las víctimas! ¡Socorran a los pobres, eduquen a los jóvenes! ¡Sean promotores de una sociedad más justa y solidaria!». Son  algunas de las apremiantes exhortaciones de la misiva pontificia, mientras, con toda la Iglesia cumplimos el camino cuaresmal hacia la Resurrección de Cristo, Príncipe de la Paz.

Cristianos y musulmanes sufren la trágica violencia de quienes abusan de la religión

El Obispo de Roma exhorta a la Iglesia en la nación nigeriana a seguir testimoniando «la misericordia del Evangelio» ante las graves dificultades que conoce el país. Ante las «nuevas y violentas formas de extremismos y fundamentalismos, sobre base étnica, social y religiosa,muchos nigerianos han sido asesinados, heridos y mutilados, secuestrados y privados de todo: de sus seres queridos, de su tierra, de medios para subsistir, de su dignidad, por mano de personas que se proclaman religiosas, pero que abusan de la religión para hacer de ella una ideología, para doblegarla según sus propios intereses de abusos y de muerte».

Como ha recordado Benedicto XVI (Africae Munus 20) – escribe también el Papa Francisco - hay testimonios conmovedores de los fieles de África, «testimonios concretos de sufrimientos y de reconciliación en las tragedias de la historia reciente del continente» que muestran el poder del Espíritu Santo que transforma los corazones de las víctimas y de sus verdugos para restablecer la fraternidad».

El Papa Bergoglio empieza su carta destacando que «Nigeria – conocida como el ‘gigante de África’ con sus más de 160 millones de habitantes, está destinada a jugar un papel de primer plano, no sólo en ese Continente, sino en el mundo entero». Y recuerda su crecimiento económico y su compromiso en la resolución de situaciones de crisis en los pueblos africanos.

Impartiendo de corazón la Bendición Apostólica también a «los sacerdotes, religiosos y religiosas, misioneros, catequistas, fieles laicos y sobre todo a los miembros sufrientes del Cuerpo de Cristo», el Papa Francisco desea que «¡la Resurrección del Señor pueda ser portadora de conversión, de reconciliación y de paz para todo el pueblo de Nigeria!». Y  encomienda a todos a «María Reina de África», pidiendo asimismo que recen por él.

No cerréis la puerta

La Cuaresma es tiempo propicio para pedir al Señor, «para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia», la «conversión a la misericordia de Jesús». Demasiadas veces, en efecto, los cristianos «son especialistas en cerrar las puertas a las personas» que, debilitados por la vida y por sus errores, estarían, en cambio, dispuestas a recomenzar, «personas a las cuales el Espíritu Santo mueve el corazón para seguir adelante».
La ley del amor está en el centro de la reflexión que el Papa Francisco desarrolló, el martes 17 de marzo, por la mañana, en Santa Marta, a partir de la liturgia del día. Una Palabra de Dios que parte de una imagen: «el agua que cura». En la primera lectura el profeta Ezequiel (47, 1-9.12) habla, en efecto, del agua que brota del templo, «un agua bendecida, el agua de Dios, abundante como la gracia de Dios: abundante siempre». El Señor, en efecto, explicó el Papa, es generoso «al dar su amor, al sanar nuestras llagas».
El agua está presente también en el Evangelio de san Juan (5, 1-16) donde se narra acerca de una piscina —«llamada en hebreo Betesda»— caracterizada por «cinco soportales, bajo los cuales estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos». En ese sitio, en efecto, «había una tradición» según la cual «de vez en cuando bajaba del cielo un ángel» a mover las aguas, y los enfermos «que se tiraban allí» en ese momento «quedaban curados».
Por ello, explicó el Pontífice, «había tanta gente». Y, así, se encontraba también en ese sitio «un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años». Estaba allí esperando, y a él Jesús le preguntó: «¿Quieres quedar sano?». El enfermo respondió: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua, cuando viene el ángel. Para cuando llego yo, otro se se me ha adelantado». Es decir, quien se presenta a Jesús es «un hombre derrotado» que «había perdido la esperanza». Enfermo, pero —destacó el Papa Francisco— «no sólo paralítico»: está enfermo de «otra enfermedad muy mala», la acedia.
«Es la acedia la que hacía que estuviese triste, que sea perezoso», destacó. Otra persona, en efecto, hubiese «buscado el camino para llegar a tiempo, como el ciego en Jericó, que gritaba, gritaba, y querían hacerle callar y gritaba más fuerte: encontró el camino». Pero él, postrado por la enfermedad desde hacía treinta y ocho años, «no tenía ganas de curarse», no tenía «fuerza». Al mismo tiempo, tenía «amargura en el alma: “Pero el otro llega antes que yo y a mí me dejan a un lado”». Y tenía «también un poco de resentimiento». Era «de verdad un alma triste, derrotada, derrotada por la vida».
«Jesús tiene misericordia» de este hombre y lo invita: «Levántate. Levántate, acabemos esta historia; toma tu camilla y echa a andar». El Papa Francisco describió la siguiente escena: «Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Pero estaba tan enfermo que no lograba creer y tal vez caminaba un poco dudoso con su camilla sobre los hombros». A este punto entraron en juego otros personajes: «Era sábado, ¿qué encontró ese hombre? A los doctores de la ley», quienes le preguntaron: «¿Por qué llevas esto? No se puede, hoy es sábado». Y el hombre responde: «¿Sabes? Estoy curado». Y añadió: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla”».
Sucede, por lo tanto, un hecho extraño: «esta gente en lugar de alegrarse, de decir: “¡Qué bien! ¡Felicidades!”», se pregunta: «¿Quién es este hombre?». Los doctores comienzan «una investigación» y discuten: «Veamos lo que sucedió aquí, pero la ley... Debemos custodiar la ley». El hombre, por su parte, sigue caminando con su camilla, «pero un poco triste». Comentó el Papa: «Soy malo, pero algunas veces pienso qué hubiese sucedido si este hombre hubiese dado un buen cheque a esos doctores. Hubiesen dicho: “Sigue adelante, sí, sí, por esta vez sigue adelante”».
Continuando con la lectura del Evangelio, tenemos a Jesús que «encuentra a este hombre más tarde y le dijo: “Mira, has quedado sano, pero no vuelvas atrás —es decir, no peques más— para que no te suceda algo peor. Sigue adelante, sigue caminando hacia adelante”». Y el hombre fue a los doctores de la ley para decir: «La persona, el hombre que me curó se llama Jesús. Es Aquel». Y se lee: «Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado». De nuevo comentó el Papa Francisco: «Porque hacía el bien también el sábado, y no se podía hacer».
Esta historia, dijo el Papa actualizando su reflexión, «se repite muchas veces en la vida: un hombre —una mujer— que se siente enfermo en el alma, triste, que cometió muchos errores en la vida, en un cierto momento percibe que las aguas se mueven, está el Espíritu Santo que mueve algo; u oye una palabra». Y reacciona: «Yo quisiera ir». Así, «se arma de valor y va». Pero ese hombre «cuántas veces hoy en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas». Tal vez escucha que le dicen: «Tú no puedes, no, tú no puedes; tú te has equivocado aquí y no puedes. Si quieres venir, ven a la misa del domingo, pero quédate allí, no hagas nada más». Sucede de este modo que «lo que hace el Espíritu Santo en el corazón de las personas, los cristianos con psicología de doctores de la ley lo destruyen».
El Pontífice dijo estar disgustado por esto, porque, destacó, la Iglesia «es la casa de Jesús y Jesús acoge, pero no sólo acoge: va a al encuentro de la gente», así como «fue a buscar» a ese hombre. «Y si la gente está herida —se preguntó—, ¿qué hace Jesús?, ¿la reprende diciéndole: por qué está herida? No, va y la carga sobre los hombros». Esto, afirmó el Papa, «se llama misericordia». Precisamente de esto habla Dios cuando «reprende a su pueblo: “Misericordia quiero, no sacrificios”».

Como es costumbre, el Pontífice concluyó la reflexión sugiriendo un compromiso para la vida cotidiana: «Estamos en Cuaresma, tenemos que convertirnos». Alguien, dijo, podría reconocer: «Padre, hay tantos pecadores por la calle: los que roban, los que están en los campos nómadas... —por decir algo— y nosotros despreciamos a esta gente». Pero a este se le debe decir: «¿Y tú quién eres? ¿Y tú quién eres, que cierras la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer, que tiene ganas de mejorar, de volver al pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo ha obrado en su corazón?». Incluso hoy hay cristianos que se comportan como los doctores de la ley y «hacen lo mismo que habían hecho con Jesús», objetando: «Pero este, este dice una herejía, esto no se puede hacer, esto va contra la disciplina de la Iglesia, esto va contra la ley». Y así cierran las puertas a muchas personas. Por ello, concluyó el Papa, «pidamos hoy al Señor» la «conversión a la misericordia de Jesús»: sólo así «la ley estará plenamente cumplida, porque la ley es amar a Dios y al prójimo, como a nosotros mismos».

Al momento aquel hombre quedó sano

Lectura del santo evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
-«¿Quieres quedar sano?»
El enfermo le contestó:
- «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me adelantado.»
Jesús le dice:
- «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
-«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»
El les contestó:
- «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.»
Ellos le preguntaron:
- «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
- Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor.

martes, 17 de marzo de 2015

Mons. Carlos Osoro: “la imagen de San Juan de Dios nos dice que es posible ser rostro de Dios en esta tierra”

Para el Arzobispo de Madrid, “la imagen de San Juan de Dios nos dice que es posible ser rostro de Dios en esta tierra. Él lo fue: dio rostro acercándose a los que más lo necesitaban. Esto también es posible para nosotros”, aseguró. 

Por eso, en alusión a la Palabra proclamada, compartió con los presentes tres ideas

“En primer lugar, Dios nos llama con amor, y no con cualquier amor. A veces queremos a la gente que nos hace bien, que está de acuerdo con nosotros… pero ese no es el amor que Dios nos enseña. El Señor nos enseña el amor misericordioso, ese amor que es capaz de extraer de todas las situaciones que un ser humano pueda tener en la vida, por muy malas que sean, un bien. Y Dios le ama. La misericordia de Dios, el amor misericordioso, trae liberación”, afirmó. En este sentido, recordó que el Papa Francisco acaba de anunciar que “a partir del 8 de diciembre de este año, hasta el día de Cristo Rey del año siguiente, toda la Iglesia vamos a celebrar el Año de la Misericordia. De esa Iglesia que quiere acercarse a todos los hombres con el amor de Dios”. Así, prosiguió, en pleno siglo XXI “es una maravilla que Dios se acerque a nuestra vida y nos diga: ¿quién de vosotros está dispuesto a mostrar la misericordia de Dios en esta tierra, a hacer un mundo diferente? Nos llama con amor”. 

En segundo lugar, “el Señor nos muestra su rostro: no es un Dios teórico, que se queda con palabras. Dios, rico en misericordia, nos mostró el rostro de Dios en Jesucristo. Un Dios que nos quiere tanto que es capaz de hacerse hombre y de morir por nosotros… ¡Por todos los hombres sin excepción! Es el rostro de la misericordia. Estábamos muertos y nos ha dado la vida. ¡Tenemos vida, queridos hermanos! El bautizado tiene la vida de Dios, la vida de Cristo. Por eso, nosotros celebramos la vida cuando morimos, tenemos la vida eterna de Dios para nosotros”. “Los cristianos, añadió, desde los primeros momentos de la Iglesia, en el pueblo de Israel, eran hombres y mujeres que no tenían miedo de nada, porque sabían que tenían la vida eterna de Dios. Cada uno somos obra de Dios. San Juan de Dios paseó por este mundo mostrando el rostro de Dios, con obras y palabras”, apuntó. 

Y, en tercer lugar, Dios “nos pide que mostremos su vida para que el mundo se salve por Él. Hoy todos los hombres están buscando vida, saliendo, para vivir felizmente. El mundo se salva solo por Él. Mostremos su vida. Él ha venido a este mundo para que los hombres tengamos vida eterna. Dios no vino a este mundo para juzgar” sino “para darnos su gracia”. “Y nos pide que mostremos su vida: que no matemos, que no descartemos, que no robemos a nadie la dignidad que tiene por ser hijo de Dios. Él es luz, nos hace ver lo que tenemos que hacer en la vida, nos hace vivir en la verdad y querer a todos”. “Qué maravilla que el Señor nos llame con su amor misericordioso, que nos muestre su rostro y que mostremos su vida. No lo podemos hacer con nuestras fuerzas”, aseguró. 

Concluyó afirmando que “quien se alimenta de Dios tiene que dar a Dios” e invitando a los files a “globalizar la misericordia. Es la mejor manera de celebrar estos 50 años… Cuando tengáis olvidos, mirad a la Virgen, que está con los brazos abiertos para acoger a todos”.

CRISTO ES EL CAMINO HACIA LA LUZ, LA VERDAD Y LA VIDA


El Señor dijo concisamente: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. [...] Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine. Mezcló saliva con tierra; por ello está escrito: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado: La verdad brota de la tierra; y él mismo había dicho: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.

Disfrutaremos de la verdad cuando lleguemos a verlo cara a cara, pues también esto se nos promete. Porque, ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiese dignado dar o prometer? Lo veremos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Y Juan añade en su carta: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Ésta es una gran promesa.
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 34, 8-9: CCL 36, 315-316)

¿QUÉ ES UN AÑO SANTO O JUBILEO? - EL PAPA CONVOCA UN JUBILEO EXTRAORDINARIO, AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

Queridos amigos, el pasado viernes, coincidiendo con segundo aniversario de su elección al Pontificado, el Papa Francisco anunció que ha decidido convocar un Jubileo extraordinario:
«He pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia».
Este Año santo comenzará en la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 2015) y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y "rostro vivo de la misericordia del Padre".
Ante este anuncio, surge la pregunta: ¿qué es un jubileo?
En la tradición católica, el Jubileo es un gran acontecimiento religioso. Es el año de la remisión de los pecados y de sus penas. Es el año de la reconciliación, de la conversión y de la penitencia sacramental. En consecuencia, es el año de la solidaridad, de la esperanza, de la justicia, del empeño por servir a Dios en el gozo y la paz con los hermanos. El Año Jubilar es, ante todo, el Año de Cristo, portador de la vida y de la gracia a la humanidad.
Sus orígenes se remontan al Antiguo Testamento. La ley de Moisés había determinado para el pueblo Hebreo un año particular: "Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia" (Lev 25, 10).
La trompeta con que se anunciaba este año particular era un cuerno de carnero padre, que se llama "yobel" en hebreo, de ahí la palabra "Jubileo". La celebración de este año llevaba consigo, entre otras cosas, la restitución de las tierras a sus antiguos propietarios, la remisión de las deudas, la liberación de los esclavos, y el reposo de la tierra.
En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como Aquel que lleva a su cumplimiento el Jubileo antiguo, ya que Él ha venido a "predicar el año de gracia del Señor" (cfr. Is 61, 1-2).
El Jubileo es un tiempo de gracia destinado a promover la santidad de vida. Ha sido instituido para consolidar la fe, favorecer las obras de caridad y la comunión fraterna en el seno de la Iglesia y en la sociedad; en definitiva, para recordar y remover a los creyentes a una profesión de fe más sincera y más coherente en Cristo Salvador.
El Jubileo católico puede ser ordinario o extraordinario:

El Año Santo ordinario, o Año Jubilar, es el celebrado en los intervalos preestablecidos mientras que el extraordinario, o Jubileo, es el proclamado como celebración de un hecho destacado.
Es una invitación abierta a todos los cristianos y también a los que se encuentran distantes en la fe y desean volver de nuevo a la vida cristiana. Durante el Año Jubilar, la Iglesia concede la indulgencia plenaria (remisión de la pena temporal en el purgatorio debida -según la justicia de Dios- por el pecado que ha sido ya perdonado en la confesión), que ayuda al cristiano a hacer camino con la voluntad de convertirse y reconciliarse con Dios. La indulgencia también puede ser aplicada a los difuntos como signo de amor hacia ellos.

Así pues, queridos amigos, alegrémonos y preparémonos a vivir este Año Santo de la Misericordia de Dios.

La Transverberación de Santa Teresa

Veamos cómo nos cuenta ella esta merced de la Transverberación: “Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal … , no era grande, sino pequeño, hermo­so mucho, el rostro tan encendi­do que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan -deben ser de los querubines, que los nombres no me los dicen-o Víale en las manos un dardo de oro largo y al fin del hierro que parecía tener un poco de fuego; éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas; al sacarle, me parecía las llevaba consigo y que me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este gran dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios” (Vida 29,13).

Esta merced, que, se­gún San Juan de la Cruz, la hace Dios a contadas almas, la recibió Santa Teresa diversas veces. Una de ellas fue en el coro de La En­carnación, al decir de María de Pinel: “La merced del dardo fue en el coro alto, y es menester atender que no fue una vez sola. Otra vez, siendo priora en un aposento de la celda prioral”. Otra tuvo lugar en la casa de doña Guiomar de Ulloa, en los años en que paso en su casa, 1555-1558.
Aunque fuera visión imagina­ria y sin herida física, el arte barroco del siglo XVII ha amplificado el tema. La devoción popular aso­ció la visión de la Transverbera­ción al corazón que se venera en la villa teresiana de Alba de Tormes.
El tema ha sido tratado por grandes pin­tores como Rubens, por  escultores como Bernini, y cantado por poetas como Lope de Vega, rendido admirador de la Santa. ¿Quién no recuerda su celebrado soneto?
«Henda, vais del serafín, [Teresa: / corred al agua, cierva blanca parda,  / mas la fuente de vida que os aguarda / también es fuego de abrasar no cesa.
El tema de la Transverberación fue citado en  la Bula de Cano­nización, de Gregario XI, y fue uno de los motivos representa­dos en los tapices de San Pedro del Vaticano el día de su canoni­zación.

La obra de Juan Lorenzo Bemini, que se puede contemplar en la   iglesia carmelitana de Santa María de la Victoria, en una rica capilla, fundada por el cardenal Federico Cornaro. Bajo un torrente de luz, lanzado por una ráfaga celeste, aparece el grupo marmóreo de la Santa transverberada por el harpón de oro llameante del querubín, que parece descender del cielo en aquel instante, lleno de gozo con tan feliz embajada. Está Teresa desfallecida, casi tendida entre las nubes que la alejan de la tie­rra. Bajo los pesados párpados se revelan los ojos cegados. Sus labios están entreabiertos, casi se oye respirar, emitiendo aquellos quejidos involuntarios que ella misma confesó (Vida 29,13). Pa­rece bastante claro que el ángel ya ha traspasado su corazón con la flecha flamígera. La mano izquierda cuelga insensible mien­tras sus pies desnudos están sus­pendidos en el aire. Nadie jamás reflejó mejor ese dulce tormento del fuego divino, que Teresa des­cribe.
Pintores y escultores siguen, con más o menos fidelidad, el texto teresiana de Vida29,13. Hay variantes, fruto de visiones muy personales. El querubín se convierte, mu­chas veces, en ángel mancebo «harto grande».  El dardo de la visión teresia­na se trueca, en otros, en flecha con arco, jabalina, arpón flamí­gero y llameante. Amplían, otros, el número de ángeles y de oficios: unos sostie­nen a la Santa en su desvaneci­miento; otros, abren la capa des­cubriendo el pecho para que el dardo dé en diana en el corazón de Teresa; algunos, contemplan absortos, la visión.  No faltan quienes colocan el arco y la flecha en manos de Jesús niño, como puede contemplarse en un cuadro en la iglesia de las Carmelitas de Toro. A veces, Jesús va acompaña­do de María y José,  Otras, asiste entre celajes de muebles, Dios Padre y la Paloma del Espíritu Santo, Y, como dato curioso, el que­rubín no está en el lado izquier­do, como lo viera Santa Teresa, sino detrás de ella y en el mismo plano.
 Por el Padre Javier de la Cruz


Papa: Ningún teólogo puede explicar el amor que Dios nos tiene

Dios está enamorado de nosotros y nosotros somos su sueño de amor. Ningún teólogo puede explicar esto, mientras nosotros sólo podemos llorar de alegría. De este modo podemos sintetizar cuanto afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
El sueño de Dios
Partiendo de la primera lectura del profeta Isaías, en que el Señor dice que creará “nuevos cielos y nueva tierra”, el Papa Bergoglio reafirmó que la segunda creación de Dios es más “maravillosa” aún de la primera, porque “cuando el Señor ‘rehace’ el mundo arruinado por el pecado”, lo ‘rehace’ en Jesucristo. Y en este renovar todo, Dios manifiesta su inmensa alegría:
“Encontramos que el Señor tiene tanto entusiasmo: habla de alegría y dice una palabra: ‘Gozaré de mi pueblo’. El Señor piensa en lo que hará, piensa que Él, Él mismo estará en la alegría con su pueblo. Es como si fuera un sueño del Señor: el Señor sueña. Tiene sus sueños. Sus sueños sobre nosotros. ‘Ah, qué bello será cuando nos encontraremos todos juntos, cuando nos reencontraremos allá o cuando aquella persona, aquella otra… aquella otra caminará conmigo… ¡Y yo gozaré en aquel momento!’. Para poner un ejemplo que nos pueda ayudar, como si una muchacha con su novio o el muchacho con su novia pensara: ‘Cuando estemos juntos, cuando nos casemos…’. Es el ‘sueño’ de Dios”.
Estamos en la mente y en el corazón de Dios
“Dios –  prosiguió explicando el Papa –  piensa en cada uno de nosotros” y “piensa bien, nos quiere, ‘sueña’ con nosotros. Sueña acerca de la alegría que gozará con nosotros. Por esta razón el Señor quiere ‘re-crearnos’, y hacer nuevo nuestro corazón, ‘re-crear’ nuestro corazón para hacer que la alegría triunfe”:
“¿Han pensado? ‘¡El Señor sueña conmigo! ¡Piensa en mí! ¡Yo estoy en la mente, en el corazón del Señor! ¡El Señor es capaz de cambiarme la vida!’. Y hace tantos planes: ‘Fabricaremos casas, plantaremos viñas, comeremos juntos’… todas estas ilusiones que hace sólo un enamorado… Y aquí el Señor se deja ver enamorado de su pueblo. Y cuando le dice a su pueblo: ‘Pero yo no te he elegido porque tú eres el más fuerte, el más grande, el más potente. Te he elegido porque tú eres el más pequeños de todos. También puede decir: el más miserable de todos. Pero yo te he elegido así’. Y esto es el amor”.

Ningún teólogo puede explicar el amor de Dios por nosotros

Dios “está enamorado de nosotros” –  repitió el Santo Padre al comentar el pasaje del Evangelio de la curación del hijo del funcionario real:
“Creo que no haya ningún teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Sobre esto sólo se puede pensar, sentir, llorar. De alegría. El Señor nos puede cambiar. ‘¿Y qué debo hacer?’. Creer. Creer que el Señor puede cambiarme, que Él es Todopoderoso: como hizo aquel hombre del Evangelio que tenía al hijo enfermo. ‘Señor, ven, antes que mi niño muera’. ‘Ve’, ¡tu hijo vive!’. Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Creyó. Creyó que el Señor tenía el poder de cambiar a su niños, la salud de su niño. Y ganó. La fe es hacer espacio a este amor de Dios, es hacer espacio al poder, al poder de Dios, pero no al poder de uno que es muy potente, sino al poder de uno que me ama, que está enamorado de mí y que quiere la alegría conmigo. Esto es la fe. Esto es creer: es hacer espacio al Señor para que venga y me cambie”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

lunes, 16 de marzo de 2015

María Madre de Misericordia nos haga sentir el amor de Dios, rezó el Papa

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos vuelve a proponer las palabras que Jesús dirigió a Nicodemo: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único’ ( Jn 3,16). Escuchando esta palabra, dirigimos la mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sentimos dentro de nosotros que ¡Dios nos ama, nos ama de verdad, y nos ama tanto! He aquí la expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin límites. ¡Pero así nos ama Dios!
 Este amor Dios lo demuestra ante todo en la  creación, como proclama la liturgia, en la Plegaria eucarística IV «Has dado origen al universo para difundir tu amor sobre todas tus criaturas y alegrarlas con los esplendores de tu luz». En el origen del mundo está sólo el amor libre y gratuito del Padre. San Ireneo, un santo de los primeros siglos, escribe: Dios no creó a Adán porque tenía necesidad del hombre, sino para tener alguien a quien donar sus beneficios’ (Adversus haerenses, IV, 14,1) ¡Es así, el amor de Dios es así!
 Así prosigue la Plegaria eucarística IV: ‘Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca’. ¡Y ha venido con su misericordia! Como en la creación, también en las etapas sucesivas de la historia de la salvación resalta la gratuidad del amor de Dios: El Señor elige a su pueblo no porque se lo merezca – y le dice así: ‘Yo te he elegido precisamente porque eres el más pequeño entre todos los pueblos. Y cuando vino ‘la plenitud del tiempo’ a pesar de que los hombres hubieran quebrantado tantas veces la alianza, Dios, en lugar de abandonarlos, estrechó con ellos un vínculo nuevo, en la sangre de Jesús – el vínculo de la nueva y eterna alianza – un vínculo que nada podrá quebrar nunca.
San Pablo nos recuerda: ‘Dios, rico en misericordia, - no lo olviden nunca: es rico en misericordia - por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo’ (Ef 2,4). La Cruz de Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por nosotros: Jesús nos ha amado ‘hasta el fin’ (Jn 13,1), es decir no sólo hasta el último instante de su vida terrenal, sino hasta el extremo límite del amor. Si en la creación, el Padre nos ha dado la prueba de su inmenso amor donándonos la vida, en la pasión y muerte  de su Hijo nos ha dado la prueba de las pruebas: ha venido a sufrir y a morir por nosotros. ¡Y ello por amor: tan grande es la misericordia de Dios! Porque nos ama, nos perdona. Con su misericordia Dios perdona todos y Dios perdona siempre.
¡Que María, que es Madre de Misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios. Que esté cerca de nosotros en los momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo, para que nuestro itinerario cuaresmal sea experiencia de perdón, de acogida y de caridad!
(Traducción del italiano: Cecilia de Malak RV)