jueves, 25 de febrero de 2016

Si Francisco pudiera hacer un milagro, curaría a los niños

El Santo Padre responde por carta a las inquietudes enviadas por niños de todas las partes del mundo
Un diálogo sincero y sencillo del Santo Padre con niños de todo el mundo. Es lo que ofrece el libro El amor antes del mundo. El papa Francisco escribe a los niños” (L’amore prima del mondo. Papa Francesco scrive ai bambini), desde hoy en las librerías italianas editado por Rizzoli, inspirado y querido por la editorial de los jesuitas americanos “Loyola Press”. El libro ha sido realizado gracias a la colaboración del padre Antonio Spadaro. De este modo, el papa Francisco responde a las preguntas e inquietudes que niños y niñas de distintos países le han enviado por carta. 
“Querido papa Francisco, ¿cuál ha sido la elección más dificil en tu misión por la fe?”. “Santidad, mi abuelo no es católico pero no está dispuesto a hacer el mal. ¿Él irá al paraíso cuando muera? Si alguno no hace nunca penitencia, ¿cómo de grande puede tiene que ser su pecado para ir al infierno?”. “Querido papa Francisco. ¿Si Dios nos ama tanto y no quiere que suframos, por qué no derrotó al diablo?”. “Querido papa Francisco, ¿el mundo un día será nuevamente bello como lo era en el pasado?”. “ Quisiera saber si las personas malas también tienen ángel de la guarda”
Estas son algunas de las preguntas que el Santo Padre responde con sencillez y a la vez con gran profundidad.
Si el papa Francisco pudiera hacer un milagro, sería curar a los niños. Es la respuesta que da a William, estadounidense de 7 años. “Todavía no he conseguido entender por qué los niños sufren. Para mí es un misterio. No sé dar una explicación. Me interrogo sobre esto”, asegura el Santo Padre. Y añade: “mi respuesta al dolor de los niños es el silencio o una palabra que nace de mis lágrimas. No tengo miedo de llorar. No tienes que tenerlo tú tampoco”.
Una niña irlandesa pregunta al Papa si se siente como un padre para todos. Por eso, le responde que “a cada sacerdote le gusta sentirse padre”. Y explica que la “paternidad espiritual es realmente importante. Yo la siento muchísimo: no sabría reconocerme a mí mismo sin este sentimiento de paternidad”.
Para responder por qué Dios nos ha creado si sabía que pecaríamos contra él, el Pontífice explica que “Dios nos ha creado como Él. Dios nos ha creado libres. La libertad es el don más bonito que nos ha dado”. Y ser libres –añade– implica la posibilidad de pecar. Asimismo Francisco asegura que mucha gente tiene miedo a la libertad y este es un problema serio de hoy.
Luca, un niño de Australia de 7 años, le pregunta al Papa si a su madre, que está en el paraíso, le habrán crecido alas de ángel. Responde al niño asegurándole que su madre está en el cielo “bella, espléndida, llena de luz” pero no le han crecido las alas. “Es la madre que tú conoces pero más guapa que nunca. Y ella te mira y te sonríe que eres su hijo”, subraya el Papa.
También hay espacios para preguntas simpáticas e inocentes, como no puede ser de otra forma con los niños.  Desde Singapur, Faith, le pregunta a Francisco  por qué necesita ese “sombrero alto”. El Papa le explica que “es el símbolo de los obispos. Me lo pongo en algunas ocasiones especiales, en las liturgias, durante las misas”. Asimismo le cuenta a la niña que de vez en cuando lo cambia pero que a él le gusta el que tenía en Buenos Aires. “Cuando venía a Roma antes de ser Papa traía dos: uno blanco entero para las celebraciones con el Papa y el mio normal para algunas celebraciones que hacía aquí en Roma. Y lo tengo todavía aquí conmigo”, recuerda.
Y antes de crear el mundo, ¿Dios qué hacía? “Dios ha comenzado a hacer algo cuando creó el mundo. Pero si te dijera que Dios no hacía nada antes de crear el mundo me equivocaría. De hecho, Dios ha creado también el tiempo, es decir el ‘antes’ y el ‘después’”. Y añade: “Antes de crear Dios amaba. He aquí qué hacía Dios: Dios amaba. Dios ama. Dios ama siempre”.
La elección más difícil que el papa Francisco ha tomado en su misión por la fe ha sido “echar a alguno o de una tarea de responsabilidad o de una posición de confianza o de un camino que está haciendo porque no es apto”, asegura el Pontífice en la carta escrita al pequeño Tom, de 8 años.
Para responder a Yifan, joven chino de 13 años, sobre si su abuelo irá o no al cielo aunque no es católico, el Papa asegura que “la voluntad de Dios es que nos salvemos todos”. De este modo, recuerda que “Jesús está junto a nosotros hasta el último momento de nuestra vida para salvarnos”.
El papa Francisco cuenta a Prajla que le gustaba mucho bailar cuando era pequeño. “Bailar es expresar la alegría”, “cuando uno está triste no puede bailar”. Y le explica que incluso el gran rey David, cuando toma Jerusalén, haciéndola Ciudad Santa, hizo transportar solemnemente el Arca de la Alianza y se puso a bailar delante de ella.

(ZENIT – Ciudad del Vaticano)

«LA PASIÓN DE TODO EL CUERPO DE CRISTO». SAN AGUSTÍN.

«Señor, te he llamado, ven de prisa» (Salmo 140,1). Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo solo, sino el Cristo total. Pero es más bien el cuerpo quien habla aquí; pues Cristo, cuando estaba en este mundo, oró en calidad de hombre, y oró al Padre en nombre de todo el cuerpo, y al orar caían de todo su cuerpo gotas de sangre...Esta efusión de sangre de todo su cuerpo no significaba otra cosa que la pasión de los mártires de toda la Iglesia. [...]

«Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde» (Sal 140, 2). Todo cristiano sabe que estas palabras suelen entenderse de la Cabeza en persona. Cuando, en efecto, declinaba el día, el Señor entregó voluntariamente su vida en la cruz, para volver a recobrarla. Pero también entonces estábamos nosotros allí representados. Pues lo que colgó del madero es la misma naturaleza que tomó de nosotros... Y sin embargo, clavando nuestra frágil condición en la cruz... clamó en nombre de este hombre viejo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Salmo 21, 1).

Aquella ofrenda de la tarde fue, pues, la pasión del Señor, la cruz del Señor, oblación de la víctima salvadora, holocausto agradable a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió, por la resurrección, en ofrenda matinal. Así, la oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes.
De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

El Papa en Santa Marta: es una gracia ver al pobre que llama a nuestro corazón

La fe verdadera es darse cuenta de los pobres que nos están cerca. Allí está Jesús, que llama a la puerta de nuestro corazón: lo dijo el Papa en la misa matutina en la Casa de Santa Marta.
Cristianos en una burbuja de vanidad
En el Evangelio del día Jesús relata la parábola del hombre rico “que vestía de púrpura y lino finísimo y cada día celebraba espléndidos banquetes” y no se daba cuenta que, en su puerta, estaba un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas. El Papa invita a preguntarse: “Si yo soy un cristiano en el camino de la mentira, solamente del ‘decir’, o soy un cristiano en el camino de la vida, es decir, de las obras, del hacer”Este hombre rico, en efecto – nota el Papa – “conocía los mandamientos, seguramente todos los sábados iba a la sinagoga y una vez al año al templo”. “Tenía una cierta religiosidad”.
“Pero era un hombre cerrado, encerrado en su pequeño mundo – el mundo de los banquetes, de los vestidos, de la vanidad, de los amigos – un hombre encerrado, precisamente en una burbuja, allí, de vanidad. No tenía capacidad de mirar más allá, solamente a su propio mundo. Y este hombre no se daba cuenta de lo que sucedía fuera de su mundo cerrado. No pensaba, por ejemplo, a las necesidades de tanta gente o a la necesidad de compañía de los enfermos, solamente pensaba en él, en sus riquezas, en su buena vida”.
El pobre es el Señor que llama a la puerta de nuestro corazón
Era un “religioso aparente”, “no conocía alguna periferia, estaba completamente cerrado en sí mismo. Precisamente la periferia, que estaba cerca de la puerta de su casa, no la conocía”. Recorría “el camino de la mentira”, porque “se confiaba solamente de sí mismo, de sus cosas, no se confiaba de Dios”. “Uno hombre que no ha dejado herencia, no ha dejado vida, porque solamente estaba cerrado en sí mismo”. Y es curioso – subraya el Papa Francisco – que “había perdido el nombre. El Evangelio no dice cómo se llamaba, solamente dice que era un hombre rico, y cuando tu nombre es solamente un adjetivo es porque has perdido, has perdido sustancia, has perdido fuerza”:

“Éste es rico, éste es potente, éste puede hacer de todo, éste es un sacerdote en carrera, un obispo en carrera…” Cuántas veces a nosotros nos sale nombrar a la gente con adjetivos, no con nombres, porque no tienen sustancia. Pero yo me pregunto: ¿Dios que es Padre, no tuvo misericordia de este hombre? ¿No ha llamado a su corazón para moverlo? Pero sí, estaba en la puerta, estaba en la puerta en la persona de aquel Lázaro, que sí tenía nombre. Y aquel Lázaro con sus necesidades y sus miserias, sus enfermedades, era precisamente el Señor que llamaba a la puerta para que este hombre abriera su corazón y la misericordia pudiera entrar. Pero no, él no veía, solamente estaba cerrado: para él, más allá de la puerta, no había nada”.
La gracia de ver a los pobres
Estamos en Cuaresma – recuerda Francisco – y nos hará bien preguntarnos cuál camino estamos recorriendo:
“¿Yo estoy en el camino de la vida o en el camino de la mentira? ¿Cuántos cerrazones tengo en mi corazón todavía? ¿Dónde está mi alegría: en el hacer o en el decir? ¿En el salir de mí mismo para ir al encuentro de los demás, para ayudar? ¡Las obras de misericordia, eh! ¿O mi alegría es tener todo arreglado, encerrado en mí mismo? Pidamos al Señor, mientras pensamos esto, sobre nuestra vida, la gracia de ver siempre a los ‘Lázaros’ que están en nuestra puerta, los ‘Lazaros’ que llaman al corazón, y salir de nosotros mismos con generosidad, con actitud de misericordia, para que la misericordia de Dios pueda entrar en nuestro corazón.
(María Cecilia Mutual – RV)
(from Vatican Radio)

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 16,19-31:

 «La liturgia cuaresmal de hoy nos propone dos historias, dos juicios y tres nombres. Las dos historias son las de la parábola del rico y del mendigo Lázaro, narrada por san Lucas».

La primera historia es «la del hombre rico que vestía de púrpura y de lino finísimo» y «se concedía placeres», en tal medida que «banqueteaba cada día». En realidad el texto «no dice que haya sido malo»: más bien «era un hombre de vida acomodada, se daba a la buena vida». En el fondo «el Evangelio no dice que se divirtiera en abundancia»; su vida era más bien «una vida tranquila, con los amigos». 

Tal vez «si tenía a los padres, seguramente les enviaba bienes para que tuviesen lo necesario para vivir». Y quizá «era también un hombre religioso, a su estilo. Recitaba, tal vez, alguna oración; y dos o tres veces al año seguramente iba al templo para ofrecer los sacrificios y daba grandes donativos a los sacerdotes». Y «ellos, con esa pusilanimidad clerical le agradecían y le hacían tomar asiento en el sitio de honor». Esto era «socialmente» el sistema de vida del hombre rico presentado por san Lucas.

Está luego «la segunda historia, la de Lázaro», el pobre mendigo que estaba ante la puerta del rico. Las llagas de las que habla el Evangelio, destacó el Papa, son «un símbolo de las numerosas necesidades que tenía. ¿Cómo es posible que ese hombre no se diese cuenta que debajo de su casa estaba Lázaro, pobre y hambriento?». 

«Cuando el rico salía de casa, tal vez el coche con el que salía tenía los cristales oscuros para no ver hacia fuera». Pero «seguramente su alma, los ojos de su alma estaban oscurecidos para no ver». Y así el rico «veía sólo su vida y no se daba cuenta de lo que sucedía» a Lázaro.

Al fin de cuentas, afirmó el Papa Francisco, «el rico no era malo, estaba enfermo: enfermo de mundanidad». Y «la mundanidad transforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad; la undanidad anestesia el alma». Y «por eso, ese hombre mundano no era capaz de ver la realidad». Con el “corazón mundano” no se pueden comprender «la carencia y la necesidad de los demás.

Con el corazón mundano se puede ir a la iglesia, se puede rezar, se pueden hacer muchas cosas. Pero Jesús, en la oración de la última Cena, ¿qué pidió? «Por favor, Padre, cuida a estos discípulos», de modo «que no caigan en el mundo, no caigan en la mundanidad». Y la mundanidad «es un pecado sutil, es más que un pecado: es un estado pecaminoso del alma».

«Estas son las dos historias» presentadas por la liturgia, resumió el Pontífice. En cambio, «los dos juicios» son «una maldición y una bendición». En Jeremías 17, 5-10, se lee: «Maldito quien confía en el hombre, y busca apoyo en las criaturas, apartando su corazón del Señor». Pero esto, puntualizó el Papa Francisco, es precisamente el perfil del «mundano que hemos visto» en el hombre rico. Y «al final, ¿cómo será» este hombre? La Escritura lo define «como un cardo en la estepa: no verá llegar el bien, “habitará en un árido desierto” —su alma es desierta— “en una tierra salobre, donde nadie puede vivir”». Y todo esto «porque los mundanos, en verdad, están solos con su egoísmo».

En el texto de Jeremías está luego también la bendición: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua», mientras que el otro «era como un cardo en la estepa». Y, luego, he aquí «el juicio final: nada es más falso y enfermo que el corazón y difícilmente se cura: ese hombre tenía el corazón enfermo, tan apegado a este modo de vivir mundano que difícilmente podía curarse».

Después de las «dos historias» y los «dos juicios» el Papa Francisco volvió a proponer también «los tres nombres» sugeridos en el Evangelio: «son los del pobre, Lázaro, Abrahán y Moisés». Con una ulterior clave de lectura: el rico «no tenía nombre, porque los mundanos pierden el nombre». Son sólo un elemento «de la multitud acomodada que no necesita nada». 

En cambio un nombre lo tienen «Abrahán, nuestro padre, Lázaro, el hombre que lucha por ser bueno y pobre y carga con numerosos dolores, y Moisés, quien nos da la ley». Pero «los mundanos no tienen nombre. No han escuchado a Moisés», porque sólo quieren manifestaciones extraordinarias.

«Al final hay una palabra de consuelo: cuando ese pobre hombre mundano, en los tormentos, pidió que mandasen a Lázaro con un poco de agua para ayudarle», Abrahán, que es la figura de Dios Padre, responde: «Hijo, recuerda...». Así, pues, «los mundanos han perdido el nombre» y «también nosotros, si tenemos el corazón mundano, hemos perdido el nombre». Pero «no somos huérfanos. Hasta el final, hasta el último momento existe la seguridad de que tenemos un Padre que nos espera. Encomendémonos a Él». Y el Padre se dirige a nosotros diciéndonos «hijo», incluso «en medio de esa mundanidad: hijo». Y esto significa que «no somos huérfanos».

Pensemos en estas dos historias, en estos dos juicios, en los tres nombres; «pero, sobre todo, en la hermosa palabra que siempre se pronunciará hasta el último momento: hijo».

(Papa Francisco, homilía del 5 de marzo de 2015)

EL RICO Y EL POBRE LÁZARO

Evangelio según San Lucas 16,19-31.
 Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
 A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'.
 'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
 Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
 El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'.
 Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'.
 'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'.

Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".

miércoles, 24 de febrero de 2016

Monseñor Agrelo: "En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. Sé que no tiene papeles, pero tienen hambre"

En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí mismos y para sus familias. Sé que las autoridades de las naciones los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

El lunes les llevamos alimentos. El martes nos llaman para informar que las fuerzas del orden (ellos dicen "la policía") se los han quitado. ¿Qué dirían ustedes de una sociedad que persiguiese a hombres, mujeres y niños vulnerables e indefensos -a los que leyes inicuas han hecho ilegales, irregulares, clandestinos-, los acosase como si fuesen alimañas, los persiguiera como si fuesen criminales, los golpease como no se permitiría hacer con los animales, y los cercase para rendirlos por hambre? Se diría que esa sociedad se había deshumanizado, corrompido, embrutecido, envilecido, degenerado.

Pues lo que no hace la sociedad marroquí, acogedora y humana, se nos dice que lo hacen agentes uniformados, miembros de fuerzas del orden del Estado, que entran en el bosque de Beliones, no para apartar de la frontera -de una maldita frontera que Dios no hizo ni quiso ni quiere-, a unos emigrantes, sino para apropiarse de los pocos alimentos que los emigrantes han recibido para subsistir.
¿Qué nombre te das a ti mismo, tú, agente de la autoridad, si te has llevado a tu cuartel o a tu casa lo que un hermano tuyo necesita para vivir? ¿Te has divertido? ¿Te has escondido para que nadie te viese? ¿Es lo que te han mandado hacer? ¿Lo has hecho por propia iniciativa? ¿Crees que no habrás de dar cuenta al único Dios?

Por si lo hubieses olvidado, te recuerdo lo que dice el Señor de todos, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de Mohamed: "He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos". Te lo recuerdo por si quieres tener piedad de ti mismo, pues si comes el pan que has quitado a los pobres, estás comiendo tu propia condenación, estás comiendo el bocado que mete en tu cuerpo a Satanás.

Se lo recuerdo al soldado y al oficial que lo manda, al político que fija las normas y a los gobiernos que las ejecutan: Dios ve al opresor y al oprimido, y toma partido por el oprimido.

Tal vez pienses que puedes honrar a Dios y despreciar a los pobres. Un día comparecerás ante él y descubrirás aterrorizado que los pobres eran tan dignos de respeto como Dios. Aquel día, el Rey, el único Rey, el hermano de los pequeños a quienes hoy robamos el pan, lo creáis o no, nos juzgará y nos condenará, y de nada servirá que le llamemos "Señor", pues sólo se recordará el pan que le hemos dado o le hemos negado.

"Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo". A nadie le pediré que se convierta a Dios. Podéis tranquilamente no creer en él. No se os pedirá cuenta de semejante ignorancia.Pero estamos perdidos si no nos convertimos a los pobres. Entonces nuestra suerte estará entre los malditos.

(Santiago Agrelo Martínez, Arzobispo de Tánger).-

Catequesis del Papa Francisco: “El poder es servicio”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Proseguimos las catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura. En diversos pasajes se habla de los potentes, de los reyes, de los hombres que están “en lo alto”, y también de su arrogancia y de sus prepotencias. La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles al bien común, si son puestos al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero, como muchas veces sucede, si son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en instrumentos de corrupción y de muerte. Es cuanto sucede en el episodio de la viña de Nabot, descrito en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 21, sobre el cual hoy nos detenemos.
En este texto se narra que el rey de Israel, Ajab, quiere comprar la viña de un hombre de nombre Nabot, porque esta viña confina con el palacio real. La propuesta parece legítima, incluso generosa, pero en Israel las propiedades agrícolas eran consideradas casi inalienables. De hecho, el Libro del Levítico prescribe: «La tierra no podrá venderse definitivamente, porque la tierra es mía, y ustedes son para mí como extranjeros y huéspedes» (Lev 25,23). La tierra es sagrada, porque es un don del Señor, que como tal va cuidada y conservada, en cuanto signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y garantía de dignidad para todos. Se comprende entonces la respuesta negativa de Nabot al rey: «¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!» (1 Re 21,3).
El rey Ajab reacciona ante este rechazo con amargura e indignación. Se siente ofendido – él es el rey, el potente –, disminuido en su autoridad de soberano, y frustrado por la posibilidad de satisfacer su deseo de posesión. Viéndolo así abatido, su mujer Jezabel, una reina pagana que había difundido los cultos idolátricos y mandaba asesinar a los profetas del Señor (Cfr. 1 Re 18,4) – ¡no era fea, era malvada! –, decide intervenir. Las palabras con las cuales se dirige al rey son muy significativas. Escuchen la maldad que está detrás de esta mujer: «¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Levántate, come y alégrate! ¡Yo te daré la viña de Nabot, el israelita!» (v. 7). Ella pone énfasis en el prestigio y el poder del rey, que, según su modo de vivir, es puesto en discusión por el rechazo de Nabot. Un poder que ella en cambio considera absoluto, y por el cual todo deseo se convierte en orden. El gran San Ambrosio ha escrito en un pequeño libro sobre este episodio. Se llama “Nabot”. Nos hará bien leerlo en este tiempo de Cuaresma. Es muy bello, es muy concreto.

Jesús, recordando estas cosas, nos dice: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo» (Mt 20,25-27). Si se pierde la dimensión del servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominio y atropello. Es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina, de modo despreocupado, decide eliminar a Nabot y pone en obra su plan. Se sirve de las apariencias mentirosas de una legalidad perversa: envía, en nombre del rey, cartas a los ancianos y a los importantes de la ciudad ordenando que falsos testigos acusen públicamente a Nabot de haber maldecido a Dios y al rey, un crimen que se castiga con la muerte. Así, muerto Nabot, el rey puede apropiarse de su viña. Y esta no es una historia de otros tiempos, es también historia de hoy, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja clandestinamente y con el salario mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren más y más y más. Por esto decía que nos hará bien leer aquel libro de San Ambrosio sobre Nabot, porque es un libro de actualidad.
Es aquí donde llega el ejercicio de la autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y a esta cosa lleva la sed de poder: se hace codicia que quiere poseer todo. Un texto del profeta Isaías es particularmente iluminante al respecto. En ello, el Señor advierte contra la avidez de los ricos latifundistas que quieren poseer siempre más casas y terrenos. Y dice el profeta Isaías: «¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro, hasta no dejar más espacio y habitar ustedes solos en medio del país!» (Is 5,8).
Y el profeta Isaías ¡no era comunista! Dios, pero, es más grande de la maldad y de los juegos sucios hechos por los seres humanos. En su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a Ajab a convertirse. Ahora giremos la página, y ¿cómo sigue la historia? Dios ve este crimen y toca también el corazón de Ajab y el rey, puesto delante a su pecado, entiende, se humilla y pide perdón. ¡Qué bello sería si los poderosos explotadores de hoy hicieran lo mismo! El Señor acepta su arrepentimiento; sin embargo, un inocente ha sido asesinado, y la culpa cometida tendrá inevitables consecuencias. El mal realizado de hecho deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva sus heridas.
La misericordia muestra también en este caso la vía maestra que debe ser buscada. La misericordia puede sanar las heridas y puede cambiar la historia. ¡Abre tu corazón a la misericordia! La misericordia divina es más fuerte del pecado de los hombres. ¡Es más fuerte, este es el ejemplo de Ajab! Nosotros conocemos su poder, cuando recordamos la venida del Inocente Hijo de Dios que se ha hecho hombre para destruir el mal con su perdón. Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente diverso. Su trono es la cruz. Él no es un rey asesino, sino al contrario da la vida. El dirigirse hacia todos, sobre todo a los más débiles, derrota la soledad y el destino de muerte al cual conduce el pecado. Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores al espacio de la gracia y del perdón. Y esta es la misericordia de Dios.
(Traducción del italiano: Renato Martinez – Radio Vaticano)

"Que el ejemplo Jesús transforme nuestra concepción de poder". El Papa Francisco en la Audiencia General

“Queridos hermanos y hermanas: En esta catequesis presentamos la historia de Nabot que nos muestra al poder y la autoridad que pierden su dimensión de servicio y de misericordia. El rey Ajab quiere comprar la viña de Nabot por conveniencia personal. Nabot se niega, porque para Israel la tierra es de Dios, prenda de su bendición, y se debe custodiar y trasmitir a la siguiente generación. Ajab se enfurece por no haber satisfecho su deseo. La reina Jezabel usará su poder para matar a Nabot y así quedarse con la viña”.
Hablando en italiano el Papa Francisco señaló que la riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles al bien común, pero si están puestas al servicio de los pobres y de todos con justicia y caridad. En cambio si son vividas como privilegio, egoísmo y prepotencia se transforman en instrumentos de corrupción y de muerte: “Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro, con lo mínimo, para enriquecer a los potentes. Es la historia de los políticos corruptos que quieren más, y más, y más”.
“Qué lejos está esto de la palabra de Jesús: «Quien quiera ser el primero… sea el servidor de todos» (Mc 9,35). Sin la dimensión del servicio, el poder se convierte en arrogancia y opresión. Si no hay justicia, misericordia y respeto a la vida, la autoridad se queda en mera codicia, que destruye a los demás en su afán de poseer”.
La misericordia puede sanar las heridas y cambiar la historia, afirmó el Sucesor de Pedro, porque la misericordia divina es más fuerte del pecado de los hombres:
“Pero la misericordia puede vencer el pecado. Dios envía a Elías para que amoneste al rey y se arrepienta. Con todo, el mal causado dejará una herida que tendrá consecuencias en la historia. Sólo Jesús puede sanar estas heridas y cambiar la historia, pues desde el trono de la cruz, el verdadero rey sale a nuestro encuentro, vence el pecado y la muerte, y nos da la vida”.
Concluyendo su catequesis, el Santo Padre pidió que el ejemplo de Jesús “transforme nuestra concepción de poder para que siempre vivamos nuestra responsabilidad como un servicio, en el que manifestar su misericordia a los demás”.
(GM – RV)

Francisco: "La religión cristiana es concreta, no es una religión de palabrería"

"El Señor no nos preguntará: '¿qué habéis dicho de mí?', sino lo que hemos hecho"

La religión cristiana es una religión concreta, que actúa haciendo el bien, no es una "religión de palabrería", hecha de hipocresía y de vanidad. Papa Francisco lo afirmó este martes en la homilía de la misa celebrada en la Casa Santa Marta del Vaticano. Durante la Cuaresma, concluyó, Dios "nos enseña el camino de los hechos".

La vida cristiana es concreta, "Dios es concreto", pero hay muchos cristianos "fingidos", estos que convierten su pertenencia a la Iglesia en algo que no les compromete, un motivo de prestigio en vez de una experiencia de servicio hacia los más pobres.

El Papa enlazó la cita litúrgica del día del profeta Isaías con la cita del Evangelio de Mateo para explicar, una vez más, "la dialéctica evangélica entre el decir y el hacer".

El énfasis de Francisco se colocó sobre las palabras de Jesús, que desenmascara la hipocresía de los escribas y fariseos invitando a los discípulos y a la multitud a seguir lo que ellos enseñan sin comportarse como ellos.

"El Señor nos enseña el camino de los hechos. Y cuántas veces encontramos a gente, también nosotros ¡eh!, tantas veces en la Iglesia: ‘Yo soy muy católico'. Pero ‘¿qué es lo que haces?'", planteó.

"Cuántos padres se declaran católicos, pero no tienen tiempo para hablar a sus propios hijos, jugar con sus propios hijos, escucharles. Quizás tienen a sus padres en asilos, pero están siempre tan ocupados que no pueden ir a visitarlos y los abandonan. ‘Pero ¡soy muy católico! Pertenezco a ese movimiento'. Esta es la religión de las palabras: Yo digo que soy así, pero practico la mundanidad", denunció Francisco.

Aquello del "decir y no hacer", afirmó el Papa, "es un engaño". Las palabras de Isaías, destacó, indican lo que Dios quiere: "Cesad de hacer el mal, aprended a hacer el bien". "Socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda".

Y demuestra también otra cosa, prosiguió: la infinita misericordia de Dios, que dice a la humanidad: "Levantaos, venid y discutamos. Si vuestros pecados fuesen como la grana, se convertirán en blancos como la nieve".

"La misericordia del Señor se encuentra con los que tienen la valentía de discutir con Él, pero discutir sobre la verdad, sobre las cosas que hago o las que no hago, para corregirme", aseguró.

Y añadió: "Y este es el gran amor del Señor, en esta dialéctica entre el decir y el hacer.Ser cristiano significa hacer: hacer la voluntad de Dios. Y el último día, porque todos nosotros tendremos uno, ese día ¿qué nos preguntará el Señor? Nos dirá: ¿Qué habéis dicho de mí? ¡No!, nos preguntará lo que hemos hecho".

El Papa citó el capítulo Evangelio de Mateo sobre el juicio final, cuando Dios preguntará al hombre sobre lo que ha hecho con respecto a los hambrientos, sedientos, encarcelados, extranjeros...

"Esta -exclamó Francisco- es la vida cristiana, en vez de las palabras que nos llevan a la vanidad, a ese fingimiento cristiano. Así no son los cristianos de verdad".

"Que el Señor nos dé esta sabiduría de entender bien dónde está la diferencia entre el hacer y el decir y nos enseñe el camino de los hechos y nos ayude a caminar por él", pidió.

"Porque el camino de la palabrería nos lleva al mismo sitio que a los doctores de la ley, estos clérigos a los que les gustaba vestirse y actuar como si fueran una majestad, ¿no? -advirtió-. Y esto no es la realidad del Evangelio. Que el Señor nos muestre el camino".


Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir.

Evangelio según San Mateo 20,17-28.

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo:

"Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará".

Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

"¿Qué quieres?", le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda".

"No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". "Podemos", le respondieron.

"Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre".

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.

Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".

martes, 23 de febrero de 2016

"Redescubramos la belleza de profesar la fe", señala en el día de la Cátedra de Pedro

Francisco insta a la Curia romana a "que nadie se sienta aquí ignorado o  o maltratado"

Y lo reconocerán caminando, como Jesús, al lado del pueblo. El Papa Francisco abrió esta fría mañana de Roma el Jubileo de la Curia y del personal del Estado vaticano peregrinando a pie desde el Aula Pablo VI hasta la basílica de San Pedro. Y lo hizo sin atributos, con su abrigo blanco, caminando en silencio junto a los trabajadores de la Santa Sede. No estuvo rodeado de obispos, cardenales u oropeles, sino de varios hombres y mujeres, algunos de ellos acompañados por sus hijos.
El día en que se celebra la Cátedra de San Pedro, Francisco quiso dejar claro que el puesto no es lo esencial, sino Cristo. "Cristo es la piedra sobre la que tenemos que construir", señaló el Papa, quien insistió en que "la Iglesia, aún agitada y golpeada por los acontecimientos de la historia, no cae: está fundada sobre la piedra. La piedra es Cristo".
"Dejemos que el Señor nos libere de toda tentación que aleja de lo esencial de nuestra misión, y redescubramos la belleza de profesar la fe", pidió el Papa, quien reclamó a la Curia romana "que nadie se sienta ignorado o maltratado, sino que cada uno pueda experimentar aquí el cuidado del Buen Pastor".
Ante la pregunta "Vosotros, ¿quién decís que soy yo?", "clara y directa , frente a la cual no se puede escapar o permanecer neutral, o retrasar la respuesta o delegar a otra persona" Una pregunta donde "no hay nada inquisitorial, sino que está llena de amor" y una petición a "renovar la profesión de fe", desde el Papa al último de los hermanos.
Una profesión de fe de la que "se deriva para cada uno de nosotros el deber de responder a la llamada de Dios". En el caso de los pastores, "obligados a tener el mismo modelo que Dios, que cuida de su rebaño, y va en busca de la oveja perdida (...). Un comportamiento que no conoce fronteras, una dedicación fiel, constante, sin condiciones", y que también comporta "dejar que el rostro de Dios, el Buen Pastor, nos ilumine, nos purifique, nos transforme". "Que nadie se sienta descuidado o maltratado, y que cada uno puede experimentar, en primer lugar aquí, el amoroso cuidado del Buen Pastor".
"Estamos llamados a ser colaboradores de Dios en una empresa tan importante y única como la de ser testigos del Espíritu", señaló el Papa, quien pidió que "el Señor nos libre de toda tentación que se aleje de lo esencial de nuestra misión". "La fidelidad al ministerio se combina con la misericordia que queremos experimentar (...). Fidelidad y  misericordia son un binomio inseparable", culminó Francisco.

 (J. Bastante).-

QUIEN SIGUE EL BUEN CAMINO VERÁ LA SALVACIÓN DE DIOS

Del Salmo: 49
Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios

«No te reprocho tus sacrificios ,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.

Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios

¿Por qué recitas mis preceptos y
tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?

Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios

Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú;
El que me ofrece acción de gracias, ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.»

Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios


HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 23,1-12.

La Cuaresma es el tiempo propicio para cambiar de vida y acercarse a Jesús pidiendo perdón, arrepentidos y dispuestos a testimoniar su luz ocupándose de los necesitados:


«Esto es la Cuaresma, un tiempo para acercarnos más al Señor. En la primera lectura de hoy (Isaías 1, 10.16-20), el Señor llama a la conversión; y curiosamente llama a dos ciudades pecadoras», Sodoma y Gomorra, a las que dirige la invitación: «Convertíos, cambiad de vida, acercaos al Señor». 



«Esta es la invitación de la Cuaresma: son cuarenta días para acercarnos al Señor, para estar más cerca de Él. Porque todos nosotros necesitamos cambiar la vida». Y es inútil decir: «Pero, padre, yo no soy tan pecador...», porque «todos tenemos dentro alguna cosa y si miramos en nuestra alma encontraremos alguna cosa que no funciona, todos». 


La Cuaresma, por lo tanto, «nos invita a ajustar, a acomodar nuestra vida» indicó el Pontífice. Es precisamente esto lo que nos permite acercarnos al Señor. Al respecto, el Papa citó una vez más las palabras de la primera lectura: «Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve». 


Y continuó: «“Yo te cambio el alma”: esto nos dice Jesús. ¿Y qué nos pide? Que nos acerquemos. Que nos acerquemos a Él. Dios es Padre; nos espera para perdonarnos. Y nos da un consejo: “No seáis como los hipócritas”».


«Lo hemos leído en el Evangelio de hoy: este tipo de acercamiento el Señor no lo quiere. Él quiere un acercamiento sincero, auténtico. En cambio, ¿qué hacen los hipócritas? Se maquillan. Se maquillan de buenos. Ponen cara de estampa, rezan mirando al cielo, haciéndose ver, se sienten más justos que los demás, despreciando a los demás». Y presumen de ser buenos católicos porque tienen conocidos entre bienhechores, obispos y cardenales.


«Esto es la hipocresía —destacó—. Y el Señor dice no», porque nadie debe sentirse justo. «Todos necesitamos ser justificados —repitió el obispo de Roma— y el único que nos justifica es Jesucristo. Por ello debemos acercarnos: para no ser cristianos maquillados». Cuando la apariencia se desvanece «se ve la realidad y éstos no son cristianos». 

«¿Cuál es la piedra de toque? Lo dice el Señor mismo en la primera lectura: “Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien”». Esta, repitió, es la invitación. 


Pero, «¿cuál es la señal de que estamos en el buen camino? Lo dice la Escritura: socorrer al oprimido, cuidar al prójimo, al enfermo, al pobre, a quien tiene necesidad, al ignorante. Esta es la piedra de toque». Y aún más: «Los hipócritas no pueden hacer esto, porque están tan llenos de sí mismos que son ciegos para mirar a los demás». 


Pero «cuando uno camina un poco y se acerca al Señor, la luz del Padre hace ver estas cosas y va a ayudar a los hermanos. Este es el signo de la conversión». 



Cierto, añadió, esta «no es toda la conversión; porque la conversión —explicó— es el encuentro con Jesucristo. Pero la señal de que estamos con Jesús es precisamente esta: atender a los hermanos, a los pobres, a los enfermos como el Señor nos enseña en el Evangelio». Por lo tanto, la Cuaresma sirve para «cambiar nuestra vida, para ajustar la vida, para acercarnos al Señor». 



Mientras que la hipocresía es «el signo de que estamos lejos del Señor». El hipócrita «se salva por sí mismo, al menos así piensa», continuó el Santo Padre. 


Así, la conclusión: «Que el Señor nos dé a todos luz y valor: luz para conocer lo que sucede dentro de nosotros y valor para convertirnos, para acercarnos al Señor. Es hermoso estar cerca del Señor».
(Papa Francisco, homilía del 18 de marzo de 2014)

QUE EL MÁS GRANDE ENTRE USTEDES SEA SERVIDOR DE TODOS



Evangelio según San Mateo 23,1-12.

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

"Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés;
ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.

Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;
les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
ser saludados en las plazas y oírse llamar 'mi maestro' por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar 'maestro', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.

A nadie en el mundo llamen 'padre', porque no tienen sino uno, el Padre celestial.

No se dejen llamar tampoco 'doctores', porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado".

Misericordia en el profeta Ezequiel

Ezequiel 34, 11-16

11 "Porque así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él.  

12 Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas.  

13 Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra. 

14 Las apacentaré en buenos pastos, y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. Allí reposarán en buena majada; y pacerán pingües pastos por los montes de Israel.  

15 Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé.  

16 Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia. 

Ezequiel 36, 22-32

22 Por eso, di a la Casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: No lo hago por vosotros, Casa de Israel, sino por mi santo Nombre, profanado por vosotros en las naciones adonde fuisteis.  

23 Mostraré la santidad de mi Nombre ilustre profanado entre los paganos, que vosotros profanasteis en medio de ellos, y sabrán los paganos que yo soy el Señor -oráculo del Señor Dios- cuando les muestre mi santidad en vosotros. 

24 Os recogeré por las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. 

25 Os rociaré con un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar.  

26 Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. 

27 Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que cumpláis mis mandatos poniéndolos por obra. 

28 Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios

29 Os libraré de vuestras inmundicias, llamaré al grano y lo haré abundar y no os dejaré pasar hambre; 

30 haré que abunden los frutos de los árboles y las cosechas de los campos, para que no os insulten los paganos llamándoos muertos de hambre. 

31 Al acordaros de vuestra conducta perversa y de vuestras malas acciones, sentiréis asco de vosotros mismos por vuestras culpas y abominaciones. 

32 Sabedlo bien, no lo hago por vosotros -oráculo del Señor Dios-; avergonzaos y sonrojaos de vuestra conducta, Casa de Israel.