jueves, 5 de marzo de 2015

El abandono es la enfermedad más grave de los ancianos


''Los cuidados paliativos expresan la actitud humana de cuidar unos de otros, especialmente de los que sufren y atestiguan que la persona es siempre preciosa, también cuando es anciana o está enferma.La persona, en cualquier circunstancia, es un bien para sí misma y para los demás y Dios la ama. Por eso cuando su vida se vuelve muy frágil y se acerca el final de la existencia terrenal, sentimos la responsabilidad de asistirla y acompañarla de la mejor manera'', dijo el Papa recibiendo esta mañana en audiencia a los miembros de la Academia para la Vida, con motivo de su asamblea general dedicada al tema ''Asistencia al anciano y cuidados paliativos''.

''El mandamiento bíblico que nos pide que honremos a nuestros padres, en sentido lato,nos recuerda el honor que debemos a todas las personas ancianas. A este mandamiento Dios asocia una doble promesa: ''Para que tus días se alarguen en la tierra que Yahveh, tu Dios te dará''. La fidelidad a este mandamiento asegura no solamente el don de la tierra sino, sobre todo, la posibilidad de disfrutarla... El precepto nos revela -explicó el Santo Padre- la relación pedagógica fundamental entre padres e hijos, entre los ancianos y los jóvenes, en relación con la custodia y la transmisión de la enseñanza religiosa y sapiencial a las generaciones futuras. Honrar esta enseñanza y a los que la transmiten es fuente de vida y bendición. Al contrario, la Biblia reserva una severa admonición a los que abandonan o maltratan a los padres''.

''La palabra de Dios -subrayó- está siempre viva y nos damos cuenta de cómo ese mandamiento es de acuciante actualidad para la sociedad contemporánea donde la lógica de la utilidad predomina sobre la de la solidaridad y la gratuidad, incluso dentro de las familias...Hoy ''honrar'' podría traducirse también como el deber de respetar profundamente y cuidar de los que, por su condición física o social podrían dejarse morir o hacer que mueran. Toda la medicina juega un papel especial en la sociedad como testigo del honor que se debe a la persona anciana y a cada ser humano. La evidencia y la eficiencia no pueden ser los únicos criterios que gobiernen la acción de los médicos, ni tampoco las reglas de los sistemas sanitarios, ni el beneficio económico. Un Estado no puede pensar en sacar beneficio de la medicina''.

El Obispo de Roma recordó que la asamblea de la Academia para la Vida ha estudiado nuevos sectores de aplicación de los cuidados paliativos que, si hasta ahora estaban destinadas sobre todo a los pacientes oncológicos, en la actualidad interesan también a las personas, sobre todo ancianos, con patologías caracterizadas de una degeneración crónica progresiva. ''Los ancianos necesitan en primer lugar los cuidados de los familiares cuyo afecto no pueden sustituir ni siquiera las estructuras más eficientes o los agentes sanitarios más competentes y caritativos'', reiteró. ''Los cuidados paliativos son pues, ''una ayuda importante, especialmente para los ancianos, que con el pretexto de su edad, reciben cada vez menos atención por parte de la medicina curativa y a menudo están abandonados. El abandono es la enfermedad más grave del anciano y también la injusticia más grande que pueda padecer: los que nos han ayudado a crecer no deben abandonarse cuando necesitan nuestra ayuda, nuestro amor, nuestra ternura''.

Francisco finalizó su discurso animando a los profesionales y a los estudiantes de medicina a especializarse en este tipo de asistencia ''que no posee menos valor por el hecho de que ''no salva la vida''. Los cuidados paliativos hacen algo igualmente importante: valorizan a la persona. Por eso exhorto a todos los que, de diversas formas, trabajan en este sector a mantener ese compromiso conservando íntegro el espíritu de servicio y recordando que cualquier conocimiento médico es realmente ciencia, en su significado más noble, sólo si se considera como una ayuda para el bien del ser humano, un bien que no se alcanza nunca ''en contra'' de su vida y de su dignidad''.


«IMITEMOS EL ESTILO PASTORAL QUE EMPLEÓ EL MISMO SEÑOR»

Si queréis emular a Dios, puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo.

Pensad en los tesoros de su benignidad, pues, habiendo de venir como hombre a los hombres, envió previamente a Juan como heraldo y ejemplo de penitencia, y, por delante de Juan, envió a todos los profetas, para que indujeran a los hombres a convertirse, a volver al buen camino y a vivir una vida fecunda.

Luego, se presentó Él mismo, y clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. ¿Y cómo acogió a los que escucharon su voz? Les concedió un pronto perdón de sus pecados, y los liberó en un instante de sus ansiedades: la Palabra los hizo santos, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo quedó sepultado en el agua, el nuevo hombre floreció por la gracia. Y qué ocurrió a continuación? El que había sido enemigo se convirtió en amigo, el extraño resultó ser hijo, el profano vino a ser sagrado y piadoso. Imitemos el estilo pastoral que empleó el mismo Señor; contemplemos los evangelios, y, al ver allí, como en un espejo, aquel ejemplo de diligencia y benignidad, tratemos de aprender estas virtudes.

De las homilías de san Asterio de Amasea, obispo
(Homilía 13: PG 40, 355-358. 362)
News.va

Bienaventuranzas de la Cuaresma (contra un corazón de piedra)

Felices quienes recorren el camino cuaresmal con una sonrisa en el rostro y sienten cómo brota de su corazón un sentimiento de alegría incontenible.

Felices quienes durante el tiempo de Cuaresma, y en su vida diaria,practican el ayuno del consumismo, de los programas basura de la televisión, de las críticas, de la indiferencia.

Felices quienes intentan en la cotidianidad ir suavizando su corazón de piedra, para dar paso a la sensibilidad, la ternura, la com-pasión, la indignación teñida de propuestas.

Felices quienes creen que el perdón, en todos los ámbitos, es uno de los ejes centrales en la puesta en práctica del Evangelio de Jesús, para conseguir un mundo reconciliado.

Felices quienes se aíslan de tanto ruido e información vertiginosa, y hacen un espacio en el desierto de su corazón para que el silencio se transforme en soledad sonora.

Felices quienes recuerdan la promesa de su buen Padre y Madre Dios, quienes renuevan a cada momento su alianza de cercanía y presencia alentadora hacia todo el género humano.

Felices quienes cierran la puerta a los agoreros, a la tristeza y al desencanto, y abren todas las ventanas de su casa al sol de la ilusión, del encanto, de la belleza, de la solidaridad.

Felices quienes emplean sus manos, su mente, sus pies en el servicio gozoso de los demás, quienes más allá de todas las crisis, mantienen, ofrecen y practican la esperanza de la resurrección a todos los desvalidos, marginados y oprimidos del mundo. Entonces sí que habrá brotado la flor de la Pascua al final de un gozoso sendero cuaresmal.


Miguel Ángel Mesa (Bienaventuranzas de la Vida -PPC-)

miércoles, 4 de marzo de 2015

PAPA FRANCISCO: "UNA SOCIEDAD EN LA QUE NO HAY LUGAR PARA LOS ANCIANOS LLEVA CONSIGO EL VIRUS DE LA MUERTE"

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
La catequesis de hoy y la del miércoles próximo están dedicadas a los ancianos que, en el ámbito de la familia, son los abuelos, tíos abuelos. Hoy reflexionamos sobre la problemática
condición actual de los ancianos; y la próxima vez, es decir, el próximo miércoles, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida.
Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha prolongado. ¡Pero la sociedad no se ha “ensanchado” para acoger la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles lugar, con justo respeto y concreta consideración por su fragilidad y su dignidad.
Mientras somos jóvenes, tenemos la tendencia a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad, una enfermedad que hay que tener lejos. Luego, cuando nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos, estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada sobre la eficacia, que en consecuencia, ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.
Benedicto XVI, visitando una casa para ancianos, usó palabras claras y proféticas: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común” (12 de noviembre 2012).
Es verdad, la atención a los ancianos hace la diferencia de una civilización. ¿En una civilización hay atención al anciano? ¿Hay lugar para el anciano? Esta civilización seguirá adelante porque sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos. Una civilización en la que no hay lugar para los ancianos, en la que son descartados porque crean problemas... es una sociedad que lleva consigo el virus de la muerte.
En occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Sin embargo una cierta cultura del provecho insiste en hacer ver a los viejos como un peso, una “lastre”. No sólo no producen sino que son una carga.

¿Cuál es el resultado de pensar así? Hay que descartarlos. ¡Es feo ver a los ancianos descartados, es una cosa fea, es pecado! ¡No nos atrevemos a decirlo abiertamente, pero se hace! Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte. Pero nosotros estamos acostumbrados a descartar a la gente.
Queremos eliminar nuestro acrecentado miedo a la debilidad y a la vulnerabilidad; pero de este modo aumentamos en los ancianos la angustia de ser mal soportados y abandonados.
Ya en mi ministerio en Buenos Aires toqué con la mano esta realidad con sus problemas: «Los ancianos son abandonados, y no sólo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapacidad de aceptar sus limitaciones que reflejan las nuestras, en los numerosos escollos que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no los deja participar, opinar ni ser referentes según el modelo consumista de “sólo la juventud es aprovechable y puede gozar”.
Esos ancianos que deberían ser, para la sociedad toda, la reserva sapiencial de nuestro pueblo. ¡Los ancianos son la reserva sapiencial de nuestro pueblo! ¡Con qué facilidad, cuando no hay amor, se adormece la conciencia!» (Sólo el amor nos puede salvar, Ciudad del Vaticano 2013, p. 83).
Y esto sucede. Recuerdo cuando visitaba las casas de ancianos, hablaba con cada uno de ellos y muchas veces escuché esto: “Ah, ¿cómo está usted? ¿Y sus hijos? - Bien, bien - ¿Cuántos tiene? - Muchos.- ¿Y vienen a visitarla? - Sí, sí, siempre. Vienen, vienen.- ¿Y cuándo fue la última vez que vinieron?” Y así la anciana, recuerdo especialmente una que dijo: “Para Navidad”. ¡Y estábamos en agosto! Ocho meses sin ser visitada por sus hijos, ¡ocho meses abandonada! Esto se llama pecado mortal, ¿se entiende?
Una vez, siendo niño, la abuela nos contó una historia de un abuelo anciano que cuando comía se ensuciaba porque no podía llevarse bien la cuchara a la boca, con la sopa. Y el hijo, es decir, el papá de la familia, tomó la decisión de pasarlo de la mesa común a una pequeña mesita de la cocina, donde no se veía, para que comiera solo.
Pocos días después, llegó a casa y encontró a su hijo más pequeño que jugaba con la madera, el martillo y clavos, y hacía algo ahí. Entonces le pregunta: "Pero, ¿qué cosa haces?– Hago una mesa, papá.- ¿Una mesa para qué? - Para cuando tú te vuelvas anciano, así puedes comer ahí”. ¡Los niños tienen más conciencia que nosotros!
En la tradición de la Iglesia hay un bagaje de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida.
Tal tradición está arraigada en la Sagrada Escritura, como lo demuestran, por ejemplo, estas expresiones del libro del Eclesiástico: «No te apartes de la conversación de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres: de ellos aprenderás a ser inteligente y a dar una respuesta en el momento justo» (Ecl 8,9).
La Iglesia no puede y no quiere adecuarse a una mentalidad de intolerancia, y menos aún de indiferencia y desprecio a los mayores. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad.
Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que nos han precedido en nuestras mismas calles, en nuestra misma casa, en nuestra batalla cotidiana por una vida digna. Son hombres y mujeres de quienes hemos recibido mucho.
El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente de todos modos, aunque no lo pensemos. Y si nosotros no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.
Frágiles, somos un poco todos los viejos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención de los demás. ¿Haremos por ello un paso atrás? ¿Los abandonaremos a su destino?
Una sociedad sin proximidad, en donde la gratuidad y el afecto sin compensación - incluso entre extraños - van desapareciendo, es una sociedad perversa.
La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la cual la proximidad y gratuidad dejaran de ser consideradas indispensables, perdería con ellas su alma. Donde no hay honor para los ancianos, no hay futuro para los jóvenes».

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Griselda Mutual - Radio Vaticano)

Si feministas conocieran a Santa Teresa sería su paradigma de mujer, asegura experto

LIMA, 04 Mar. 15  “Si las mujeres feministas de hoy tuvieran un poco más de cultura, ya hace tiempo que la hubieran elegido (a Santa Teresa de Jesús) como prototipo y paradigma de la mujer de nuestros días”, afirmó el P. Herráiz, especialista en Santa Teresa de Ávila, en el marco del V centenario del nacimiento de la Doctora de la Iglesia.
El próximo 28 de marzo se celebrará en todo el mundo los 500 años del nacimiento de Santa teresa de Jesús, una mujer que vivió en el siglo XVI, en la época posterior al Concilio de Trento (en el que uno de los temas tratados fue la llamada reforma protestante) y en una sociedad donde las mujeres no tenían la misma participación en la sociedad que en la actualidad.
A pesar de haber sido incomprendida, perseguida y hasta acusada en la Inquisición, su amor a Dios la impulsó, en su misión reformadora Carmelita, a fundar nuevos conventos y a optar por una vivencia más austera, sin vanidades, ni lujos. Sumergida muchas veces en éxtasis, nunca dejó de ser realista.
Siendo Santa Teresa relativamente inculta, dialogaba con miembros de la realeza, personajes ilustres, miembros eclesiásticos y santos de su época para darles consejos, recibir ayuda, y llevar a cabo lo que se había propuesto. Se convirtió en escritora mística y es además Doctora de la Iglesia.
Sobre esta Santa, el P. Maximiliano Herráiz de la Orden del Carmelo Descalzo, fundador y primer Director del Centro Internacional Teresiano San Juanista y de la Universidad de la Mística (Ávila-España), dijo a ACI Prensa que la Santa era “una mujer sedienta de verdad, de que la Iglesia y la sociedad la reconocieran como mujer activa en la sociedad”.
“Con una afectividad desbordante para relacionarse con los demás y para acoger también al otro… Quiso dar a conocer que la mujer puede ser una presencia activa muy fecunda en la Iglesia y en la sociedad”.
Para el P. Herráiz, que logró el título de doctor en teología en la facultad de San Vicente Ferrer de Valencia con una tesis sobre Santa Teresa titulada “Solo Dios basta”, explicó que “ella no quería ser una muda de la película de la vida y después pues fue una mujer consagrada a Dios con toda la integridad de su ser”.
“Entonces conjugó lo divino y lo humano, dándonos un auténtico ejemplo de que fuera de la realización de la persona en todas sus facetas  no hay salvación”.
El sacerdote ve en Santa Teresa “una mujer que tuvo la valentía de alzar su voz, sin ningún miedo, ni siquiera ante la inquisición, a la que la acusaron”.
“Dejó sentada una gran frasecita que me gustaría que la oigan bien: ‘la verdad padece, mas no perece’. La última palabra será la de la verdad, no de la mentira por mucho que juguemos muchas veces al escondite”, destacó.
Por último, el P. Herráiz envió un mensaje a todos los que conocen o han escuchado de Santa Teresa de Ávila. “Vive lo que crees, no te pierdas en devociones bobas, ella no aconseja ninguna devoción y es una monja, y es del siglo XVI”.
“Le basta insistir en la relación personal con Dios, no necesita más. Entonces esto es un mensaje de puro Evangelio, volvamos al Evangelio porque no nos salva la religión, la práctica de la religión, sino nos salva la fe con que vivimos nuestra religión católica”.
El Papa Francisco concedió un año Jubilar Teresiano en España, en el que se pueden ganar indulgencias plenarias, y que va del 15 de octubre de 2014 al 15 de octubre de 2015.
Aciprensa

martes, 3 de marzo de 2015

Hagamos el bien, no una santidad fingida, invitó el Papa Francisco

 Si aprendemos a ‘hacer el bien’, Dios ‘perdona generosamente’ todo pecado. Lo que no perdona es la hipocresía, la ‘santidad fingida’. Son palabras del Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina, en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Aprendan a hacer el bien, busquen la justicia
Los santos fingidos, que ante el Cielo se preocupan más por aparentarlo, que por serlo de verdad, y los pecadores santificados, que más allá del mal hecho, han aprendido a ‘hacer’ un bien más grande. Nunca hubo ninguna duda sobre a quién de ellos prefiere Dios, afirmó el obispo de Roma, centrando su meditación sobre estas dos categorías. Tras señalar que las palabras de la lectura de Isaías son un imperativo y al mismo tiempo una ‘invitación’, que viene directamente de Dios: ¡dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien’, defendiendo a los huérfanos y a las viudas, es decir – subrayó el Papa Francisco – ‘aquellos que nadie recuerda’ entre los cuales están también ‘los ancianos abandonados, los niños que no van a la escuela’ y los que ‘no saben hacerse la señal de la Cruz’. Detrás del imperativo y de la invitación está siempre la invitación a la conversión:
«Pero ¿cómo puedo convertirme? ¡Aprendan a hacer el bien! La conversión. La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios… Se quita con el ‘hacer’, tomando un camino distinto, otro camino que no sea el del mal. ¡Aprendan a hacer el bien! Es decir el camino del hacer el bien. Y ¿cómo hago el bien? ¡Es simple! ‘Busquen la justicia, socorran al oprimido, brinden justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda’. Recordemos que en Israel los más pobres y los más necesitados eran los huérfanos y las viudas: hagan justicia, vayan donde están las llagas de la humanidad, donde hay tanto dolor… De este modo, haciendo el bien, lavarás tu corazón».
El Señor exagera: ¡pero es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón
Y la promesa de un corazón lavado, es decir perdonado, viene del mismo Dios, que no lleva la cuenta de los pecados ante quien ama al prójimo:«Si haces esto, si vienes por este camino, al que te invito – nos dice el Señor – ‘aunque sus pecados fueran color escarlata, ustedes se volverán blancos como la nieve’. Es una exageración, el Señor exagera: ¡pero es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón. El Señor perdona generosamente. Pero, yo perdono hasta aquí, después veremos… ¡No, no! ¡El Señor perdona siempre todo! ¡Todo! Pero, si quieres ser perdonado, debes empezar por el camino del hacer el bien. ¡Éste es el don!»
Jesús prefería mil veces a los pecadores, que decían la verdad sobre sí mismos, antes que a los hipócritas
El Evangelio del día presenta al grupo de los astutos, los que ‘dicen cosas justas, pero hacen lo contrario’, señaló el Santo Padre, añadiendo que ‘todos somos astutos y siempre encontramos un camino que no es el justo, para parecer más justos de lo que somos, es el camino de la hipocresía’:
«Estos fingen que se convierten, pero su corazón es una mentira: ¡son mentirosos! Es una mentira…Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. Y ésta es una santidad fingida. Jesús prefería mil veces a los pecadores, antes que a ellos. ¿Por qué? Los pecadores decían la verdad sobre ellos mismos. ¡Aléjate de mí Señor que soy un pecador!’: lo dijo Pedro, una vez. ¡Pero uno de ellos nunca dice esto! ‘Te agradezco Señor, porque no soy pecador, porque soy justo’… En la segunda semana de Cuaresma hay estas tres palabras para pensar, meditar: la invitación a la conversión, el don que nos dará el Señor – es decir un don grande, un perdón grande, y la trampa. Es decir fingir que nos convertimos, pero tomar el camino de la hipocresía’».

(CdM – RV)

“Quered, Señor mío, quered”. Santa Teresa de Jesús

“Parece, Señor mío, que descansa mi alma considerando el gozo que tendrá, si por vuestra misericordia le fuere concedido gozar de Vos; mas querría primero serviros, pues ha de gozar de lo que Vos sirviéndola a ella le ganasteis. 

¿Qué haré, Señor mío?; ¿qué haré, mi Dios? ¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué temprano andabais Vos, Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos! ¿Por ventura, Señor, desamparasteis al miserable o apartasteis al pobre mendigo cuando se quiere llegar a Vos? ¿Por ventura, Señor, tienen término vuestras grandezas o vuestras magníficas obras? 

¡Oh Dios mío y misericordia mía (Sal. 58, 18) y cómo las podréis mostrar ahora en vuestra sierva!; poderoso sois, gran Dios; ahora se podrá entender si mi alma se entiende a sí, mirando el tiempo que ha perdido y cómo en un punto podéis Vos, Señor, que le torne a ganar. 

Paréceme que desatino, pues el tiempo perdido, suelen decir, que no se puede tornar a cobrar. ¡Bendito sea mi Dios! ¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder; si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? Quered Vos, Señor mío, quered, que - aunque soy miserable - firmemente creo que podéis lo que queréis; y mientras mayores maravillas oigo vuestras y considero que podéis hacer más, más se fortalece mi fe y con mayor determinación creo que lo haréis Vos; y ¿qué hay que maravillar de lo que hace el Todopoderoso? 

Bien sabéis Vos, mi Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia; válgame, Señor, esto en que no os he ofendido. Recuperad, Dios mío, el tiempo perdido con darme gracia en el presente y porvenir, para que parezca delante de Vos con vestiduras de bodas, pues, si queréis, podéis (Mt. 22, 11)”. (Teresa de Jesús, Exclamación IV)

lunes, 2 de marzo de 2015

Vergüenza y misericordia

La capacidad de avergonzarse y acusarse a sí mismo, sin descargar la culpa siempre en los demás para juzgarlos y condenarlos, es el primer paso en el camino de la vida cristiana que conduce a pedir al Señor el don la misericordia. Es este el examen de conciencia sugerido por el Papa en la misa que celebró el lunes 2 de marzo, en la capilla de la Casa Santa Marta.
Para su reflexión el Papa Francisco partió de la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9, 4-10). Está, explicó, «el pueblo de Dios» que «pide perdón, pero no es un perdón de palabra: este pedir perdón es un perdón que viene del corazón porque el pueblo se siente pecador». Y el pueblo «no se siente pecador en teoría —porque todos nosotros podemos decir “somos todos pecadores”, es verdad, es una verdad: ¡todos aquí!— pero ante el Señor dice las cosas malas que hizo y lo que no hizo de bueno». Se lee, en efecto, en la Escritura: «Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra».
En esencia, hizo notar el Papa Francisco, en estas palabras del pueblo está «la descripción de todo lo malo que hicieron». Y, así, «el pueblo de Dios, en este momento, se acusa a sí mismo». Y no se descarga con «los que nos persiguen», con los «enemigos». Más bien se mira a sí mismo y dice: «Me acuso a mí mismo ante ti, Señor, y me avergüenzo». Palabras claras, que encontramos también en el pasaje de Daniel: «Señor, a nosotros nos abruma la vergüenza».
«Este pasaje de la Biblia —sugirió el Papa— nos hace reflexionar sobre una virtud cristiana, es más, en más de una virtud». En efecto, «la capacidad de acusarse a sí mismo, la acusación de sí mismo» es «el primer paso para encaminarse como cristiano». En cambio, «todos nosotros somos maestros, somos doctores en justificarnos a nosotros mismos» con expresiones como: «Yo no fui, no, no es culpa mía; pues sí, pero no era tanto... Las cosas no son así...».

En definitiva, dijo el Papa Francisco, «todos encontramos una excusa» para justificarnos «de nuestras faltas, de nuestros pecados». Es más, añadió, «muchas veces somos capaces de poner esa cara de “¡yo no lo sé!”, cara de “yo no lo hice, tal vez será otro”». En pocas palabras, estamos siempre listos para «pasar por inocente». Pero así, advirtió el Papa, «no se avanza en la vida cristiana».
Por lo tanto, reafirmó, «el primer paso» es la capacidad de acusarse a sí mismo. Y es ciertamente «bueno» hacerlo con el sacerdote en la confesión. Pero, preguntó el Papa Francisco, «antes y después de la confesión, en tu vida, en tu oración, ¿eres capaz de acusarte a tí mismo? ¿O es más fácil acusar a los demás?».
Esta experiencia, destacó el obispo de Roma, suscita «algo un poco extraño pero que, al final, nos da paz y salud». En efecto, «cuando comenzamos a mirar todo aquello de lo que somos capaces, nos sentimos mal, sentimos repugnancia» y llegamos a preguntarnos: «¿Pero yo soy capaz de hacer esto?». Por ejemplo, «cuando encuentro en mi corazón una envidia y sé que esa envidia es capaz de hablar mal del otro y matarlo moralmente», me tengo que preguntar: «¿Soy capaz de ello? Sí, yo soy capaz». Y precisamente «así comienza esta sabiduría, esta sabiduría de acusarse a sí mismo».
Por consiguiente, «si no aprendemos este primer paso de la vida —afirmó el Papa Francisco— jamás daremos pasos hacia adelante por el camino de la vida cristiana, de la vida espiritual». Porque, precisamente, «el primer paso» es siempre el de «acusarse a sí mismo», incluso «sin decirlo: yo y mi conciencia».
Al respecto el Papa propuso un ejemplo concreto. Cuando vamos por la calle y pasamos ante una prisión, dijo, podríamos pensar que los detenidos «se lo merecen». Pero –invitó a considerar– «¿sabes que si no hubiese sido por la gracia de Dios, tú estarías allí? ¿Has pensado que eres capaz de hacer las cosas que ellos hicieron, incluso peores?». Esto, precisamente, «es acusarse a sí mismo, no esconder a uno mismo las raíces de pecado que están en nosotros, las tantas cosas que somos capaces de hacer, aunque no se vean».
Es una actitud, prosiguió el Papa Francisco, que «nos lleva a la vergüenza delante de Dios, y esta es una virtud: la vergüenza delante de Dios». Para «avergonzarse» hay que decir: «Mira, Señor, siento repugnancia de mí mismo, pero tú eres grande: a mí la vergüenza, a ti –y la pido– la misericordia». Precisamente como dice la Escritura: «Señor, nos abruma la vergüenza, porque hemos pecado contra ti». Y lo «podemos decir, porque soy capaz de pecar y hacer muchas cosas malas: “A ti, Señor, nuestro Dios, la misericordia y el perdón. La vergüenza para mí y a ti la misericordia y el perdón”». Es un «diálogo con el Señor» que «nos hará bien en esta Cuaresma: la acusación de nosotros mismos».
«Pidamos misericordia» volvió a proponer el Papa refiriéndose especialmente al pasaje de la liturgia de san Lucas (6, 36-38). Jesús «es claro: sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Por lo demás, explicó el Papa Francisco, «cuando uno aprende a acusarse a sí mismo es misericordioso con los demás». Y puede decir: «¿Pero quién soy yo para juzgarlo, si soy capaz de hacer cosas peores?». Es una frase importante: «¿quién soy yo para juzgar al otro?». Esto se comprende a la luz de la palabra de Jesús «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» y con su invitación a «no juzgar». En cambio, reconoció el Pontífice, «cómo nos gusta juzgar a los demás, hablar mal de ellos». Sin embargo, el Señor es claro: «no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados». Es un camino ciertamente «no fácil», que «inicia con la acusación de uno mismo, inicia con esa vergüenza delante de Dios y con la petición de perdón a Él: pedir misericordia». Precisamente «de ese primer paso se llega a esto que el Señor nos pide: ser misericordiosos, no juzgar a nadie, no condenar a nadie, ser generosos con los demás».
En este perspectiva, el Papa invitó a orar para que «el Señor, en esta Cuaresma, nos dé la gracia de aprender a acusarnos a nosotros mismos, cada uno en su soledad», preguntándose uno mismo: «¿Soy capaz de hacer esto? ¿Con este sentimiento soy capaz de hacer esto? ¿Con este sentir que tengo en mi interior soy capaz de las cosas más perversas?». Y al orar así: «ten piedad de mí, Señor, ayúdame a avergonzarme y dame misericordia, así podré ser misericordioso con los demás».


RECEMOS Y TRABAJEMOS TODOS POR LOS CRISTIANOS DE SIRIA E IRAK


“Queridos hermanos y hermanas,

No cesan, lamentablemente, de llegar noticias dramáticas desde Siria e Irak, relativas a violencias, secuestros de personas y abusos contra los cristianos y otros grupos. 

Queremos asegurar a las personas involucradas en estas situaciones que no las olvidamos, sino que estamos cerca de ellas y rezamos insistentemente para que lo antes posible se ponga fin a la brutalidad intolerable de la cual son víctimas. 

Junto con los miembros de la Curia Romana he ofrecido esta intención en la última Santa Misa de los Ejercicios Espirituales, el viernes pasado. 

Al mismo tiempo les pido a todos, según las propias posibilidades, que trabajen para aliviar el sufrimiento de cuantos están en la prueba, a menudo solamente por la fe que profesan. 

Recemos por estos hermanos y estas hermanas que sufren por la fe en Siria y en Irak. Recemos en silencio”.

Tres cosas importantes para la vida espiritual. Santa Teresa de Jesús

...

No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré, porque plega al Señor hagamos las que nuestros santos Padres ordenaron y guardaron, que por este camino merecieron este nombre. Yerro sería buscar otro ni deprenderle de nadie.

Solas tres me extenderé en declarar, que son de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas. ….


No consintamos, oh hermanas, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre. Miren que, sin entender cómo, se hallarán asidas que no se puedan valer…

domingo, 1 de marzo de 2015

Siria, Irak y Venezuela en el corazón del Papa. Apremiantes llamamientos.

“Queridos hermanos y hermanas,
No cesan, lamentablemente, de llegar noticias dramáticas desde Siria e Irak, relativas aviolencias, secuestros de personas y abusos contra los cristianos y otros grupos. Queremosasegurar a las personas involucradas en estas situaciones que no las olvidamos, sino que estamos cerca de ellas y rezamos insistentemente para que lo antes posible se ponga fin a la brutalidad intolerable de la cual son víctimas. Junto con los miembros de la Curia Romana he ofrecido esta intención en la última Santa Misa de los Ejercicios Espirituales, el viernes pasado. Al mismo tiempo les pido a todos, según las propias posibilidades, de trabajar para aliviar el sufrimiento de cuantos están en la prueba, a menudo solamente por la fe que profesan. Recemos por estos hermanos y estas hermanas que sufren por la fe en Siria y en Irak. Recemos en silencio”.
Asimismo el Sucesor de Pedro, Padre y Pastor de la Iglesia Universal, recordó la situación de aguda tensión que está viviendo la Nación hermana de Venezuela. En el corazón del Pontífice, el muchacho muerto hace pocos días en San Cristóbal:  
“Deseo recordar también a Venezuela, que está viviendo de nuevo momentos de aguda tensión. Rezo por las víctimas y, en particular, por el chico muerto hace pocos días en San Cristóbal. Exhorto a todos a rechazar la violencia y a respetar la dignidad de cada persona y la sacralidad de la vida humana, y los animo a volver a emprender un camino común para el bien del país, reabriendo espacios de encuentro y diálogo, sinceros y constructivos.Encomiendo ese amado país a la intercesión materna de Nuestra Señora de Coromoto”.
Finalmente el Pontífice dirigió sus saludos a todos los fieles presentes en la plaza de San Pedro, familias, grupos parroquiales, asociaciones, peregrinos en Roma, de Italia y de otros países. También saludó a los fieles provenientes de San Francisco, California, a los jóvenes de las parroquias de la isla de Formentera, a los grupos de Fontaneto d'Agogna y Montello, a los Bomberos de Tassullo, y a los chicos de Zambana.
Palabras especiales tuvo hacia los seminaristas de Pavia presentes en la plaza junto con su rector y padre espiritual, quienes han apenas terminado los ejercicios espirituales y hoy regresan a su diócesis:  “Pidamos por ellos y por todos los seminaristas la gracia de ser buenos sacerdotes”, expresó.  
“Les deseo a todos un buen domingo. No se olviden, por favor, de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!”
(GM – RV)


Dejémonos transfigurar por el Amor. El Papa en el Ángelus

En este segundo domingo de cuaresma antes del rezo del Ángelus dominical  y a su regreso de la semana de ejercicios espirituales en Ariccia, el Santo Padre recordó ante todo la liturgia del domingo pasado, que nos presentó a Jesús tentado por satanás en el desierto, pero victorioso de su tentación.
A la luz de este Evangelio, señaló el Pontífice, hemos tomado nuevamente conciencia de nuestra condición de pecadores, pero también de la victoria del bien sobre el mal ofrecida a cuantos emprenden el camino de conversión y, como Jesús, quieren hacer la voluntad del Padre.
La Iglesia, dijo el Papa, nos indica en este segundo domingo de camino cuaresmal la meta de este itinerario de conversión, es decir, la participación en la gloria de Cristo.
En el Evangelio del día se nos presenta el episodio de la Transfiguración, al culmine del ministerio público del Señor Jesús, que está en camino hacia Jerusalén en donde se cumplirán las profecías del “Siervo de Dios”, y se consumará su sacrificio redentor. Las multitudes lo han abandonado porque ven a un Mesías que contrasta con sus expectativas terrenas, no comprenden, y tampoco los apóstoles comprenden las palabras con las que Jesús anuncia el resultado de su misión en la pasión gloriosa.
El Señor muestra entonces un anticipo de su gloria a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, para confirmarlos en su fe y animarlos a seguirlo en el camino de la prueba, explicó el Pontífice, en el camino de la Cruz: en lo alto de un monte, inmergido en oración, se transfigura delante de ellos, irradiando su rostro y su persona una luz resplandeciente.
Desde el cielo se escucha la Voz del Padre: «Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo». Jesús es el Hijo hecho Siervo, enviado al mundo para realizar a través de la Cruz el proyecto de la salvación. “¡Para salvarnos a todos nosotros!”. Su plena adhesión a la voluntad del Padre hace su humanidad transparente a la gloria de Dios, que es el Amor.
De ahí que la premisa para los discípulos y para nosotros sea ésta: «Escúchenlo». Escuchar a Jesús. Él es el Salvador: seguirlo.
Escuchar a Cristo comporta asumir la lógica de su misterio pascual, poniéndonos en camino con Él para hacer de nuestra propia existencia un don de amor a los demás, en obediencia dócil a la voluntad de Dios Padre, con una actitud de desprendimiento de las cosas mundanas, y de libertad interior.
En otras palabras, resumió el Papa Francisco, comporta el estar listos a perder la propia vida(cfr. Mc 8, 35), donándola, para que se realice el plano divino de redención de todos los hombres.
Subamos también nosotros al monte, exhortó el Sucesor de Pedro, como Pedro, Santiago y  Juan, y detengámonos a contemplar el rostro de Jesús, para recoger el mensaje y traerlo a nuestra vida, así que nosotros también podamos ser transfigurados por el Amor. “Que en este camino nos sostenga la Virgen María que ahora invocamos con la oración del Ángelus”.
(GM – RV)

`El califato islámico deturpa el verdadero islam`

Los musulmanes desde Marruecos hasta Bagdad constituyen solamente el 20 por ciento del total de los islámicos existentes en todo el mundo. Los grupos integristas violentos tomaron pie gracias a la desintegración de los gobiernos que existían y aprovechando el vacío de poder. El califato islámico y los terroristas de grupos como Boko Haram solo denigran el islam, que es una religión de paz. En Europa es necesario que se permita un islam moderado que respete la cultura de los diversos países, para contrarrestar la propaganda integrista, y para que se entienda que el islam es moderado. 

Estas son algunas de las ideas que el líder musulmán Mustafá Cenap Aydin, expuso este jueves en un desayuno de trabajo organizado en Roma por el Centro Estudio Medio Oriente de la española Fundación Promoción Social de la Cultura, sobre el tema “Libertad de expresión, libertad de religión y diálogo”, a la cual participó también el arzobispo Agostino Marchetto, secretario emérito del Pontificio Consejo Pastoral de los Migrantes e Itinerantes. 


Interrogado por ZENIT sobre la necesidad de que el islam moderado tenga una voz más fuerte delante de los violentos, Cenap Aydin, que es también director del Instituto Tévere, reconoció que “los musulmanes moderados de occidente no están bien organizados” para hacer oír la voz del verdadero islam, que es una religión de paz. 


Sobre los jóvenes que van a luchar en Siria o Irak, indicó que se debe a que “no tienen nada que hacer y no ven un futuro”. Indicó además que los grupos extremistas “reciben dinero de otros países” y lo usan para hacer proselitismo en países africanos, pero también en países importantes como Italia”. 

Recordó además que incluso naciones como Albania, con una tradición islámica propia, marcadamente moderada aunque poco practicante; un país que recibió al papa Francisco y que tiene un gran aprecio a Madre Teresa, sufre la llegada de los salafitas que invitan a la violencia. 


“Es necesaria una educación religiosa justa” indicó, y lamentó que “no haya una institución en Italia que explique el islam a los jóvenes”. Porque “hay templos improvisados, con imanes que se autonombran”, cuando “no se puede ser imán así sin más”. Y precisó que “para ser imán es necesario estudiar teología y filosofía, y hay reglas para serlo”. 



Indicó que en Austria se cancelaron con una ley los financiamientos externos a los imanes, “porque lamentablemente el gobierno de Turquía uso las mezquitas como oficinas de un partido político”, dijo. 



El director de esta asociación promotora del diálogo interreligioso precisó además que no existe un único islam, y que debería existir un islam italiano, un islam francés, etc. de acuerdo a la Constitución italiana, a la cultura italiana, con la mayoría católica. 



Durante su exposición, el presidente de la Asociación Tévere, quiso precisar que los extremistas asesinan no solo a los cristianos, sino que las víctimas más numerosas son los mismos musulmanes. Indicó que en la franja que va desde Marruecos a Bagdad, se encuentran solamente el 20 por ciento del mundo musulmán, pero reconoció entretanto que grupos fanáticos siempre existieron desde el inicio del islam y que estos son los que tomaron fuerza con la anarquía que se creó en las sociedades de Oriente Medio. Por ejemplo, indicó que el Sha de Persia Mohammad Reza Pahlavi, había prohibido el velo en los años 40, y que fue restablecido como obligatorio por el Ayatolá Khomeini en los años 70. 



El profesor Cenap Aydin, que también es investigador en la Universidad Gregoriana, señaló al Califato islámico y al grupo Boko Haram, como enemigos del islam, porque dañan su reputación cada día. Y citó la Evangelii Gaudium del papa Francisco, "la cual indica que una interpretación auténtica del Corán no puede permitir la violencia".

Archidiócesis de Madrid

Y Pedro exclama: qué bien se está aquí

Cuaresma II (B)

Siempre es difícil emprender el camino cuaresmal. Entrar en el combate contra el demonio, descubrir la propia pobreza, nuestra incapacidad, practicar el ayuno, la oración, la limosna, es casi imposible si no tenemos una motivación más fuerte aún, si no tenemos delante la meta a la que caminamos. Por eso este domingo la Iglesia nos pone delante el pasaje de la transfiguración.
Muchas veces nos sacrificamos muchísimo por cosas que no valen tan siquiera la pena. Nos privamos de cosas para comprar un teléfono carísimo, para conseguir un título universitario, para comprar un coche, para conseguir qué sé yo cuántas cosas, que muchas cosas se convierten en auténticos ídolos para nosotros.

Cristo se lleva a Pedro, a Santiago y Juan para mostrarles algo que ninguno en este mundo puede mostrar, algo que no es el fruto de ninguna capacidad humana, algo que nadie puede darte. Y Pedro exclama: qué bien se está aquí. Ésta es la clave. El único motivo para meternos en combate es haber descubierto la belleza, haber descubierto que estar con Cristo es algo maravilloso. El cristianismo está fundado en un encuentro con el más bello de los hijos de Adán. ¡Qué bien se está con Cristo! ¡Todo es bello! ¡Todo está bien!

Ahora que hay tantas discusiones sobre la educación en España, con tantas leyes que hoy son de una manera y mañana de otra, los cristianos tenemos el deber moral de educar a nuestros hijos en la belleza, en el descubrimiento del rostro de Cristo, de quien se ha convertido en un desecho humano, desfigurado, sin aspecto atrayente, despreciado, maltratado, por amor nuestro. Su belleza no es una belleza de gimnasio y esteroides, es la belleza de quien sabe amar, la impronta de la sustancia de Dios, el amor mismo.

Celebraban en Israel la fiesta de las cabañas recordando el encuentro con Dios en el desierto, y se proclamaba la palabra de Dios, y el pueblo se alegraba. Nuestra fe no tiene como base una filosofía, una serie de ideas, ni un moralismo, un conjunto de normas más o menos rigurosas. No, de ninguna manera. El cristianismo descansa en la belleza, en la alegría profunda del hombre amado por Dios. Saber que estamos llamados a estar con uno que es maravilloso, con Cristo, que nos ama hasta dar la vida por nosotros.

Este es mi hijo, el Amado. ¿Cómo descubrir su belleza? Escuchándolo. Lo que vemos con nuestros ojos es algo que siempre queda fuera de nosotros. Dios no quiere hacer con nosotros algo meramente externo, no viene a maquillar nuestra vida. Dios quiere hacer con nosotros una obra que comienza dentro de nosotros. La palabra entra dentro de nosotros para hacer su obra. Y ¿qué es escuchar la palabra? ¿Oírla sin más, como la musiquilla de una sala de espera o de un aeropuerto? No. Escuchar es obedecer. “Ob-audire: Saber escuchar”. 

¿Qué quiere decir eso de la resurrección de entre los muertos? Se preguntaban los discípulos bajando del monte. Dios nos muestra algo que no podemos entender ni alcanzar. Dios es más grande que nosotros, sabe más que nosotros. “Dios siempre sabe más” decía San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Caminemos, pues, hacia la pascua. Que el Señor nos permita escuchar su palabra, obedecerle, hacer nuestra su vida, esperando que Él obre en nosotros la resurrección y la vida, esperando que nos haga gustar el cielo con los hermanos.
Autor: Padre P.S.S.