lunes, 27 de octubre de 2014

Reflexión sobre el Rosario. Homilía de Benedicto XVI

El rosario es una oración contemplativa accesible a todos: grandes y pequeños, laicos y clérigos, cultos y poco instruidos. Es un vínculo espiritual con María para permanecer unidos a Jesús, para configurarse a él, asimilar sus sentimientos y comportarse como él se comportó. El rosario es un "arma" espiritual en la lucha contra el mal, contra toda violencia, por la paz en los corazones, en las familias, en la sociedad y en el mundo. [...] Dejemos que sea ella, nuestra Madre y Maestra, quien nos guíe en la reflexión sobre la Palabra de Dios. [...]


Desde sus inicios, la comunidad cristiana vio en la personificación de Israel y de Jerusalén en una figura femenina una significativa y profética referencia a la Virgen María, a la que se reconoce precisamente como "hija de Sión" y arquetipo del pueblo que "ha encontrado gracia" a los ojos del Señor. Es una interpretación que volvemos a encontrar en el relato evangélico de las bodas de Caná (cf. Jn 2, 1-11). El evangelista san Juan pone de relieve simbólicamente que Jesús es el esposo de Israel, del nuevo Israel que somos todos nosotros en la fe, el esposo que vino a traer la gracia de la nueva Alianza, representada por el "vino bueno". Al mismo tiempo, el Evangelio destaca también el papel de María, a la que al principio se la llama "la madre de Jesús", pero a quien después el Hijo mismo llama "mujer". Y esto tiene un significado muy profundo: implica de hecho que Jesús, para maravilla nuestra, antepone al parentesco el vínculo espiritual, según el cual María personifica a la esposa amada del Señor, es decir, al pueblo que él se eligió para irradiar su bendición sobre toda la familia humana. 

El símbolo del vino, unido al del banquete, vuelve a proponer el tema de la alegría y de la fiesta. Además, el vino, como las otras imágenes bíblicas de la viña y de la vid, alude metafóricamente al amor: Dios es el viñador, Israel es la viña, una viña que encontrará su realización perfecta en Cristo, del cual nosotros somos los sarmientos; el vino es el fruto, es decir, el amor, porque precisamente el amor es lo que Dios espera de sus hijos. Y oremos al Señor... para que también nuestra vida y nuestro corazón den este fruto de amor y así renueven la tierra.

Francisco: las palabras que revelan si somos cristianos de la luz, de las tinieblas o “grises”


El examen de conciencia sobre nuestras palabras nos hará comprender si somos cristianos de la luz, de las tinieblas o cristianos “grises”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Los hombres se reconocen por sus palabras. San Pablo – afirmó el Papa – al invitar a los cristianos a comportarse como hijos de la luz y no como hijos de las tinieblas, “hace una catequesis sobre la palabra”. Y dijo que hay cuatro palabras para entender si somos hijos de las tinieblas:


“¿Es palabra hipócrita? ¿Un poco de acá, un poco de allá, para estar bien con todos? ¿Es una palabra vacía, sin sustancia, llena de vacuidad? ¿Es una palabra vulgar, trivial, es decir mundana? ¿Una palabra sucia, obscena? Estas cuatro palabras no son las de los hijos de la luz, no vienen del Espíritu Santo, no vienen de Jesús, no son palabras evangélicas… este modo de hablar, hablar siempre de cosas sucias o de mundanidad o de vacuidad o hablar hipócritamente”.

¿Cuál es, por tanto – se preguntó Francisco – la palabra de los Santos, es decir la de los hijos de la luz?
“Lo dice Pablo: ‘Háganse imitadores de Dios: caminen en la caridad; caminen en la bondad; caminen en la mansedumbre. Quien camina así... ‘Sean misericordiosos  dice Pablo perdonándose recíprocamente, como Dios los ha perdonado a ustedes en Cristo. Háganse, por lo tanto, imitadores de Dios y caminen en la caridad’, es decir, caminen en la misericordia, en el perdón, en la caridad. Ésta es la palabra de un hijo de la luz”.

El Santo Padre observó además que hay cristianos “luminosos, llenos de luz”, que tratan de servir al Señor con esta luz y añadió que hay “cristianos tenebrosos” que conducen “una vida de pecado, una vida alejada del Señor” y que usan esas cuatro palabras que “son del maligno”. “Pero hay un tercer grupo de cristianos”, que no son “luminosos ni oscuros”:

“Son los cristianos grises. Y estos cristianos grises una vez están de esta parte, y otra vez de aquella. La gente dice de éstos: ‘Pero esta persona ¿está bien con Dios o con el diablo?’ ¡Eh! Siempre en el gris. Son los tibios. No son ni luminosos ni oscuros. Y a éstos Dios no los ama. En el Apocalipsis, el Señor a estos cristianos grises les dice: ‘Pero no, tú no eres ni caliente, ni frío. Ojalá fueras caliente o frío. Pero porque eres tibio – tan gris – estoy por vomitarte de mi boca’. El Señor es fuerte con los cristianos grises. ‘Yo soy cristiano, ¡pero sin exagerar!’ dicen, y hacen tanto mal, porque su testimonio cristiano es un testimonio que, al final, siembra confusión, siembra un testimonio negativo”.

No nos dejemos engañar por las palabras vacías – fue la exhortación del Papa Francisco – “oímos tantas, algunas bellas, bien dichas, pero vacías, sin nada adentro”. Comportémonos en cambio como hijos de la luz. Y concluyó diciendo: “Nos hará bien hoy pensar en nuestro lenguaje y preguntarnos: ¿Soy cristiano de la luz? ¿Soy cristiano de la oscuridad? ¿Soy cristiano gris? Y así podemos dar un paso adelante para encontrar al Señor”.

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Cómo piensa el nuevo arzobispo de Madrid D. Carlos Osoro


domingo, 26 de octubre de 2014

El amor por Dios y por el prójimo son inseparables y complementarios: dos caras de una misma medalla. El Papa en el Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas buenos días!
El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor por Dios y por el prójimo. El Evangelista Mateo cuenta que algunos fariseos se pusieron de acuerdo para probar a Jesús (cfr 22,34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le dirige esta pregunta : «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»(v. 36). Jesús, citando el Libro del Deuteronomio, responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento» (vv. 37-38). 

Habría podido detenerse aquí. En cambio Jesús agrega algo que no había sido preguntado por el doctor de la ley. De hecho dice: «El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Este segundo mandamiento tampoco lo inventa Jesús, sino que lo retoma del Libro del Levítico. Su novedad consiste justamente en el juntar estos dos mandamientos – el amor por Dios y el amor por el prójimo – revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos ha dejado un bellísimo comentario sobre este tema en su primera Encíclica Deus caritas est (nn. 16-18).


En efecto, la señal visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar el amor de Dios al mundo y a los demás, a su familia, es el amor por los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está encima del elenco de los mandamientos. Jesús no lo coloca en el vértice, sino al centro, porque es el corazón desde el cual debe partir todo y hacia donde todo debe regresar y servir de referencia.
Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de ocuparse de las personas más débiles como el forastero, el huérfano, la viuda (cfr Es 22,20-26). Jesús lleva a cumplimento esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.


A este punto, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. No podemos separar más la vida religiosa, de piedad, del servicio a los hermanos, de aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos dividir más la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la cercanía a su vida, especialmente a sus heridas. Acuérdense de esto: el amor es la medida de la fe. Tú ¿cuánto amas? Cada uno se responda ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.


En medio de la densa selva de preceptos y prescripciones – de los legalismos de ayer y de hoy – Jesús abre un claro que permite ver dos rostros: el rostro del Padre y aquel del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más un solo rostro, aquel de Dios que se refleja en tantos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado está presente la imagen misma de Dios. Y deberiamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Cristo: ¿somos capaces de esto?


De esta forma Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental sobre el cual edificar la propia vida. Pero sobre todo Él nos dona el Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso. Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger este don de amor, para caminar siempre en esta ley de los dos rostros, que son un solo rostro: la ley del amor.

(Traducción del italiano, Raúl Cabrera - Radio Vaticano)

CREER EN EL AMOR POR JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Mt 22, 34-40

La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios. ¿No necesitamos los cristianos concentrar mucho más nuestra atención en cuidar antes que nada lo esencial de la experiencia cristiana?


Los evangelios han recogido la respuesta de Jesús a un sector de fariseos que le preguntan cuál es el mandamiento principal de la Ley. Así resume Jesús lo esencial: lo primero es "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser"; lo segundo es "amarás a tu prójimo como a ti mismo".

La afirmación de Jesús es clara. El amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el fundamento de todo. Lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor todo queda pervertido.

Al hablar del amor a Dios, Jesús no está pensando en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco nos está invitando a multiplicar nuestros rezos y oraciones. Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón es reconocer a Dios como Fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad, y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre de todos.

Por eso añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos.

Todo este lenguaje puede parecer demasiado viejo, demasiado gastado y poco eficaz. Sin embargo, también hoy el primer problema en el mundo es la falta de amor, que va deshumanizando, uno tras otro, los esfuerzos y las luchas por construir una convivencia más humana.

Hace unos años, el pensador francés, Jean Onimus escribía así: "El cristianismo está todavía en sus comienzos; nos lleva trabajando solo dos mil años. La masa es pesada y se necesitarán siglos de maduración antes de que la caridad la haga fermentar". Los seguidores de Jesús no hemos de olvidar nuestra responsabilidad. El mundo necesita testigos vivos que ayuden a las futuras generaciones a creer en el amor pues no hay un futuro esperanzador para el ser humano si termina por perder la fe en el amor.

Homilia de Monseñor D. Carlos Osoro Sierra en la misa estacional con motivo de la Toma de Posesión de la Archidiócesis de Madrid

Gracias, queridos laicos. Sois la mayoría en el Pueblo de Dios. Estáis presentes en todos los
ambientes y estructuras de este mundo. Sed discípulos misioneros allí donde estéis. Sed valientes. En virtud del bautismo recibido y la fuerza del Espíritu os habéis convertido en discípulos misioneros. No caminéis solos. En vosotros, los laicos, veo a las familias, a los niños, a los jóvenes, a los ancianos. Como nos recordó el Concilio —del que estamos celebrando su 50.º aniversario— y nos recuerda el magisterio constante de la Iglesia: la familia cristiana tiene una importancia capital, es la primera y más básica comunidad eclesial. Muchas veces vine a Madrid para ayudar a quien fundó y donó la “casa de la familia”. No tengamos actitudes de lloro y desaliento, seamos audaces y creativos, hagamos posible que las familias cristianas sean familias misioneras que salen de sí mismas, realizan gestos evangélicos, en las que sus miembros se acompañan en todos los procesos de sus vidas, celebran todos los pasos de su vida cristiana, dialogan, acogen, miran respetuosamente, oran juntos, saben reconocer juntos las huellas de Dios, celebran el día del Señor, el domingo, con expresiones que fortalecen su amor, un amor que ha de expandirse. Una palabra de aliento y esperanza para tantas familias que sufren aún la lacra del paro o que experimentan en sus miembros la enfermedad, la soledad o un sinfín de problemas. Una palabra de acogida a tantas familias emigrantes —en su expresión multirracial y cultural— que buscan en las poblaciones de nuestra diócesis un futuro mejor. Una palabra de respeto y de cariño a los más ancianos.
Permitidme que me dirija a los jóvenes. Desde que fui ordenado presbítero he estado siempre sirviendo con una dedicación especial a los jóvenes. Os invito a poner en práctica el «mandamiento nuevo». Oponeos a lo que parece hoy la derrota de la civilización, reafirmando con energía la civilización del amor y la cultura del encuentro. Dad un testimonio grande de amor a la vida, don de Dios, luchad contra la pretensión de hacer del hombre el árbitro de la vida del hermano. Vosotros, que de forma natural e instintiva hacéis del deseo de vivir el horizonte de vuestros sueños y esperanzas, transformaos en profetas de la vida con palabras y obras, revelaos contra la civilización del egoísmo y del descarte, que considera a la persona humana un medio y no un fin. Os veré pronto; mantendré encuentros con vosotros los primeros viernes de cada mes a las 10 de la noche en la catedral. Os comunicaré cuándo comenzaremos. Os invito a todos los jóvenes cristianos a que invitéis a otros jóvenes, os pido a los presbíteros y miembros de la vida consagrada, que acompañéis esta acción de comunión y misión. Os quiero y os necesito para anunciar a Jesucristo. Gracias.
Quien hace un momento nos dijo «Amarás al Señor con todo tu corazón, alma y ser, y al prójimo como a ti mismo» se hace realmente presente entre nosotros, quiere que esto lo hagamos con la fuerza de su amor y de su gracia. Encomendad mi ministerio episcopal que hoy comienzo en esta Iglesia que camina en Madrid a todos los santos que han jalonado su centenaria historia y nos enseñan en la escuela de Cristo Maestro. Encomendadme, especialmente, a la Madre, a la Toda Santa: la Santísima Virgen María, en esta advocación entrañable de la Almudena, para que Ella me comunique el secreto de cómo acoger y presentar a su Hijo en la vida de quienes Él me encomienda para hacer lo que Él nos diga. «Salve, Señora de tez morena, / Virgen y Madre del Redentor. / Santa María de la Almudena, / Reina del cielo, Madre de amor». Amén.  
             + Carlos, Arzobispo de Madrid.

sábado, 25 de octubre de 2014

Encuentro Mundial de los Movimientos Populares: Los excluidos, motor del cambio social

Ciudad del Vaticano, 24 octubre 2014(VIS).-Esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la conferencia de presentación del Encuentro Mundial de los Movimientos Populares que se celebrará del 27 al 29 octubre de 2014 en Roma .El evento está organizado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, en colaboración con la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales y con los dirigentes de los diversos movimientos.
Han intervenido en el acto el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, Presidente de Justicia y Paz, el arzobispo Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales y Juan Grabosi, Responsable de la Confederación de los Trabajadores de Economía Popular y miembro del Comité Organizador del encuentro, destinado principalmente a las organizaciones y movimientos de los excluidos.
Grabosi conoció al Papa Francisco cuando éste era arzobispo de Buenos Aires y subrayó que el entonces cardenal Bergoglio solidarizó con la lucha de los excluidos en momentos muy difíciles para ellos y les acompañó en el trabajo de organización de los cartoneros, campesinos, ambulantes y, en general, de ''los herederos de la crisis que trajo el capitalismo neoliberal'' . ''Francisco -afirmó- hoy nos convoca nuevamente, ya desde una perspectiva universal, a los pobres y a los pueblos pobres, organizados en miles de movimientos populares para que demos la batalla -sin soberbia, pero con coraje, sin violencia pero con tenacidad...- por esa dignidad que nos robaron y por la justicia social''.
'”Nuestro encuentro responde principalmente -prosiguió- a objetivos concretos y sencillos, que todos compartimos y deseamos para nuestros hijos y nietos, pero que están cada vez más lejos de las mayorías populares: tierra, techo y trabajo...y expresa también la necesidad de promover la organización de los pobres para construir desde abajo la alternativa humana a esta globalización excluyente que nos arrebata hasta los derechos sagrados al techo, el trabajo, la tierra, el ambiente y la paz''.
En el Encuentro Mundial de Movimientos Populares participan dirigentes sociales de los cinco continentes que representan organizaciones de base de tres sectores sociales cada vez más excluidos: los trabajadores precarios, emigrantes, temporales, desempleados y los que viven en autogestión , sin protección legal, reconocimiento sindical ni derechos laborales; los campesinos, los sin tierra, los pueblos originarios y las personas en riesgo de ser expulsadas del campo a causa de la especulación agrícola y la violencia; las personas, muchas de ellas emigrantes y desplazados, que viven en los suburbios y asentamientos informales, marginados, olvidados, sin infraestructura urbana adecuada. Junto a ellos organizaciones sindicales, sociales, benéficas y de derechos humanos que se han mostrado cercanas a estos movimientos y que han sido sugeridas por ellos mismos para acompañarlos respetando el protagonismo de los movimientos de base.
''Entre los objetivos del Encuentro están -explicó Grabois- compartir el pensamiento social de Francisco, debatir las causas de la creciente desigualdad social y el aumento de la exclusión en todo el mundo, reflexionar sobre las experiencias organizativas de los movimientos populares en la resolución de las problemáticas de tierra, vivienda y trabajo, evaluar cuál es el rol de los movimientos en los procesos de construcción de la paz y en el cuidado del ambiente, particularmente en las regiones afectadas por conflictos bélicos o por disputas sobre los recursos naturales, discutir la relación de los Movimientos Populares con la Iglesia, y cómo avanzar en la creación de una instancia de articulación y colaboración permanente''.
El Encuentro se cerrará con dos actos que Grabois espera tengan gran relieve: la publicación de una declaración final con el mayor consenso posible y con la constitución de un Consejo de Movimientos Populares que trabaje en la formulación de instancias de articulación a nivel global.Por su parte el cardenal Turkson afirmó que era esencial para la Iglesia y para el mundo ''escuchar el grito de justicia'' de los excluidos pero no sólo por cuanto respecta a sus sufrimientos sino también a sus expectativas, esperanzas y propuestas. Los marginados, dijo., ''deben ser protagonistas de sus propias vidas y no receptores pasivos de la caridad o los planes de otros. Deben protagonizar los cambios económicos, sociales, políticos y culturales que son tan necesarios...La Iglesia quiere hacer suyas las necesidades y aspiraciones de los movimientos populares y unirse a quienes, con diversas iniciativas, están haciendo cuanto está en sus manos para impulsar el cambio social hacia un mundo más justo''.

Todos debemos trabajar por la unidad de la Iglesia

Todo cristiano está llamado a trabajar por la unidad de la Iglesia. Es la exhortación que el Papa Francisco hizo en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. De este modo, el Pontífice subrayó que debemos dejarnos guiar por el Espíritu Santo que hace la unidad de la Iglesia en la diversidad de las personas.
“Yo, prisionero, los exhorto a construir la unidad en la Iglesia”. Francisco desarrolló su reflexión partiendo de esta exhortación de San Pablo, contenida en la Carta a los Filipenses. “Hacer la unidad de la Iglesia – observó el Papa – es trabajo de la Iglesia y de cada cristiano durante la historia”. Y añadió que el Apóstol Pedro “cuando habla de la Iglesia, habla de un templo hecho de las piedras vivas, que somos nosotros”. Y, además hizo una advertencia acerca de “aquel otro templo, el de la soberbia que era la Torre de Babel”. Mientras el primer templo “trae la unidad” – dijo – ese otro “es el símbolo de la desunión, de no comprenderse, de la diversidad de las lenguas”:
 

“Hacer la unidad de la Iglesia, construir la Iglesia, este templo, esta unidad de la Iglesia: éste es el deber de todo cristiano, de cada uno de nosotros. Cuando se debe construir un templo, un palacio, se busca un área edificable, preparada para esto. La prima cosa que se hace es buscar la piedra de base, la piedra angular dice la Biblia. Y la piedra angular de la unidad de la Iglesia, o mejor dicho, la piedra angular de la Iglesia es Jesús, y la piedra angular de la unidad de la Iglesia es la oración de Jesús en la Última Cena: ‘¡Padre, que sean uno!’. ¡Y esta es la fuerza!”

El Papa reafirmó que Jesús es “la piedra sobre la cual nosotros edificamos la unidad de la Iglesia” y dijo que “sin esta piedra no se puede. No hay unidad sin Jesucristo en la base: es nuestra seguridad”. ¿Pero quién, entonces – se preguntó Francisco – “construye esta unidad?”. Éste – fue su respuesta – “es el trabajo del Espíritu Santo. Es el único capaz de hacer la unidad de la Iglesia. Razón por la cual Jesús lo ha enviado: para hacer crecer a la Iglesia, para hacerla fuerte, para hacerla una”. Es el Espíritu – prosiguió – quien hace “la unidad de la Iglesia” en la “diversidad de los pueblos, de las culturas, de las personas”. “¿Cómo se construye, entonces, este templo?”, preguntó una vez más el Santo Padre. Si el Apóstol Pedro – dijo – cuando hablaba de esto, “decía que nosotros éramos piedras vivas en esta construcción”, San Pablo “nos aconseja no ser tanto piedras, cuanto ladrillos débiles”. Los consejos del Apóstol para “construir esta unidad son consejos de debilidad, según el pensamiento humano”:
“Humildad, dulzura, magnanimidad: son cosas débiles, porque el humilde parece que no sirve para nada; la dulzura, la mansedumbre, parecen no servir; la magnanimidad, el estar abierto a todos, tener un corazón grande… Y después dice además: ‘Soportándose mutuamente con amor’. Soportándose unos a otros en el amor, teniendo como interés ¿qué cosa? Conservar la unidad. Y nosotros nos transformamos cada vez más en piedras fuertes, en este templo, cuanto más débiles nos hacemos con estas virtudes de la humildad, de la magnanimidad, de la dulzura, de la mansedumbre”.


El Papa reafirmó que este es “el mismo camino que ha recorrido Jesús” que “se ha hecho débil” hasta la Cruz, “¡y se volvió fuerte!” Y así debemos hacer nosotros: “El orgullo, la suficiencia, no sirven”. Cuando se hace una construcción – añadió Francisco – “es necesario que el arquitecto haga el diseño. ¿Y cuál es el diseño de la unidad de la Iglesia?”:
“La esperanza a la que hemos sido llamados: la esperanza de ir hacia el Señor, la esperanza de vivir en una Iglesia viva, hecha con piedras vivas, con la fuerza del Espíritu Santo. Sólo sobre el diseño de la esperanza podemos ir adelante en la unidad de la Iglesia. Estamos llamados a una esperanza grande. ¡Vamos allí! Pero con la fuerza que nos da la oración de Jesús por la unidad; con la docilidad al Espíritu Santo, que es capaz de hacer de ladrillos piedras vivas; y con la esperanza de encontrar al Señor que nos ha llamado, encontrarlo cuando se produzca la plenitud de los tiempos”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

El Papa a los jóvenes desempleados: No se dejen robar la esperanza

El Papa Francisco saluda cordialmente en un mensaje a los jóvenes participantes en el Congreso Nacional organizado por la Conferencia Episcopal Italiana en la ciudad de Salerno, que comenzó ayer y concluirá mañana, sobre el tema: “En la precariedad, la esperanza”.
 


Tal como el Pontífice escribe en su mensaje, fechado el pasado 16 de octubre, la finalidad de estas jornadas de reflexión es la de ofrecer perspectivas de esperanza, especialmente a las jóvenes generaciones, en un tiempo marcado por la incertidumbre y por grandes cambios.
 

Francisco les recuerda que en las visitas que ha realizado en Italia, así como en sus encuentros con diversas personas, ha podido tocar con sus manos la situación de tantos jóvenes desempleados o precarios. Y afirma que esto, no es sólo un problema económico, sino que es “un problema de dignidad”. “¡Donde falta la dignidad, la experiencia de la dignidad de llevar a casa el pan! Y lamentablemente en Italia, añade el Papa, son tantos los jóvenes sin trabajo.
 

Francisco escribe asimismo que trabajar quiere decir “¡poder proyectar el propio futuro, decidir formar una familia!”. De ahí que afirme que, “verdaderamente se tiene la sensación de que el momento que estamos viviendo represente la pasión de los jóvenes”. Porque como añade, “es fuerte la cultura del descarte”; donde todo lo que no sirve al beneficio es descartado.
 

“Se descartan a los jóvenes, escribe el Santo Padre, porque no tienen trabajo. Pero así se descarta el futuro de un pueblo, porque los jóvenes representan el futuro de un pueblo”. Y nosotros debemos decir “no” a esta “cultura del descarte”.
Ésta es la “precariedad”, escribe asimismo el Papa. Pero después hay otra palabra: esperanza. Y se pregunta ¿cómo hacer para no dejarse robar la esperanza en las “arenas movedizas” de la precariedad? Con la fuerza del Evangelio, es su respuesta. Puesto que el Evangelio es fuente de esperanza, porque viene de Dios, porque viene de Jesucristo que se ha hecho solidario con todas nuestras precariedades.
 

El Santo Padre les recuerda que son jóvenes que pertenecen a la Iglesia, y por esta razón tienen el don y la responsabilidad de poner la fuerza del Evangelio en esta situación social y cultural. ¿Y qué hace el Evangelio?, se pregunta. El Evangelio, escribe el Pontífice, genera atención al otro, cultura del encuentro y solidaridad. De modo que con la fuerza del Evangelio, les escribe, serán testigos de esperanza en la precariedad.
Francisco concluye deseando que el Señor bendiga los trabajos de su Congreso y les pide que recen por él, mientras también él rezará por todos ellos.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

jueves, 23 de octubre de 2014

Carlos Osoro en Madrid: Una iglesia de puertas abiertas

Un estruendoso aplauso. Sin decir una palabra, Carlos Osoro se hizo con los fieles de Madrid. El nuevo arzobispo de Madrid cerró esta tarde unas jornadas del Instituto Pastoral, en un acto de homenaje al "lenguaje de Francisco" y que se convirtió en una conferencia esperanzadora y programática. Por si alguien dudaba que "el peregrino" era el hombre indicado por el Papa para cambiar el rostro de la Iglesia española.

Allí estaban todos: "represaliados" e Iglesia oficial. Historiadores y divulgadores como Juan Mari Laboa o Benjamín Forcano; apóstoles de la solidaridad como el padre Ángel o Luis Lezama; o teólogos como José Luis Segovia, José Luis Corzo o Vicente Vide. Curas obreros como Eubilio "Bily", religiosas, religiosos, laicos.... Casi medio millar de personas, de todas las edades, acompañaron al nuevo arzobispo en su primer acto en Madrid, apenas una semana antes de suceder oficialmente a Rouco Varela en la sede de Bailén.

"Esta es su casa. Le deseamos un ministerio muy fecundo al frente de la diócesis de Madrid", le presentó Jacinto Núñez, decano de la Facultad de Teología de la Upsa, que acompañó, junto al rector, Ángel Galindo, a Carlos Osoro en la mesa. "Es la primera vez que me aplauden sin haber dicho ni hecho nada", bromeó el prelado, quien quiso tener un guiño a la noticia, urgente, que circulaba por los móviles, acerca del misionero ingresado con síntomas de ébola.

"Es muy triste que suceda que, en casos como el ébola, sólo empezamos a buscar la vacuna, cuando nos ha llegado al Primer Mundo", denunció Osoro. "Ése es el descarte, eso es descartar. Ojalá seamos capaces de encontrar una cosa distinta: que siempre miremos a los que lo están pasando mucho peor que nosotros. Un cristiano tiene esa obligación".

Ya en el tema de su ponencia -el lenguaje del Papa Francisco-, Osoro planteó dos caminos para entender a Francisco: "el camino de la interioridad y el de la alteridad, del encuentro con Dios". Elementos fundamentales en "esta salida misionera que el Papa Francisco nos pide que tomemos, que es el mismo que nos pidió nuestro Señor: id por el mundo y anunciad el Evangelio".

Y con un mensaje programático: "Es necesaria una Iglesia en clave de misión. Una Iglesia con puertas abiertas. No cerrar las puertas a nadie, ni los sacramentos. No cerrar las puertas a los enfermos, a los pobres. Empezando por las puertas abiertas de los propios templos que tenemos. Es más importante que la gente pueda entrar a que alguien nos pueda robar un copón. Con las puertas abiertas, no sé por qué, pero la gente entra. Tal vez a buscar calor, a buscar silencio, pero entra".

Una Iglesia "que anuncia el Evangelio a todos, involucrándonos en las situaciones de la gente, acompañando, haciendo la fiesta que la gente necesita". Y es que "no podemos llevar tristeza". Eso significa cercanía, acogida cordial, no estar todo el rato condenando. "Hay gente especialista en ver manchas y arrugas: ésos no pueden anunciar el Evangelio, no sirven".

¿Qué elementos son esenciales para ello? "La caridad y la misericordia", señaló Osoro. Palabras "hermosas, pero que a veces hemos desacreditado. Todos los mandamientos se resumen en el mandamiento del amor". Y "Dios es amor, y pasea por este mundo diciéndonos cómo el hombre debe ser protagonista de ese amor de Dios".

"Igual que Dios se acerca a nosotros sin condiciones de ningún tipo, así nos pide que nos acerquemos a los demás", incidió Osoro, quien animó a "vivir en la perspectiva de la salvación. Como dice el Evangelio: no he venido a condenar, sino a salvar, esto es lo que nos pide el Papa Francisco. Vivir en la dinámica del amor, y no en la del juicio".
"Sólo así daremos un paso fundamental para hacer entendible el mensaje de Jesús al mundo de hoy", añadió el arzobispo, quien clamó para que "no arrinconemos a Dios, para que el hombre sea lo que es: imagen de Dios".
Lejos del lenguaje catastrofista que abundaba en la Iglesia antes de la llegada de Francisco, Osoro apuntó que "las creaciones del hombre no son siempre malas: hay cosas muy buenas e importantes. Así nos lo enseña el Concilio Vaticano II". Con una actitud similar al de los discípulos de Emaús: "es esencial hacer el camino, desde la dinámica del amor, y no la dinámica del juicio".
"Estamos llamados a generar vida y esperanza, y no muerte y desilusión. No estamos llamados a generar muerte o desilusión: eso no es de Jesucristo ni es la tarea de la Iglesia", apuntó el arzobispo electo de Madrid.
"Hay urgencia de alcanzar la alegría del Evangelio, que tiene tres rasgos: nos lanza permanentemente a la misión. Estamos ungidos de esperanza, y el Señor nos lanza a encontrarnos con los demás; es una alegría que genera encuentro e inclusión, y no desencanto y división, o como dice el Papa, descarte; es una alegría que va a buscar a todos, sin excepción".


"Dejaos querer por Dios, porque eso te cambia la vida, y te da capacidad para encontrarte no con los que a ti te gustan, que eso es fácil, sino con todos", añadió. Porque ésta es otra de las claves:"La Iglesia tiene que generar atracción, para provocar respuesta", señaló, animando a "entrar en la dinámica del amor, y no del juicio".

"La Iglesia del Papa Francisco es casa de acogida, casa de misericordia", proclamó el prelado, apuntando que "el acogedor es amable, hospitalario, sociable. Acoger es siempre un acto de amor. Es un valor que hay que cultivar y educar". ¿Por qué? Porque "la acogida abre puertas, y consigue que el que es recibido abra puertas a otro. No hay rechazo, no hay exclusión".

Para ello, "hay que generar espacios de reflexión, espacios de comunión. Es necesario construir la ciudad, llegar al corazón donde se gestan los nuevos relatos. Y eso precisa de una mayor participación de todos: de los laicos, las mujeres, los niños, la religiosidad popular..." Y también "la inclusión social, el diálogo con las nuevas realidades". Osoro acabó denunciando las "nuevas esclavitudes", y proclamando la importancia de la parroquia como instancia viva. "No a la parroquialitis, no al párroco que somete a los demás, sino trabajando en comunión".

"A ver si lo podemos hacer entre todos, sin echar a nadie", pidió Osoro. "Sí, pero necesitamos que el arzobispo 'primeree'", contestó el auditorio. Y el nuevo arzobispo de Madrid sonrió. Y asintió. Una conferencia de programa, y de gestos. Que también construyen Iglesia.

Jesús Bastante

Sin la gracia del Espíritu no se puede ser cristianos, dijo el Papa

“No se puede ser cristianos sin la gracia del Espíritu” que nos da la fuerza de amar. Lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.



El Santo Padre centró su homilía en la Carta a los Efesios, en la que San Pablo describe su experiencia de Jesucristo, una experiencia “que lo ha llevado a dejar todo” porque “estaba enamorado de Cristo”. El Papa dijo que el suyo es un “acto de adoración”, porque en primer lugar “se arrodilla ante el Padre” que “tiene el poder de hacer mucho más de lo que podemos pedir o pensar”. Usa “un lenguaje sin límites”: adora a este Dios “que es como un mar sin playas, sin límites, un mar inmenso”. Y Pablo pide al Padre, por todos nosotros, para “que seamos poderosamente reforzados en el hombre interior, mediante su Espíritu”:


“Pide al Padre que el Espíritu venga y nos refuerce, nos dé la fuerza. No se puede ir adelante sin la fuerza del Espíritu. Nuestras fuerzas son débiles. No se puede ser cristianos sin la gracia del Espíritu. Es precisamente el Espíritu quien nos cambia el corazón, quien nos hace ir hacia adelante en la virtud, para cumplir los mandamientos”.

“Después pide otra gracia al Padre”, dijo el Papa Francisco: “La presencia de Cristo, para que nos haga crecer en la caridad”. El amor de Cristo “que supera todo conocimiento”, “sólo se lo puede entender” a través de “este acto de adoración de aquella inmensidad”:

Ésta es una experiencia mística de Pablo y nos enseña la oración de alabanza, y la oración de adoración. Ante nuestras pequeñeces, ante nuestros intereses egoístas, tantos, Pablo estalla en esta alabanza, en este acto de adoración y pide al Padre que nos envíe al Espíritu para darnos fuerza y poder ir adelante; que nos haga comprender el amor de Cristo y que Cristo nos consolide en el amor. Y dice al Padre: ‘Gracias, porque Tú eres capaz de hacer eso que nosotros no osamos pensar’. Es una bella oración... Es una bella oración”.
 


El Papa Francisco concluyó su homilía diciendo:
“Y con esta vida interior se puede comprender que Pablo haya dejado todo y considerar todo basura, para ganar a Cristo y ser encontrado en Cristo. También a nosotros nos hace bien pensar así, nos hace bien adorar a Dios. Nos hace bien alabar a Dios, entrar en este mundo de amplitud, de grandiosidad, de generosidad y de amor. Nos hace bien, porque así podemos ir adelante en el gran mandamiento – el único mandamiento, que está en la base de todos los demás –: el amor; amar a Dios y amar al prójimo”.
(María Fernanda Bernasconi – RV).

La corrupción es un mal más grande que el pecado. El Papa a los juristas penales

El Santo Padre recibió esta mañana en audiencia a una delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal a quien dirigió un discurso centrado en los puntos que, en ese ámbito, interpelan a la Iglesia en su misión de evangelización y de promoción humana.
El Papa comenzó recordando a los juristas la necesidad de adoptar instrumentos legales y políticos que no caigan en la lógica mitológica del ''chivo expiatorio'' es decir del individuo acusado injustamente de las desgracias que afectan a una comunidad y por ellos sacrificado, y de rechazar la creencia según la cual la sanción penal consigue beneficios que requerirían, en cambio, la implementación de políticas sociales económicas y de inclusión social. También, reiterando el primado de la vida y la dignidad de la persona, reafirmó la condena absoluta de la pena de muerte, que para un cristiano es inadmisible y, en este contexto, habló también de las llamadas ''ejecuciones extrajudiciales'', es decir los homicidios deliberados cometidos por algunos estados o sus agentes y presentados como consecuencia indeseada del uso razonable, necesario y proporcional de la fuerza para aplicar la ley. Asimismo destacó que la pena de muerte es utilizada en los regímenes totalitarios como ''un instrumento de supresión de la disidencia política o de persecución de las minorías religiosas o culturales''.
Después habló de las condiciones de los encarcelados, entre ellos los presos sin condena y los condenados sin juicio afirmando que la prisión preventiva, cuando se usa de forma abusiva constituye otra forma contemporánea de pena ilícita oculta, más allá de la legalidad. 
También se refirió a las condiciones deplorables de los penitenciarios en buena parte del planeta, que si a veces se deben a la carencia de infraestructuras, otras son el resultado del ''ejercicio arbitrario y despiadado del poder sobre las personas privadas de libertad''. Francisco habló también de la tortura y de otros tratos inhumanos y degradantes, afirmando que en nuestros días las torturas se administran no sólo como un medio para lograr un fin particular, tales como la confesión o denuncia -practicas características de la doctrina de la seguridad nacional - sino que constituyen un dolor añadido a los males propios de la detención. La misma doctrina penal- señaló- tiene una importante responsabilidad en esto por haber permitido en ciertos casos, la legitimación de la tortura en determinadas condiciones, abriendo el camino para abusos posteriores.
No olvidó el Papa la aplicación de sanciones penales a los niños y ancianos condenando su uso en ambos casos, ni tampoco algunas formas de criminalidad que hieren gravemente la dignidad de la persona y el bien común, entre ellas la trata de personas y la esclavitud, ''reconocida como crimen contra la humanidad y crimen de guerra tanto por el derecho internacional como en tantas legislaciones nacionales''. 
Entre estas formas de criminalidad citó también la pobreza absoluta en que viven más de milmillones de personas y la corrupción. ''La escandalosa concentración de la riqueza global -dijo- es posible a causa de la connivencia de los responsables de la cosa pública con los poderes fuertes. La corrupción, es en si misma un proceso de muerte... y un mal más grande que el pecado. Un mal que más perdonar hay que curar''.
''La cautela en la aplicación de la pena -concluyó- debe ser el principio regidor de los sistemas penales... y el respeto de la dignidad humana no sólo debe actuar como límite de la arbitrariedad y los excesos de los agentes del Estado, sino como criterio de orientación para perseguir y reprimir las conductas que representan los ataques más graves a la dignidad e integridad de la persona''.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús.En que declara qué es oración de recogimiento

Ahora mirad que dice vuestro Maestro: "Que estás en los cielos".

¿Pensáis que importa poco saber qué cosa es cielo y adónde se ha de buscar vuestro sacratísimo Padre? Pues yo os digo que para entendimientos derramados que importa mucho, no sólo creer esto, sino procurarlo entender por experiencia. Porque es una de las cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma.


Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria.

Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo .

¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso  que hable, está tan cerca que nos oirá.

 Ni ha menester alas para ir a buscarle , sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija.

Santa Teresa de Jesús. Camino de Perfección. Comienzo del capítulo 28

martes, 21 de octubre de 2014

¡PREDICAR A CRISTO HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA! HOMILÍA DEL PAPA PABLO VI EN MANILA


¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!. Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy Apóstol y Testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo; Él es quien nos ha revelado al Dios Invisible, Él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el Maestro y Redentor de los hombres; Él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del Universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; Él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro Juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la Luz, la Verdad, más aún, el Camino, y la Verdad y la Vida; Él el Pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el Nuevo Reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.

Este es Jesucristo, de quien ya han oído hablar, al cual muchos de ustedes ya pertenecen, por vuestra condición de cristianos. A ustedes, cristianos, les repito su nombre, a todos se lo anuncio: Cristo Jesús es el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, el Rey del mundo, la arcana y suprema Razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del Cuerpo Místico.

¡JESUCRISTO! Recuérdenlo siempre: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.


 HOMILÍA DEL PAPA PABLO VI EN MANILA - 29 de noviembre de 1970