viernes, 16 de junio de 2017

Jesucristo está en medio de nosotros



La celebración del Corpus Christi este domingo me mueve a entrar en el Cenáculo y hablaros desde él. Allí resuenan las palabras que Jesús nos dirige a todos los discípulos: «El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10). El Señor se nos dio enteramente. En la fiesta del Corpus tenemos la gracia de recordar que su carne es el alimento de vida eterna que nos da el Padre. ¡Qué palabras más elocuentes las del Señor: «Yo vivo por el Padre, y el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56)!
En esta nueva etapa de la historia que emprendemos, y en la que está metida de lleno toda la humanidad, siento urgencia de decir una palabra desde el lugar donde Jesucristo instituyó la Eucaristía. La Eucaristía es don del Padre, y Jesús quiere que lo entendamos bien. La Iglesia así lo interpretó, y nos regaló esta fiesta del Corpus para entender mejor y contemplar sus palabras: «Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 36). No es un pan provisorio, es alimento definitivo, eficaz para dar vida y vida eterna. En la Eucaristía tenemos el testimonio de cómo es el amor del Padre: un amor cercano, incondicional, disponible siempre para toda persona que quiera tener fuerza en el camino; un amor que cambia nuestra mirada hacia los demás, pues nos hace verlos hermanos; un amor que nos hace compartir lo que somos y tenemos; un amor que es creador de fraternidad entre los hombres, pues siempre busca al otro para hacerle el bien.
En la Eucaristía recobramos la dignidad profunda y verdadera que tenemos los hombres y de la que tenemos que vivir. Por eso, en la fiesta del Corpus Christi, los discípulos de Cristo volvemos a preguntar a Jesús: ¿dónde quieres que preparemos la Eucaristía? ¿Dónde deseas que la recibamos con amor? ¿Dónde quieres que te adoremos como Dios vivo? Y la respuesta es contundente: id a la ciudad, salid a ver a quienes llevan cántaros de agua para dar de beber a los demás, pero siempre para provocar en ellos lo que hizo con la samaritana; esta dejó su cántaro de barro y convirtió su vida entera en cántaro, y marchó corriendo a anunciar a su gente que fuesen con ella a ver a Jesús, quien le había dado el agua que quita la sed que todo ser humano tiene.
Es desde ese lugar que es el Cenáculo desde donde siempre tenemos que salir los discípulos de Jesús, pues nuestra misión requiere que llenemos nuestra vida del amor mismo de Cristo y, por tanto, que salgamos siempre con Él a todos los caminos donde están los hombres. Jesús invita a todos a participar en su misión. Nadie puede quedarse con los brazos cruzados, pues ser discípulo de Cristo es ser misionero, es decir, anunciador de Cristo con creatividad y audacia en todos los ambientes. Un discípulo que sale siempre del Cenáculo, alimentado de  Cristo Eucaristía. Todos los caminos de la humanidad son de los discípulos de Cristo, pero no podemos salir de cualquier manera. Recordemos aquellas palabras que los primeros discípulos tuvieron muy en cuenta: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). Los apóstoles recuerdan aquellas palabras que el Señor les dirigió después de la Resurrección, cuando les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24, 46-47). Salgamos a todos los caminos y llamemos a los hombres al banquete, como en la parábola de los invitados por el rey a las bodas de su hijo, llenemos la sala. Habrá quienes no acepten la invitación, pero invitemos a participar de la gran fiesta que es la Eucaristía, donde el Señor prepara a su pueblo a abrir el corazón a los demás.
En la Eucaristía resplandece la dignidad humana. El Hijo de Dios ha querido quedarse entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Quien nos hizo a su imagen y semejanza, quien nos creó libres e hizo sujetos de derechos y deberes en la creación, nos dice cómo tenemos que vivir: nada más y nada menos que alimentándonos de Él y dando lo que Él nos da a todos los hombres, su Vida, que se ha de hacer vida nuestra. Él nos da su Vida para que en comunión con Él la comuniquemos a todos los hombres. Si el pecado deterioró la imagen de Dios en el hombre e hirió su condición de hijo de Dios y hermano de todos los hombres, la Buena Nueva que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia. ¡Qué gracia esta fiesta del Corpus Christi! Dios nos reconcilió consigo por amor, nos mostró su amor reconciliándonos por la muerte de su Hijo en la Cruz, y continúa derramando su amor en nosotros por el Espíritu Santo y alimentándonos con la Eucaristía, pan de vida.
Contemplemos el misterio de la Eucaristía:
1. Como la escuela del Amor más grande: participar y contemplar la Eucaristía es la escuela de Amor más grande. No da teorías. Cambia el corazón y la dirección de nuestra vida. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que, al estilo de Cristo con la samaritana, invitamos a todos los que nos encontramos a ser cántaros de Cristo? Invitemos a contemplar a Cristo en el misterio de la Eucaristía, y mostremos que quien tiene todo lo necesario para quitar la sed es Jesucristo. Las demás aguas que demos, no sacian. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que inviten a bajar a los hombres de donde están subidos y dejen entrar en su vida a Jesucristo, al igual que Él lo hizo con Zaqueo? La Eucaristía nos invita a dar ese mismo Amor que dio el Señor a Zaqueo y que le hizo cambiar de vida. Convirtámonos en hombres y mujeres que nos sentamos a la mesa del Señor, y allí vemos el modo y la manera de enriquecer a los demás siempre y no robar a nadie. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres samaritanos, que nos acercamos a todos los que vemos en los caminos tirados, sufriendo, solos, víctimas de esclavitudes diferentes? La Eucaristía nos lleva a servir siempre al hermano, al prójimo tal y como Jesús nos enseña en la parábola: acercarnos, agacharnos, curarlo, vendarlo, prestar nuestra cabalgadura, llevarlo a donde puedan cuidarlo y nunca desentendernos de él.
2. Como la escuela de la esperanza verdadera: es bueno contemplar la Eucaristía en estos momentos que vivimos, donde la bajeza de diversas clases parece achatar todo, y escuchar a Jesús que nos dice una vez más: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Miremos al pueblo de Israel al que, como en el desierto no encontraba nada para alimentarse y solamente veía su propio límite, Dios le regaló un alimento especial: el maná, que prefiguraba la Eucaristía. En estos momentos de la historia hay mucha infelicidad. Parece que tenemos todo, pero la soledad, el poco valor que se da a la vida, la inconsistencia de tantas modas, muestran cómo la altura humana disminuye. Es cierto que se quiere mitigar con entretenimientos que falsifican nuestro ser. Miremos, contemplemos la Eucaristía. Es Dios mismo que ha querido continuar su presencia entre los hombres. Sigue siendo necesario que digamos con Pedro y los apóstoles: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).
3. Como la escuela donde aprendemos a vivir el compartir: el relato de la cena es conmovedor. ¡Cómo comparte su vida con sus discípulos! «Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”» (Mc 14, 22). Sabe que uno lo va a entregar. Les abrió el corazón y se lo dijo. Pero no sigue hablando de esta traición. Él desea que lo que vean sus discípulos es que se sigue dando. En ese partirse y fragmentarse, Jesús nos manifiesta el gesto más vital, más fuerte, donde la fragilidad es fortaleza. Fortaleza de amor que se hace débil para que así lo podamos recibir; se hace amor para poder alimentar y dar vida. ¡Qué bien entendemos así aquellas palabras: «Lo había reconocido al partir el pan» (Lc 24, 35)! Es alimentándonos de la Eucaristía donde descubrimos lo que de verdad es compartir la vida. Es contemplando la Eucaristía donde vemos a quien ha querido compartir nuestra vida, Jesús, y a quien desea que la compartamos como Él.
Con gran afecto y mi bendición,
+Carlos Card. Osoro, Arzobispo de Madrid

Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 27-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio".
Pero yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero “gehenna”.
Se dijo: "El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio" Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer - no hablo de unión ilegítima - la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio».
Palabra del Señor.

jueves, 15 de junio de 2017

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del 14 de junio de 2017



El papa Francisco realizó hoy en la plaza de San Pedro la audiencia de los miércoles, en la cual desarrolló prosiguió con la serie de catequesis sobre la esperanza.
A continuación el texto completo:
«¡Queridos hermanos y hermanas , buenos días!
Hoy hacemos esta Audiencia en dos lugares, unidos a través de las pantallas gigantes: los enfermos están en el Aula Pablo VI para que no sufran tanto el calor y nosotros aquí. Pero todos juntos. Y nos une el Espíritu Santo, que es el que hace siempre la unidad. Saludemos a los que están en el Aula…
Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una de las más feas esclavitudes en la que podemos caer es la de creer que el amor se merece. Seguramente gran parte de la angustia del hombre contemporáneo viene de esto: creer que si no somos fuertes, atrayentes y bellos, nadie se ocupará de nosotros.
¿Es la vía de la “meritocracia” no? Tantas personas hoy día buscan una visibilidad sólo para colmar el vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de ser confirmados. Pero ¿imagínense un mundo donde todos mendiguen la atención de los demás, y nadie esté dispuesto a amar gratuitamente a otra persona? Imagínense un mundo así…un mundo sin la gratuidad del quererse bien….Parece un mundo humano, pero en realidad está enfermo.
Tantos narcisismos del ser humano, nacen de un sentimiento de soledad. Y también de orfandad. Detrás de tantos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿Es posible que yo no merezca ser llamado por mi nombre; o lo que es lo mismo, no merezca ser amado? Porque el amor siempre te llama por tu nombre.
Cuando es un adolescente quien no es o no se siente amado; entonces puede nacer la violencia. Detrás de tantas formas de odio social y de vandalismo, se esconde con frecuencia un corazón que no ha sido reconocido.
No existen los niños malos, como tampoco existen los adolescentes del todo malvados, existen personas infelices. ¿Y qué nos puede hacer felices más que la experiencia de dar y recibir amor? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguien que al mirarnos, nos arranca una primera sonrisa, y en la sonrisa que ofrecemos gratuitamente a quien está encerrado en la tristeza. Y así es cómo abrimos el camino. Intercambio de miradas: mirarse a los ojos….y así se abren las puertas del corazón.
El primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que nos anticipa de manera incondicional. Dios siempre ama primero. Dios no nos ama porque nosotros tememos motivos que despierten su amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse.
Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del amor de Dios. San Pablo lo dice de manera perfecta: “Dios demuestra su amor hacia nosotros, en el hecho de que aunque éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5,8).
Mientras aún éramos pecadores. Un amor incondicional. Estábamos lejos, como el hijo pródigo de la parábola: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vió, tuvo compasión….” (Lc 15,20). Por amor hacia nosotros, Dios realizó un éxodo de sí mismo, para venir a nuestro encuentro, en esta tierra, dónde insensato que Él transitara. Dios nos amaba aun cuando estábamos equivocados.
¿Quién de nosotros ama de esta manera, a no ser quien es madre o padre? Una madre sigue amando a su hijo aunque éste hijo esté en la cárcel. Yo recuerdo tantas madres, haciendo la fila para entrar en la cárcel, en la primera diócesis dónde estuve: tantas madres. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo.
Y sufrían tantas humillaciones en la antesala, antes de entrar, pero “es hijo mío”. “¡Pero señora, su hijo es un delincuente! – “Es hijo mío”- Sólo este amor de madre y de padre, nos hace comprender cómo es el amor de Dios.
Una madre, no pide que no se aplique la justicia de los hombres, porque todo error necesita redimirse, pero una madre nunca deja nunca de sufrir por el propio hijo. Lo ama a pesar de saber que es pecador.
Dios hace lo mismo con nosotros: somos sus hijos amados. ¿Pero puede ser que Dios tenga algún hijo al que no ame? No. Todos somos hijos amados de Dios. No hay ninguna maldición sobre nuestra vida, lo único es la benévola palabra de Dios, que ha sacado nuestra existencia de la nada. La verdad de todo está en esa relación de amor que une al Padre con el Hijo mediante el Espíritu Santo, relación en la cual, nosotros somos recibidos mediante la gracia.
En Él, en Cristo Jesús, hemos sido queridos, amados, deseados. Es Él quien ha impreso en nosotros una belleza primordial que ningún pecado, ninguna decisión equivocada podrá nunca borrar enteramente.
Nosotros, ante los ojos de Dios, somos siempre pequeños manantiales hechos para salpicar el agua buena. Lo dijo Jesús a la samaritana: “ El agua que yo te daré, se hará en ti una corriente de agua, de la que fluye la vida eterna”. (Jn. 4,14)
Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? (responden ‘el amor’) ¡Más fuerte! (‘¡el amor!’)
¡Muy despiertos!, muy despiertos, ¡todos están muy despiertos! ¿Y cómo hacemos sentir a una persona que la amamos? Hace falta sobretodo abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste.
El amor llama al amor, de un modo mucho más fuerte de cuanto el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para si mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Así que es tiempo de Resurrección para todos: tiempo de levantar a los pobres de la desesperanza, sobre todo a aquellos que yacen en el sepulcro mucho más que tres días.
Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Haz que germine aquí, el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios Padre que nos ama como somos: nos ama siempre, a todos. Buenos y malos. ¿De acuerdo? ¡Gracias!»
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 14 Jun. 2017)

De Madrid al cielo. Hace 24 años…



El 15 de junio de 1993 san Juan Pablo II consagraba la catedral de la Almudena. Habían pasado 110 años desde que Alfonso XII pusiera la primera piedra, el 4 de abril de 1883. Los madrileños habían esperado 125 años para ver otra vez un templo dedicado a la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena.
Madrid fue la ciudad escogida en 1561 por Felipe II para ser la nueva capital. Dependía de la diócesis de Toledo y, aunque fueron muchos los intentos de segregarla, Toledo seguía teniendo la primacía. Será en 1885 cuando el Papa León XIII cree la diócesis de Madrid, nombrando a don Narciso Martínez Izquierdo primer obispo. Se establece la cátedra en la iglesia que está en construcción, Santa María la Real de la Almudena, pero hasta la terminación de la obras será la colegiata de San Isidro la catedral provisional.
Su edificación no fue tan rápida como se esperaba. El primer proyecto del marqués de Cubas era muy ambicioso, un templo neogótico de cinco naves. A su muerte le sucedieron diferentes arquitectos, Miguel Olavarría, Enrique Repulles y Vargas y Juan Moya, quienes realizaron sustanciales variaciones. En el año 1944, el marqués de Lozoya propuso un concurso de arquitectura para dar una solución a la iglesia que estaba a medio construir. Carlos Sidro y Fernando Chueca Goitia ganaron el concurso y el resultado es la actual catedral, aunque con algunas modificaciones producidas por falta de recursos económicos.
Las obras se reanudaron en 1950, pero un nuevo parón entristeció a los madrileños. En 1984 don Ángel Suquía le dio el impulso definitivo con la creación de un patronato.
El 10 de junio de 1993 la Virgen de la Almudena procesionaba desde San Isidro hasta su nueva sede. Unos días más tarde, el Papa san Juan Pablo II la dedicaba. A la solemne ceremonia acudían las más altas personalidades del Estado y sus majestades los reyes don Juan Carlos y doña Sofía. En el museo catedral de la Almudena se exponen las casullas y los ornamentos que utilizó el Papa ese día. La catedral ha cambiado mucho desde entonces: el altar de la Virgen, la sacristía mayor, la capilla del Santísimo… Hace 24 años de aquel 15 de junio y, aunque tardamos en verla terminada, un Papa como san Juan Pablo II la dedicó.
Cristina Tarrero

Lesbos, Grecia. Noviembre de 2015 «Tuvimos que decidir quién vive y quién muere»



A toda prisa Oscar y Gerard preparan las motos acuáticas. Saben que cada segundo cuenta. Centenares de refugiados se están ahogando a pocos kilómetros de su base en To Kyma. Nico y Oriol se suben en marcha sobre las camillas vacías. Todavía no saben qué se van a encontrar en alta mar. «Tuvimos que decidir quién vive y quién muere», nos contaba después Óscar Camps, el alma del dispositivo de rescate financiado con sus propios ahorros y, más tarde, con la solidaridad de miles de ciudadanos de todo el mundo ante la incapacidad e inacción manifiestas de los gobiernos de Europa.
«Lo más duro era tomar a los niños de los brazos de sus padres sabiendo que era muy posible que nunca más se fueran a ver». Los barcos de los guardacostas griegos y del Frontex europeo, que no están preparados para faenas de rescate sino policiales, se mostraron totalmente ineficaces para salvar a las más de cuarenta personas muertas o desaparecidas, muchos de ellos niños.
Dos niñas y dos niños de unos siete años son encontrados vagando por el puerto. Buscan a sus padres perdidos en el mar unas horas antes. Una voluntaria los acompaña al local donde se hacinan docenas de supervivientes. Los niños atisban desde la puerta con la esperanza de que sus padres estén entre los rescatados. Entre los murmullos y sollozos que llenan la sala, la voluntaria grita su apellido. Una mujer se levanta. La niñas saltan entre los cuerpos cubiertos de mantas y se abrazan a ella. Cuando el fotoperiodista abandona la sala un rato después, los dos niños están sentados en una esquina, solos. Sus padres siguen sin aparecer.
En los días siguientes, a los fotoperiodistas nos corresponde la labor de buscar por las playas los cuerpos de los ahogados para documentar lo que no se quiere ver. Emociona ver a una mujer griega llorar desconsolada mientras abraza el pequeño cuerpo de un bebé ahogado que acaba de encontrar cerca de su casa.
Alfa y Omega

Gevgelija, Macedonia. Agosto de 2015. Perder el tren para no perder la familia



La tensión sube a medida que pasa la hora de salida del tren que no llega. Se escucha un clamor cuando a lo lejos se vislumbra la figura de la vieja máquina. Centenares de personas se abalanzan sobre las puertas antes de que el convoy se detenga. Un policía comienza a golpear con su porra a los pasajeros más cercanos, mientras otros trepan por las ventanillas para no quedarse en tierra. Un padre de cuatro niños consigue, con gritos de «Family! Family!», subir finalmente al último asustado pequeño.
Varias familias quedan separadas en la debacle. Un padre con tres hijos grita por la ventanilla a los policías que dejen subir a la madre que se ha quedado rezagada en el andén. Los policías hacen caso omiso a sus súplicas y a los varios avisos que un periodista les da. Otras dos familias incompletas son obligadas a bajarse del tren si no quieren quedar separadas de sus hijos o padres. Mantener junta a la familia es la prioridad absoluta, muchas veces casi misión imposible, para los padres y madres. Si se pierden no saben si se podrán volver a encontrar en un camino del que no saben ni adónde va.
Un policía se lleva detenidos a los dos periodistas. No tienen el permiso escrito, diario, para hacer fotografías en la caótica estación. Tras casi una hora detenidos son puestos en libertad con la amenaza de peores consecuencias. Dos veces más serán detenidos en los siguientes días, afortunadamente sin graves problemas.
Pasan las horas y el viejísimo tren de metal se convierte en un horno para las personas hacinadas en su interior. Las escasas botellas de agua se convierten en una necesidad absoluta para los niños, que casi no pueden ni respirar dentro de los vagones. Por las ventanillas abiertas se ven bebés asomados, sujetos por sus agobiados y sudorosos padres, cuyos ojos se iluminan cuando alguien les entrega un poco de agua desde el andén. Las escenas de la estación recuerdan a los vagones de ganado en el que los judíos eran llevados a los campos de exterminio.
Alfa y Omega

Motril, Granada. Junio de 2017 De la patera al calabozo. 92 personas en 200 metros cuadrados durante tres días




Tras ser rescatados por la Guardia Civil en el mar y trasbordados a la Salvamar Hamal, los migrantes fueron llevados al puerto de Motril, Granada, el pasado 3 de junio. Entre ellos cinco menores de edad y seis mujeres, algunas en aparente mal estado de salud.
Tras bajar del barco de rescate sobre las 19:30 horas, las 92 personas fueron recibidas por Cruz Roja, y tras una breve conversación de un minuto sobre su estado de salud, y la entrega de calzado, ropa y alimentos, la mayoría de ellas fueron llevados al calabozo por la Policía Nacional. Unas 20 personas pasaron al cuarto de Cruz Roja para ser atendidas por los voluntarios y enfermera. Tras varias horas todas fueron ingresadas en el calabozo. Ninguna fue trasladada al hospital.
Las menores y adultos permanecieron durante tres días en el calabozo durmiendo en el suelo, con unas esterillas por todo acomodo en los aproximadamente dos metros cuadrados de espacio por persona. Las mujeres disponen de varias literas.
Tras más de 72 horas encerrados, a las 19:40 horas del lunes, 5 de junio, las personas migrantes fueron sacadas del calabozo, atadas de dos en dos, e introducidas en un autobús privado escoltado por dos furgonetas de la unidad antidisturbios de la UIP.
El periodista fue identificado, y sus datos apuntados, por el mando de la fuerza de escolta hasta que los últimos migrantes estuvieron el autobús con dirección al CIE por orden del juez. Un reciente informe del Servicio Jesuita a Migrantes indica que el 75 % de los internados en los CIE son personas recién llegadas en pateras que no han tenido ocasión de cometer delito alguno y que la mayoría no son expulsados. EL SJM califica de «desproporción e ineficiencia que añade sufrimiento» al internamiento en los CIE y el cardenal Osoro ha pedido «alternativas dignas» a los CIE.
Alfa y Omega

«Está cerrado, no podemos pasar»

Europa ha tomado partido. Frente a los derechos humanos, ha elegido el control de fronteras. El cambio de rumbo afecta a personas concretas que huyen de la muerte y del hambre con sus hijos a cuestas. El fotoperiodista Javier Bauluz, Premio Pulitzer de Periodismo, ha participado en las Jornadas de delegados y agentes de Pastoral de Migraciones organizadas el pasado fin de semana por la Conferencia Episcopal en El Escorial (Madrid), y nos acerca algunos historias que ponen rostro a ese sufrimiento en Lesbos e Idomeni (Grecia) y en Gevgelija (Macedonia). Pero también en Motril (Granada), donde Bauluz documenta el trato inhumano a inmigrantes recién rescatados por la Guardia Civil



Idomeni, frontera de Grecia con Macedonia. Agosto de 2015
«¿Por qué gritan órdenes como si fuésemos perros?»
Nadie sabe lo que se van a encontrar. Demasiadas noticias contradictorias. Tras la declaración del estado de emergencia en Macedonia, el despliegue militar y el cierre temporal de la frontera, se sucedieron los gases lacrimógenos, los palos y las granadas aturdidoras ante el intento desesperado de miles de personas de entrar.
Las voces se convierten en murmullos, caminan casi a tientas entre las traviesas del ferrocarril. La gravilla gruesa dificulta el andar y hace peligrar los tobillos a cada paso. Nadie se queja. Los padres suben a sus hijos en hombros y siguen avanzando.
Al fondo se ven luces reflejadas en los raíles de una curva. Bajan el ritmo, no saben qué hay al otro lado. Ahora las vías están iluminadas por postes de luz, ya pueden ver sus pies otra vez. Otra curva y empezamos a caminar entre las negras sombras de vagones de carga estacionados. Otros grupos de 30, 40, 80 personas salen a nuestro encuentro y se unen al conjunto. La sensación de seguridad individual crece.
Al fondo se perciben unas sombras humanas que nos deslumbran con potentes focos de luz. Se escuchan fuertes gritos en la oscuridad: «Stop! Stop!» «Sit! Sit!» Un muro de hombres armados nos impide el paso. Los murmullos de los caminantes pasan el mensaje: «Está cerrado, no podremos pasar». Muchos ojos brillan húmedos y desencajados cuando las ráfagas de luz de las linternas macedonias pasan por sus rostros.
El grupo, ya más de 200 personas, sigue avanzando. Pronto se agolpa y se compacta. Cuerpo contra cuerpo nos apiñamos en la oscuridad contra la masa humana detenida frente a los fornidos hombres armados que levantan sus porras visibles entre las luces de sus linternas. No nos podemos mover.
Los uniformados empiezan a gritar: SitSit!, para que la gente se siente delante de ellos. «¿Por qué nos gritan órdenes como si fuéramos perros? No somos animales, somos personas que huimos de la guerra en nuestro país». El alambre de espino lleno de jirones de ropa cierra el paso a los lados de la vía. Durante varias horas les obligan a permanecer sentados en el suelo mojado, lleno de barro y basura.
Alfa y Omega

«Mi vocación ha sido un combate, pero la llamada es real, no me la he inventado»



Javier Andrés es uno de los 20 nuevos diáconos que se ordenaron en Madrid este sábado
A veces Dios insiste de una manera tan delicada que no le hacemos caso. Pero Él insiste. Y si seguimos sin hacerle caso, Él insiste. Y sigue insistiendo… Es lo que le pasó a Javier Andrés, un seminarista de 28 años que el sábado 10 de junio recibió la ordenación diaconal. Con 28 años, Javier aprendió a rezar en casa: «Mi familia es cristiana y desde pequeño me educaron en la fe, y hasta iba a un colegio católico, pero vivía una fe de tradición. En realidad, para mí era algo secundario, iba a Misa, pero nada más», reconoce. Tras acabar el colegio empezó a estudiar Arquitectura y también comenzó a salir con una chica.
Todo cambió cuando tenía 20 años: «Me invitaron a hacer el Camino de Santiago con la parroquia y ese fue mi encuentro con el Señor, el punto de inflexión de mi vida. Antes era un cristiano teórico pero me encontré con Jesucristo vivo y resucitado».
Tras este primer descubrimiento, poco a poco fue participando en las actividades de la parroquia, «y el Señor empezó a tener más protagonismo en mi vida. Comencé a dar catequesis, a ir al grupo de jóvenes, a campamentos, peregrinaciones…» De ir a Misa «porque tocaba» empezó a ir a Misa entre semana y rezar con sus amigos, «y el Señor fue entrando así poco a poco en mi vida», recuerda Javier.
En 2010, fue con unos amigos a ver la película La ultima cima, sobre el sacerdote Pablo Domínguez, y salió del cine «envidiando la vida y la alegría que tenía ese hombre. Empecé a vivir en un runrún sobre la vocación, pero no dije nada a nadie y me callé. Un mes más tarde, fuimos a Sigena a rezar con las hermanas de Belén y me tocó mucho el evangelio que se proclamó, el de la vocación de Juan y Andrés: “Ven y sígueme”. Me removió mucho y le dije sí al Señor pero con condiciones, porque quería seguir con la carrera, con mi novia…». Entonces, Javier lo quería todo «muy clarito, algo así como: “Tú me llamas y ya si eso me lo planteo, déjame vivir un poco y ya lo veré…”».
Javier seguía callando todo lo que le estaba pasando, «pero la bola de nieve se iba haciendo cada vez más grande». Decidió ir con un amigo al monasterio de Leyre, en Navarra, para ver si esa inquietud desaparecía o no. «Le decía al Señor: “O me lo dejas claro, o nada”. En una Eucaristía se proclamó entonces la vocación de san Pedro: “No temas, yo te haré pescador de hombres”, y eso ya me rompió. Le di un sí ya sin condiciones, pero volví a Madrid diciendo que eso no era para mí».
A los pocos días volvió a ir a Misa, y en el Evangelio escuchó: “Dejarás a tu padre y a tu madre…”. «Eso fue definitivo y al día siguiente lo dejé con mi novia. Hablé con un sacerdote amigo de todo lo que había vivido en los últimos meses y empecé el Introductorio del seminario en noviembre de 2010».
Al hacer balance, este nuevo diácono ve su vocación «como un combate. Yo era muy cabezón, y necesitaba tenerlo todo muy clarito. Hoy, en momentos de duda me aferro mucho a lo que he vivido y hago memoria de esa llamada, porque es real, no me la he inventado».
A día de hoy, Javier tiene «muchas ganas de entregar el sí definitivo, que es un sí cada día y que se concreta en el sí para siempre. Estoy con ganas e ilusionado, y con mucha alegría por el sacerdocio».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

Todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 20-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».
Palabra del Señor.

miércoles, 14 de junio de 2017

En busca de un método para transmitir la fe con éxito



Los mayores expertos europeos en transmisión de la fe se han reunido en Madrid para hablar sobre la relación entre familia, parroquia y catequesis
¿Qué han hecho mal los padres y los abuelos que ven cómo sus hijos y nietos viven sus días sin querer saber nada de Dios, quizá sin una abierta contraposición pero sí con indisimulada indiferencia? ¿Hay algún método que asegure que los niños que hacen la Primera Comunión se apunten a poscomunión? ¿Cómo conseguir que el sacramento de la Confirmación no sea el sacramento del adiós a la parroquia durante muchos años, a veces para siempre?
En realidad «el debate sobre los métodos no tiene objeto», asegura Joel Molinario, del Instituto Catequético de París, «porque la crisis de la transmisión de la fe no es una crisis de los métodos, sino una crisis de la tradición, de la herencia recibida, de la autoridad». En definitiva, de la familia. Los tiempos han cambiado y si antes bastaba aprender el Catecismo, «esto ya no funciona de manera evidente». Así lo ha constatado el Congreso del Equipo Europeo de Catequesis, que del 31 de mayo al 5 de junio en Madrid, abordó el tema La familia, entre la educación cristiana y la propuesta de fe. La organización corrió a cargo del Instituto Superior San Pío X, vinculado a los hermanos de La Salle.
El dolor de padres y abuelos
En el congreso participaron los mayores expertos europeos en catequesis, como Dominique Foyer, de la Universidad Católica de Lille, que dice que «hoy escuchamos el lamento de los padres o abuelos que descubren que no han logrado transmitir la herencia dogmática, ética y simbólica que caracteriza a su fe. Y nos preguntamos qué es lo que no va bien, o no va en absoluto, en la transmisión».
La respuesta está en los actores principales de la catequesis: parroquia y familia. Para el presidente de la Asociación Italiana de Catequesis, Salvatore Currò, la catequesis que se ha dado hasta ahora en las parroquias «debe renovarse», porque «se ha quedado en el registro de la comprensión doctrinal del mensaje cristiano», unos conocimientos «que pivotan más sobre lo cognitivo que sobre lo afectivo, debido al componente racionalista e iluminista de nuestra tradición cultural».
Según Curró, la solución está en mirar a la familia, cómo transmiten la fe las familias creyentes: «Hay que preguntarse si toda la catequesis no debería modularse sobre el registro afectivo de la experiencia familiar, donde se da un entrenamiento a algunas prácticas, sin tener que entender siempre su sentido, pero porque se advierte que son soporte del amor y del crecimiento, y donde se da la experiencia de sentirse amados por Dios, sobre una base sensible y afectiva».
Engendrar cristianos, no adoctrinarlos
Esta renovación de la catequesis está en línea con lo que defiende el Papa Francisco en Amoris laetitia, una propuesta que «no está preocupada tanto por los contenidos de la fe como por la experiencia de Dios, y la confianza de que Él siempre está cercano a nuestras vidas», como señala Antonio Ávila del Instituto Superior de Pastoral, de la Universidad Pontificia de Salamanca. En esta tesitura, «el pontificado actual se inclina porque la experiencia de la fe, la gozosa alegría del Evangelio» vivida en la familia, donde «los niños pueden comprender, no intelectualmente sino vitalmente, que lo que el adulto vive». Se trataría entonces de «una catequesis de engendramiento, no de adoctrinamiento», aun a riesgo de que «pueda resultar insuficiente a la hora de mantener la fe en un mundo como el actual».
El lugar en que Dios habita
Y si la parroquia es una de las claves esenciales en la transmisión de la fe, la otra es la familia. «Hay que guiar a las familias hacia la comprensión y práctica de su propia sacramentalidad», afirma Caroline Dollard, representante de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales. Sin embargo, en la práctica, muchas de las familias que se acercan a la Iglesia por diversos motivos, sobre todo para pedir un sacramento –bautizo de un hijo, Primera Comunión…,– «están desconectadas de su historia de fe y de la práctica, algunas de ellas por dos o tres generaciones», y lo más grave es que el modelo habitual de acompañamiento que les ofrece la Iglesia «consiste en apartar a los niños y adolescentes de sus padres y de sus hogares en cuanto a su educación religiosa», de modo que la educación en la fe sería algo así como «una tarea de profesionales» que se da en la parroquia y no en la familia.
Aprovechar el bautizo de los hijos
Por eso, hay que volver a enganchar a las familias. Por ejemplo, aprovechando el bautizo de los hijos. Para el polaco Andrzej Kicinski, de la Universidad Católica de Lublin, «hoy, por desgracia, no podemos dar por sentado que los padres pidan el Bautismo por motivos de fe», pero sin embargo las catequesis prebautismales pueden «ayudar a los padres a profundizar y a ser conscientes de que el Bautismo se celebra en la fe de la Iglesia», lo que en numerosas ocasiones «activa en los padres las ganas de ser sujetos activos de la catequesis».
Si se hace bien y se sigue el proceso, más adelante la familia podrá convertirse «en el lugar de oración cristiana, un lugar en el que Dios habita», gracias a «la lectura de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, el perdón recíproco, incluso con el sello del sacramento de la Reconciliación, la bendición de la familia, las fiestas de cumpleaños, las peregrinaciones, los retiros, las tradiciones asociadas con la Navidad…». Solo así podrá arraigar una verdadera vida espiritual familiar que, si falta en la celebración de la Primera Comunión, hará a la familia «prisioneros de una ceremonia que en realidad no entienden».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

El Corpus, a las claras


Fernando Redondo Benito, vicepresidente de la Junta pro Corpus de Toledo, afirma que durante estos días de preparación y celebración del Corpus Christi, «nos encontramos con muchos mensajes equívocos y erróneos que pueden trastocar nuestra mirada de lo verdaderamente esencial: nuestra fe en la Eucaristía, nuestra fe en “el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia” (Benedicto XVI)»
Debemos dejar claro que el Corpus no es una celebración ajena a la Iglesia católica, sino que es una celebración de la Iglesia católica; el Corpus no es una celebración única de Toledo, sino de la Iglesia universal; el Corpus se celebra en Toledo, pero no es exclusiva de Toledo; esta celebración dirige todos los sentidos a la Eucaristía, y no a los toldos, a las flores, a los adornos, aunque enriquecen y engalanan esta fiesta; esta celebración hace de Toledo una manifestación única, ciertamente, pero siempre al servicio de la Eucaristía.
Los mensajes son equívocos. Desde aquellos que quieren erradicar y eliminar toda simbología y presencia católica –los que querrían llegar a la reformulación de una famosa expresión, «todo con la Iglesia pero sin la Iglesia»– cuando precisamente es una celebración católica, a otros que denominan esta celebración como un producto.
Es cierto que en el Corpus participan los toledanos. Encontramos una respuesta global de la ciudadanía toledana, que se acerca a esta celebración para engrandecerla, para cooperar, para entregar su trabajo y colaboración. Sin los toledanos, esta celebración quedaría más mermada, puesto que son ellos los que acompañan con fe en el recorrido, los que llegan con sus plegarias ante Jesús Sacramentado, los que guardan respeto y silencio a su paso, poniéndose de rodillas o haciendo la señal de la Cruz.
El Corpus llena Toledo, pero no lo podemos reducir a Toledo, porque esta celebración nos abre el camino hacia todos los hermanos, todas las periferias, viviéndolo con toda la fraternidad católica, porque hablar del Corpus es manifestarla particularmente en la caridad.
No confundamos la parte con el todo
Otro equívoco es confundir la parte con el todo. La Custodia de Arte, con toda su riqueza artística e histórica, es la parte, porque Jesús Sacramentado es el Todo. Es muy habitual comprobar esa equivocación, porque totalizamos con la Custodia, como si no tuviera nada más. En el Corpus nos encontramos con Alguien, no con algo; la Custodia porta a Alguien, no es algo. No confundamos la parte con el todo, sino acerquémonos al Todo, al centro de la Custodia, donde verdaderamente está presente Jesucristo.
Los habituales equívocos y confusiones que nos transmiten durante estos días nos llevan a presentar «la urgente necesidad» para que esta fiesta cuente con muchas declaraciones, no sabemos muy bien si internacionales o interplanetarias, en una conjunción de voluntades erróneas. Por la propia naturaleza de la Iglesia, que es católica, podemos afirmar que la celebración del Corpus ya es universal, también misionera y apostólica. No necesita declaraciones ni nombramientos complementarios. No debemos encorsetar al Corpus Christi, porque esta celebración es Vida, esta celebración es litúrgica y eucarística, y no debe ser otra cosa.
Hagamos que acercándonos al Corpus, a las claras, podamos vivir una conversión que nos invita a la alegría del Evangelio, que nos invita a vivir la procesión eucarística con un gesto que responda al mandato de Jesús. Como señalaba el Papa Francisco en el Corpus del año 2016, «un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para partir nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero».
Fernando Redondo Benito, Vicepresidente de la Junta pro-Corpus de Toledo
Alfa y Omega

Las 10 actitudes a poner en práctica, según Cáritas, para el Día de Caridad


Con motivo de esta Jornada, las 70 Cáritas Diocesanas del país rinden cuentas públicas de su actividad durante el último año
Llamados a ser comunidad es la propuesta que lanza Cáritas a toda la comunidad cristiana y al conjunto de la ciudadanía en el Día de Caridad, que, como cada año, se celebra el domingo 18 de junio, festividad el Corpus Christi.
Con esta invitación, se quiere poner de relieve la importancia de que todas las personas podamos vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos, con los mismos derechos y dignidad, que pertenecen a todos los seres humanos por igual.
Cultivar la acogida y el intercambio
La campaña institucional de Cáritas, que cuenta con dos momentos de especial intensidad en Navidad y en Corpus Christi, llama la atención sobre la necesidad de colaborar en la realización «de una comunidad humana plural, donde seamos capaces de reconocer la riqueza que cada persona aporta en la construcción de la sociedad, cultivando la actitud de acogida y el intercambio enriquecedor, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria». Como se señala en los materiales editados para esta jornada, «se trata de vivir la cultura del encuentro», en palabras del Papa Francisco.
Eva Sanmartín, coordinadora de la campaña institucional, asegura que «la acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común, que es de todos».
Revisar nuestras actitudes hacia los migrantes
Para poner de manifiesto la importancia de esa vida comunitaria en el momento presente, Cáritas pone el foco en el drama de la movilidad humana que viven hoy en día millones de personas que se ven obligadas abandonar sus hogares para asegurar sus vidas o sus derechos básicos. A ese respecto, se hace una invitación en clave personal a revisa nuestras actitudes hacia las personas migrantes que conviven con nosotros, en nuestros mismos barrios y comunidades.
«¿Te has preguntado cómo son sus vidas, cuáles son sus sentimientos, sus sueños?», se interroga en el díptico editado para el Día de Caridad, al tiempo que se invita «a practicar el encuentro y la acogida con otras personas, a ti, a tu grupo o comunidad, a conocer la vida de los otros, su historia, su camino, ponerse en su lugar, saber qué necesitan, compartir».
Derechos «menguantes»
Junto a la acogida, el Día de Caridad sirve también para que cada una de las 70 Cáritas Diocesanas de todo el país rindan cuentas de su actividad anual y de la evolución de la realidad social de las personas vulnerables a las que acompañan en sus respectivos territorios y que, en términos generales, confirman un panorama de derechos «menguantes» ante la crisis económica y un aumento de las restricciones para el acceso a derechos sociales.
Valores y actitudes a poner en práctica
La mejor manera de responder a la llamada a ser comunidad de seres humanos iguales en derechos y dignidad, bajo el techo de la casa común que es la Creación, pasa por poner en práctica estos valores y actitudes:
1. Hacer comunidad, buscar siempre el bien común, ser participativo.
2. Compartir y vivir sencillamente.
3. Hacer un consumo responsable.
4. Ser cooperativo.
5. Tener un compromiso solidario trabajando por la justicia y los derechos para todos.
6. El dinero no rige mi vida.
7. El bien del ser humano es lo primero.
8. Afán de servicio y gratuidad.
9. Cuidado y religación con la Madre Naturaleza.
10. Cultivar la propia profundidad, la espiritualidad, la trascendencia.
Cáritas

No he venido a abolir, sino a dar plenitud



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Palabra del Señor.

Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres


No amemos de palabra sino con obras». Con esta exhortación el Papa Francisco titula su primer Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, que él mismo instituyó al concluir el Jubileo de la Misericordia, estableciendo que se celebre el domingo que precede la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Y que en 2017 será el 19 de noviembre.
«Quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados», escribe el Santo Padre que inspira el título de su mensaje en las palabras del apóstol Juan, que son un «imperativo que ningún cristiano puede ignorar» y han transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18).
El Papa Francisco recuerda la preocupación de la Iglesia por los pobres, siguiendo la enseñanza de Jesús, desde el Apóstol Pedro y los primeros cristianos. Y que «si bien ha habido ocasiones en las que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana», «el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial».
«Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres», recuerda el Santo Padre, para luego añadir: «cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres. Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos».
Con su Mensaje, el Papa Francisco invita a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad «a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro».
Asimismo el Obispo de Roma dirige su invitación «a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna».
El Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres se hizo público, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede,  el mismo día en que está fechado, en el Vaticano: 13 de junio de 2017, Memoria de San Antonio de Padua.
En la presentación, intervinieron Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización y Mons. José Octavio Ruiz Arenas, secretario del mismo Consejo.
(CdM – RV)