martes, 12 de enero de 2016

Reflexiones sobre la Misericordia de Dios en Navidad. 3. ANDAR EL CAMINO

Pero los magos no se conformaron con ver la estrella, ni se sintieron satisfechos con conocer el lugar dónde estaba Jesús. Se pusieron en camino, buscaron y fueron al encuentro.

Podremos saber dónde se manifiesta Dios, dónde nace Jesús, pero no es suficiente ver ni saber. Hay un camino que realizar hacia el encuentro de la epifanía de Dios, para también abrir nuestros tesoros. El tesoro en Mateo es el corazón de la persona, porque “donde esté tu tesoro allí también estará tu corazón (afirma Jesús en Mt 6,21). Por ello no está demás preguntarnos por nuestros tesoros para caer en la cuenta de lo fundamental en nuestra vida, por lo que desgastamos nuestra existencia.

La presencia de Dios en nuestras vidas nos está repitiendo los imperativos a través del profeta Isaías de ese día 6: ¡levántate y brilla!” (Is 60,1) que llega tu luz, que ha terminado el tiempo del cansancio y de los lamentos, de la apatía y del conformismo, del mirar sin reaccionar. Es preciso salir de los individualismos y pesimismos, porque ha amanecido el tiempo de la fe, de la misericordia y de la esperanza, aparece la certeza de una vida nueva.

¡Levántate y brilla!” para continuar con el proyecto creador de Dios, pues cuando nos ponemos en camino, cuando estamos en ese proceso continuo de conversión la estrella que buscamos vuelve a brillar para guiarnos, para hacernos crecer en esa acogida de la luz que amanece, que aparece, que ha venido a nosotros como vida.

No es suficiente dejarse impresionar. Se sobresaltaron, se turbaron Herodes y toda la gente de Jerusalén al oír las palabras de los Magos diciendo: hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo” (Mt 2,2). Un sobresalto porque han de decidir qué tipo de rey quieren: Herodes o a quien Dios ha prometido, decisión que tomarán al final de la vida de Jesús.

Porque no es suficiente el saber, ni la emoción que sorprende, sino que también se nos pide a nosotros el adorarlo, la primera carta de Juan nos ayuda a concretar nuestra adoración, a abrir nuestros cofres y poder ofrecer lo que uno tiene (oro), lo que uno anhela y sueña (incienso) y lo que uno es (mirra), en los días anteriores a la Epifanía del Señor.
Hacer el camino, reconocer la manifestación de Dios, permanecer en la luz exige amar al hermano. En esto hemos conocido lo que es el amor, en que Él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1Jn 3,16). Aquí se muestra la misericordia. El amor a los hermanos injerta a las personas en el reino de la vida. Pero no olvidemos a quiénes declara Jesús hermanos: a los últimos, a los pequeños. Por ello, continúa diciéndonos esa 1 carta de Juan que ese amor exige gestos concretos ante las necesidades del prójimo:
“Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17)

Adorar a Jesús, reconocer la manifestación de Dios en la vida, vivir la misericordia, que se abra la puerta de la justicia, conlleva dar y compartir con los más pobres, así como generar vida donde está ausente. Por ello, también esa misma carta en distintas ocasiones vincula el nacimiento de Dios con la justicia:Todo el que practica la justicia ha nacido de Dios” (1Jn 2,29, lectura del 3 de enero), “quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dio” (1Jn 3,10, de la lectura del 4 de enero). Pero no nos sorprende, pues durante todo el Adviento, el profeta Isaías nos ha expresado como la manifestación de Dios hará justicia a favor de los débiles (Is 11,4), “será la justicia el ceñidor de sus lomos” (Is 11,5), abriendo de este modo el mundo a la esperanza de un renovado paraíso terreal sin violencias ni sobresaltos.

A nosotros nos corresponde realizar esos signos que, como Jesús ante Juan Bautista, den testimonio de que la presencia de Dios entre nosotros construye una sociedad nueva, posibilita una vida digna a los que carecen de ella, transforma la desgracia y la injusticia, anuncia una Buena Nueva a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

  • Tal vez pueda comprometerme personalmente, podamos asumir como familia, podríamos iniciar como comunidad, como parroquia pequeñas acciones o grandes proyectos que requieran esperanza, que estén clamando justicia; de personas que suplican una acogida, a quienes les baste tu servicio o tu misericordia, que estén necesitados de vida. Comprometámonos con cualquier cosa necesaria; todo, menos quedarnos pasmados como la gente de Jerusalén y menos aún con la sospecha y el miedo de que nos van quitar algo de vida, como Herodes.



Signos todos ellos que como a los Magos al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2, 10), también posibiliten a quienes experimenten estas señales del Reino como signos liberadores, una presencia de Dios capaz de transformar su tristeza en inmensa alegría. Y, de esta manera, continuemos anunciando “que por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos vista la Luz de lo alto”.
 Lorenzo DE SANTOS MARTÍN

Reflexiones sobre la Misericordia de Dios en Navidad. 2. ¿DÓNDE SE MANIFIESTA?

Al igual que los magos preguntan: ¿Dónde está el que ha nacido?” (Mt 2,2), también nosotros hemos de preguntarnos ¿dónde se manifiesta Dios? ¿Cuáles son los signos de la manifestación de Dios? Pregunta que se hicieron los magos, que se hizo Herodes y que continuamos haciéndonos nosotros hoy para poder descubrir la epifanía de Dios.

Las indicaciones de lugar narradas en el evangelio del día 6 de enero son dos ciudades: Belén y Jerusalén, y una casa. Por dos veces se nos menciona Belén refiriéndonosla como un pueblo: Jesús nació en Belén de Judea”, (Mt 2,1), En Belén de Judea” (Mt 2,5) respondieron los jefes de los sacerdotes y los escribas a Herodes, y la tercera ocasión nos especifica las características de este pueblo, con las palabras del profeta Miqueas:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres, ni mucho menos,
la menor entre las ciudades
principales de Judá;
porque de ti saldrá un jefe,
que será pastor de mi pueblo, Israel” (Mt 2,6)

El cambio realizado por Mateo de la cita profética sirve para evidenciar la característica de ayer y hoy del lugar: la menor. Entre lo pequeño escoge siempre Dios para manifestarse, por lo que pasa de ser, gracias a su mirada, lo más insignificante a lo más importante. De ahí esas palabras proféticas afirmando como lo pequeño y lo último recobra el primer puesto, lo principal en la perspectiva divina.

Dios escoge Israel entre los más pequeños (Dt 7,7). Prefiere a Ábel a Caín, por ser el segundo y significar “soplo, álito” (Gn 4,4). Elige a David que es el más pequeño de los hermanos (1Sam 16,11). Dios escoge “lo pequeño y despreciable del mundo, lo que no es”, nos dice Pablo en su carta a los corintios (1Cor 1,28). Hoy también para continuar reconociendo la presencia de Dios es necesario mirar en la dirección adecuada.

En contraposición, la otra ciudad mencionada es Jerusalén. Allí se esconde la estrella. No hay signos de la presencia de Dios. Jerusalén, lugar que requiere el acercamiento a la Escritura para ayudar a entender lo que sucede. Jerusalén, la ciudad más importante, incluso religiosamente. La principal ante los hombres, donde habitan los que tienen todo el poder: económico, social y religioso. Lugar dónde deciden eliminar y acabar con quien encarna la manifestación definitiva de Dios: Jesús de Nazaret. El lugar de los importantes, de los poderosos, de los que aniquilan al Justo, de los que provocan la muerte de los inocentes, de los que crucifican al que ama, al que libera, al que cura, al que manifiesta a Dios, al Salvador. Pero donde no puede brillar la estrella, sino que se oculta; donde Jesús no hará ningún milagro según la tradición sinóptica. En Jerusalén no puede nacer la manifestación definitiva y plena de Dios.

En la casa, el tercer lugar mencionado en el texto mateano (“entraron en la casa” Mt 2,11). No en ninguno de los palacios de Herodes, ni en el templo de Jerusalén, sino en una casa está Jesús. Ya anunció el ángel a los pastores qué características tenía ese habitáculo: “encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12, del evangelio de la misa de medianoche del día de Navidad). Jesús no ha venido con el poder humano de majestad y fuerza, sino compartiendo la existencia humana de los más pobres y humildes, la suerte de los necesitados y últimos. Por ello serán los pastores los primeros en reconocerlo.

Después, los magos, los que están dispuestos a ir allí dónde se manifiesta, donde está. Y continúa estando entre los pequeños, sus hermanos, entre los últimos: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”, afirma el mismo Jesús en Mt 25,40. Hacia ellos han de ir dirigidas las obras de misericordia que se nos piden en este Año Jubilar. Por amor, gratuitamente, Jesús se identifica con ellos, al igual que por amor Dios se manifiesta, es luz y nace para nosotros en el que sufre, en el enfermo, en el que vive solo, en el hambriento, en el desnudo, en el que está en la cárcel, en el extranjero, en el refugiado, en las víctimas de la injusticia, de la violencia, en el necesitado.

Pongamos nombre a esas situaciones y personas que conocemos que pueden ser signos durante este Año Jubilar para indicarnos el encuentro hacia la presencia y manifestación del nacimiento de Jesús.

 Lorenzo DE SANTOS MARTÍN

Reflexiones sobre la Misericordia de Dios en Navidad. 1. ¿CÓMO ES LA MANIFESTACIÓN DE DIOS?

 ¿Cómo es esta manifestación de Dios que viene de lo alto, fruto de su misericordia? Por ello preguntémonos ¿cómo es esa epifanía, esa manifestación de Dios?

El texto evangélico del día 6 de enero nos ayudará a profundizar en los signos y anuncios de la presencia de Dios. El relato al que me refiero es el texto de Mateo, conocido comúnmente como “la adoración de los magos” (Mt 2, 1-12).

La epifanía de Dios es representada como LUZ. La luz de una estrella cuyo brillo interpela a los magos que la ven y les hace ponerse en camino. Es la luz que guía los pasos de todos los hombres y mujeres que buscan a Dios. Una presencia luminosa de Dios que irradia el centro de la vida. El profeta Isaías ese mismo día 6, en la primera lectura la vincula con la gloria de Dios, cuya luz resplandece y es el símbolo de la presencia dinámica de Dios que habita en medio de la ciudad:

Is 60, 1 ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!

El lenguaje del profeta utiliza los símbolos y las imágenes para describir la manifestación de Dios entre su pueblo de manera luminosa. Pero no es una luz, una presencia, estática sino que indica la acción, el movimiento y la vida. Así, esa gloria, que es la presencia misericordiosa de Yahvé, se manifestará en numerosos lugares del AT como en la creación:

Sal 19, 2 Los cielos cuentan la gloria de Dios,
la obra de sus manos anuncia el firmamento;

En el camino del desierto del éxodo (Ex 16,2), en el Sinaí (Ex 19). Es la gloria que se manifiesta en los tiempos mesiánicos en medio del pueblo, reuniéndolo y devolviéndole la esperanza (Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos” Is 40,5).

Sin embargo, no es una luz que tenga que venir sino que ya ha llegado. Por ello no remitimos al futuro, como hace la traducción del texto litúrgico (“Sobre ti amanecerá el Señor y su gloria aparecerá sobre ti, Is 60, 2), siguiendo la traducción de la Vulgata que tiene detrás el texto de los LXX al reenviar al futuro, por la situación que están viviendo, lo que el profeta Isaías dice en presente en el texto hebreo:

“Sobre ti amanece el Señor
y su gloria aparece sobre ti” (Is 60, 2)

Pues esa luz se ha manifestado como vida para los hombres en la Palabra hecha carne, nos dirá el día de Navidad el evangelista Juan (Jn 1,4: “y la vida es la luz de los hombres”; Jn 1, 9: “Existía la luz verdadera, que con su venida a este mundo ilumina a todo hombre). Estamos en tiempo de cumplimiento, no hemos de esperar como Juan Bautista (como escuchábamos ayer en el evangelio, miércoles 3ª semana de Adviento).

Por ello los textos de la Palabra de Dios nos va encaminando hacia esa manifestación luminosa de Dios que se ha hecho realidad encarnada en Jesús de Nazaret, cuyo nacimiento hace humanidad la gloria de Dios que ilumina la noche de los pastores (“y la gloria del Señor los envolvió con su luz.” Lc 2,9). El nacimiento de un niño, la encarnación en el hijo que se nos ha dado es la gran luz que brilla en el pueblo que caminaba en tinieblas, (Is 9,2, nos anticipa Isaías en la misa del 24 por la noche).

Esta es la luz que trae la misericordia a todos los hombres y mujeres sin excepción, a todos los que quieran acogerlo. Este es el significado que el evangelista Mateo da a que sean los magos quienes busquen, reconozcan y adoren al Salvador. Es la presencia salvadora que brilla como estrella para interpelar nuestras vidas, como a los magos. Es la luz que se convierte en razón y motivo para buscar respuestas de vida donde la oscuridad y el desanimo son constantes. Es la manifestación de Dios que luce de manera gratuita, entregándose, donándose exponiéndose a que pueda ser tapada o recubierta para que no se vea.

Esta presencia de Dios aporta salvación, liberación, misericordia, luz ante los acontecimientos y avatares de la vida. La Palabra de Dios ayudó a los escribas, sacerdotes, Herodes y Magos a saber en qué dirección y dónde habían de buscar al Salvador. Los acontecimientos, las circunstancias vividas por muy lógicos y razonables que sean pueden encontrar nuevas respuestas, sentidos y esperanzas con la mirada del evangelio, desde la presencia misericordiosa de Dios.

Esta presencia encarnada de Dios recibe el nombre de Emmanuel: Dios-con-nosotros. Expresión que encontramos tanto al inicio como al final del evangelio de Mateo, ahora en boca de Jesús: “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Por ello, toda la vida de Jesús, su palabra, su mensaje y actividad, desde el principio al final del evangelio es la manifestación encarnada de Dios con nosotros. Es el rostro misericordioso del Padre. Es la manifestación delamor ardiente del Señor(como nos dice Isaías en la misa de medianoche del día de Navidad, Is 9,6) que dará vida a una sociedad en la que habrá justicia, paz, alegría, esperanza de vivir. Ya brilla la luz verdadera escucharemos decir en la primera carta de Juan el día 29 de diciembre (1Jn 2,8).


 Lorenzo DE SANTOS MARTÍN

Les enseñaba con autoridad


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1, 21-28
En la ciudadde Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
-« ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó:
-«Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
-«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen.»
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Palabra del Señor.

lunes, 11 de enero de 2016

INICIAR LA REACCIÓN

El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los “bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia es hoy “la mediocridad espiritual”. La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

Estos últimos años ha ido creciendo la desconfianza en la fuerza del Espíritu, y el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los “signos de los tiempos”.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos creyentes.

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categoría premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pustra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son “espíritu y vida”.

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Qué importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán viveblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nueo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.


A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.
José Antonio Pagola

«LOS MISTERIOS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR»

Nos refiere el texto evangélico que el Señor acudió al Jordán para bautizarse y que allí mismo quiso verse consagrado con los misterios celestiales. [...] No faltará quien diga: ¿Por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua.

Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego tras él con confianza.

Así es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas les dejaban paso.

Pero todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el baño de la fe.

De los sermones de san Máximo de Turín, obispo

La voz de Cristo que cambia los corazones

Año tras año, siglo tras siglo, hombres y mujeres caminan. Unos nacen, otros mueren. La vida tiene un ritmo que no puede detenerse.
Se suceden momentos de alegría y otros de tristeza. Pero solo tienen sentido aquellos momentos y acciones en los que se acoge el amor y se ama.
Si comprendemos esto, llegamos a captar el misterio de la existencia humana. No parece fácil, porque frecuentemente nos ahogan asuntos inmediatos, voces que aturden, cansancios asfixiantes y tentaciones de dentro o de fuera.
Una mirada al horizonte puede desvelar el misterio de la meta. Más allá de la muerte Dios nos espera. Más acá, estamos en el tiempo de la misericordia.
Ese fue el sentido de la Encarnación del Hijo. Vino para hacer la Voluntad del Padre, que coincidía con la salvación de los hombres.
La voz de Cristo provocó un terremoto espiritual en tierras de Palestina durante pocos años del primer siglo de nuestra era. Esa voz sigue viva también hoy, resuena en millones de corazones.
¿Escuchamos lo que dice el Maestro? ¿Abrimos el corazón al don de misericordia que brota de la Cruz en el Calvario? ¿Comprendemos el milagro de la victoria definitiva sobre la muerte que se produjo la mañana de la Pascua?
Los hechos se suceden. Noticias que alegran o que inquietan. Preocupaciones por la familia, por los amigos, por la salud, por el trabajo. Leyes y gobiernos que van contra los principios básicos de la justicia y del respeto a la vida.
La voz de Jesús el Nazareno atraviesa los siglos y llega hasta nuestro tiempo. Esa voz, acogida gracias a la fe, cambia corazones y enciende esperanzas. Trae misericordia y sostiene a los que trabajan por la paz, la justicia y la verdad.
El cielo está más cerca de lo que imaginamos. En cada misa asistimos nuevamente al culmen de la Redención, nos unimos a quien reina, triunfante, en los cielos.
"Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz..." (Rm 13,11‑12)
P.Fernando Pascual


"Rezaré para que la sociedad en Cataluña pueda avanzar en comunión, derechos humanos y respeto"

Omella felicita al nuevo presidente de la Generalitat y asegura que "la Iglesia no entra a juzgar los procesos políticos"
El nuevo arzobispo de Barcelona, dispuesto a "ayudar a la sociedad y también a los políticos"
El nuevo arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, ha asegurado este domingo que está "contento" de que se haya encontrado una solución para la investidura del inminente presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y ha explicado que orará para que la sociedad de Cataluña pueda avanzar.
En unas declaraciones al canal 24 horas de TV3, Omella ha asegurado: "Rezaré para que todo esto pueda ir bien y la sociedad de Cataluña pueda avanzar en comunión, derechos humanos y respeto a los mas pobres".
"Los políticos tienen su reflexión y su trabajo", ha dicho el arzobispo, que ha añadido que es él "un pastor de la iglesia" y su trabajo es "ayudar a la sociedad y también a los políticos".
Al ser preguntado sobre si, como arzobispo, legitimaba la hoja de ruta independentista, ha contestado que "la iglesia no entra a hacer un juicio político", aunque lo respeta, y les anima a que sigan.
Ha remarcado: "Rezaré para que todo vaya bien por el bien de Cataluña y de la gente que trabaja y vive en esta tierra que encuentro fantástica", y donde ha afirmado que ya se empieza a sentir un poco catalán entre los catalanes.
Omella ha asegurado que respeta la hoja de ruta de Cataluña, pero ha afirmado que "la Iglesia no entra a juzgar" los procesos políticos, y ha deseado que la sociedad de Cataluña pueda avanzar en comunión, en derechos humanos y en respeto de los más pobres, entre otros.
 Por otra parte, ha considerado que entre los dirigentes políticos la prioridad debería ser un pacto social para hacer el "bien común", y así las cosas irían mejor, ha dicho.
Omella, que también es presidente de la Comisión Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española, ha dicho que cuando unos quieren imponer su proyecto social deben pensar que "hay otros que quieren otra cosa".
"Somos todos un poco dictadores", ha valorado Omella, que ha alertado de que todos los políticos hablan de pacto pero no dan el brazo a torcer al querer imponer sus posiciones, y en cambio, según él, deberían ceder más.

Para sus tareas como arzobispo ha dicho que procurará mantener "la boca cerrada y las manos abiertas" para ayudar y andar junto a la gente.

Convertíos y creed en el Evangelio


Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
-«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, qechando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
-«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
Palabra del Señor.

domingo, 10 de enero de 2016

Festejar nuestro Bautismo con el compromiso de vivir como cristianos, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo después de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús, y hacemos memoria grata de nuestro Bautismo. En este contexto, esta mañana bauticé a 26 neonatos: ¡recemos por ellos!

El Evangelio nos presenta a Jesús, en las aguas del río Jordán, al centro de una maravillosa revelación divina. Escribe San Lucas: “Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. (Lc 3,21-22). De este modo Jesús es consagrado y manifestado por el Padre como Mesías salvador y liberador.

En este evento – testificado por los cuatro Evangelios – tuvo lugar el pasaje del bautismo de Juan Bautista -basado en el símbolo del agua- al Bautismo de Jesús “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Lc 3,16). De hecho, el Espíritu Santo en el Bautismo cristiano es el artífice principal: es Él que quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él que nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz. Esto es el reino de la luz. ¡Pensemos a qué dignidad nos eleva el Bautismo! “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos” (1Jn 3,1), y lo somos realmente, exclama el apóstol Juan. Tal estupenda realidad de ser hijos de Dios comporta la responsabilidad de seguir a Jesús, el Siervo obediente, y reproducir en nosotros mismos sus rasgos: mansedumbre, humildad, ternura. Y esto no es fácil, especialmente si entorno a nosotros hay tanta intolerancia, soberbia, dureza. ¡Pero con la fuerza que nos llega del Espíritu Santo es posible!

El Espíritu Santo, recibido por primera vez el día de nuestro Bautismo, nos abre el corazón a la Verdad, a toda la Verdad. El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero alegre de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos. El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos invade con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. No olvidemos que el Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo recibe, reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual.

Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, pensemos en el nuestro, en el día del nuestro Bautismo; todos nosotros hemos sido bautizados, agradezcamos por este don. Y les hago una pregunta, ¿quién de ustedes conoce la fecha de su Bautismo? Seguramente no todos, por eso, les invito a ir a buscar la fecha preguntando por ejemplo a sus padres, a sus abuelos, a sus padrinos, o yendo a la parroquia. Es muy importante conocerla porque es una fecha para festejar: es una fecha de nuestro renacimiento como hijos de Dios, por esto, tarea para casa para esta semana: ir a buscar la fecha de mi bautismo. Festejar aquel día significa reafirmar nuestra adhesión a Jesús, con el compromiso de vivir como cristianos, miembros de la Iglesia y de una humanidad nueva, en la cual todos somos hermanos.

La Virgen María, primera discípula de su Hijo Jesús, nos ayude a vivir con alegría y fervor apostólico nuestro Bautismo, recibiendo cada día el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)

“La fe es la mejor herencia que se puede dejar a los hijos”. El Papa en la misa por el Bautismo del Señor

“Queridos niños con alegría la Iglesia os da la bienvenida”. El Papa Francisco celebró la Santa Misa el segundo domingo del 2016, fiesta del Bautismo del Señor, en la capilla Sixtina, donde también administró el sacramento del Bautismo a 26 niños, quienes estaban acompañados de sus padres y padrinos.
En un ambiente de ternura y mucha emoción, con algún llanto de los bebés de fondo, el Papa Francisco preguntó a los padres qué nombre dan a los niños, y qué quieren para sus hijos, a lo que los familiares contestaron “la fe”. El Papa les recordó que pidiendo el bautizo de sus hijos se comprometen a educarles en la fe, en la observación de los mandamientos, con el fin de amar a Dios y al prójimo como Cristo nos enseñó.
El Santo Padre explicó que la fe es la mejor herencia que los padres pueden dejar, “la fe va transmitida de generación en generación como una cadena”, y añadió que estos niños en un futuro ocuparán el lugar de padres con sus hijos y quedará “la fe que da el bautismo y que lleva el Espíritu Santo en el alma de la vida de estos hijos vuestros”.
Esta tradición de que los niños sean bautizados por el Pontífice, la instauró San Juan Pablo II y la siguió Benedicto XVI, quien como dijo en la homilía del domingo 11 de enero de 2009, “con este sacramento el recién bautizado se convierte en hijo adoptivo de Dios, objeto de su amor infinito que lo tutela y defiende de las fuerzas oscuras del maligno, es preciso enseñarle a reconocer a Dios como su Padre y a relacionarse con él con actitud de hijo”.
Palabras del Papa Francisco en la homilía:
Cuarenta días después del nacimiento, Jesús fue llevado al templo. María y José lo llevaron para presentárselo a Dios. Hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, ustedes padres llevan a sus hijos para recibir el Bautismo, para recibir eso que han pedido al inicio cuando yo les he hecho la primera pregunta: la fe. “Yo quiero para mi hijo la fe”. Y así la fe se transmite de una generación a otra, como una cadena a largo tiempo.
Estos niños, estas niñas, pasados los años, ocuparán su lugar con otros hijos –sus nietos- y pedirán los mismo: la fe; la fe que nos da el Bautismo; la fe que lleva el Espíritu Santo hoy en el corazón, en el alma, en la vida de estos hijos, suyos. Ustedes han pedido la fe. La Iglesia cuando les dará la vela encendida, les pedirá custodiar la fe en estos niños. Y al final no olviden que la herencia más grande que ustedes pueden dar a sus hijos es la fe, busquen que no se pierda, háganla crecer y dejarla como herencia.
Les deseo este día, a ustedes, que es un día alegre para ustedes: les deseo que sean capaces de hacer crecer a estos niños en la fe, y que la herencia más grande que ellos recibirán de ustedes sea justamente la fe.  
Y les digo solo, cuando un niño llora porque tiene hambre, a las mamás las digo: “Si tu niño tiene hambre, dale de comer aquí con toda libertad”.
Hermanos y hermanas elevemos al Padre, origen de fuente de la vida, nuestra súplica por estos niños, llamados a la adopción filial en Cristo Jesús, por sus padres, los padrinos y las madrinas y por todos los bautizados. 
(MZ-RV)

EL HIJO AMADO.

Sin duda que la fiesta del Bautismo del Señor se encuadra en el tiempo de la Epifanía, por ser un relato en el que se nos manifiesta la identidad de Aquel que, esperando en la fila de los pecadores para recibir el bautismo de Juan, sin embargo es, en verdad, el Hijo amado de Dios: “Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: -«Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».” Ya desde antiguo, según el profeta Isaías, se anunció la presencia del Mesías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero” (Is).
En ambos textos, destacan la predilección y el amor de Dios por quien aparece como Siervo suyo, Cordero de Dios, Hijo amado. Esta distinción señala sin duda, a quien de manera exclusiva nos revela la identidad divina, -“Jesucristo es la manifestación del rostro misericordioso de Dios”-. Sin embargo por pura gracia, el ser humano recibe en el Hijo amado, la dignidad de ser también, en Él, amado de Dios.
San Pablo nos llega a decir: “Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión…” (Col 3, 12). En esta experiencia, el creyente encuentra la razón para su entrega, como aconteció en los tiempos de Juan el Bautista. “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo” (Hch).

El bautismo es el sacramento que nos introduce en la corriente del amor de Dios. Gracias al bautismo, somos hijos de Dios, por adopción, y no es pretencioso sentirnos amados por Él.
Cuando uno siente que le ama otra persona, se mueve a reciprocidad. Quizá hemos reducido el bautismo a un rito, más que a una acogida del ofrecimiento que nos hace Jesucristo de unirnos a Él, de hacernos miembros de su familia, y así poder invocar a Dios como Él lo hizo: “Padre”, entrar en comunión con los méritos de todos los santos, convertirnos en piedras vivas de la Iglesia, poder celebrar la certeza de estar habitados por el Espíritu divino, y de alimentarnos con el Pan de la Eucaristía y la Copa de Salvación.
Una posibilidad actual de reavivar el bautismo es celebrar la misericordia del Señor. Precisamente, este Año de la Misericordia, el papa Francisco ha abierto las puertas del perdón, de los tesoros de gracia acumulados en la Iglesia por los méritos de Jesucristo y de todos los santos.
Tenemos la posibilidad de renacer por el agua y el Espíritu, por la entrañable misericordia de nuestro Dios. No dejes pasar la oportunidad de la gracia.

 Ángel Moreno de Buenafuente