lunes, 13 de abril de 2015

VIVIR DE SU PRESENCIA. Escrito por José Antonio Pagola

   Jn 20, 19-31
El relato de Juan no puede ser más sugerente e interpelador. Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre.

La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida.

Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos y discípulas.

Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente como habitada por esa presencia invisible, pero real y activa de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el Evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.

Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?

Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

José Antonio Pagola

domingo, 12 de abril de 2015

El misterio de sus llagas es el misterio de su amor misericordioso, el Papa este domingo

San Juan, que estaba presente en el Cenáculo con los otros discípulos al anochecer del primer día de la semana, cuenta cómo Jesús entró, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes», y «les enseñó las manos y el costado» (20,19-20), les mostró sus llagas. Así ellos se dieron cuenta de que no era una visión, era Él, el Señor, y se llenaron de alegría.
Ocho días después, Jesús entró de nuevo en el Cenáculo y mostró las llagas a Tomás, para que las tocase como él quería, para que creyese y se convirtiese en testigo de la Resurrección.
También a nosotros, hoy, en este Domingo que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia.
Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso.
A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su encarnación en el seno de María. Y podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías –especialmente la del Siervo de Yahvé–, los Salmos, la Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta los patriarcas Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra. Todo esto lo podemos verlo a través de las llagas de Jesús Crucificado y Resucitado y, como María en el Magnificat, podemos reconocer que «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50).
Ante los trágicos acontecimientos de la historia humana, nos sentimos a veces abatidos, y nos preguntamos: «¿Por qué?». La maldad humana puede abrir en el mundo abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bien, vacíos de vida. Y nos preguntamos: ¿Cómo podemos salvar estos abismos? Para nosotros es imposible; sólo Dios puede colmar estos vacíos que el mal abre en nuestro corazón y en nuestra historia. Es Jesús, que se hizo hombre y murió en la cruz, quien llena el abismo del pecado con el abismo de su misericordia.

San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios».
Es este, hermanos y hermanas, el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia.
Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.).

Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza. 

La crueldad nunca puede ser atribuida a la obra de Dios, dijo el Papa

Queridos hermanos y hermanas armenios; queridos hermanos y hermanas:
En varias ocasiones he definido este tiempo como un tiempo de guerra, como una tercera guerra mundial “por partes”, en la que asistimos cotidianamente a crímenes atroces, a sangrientas masacres y a la locura de la destrucción. Desgraciadamente todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos, que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados –decapitados, crucificados, quemados vivos–, o bien obligados a abandonar su tierra.
También hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín que clama: «¿A mí qué me importa?», «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9; Homilía en Redipuglia, 13 de septiembre de 2014).
La humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como «el primer genocidio del siglo XX» (Juan Pablo II y Karekin II, Declaración conjunta, Etchmiazin, 27 de septiembre de 2001), afligió a su pueblo armenio – primera nación cristiana – junto a los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos. Fueron asesinados obispos, sacerdotes, religiosos, mujeres, hombres, ancianos e incluso niños y enfermos indefensos. Las otras dos fueron perpetradas por el nazismo y el estalinismo. Y más recientemente ha habido otros exterminios masivos, como los de Camboya, Ruanda, Burundi, Bosnia.
Y, sin embargo, parece que la humanidad no consigue dejar de derramar sangre inocente. Parece que el entusiasmo que surgió al final de la segunda guerra mundial está desapareciendo y disolviéndose. Da la impresión de que la familia humana no quiere aprender de sus errores, causados por la ley del terror; y así aún hoy hay quien intenta acabar con sus semejantes, con la colaboración de algunos y con el silencio cómplice de otros que se convierten en espectadores. No hemos aprendido todavía que «la guerra es una locura, una masacre inútil» (cf. Homilía en Redipuglia, 13 de septiembre de 2014).
Queridos fieles armenios, hoy recordamos, con el corazón traspasado de dolor, pero lleno de esperanza en el Señor Resucitado, el centenario de aquel trágico hecho, de aquel exterminio terrible y sin sentido, que sus antepasados padecieron cruelmente. Es necesario recordarlos, es más, es obligado recordarlos, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene aún la herida abierta; esconder o negar el mal es como dejar que una herida siga sangrando sin curarla.
Los saludo con afecto y les agradezco su testimonio.
Saludo y agradezco la presencia del señor Serž Sargsyan, Presidente de la República de Armenia.
Saludo cordialmente también a mis hermanos Patriarcas y Obispos: Su Santidad Karekin II, Patriarca supremo y Catolicós de todos los armenios; Su Santidad Aram I, Catolicós de la Gran Casa de Cilicia; Su Beatitud Nerses Bedros XIX, Patriarca de Cilicia de los Armenios Católicos; los dos Catolicosados de la Iglesia Apostólica Armenia y el Patriarcado de la Iglesia Armenio-Católica. 
Con la firme certeza de que el mal nunca proviene de Dios, infinitamente Bueno, y firmes en la fe, profesamos que la crueldad nunca puede ser atribuida a la obra de Dios y, además, no debe encontrar, en ningún modo, en su santo Nombre justificación alguna. Vivamos juntos esta celebración con los ojos fijos en Jesucristo Resucitado, Vencedor de la muerte y del mal.


Los 4 tips espirituales de Santa Teresa de Jesús

El obispo de Ávila, monseñor Jesús García Burillo, presentó esta semana su nueva Carta Pastoral con motivo del V Centenario definiéndola como una invitación a acercarse al corazón de Santa Teresa, coger lo mejor que tiene, aplicarlo a la propia y hacer de ella una vida nueva.

"Es lo que tantas veces repito de conseguir una verdadera renovación espiritual siguiendo los criterios de espiritualidad de Santa Teresa", dijo, según informó el obispado.

El obispo propone en su carta cuatro aspectos esenciales de la espiritualidad teresiana:

1. La oración: acercarnos y abrirnos a la presencia de Dios, "que lo tenemos bastante alejado en nuestra vida cotidiana". Para Teresa, Cristo era el motor de su vida, y tenía la certeza de que siempre estaba con ella.

2. La vida fraterna, el pensar en los demás: “la gran crisis económica que hemos estado padeciendo desde hace siete u ocho años jamás hubiera sucedido si hubiéramos tenido ese espíritu de fraternidad”.

3. Una vida de austeridad y pobreza: “cuántas veces hemos señalado que esta crisis había llegado porque estábamos viviendo muy por encima de nuestras posibilidades, y hacía falta ajustar el modelo de vida a la realidad”.

4. La misión, no quedarse en casa, no cerrarse en uno mismo, sino salir a los demás a llevar el gozo de nuestra vida y de nuestra existencia a los otros. "Esto el Papa lo repite mucho, y nos damos cuenta de que la espiritualidad actual del Papa Francisco coincide normalmente con la espritualidad de Teresa, cuando nos pide que seamos una “Iglesia en salida”.

En el V centenario del nacimiento de santa Teresa, "se ven muchos grupos de peregrinos en nuestras calles, que quieren visitar los lugares teresianos y participar en los actos jubilares”, constata el obispo.

Todavía faltan grandes citas, como el 500 aniversario del nacimiento de Teresa (el próximo 28 de marzo), el Encuentro Europeo de Jóvenes o el Jubileo de los obispos, entre otro
s.

Además, la próxima edición de Las Edades del Hombre será una gran ocasión para acercarse a la vida de Teresa de Jesús a través del arte; una cita catequética y cultural que, sin duda, incrementará exponencialmente el número de visitantes a Ávila, la ciudad que vio nacer a esta gran santa.

ALETEIA

Cómo Jesús nos quita las dudas y los miedos


El evangelio de este domingo comienza con el miedo de los discípulos: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

No estuvieron al pie de la cruz. No lograron salvar al Maestro. Ahora temen por sus vidas. Cierran las puertas de su casa. Están seguros. El miedo nos encierra en nuestra vida. El corazón se cubre de seguros para impedir que alguien pueda entrar. No queremos abrir nuestras puertas.

Jesús rompe las barreras y entra en la casa en la que se esconden. Entra y les da su paz: “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
 
Les da su espíritu, les regala su paz. Me impresiona ese momento de transformación. Porque eso es lo que fue la entrada de Jesús. Vino, se puso en medio de ellos y se volvió a partir por amor. Les entregó su vida.

Como dice el Padre José Kentenich: “Debemos ser transformados. Que se hagan feliz realidad aquellas palabras de san Pablo: - Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Y si Cristo vive en mí, vivirá también su espíritu en mí; será pues el Espíritu Santo quien viva en mí”[3].

La llegada de Jesús vivo transforma sus vidas. Ya no importan tanto sus miedos ni sus angustias. Desaparece el temor a la muerte y al futuro. Son de Cristo para siempre. Jesús vive en sus corazones.

Esa experiencia salvadora que habían experimentado en su vida terrena, la tocan ahora de una forma totalmente nueva. Jesús va a actuar en ellos. Se va a hacer presente en sus vidas. Sus palabras ya no serán sus palabras.

Todo en ellos será de Jesús. Todo en ellos será obra del Espíritu. Siempre y cuando se mantengan unidos a Cristo en el corazón. Si se alejan de Él, perderán su fuerza, faltará la fe, regresará el miedo. 

Esta es la paz que les regala en sus corazones. No es una paz de bienestar. Es el convencimiento de que su vida merece la pena.

¡Bendita duda!

Tomás no estaba aquel día: “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Es impresionante el amor de Jesús por Tomás. Parece que es al que menos quiere. Seguro que en esos ocho días se sentiría inseguro. Pero después le regala la certeza de que viene por él, sólo por él. Hasta se somete a esa petición absurda en su falta de fe.

Tomás era, igual que nosotros, un hombre roto. En su herida más honda, en esa herida de amor que le hacía sufrir, no se siente amado por Dios. Es como un niño y expresa su frustración, su rabia, su desengaño. No se reprime. Estalla.


No cree en los suyos, en sus amigos. Siente el dolor del abandono y del rechazo. Está roto por dentro. Lo ha dado todo y se siente abandonado.

Siguió a Jesús por los caminos y ahora Jesús no le busca a él. Ese Jesús al que él tanto ama no ha venido a verle cuando estaba con los suyos. Ha aparecido justo aquella noche.


¡Cuánto nos cuesta perdonar a Dios tantas veces! Pensamos que no es justo, que no nos ama con locura, que no quiere nuestro bien. Pensamos que prefiere a otros, que otros son sus elegidos.

Sí, nos pasa como a Tomás, ¿no le importaba a Jesús que él estuviera presente aquella noche? Jesús, que lo sabe todo, ¿no podía haber aparecido justo cuando él estuviera en el cenáculo? ¿Por qué no le enseñó a él sus heridas? ¿Por qué no se detuvo cerca y le dio su paz?
 
Ahora llora en su dolor. Sufre la soledad y el desprecio. Se compara con los otros que están felices. ¡Cuánto mal nos hace compararnos! Pero siempre lo hacemos. Vemos que la vida es más justa con otros. Pensamos que Dios ama más a algunas personas y menos a nosotros.
 
Tomás no puede compartir la alegría de los discípulos. La envidia envenena su corazón herido y lo llena de amargura. Experimenta lo que decía el Padre Kentenich: “Son los caminos del menosprecio, de la deshonra, de la injusticia, de los desengaños; es el camino en que Dios nos abandona y olvida, a fin de que, a partir de aquí, aprendamos a ver de otra manera lo que nuestra vida ha sido hasta ahora[4].
 
Tomás experimenta el desprecio y el fracaso. Vive en su carne las afrentas de la cruz de Jesús. Se hace más semejante a Aquel a quien ahora desprecia. Comparte, sin saberlo, algo de su misma pasión.
 
Tomás vive la cruz antes que los otros discípulos, pero se rebela contra ella. No calla como hizo Jesús. No se hace humilde en la humillación. No es paciente. No mira su historia de otra forma cuando ha caído y experimenta la derrota.
 
La cruz no le acerca a Jesús crucificado. Al revés. Se enfrenta a Dios. Le exige pruebas de su amor.
 
¡Cuánto nos parecemos nosotros a Tomás! Cuando la vida no es justa con nosotros. Cuando no respetan nuestro espacio. Cuando no valoran nuestros talentos. Cuando no nos reconocen y colocan en el lugar al que creemos tener derecho.
 
Nos rebelamos y le pedimos explicaciones a Dios. No perdonamos su actitud y su falta de amor. No vemos el amor en la cruz. Sino más bien la indiferencia y el desprecio.
 
Jesús ama tanto a Tomás que vuelve para que pueda tocar sus heridas: “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
 
Jesús vuelve. Tomás sabe que vuelve por él, sólo por él. Sólo por él que dudó, que se rebeló, que pidió pruebas, que exigió. Jesús llega para mirarlo a él. Y sin decir nada, toma su mano y ofrece su herida.
 
Ahora es más que la primera vez. Entonces sólo las mostró. Ahora se deja tocar. Obedece a la petición absurda de Tomás, su hijo incrédulo. Y le dice: “Ven, trae tu dedo. Toca, mete la mano hasta el fondo. Es la puerta a mi corazón. A mi corazón que late por ti. A mi corazón partido en la cruz”.
 
Tomás reconoce a Jesús. Lo ve. Le mira de un modo diferente. Es Jesús. Pero ahora sabe más. Se descorre el velo de toda su vida. Se arrodilla. Es su Dios. Es su Señor. Exclama: “Señor mío y Dios mío”.
 
Tomás se encuentra con Jesús. Y ve a Dios. ¿Por qué? ¿Por sus heridas? ¿Porque lo vio resucitado cuando él pensaba que estaba muerto? No. Fue por su amor infinito. Por su ternura. Por su paciencia. Porque lo amó más que nunca al verlo caído.
 
Por volver por él que era sólo un pecador. Por amarlo sin pretender nada. Por esperar su regreso en su huida. Por tener paciencia con su incredulidad. Porque en sus heridas está la señal del amor imposible, del amor hasta el extremo que él sólo intuyó durante su vida al lado de Jesús.

Y ahora Dios se deja tocar. Dios se deja invadir. Tomás se arrodillaante Él. Su pecado, su duda, su envidia, sus celos y su dureza de corazón, se convierten en camino para encontrarse cara a cara con la misericordia infinita de Dios. 
 
De los once discípulos, nadie cayó más bajo en esos días, pero nadie se sintió tan amado como Tomás. Su roca es ese momento. Probablemente fue la experiencia más sólida de toda su vida. Volvería a ella cuando dudase, cuando flaquease.
 
Sólo Dios puede hacer eso. Sólo Él puede convertir mi duda en la certeza más luminosa. Mi pecado en camino de vida.
 
La herida de Tomás fue tocada por Jesús ese día en que volvió por él. Jesús y Tomás se tocaron mutuamente las heridas. Se reconocieron. Jesús sabe cómo es Tomás, conoce su herida de soledad y de amor, y cuánto lo necesita encerrado en sus muros.
 
Él calma su herida para siempre en ese momento. Menos mal que no estuvo la primera vez, pensaría quizás Tomás en su corazón. Hubiera creído junto a los demás y se hubiera alegrado. Eso es verdad.
 
Pero no se hubiera roto como se había roto ahora, y no se hubiera sentido tan pequeño, tan humano. Y se hubiera perdido tanto amor y tanta ternura de Jesús al perdonarle, al venir por él.
 
Mereció la pena esperar con angustia ocho días oscuros. Merecieron la pena sus lágrimas. Guardaría ese momento como lo más sagrado. Jesús tocó la herida de Tomás y la llenó de luz. Tomás tocó la herida de Jesús con el respeto del niño que ama con inocencia.
 
 Las dos heridas son heridas de amor. De un amor pequeño es la herida de Tomás. Un hombre necesitado, pobre, egoísta, sediento. De un amor inmenso, infinito, incondicional, personal, es la herida de Jesús. L
a puerta queda abierta para siempre. La grieta que se abrió en la roca del Gólgota es esa misma herida de Jesús. Mi corazón desea que Jesús toque mi herida. Mi corazón desea tocar la suya, creer que es mi Dios, que me ama y vuelve cada día por mí.

Padre Carlos Padilla. Aleteia

sábado, 11 de abril de 2015

"¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida!”, con Francisco iniciamos el Año de la Misericordia

La tarde del sábado 11 de abril, víspera del II Domingo de Pascua, el Santo Padre Francisco convocó oficialmente el Jubileo Extraordinario de la Misericordia con la publicación de la Bula "Misericordiae vultus".  Al ingreso de la Basílica de San Pedro, el Obispo de Roma entregó la Bula a los cuatro cardenales arciprestes de las basílicas papales de Roma: el Cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el Cardenal Agostino Vallini, arcipreste de la Basílica de San Juan de Letrán, el Cardenal James Michael Harvey, arcipreste de la Basílica de San Pablo Extramuros, el Cardenal Santos Abril y Castelló, arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor.  Con la lectura de algunos extractos del documento oficial de convocatoria del Año Santo extraordinario a cargo del Regente de la Casa Pontificia, Mons. Leonardo Sapienza, Protonotario Apostólico, se dio inicio a la celebración de las Primeras Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia.

EXTRACTOS DE LO LEÍDO POR MONS. SAPIENZA, EN PRESENCIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona1 revela la misericordia de Dios.

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.

Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Sal 117,1 y 14-15.16-18.19-21 

Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Dad gracias al Señor porque es bueno, 
porque es eterna su misericordia. 
El Señor es mi fuerza y mi energía, 
él es mi salvación. 
Escuchad: hay cantos de victoria 
en las tiendas de los justos.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
La diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.
No he de morir, viviré 
para contar las hazañas del Señor. 
Me castigó, me castigó el Señor, 
pero no me entregó a la muerte.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Abridme las puertas del triunfo, 
y entraré para dar gracias al Señor. 
Esta es la puerta del Señor: 
los vencedores entrarán por ella. 
Te doy gracias porque me escuchaste 
y fuiste mi salvación.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

"Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."


Evangelio según San Marcos 16,9-15.

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios.

Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban.

Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado.

Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.

Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."

Teresa de Jesús en el día de la mujer

La valoración peyorativa de la mujer no era algo propio del siglo XVI. En siglos anteriores, el
ambiente misógino ya se había fraguado paulatinamente. Evidenciamos abundantes documentos que así lo manifiestan. Aquí citaré solo uno; me refiero al El Decreto de Graciano del 1140, en él se lee lo siguiente:
“Las mujeres deberán quedar sujetas a los varones. El orden natural para la humanidad es que las mujeres sirvan a los varones y los niños a sus padres, pues es justo que lo inferior sirva a lo superior. La imagen de Dios está en el varón y es única. La autoridad de la mujer es nula; que en toda cuestión se someta al dominio del varón. No puede enseñar, ser testigo, dar garantías, sentarse en un juicio”¹.
            En tiempos de Teresa, muchos personajes se proyectarán en la misma línea antifeminista. De algunos de ellos, nuestra santa llegó incluso a leer sus libros. Autores contemporáneos con esta visión son: Hernando de Talavera, Francisco de Osuna, Tomás Cayetano de Vio (el famoso cardenal Cayetano),  Melchor Cano y hasta fray Luis de León con su  “Manual de la perfecta casada”. De igual manera, estará imbuido de este mismo espíritu Domingo Báñez, aunque con Teresa hace una excepción.
            Teresa será una profetisa de un sano feminismo, pero a diferencia de algunas corrientes modernas feministas a ultranza, su fundamento será la dimensión espiritual, es decir, cuando ella navega hondamente en las profundidades de su ser es cuando cae en la cuenta de que el ser humano (hombre y mujer) posee una dignidad inabarcable: “veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces; ¡cuántos más debe haber!” (4M 2,5), por lo tanto, su feminismo no es que sea solo de carácter espiritual, pero sí encuentra allí su fundamento.
            Nuestra mística hace un irónico eco de las posiciones machistas que mantenían sesgado el acceso a la oración de las mujeres: ”no es para mujeres, que les podrían venir ilusiones”, “mejor será que hilen”, “no han menester esas delicadezas”, “basta el paternóster y avemaría”.”(CV 21,2). Estos pensadores llegaban a la lamentable conclusión  de que para las mujeres: “no es vuestro de enseñar”. (CV 20,6). Asumiendo críticamente que por la condición femenina  no se pueden hacer mayores cosas en el servicio de Dios (Cfr. CV 1,2), define su postura audaz: “hemos de ser predicadoras de obras, ya que el Apóstol y nuestra inhabilidad nos quita que lo seamos en las palabras”. (CV 15,6).
            Teresa piensa que la mujer de su tiempo no era muy escuchada o tomada en cuenta, y sobre todo por la “iglesia” institución, a la cual ella tanto amaba. Su crítica goza de realismo veraz; el siguiente texto es de una valentía sin precedente alguno en la espiritualidad de su tiempo:
“¿no basta, Señor, que nos tienen el mundo acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que valga nada por vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán y, en fin varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa.
Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1)²
            Entresacamos cosas fundamentales: las mujeres son testigos de  algunas verdades que se lloran en secreto.  Los hombres no les comprenden, pues “no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”.  De la misma manera propone el no desvalorizar los “ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres.” El argumento teológico que arguye la Santa es el siguiente:
“Ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima Madre, en cuyos méritos merecemos.” (Ib.).
            Estos textos fueron rápidamente censurados para la segunda redacción, de Camino de Perfección,  pero el grito teresiano ha quedado expresado clara y celosamente guardado en la primera redacción, pues al fin y al cabo: “mujeres eran otras y han hecho cosas heroicas por amor de vos.” (V 21,5).
            Según la santa abulense –si bien es cierto que la naturaleza femenina se puede prestar en algunas ocasiones para desvíos espirituales: “téngase aviso que la flaqueza natural es muy flaca, en especial en las mujeres, y en este camino de oración se muestra más.”  (F 8,6; Cfr. F 4,2; 4M 3,11; 6M 4,9)- también es el mismo Espíritu de Dios el que va haciendo que las mujeres se conviertan en maestras de la vida interior, y esto a merced de sus vivencias íntimas con el Señor. De igual manera, está segura nuestra mística madre  de otro dato y es el que las mujeres avanzan más fácilmente en la vida del Espíritu:
“y hay muchas más (mujeres) que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres.” (V 40,8).
            Sería un trabajo arduo abordar aquí  todos los aportes teresianos a favor de  la mujer, pues su pluma delineó esta temática desde distintos ángulos, ejemplos: la estima exagerada de tener hijos (F 20,3); mientras se lamenta de su situación de mujer, enseña a los “hombres de tomo, de letras, de entendimiento” (V 11,14; 40,8); sabe también que hay hombres ignorantes (F 5,2), etc. Por tanto, nuestro intento es tan solo referir aquí cómo la experiencia de Dios es dignificante para la condición femenina; “cuanto más orantes, más defensores de la dignidad femenina”, esa  podría ser una máxima teresiana.
    Finlmente, recordemos que el Papa Pío XI negó la concesión del Doctorado  de Teresa de Jesús en razón de sexo. Sin embargo,  Pablo VI, más en sintonía  con los tiempos modernos la declara doctora³, lo cual se convierte en un  hito significativo, con vientos más favorables para la condición femenina en la iglesia; es al menos un comienzo prometedor.


Fray Oswaldo Escobar, ocd
Superior Provincial de América Central 

PASIÓN DE CRISTO. De las Catequesis de Cirilo de Jerusalén



«Fuisteis conducidos a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo desde la cruz fue llevado al sepulcro. Y se os preguntó a cada uno si creíais en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Después de haber confesado esta fe salvadora, se os sumergió por tres veces en el agua y otras tantas fuisteis sacados de la misma: con ello significasteis, en imagen y símbolo, los tres días de la sepultura de Cristo.

Pues, así como nuestro Salvador pasó en el seno de la tierra tres días y tres noches, de la misma manera vosotros habéis imitado con vuestra primera emersión el primer día que Cristo estuvo en la tierra, y, con vuestra inmersión, la primera noche. Porque, así como de noche no vemos nada y, en cambio, de día lo percibimos todo, del mismo modo en vuestra inmersión, como si fuera de noche, no pudisteis ver nada; en cambio, al emergeros pareció encontraros en pleno día; y en un mismo momento os encontrasteis nuevos y nacidos, y aquella agua salvadora os sirvió a la vez de sepulcro y de madre. [...]

No hemos muerto ni hemos sido sepultados, ni hemos resucitado después de crucificados en el sentido material de estas expresiones, pero, al imitar estas realidades en imagen hemos obtenido así la salvación verdadera. Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación. 

¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue el que recibió los clavos en sus inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores».

News.Va

¿Te cuesta creer en la Resurrección? La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener


Los primeros testigos de la Resurrección fueron mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron al primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc. 16,1). Esto es seguido por un encuentro con un mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6.). Las mujeres se sienten impulsadas por el amor y saben cómo acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten; no lo retienen para sí mismas, sino que lo transmiten. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena su corazón, no se pueden contener.

Esto también debería suceder en nuestras vidas: ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte! ¡Tengamos el valor de "salir" para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; ¡es el tesoro más preciado!

¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros, es para transmitirlo, para dárselo a los demás, compartirlo con los demás. Es nuestro propio testimonio.


En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solo a los hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la ley judía de la época, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble.


En los evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo, no hubiera estado ligado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas sin embargo, narran simplemente lo que sucedió: las mujeres son las primeras testigos.


Esto nos dice que Dios no escoge según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es hermoso. ¡Y esto es un poco la misión de las madres, de las mujeres! Dar testimonio a sus hijos, a sus nietos, que Jesús está vivo, que es la vida, que resucitó.


¡Mamás y mujeres, adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, el cuánto estamos abiertos a Él, si acaso somos como niños que se confían.

Pero esto también nos hace reflexionar sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un rol especial en la apertura de las puertas al Señor, en el seguirlo y en el comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe tiene siempre la necesidad de la mirada simple y profunda del amor.
A los Apóstoles y a los discípulos les resulta más difícil creer. A las mujeres no. Pedro corre a la tumba, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se confiesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.
Después de las apariciones a las mujeres, les siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino que lo hace en una condición nueva.
Al principio no lo reconocen, y solo a través de sus palabras y sus gestos sus ojos se abren: el encuentro con Cristo resucitado transforma, da nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. Incluso para nosotros, hay muchos indicios de que el Señor resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros en el mundo, los signos de la muerte den paso a los signos de la vida.

Autor: Papa Francisco. Fuente: Catholic net