martes, 8 de marzo de 2016

HAS QUEDADO SANO, NO PEQUES MÁS

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-3.5-16):
Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
El les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar».
Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

lunes, 7 de marzo de 2016

Ejercicios espirituales del Papa y la Curia a cargo del Padre Ronchi

Con diez preguntas en preparación a la Pascua, el Papa Francisco y los miembros de la Curia Romana se encuentran realizando los Ejercicios Espirituales, del 6 al 11 de marzo, en la Casa del Divino Maestro de la localidad Ariccia que comenzaron, la tarde del IV Domingo de Cuaresma, con la Adoración Eucarística y el rezo de las Vísperas. El padre Ermes Ronchi, de la Orden de los Siervos de María, dirige la meditación sobre “las preguntas desnudas del Evangelio”.
La primera meditación de este retiro espiritual, de la tarde del primer domingo de marzo fue sobre la pregunta de Jesús: “¿Qué buscan?” (Jn 1, 38), según un pasaje del Evangelio de Juan. Tal como afirmó el Padre servita, la propuesta para estos días es detenerse en escucha ante las preguntas de Dios, no para interrogar al Señor, sino para dejarse interrogar por Él. Y, en lugar de buscar inmediatamente la respuesta, detenerse para vivir bien estas preguntas, “las preguntas desnudas del Evangelio”. Y amar estas preguntas que ya son revelación. Es más, las preguntas son el “otro nombre de la conversión”.
En su meditación de la tarde del 6 de marzo el Padre Ronchi  afirmó que Jesús educa en la fe a través de preguntas más que a través de las palabras. Y de hecho, los cuatro Evangelio ofrecen más de 220 preguntas del Señor. Porque la pregunta – dijo –  es una comunicación no violenta, que no hace callar al otro, sino que relanza el diálogo, implicándolo y, al mismo tiempo, dejándolo libre. También explicó que el mismo Jesús es una pregunta, puesto que su vida y su muerte nos interpelan acerca del sentido último de las cosas y nos interrogan sobre lo que hace feliz la vida siendo, precisamente Él, la respuesta.
El religioso también afirmó que la fe es buscar a “un Dios sensible al corazón, uno que hace feliz el corazón, cuyo nombre es alegría, libertad y plenitud. Y tras recordar que Dios es bello, concepto que hay que anunciar dijo que tal vez el rostro de Dios haya sido empobrecido porque a veces lo hemos reducido a la miseria, relegado a hurgar en el pasado y en el pecado del hombre…
“Todo hombre – concluyó diciendo el Padre Ermes Ronchi – busca a un Dios atrayente. Dios puede morir de aburrimiento en nuestras iglesias. Devolvámosle su rostro solar, un Dios deseable del que gustar y gozar. Será como beber de las fuentes de la luz, en las orillas del infinito. ¿Qué buscan? ¿Por quién caminan? Busco a un Dios deseable – dijo – camino por uno que hace feliz el corazón”.
Las reflexiones del primer lunes de marzo se basan en las preguntas: “¿Por qué tienen miedo, no tienen fe?” (Mc, 4, 40), según el Evangelio de Marcos  y “Ustedes son la sal de la tierra. ¿Pero si la sal pierde sabor, luego será salada con qué?” (Mt, 5, 13), según el Evangelio de Mateo.
Las del martes se basarán en las preguntas: “Pero, ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9, 20); “Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿ves a esta mujer?” (Lc 7, 44), ambas basadas en el Evangelio de Lucas.
Las reflexiones del miércoles se centrarán en: “Jesús dijo a sus discípulos: ¿Cuántos panes tienen?” (Mc 6, 38; Mt 15, 34), tal como se lee en los Evangelios de Marcos y Mateo y “Entonces Jesús se levantó y dijo: mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?” (Jn 8, 10), según se lee en el Evangelio de Juan.
El jueves 10 de marzo, en el quinto día de Ejercicios Espirituales del Papa Francisco y la Curia Romana, basándose en el Evangelio de San Juan, el predicador ofrecerá sus meditaciones sobre el tema: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20, 15), y “Simón, hijo de Juan, ‘¿me amas?”, (Jn 21, 16).
Los Ejercicios Espirituales del Santo Padre y la Curia Romana terminarán el viernes 11 de marzo. El predicador ofrecerá su meditación conclusiva sobre la pregunta propuesta por el Evangelio de San Lucas: “María dijo al ángel: ¿Cómo sucederá esto?” (Lc, 1, 34).
(María Fernanda Bernasconi - RV).


Comentario del Papa Francisco al Evangelio según San Juan 4,43-54.

Ni «cristianos errantes como turistas existenciales» ni «cristianos inmóviles», sino testigos de una «fe que camina» siguiendo las promesas de Dios. Es la identidad cristiana así como la trazó el Papa Francisco el lunes 31 de marzo en la misa celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta.

El Pontífice habló del valor que —en la vida de un cristiano— tiene la confianza en Jesús «que no defrauda nunca». Está escrito en el Evangelio y el Papa Francisco lo puso de relieve al comentar las lecturas de la liturgia. «En la primera lectura —comenzó citando a Isaías (65, 17-21)— está la promesa de Dios, lo que nos espera. Lo que Dios ha preparado para nosotros: “Yo creo cielos nuevos y tierra nueva...”. No recordará ya el pasado, las fatigas... será todo nuevo. “Creó Jerusalén para la alegría....”. Habrá alegría. Es la promesa de la alegría».

El Señor, explicó el obispo de Roma, antes de pedir algo promete. Y por ello el fundamento principal de la virtud de la esperanza es precisamente fiarse de las promesas del Señor. También porque «esta esperanza —aseguró— no defrauda; porque Él es fiel y no falla». El Señor, continuó, no pidió nunca a nadie ir, actuar, sin antes haberle hecho una promesa. «Incluso Adán —recordó al respecto— cuando fue expulsado del Paraíso recibió una promesa». Y este «es nuestro destino: caminar en la perspectiva de las promesas, seguros de que llegarán a ser realidad. Es hermoso leer el capítulo once de la Carta a los Hebreos, donde se relata el camino del pueblo de Dios hacia las promesas: cómo esta gente amaba mucho estas promesas y las buscaba incluso con el martirio. Sabía que el Señor era fiel. La esperanza no defrauda nunca».

Para ayudar a comprender mejor el valor de la confianza en las promesas del Padre, el Papa hizo referencia al episodio narrado por el Evangelio de san Juan (4, 43-54) proclamado poco antes, en el cual se habla del funcionario del rey que, al enterarse de la llegada de Jesús a Caná, va a su encuentro para pedirle que salve al hijo enfermo que estaba muriéndose en Cafarnaún. Fue suficiente, recordó el Pontífice, que Jesús dijera: «Anda, tu hijo vive» para que ese hombre creyese en su palabra y se pusiese en camino: «Esta es nuestra vida: creer y ponerse en camino» como hizo Abrahán, que «confió en el Señor y caminó incluso en momentos difíciles», cuando, por ejemplo, su fe «fue probada» con la petición del sacrificio del hijo. Incluso en esa ocasión él «caminó. Se fio del Señor —destacó el Pontífice— y siguió adelante. La vida cristiana es esto: caminar hacia las promesas». Por ello «la vida cristiana es esperanza».

Sin embargo, se puede incluso no caminar en la vida. «Y, de hecho —apuntó el obispo de Roma— hay muchos, incluso cristianos y católicos de comunidad, que no caminan. Está la tentación de detenerse», de considerar ser un buen cristiano sólo porque, precisó, se forma parte de movimientos eclesiales y se sienten en ellos como en la propia «casa espiritual», casi «cansados» de caminar.

«Contamos con muchos cristianos inmóviles. Tienen una esperanza débil. Sí, creen que existe el cielo pero no lo buscan. Siguen los mandamientos —evidenció el Pontífice—, cumplen los preceptos, todo, todo; pero están inmóviles. Y el Señor no puede sacar levadura de ellos para hacer crecer a su pueblo. Y esto es un problema: los inmóviles».

«Luego —añadió— están los otros, los que se equivocan de camino. Todos nosotros algunas veces nos hemos equivocado de camino». Pero el problema, precisó, «no es equivocarse de camino. El problema es no volver cuando uno se da cuenta de que se ha equivocado. Es nuestra condición de pecadores lo que nos hace errar el camino. Caminamos, pero a veces cometemos esta equivocación de camino. Se puede volver: el Señor nos da esta gracia, de poder regresar».

Y «hay otro grupo que es más peligroso —dijo— porque se engaña a sí mismo». Son «los que caminan pero no hacen camino. Son los cristianos errantes: dan vueltas, dan vueltas como si la vida fuese un turismo existencial, sin meta, sin tomar en serio las promesas. Los que dan vueltas y se engañan porque dicen: “Yo camino...”. No; tú no caminas, tú das vueltas. En cambio el Señor nos pide que no nos detengamos, que no nos equivoquemos de camino y que no demos vueltas por la vida. Nos pide que miremos las promesas, que sigamos adelante con las promesas», como el hombre del Evangelio de Juan, que «creyó en las promesas de Jesús y se puso en camino». Y la fe se pone en camino.

La Cuaresma, dijo como conclusión, es un tiempo propicio para pensar si estamos en camino o si estamos «demasiado inmóviles» y entonces debemos convertirnos; o bien si «nos hemos equivocado de camino» y entonces debemos ir a confesarnos «para retomar el camino»; o, por último, si somos «turistas teologales», como los que dan vueltas por la vida «pero que nunca dan un paso hacia adelante».

«Pidamos al Señor la gracia —esta fue la exhortación del Papa Francisco— de retomar el camino, de ponernos en camino hacia las promesas. Mientras pensamos en esto, nos hará bien releer el capítulo once de la Carta a los Hebreos, para comprender bien lo que significa caminar hacia las promesas que nos hizo el Señor».

Para no ser turistas existenciales
Lunes 31 de marzo de 2014

Vuelve a tu casa, tu hijo vive

Evangelio según San Juan 4,43-54. 

Jesús partió hacia Galilea.
 
El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo.
 



Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. 

Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. 


Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. 

Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". 
El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera".


"Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. 

Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y leanunciaron que su hijo vivía. 
El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron. 


El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia

Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea. 

domingo, 6 de marzo de 2016

Llevemos la caricia de Dios a todos los hombres. "Nadie podrá apagar la alegría que nace de la amistad con Dios"

La Cuaresma nos está invitando permanentemente a conocer más y más a Jesucristo, a vivir con coherencia la fe, con un estilo de vida que exprese y manifieste la bondad y el amor de Dios.
Expresemos su misericordia, ofrezcamos signos concretos de su cercanía. Esta caricia de Dios que lleva alegría al corazón de quien la percibe, a la vida personal y colectiva de los hombres, se esconde en pequeñas cosas y alcanza su cumplimiento con espíritu de servicio. A mí, siempre me ha impresionado la vida de san Pablo, el apóstol que llevó la caricia de Dios a los gentiles. Su vida y sus obras son un cántico que se puede resumir en esta palabra: alegría, gaudete. ¿Cómo es posible que en una vida atormentada, llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos diversos, siempre está presente la alegría? No encuentro otra explicación más que la experiencia tan honda que él tiene del Señor y que le lleva a la conversión: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Aquel que me ama hasta dar su vida por mí y por todos los hombres, está cerca de mí. Y lo está en todas las situaciones; por eso, en la profundidad del corazón reina una alegría que es más grande que todos los sufrimientos.
Llevar la caricia de Dios a todos los hombres, es decir, llevar el Evangelio, la Buena Noticia, y lograr que experimenten la alegría de Jesucristo, es la gran tarea que tenemos sus discípulos. ¿Puede haber una misión más hermosa que esta? ¿Hay algo más grande y más estimulante que llevar el agua que quita la sed que todo ser humano tiene en lo más profundo de su corazón? ¡Qué bien nos lo explica el salmo 41, cuando nos dice: «como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío»! Anunciar y testimoniar nuestra alegría es el núcleo de nuestra misión. Pero esto exige y pide de nosotros una conversión en la raíz de nuestra vida. ¡Qué maravilla! Qué oportunidad nos regala el Señor en este tiempo de Cuaresma: ni más ni menos que ser colaboradores de la alegría a los demás. Cuando nuestro mundo está triste y es negativo es porque olvida el retrato verdadero del hombre que tan maravillosamente ha revelado Jesucristo con su vida, y la versión verdadera de un Dios que nos ama y que nos dice los senderos por donde tenemos que caminar si deseamos servir, vivir y hacer vivir, teniendo siempre las palabras oportunas, hablando en verdad, aconsejando desde quien es Consejero y Maestro y decidiendo con los modos y maneras que tiene quien decidió crear todo lo que existe y entrar en esta historia para decirnos a los hombres la ruta que hemos de tomar.


En el inicio de la Cuaresma hemos oído expresiones como «conviértete y cree en el Evangelio». Y es que la alegría cristiana radica en Jesucristo. La conquista del éxito, la obsesión por el prestigio, la búsqueda de comodidades que absorben nuestra vida de tal modo que excluyen a Dios de nuestro horizonte, no traen la felicidad. La única alegría que llena el corazón humano es la que procede de Dios. Nadie podrá apagar la alegría que nace de la amistad con Dios. Una alegría que nos acerca siempre a los demás y nos hace regalar la ternura de Dios, enseñándonos que no hay mayor felicidad que aquella que dispone al ser humano para dar: dar la vida, dar lo que soy y tengo, hacer partícipes a todos de los dones que me han dado. ¡Ojalá brote en nosotros la alegría que nace de la conversión! Llena nuestra vida, porque nos hace caer en la cuenta de cómo Dios nos ha mostrado gratuitamente su rostro, su amor misericordioso, y nos llama a su casa y a hacer de su casa un lugar donde se regala la amistad, la ternura y su gracia; nos da la valentía de afrontar el mal solamente armados con su misericordia.
Habrá verdadera conversión si llevamos a todos los hombres la caricia de Dios, que al fin y al cabo ha sido la que nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Esta caricia cambia y educa los corazones, nos hace sensibles a las cosas de Dios que son las que necesita el hombre. Vivamos las exigencias del amor misericordioso:
1. Dar una respuesta de amor en todas las situaciones que vivamos: Sabemos que ha sido Dios quien nos ha amado primero. Esto nos lleva a descubrir que el amor no es solamente un mandato, es la respuesta a quien nos ha amado, a quien nos ha dado el don del amor cuando vino a nuestro encuentro. No damos de lo nuestro, damos de lo que se nos ha regalado como don para hacer la tarea.
2. Hacer una entrega personal de toda nuestra vida: Si el amor engloba nuestra existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo, nuestra vida se convierte en éxtasis, pero no en el sentido de arrobamiento momentáneo, sino como camino permanente, como es salir del yo cerrado a la entrega de sí. Es no guardar la vida, sino perderla para recobrarla.
3. Vencer la violencia que se instaura en este mundo con amor: ¡Qué fuerza tiene contemplar la Cruz para descubrir cómo vence la violencia Jesús! No lo hace al modo humano; vence con un amor capaz de llevarlo hasta la muerte. La violencia no opone otra violencia más fuerte, se opone el amor hasta el fin. Este modo humilde de vencer de Dios, con su amor, pone un límite a la violencia.
4. Reconciliar a los hombres, sabiendo que el amor es más fuerte que el odio: En la Eucaristía celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte, se nos muestra que Dios es más fuerte que todos los poderes oscuros y tenebrosos de la historia. Como nos dice san Pablo, Cristo derribó el muro del odio para reconciliar a los hombres entre sí.
5. Salir convencidos de que es posible el amor: Todo ser humano siente el deseo de amar y de ser amado, pero no sirve cualquier amor, hay que descubrir que el futuro y la esperanza de la humanidad están en el amor verdadero fiel y fuerte, que produce paz y alegría, que nos une a los hombres. Siendo de Dios, este amor tiene un rostro humano: lo encontramos en Jesucristo.
6. El ser humano es mendigo de amor, tiene sed de amor: Ya san Juan Pablo II nos decía que «el hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él plenamente» (RH 10).
7. Amar como Jesús, es el corazón de la vida cristiana: Convertirnos al amor es pasar de la amargura a la dulzura, de la tristeza a la alegría. Y esto se hace viviendo con Dios y para Dios. Y así podremos responder con nuestra vida a la pregunta «¿quién es mi prójimo?», describiendo en nosotros la parábola del buen samaritano que termina diciendo: «Ve y haz tú lo mismo».
Examinemos desde estas siete perspectivas si, en esta Cuaresma, estamos disponiendo la vida para llevar la caricia de Dios a los hombres.
Con gran afecto, os bendice,
+ Carlos, arzobispo de Madrid


El Papa a la hora del Ángelus: El Padre siempre espera nuestra conversión cuando nos equivocamos

En el capítulo decimoquinto del Evangelio de Lucas encontramos las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja encontrada (v. 4-7), aquella de la moneda encontrada (v. 8-10), y la gran parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre misericordioso (v.11-32). Hoy, sería bonito que cada uno de nosotros tomase el Evangelio, este capítulo XV del Evangelio según Lucas, y leyese las tres parábolas. Hoy, dentro del itinerario cuaresmal, el Evangelio nos presenta justamente esta última parábola del padre misericordioso, que tiene como protagonista un padre con sus dos hijos. El relato nos hace ver algunos gestos de este padre: es un hombre que está siempre preparado para perdonar y que espera ante toda esperanza. Llama sobre todo la atención su tolerancia ante la decisión del hijo más joven de irse de casa: se podría haber opuesto, sabiendo que era todavía inmaduro, un joven chico, o buscar algún abogado para quitarle la herencia, estando todavía vivo. En cambio le deja irse, aun conociendo los posibles riesgos. Así hace Dios con nosotros: nos deja libres, también ante equivocaciones, porque creándonos ha hecho el gran don de la libertad. Es nuestra responsabilidad el hacer un buen uso. ¡Este don de la libertad que nos da Dios me sorprende siempre!
Pero la separación de aquel hijo es sólo física; el padre lo lleva siempre en el corazón; espera con esperanza su vuelta; escruta el camino en la esperanza de verlo. Y un día lo ve aparecer a lo lejos.
Pero esto significa que este padre, cada día, salía a la terraza a mirar si el hijo volvía… Entonces se conmueve al verlo, se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó (cfr v. 20). ¡Cuánta ternura! Y este hijo había hecho tantas cosas graves, ¡eh! Pero el padre lo recibe así.  
La misma actitud reserva el padre para el hijo mayor, que siempre se ha quedado en casa y ahora está indignado y protesta porque no entiende y no comparte toda aquella bondad con el hermano que se había equivocado. El padre sale a encontrar también a este hijo y le recuerda "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo (v.31), es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado". Y esto me hace pensar en una cosa: cuando uno se siente pecador, se siente de verdad poca cosa como he escuchado a tanta gente, que me dicen: “Pero, Padre, ¡yo soy lo peor! En cambio cuando uno se siente justo “Yo siempre he hecho bien las cosas”, - también el Padre viene a buscarnos, porque aquella actitud de sentirnos justos es una actitud mala, ¡es la soberbia! Es del diablo. El Padre espera a que se reconozcan los pecadores y va a buscar a aquellos que se sienten justos. ¡Éste es nuestro Padre!
 Y en esta parábola se puede entrever también un tercer hijo: ¿un tercer hijo? ¿Y Dónde? ¡Está escondido! Es aquel que “no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor” (Fil 2, 6-7). Este hijo- Siervo es Jesús. Es la extensión de los brazos y del corazón del Padre: Él ha recibido al pródigo y ha lavado sus pies sucios: Él ha preparado el banquete para la fiesta del perdón. Él, Jesús, nos enseña a ser “misericordiosos como el Padre”.

La figura del padre de la parábola revela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama inconmensurablemente, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; está atento a nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que no lo necesitamos. Está siempre preparado para abrirnos los brazos pase lo que pase. Como el padre del Evangelio, también Dios continúa considerándonos sus hijos cuando estamos perdidos, y viene hacia nosotros con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos que somos justos. Los errores que cometemos, también si son grandes, no dañan la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre de nuevo comenzar: Él nos acoge, nos da de nuevo la dignidad de hijos suyos y nos dice: “¡Ve hacia delante! ¡Ve en paz! ¡Levántate, ve hacia delante!
Que en este tiempo de Cuaresma, que nos separa de la Pascua, seamos llamados a intensificar el camino interior de la conversión. Permitamos encontrar la mirada del amor de nuestro Padre, y volvamos a Él con todo el corazón, rechazando cualquier compromiso con el pecado. Que la Virgen María nos acompañe hasta el abrazo regenerador con la Divida Misericordia.
(MZ-RV)

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan



El Señor dijo concisamente: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Con estas palabras nos mandó una cosa y nos prometió otra. [...]

Conque hagámoslo ahora, sigamos al Señor; desatemos aquellas ataduras que nos impiden seguirlo. Pero ¿quién será capaz de desatar tales nudos, si no nos ayuda aquel mismo a quien se dijo: Rompiste mis cadenas? El mismo de quien en otro salmo se afirma: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. ¿Y en pos de qué corren los liberados y los puestos en pie, sino de la luz de la que han oído: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas? Porque el Señor abre los ojos al ciego. 

Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine. Mezcló saliva con tierra; por ello está escrito: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado: La verdad brota de la tierra; y él mismo había dicho: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. [...]

¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino.

La Piedad de Dios

¿Quién no conoce alguna representación del pasaje evangélico que narra el retorno a casa del hijo menor? Se ha convertido en el icono de la misericordia y de la conversión. Y la revelación del amor entrañable de Dios.
Texto bíblico: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. (Lc 15, 20)
Francisco, se refiere al texto evangélico, cuando comenta: “La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir” (MV 9).
Pensamiento: Desde las parábolas del Evangelio de San Lucas, no hay excusa para no volver al abrazo entrañable de la misericordia. Nadie podrá decir a mí no me alcanza el abrazo de Dios, su perdón.
ORACIÓN: «No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1, 16).
PROPUESTA

Vuelve al Señor, no te justifiques nunca en tu debilidad. Él es más que tu posible pecado y se conmueve cuando nos reconocemos menesterosos.
Ángel Moreno de Buenafuente

El otro hijo.

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El «hijo mayor» es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

CUANDO EL HIJO PRÓDIGO TODAVÍA ESTABA LEJOS, EL PADRE LO VIÓ, CORRIÓ A SU ENCUENTRO Y LO ABRAZÓ

Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola:
"Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.
Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.

Él le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.

Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".

sábado, 5 de marzo de 2016

En el mundo hay 1.272 millones de católicos, un 14,1% más que hace una década

Jesús en el Corán.Conferencia de Carlos Segovia


Patrocinado por la Fundación Vocento, pronunció una magistral conferencia el joven profesor de la universidad de Saint Louis, campus madrileño, Carlos Segovia con el título Jesús en el Corán. Todos los oyentes nos quedamos maravillados de su exposición en cuanto a forma y fondo pero de casta le viene al galgo pues es hijo del inolvidable y magistral guitarrista, Andrés Segovia.
Un grupo de expertos en el Islam de los inicios, de los que forma parte Segovia, está intentando aplicar los métodos histórico-críticos al Corán, un estudio semejante al que se ha hecho con la Biblia. No llevan muchos años en esta labor y se están encontrando con grandes lagunas pero ya pueden afirmar que, en sus comienzos, el libro nació en un contexto cristiano pues en la península arábiga había comunidades seguidoras de Cristo de todas las tendencias. En sus aleyas se ven rastros de planteamientos monofisitas, nestorianos y de la línea oficial tomada por el Imperio todo esto mezclado con una actitud hostil contra los judíos que nos recuerda mucho a la cristiana.
Las referencias a Jesús de Nazaret son múltiples, bastantes más que a la figura de Mahoma, y todavía mayores son las que hablan de su madre, María, sacadas en su mayoría de los escritos apócrifos que circulaban por las comunidades cristianas. A Jesús se le da el título de profeta y mesías pero se le niega la filiación divina, algo normal en una lucha entre las distintas corrientes sobre la naturaleza de Jesús en esos primeros siglos. El texto final reúne todas las piezas de un puzzle en cuya confección intervinieron diversos autores.
Nos quedamos con muchas preguntas en el aire que todavía no tienen respuesta ¿qué papel se le concede al mesías en este documento primitivo? ¿Quién era Mahoma?¿Van aceptar los musulmanes esta línea de estudio sobre el Corán cuando consideran que es un relato dictado por Dios? Segovia dejó muy claro que una cosa era la fe y otra muy distinta la investigación sobre los textos. Habrá que esperar a que se celebren más reuniones de expertos que vayan sumando datos a los que ya tenemos... y que luego nos los explique el profesor Segovia.
Isabel Gómez Acebo,

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 18,9-14.

El texto del Evangelio pone en evidencia dos modos de orar, uno falso – el del fariseo – y el otro auténtico – el del publicano. El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí. El fariseo se siente justo, se siente en orden, se pavonea de esto y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal. El publicano, por el contrario, no utiliza muchas palabras. Su oración es humilde, sobria, imbuida por la conciencia de su propia indignidad, de su propia miseria: este hombre en verdad se reconoce necesitado del perdón de Dios, de la misericordia de Dios.

La del publicano es la oración del pobre, es la oración que agrada a Dios que, como dice la primera Lectura, «sube hasta las nubes» (Si 35,16), mientras que la del fariseo está marcada por el peso de la vanidad.


A la luz de esta Palabra, quisiera preguntarles a ustedes, queridas familias: ¿Rezan alguna vez en familia? Algunos sí, lo sé. Pero muchos me dicen: Pero ¿cómo se hace? Se hace como el publicano, es claro: humildemente, delante de Dios. Cada uno con humildad se deja ver del Señor y le pide su bondad, que venga a nosotros. Pero, en familia, ¿cómo se hace? Porque parece que la oración sea algo personal, y además nunca se encuentra el momento oportuno, tranquilo, en familia… Sí, es verdad, pero es también cuestión de humildad, de reconocer que tenemos necesidad de Dios, como el publicano. Y todas las familias tenemos necesidad de Dios: todos, todos. Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón. Y se requiere sencillez. Para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el “Padrenuestro”, alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración.

Domingo 27 de octubre de 2013

EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENSALZADO

Evangelio según San Lucas 18,9-14.

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. 

Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".

"Hemos sido elegidos para suscitar el deseo de la conversión", el Papa en la celebración de la Penitencia

El Santo Padre Francisco presidió la celebración de la Penitencia el primer viernes de marzo, y durante su homilía recordó el pasaje del Evangelio que habla del ciego Bartimeo quien le pidió a Jesús volver a ver. Así Francisco nos invita a compararnos con el ciego vagabundo, hijo de Timeo, para que como él nos dejemos ayudar por el Señor y podamos ver después que nuestros pecados nos han hecho perder la vista, “haciéndonos vagar lejos de la meta”.

“El pecado empobrece y aísla… impide ver lo esencial, el amor que da la vida”, lo aseguró Francisco haciendo ver que mirándonos sólo a nosotros mismos y creyendo que la vida depende sólo de lo que se posee, nos hacemos “ciegos y apagados”.

El Obispo de Roma recordó que todos nosotros, y sobre todo los Pastores estamos llamados a “escuchar el grito de cuantos desean encontrar al Señor”. “Estamos llamados a infundir ánimo, a sostener y conducir a Jesús. Nuestro ministerio es el del acompañar, porque el encuentro con el Señor es personal, íntimo, y el corazón se pueda abrir sinceramente y sin temor al Salvador. No lo olvidemos: sólo Dios es quien obra en cada persona. Nosotros hemos sido elegidos para suscitar el deseo de la conversión, para ser instrumentos que facilitan el encuentro, para extender la mano y absolver, haciendo visible y operante su misericordia”.
(MZ-RV)