martes, 22 de marzo de 2016

Realiza pronto lo que tienes que hacer".



Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38. 

Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". 

Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. 

Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. 

Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: "Pregúntale a quién se refiere". 

El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?". 

Jesús le respondió: "Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato". Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. 

En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: "Realiza pronto lo que tienes que hacer". 

Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. 
Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: "Compra lo que hace falta para la fiesta", o bien que le mandaba dar algo a los pobres. 
Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche. 

Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'. 

Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿adónde vas?". Jesús le respondió: "A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás". 

Pedro le preguntó: "¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". 
Jesús le respondió: "¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces". 

lunes, 21 de marzo de 2016

Id tras las huellas de Cristo. La vida no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo


En este día se conmemora el inicio de la Pasión de Cristo y recordamos hechos como la unción de Betania. Un día para buscar consolar el Corazón de Cristo con el perfume de nuestro amor, de nuestro ofrecimiento, de nuestra opción por él y seguimiento a ejemplo de María de Betania.
Este texto de Benedicto XVI es una invitación a hacer esta opción firme por Cristo y a contemplar su amor marcado por el signo de la cruz.

Id tras Cristo

"Id tras las huellas de Cristo. Él es vuestra meta, vuestro camino y también vuestro premio. En el lema que he escogido para la Jornada de Madrid, el apóstol Pablo invita a caminar, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 2,7). La vida es un camino, ciertamente. Pero no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo, meta de la vida humana y de la historia. Por este camino llegaréis a encontraros con Aquel que, entregando su vida por amor, os abre las puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a formaros en la fe que da sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras convicciones, para poder así permanecer firmes en las dificultades de cada día.
Os exhorto, además, a que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros jóvenes amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo conozcan y lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza de lo Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva que viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo muerto y resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos los hombres.

(…)
En estos días tan hermosos de la Semana Santa, que ayer iniciamos, os aliento a contemplar a Cristo en los misterios de su pasión, muerte y resurrección. En ellos hallaréis lo que supera toda sabiduría y conocimiento, es decir, el amor de Dios manifestado en Cristo. Aprended de Él, que no vino «a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Éste es el estilo del amor de Cristo, marcado con el signo de la cruz gloriosa, en la que Cristo es exaltado, a la vista de todos, con el corazón abierto, para que el mundo pueda mirar y ver, a través de su perfecta humanidad, el amor que nos salva.

La cruz se convierte así en el signo mismo de la vida, pues en ella Cristo vence el pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Por eso, hemos de abrazar y adorar la cruz del Señor, hacerla nuestra, aceptar su peso como el Cireneo para participar en lo único que puede redimir a toda la humanidad (cf. Col 1,24). En el bautismo habéis sido marcados con la cruz de Cristo y le pertenecéis totalmente. Haceos cada vez más dignos ella y jamás os avergoncéis de este signo supremo del amor.”
FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS JÓVENES, Lunes Santo, 6 de abril de 2006. 

Bendito el que viene en el nombre del Señor

Carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella. ‘La piedra de toque del seguimiento de Jesús, no lo olvidemos, es el amor, y el amor pasa por la cruz’
Publicamos a continuación la carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella:
Iniciamos hoy la semana que desde tiempo inmemorial el pueblo cristiano llama santa. Y la llama así por muchas razones, pero básicamente porque toda ella está abocada al domingo de Resurrección, al domingo de Pascua, que encierra el fundamento de nuestra fe. De manera muy gráfica, san Pablo lo razonó bajo la inspiración del Espíritu Santo: “Cristo ha resucitado, y se ha aparecido a Simón y a los demás. Finalmente, se me ha aparecido a mí. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe carecería de sentido, estaría vacía, y seguiríamos con nuestros pecados”.

La fiesta central de todo el calendario cristiano es la Resurrección de Jesucristo. Y todos los acontecimientos que rememoramos, que volvemos a hacer presentes y que celebramos en los días de la Semana Santa, están abocados al gran misterio pascual. Hoy es el domingo de Ramos, y la Iglesia recuerda, revive y celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pocos días más tarde, será en esa ciudad donde será clavado en una cruz. Siempre me han llamado la atención las palabras de san Juan en el prólogo de su Evangelio y que leemos en Navidad: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Hoy viene a los suyos de nuevo, y tampoco lo van a recibir, tampoco lo van a aceptar, tampoco lo van a seguir, pese al fervor entusiasta que ha contagiado al cortejo. Hoy sabemos muy bien que aquella entrada triunfal fue para la mayoría algo efímero. De hecho, los que chillan a voz en cuello “¡hosanna!”, serán prácticamente los mismos que el Viernes Santo habrán transformado ese grito en un enfurecido “¡crucifícale!” “¡Qué diferentes voces eran – comenta San Bernardo en un sermón pronunciado en un domingo de Ramos – y qué diferentes los ramos y la cruz, las flores y las espinas!”.
¿Qué ha podido suceder para semejante cambio? ¿Por qué tanta falta de coherencia? ¿Ha sido el miedo, la comodidad, el qué dirán, los respetos humanos? Os invito, queridos lectores, a que estas preguntas nos las hagamos a nosotros mismos mirando nuestro propio corazón. Hoy, como hace dos mil años, somos capaces de las mismas grandezas y las mismas miserias de aquellos que se volcaron en el recibimiento a Jesús. Le siguieron en masa, muchos, pero en realidad fueron muy pocos los que llegaron hasta el final. Hoy somos más de mil cien millones de hombres y mujeres, de todo el mundo, los seguidores de Jesús. ¿Seguidores? Aquella entrada triunfal pide hoy, igual que entonces, coherencia, perseverancia, fidelidad, continuidad. Nuestro seguimiento de Jesús no puede ser un sentimiento fugaz que se apaga a la más mínima contrariedad. La piedra de toque del seguimiento de Jesús, no lo olvidemos, es el amor, y el amor pasa por la cruz. Sin cruz no hay redención, no hay salvación.
Recibamos en nuestro corazón a ese Jesús que viene lleno de humildad montado en un borriquillo. Digámosle que estamos dispuestos a acompañarlo hasta el final, sacando adelante todas nuestras obligaciones para con Dios, para con la familia y para con toda la sociedad. Vivamos una Semana Santa – y siempre – con tal categoría que los demás, amigos, compañeros de trabajo y familiares, al vernos, no tengan más remedio que afirmar con alegría: “Este es un cristiano, un verdadero seguidor de Jesucristo”.
Que Dios os bendiga a todos.
+Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

(ZENIT – Madrid).

Domingo de Ramos: ¿Una fiesta al inicio de una muerte?


Los ramos visten de luz el camino este domingo. De luz y de alegría. Jesús entra montado en un pollino: “Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos. La masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: – ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”.
Me cuesta entender esta escena. Jesús acaba de hacer algunos milagros. Se acerca a Jerusalén. Quiere entrar subido en un pollino. La gente lo ve y le aclama con ramos y con sus mantos. La Semana Santa empieza siempre con esta entrada festiva. Todos nos alegramos con los ramos en las manos.
Esta fue su última Pascua. Fue la última vez y quiso entrar de una forma diferente. La gente se alegra hoy al ver a Jesús, su rey, montado en un pollino. Se cumple lo que decía Zacarías 9,9: Regocíjate hija de Sion. He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna”.
La profecía se hace realidad en su carne. Con su entrada triunfal parece que viene a devolver la libertad a un pueblo cautivo. Como si se tratara de un nuevo emperador que llegara con sus tropas a conquistar la nueva tierra vencida.
Me impresiona este momento de fiesta al comienzo de su muerte. Este instante de alegría desbordante, de pasión ante la vida de un hombre que está a punto de morir. ¿Qué habría en el corazón de Jesús ese mismo día? ¿Qué sentimientos? ¿Qué miedos?
Me gustaría asomarme a su alma a las puertas de Jerusalén. Caminar a su lado, colocando mi manto a sus pies. Me gustaría escuchar sus silencios y notar el latido de su corazón expectante. ¿Cuál era el querer de Dios ese día en que tantos lo aclamaban?
¿Qué pensarían sus discípulos felices de verlo caminar aclamado por las masas y cumpliendo las Escrituras? Tal vez en ese momento estarían vencidos sus miedos. Se animarían al pensar que todos lo seguían, lo querían y nadie se atrevería a hacerle daño.
¿Por qué había que temer? Jesús iba a imponer su reino de verdad y justicia, de libertad y de amor. Nadie podría detener sus pasosEra tanta la alegría que los miedos quedaban ocultos.
Jesús hoy se deja hacer“Le ayudaron a montar”. Lo montan en un pollino. Jesús es llevado hoy de la misma forma como luego será llevado a la cruz. En el éxito y en el fracaso. En la vida y en la muerte. En la luz y en la oscuridad.
Miro el corazón de Jesús este día. ¿Qué sentiría al comenzar esta Semana Santa? Llega a Jerusalén. Ha sido un largo camino. Un camino lleno de incertidumbres. Entra. ¡Cuántos recuerdos se agolparían en su mente al recorrer en el pollino las calles de Jerusalén!
Lo guían. Él no marca el camino. Como cuando iba al templo llevado por sus padres. Lo mismo que después cuando atraviese la ciudad rumbo al Calvario. No decide ahora Él. Se deja llevar.
Pienso en cuánto me cuesta a mí que otros decidan por mí, que marquen mi camino, que me lleven donde no he decidido ir. Es fuerte el orgullo.
Jesús se humilla de nuevo subido en un pollino y guiado por esas calles de Jerusalén. Me impresiona la humildad de Jesús. Jesús atraviesa la puerta de su ciudad. Se llama puerta dorada. No es precisamente la puerta de la misericordia.
Pero pienso que al pasar hoy por ella, al obedecer y dejarse llevar, al ser dócil a su destino, está entrando hondo en la puerta del corazón de su Padre, que lo abraza y lo sostiene. Se deja hacer, y Dios, su Padre, hace. Cava hondo. Lo abraza. Lo cuida. Lo moldea.
¡Cuánto nos duele obedecer y dejar que nos lleven donde no queremos ir! Jesús llevado en un pollino. Jesús llevado con la cruz en el Calvario.
En la humildad de su obediencia me siento muy cerca de Jesús. Tal vez su fracaso humano me recuerda que yo también estoy hecho de barro y caigo.Su fracaso me acerca a Él y a todos los momentos de desaliento de mi vida, a todos mis proyectos frustrados.
Cuando no sale todo como yo quería y sólo me queda obedecer. Cuando no decido yo. Cuando no soy yo el que lleva las riendas de mi vida. Jesús se deja llevar en ese fracaso que Él no había deseado.
Ha entregado la vida. Ha servido con amor a todos. Se ha entregado hasta el final. Pero no le han comprendido ni han tomado sus palabras en sus vidas. No han acogido tanto amor. No han comprendido que su vida era una ofrenda de amor del Padre.
Lo han rechazado porque su vida era molesta. La vida del justo incomoda al injusto. La vida del que ama incomoda al que odia. Su fracaso es el fracaso del amor rechazado. Se deja guiar. Ahora se deja conducir donde no quiere ir.
Lo aclaman y alaban pero Jesús ve más allá, ve más hondo. Sabe lo que está ocurriendo. Tiene la certeza de su fracaso. Pienso en lo que a mí me costaría sentir que todo aquello a lo que he dedicado mi vida no da el fruto que yo esperaba. Cuando no me acogen.
Es verdad que el fruto de una entrega se mide en el eco silencioso que ha tenido en el corazón de personas, y no en números. Y es verdad que su amor había quedado impreso a fuego en muchos corazones.
Había intentado sanar a muchos. ¡Cuántas veces habría orado por los suyos, a los que amaba! ¡Cuántas personas habría curado con sus manos, con sus palabras! Quedan muchas personas a las que curar, muchos a los que salvar.
Hay muchas heridas todavía que consolar y aliviar. ¿Por qué se deja llevar ahora? ¿Por qué no toma su vida en sus manos y decide y actúa?
Me gustaría gritarle a Jesús que hoy se volviera, que no entrara, que no se dejara llevar. Que detuviera la fiesta.
Sé que Jesús no busca la muerte, no la quiere, pero siente en su corazón que esa Pascua tiene que pasarla en Jerusalén, con los suyos. No quiere dejar de hacer nada de lo que hacía siempre esos días de fiesta. Obedece. Se deja hacer. Confía. Cree contra toda esperanza. Se abandona en los brazos de su Padre.
Decía el padre José Kentenich: “El heroísmo de la infancia espiritual o bien, la genialidad de la ingenuidad. Necesitamos una extraordinaria genialidad para madurar interiormente y sortear las dificultades que se nos presenten. Sólo un salto mortal en los brazos de Dios nos podrá salvar[1].
Igual que hizo toda su vida desde que nació en Belén, vuelve a confiar. Siempre se dejó hacer. El hijo obediente hasta la cruz. Me impresiona su docilidad y su heroísmo. Un salto mortal en brazos de Dios.

[1] J. Kentenich, Pedagogía de los ideales

CARLOS PADILLA ESTEBAN. ALETEIA

Sartre se equivocaba, el sufrimiento no es “absurdo”.Habla el autor del próximo Vía Crucis de Papa Francisco


El que escribió las mediaciones para el próximo Vía Crucis de Papa Francisco en el Coliseo es el cardenal Gualterio Bassetti, arzobispo de Perugia-Città della Pieve. El calvario de Jesucristo toca, obviamente, el tema del sufrimiento, y al respecto el cardenal no tiene ninguna duda: “No es cierto que el sufrimiento sea algo ‘absurdo’, como decía Sartre”; hablar sobre el sufrimiento “significa reconocer que en nuestras pequeñas cruces cotidianas Jesús está con nosotros cada día”.

El purpurado, en una entrevista a “L’Osservatore Romano”, subrayó “el título que he elegido para las meditaciones de este año: ‘Dios es misericordia’. Que es también el título de un libro (no de los más conocidos, a decir verdad) de don Divo Barsotti, en el cual el místico toscano comenta el episodio evangélico de la pecadora que entra a la casa de Simón el fariseo durante el almuerzo con Jesús».

Las reflexiones del Viernes santo, asegura Bassetti, también se referirán al Jubileo de la Misericordia, que “representa el telón de fondo sobre el que se desarrolla todo el Vía Crucis”, que, “como el Año Santo, quiere hablar a todos los hombres y las mujeres de hoy, que a mí me parecen cada vez más solos y confundidos, dentro de una sociedad en constante movimiento que consume todo rápidamente (bienes, afectos y deseos), y que parece haber perdido las nociones tanto de pecado como de verdad”. Según el arzobispo, los hombres de hoy son “dramáticamente infelices y sufrientes. Y esto se relaciona profundamente con el Jubileo de la Misericordia. En la raíz de la palabra misericordia, misericors, hay una referencia directa a la miseria humana e, indirectamente, también al cotidiano sufrimiento de los hombres”.

Y sobre el sufrimiento, Bassetti puntualiza: hablar de él “significa afirmar que no es cierto que sea algo ‘absurdo’, como decía Sartre. Jesús en la cruz se hizo cargo de nuestros pecados y murió por nosotros. Y, en segundo lugar, significa reconocer que en nuestras cruces cotidianas Jesús está con nosotros cada día. En esta época hay un sufrimiento visible en los pobres, en los migrantes, en los enfermos, en las personas solas y abandonadas. Pero, al mismo tiempo, encontramos hombres riquísimos que parecen tener todo pero que en realidad no tienen nada, viven una vida vacía y, en algunos casos, desean incluso la muerte”. Es por ello que “el mal puede hasta ser ‘banal’, pero Jesús en la cruz ofrece otro significado a la vida e indica un camino diferente: el de la conversión”.

En las meditaciones, el prelado cita “a algunos Papas que han hablado (o que están hablando) con gran sabiduría al hombre moderno: Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto XVI, hasta llegar a Francisco. Pero lo más importante no son las citas. En las meditaciones traté de hablar al corazón del hombre, y para hacerlo puse muchos ejemplos concretos”.

Estos: “En cada estación traté de hacer una referencia a la actualidad, porque, como dice Francisco, ‘Dios es real y se manifiesta en el hoy’. Hablo, por ejemplo, de los nuevos mártires que ponen en peligro sus vidas incluso para hacer un funeral y que siguen siendo asesinados en todos los rincones del mundo solamente porque son cristianos. Hago referencia al drama de los migrantes y de los refugiados que después de haber huido de la guerra encuentran la muerte en la fuga desesperada hacia la libertad o en una patera en el Mediterráneo”. Bassetti también se refiere a “la cosa más difícil de escribir»: la violencia contra los niños, contra los nuevos esclavos del trabajo y contra los niños abusados por los adultos. Cuando escribía esas líneas tuve la sensación de que no estaba utilizando la pluma sobre una hoja de papel, sino un cincel sobre un pedazo de mármol; tan grande era el sufrimiento por estas plagas”.

Para concluir, Bassetti revela que un particular sobre el encargo que recibió de Francisco: “Una de las últimas veces que he visto al Papa le dije: ‘Santidad, me encomendó una tarea ardua’. Y Francisco me respondió: ‘Recuerda que no lo haces para mí, sino para la Iglesia’. La forma con la que recogí la invitación para escribir las meditaciones del Vía Crucis es la del servicio».


DOMENICO AGASSO JR

Artículo originalmente publicado por Vatican Insider
Aleteia

"Están de enhorabuena en la capital vasca" Monseñor Elizalde, un hombre de Dios


Su sonrisa permanente refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia


En un país cainita como España, es extraño que exista una persona de la que todo el mundo hable bien. Y si nos referimos a alguien de Iglesia, ni les cuento. Y bueno, ya si es un obispo, apaga y vámonos.

Al hombre de quien voy a hablarles lo conozco desde hace varios años. He compartido con él retiros espirituales, convivencias, trabajo en la televisión, entrevistas, tertulias, varias conversaciones, dudas... He tenido el placer de haber sido catequista durante unos meses en su equipo de pastoral de Roncesvalles y, sobre todo, he tenido la suerte de ser su amigo.
Estos días entre Navarra y Vitoria se ha estado moviendo un hombre, un sacerdote para ser más concretos, que responde a esa extraña raza de personas hacia la que todo el mundo tiene buenas palabras. Hablo del nuevo obispo de Vitoria.
Juan Carlos Elizalde, ahora Monseñor Juan Carlos (¡qué raro suena!), es el reflejo en nuestra Iglesia de aquellas palabras que resonaron en el bautismo de su fundador: "Tú eres mi hijo amado". Y no por casualidad es éste su lema episcopal. Porque sencillamente así se siente cualquiera que converse unos minutos con Juan Carlos.
Reside en él esa extraña capacidad que tienen algunos hombres muy ocupados, pero geniales, de hacer sentir a su interlocutor que no tienen otra cosa mejor en el mundo que escuchar sus problemas y su vida.

Humilde y cercano, con una sonrisa permanente, refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia. El rostro de una Iglesia que acoge, que no condena, que perdona y que ante toda situación sabe ver las circunstancias personales de cada individuo. Quedó claro su estilo cuando, en la alocución final de su ordenación episcopal, afirmó que quería que los pobres, parados, inmigrantes y marginados sean el corazón de la Iglesia de Vitoria.

Están de suerte en la capital vasca con el obispo que les ha tocado. Y con el que les podía tocar, también. Pues, como confirmaron varios medios, en la terna también estaba Mikel Garciandia, otro grande de nuestra diócesis, una de las mejores cabezas (y corazón) que tenemos en Navarra.

Para finalizar, no me equivoco al creer que, desde ahora, las cartas pastorales que pueda escribir Juan Carlos avivarán en muchos de nosotros el interés por leer la opinión semanal de un obispo. Sencillamente porque con él nunca es "el mismo rollo de siempre". Él llega, toca y, lo más importante, anima a seguir creyendo.
Amigos y amigas de Vitoria, sigan a este hombre, léanle, conózcanle y, si tienen la oportunidad, hablen personalmente con él. Porque en ese momento estarán delante de un Hombre de Dios.


Alejandro Palacios

Lunes Santo: Betania - La casa de los amigos

LUNES SANTO
“Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo que vuelve hoy de Betania y por propia voluntad se apresura hacia su venerable y dichosa pasión para poner fin al misterio de la salvación de los hombres”. (San Andrés de Creta)
LA CASA
Siempre me resulta significativa la referencia a Betania en los días previos a la Pasión del Señor, y el que Jesús escogiera ese recinto amigo. Así lo señala el Cuarto Evangelio: “Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien habla resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa” (Jn 12, 1).
Betania significa la “casa del amigo”. Si además hacemos imaginariamente el recorrido que Jesús hizo a diario los días últimos de su vida terrena, deberemos pasar por Betfagué, que significa “la casa de los higos”; y si escuchamos la orden que el Maestro dio a dos de sus discípulos, de que buscaran a Fulano para que les dejara la casa para celebrar la cena pascual, descubrimos una reiteración evidente de espacios domésticos.
La ley de Moisés mandaba celebrar la Pascua juntos todos los de casa, y si eran pocos, que invitaran a los vecinos, pero se debía celebrar en familia, en el recinto íntimo.
Al inicio de la Semana Santa, los cristianos recibimos la invitación de Jesús a reunirnos como familia, en los recintos comunitarios para celebrar los días santos que fundamenta nuestra fe, la memoria de la última Cena, de la Pasión y Resurrección de Jesucristo.
¿Has programado ya dónde celebrar estos días? La fe no se puede vivir de manera aislada. Bastante intemperie sufrimos para que no arriesguemos también la experiencia de pertenencia al grupo de los discípulos de Jesús.
¿Cuál será tu Betania? O si quieres, te pregunto de otra manera: ¿Estás dispuesto a ser anfitrión, casa, espacio familiar, pertenencia en los próximos días santos?
En Betania aconteció que a Jesús le lavó y perfumó los pies la mujer pecadora, y en el Cenáculo, el Maestro se pondrá a los pies de los discípulos para lavarles los pies. Desde una lectura icónica, el Maestro repite el gesto de la mujer, y expresa su amor a los discípulos de manera entrañable.

El año de la Misericordia, Betania es recinto donde se aprende a servir con amor, y a tener los gestos más sensibles y afectivos con Jesús, y con quienes hoy son sacramento suyo, a quienes también deberemos lavar los pies.
Ángel Moreno de Buenafuente

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre


Evangelio según San Juan 12,1-11.


Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. 

Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. 

María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. 

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: 
"¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". 

Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. 

Jesús le respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. 

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre". 

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. 

Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. 

domingo, 20 de marzo de 2016

«Nunca os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios» D. Carlos Osoro


La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido hoy el inicio de las celebraciones de Semana Santa, con la Eucaristía de Domingo de Ramos. Pasadas las 11:30 horas, el arzobispo de Madrid ha bendecido las palmas de numerosos fieles congregados en la entrada de la calle Bailén, junto a la Puerta de la Misericordia. «Otra forma de estar en el mundo y en esta historia se nos ofrece a través de Jesucristo», ha dicho monseñor Osoro, antes de iniciar la procesión hacia la entrada principal pidiendo que, «como la muchedumbre que acompañaba a Jesús, acompañemos también con júbilo al Señor».
En su homilía, el prelado ha incidido en que «humillarse es ante todo el estilo de Dios en quien creemos y que nos reúne a todos nosotros esta mañana». «Nunca, nunca, os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios. Habéis visto, el pueblo [...], descubrieron algo distinto en Jesús y lo siguieron», ha señalado. El Señor –ha añadido– debe tener un lugar en los corazones de cada uno pero también debe permitirse su «presencia pública», porque «engendra paz, engendra fraternidad, engendra utopías realizables».
En esta línea, monseñor Osoro ha recordado que el encuentro con Dios, «con este faro luminoso de vida», genera alegría. Como se ha visto en el relato de la Pasión y en el Evangelio leído antes de la bendición de las palmas, hay «un pueblo alegre» que «descubre que la alegría está en Jesús». «No os dejéis robar la alegría», ha aseverado.

Por último, ha animado a descubrir «por qué entra Jesús en Jerusalén o mejor, cómo entra: la multitud lo aclama como Rey», «¿pero qué tipo de Rey es?» «No está rodeado de símbolos de fuerza», sino que va montado en un asno, sin corte alrededor; «no entra para recibir honores reservados a los poderes de este mundo», sino para «ser humillado», trae «un rostro que ama incondicionalmente a los hombres y que nos invita a tener ese rostro».
Archimadrid

Domingo de Ramos en la iglesia de San Antón de Mensajeros de la Paz.Monseñor Aguirre recordó a "los millones de crucificados en los calvarios del mundo"

El Padre Ángel exigió a los políticos "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados"
 Ramos y palmas por todos "los crucificados del mundo". Ésa fue la idea principal que aglutinó la celebración del domingo de Ramos en la madrileña iglesia de San Antón de Mensajeros de la paz. El presidente de la eucaristía, monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, recordó " a los millones de crucificados en los calvarios del mundo", mientras el padre Ángel exigía "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados".
La celebración comenzó con una procesión por las calles del barrio de Chueca de la borriquilla de San Antón, entre palmas y ramos y música interpretada por la banda de música de Morata de Tajuña. Tras la procesión, la eucaristía, en un templo a rebosar. Una celebración sentida y profunda. Con llamadas a la conciencia de la gente y del mundo tanto del padre Ángel como del obispo de Bangassou (Centroáfrica).
El fundador de Mensajeros de la Paz leyó una parábola actualizada del buen samaritano y, además de exigir "justicia ante la vergüenza de los refugiados", aseguraba que "su drama nos encoge el corazón y avergüenza a Europa". Y terminó pidiendo a los políticos que "no pasen de largo ante los tirados en las cunetas del exilio y que, como acaba de pedir el Papa, abran sus corazones y las puertas de sus países a los refugiados que llaman a ellas".
En la misma línea se pronunció, en su homilía, el obispo español, misionero en Centroáfrica. "Vengo del corazón mismo de África, donde trabajo desde hace 28 años, en la diócesis de Bangassou, que es como la mitad de Andalucía".
Y, para ilustrar sobre su diócesis a los presentes, monseñor Aguirre explicaba que "allí vivimos todo el año las llagas y la pasión de Cristo. Centroáfrica está crucificada durante todo el año, con continuas experiencias de cruz y de resurrección, como las que acabamos de escuchar en la lectura del Evangelio de la pasión".
El prelado señaló que "entre las personas que insultaban, maltrataban, pegaban y crucificaban a Jesús no había ninguna mujer". Quizás porque "la Iglesia, allá en mi diócesis africana y también aquí, está cimentada en las mujeres". Por eso las mujeres son las primeras que acuden a la llamada del misionero, para "escuchar la palabra de Dios bajo el árbol de la comunidad, que une el cielo y la tierra".
Monseñor Aguirre también subrayó la idea de que, en toda la pasión, de la boca de Jesús sólo salen palabras de perdón. Y algo parecido sucede en Centroáfrica, donde "hemos vivido y seguimos viviendo momentos de guerra civil, de muerte y de sufrimiento". Pero con experiencias de perdón, como la de la mujer que no quiso conocer al hombre que mandó matar a su marido, "para no tener que odiarlo toda la vida".
También recordó el obispo comboniano la visita del Papa a Centroáfrica. "Una visita mágica, que eliminó barreras e hizo caer líneas rojas, porque, como yo mismo le aconsejé, nos habló mucho de perdón. De un perdón sin condiciones y gratuito".
Huyendo de aquel infierno, algunos centroafricanos "huyeron del país, cruzando el desierto, para llegar a Europa". Pero sólo unos pocos, porque "la mayoría no tiene el dinero suficiente para hacerlo". Y de ahí que la inmensa mayoría de los refugiados africanos se queden en el interior africano, en los países limítrofes de Sudán o del Congo. "Hay miles en Centroáfrica y los acogemos a todos y les damos tierras para trabajar, a pesar de que somos el segundo país más pobre del mundo".
Desde África y, hoy, desde Siria y desde otro países, sigue llegando un rio de refugiados, a los que Europa les da con la puerta en las narices y quiere impedirles el paso. Ante este drama, monseñor Aguirre pedía dos cosas. Primero, "¡que alguien haga algo para detener al Isis y a los miserables que crearon ese monstruo que siembra muerte y destrucción!". Y, en segundo lugar, solicitaba acogida total, con fronteras abiertas, sin concertinas ni alambradas, para todos los refugiados.
Para los que vienen del Oriente Medio y para los que llegan procedentes de África y se topan con las vallas de Ceuta y Melilla y tienen que permanecer hacinados y en pésimas condiciones en los alrededores de Tánger, como denuncia su arzobispo, monseñor Agrelo. "Hay sitio para todos. Tenemos que acogerlos sin aspavientos y sin condiciones, porque son nuestros hermanos", concluyó monseñor Aguirre.
Y la gente asentía desde los bancos de la iglesia de San Antón, convertida para la ocasión en el templo de los ramos y palmas levantados para reclamar justicia con los refugiados y con los emigrantes, que buscan asilo en la rica Europa sin entrañas de misericordia.

(José M. Vidal)

“Aprendamos a renunciar por amor y sigamos el camino del servicio”, el Papa el Domingo de Ramos

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Cf. Lc 19,38), gritaba la muchedumbre de Jerusalén acogiendo a Jesús. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Así como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un simple pollino, viene a nosotros humildemente, pero viene «en el nombre del Señor»: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. 
Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, y ante la protesta de los fariseos para que haga callar a quien lo aclama, responde: «si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.
Sin embargo, la Liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo (Fil 2,7.8). Estos dos verbos nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, él que no conoce el pecado. Pero no solamente esto: ha vivido entre nosotros en una «condición de esclavo» (v. 7): no de rey, ni de príncipe, sino de esclavo. Se humilló y el abismo de su humillación, que la Semana Santa nos muestra, parece no tener fondo.
El primer gesto de este amor «hasta el extremo» (Jn 13,1) es el lavatorio de los pies. «El Maestro y el Señor» (Jn 13,14) se abaja hasta los pies de los discípulos, como solamente hacían lo siervos. Nos ha enseñado con el ejemplo que nosotros tenemos necesidad de ser alcanzados por su amor, que se vuelca sobre nosotros; no puede ser de otra manera, no podemos amar sin dejarnos amar antes por él, sin experimentar su sorprendente ternura y sin aceptar que el amor verdadero consiste en el servicio concreto.

Pero esto es solamente el inicio. La humillación que sufre Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo envía posteriormente a Herodes, y este lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumirse la responsabilidad de su destino. Y pienso en tanta gente, en tantos migrantes, en tantos prófugos, en tantos refugiados, a aquellos de los cuales muchos no quieren asumirse la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de él sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio.
Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, más que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Los invito en esta semana a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35); con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos algo de su anonadación por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana. Reconozcámoslo como Señor de esta semana.

Domingo de Ramos. Pregón


PREGÓN DE SEMANA SANTA
Alza tu voz, tierra bendecida, aplaudan los árboles del bosque la llegada de su Creador, entonen los hijos de los hombres el Hosanna, y los prados alfombren la calzada para nuestro Dios, para Aquél que llega humilde y cabalgando sobre un borrico.

Olivares de Jerusalén, prestadnos vuestros ramos para rendir homenaje a quien se aproxima a dar su vida voluntariamente, a derramar su amor como aceite que cura, que unge, que perfuma, y consagra a todos los hijos de los hombres.
Jesús de Nazaret ha decidido venir a ti, ciudad santa, para cumplir un proyecto divino, manifestar la misericordia de Dios, y ofrecer a todos los hombres el testimonio de hacerse uno de tantos, para salvar a todos.
Huerto de Getsemaní, hoy eres testigo del paso de tu Señor. Muy pronto quedarás consagrado con el sudor y la sangre de quien sentirá el escalofrío de la mentira, la traición y el abandono; pero tú seguirás siendo fiel, e intentarás cubrir con tus sombras la intemperie más amarga del Nazareno.
Cómo quisiera tener la certeza de que no aplaudo hoy en falso, de que mi canto no es hueco cuando entono: “¡Bendito el que vine en el nombre del Señor!”
Falda del Monte de los Olivos, escabel del Monte sobre el que ascendió el Señor a lo más alto del cielo, rinde tu homenaje al Salvador y Mesías, no escondas alacranes ni víboras que envenenan y matan, como fueron el testimonio falso, la intriga y la violencia de los poderosos contra quien pasó haciendo el bien.
Pórtico de los días santos, de la Semana Mayor, del Misterio Pascual, Domingo de Ramos, no hay tiempo que perder, todo se precipita, es urgente disponerse a los acontecimientos y estar prevenido, para no perecer por inadvertencia.
Señor Jesús, estos días te retiraste a Betania, volviste al recinto amigo, al lugar franco, donde te dejaste amar, ungir, besar, gestos que me gustaría que fueran los míos, pero me duele reconocerme en tus discípulos que se quedaron paralizados por el miedo, se durmieron en la hora terrible, y huyeron espantados por la presencia de los que te prendieron en medio del Huerto de los Olivos.
Que tu Pasión no sea inútil, que no me justifique en mi debilidad para no dejarme mirar por ti; que aunque sea de lejos, te siga, y que en algún momento tus ojos me devuelvan la seguridad de que es mejor volver, comenzar de nuevo, que rendirse.
Señor, acepta mi deseo, un tanto avergonzado, porque tantas otras veces te he expresado sentimientos nobles, como Pedro, y como él, también he perecido negándote. Que los ramos del olivar te aplaudan, te consuelen, te rindan homenaje, y a mi concédeme siempre tu mirada, la que te pido que extiendas sobre todos los humanos.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Ángel Moreno de Buenafuente

¿Qué hace Dios en una cruz?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.


Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.
José Antonio Pagola

BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR


De los Sermones de San Andrés de Creta, Obispo (PG 97, 990-994)

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque Él va libremente hacia Jerusalén. Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con Él.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.