sábado, 4 de abril de 2015

Algunos de los fragmentos del Vía Crucis


Acabo de celebrar la Pascua con mis discípulos. Era algo que había deseado ardientemente: la última Pascua, antes de la pasión, antes de volver a ti. Pero, de pronto, se ha visto alterada. El diablo había metido en la cabeza de un discípulo mío que me traicionara. En el huerto de Getsemaní ha venido hacia mí. Con un gesto que es expresión de amor, me ha saludado diciéndome: «Salve, Maestro». Y me ha besado. ¡Qué amargura en aquel momento!

Durante la cena, te he suplicado, Padre, que guardes a mis discípulos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros.

Me rodean los soldados del gobernador. Para ellos, ya no soy una persona, sino un objeto. Quieren divertirse conmigo, burlarse de mí. Por eso me visten de rey. Han preparado incluso una corona, pero de espinas. Me golpean en la cabeza con una caña. Me escupen. Me sacan afuera.

Me tambaleo al dar los primeros pasos hacia el Calvario. He perdido ya mucha sangre. Me resulta difícil sostener el peso del madero que he de llevar. Y caigo a tierra.


Mi Madre está entre la gente. Mi corazón late con fuerza. No consigo verla bien. La sangre me cubre la cara.

Oigo gritos a mi alrededor. Toman a la fuerza a un campesino que pasaba por allí, seguramente por casualidad. Sin muchas explicaciones, lo obligan a llevar mi peso. Me siento aliviado. Le mandan que vaya detrás de mí. Iremos juntos hasta el lugar de mi suplicio... Sin embargo, ahora este hombre carga incluso con la mía. Quizás ni siquiera sabe quién soy, pero igualmente me ayuda y me sigue.

Entre la multitud hay muchas mujeres. Su delicadeza impulsa a una de ellas a acercarse para secarme el rostro. Este gesto me hace recordar otros encuentros.

No es sólo cansancio físico. Es algo más profundo lo que me pasa. Ayer tarde estuve un buen rato postrado en oración al Padre. Mi sudor era como gotas de sangre. Estaba ya en agonía. Estoy viviendo la experiencia extrema y difícil de todo ser humano que se acerca a la muerte. Gracias, Padre, por haberme enviado en ese momento un ángel del cielo a consolarme.

Hace pocos días que llegué a Jerusalén. Una comitiva de discípulos me acogió haciendo fiesta con regocijo. Incluso me aclamaban diciendo: «Bendito el que viene en el nombre del Señor»... Ahora que voy exhausto al Gólgota, oigo voces de mujeres que se lloran por mí y se dan golpes de pecho.

Mi camino terreno llega a su fin. Cuando nací, mi madre me puso en un pesebre. He pasado casi toda mi vida en Nazaret. He formado parte de la historia del pueblo elegido.


Muchos escucharon mi palabra y me siguieron, convirtiéndose en discípulos míos; otros no me comprendieron. Algunos me rechazaron y, al final, me condenaron. Pero, en este momento, más que nunca, me siento llamado a revelar el amor de Dios por los hombres.

Me quedo en silencio. Me siento humillado por un gesto aparentemente banal. Hace horas que me quitaron la ropa. Pienso en mi Madre, aquí presente. Mi humillación es también la suya. También de esta manera una espada traspasó su alma. A ella le debía la túnica que me arrebataron. Era un símbolo de su amor por mí.

Me están taladrando los pies y las manos. Los brazos estirados... Miro a los que me crucifican. Pienso en los que se lo han mandado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Jesús dijo a voz en grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Después, dirigiéndose a su Madre, dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; y al discípulo Juan: «Ahí tienes a tu madre».

viernes, 3 de abril de 2015

El Papa presidió un emotivo y plástico Via Crucis nocturno desde el Palatino

El Coliseo acogió esta noche a los perseguidos hoy: en Siria, Irak, Egipto, Nigeria o China

Via Crucis en el Coliseo romano. Hace dos mil años, muchos fueron pasados a los leones a causa de su fe. Hoy, en esos mismos adoquinos, portaron la Cruz seguidores de Jesús provenientes de Siria, Nigeria, Egipto, Irak o China. Perseguidos hasta la huida, como los inocentes en tiempos del Nazareno, o hasta la muerte, como el propio Cristo.
A todos ellos quiso rendir homenaje la misma Iglesia sufriente y, como un símbolo profético, el Papa Francisco, quien denunció cómo "vemos a nuestros hermanos perseguidos, decapitados, crucificados, por su fe en ti. Bajo nuestros ojos y con nuestro silencio cómplice".
El Vía Crucis romano es, seguramente, la ceremonia más bella desde el punto de vista plástico de las que se celebran en la Semana Santa del Vaticano. Desde la columna del Palatino, en cuyas ruinas se reflejaban, una a una, las catorce estaciones, Francisco asistió, en silencio, profundamente concentrado. Los sufrimientos de Cristo son los nuestros, los que el Dios que se hizo hombre asume muriendo como el más pobre de todos los seres humanos.
El maltrato, la violencia, la pena de muerte, el papel de las minorías, la humillación, el abandono, la violencia contra los menores... fueron algunos de los temas del Via Crucis. Al término de las catorce estaciones, Bergoglio ncidió en el Via Crucis como la "síntesis" de la vida de Jesús y la realización de su amor. "Es la prueba de tu misión, el cumplimiento de la Revelación y de las promesas. El peso de tu cruz nos libera de nuestras cargas, de tu obediencia al Padre nos damos cuenta de nuestra rebelión y desobediencia".
"Tú has sido vendido, crucificado por tu gente", prosiguió el Papa. "En tu inocencia, corazón inmaculado, vemos nuestra culpa. En tu rostro abofeteado, escupido, vemos la brutalidad de nuestros pecados". En la crueldad de la Pasión de Jesús "vemos la crueldad de nuestro corazón y nuestras acciones. En el sentirte abandonado, vemos a todos los abandonados por sus familias, por la sociedad"
"En tu cuerpo sacrificado, destruido, vemos el cuerpo de nuestros hermanos abandonados en las calles, desfigurados por nuestra negligencia y por nuestra indiferencia. En tu sed, Señor, vemos la sed del padre misericordioso, que ha querido salvar y perdonar a la Humanidad", prosiguió el Pontífice, pidió imprimir en el corazón de los creyentes "sentimientos de fe, esperanza y caridad", y que el dolor por la Pasión y la Muerte se transforme en "conversión de obras, para no olvidar jamás el inmenso precio que has pagado para liberarnos".
"Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe. Que no acabe la fe ante las tentaciones y reviva en nosotros la esperanza", añadió Bergoglio. "Que no nos dejemos engañar por la corrupción y la mundanidad. Enséñanos que la cruz lleva a la Resurrección, enséñanos que el Viernes Santo camina hacia la pascua y la luz".
"Enséñanos que Dios nunca olvida a ninguno de sus hijos, que no se cansa nunca de perdonar y de abrazarnos con su infinita misericordia. Enséñanos a no cansarnos jamás en conceder el perdón y creer en la misericordia sin límites", concluyó el Papa, antes de invitar a los presentes a descansar y meditar en esta noche en que el Via Crucis romano volvió a convertirse en un lugar de dolor, pero también de recuerdo. Y de esperanza. De la Pasión, a la muerte. De ésta a la Resurrección. Acaba el Viernes Santo, comienza la confianza en la luz, en el sepulcro vacío. En el Dios que llega.
 Los textos de las meditaciones de este año fueron escritas por el obispo emérito italiano, monseñor Renato Corti de 79 años.
Durante las catorce estaciones del Vía Crucis se reza por aquellos que padecen diferentes sufrimientos, entre ellos, las víctimas de persecuciones religiosas o a causa de la justicia, las familias en dificultad y la explotación de menores. También se proponen los sentimientos y pensamientos de Jesús durante su pasión.
 (Jesús Bastante).-Religión digital

CONTEMPLACIÓN ANTE LA CRUZ DE CRISTO

No comprendo, Señor, tu Cruz, y la mía me duele demasiado como para entretenerme en ella complacido. Pero ante ti crucificado no puedo entregarme a discursos mentales, y decido adorarte, rindo mi pensamiento, agradecido y sin sentir humillación.
Ante tu Cruz, como ante la cruz de quienes sufren de muchas maneras, no sirve la evasión ni la ideología sobre el mal o sobre la posible injusticia que lo provoca. Me envuelve el silencio, me sobrecoge el dolor, hasta siento que me paralizo, un tanto escandalizado, porque vivo con recursos abundantes, lejos de quienes no tienen más que la enfermedad, la pobreza y la marginación.
Tú me enseñas a compadecer, más que escandalizarme de mí mismo o a justificarme en mi suerte.
Señor Jesucristo, el arte te ha representado de muchas formas crucificado, queriendo expresar lo inabarcable de tu amor. Hay quienes te imaginan y presentan con la belleza de un cuerpo perfecto, coronado como rey; otros, en cambio, te muestran deshecho, maltratado, sangrante. Es muy difícil plasmar cuanto quieres decirnos con el signo más elocuente del amor, que es dar la vida.
Prefiero, dentro de la admiración que me produce toda iconografía de tu cuerpo entregado, y la contemplación de las formas estéticas, atravesar la puerta de tu costado e introducirme en lo más hondo del misterio, que no sé describir, pero sé que es tu amor el que me abraza y responde a toda mi necesidad de relación.
Jesucristo, sé que no vale mirarte a ti, por dramática que sea la representación, y rehuír la mirada ante los que sufren. La contemplación de tu Cruz me ayuda a la hora de seguirte con la mía, y de prestar mis manos en socorro del peso que otros llevan.
Tienes razón al decir que quien desee ser discípulo tuyo que tome su cruz y te siga. He comprendido que Tú acompañas a cada uno, que no vamos solos por el camino del seguimiento, que Tú nos precedes, haces de guía y nos estimulas al mostrarnos la posibilidad de avanzar por el camino de la entrega.
Tú nos acompañas con la cruz a cuestas, y nos invitas a ir detrás de ti sin refugiarnos en nuestro dolor, ni evadirnos de ayudar en lo posible a quienes soportan una carga mayor sobre sus hombros.
He comprendido que tanto ante la Cruz como ante ti en ella, solo es posible detenerse de manera positiva si se mantiene una relación íntima contigo. Ante tu cuerpo desnudo en la Cruz no sirve la estética, sino solo el silencio, la adoración, el sobrecogimiento.
Solo en la intimidad cabe besarte, amarte sin pudor, y sentir en tu entrega el mejor gesto, la palabra cumplida, la ternura sin dominio.
Cómo acompaña en la intimidad saberme en tu Cruz, y comprender que por ella, has hecho de la mía título de amor y profecía de bendición.
Tu adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste el mundo.

Angel Moreno de Buenafuente

Viernes Santo. Cuando amar es morir en Cruz.

«No os pido ahora que penséis en El … no os pido más de que le miréis».
Teresa de Jesús, C 26, 3
Sus palabras y sus gestos de misericordia con los pobres y pecadores, llevaron a Jesús a enfrentarse con los poderosos, que no dudaron en quitarlo de en medio. Escandalizó por su cercanía a la mujer, a los leprosos, a los niños. Conmocionó a los dirigentes del pueblo anunciando a un Dios que no busca ser servido, sino que se goza en servir, un Dios que no necesita nuestros sacrificios rituales, ni pide otra ofrenda que la de la propia vida, entregada gratuitamente y sin descanso, a los demás…
Contemplo ahora su cuerpo muerto, machacado, y dejo que su inerte blancura me revele silenciosamente su secreto. Todo Él me habla de un amor incomprensible. Amor que disculpa siempre, se fía siempre, aguanta siempre, espera siempre. Un amor, el suyo, que no se antepone jamás a sí mismo, sino que se alegra con el gozo del otro, que prefiere el bien y la vida del otro a su propio bien, a su misma vida. Un amor que no disminuye aunque no encuentre eco ni respuesta en el otro, sino que, por el contrario, esa misma indiferencia le lleva a incrementar el fuego con el que ama, ansiando que prenda en la frialdad que le rodea.
Su morir es una escuela de amor.
Porque cuando AMO, muero.
Muero a mi egoísmo, para que tú poseas.
Muero a mi comodidad, para que tú descanses
Muero a mis gustos, para que tú goces.
Muero a mi seguridad, y me arriesgo por ti.
Muero a mi prestigio, y me rebajo por ti.
Muero a mi autosuficiencia, y cuento contigo
Muero a mi aislamiento, y me comunico contigo.
Muero a mis prisas, y me adapto a tu ritmo.
Muero a mi protagonismo,  para que destaques tú.
Jesús muere por amor y fidelidad a Dios. Un Dios que no se cansa de dar, de darse, de entregar su ser y su Vida a sus criaturas, para que crezcan en dignidad y alegría.
A este hombre, lo matamos. El mundo no soportó su misericordia.
Él, Palabra salida del corazón de Dios, ha sido arrancado de la tierra de los vivos y el mundo se sumerge ahora en un escalofriante silencio.
Su boca había pronunciado las palabras más hermosas que jamás se han escuchado en esta tierra: Bendecid a los que os persiguendichosos los pobresvenid a mí los que estáis cansados…Ahora, la muerte, sella sus labios irremediablemente.

Las últimas horas de Jesús son también para Él una experiencia de silencio. Silencio por parte de los suyos, que evitan incluso admitir que le conocen. Silencio por parte de tantos que en otro momento lo aclamaron, y ahora lo dejan solo. Silencio por parte del mismo Padre Dios… ¿No le había dicho un día: Tú eres mi Hijo, amado, en quien me complazco? Y sin embargo, en ese instante parece que lo abandona en manos de la crueldad humana, y en soledad, ha de enfrentarse a la tortura, a la muerte.
Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es el grito desgarrador de Jesús en la cruz, cuando hasta la fe parece tambalearse.  Y su voz se pierde en el silencio de la tarde.

Jesús salta en el vacío, y cree contra toda evidencia que el mal que le atenaza no forma parte del plan de su Padre, que no puede hacer nada para evitarlo…
Creer en un Dios impotente es la única forma de ser creyente de verdad.
Un Dios que no puede actuar en la historia, si no es desde el interior del ser humano, a través su Espíritu, presente en cada corazón que escucha y sigue su voz, tenue como la brisa.
Un Dios que no interviene milagrosamente para anular la libertad humana. Porque matar la libertad es matar para siempre el amor…destruir su propia obra.
Dios calla, sufre y muere en su Hijo.  Dios, en Jesús, está siendo la única condición de posibilidad de su vivir amorosamente, de su morir indefensamente.
El centurión, que estaba enfrente de él, al contemplar la manera en que había muerto, dijo: -Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,39).
Porque Dios es presencia amorosa en el Hijo, puede Jesús dar el paso valientemente hacia la muerte, en plenitud de vida y de sendero.
Acompaña así todos los dolores, todos los sufrimientos, todas las muertes injustas de la historia. Como solo se puede acompañar el dolor, callando, abrazando con la mirada, impulsando la entrega y el perdón. Por eso, la muerte en cruz de Jesús nos libera de la imagen de un falso Dios omnipotente, exterior al ser humano, que moviera los hilos de la historia a su antojo.
El Padre nos muestra sus entrañas de misericordia, su capacidad de servir y perdonar a través de la vida y de la muerte de Jesús de Nazaret.
Después, se puede afirmar que Dios “ha quedado como mudo y no tiene más que hablar” (Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II22, 4).
 Fuente: PARA VOS NACÍ

HORA SANTA DE JUEVES SANTO. LA AGONÍA DE JESÚS

Escuchamos la Palabra  ( Marcos 14, 32-36)

Fueron a una finca, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar». Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí velando». Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo: «¡Abbá! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

Sentimientos de Jesús

La fatiga no es sólo física. Es algo mucho más profundo. Aquí estoy, postrado en tierra, orando al Padre. Mi sudor es similar a gotas de sangre. Estoy entrando en la agonía. Estoy compartiendo la experiencia suprema y difícil de todo ser humano próximo a la muerte.

Se acerca la hora de la tiniebla y del silencio. Y sientes, Jesús, el vacío desgarrador, la hondura de la angustia, no existe más que el abandono lacerante: tus amigos están dormidos, la traición se acerca. Y hay una soledad más trágica: hasta tu Padre parece abandonarte. Y en el silencio de Dios, la tremenda soledad de tu corazón se convierte en súplica desgarrada y ardiente: " Padre, tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz." Pero esta plegaria de lamento y abandono, es también oración de aceptación y esperanza: "Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres."

jueves, 2 de abril de 2015

JUEVES SANTO.



 La compasión solidaria de Jesús se hace gesto y signo sacramental en la Eucaristía. La Eucaristía es la máxima expresión del “darse” de Cristo y de su gratuidad incondicional. Por eso como ha dicho el papa Francisco “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles (EG 47).Si en la Pascua judía el signo de la acción liberadora de Dios es la sangre y el sacrificio, en la Última Cena lo es el cuerpo partido y repartido de Jesús, accesible a todos como alimento básico para la vida del mundo. Del mismo modo la Eucaristía no es algo “accidental” en la existencia de Jesús, sino que fue gestándose a lo largo de toda su vida y conduciéndole hacia la entrega total en sus palabras, en sus gestos y encuentros con la gente, especialmente con la más herida y vulnerada.

            En el contexto cultural contemporáneo a Jesús el imaginario del banquete mesiánico (Is 25, 6-10) como el gran signo de la irrupción de la novedad de Dios en la historia tenía mucha fuerza entre los creyentes judíos. Por eso Jesús desde la experiencia inclusiva del amor compasivo del Abba, lo va a historizar y radicalizar tanto con sus parábolas (Mt 22,4) como con sus hechos: practicando una comensalidad abierta (Lc 15,2). Sus comidas con pecadores, publicanos y prostitutas inauguran un nuevo orden cuyo centro es el amor y la compasión más que la ley y las tradiciones excluyentes. Esta práctica de Jesús sitúa en condiciones de igualdad a todos los seres humanos en su accesibilidad Dios y a los bienes de la tierra. Por eso algunos teólogos y teólogas afirman a Jesús le mataron por su  forma de compartir la mesa  y por con quienes eligió hacerlo.

Las comidas de Jesús quiebran la imagen de un Dios sólo para selectos y revelan aun Dios cuyo ser y hacer es misericordia en acción, compasión solidaria, cercanía e identificación con los y las excluidas. Pero la Ultima Cena de Jesús  no es tampoco una de tantas comidas de Jesús, sino que tiene un carácter de “memorial” de “testamento”. Jesús es consciente que en torno a él se va cerrando un cerco y busca la intimidad con sus discípulos para compartirles los secretos de su corazón y para ratificar su deseo de entrega, de seguir adelante en la misión que el Abba le ha encomendado. Por eso La Última Cena es un compendio de lo que ha sido la vida de Jesús. Su originalidad radica también en que Jesús es el “anfitrión” y se presenta a la vez como “el que sirve”, algo absolutamente inusual en la mentalidad judía donde quienes servían en las comidas eran las mujeres, y los esclavos. Al hacerlo Jesús ocupa su lugar.

Este mismo sentido es el que expresa el texto del Lavatorio. El  testamento que Jesús nos deja a sus seguidores y seguidoras es el servicio. Este Jesús “agachado”, con jofaina y toalla en mano, rompe la dialéctica del amo y del esclavo y nos revela a un Dios identificado con los últimos, sirviendo desde abajo e inaugurando desde ese lugar la horizontalidad del Reino, la gran fiesta de la fraternidad humana. Celebrar la Eucaristía, comulgar a Cristo es identificarnos con su persona y su proyecto como servidores y servidoras de la fraternidad humana.“Haced esto en memoria mía”, es seguir actualizando la existencia al modo de Jesús. La Eucaristía no es un rito sino una  dinámica existencial. Comer a Jesús es actualizar su memoria transformadora en nuestro mundo, por eso nunca es un tranquilizante, sino más bien un riesgo.


¿A qué riesgos nos invitan hoy nuestras Eucaristías?

Artículo escrito por Pepa Torres en REVISTA HOMILÉTICA 2015

El lavatorio de los pies

"Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía"(Jn).

Este es el contraste: la libertad que no quiere amar y la libertad que se da sin tasa. La conciencia que Cristo tiene de su misión es total. Él sabe su origen como Hijo engendrado eternamente por el Padre e Hijo de los hombres, cabeza de toda la humanidad, y sabe que su camino de vuelta al Padre pasa por medio del dolor y del amor, del servicio como Siervo doliente que ama consiguiendo el perdón.
El ambiente es religioso y solemne. Todos miran a Jesús que hace un signo sorprendente: lavar los pies de los discípulos.

Jesús "se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido"(Jn). Momentos antes los discípulos discutían "sobre cuál era el mayor"; no parece una discusión para situarse más arriba unos que otros, sino para estar más cerca del Maestro. Le querían mucho y le conocían bien. Se daban cuenta de que quería decirles muchas cosas y también de que era muy sensible a su cariño. Con el trato, el respeto había aumentado, pero también el amor. Quieren estar cerca del Señor y se establece una rivalidad amistosa.

Por fin se sientan y se acomodan más o menos a gusto. Y entonces Jesús les muestra el mejor modo de querer. El orden de la caridad va a ser muy distinto del modo anterior. Jesús ama sirviendo; y, sirve como lo hace un esclavo a sus señores. La sorpresa debió ser grande, y es precisamente Pedro quien manifiesta el estupor general. Su temperamento y su amor apasionado a Jesús aparecen de nuevo: "Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?"(Jn). Pedro comprende de manera particular lo profundo de la humillación del Señor, y se rebela, no la acepta. Pedro percibe la distancia entre un pecador como él y Jesús. Por eso le cuesta comprender que Jesús se humille tanto.

Es evidente que Jesús quiere revelar el valor de la humildad, del servicio y la necesidad de la purificación para acceder a la Eucaristía. Pero no se trata de una lección más de las muchas que han recibido; se trata de una nueva revelación de la intimidad de Dios. Quiere manifestarse como el Siervo de Yavé que purifica los pecados de todos por la vía del dolor, como dice Isaías. Pedro sabe que Dios es Amor, pero ver de rodillas el amor humilde de Dios, le parece demasiado. Pedro ama a Jesús y sabe que el Señor también le ama, pero es consciente de la distancia entre ambos. Tanto el amor de Pedro como el de Jesús son entrega, pensar en el otro, querer el bien del otro, pero en Jesús,“el mayor sirve al menor”, hasta el extremo de que Dios sirve al hombre, incluso al hombre sucio por el pecado, es decir, al hombre que no le ama. Esa es la diferencia y a Pedro le cuesta aceptarla; se resiste.

La resistencia de Pedro es significativa. A una mirada superficial puede parecer un inconstante, pues pasa de una afirmación tajante a la contraria en un abrir y cerrar de ojos, pero no es así. "Respondió Jesús: lo que yo hago no lo entiendes tú ahora, lo comprenderás después. Le dice Pedro: No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Simón Pedro le replicó: Señor, no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza"(Jn). El Maestro conoce bien a su discípulo, y le convence con el argumento que más hondo le puede llegar: o conmigo o contra mí. Pedro no puede soportar estar alejado del Señor. Su queja y su rebeldía manifiestan un amor muy grande, pero imperfecto. Es un amor que le oscurece la mirada, no comprende la grandeza de aquella humillación, ni el significado de aquel servicio. Jesús le disculpa "lo comprenderás después". Lo comprenderá cuando tenga que amar a otros inferiores a él. Sabrá algo del amor divino cuando realmente llegue a amar a otros, menos santos, con menos prestigio o menos autoridad, aprenderá a servir sin ningún ademán de desprecio. Es más, llegará a amar a los que le desprecien, porque su amor será de un nivel divino. Pero ahora todavía su amor es muy humano; no es el amor de un verdadero santo, de un hombre de Dios.

Jesús le había dicho "el que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, pues todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos"(Jn). Y aquel "no todos" se clava como una flecha en su alma: ¿de quién habla?

Jesús realizó la ceremonia del lavatorio con detenimiento. Los purifica uno a uno en medio de un silencio tenso. Todos se dejan lavar mientras se examinan.

Y por fin Jesús explica con palabras el significado del signo: "Después de lavarles los pies tomó el manto, se puso de nuevo a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también os debéis lavar los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que así hagáis vosotros. en verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que el que le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados"(Jn).

Es la última bienaventuranza antes de la Pasión, y como un compendio de las muchas que fue diciendo a lo largo de su vida pública, además de las ocho del Sermón del Monte: Bienaventurado el que sirve porque sabe amar como Dios ama.

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

"Dios ama a cada uno de nosotros, sin límites", el Papa visita cárcel romana

 La tarde de este Jueves Santo el Papa dejó el Vaticano para dirigirse a la cárcel romana de Rebibbia donde se encontró con los allí detenidos. En la adyacente iglesia “Padre Nuestro”, el Obispo de Roma celebró la Misa “in Coena Domini” durante la cual lavó los pies a algunos encarcelados y encarceladas del cercano centro penitenciario femenino.
El Papa Francisco en su homilía recordó que Jesús nos ama sin límites. “El amor de Jesús siempre es más, siempre es más, no se cansa de amar a ninguno. Ama a todos nosotros, hasta el punto de dar la vida por nosotros”. E insiste: “a cada uno, con nombres y apellidos”, “y no defrauda jamás, porque no se cansa de amar, no se cansa de perdonar, no se cansa de abrazarnos”, agregó.
Antes de empezar con el rito del lavatorio de los pies, el Papa explicó a los presentes cuál es su origen, y recordó que antiguamente la gente cuando llegaba a una casa tenía los pies sucios del polvo del camino, ya que antes las calles no estaban adoquinadas, y se los lavaban a la entrada de las casas. Pero esto no lo hacía todos, “lo hacían los esclavos”, explica. “Y Jesús lava, como esclavo, nuestros pies, los pies de los discípulos”. Así, explica “es tanto el amor de Jesús que se ha hecho esclavo para servirnos, para curarnos, para limpiarnos”.  
“En nuestro corazón tenemos que tener la certeza, tenemos que estar seguros de que el Señor, cuando nos lava los pies, nos lava todo, nos purifica, nos hace sentir otra vez su amor”. El  Papa termina su homilía diciendo que hoy lava los pies a doce presos, pero en estos doce están todos, todos, “todos aquellos que viven aquí” y añadió que él también tiene necesidad de ser lavado por el Señor, así pidió a los presentes que rezaran para que el Señor lave sus suciedades. 

Una vez más Francisco vuelve a celebrar la misa “in Coena Domini” en un lugar de periferia existencial, en medio a los hermanos más necesitados: en centros de detención o de enfermos. Recordemos que en 2013 el Papa Bergoglio fue a la cárcel de menores de Casal del Marmo y en 2014 al centro para discapacitados de Don Gnocchi.

El Papa Francisco explica el Triduo Pascual en su catequesis

El Triduo Pascual
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Mañana es Jueves Santo. En la tarde, con la Santa Misa “en la Cena del Señor” iniciará el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que es el culmen de todo el año litúrgico y también el culmen de nuestra vida cristiana.

El Triduo se abre con la conmemoración de la Última Cena. Jesús, en la vigilia de su pasión, ofreció al Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las formas del pan y del vino y, donándolos como alimento a los apóstoles, les ordenó que perpetuaran la ofrenda en su memoria. El Evangelio de esta celebración, recordando el lavatorio de los pies, expresa el mismo significado de la Eucaristía bajo otra perspectiva. Jesús – como un siervo – lava los pies de Simón Pedro y de los otros once discípulos (cfr. Jn 13,4-5).

Con este gesto profético, Él expresa el sentido de su vida y de su pasión, como servicio a Dios y a los hermanos: “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mc 10,45). 

Esto sucedió también en nuestro Bautismo, cuando la gracia de Dios nos ha lavado del pecado y nos hemos revestido de Cristo (cfr. Col 3,10). Esto sucede cada vez que realizamos el memorial del Señor en la Eucaristía: hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, aquel de amarnos como Él nos ha amado (cfr. Jn 13,34; 15,12). Si nos acercamos a la Santa Comunión sin estar sinceramente dispuestos a lavarnos los pies los unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor. Es el servicio de Jesús donándose a sí mismo, totalmente.

Después, pasado mañana, en la liturgia del Viernes Santo, meditamos el misterio de la muerte de Cristo y adoramos la Cruz. En los últimos instantes de vida, antes de entregar el espíritu al Padre, Jesús dijo: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30). ¿Qué significa esta palabra, que Jesús diga: “Todo se ha cumplido”? Significa que la obra de la salvación está cumplida, que todas las Escrituras encuentran su pleno cumplimiento en el amor de Cristo, Cordero inmolado. Jesús, con su Sacrificio, ha transformado la más grande iniquidad en el más grande amor.

A lo largo de los siglos encontramos hombres y mujeres que con el testimonio de su existencia reflejan un rayo de este amor perfecto, pleno, incontaminado. Me gusta recordar un heroico testigo de nuestros días, Don Andrea Santoro, sacerdote de la diócesis de Roma y misionero en Turquía. Unos días antes de ser asesinado en Trebisonda, escribía: “Estoy aquí para habitar en medio de esta gente y permitir hacerlo a Jesús, prestándole mi carne… Nos hacemos capaces de salvación sólo ofreciendo la propia carne. El mal del mundo hay que llevarlo y el dolor hay que compartirlo, absorbiéndolo en la propia carne hasta el final, como lo hizo Jesús”. (A. Polselli, Don Andrea Santoro, las herencias, Città Nuova, Roma 2008, p. 31). Que este ejemplo de un hombre de nuestros tiempos, y tantos otros, nos sostengan en el ofrecer nuestra vida como don de amor a los hermanos, a imitación de Jesús. Y también hoy hay tantos hombres y mujeres, verdaderos mártires que ofrecen su vida con Jesús para confesar la fe, solamente por aquel motivo. Es un servicio, servicio del testimonio cristiano hasta la sangre, servicio que nos ha hecho Cristo: nos ha redimido hasta el final. ¡Y es éste el significado de aquella frase “Todo se ha cumplido”!

Qué bello será que todos nosotros, al final de nuestra vida, con nuestros errores, nuestros pecados, también con nuestras buenas obras, con nuestro amor al prójimo, podamos decir al Padre como Jesús: ¡“Todo se ha cumplido”! Pero no con la perfección con la que lo dijo Jesús sino decir: “Señor, he hecho todo lo que podía hacer”. ¡“Todo se ha cumplido”! Adorando la Cruz, mirando a Jesús, pensemos en el amor, en el servicio, en nuestra vida, en los mártires cristianos. Y también nos hará bien pensar en el fin de nuestra vida. Ninguno de nosotros sabe cuándo sucederá esto, pero podemos pedir la gracia de poder decir: “Padre, he hecho todo lo que podía hacer”. ¡“Todo se ha cumplido”!

El Sábado Santo es el día en el cual la Iglesia contempla el “reposo” de Cristo en la tumba después del victorioso combate en la Cruz. En el Sábado Santo, la Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe está recogida en ella, la primera y perfecta discípula, la primera y perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, Ella se queda sola para tener encendida la llama de la fe, esperando contra toda esperanza (cfr. Rm 4,18) en la Resurrección de Jesús.

Y en la grande Vigilia Pascual, en la cual resuena nuevamente el Aleluya, celebramos a Cristo Resucitado, centro y fin del cosmos y de la historia; vigilamos plenos de esperanza en espera de su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación.

A veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma; a veces pensamos: “ya no hay nada más que hacer”, y el corazón no encuentra más la fuerza de amar…Pero precisamente en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio, algo comienza en la oscuridad más profunda. Nosotros sabemos que la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience la jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que vence y que enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha sido volcada dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua! En esta santa noche la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros no exista el lamento de quien dice “ya…”, sino la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él. Nuestra vida no termina delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá, con la esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro. Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que sepan advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días del Triduo Santo no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes, como nos invita a hacer el apóstol Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). Entonces la nuestra será una “buena Pascua”.
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)