sábado, 6 de junio de 2015

Sólo si se deja reconciliar con Dios, el hombre puede llegar a ser constructor de paz, Santa Misa del Papa en Sarajevo

Queridos hermanos y hermanas:
                En las lecturas bíblicas que hemos escuchado ha resonado varias veces la palabra «paz». Palabra profética por excelencia. Paz es el sueño de Dios, es el proyecto de Dios para la humanidad, para la historia, con toda la creación. Y es un proyecto que encuentra siempre oposición por parte del hombre y por parte del maligno. También en nuestro tiempo, el deseo de paz y el compromiso por construirla contrastan con el hecho de que en el mundo existen numerosos conflictos armados. Es una especie de tercera guerra mundial combatida «por partes»; y, en el contexto de la comunicación global, se percibe un clima de guerra.
                Hay quien este clima lo quiere crear y fomentar deliberadamente, en particular los que buscan la confrontación entre las distintas culturas y civilizaciones, y también cuantos especulan con las guerras para vender armas. Pero la guerra significa niños, mujeres y ancianos en campos de refugiados; significa desplazamientos forzados; significa casas, calles, fábricas destruidas; significa, sobre todo, vidas truncadas. Ustedes lo saben bien, por haberlo experimentado precisamente aquí, cuánto sufrimiento, cuánta destrucción, cuánto dolor. Hoy, queridos hermanos y hermanas, se eleva una vez más desde esta ciudad el grito del pueblo de Dios y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad: ¡Nunca más la guerra!
                Dentro de este clima de guerra, como un rayo de sol que atraviesa las nubes, resuena la palabra de Jesús en el Evangelio: «Bienaventurados los constructores de paz» (Mt 5,9). Es una llamada siempre actual, que vale para todas las generaciones. No dice: «Bienaventurados los predicadores de paz»: todos son capaces de proclamarla, incluso de forma hipócrita o aun engañosa. No. Dice: «Bienaventurados los constructores de paz», es decir, los que la hacen. Hacer la paz es un trabajo artesanal: requiere pasión, paciencia, experiencia, tesón. Bienaventurados quienes siembran paz con sus acciones cotidianas, con actitudes y gestos de servicio, de fraternidad, de diálogo, de misericordia… Estos, sí, «serán llamados hijos de Dios», porque Dios siembra paz, siempre, en todas partes; en la plenitud de los tiempos ha sembrado en el mundo a su Hijo para que tuviésemos paz. Hacer la paz es un trabajo que se realiza cada día, paso a paso, sin cansarse jamás.
                Y ¿cómo se hace, cómo se construye la paz? Nos lo ha recordado de forma esencial el profeta Isaías: «La obra de la justicia será la paz» (32,17). «Opus iustitiae pax», según la versión de la Vulgata, convertida en un lema célebre adoptado proféticamente por el Papa Pío XII. La paz es obra de la justicia. Tampoco aquí retrata una justicia declamada, teorizada, planificada… sino una justicia practicada, vivida. Y el Nuevo Testamento nos enseña que el pleno cumplimiento de la justicia es amar al prójimo como a sí mismo (cf. Mt 22,39; Rm 13,9). Cuando nosotros seguimos, con la gracia de Dios, este mandamiento, ¡cómo cambian las cosas! ¡Porque cambiamos nosotros! Esa persona, ese pueblo, que vemos como enemigo, en realidad tiene mi mismo rostro, mi mismo corazón, mi misma alma. Tenemos el mismo Padre en el cielo. Entonces, la verdadera justicia es hacer a esa persona, a ese pueblo, lo que me gustaría que me hiciesen a mí, a mi pueblo (cf. Mt 7,12).
                San Pablo, en la segunda lectura, nos ha indicado las actitudes necesarias para la paz: «Revístanse de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellévense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor los ha perdonado: ustedes hagan lo mismo» (3, 12-13).
                Estas son las actitudes para ser “artesanos” de paz en lo cotidiano, allí donde vivimos. Pero no nos engañemos creyendo que esto depende sólo de nosotros. Caeríamos en un moralismo ilusorio. La paz es don de Dios, no en sentido mágico, sino porque Él, con su Espíritu, puede imprimir estas actitudes en nuestros corazones y en nuestra carne, y hacer de nosotros verdaderos instrumentos de su paz. y, profundizando más todavía, el Apóstol dice que la paz es don de Dios porque es fruto de su reconciliación con nosotros. Sólo si se deja reconciliar con Dios, el hombre puede llegar a ser constructor de paz.

                Queridos hermanos y hermanas, hoy pedimos juntos al Señor, por la intercesión de la Virgen María, la gracia de tener un corazón sencillo, la gracia de la paciencia, la gracia de luchar y trabajar por la justicia, de ser misericordiosos, de construir la paz, de sembrar la paz y no guerra y discordia. Este es el camino que nos hace felices, que nos hace bienaventurados.   

Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Jerónimo Gracián

viernes, 5 de junio de 2015

La Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión con Dios, el Papa desde San Juan de Letrán

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el  pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!  Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: «Reconozcan en este pan, a aquél que fue crucificado; en el cáliz, la sangre brotada de su costado. Tomen y coman el cuerpo de Cristo, beban su sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate».
Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse?
Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza. La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluídos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión con el pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana.
Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos.
Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliacion y de comprensión.
De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios.
Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la alegría no solamente de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad.  Que la procesión que realizaremos al final de la Misa, pueda expresar nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras miserias, para hacernos salir de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Dentro de poco, mientras caminaremos a largo de la calles, sintámonos en comunión con tantos de nuestros hermanos y hermanas que no tienen la libertad para expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en  nuestro corazón a aquellos hermanos y hermanas a los que ha sido requerido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: que su sangre, unida a aquella del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero.


jueves, 4 de junio de 2015

Dichosos los que temen al Señor

Sal 127,1-2.3.4-5
Dichosos los que temen al Señor
Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos
Comerás del fruto de tu trabajo,
 serás dichoso, te irá bien.
Dichosos los que temen al Señor
Tu mujer, como viña fecunda,
 en medio de tu casa;
 tus hijos, como brotes de olivo,
 alrededor de tu mesa.
Dichosos los que temen al Señor
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
 Que el Señor te bendiga desde Sión,
 que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.
Dichosos los que temen al Señor


«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
-«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús:
-«El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. " El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó:
-«Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
-«No estás lejos del reino de Dios.»

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

«LA IGLESIA SE ASOMA COMO EL ALBA»



Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. [...]


Pero, además, si consideramos la naturaleza del amanecer o alba, hallaremos un pensamiento más sutil. El alba o amanecer anuncian que la noche ya ha pasado, pero no muestran todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tienen algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en seguimiento de la verdad somos como el alba o amanecer, porque en parte obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. [...]

Y este puesto de la aurora no puede ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche transcurrida. 

Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mi la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

De los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 29, 2-4: PL 76, 478-480)
News.va

miércoles, 3 de junio de 2015

Sta. Marta: `la Cruz es la victoria del amor de Dios por su pueblo`

La victoria del amor de Dios por el hombre se manifiesta precisamente en el aparente “fracaso” de la Cruz de su Hijo. Demasiadas veces hemos dicho a Jesús “vete” al no reconocerle en un fracaso. El Papa ha comentado la parábola de los labradores asesinos del Evangelio del día, durante su homilía celebrada en Santa Marta. 
 La piedra descartada que se convierte en piedra angular. Un patíbulo escandaloso que parece el final de una historia llena de esperanza y sin embargo es el inicio de la salvación del mundo. Dios construye en la debilidad, pero si uno lee las páginas de la “historia de amor entre Dios y su pueblo parece ser una historia de fracasos”, ha observado el Papa. 
 Como sucede --ha precisado-- en la parábola de los labradores asesinos, que aparece como el “fracaso del sueño de Dios”. Tal y como ha explicado el Santo Padre, hay un hombre que construye una viña y están los labradores que matan a todos los que envía el señor. Pero es precisamente de esos muertos que todo toma vida. “Los profetas, los hombres de Dios que han hablado al pueblo, que no fueron escuchados, que fueron descartados, serán su gloria. El Hijo, el último enviado, que fue precisamente descartado por eso, juzgado, no escuchado y asesinado, se convirtió en piedra angular”, ha indicado Francisco. Asimismo ha subrayado que esta historia que comienza con un sueño de amor, y que parece ser una historia de amor, después parece terminar en una historia de fracasos, pero que termina con el gran don de Dios, que del descarte saca la salvación; de su Hijo descartado nos salva a todos
Por eso, el Papa ha observado que es aquí donde la lógica del fracaso “se cae”. Y Jesús lo recuerda a los jefes del pueblo, citando la Escritura: “La piedra que descartaron los constructores es ahora piedra angular. Esto lo ha hecho el Señor y es una maravilla a nuestros ojos"
Así, Francisco ha observado que es bonito leer en la Biblia, también en los lamentos de Dios, el Padre que llora cuando su pueblo no sabe obedecer a Dios, porque se quieren convertir en dios. 
“El camino de nuestra redención es un camino de muchos fracasos. También el último, el de la cruz, es un escándalo. Pero precisamente ahí vence el amor. Y esa historia que comienza con un sueño de amor y continúa con una historia de fracasos, termina en la victoria del amor: la cruz de Jesús. No debemos olvidar este camino, es un camino difícil”, ha explicado el Pontífice. 
 De este modo, Francisco ha asegurado que “si cada uno de nosotros hace un examen de conciencia, verá cuántas veces, cuántas veces ha expulsado a los profetas. Cuántas veces ha dicho a Jesús ‘vete’, cuántas veces ha querido salvarse a sí mismo, cuántas veces hemos pensado que nosotros éramos los justos”. 
 Finalmente, el Obispo de Roma en su homilía de este lunes, ha pedido no olvidar nunca que “el amor de Dios con su pueblo” se manifiesta en la muerte del Hijo en la cruz. 

 Nos hará bien --ha concluido-- hacer memoria de esta historia de amor que parece fracasada, pero al final vence. Es hacer memoria de la historia de nuestra vida, de esa semilla de amor que Dios ha sembrado en nosotros y cómo ha ido, y hacer lo mismo que ha hecho Jesús en nuestro nombre: se humilló.

DIOS ES UN DIOS DE VIVOS, NO DE MUERTOS


Evangelio según San Marcos 12,18-27.

Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso:

"Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: 'Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda'.

Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.
El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer.

Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".

Jesús les dijo: "¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las 
mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo.

Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error". 
News.va

Oración y acción por las familias: que a nadie falte pan, trabajo, educación y sanidad. Catequesis del Papa

En el miércoles que precede la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, el Papa Francisco anunció que con su reflexión de hoy se abre la consideración de las condiciones de vulnerabilidad que ponen a prueba a las familias. En esta ocasión, la pobreza.

Queridos hermanos y hermanas, en la catequesis de hoy nos referimos a la pobreza, comocondición de vida que pone a prueba la familia y la hace vulnerable. La pobreza azota a muchas familias en las periferias de las grandes ciudades y también en las zonas rurales. Muchas veces se ve agravada por la guerra, que es sin duda la madre de todas las pobrezas, depredadora de vidas, de almas y de los afectos más queridos”.
        
En el marco de situaciones de miseria y de degrado es casi un milagro la familia continúe a formarse y a conservar la especial humanidad de sus lazos, consideró el Papa Bergoglio:

“En medio de estas situaciones, muchas familias intentan vivir con dignidad, confiando en labendición de Dios, convirtiéndose así en una auténtica escuela de humanidad que salva a la sociedad de la barbarie. Pero este reconocimiento no nos exime de nuestra obligación de velar con la oración y con la acción para que a nadie falte el pan, el trabajo, la educación y la sanidad”.

La lección de estas familias, prosiguió el Papa en su catequesis en italiano, no debe “justificar nuestra indiferencia” sino “aumentar nuestra vergüenza” ante esta escuela de humanidad que“salva la sociedad de la barbarie”, un ejemplo, señaló el Papa, que “irrita” a los “planificadores del bienestar” que consideran los afectos, la generación, los lazos familiares como una “variable secundaria” de la calidad de vida.

Así es como la economía de hoy, especializada en el bienestar individual, no reconoce la inmensa labor de la familia, en cuyo pilar se sostiene precisamente la formación de la persona, y propone modelos basados en el culto del figurar y del consumismo, los cuales, difundidos por los medios de comunicación, causan daños que incrementan la disgregación de los lazos familiares.

“Es necesario que desde todas las instancias de la vida pública se pongan los medios para un nuevo orden social, que rompa la espiral perversa entre familia y pobreza que lleva la sociedad a la ruina”.
Los rostros de los niños desnutridos y enfermos y también de aquellos que felices y orgullosos muestran su cuaderno y lápiz en escuelas “hechas de nada”, nos recuerdan que “no se trata sólo de pan – dijo el Pontífice - sino también de trabajo, de instrucción y de sanidad”.

“También nosotros cristianos debemos estar cada vez más cerca de las familias que sufren la pobreza. La Iglesia madre no debe olvidar nunca este drama de sus hijos. Ella también está llamada a ser pobre, practicando la simplicidad en su propia vida, de manera que llegue a ser fecunda y pueda dar una respuesta a tanta miseria”.

La miseria social golpea a la familia y a veces la destruye”, remarcó el Papa Francisco, “la falta o la pérdida de trabajo y la precariedad ponen a dura prueba las relaciones”, así como las condiciones de vida en los barrios pobres con problemas de vivienda, de transporte, de servicios sociales, sanitarios y escolásticos, factores materiales a los cuales se suman las propuestas inalcanzables de bienestar individual ofrecidas por los medios de comunicación, "pseudo - modelos" que, a causa de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran las familias más pobres, influencia a estos sectores sociales incrementando la disgregación de los lazos familiares, que son fundamento y pilar de la sociedad.  
De ahí que se necesite del “ejemplo de la Iglesia”, “que practique la simplicidad en la propia vida”, en “las propias instituciones”, en “el estilo de vida de sus miembros” para “derribar los muros que separan, sobre todo, de los pobres”.

“Oración y acción” fue la premisa del Papa para los cristianos en su catequesis de hoy, sin olvidar que “el juicio de los necesitados, de los pequeños y de los pobres, anticipa el juicio de Dios”.
“Hijo mío, no prives al pobre de su sustento ni hagas languidecer los ojos del indigente. No hagas sufrir al que tiene hambre ni irrites al que está en la miseria. No exasperes más aún al que está irritado ni hagas esperar tu don al que lo necesita. No rechaces la súplica del afligido ni apartes tu rostro del pobre. No apartes tus ojos del indigente ni des lugar a que alguien te maldiga: porque si te maldice con amargura en el alma, su Creador escuchará su plegaria”. (Ecl, 4)
“Pidamos a Dios que sostenga a las familias sometidas a la dura prueba de la pobreza, para que puedan seguir siendo en el mundo lugar de acogida y escuelas de auténtica humanidad. Que Dios los bendiga”.

(GM – RV)

martes, 2 de junio de 2015

"Laudato sii", título de la próxima encíclica sobre Ecología de Francisco. "Si destruimos la creación, la creación nos destruirá a nosotros"

El texto, cuyo subtítulo será "Sobre el cuidado de la creación", verá la luz en dos semanas
En el texto ha colaborado un equipo de expertos, liderados por el cardenal Turkson y el teólogo de cabecera del Papa, Víctor Manuel Fernández, y expertos como Leonardo Boff. 
Francisco regresa a Francisco. El Papa que arrancó su pontificado hablando de la necesidad de convertirnos en "custodios de la creación", dedica su primera encíclica atribuíble única y exclusivamente a él -"Lumen Fidei" estuvo escrita a cuatro manos- al cuidado de la misma. Se llamará "Laudato sii" y verá la luz en estas dos semanas (entre el 5 y el 16 de junio, según distintas fuentes).
En este caso, la comparación con el santo de Asís no es baladí. "Laudato sii" es elcomienzo del famoso "Cántico de las criaturas", atribuido a San Francisco y que constituye el primer texto ecológico -y ecologista- de la historia. El Hermano Sol, la Hermana Luna, la Hermana Tierra, estarán presentes en el texto, y también el "hermano hombre", pues el cuidado de la creacióntambién abordará el drama del hambre, la desigualdad y el impacto de la deforestación o la esquilmación de los recursos naturales en la vida de los seres humanos.
Después de varios meses de rumores -y mucha polémica, especialmente desde grandes multinacionales-, y meses antes de que el Papa hable ante Naciones Unidas, el director de la Librería Editrice Vaticana,Giuseppe Costa, desveló el título ayer, durante la entrega del premio Cardenal Michele Giordano en Roma.
"Son muchas editoriales en el extranjero que se han interesado ya por la publicación de la encíclica en sus países", ha declarado el director de la editorial oficial del Vaticano, en declaraciones a la agencia SIR de la Conferencia Episcopal Italiana.
En el texto ha colaborado un equipo de expertos, liderados por el cardenal Turkson y el teólogo de cabecera del Papa, Víctor Manuel Fernández. Según reveló el teólogo brasileño Leonardo Boff, Francisco le pidió material para la misma.
"La naturaleza no es una propiedad de la que podamos abusar a nuestro antojo, ni mucho menos es la propiedad de unos pocos, sino un don de todos, que debemos custodiar. Si destruimos la creación, la creación nos destruirá a nosotros. ¡Nunca lo olvides!", ha señalado en algunas ocasiones Francisco, quien, rotundo, ha afirmado que "Dios perdona siempre; los hombres, algunas veces; la naturaleza, nunca".
Jesús Bastante, 31 de mayo de 2015 

Lo esencial del Credo

o    Santísima Trinidad  (Mateo 28,16-20)

A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre laTrinidad. Sin embargo, bastantes cristianos de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas admirables doctrinas. Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez, recuperar lo esencial de nuestro credo para aprender a vivirlo con alegría nueva.
«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra». No estamos solos ante nuestros problemas y conflictos. No vivimos olvidados, Dios es nuestro «Padre» querido. Así lo llamaba Jesús y así lo llamamos nosotros. Él es el origen y la meta de nuestra vida. Nos ha creado a todos solo por amor, y nos espera a todos con corazón de Padre al final de nuestra peregrinación por este mundo. Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Nuestros hijos se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos de dudas, no hemos de perder la fe en un Dios Creador y Padre pues habríamos perdido nuestra última esperanza.
«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor». Es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo. Él nos ha contado cómo es el Padre. Para nosotros, Jesús nunca será un hombre más. Mirándolo a él, vemos al Padre: en sus gestos captamos su ternura y comprensión. En él podemos sentir a Dios humano, cercano, amigo. Este Jesús, el Hijo amado de Dios, nos ha animado a construir una vida más fraterna y dichosa para todos. Es lo que más quiere el Padre. Nos ha indicado, además, el camino a seguir: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Si olvidamos a Jesús, ¿quién ocupará su vacío?, ¿quién nos podrá ofrecer su luz y su esperanza?
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Este misterio de Dios no es algo lejano. Está presente en el fondo de cada uno de nosotros. Lo podemos captar como Espíritu que alienta nuestras vidas, como Amor que nos lleva hacia los que sufren. Este Espíritu es lo mejor que hay dentro de nosotros.
José Antonio Pagola

Sagrado Corazón de Jesús


Junio mes en que tradicionalmente la Iglesia lo dedica al Sagrado Corazón de Jesús, un corazón tan grande y misericordioso y muchas veces olvidado. Acompañalo en el Sagrario.
Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre.

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su Corazón y todo lo que nosotros, por tanto, le debemos amar. Jesús tiene un Corazón que ama sin medida.
Y tanto nos ama, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido.
La Iglesia dedica todo el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que los católicos lo veneremos, lo honremos y lo imitemos especialmente en estos 30 días.

Esto significa que debemos vivir este mes demostrándole a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos el camino a la vida eterna.
Todos los días podemos acercarnos a Jesús o alejarnos de Él. De nosotros depende, ya que Él siempre nos está esperando y amando.

Debemos vivir recordándolo y pensar cada vez que actuamos: ¿Qué haría Jesús en esta situación, qué le dictaría su Corazón? Y eso es lo que debemos hacer (ante un problema en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad, con nuestras amistades, etc.).
Debemos, por tanto, pensan si las obras o acciones que vamos a hacer nos alejan o acercan a Dios.

Tener en casa o en el trabajo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, nos ayuda a recordar su gran amor y a imitarlo en este mes de junio y durante todo el año.



PAPA FRANCISCO: EL PERDÓN DE DIOS NOS DA NUEVA VIDA Y VALOR PARA MIRAR AL FUTURO CON ESPERANZA

"La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestida por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia.
La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ».
Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ésta es el primer paso, necesario e indispensable, pero que la Iglesia necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa.
Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado.
Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza".
Acojamos nuevamente estas palabras de san Juan Pablo II: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora».
"Francisco, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios, a cuantos lean esta carta: gracia, misericordia y paz".

(De la Bula Misericordiae Vultus -El rostro de la misericordia-, mediante la que el Papa convocó el Jubileo de la Misericordia el pasado 11 de abril).
News.va

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Hoy, como culmen de la celebración de los misterios pascuales, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Es día de profesar la fe en el Dios revelado. “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro” (Dt 4,39).
No creemos en un Dios lejano, abstracto, proyección de nuestra necesidad religiosa. Hemos recibido el Espíritu, que nos relaciona con un Dios personal, entrañable, amigo, hermano. “Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8,17).
El privilegio de la fe nos debe suscitar el movimiento difusivo de anunciar la verdad revelada: que el hombre ha sido creado por Dios, redimido por Jesucristo, y sostenido y acompañado por el Espíritu. No estamos solos, Dios nos habita; Jesús permanece con nosotros; su Espíritu se convierte en nuestro acompañante interior. Es de justicia anunciar con alegría el Evangelio, la Buena Nueva. Jesús nos envía: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19).
Este día coincide con el 31 de mayo, jornada que culmina el mes dedicado a honrar a la Madre de Jesús, la coronada en el cielo como Señora de todo lo creado. Con la certeza del amor de Dios, nos inunda de alegría, porque no hay dimensión humana que no esté invitada a una relación trascendente y amorosa, pues el Creador, por los méritos de Jesucristo, nos ha hecho hijos y amigos suyos, hermanos y templos sagrados. Contemplando a la Madre de Dios coronada de gloria, sabemos que en ella se nos anticipa nuestro propio destino.
Quizá, ante la sublimidad del misterio divino, tan solo tenemos la experiencia de la fe, de creer sin sentir, de creer sin ver, fiados de la Palabra, y consolados con el testimonio de los santos. Santa Teresa nos deja el de su visión: “Aquí es de otra manera: quiere ya nuestro buen Dios quitarla las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada, por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas Personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos” (Moradas VII, 1, 6).

Hoy recordamos de manera especial a los contemplativos, testigos vivientes de quienes no se conforman sino con solo Dios. Ellos rezan por nosotros. Recemos hoy por ellos.
Angel Moreno de Buenafuente

LA CENA DEL SEÑOR

Mt 28, 16-20
Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.

Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?

La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva solo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?

Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?
¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?

Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa, sino contribuir a la conversión a Jesucristo.

José Antonio Pagola