jueves, 21 de agosto de 2014

El Papa Francisco concluye la visita a Corea indicando a todo el continente un futuro de reconciliación y de paz - Nuevos horizontes de diálogo y encuentro

Para Corea, que desde hace más de sesenta años vive «una experiencia de división y de conflicto», y para toda Asia, el Papa Francisco ve en el horizonte «nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro y de superación de las diferencias». Y así, como conclusión de su tercer viaje más allá de los confines italianos, lanza un mensaje que une realismo y esperanza: incluso cuando toda perspectiva humana parece «imposible, irrealizable y, quizás, hasta inaceptable» —asegura durante la misa celebrada en la catedral de Seúl el lunes 18 de agosto, por la mañana, poco antes de dejar Corea para regresar al Vaticano— es posible experimentar que «el perdón es la puerta que conduce a la reconciliación» que «supera toda división, sana cualquier herida y restablece los lazos originarios del amor fraterno».
Una convicción que, en la visión del Papa Francisco, se basa en la «disciplina de la paciencia» y en el trabajo paciente de una diplomacia lejana de «recriminaciones recíprocas, críticas inútiles y demostraciones de fuerza», como había destacado ante las autoridades políticas coreanas ya a su llegada el jueves 14 por la mañana. Sin olvidar que en un mundo cada vez más globalizado la paz pasa también a través de un desarrollo económico a la medida del hombre, atento a los más vulnerables y capaz de poner un freno al «espíritu de competición desenfrenada —adviritió en la misa de la solemnidad de la Asunción— que genera egoísmo y hostilidad».

A este compromiso el Pontífice llama a los cristianos a dar una aportación original, a través de un «testimonio profético» en beneficio de toda la sociedad. Y así a los obispos coreanos recordó que la Iglesia debe huir de la tentación del «bienestar espiritual» que aleja a los pobres de sus puertas. Y a los prelados del continente le presenta una iluminadora lección de diálogo, invitándoles a no «esconderse detrás de respuestas fáciles, frases hechas, leyes y reglamentos» sino a acercarse a los demás con espíritu libre y abierto. Teniendo bien presente que los cristianos no actúan como «conquistadores» sino deseando caminar junto a cada hombre para mostrar que la unidad —como recordó a los jóvenes protagonistas de la sexta jornada de la juventud asiática en el santuario de Solmoe— «no destruye la diversidad sino que la reconoce, la reconcilia y la enriquece».

lunes, 18 de agosto de 2014

Papa: ¡Jesús pide que creamos que el perdón es la puerta que conduce a la reconciliación!

 «La cruz de Cristo revela el poder de Dios que supera toda división, sana cualquier herida y restablece los lazos originarios del amor fraterno. 

¡Éste es el mensaje que les dejo como conclusión de mi visita a Corea: tengan confianza en la fuerza de la cruz de Cristo!

Reciban su gracia reconciliadora en sus corazones y compártanla con los demás», dijo el Papa Francisco, culminando su viaje a Corea con la Santa Misa para implorar a Dios la gracia de la paz y de la reconciliación. 

Con este ruego que tiene especial resonancia en la península coreana, cuyo pueblo desde hace más de 60 años conoce la experiencia de división y conflicto, en la Catedral de Myeong-dong, en Seúl, el Obispo de Roma alentó también a dar «un testimonio convincente del mensaje reconciliador de Cristo en sus casas, en sus comunidades y en todos los ámbitos de la vida nacional». 

Exhortando a la conversión e impulsando la amistad y colaboración con otros cristianos, con los seguidores de otras religiones y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, invitó a rezar «para que surjan nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro, para que se superen las diferencias, para que, con generosidad constante, se preste asistencia humanitaria a cuantos pasan necesidad, y para que se extienda cada vez más la convicción de que todos los coreanos son hermanos y hermanas, miembros de una única familia, de un solo pueblo. Hablan la misma lengua».

En la oración de los fieles, el Papa Bergoglio invitó a rezar por el Card. Filoni, enviado personal suyo a Irak y por cuantos sufren persecuciones y están obligados a dejar sus casas y tierra.

 Homilía Completa

sábado, 16 de agosto de 2014

«TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO» De la constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío XII

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición... afirma, con elocuencia vehemente: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre
de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al
Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. [...]


Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen
integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

Fuente: News.va



Papa: los mártires testimonian que la victoria de Cristo es la nuestra. Escuchar el clamor de los pobres e impulsar la paz, en Corea, en Asia y en todo el mundo

¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rm 8,35). 

En un mundo que a menudo cuestiona nuestra fe, los mártires son testimonio del poder del amor de Dios, para construir una sociedad justa, libre y reconciliada, inspirando a todos los hombres de buena voluntad para impulsar la paz, en Corea, en Asia y para toda la familia humana.

 Con una multitudinaria participación de fieles - entre ochocientos mil y un millón - en un día de gran regocijo para todos los coreanos, el Papa Francisco beatificó a los mártires Pablo Yun Ji-chung y sus 123 compañeros que «vivieron y murieron por Cristo y ahora reinan con Él en la alegría y en la gloria». 


Su ejemplo nos interpela a todos en sociedades que no escuchan el clamor de los pobres, donde Cristo nos sigue llamando. Destacando el legado de todos ellos y su testimonio de caridad y solidaridad para con todos - parte de la rica historia del pueblo coreano - el Santo Padre recordó que «en la misteriosa providencia de Dios, la fe cristiana no llegó a las costas de Corea a través de los misioneros; sino que entró por el corazón y la mente de los propios coreanos»

«Tras un encuentro inicial con el Evangelio», «el conocimiento de Jesús pronto dio lugar a un encuentro con el Señor mismo». 

Abrazando en esta beatificación también a todos los mártires anónimos que en Corea y en todo el mundo, han dado su vida por Cristo o han sufrido lacerantes persecuciones por su nombre, el Papa Bergoglio culminó su homilía rogando «que la intercesión de los mártires coreanos, en unión con Nuestra Señora, Madre de la Iglesia, nos alcance la gracia de la perseverancia en la fe y en toda obra buena en la santidad y la pureza de corazón, y en el celo apostólico de dar testimonio de Jesús en este querido país, en toda Asia y hasta los confines de la tierra». (CdM - RV)

Texto completo

viernes, 15 de agosto de 2014

Santo Padre ¡cuente con nosotros!

Tras las huellas del Papa en Corea, nuestro enviado especial, Raúl Cabrera, nos habla de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María presidida por el Papa Francisco
Santo Padre ¡cuente con nosotros!Francisco tuvo unas horas de merecido reposo la noche del jueves luego del largo viaje y la intensa primera jornada de actividades en Seúl. Pasadas las ocho de la mañana del viernes 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María y Fiesta nacional de la Liberación de la República de Corea, el Papa dejó la Nunciatura Apostólica para dirigirse a Daejeon. Con su séquito recorrió más de cien kilómetros en un modernísimo tren de alta velocidad. Entre cantos, oraciones y momentos de meditación, en el estadio de la Copa Mundial del 2002 esperaban ya más de cincuenta mil fieles concentrados alegremente desde muy temprano. Una imagen característica del paso de Francisco se repitió también en esta ciudad: en un lento avanzar del papamóvil, el Obispo de Roma recorrió el campo deteniéndose a bendecir y saludar a quien le tendía la mano o lo llamaba con insistencia. La ceremonia se realizó en coreano y en latín y estuvo marcada por el recuerdo de las 300 victimas del barco Sewol, con la presencia de unos cuarenta familiares. Un conmovedor testimonio lo dio el padre de uno de los muertos con su peregrinación de 900 kilómetros cargando una cruz para ver al Papa, y pidiendo ser bautizado. El Santo Padre lo hará el sábado en la Nunciatura Apostólica.
Iglesia en camino: Mons. Lázaro Yu, obispo de Daejeon, prestó su voz para saludar al Papa a nombre de los presentes, notando que la Iglesia católica de Corea, de Iglesia que solamente recibía, se está transformando en una Iglesia que comparte y dona. Es una Iglesia aun afligida por el sufrimiento de las divisiones y tensiones, dijo, y que vive en el luto a causa del accidente que ha causado el hundimiento de la Sewol. El Obispo Yu subrayó la certeza de que la visita del Papa, que se realiza en este período de crisis tan delicado y difícil, se convertirá en una preciosa ocasión para testimoniar la palabra ‘levántate e ilumina el mundo’.“En muchas oportunidades ha pedido al pueblo de Dios rezar por usted y su ministerio apostólico, le recordó .” Acogiendo su deseo y en espera de su venida a Corea, los fieles de la diócesis de Daejeon han rezado con particular devoción, dijo al Papa el Monseñor Yu, contándole que en este periodo los fieles coreanos han rezado el Rosario por Francisco más de 15 millones de veces.
Con precisión asiática el Obispo de Daejeon agregó que los coreanos han celebrado la Santa Misa según las intenciones del Pontífice más de dos millones de veces. Hemos rezado juntos una oración especial por el Papa 3.289,179 veces puntualizó, prometiendo a Francisco seguir rezando por él. “Queremos comprometernos en vivir para la Iglesia y por el Papa ¡Santo Padre cuente con nosotros!”
RC-RV

Papa Francisco: transformar el mundo según el plan de Dios Amor. La Asunción de María nos muestra la esperanza y libertad cristiana real

Homilía Asunción de la Virgen María
Daejeon, Estadio de la Copa del Mundo 15 de agosto de 2014
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
En unión con toda la Iglesia celebramos la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a la gloria del cielo. La Asunción de María nos muestra nuestro destino como hijos adoptivos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Como María, nuestra Madre, estamos llamados a participar plenamente en la victoria del Señor sobre el pecado y sobre la muerte y a reinar con Él en su Reino eterno. Ésta es nuestra vocación.
La “gran señal” que nos presenta la primera lectura –una mujer vestida de sol coronada de estrellas (cf. Ap 12,1)– nos invita a contemplar a María, entronizada en la gloria junto a su divino Hijo. Nos invita a tomar conciencia del futuro que también hoy el Señor resucitado nos ofrece. Los coreanos tradicionalmente celebran esta fiesta a la luz de su experiencia histórica, reconociendo la amorosa intercesión de María en la historia de la nación y en la vida del pueblo.
En la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo diciéndonos que Cristo es el nuevo Adán, cuya obediencia a la voluntad del Padre ha destruido el reino del pecado y de la esclavitud y ha inaugurado el reino de la vida y de la libertad (cf. 1 Co 15,24-25). La verdadera libertad se encuentra en la acogida amorosa de la voluntad del Padre. De María, llena de gracia, aprendemos que la libertad cristiana es algo más que la simple liberación del pecado. Es la libertad que nos permite ver las realidades terrenas con una nueva luz espiritual, la libertad para amar a Dios y a los hermanos con un corazón puro y vivir en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Cristo.
Hoy, venerando a María, Reina del Cielo, nos dirigimos a ella como Madre de la Iglesia en Corea. Le pedimos que nos ayude a ser fieles a la libertad real que hemos recibido el día de nuestro bautismo, que guíe nuestros esfuerzos para transformar el mundo según el plan de Dios, y que haga que la Iglesia de este país sea más plenamente levadura de su Reino en medio de la sociedad coreana. Que los cristianos de esta nación sean una fuerza generosa de renovación espiritual en todos los ámbitos de la sociedad. Que combatan la fascinación de un materialismo que ahoga los auténticos valores espirituales y culturales y el espíritu de competición desenfrenada que genera egoísmo y hostilidad. Que rechacen modelos económicos inhumanos, que crean nuevas formas de pobreza y marginan a los trabajadores, así como la cultura de la muerte, que devalúa la imagen de Dios, el Dios de la vida, y atenta contra la dignidad de todo hombre, mujer y niño.


Como católicos coreanos, herederos de una noble tradición, ustedes están llamados a valorar este legado y a transmitirlo a las generaciones futuras. Lo cual requiere de todos una renovada conversión a la Palabra de Dios y una intensa solicitud por los pobres, los necesitados y los débiles de nuestra sociedad.
Con esta celebración, nos unimos a toda la Iglesia extendida por el mundo que ve en María la Madre de nuestra esperanza. Su cántico de alabanza nos recuerda que Dios no se olvida nunca de sus promesas de misericordia (cf. Lc 1,54-55). María es la llena de gracia porque «ha creído» que lo que le ha dicho el Señor se cumpliría (Lc 1,45). En ella, todas las promesas divinas se han revelado verdaderas. Entronizada en la gloria, nos muestra que nuestra esperanza es real; y también hoy esa esperanza, «como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,19), nos aferra allí donde Cristo está sentado en su gloria.
Esta esperanza, queridos hermanos y hermanas, la esperanza que nos ofrece el Evangelio, es el antídoto contra el espíritu de desesperación que parece extenderse como un cáncer en una sociedad exteriormente rica, pero que a menudo experimenta amargura interior y vacío. Esta desesperación ha dejado secuelas en muchos de nuestros jóvenes. Que los jóvenes que nos acompañan estos días con su alegría y su confianza no se dejen nunca robar la esperanza.
Dirijámonos a María, Madre de Dios, e imploremos la gracia de gozar de la libertad de los hijos de Dios, de usar esta libertad con sabiduría para servir a nuestros hermanos y de vivir y actuar de modo que seamos signo de esperanza, esa esperanza que encontrará su cumplimiento en el Reino eterno, allí donde reinar es servir. Amén.

jueves, 14 de agosto de 2014

No nos desanimemos en impulsar esperanza, justicia, paz y unidad para Corea, la región y el mundo cansado de guerras, exhorta el Papa

Es una gran alegría para mí venir a Corea, la “tierra de la mañana tranquila”, y descubrir no sólo la belleza natural del País, sino sobre todo de su gente así como su riqueza histórica y cultural. Este legado nacional ha sufrido durante años la violencia, la persecución y la guerra. Pero, a pesar de estas pruebas, el calor del día y la oscuridad de la noche siempre han dejado paso a la tranquilidad de la mañana, es decir, a una esperanza firme de justicia, paz y unidad. La esperanza es un gran don. No nos podemos desanimar en el empeño por conseguir estas metas, que son un bien, no sólo para el pueblo coreano, sino para toda la región y para el mundo entero.
Agradezco a la Presidenta, Señora Park Geun-hye, su cordial recibimiento. Mi saludo se dirige a ella y a los distinguidos miembros del Gobierno. Quiero dar las gracias también a los miembros del Cuerpo Diplomático y a todos los presentes, que han colaborado activamente en la preparación de mi visita. Muchas gracias por su acogida, que me ha hecho sentir en casa desde el primer momento.
 


Mi visita a Corea tiene lugar con ocasión de la VI Jornada de la Juventud Asiática, que reúne a jóvenes católicos de todo este vasto continente para una gozosa celebración de la fe común. Durante esta visita, además, proclamaré beatos a algunos coreanos que murieron mártires de la fe cristiana: Pablo Yun Ji-chung y sus 123 compañeros. Estas dos celebraciones se complementan una a otra. La cultura coreana ha sabido entender muy bien la dignidad y la sabiduría de los ancianos y reconocer su puesto en la sociedad. Nosotros, los católicos, honramos a nuestros mayores que sufrieron el martirio a causa de la fe, porque estuvieron dispuestos a dar su vida por la verdad en que creían y que guiaba sus vidas. Ellos nos enseñan a vivir totalmente para Dios y haciendo el bien a los demás.
 


Un pueblo grande y sabio no se limita sólo a conservar sus antiguas tradiciones, sino que valora también a sus jóvenes, intentando transmitirles el legado del pasado aplicándolo a los retos del presente. Siempre que los jóvenes se reúnen, como en esta ocasión, es una preciosa oportunidad para escuchar sus anhelos y preocupaciones. Además, esto nos hace reflexionar sobre el modo adecuado de transmitir nuestros valores a la siguiente generación y sobre el tipo de mundo y sociedad que estamos construyendo para ellos. En este sentido, considero particularmente importante en este momento reflexionar sobre la necesidad de transmitir a nuestros jóvenes el don de la paz.
Esta llamada tiene una resonancia especial aquí en Corea, una tierra que ha sufrido durante tanto tiempo la ausencia de paz. Por mi parte, sólo puedo expresar mi reconocimiento por los esfuerzos hechos a favor de la reconciliación y la estabilidad en la península coreana, y animar estos esfuerzos, porque son el único camino seguro para una paz estable. La búsqueda de la paz por parte de Corea es una causa que nos preocupa especialmente, porque afecta a la estabilidad de toda la región y de todo el mundo, cansado de las guerras.
 


La búsqueda de la paz representa también un reto para cada uno de nosotros y en particular para quienes entre ustedes tienen la responsabilidad de defender el bien común de la familia humana mediante el trabajo paciente de la diplomacia. Se trata del reto permanente de derribar los muros de la desconfianza y del odio promoviendo una cultura de reconciliación y de solidaridad. La diplomacia, como arte de lo posible, está basada en la firme y constante convicción de que la paz se puede alcanzar mediante la escucha atenta y el diálogo, más que con recriminaciones recíprocas, críticas inútiles y demostraciones de fuerza.
 



La paz no consiste simplemente en la ausencia de guerra, sino que es “obra de la justicia” (cf. Is 32,17). Y la justicia, como virtud, requiere la disciplina de la paciencia; no se trata de olvidar las injusticias del pasado, sino de superarlas mediante el perdón, la tolerancia y la colaboración. Requiere además la voluntad de fijar y alcanzar metas ventajosas para todos, poner las bases para el respeto mutuo, para el entendimiento y la reconciliación. Me gustaría que todos nosotros podamos dedicarnos en estos días a la construcción de la paz, a la oración por la paz y a reforzar nuestra determinación de conseguirla.


 Queridos amigos, sus esfuerzos como representantes políticos y ciudadanos están dirigidos en último término a construir un mundo mejor, más pacífico, más justo y próspero, para nuestros hijos. La experiencia nos enseña que en un mundo cada vez más globalizado, nuestra comprensión del bien común, del progreso y del desarrollo debe ser no sólo de carácter económico sino también humano. Como la mayor parte de los países desarrollados, Corea afronta importantes problemas sociales, divisiones políticas, inequidades económicas y está preocupada por la protección responsable del medio ambiente. Es importante escuchar la voz de cada miembro de la sociedad y promover un espíritu de abierta comunicación, de diálogo y cooperación. Es asimismo importante prestar una atención especial a los pobres, a los más vulnerables y a los que no tienen voz, no sólo atendiendo a sus necesidades inmediatas, sino también promoviendo su crecimiento humano y espiritual. Estoy convencido de que la democracia coreana seguirá fortaleciéndose y que esta nación se pondrá a la cabeza en la globalización de la solidaridad, tan necesaria hoy: esa solidaridad que busca el desarrollo integral de todos los miembros de la familia humana.



En su segunda visita a Corea, hace ya 25 años, san Juan Pablo II manifestó su convicción de que «el futuro de Corea dependerá de que haya entre sus gentes muchos hombres y mujeres sabios, virtuosos y profundamente espirituales» (8 octubre 1989). Haciéndome eco de estas palabras, les aseguro el constante deseo de la comunidad católica coreana de participar plenamente en la vida del país. La Iglesia desea contribuir a la educación de los jóvenes, al crecimiento del espíritu de solidaridad con los pobres y los desfavorecidos y a la formación de nuevas generaciones de ciudadanos dispuestos a ofrecer la sabiduría y la visión heredada de sus antepasados y nacida de su fe, para afrontar las grandes cuestiones políticas y sociales de la nación.
Señora Presidenta, Señoras y Señores, les agradezco de nuevo su bienvenida y su acogida. El Señor los bendiga a ustedes y al querido pueblo coreano. De manera especial, bendiga a los ancianos y a los jóvenes que, preservando la memoria e infundiéndonos ánimo, son nuestro tesoro más grande y nuestra esperanza para el futuro.

Pongo ante usted las lágrimas, sufrimientos y gritos desesperados de Cristianos y otras minorías religiosas de Irak, el Papa a Secretario General de la ONU

Sr. Ban Ki-moonSecretario General Organización de las Naciones Unidas
Es con el corazón cargado y angustiado que he seguido los dramáticos eventos de estos últimos días en el norte de Irak, donde los cristianos y las otras minorías religiosas han sido obligados a huir de sus casas y asistir a la destrucción de sus lugares de culto y del patrimonio religioso. Conmovido por su situación, he pedido a Su Eminencia el Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos -que sirvió como Representante de mis predecesores, el Papa San Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI, ante el pueblo de Irak-, que manifieste mi cercanía espiritual y que exprese mi preocupación, y la de toda la Iglesia católica, por el intolerable sufrimiento de aquellos que solo desean vivir en paz, armonía y libertad en la tierra de sus antepasados.
Con el mismo espíritu, le escribo, Señor Secretario General, y pongo ante usted las lágrimas, los sufrimientos y los gritos desesperados de los Cristianos y de las otras minorías religiosas de la amada tierra de Irak. Mientras renuevo mi llamado urgente a la comunidad internacional a intervenir para poner fin a la tragedia humanitaria en curso, animo a todos los organismos competentes de las Naciones Unidas, en particular a los responsables de la seguridad, la paz, el derecho humanitario y la asistencia a los refugiados a continuar sus esfuerzos en conformidad con el Preámbulo y a los Artículos pertinentes a la Carta de las Naciones Unidas.
Los ataques violentos que están extendiéndose a lo largo del norte de Irak no pueden sino despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para cumplir acciones concretas de solidaridad, para proteger a cuantos son golpeados y amenazados por la violencia y para asegurar la asistencia necesaria y urgente a tantas personas refugiadas, así como también el regreso a sus ciudades y a sus hogares. Las trágicas experiencias del siglo XX y la más elemental comprensión de la dignidad humana, obliga a la comunidad internacional, en particular, a través de las normas y de los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas.
Confiado en que mi llamado -que uno al de los Patriarcas Orientales y de los demás líderes religiosos-, encontrará una respuesta positiva, aprovecho la oportunidad para renovar a Vuestra Excelencia mi más alta consideración. Desde el Vaticano, 9 de agosto de 2014
Traducción del italiano: jesuita Guillermo Ortiz

lunes, 11 de agosto de 2014

Santa Clara de Asís. Catequesis de Benedicto XVI, AUDIENCIA GENERAL, 15 de septiembre de 2010

Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la renovación de la Iglesia. [...]

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís.
Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de san Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. [...]
Jaime de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis(cf. FF, 3279).
Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara. [...] En el convento de san Damián Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad.

A Dios se le descubre en el silencio

Me parece tan actual el relato de Elías que leemos en la primera lectura de hoy... vino un huracán con un fuerte viento... luego un terremoto... luego un fuego... pero el Señor no estaba en ninguno de ellos... al final vino una brisa tenue y allí Elías encontró al Señor... la misma enseñanza la encontramos en el Evangelio... Jesús que se aparta solo al monte, para orar en el silencio de la noche...

No confundamos la emociones con la presencia de Dios... las emociones nos excitan los sentidos y nos hacen sentir “bonito”... pero a ÉL se le descubre en el silencio... silencio exterior y silencio interior... donde lo único que se escucha es la Voz de Dios hablándole a nuestro corazón...

Fuente: Tengo sed de Ti

«¡Señor, haz que haya paz en nuestros días!» Inquebrantable ruego del Papa Francisco ante tanta sangre inocente en Irak y Gaza


¡Todo esto ofende gravemente a Dios y a la humanidad! No al odio y a la guerra en nombre de Dios, exclamó con consternación el Sucesor de Pedro, refiriéndose a los crímenes que se perpetran, en especial a la muerte de tantos niños y al sufrimiento de las víctimas indefensas de la cruel sinrazón de la violencia, que no se vence con más violencia. En el domingo en el que al unísono con el Obispo de Roma, como pidió él mismo, los corazones de los católicos del mundo junto con los de todas las personas de buena voluntad, elevan una oración especial, el Papa Bergoglio volvió a pronunciar un apremiante llamamiento. Abrazando a las poblaciones golpeadas, apelando a la comunidad internacional y recordando la misión de su Enviado Personal, Card. Filoni, que viaja este lunes, el Santo Padre recordó también a las víctimas del Ébola y pidió que se le acompañe con la oración en su Viaje a Corea:

Queridos hermanos y hermanas
nos dejan pasmados y consternados las noticias que llegan de Irak: miles de personas, entre ellos tantos cristianos, expulsados de sus hogares de una manera brutal; niños que mueren de sed y de hambre durante la fuga; mujeres secuestradas; personas masacradas; violencias de todo tipo; destrucción por todas partes, de casas, de patrimonios religiosos, históricos y culturales. ¡Todo esto ofende gravemente a Dios y a la humanidad. ¡No se odia en nombre de Dios! ¡No se hace la guerra en nombre de Dios!

Todos nosotros pensando en esta situación, en esta gente, recemos en silencio...
Agradezco a los que, con valentía, están brindando socorro a estos hermanos y hermanas, y confío en que una solución política eficaz a nivel internacional y local pueda detener estos crímenes y restaurar el derecho. Para asegura mejor mi cercanía a esas queridas poblaciones he nombrado como mi Enviado Personal, que mañana viajará desde Roma a Irak al Cardenal Fernando Filoni.

También en Gaza, después de una tregua se ha reanudado la guerra que se cobra víctimas inocentes - niños - y no hace más que empeorar el conflicto entre israelíes y palestinos.

Oremos juntos al Dios de la paz, por intercesión de la Virgen María: Dona la paz, Señor, a nuestros días, y haz que seamos constructores de justicia y de paz.
¡Reina de la paz, ruega por nosotros!
Oremos también por las víctimas del virus "Ébola" y por aquellos que están luchando para detenerlo».


Con sus saludos a todos los peregrinos y fieles romanos, el Papa recordó que desde el próximo miércoles hasta el lunes, 18 va a realizar un Viaje Apostólico a Corea, y pidió ¡por favor, acompáñenme con la oración!
(CdM - RV)

Pedro comienza a hundirse en el momento que deja de mirar a Jesús y se deja envolver por las adversidades, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
 
¡Buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago. 

Después de la multiplicación de los panes y de los peces, Él invita a los discípulos a subirse en una barca y a esperarlo en la otra orilla, mientras Él despide a la gente y luego se retira a rezar en la montaña hasta la noche. 

Mientras tanto en el lago se desata una fuerte tormenta, y es ahí, en medio de la tormenta que Jesús llega a la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando lo ven, los discípulos se asustan, piensan que es un fantasma, pero Él los tranquiliza: “¡Animo, soy yo, no tengan miedo!” Pedro, con su típico impulso, le pide casi una prueba: “Señor, si eres tú, ordéname de ir hacia ti caminado sobre las aguas”; y Jesús le dice: “¡Ven!”. 

Pedro baja de la barca y se pone a caminar sobre las aguas; pero el fuerte viento lo embiste y comienza a hundirse. Entonces grita: “¡Señor, sálvame!”, y Jesús le tiende la mano y lo saca.
 

Esta narración es una bella imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice: “¡Ven!”, él reconoce el eco del primer encuentro sobre la orilla de ese mismo lago, y luego, una vez más, deja la barca y va hacia el maestro. ¡Y camina sobre las aguas! 

La respuesta confiada y rápida a la llamada del Señor hace realizar siempre cosas extraordinarias. Pero, Jesús mismo nos decía que nosotros somos capaces de hacer milagros con nuestra fe, fe en Él, fe en su palabra, fe en su voz. 

En cambio, Pedro comienza a hundirse en el momento que deja de mirar a Jesús y se deja envolver por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor esta siempre ahí, y cuando Pedro lo llama, Jesús lo salva del peligro. 

En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, es descrita nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y todavía victoriosa, la fe del cristiano camina al encuentro del Señor resucitado, en medio de las tormentas y los peligros del mundo.
También es muy importante la escena final. “apenas subieron en la barca, el viento cesó. Aquellos que estaban en la barca se prostraron delante de Él, diciendo: “¡de verdad tu eres el Hijo de Dios!”. 

En la barca están todos los discípulos, acomunados por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, “de la poca fe”. Pero cuando sobre aquella barca sube Jesús, el clima cambia en seguida: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos los pequeños y atemorizados se hacen grandes en el momento en el cual se arrojan de rodillas y reconocen en su maestro que es el Hijo de Dios. 

Cuantas veces también a nosotros nos sucede lo mismo, sin Jesús, lejos de Jesús nos sentimos temerosos, inadecuados a tal punto de pensar que no podemos salir adelante, ¡falta la fe!. Pero Jesús está siempre con nosotros, tal vez escondido, pero siempre presente y listo para socorrernos.
Esta es una imagen clara de la Iglesia: una barca que debe afrontar la tormenta y a veces parece que va a ser hundida. 

Lo que la salva no es la calidad o el valor de sus hombres, sino la fe, que le permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre al lado, que nos tiene de la mano para alejarnos del peligro. Todos nosotros estamos sobre esta barca, y aquí nos sentimos seguros no obstante nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, ¡adorar a Jesús!, el único Señor de nuestra vida. A esto nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos con confianza.
(RM-RV)

sábado, 9 de agosto de 2014

De los escritos espirituales de Santa Teresa Benedicta de la Cruz


“Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra” Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo.

El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida.

Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz.
Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre. Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios.

Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza.

Quienquiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena.

Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz , con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento.

El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo.

Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad.

El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno. Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra.

Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir.


El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!

«LA PUERTA DE LA VIDA SE ABRE A LOS QUE CREEN EN EL CRUCIFICADO»

Del libro "La Ciencia de la Cruz" de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein):

Cristo se sometió al yugo de la ley, guardando plenamente la ley y muriendo por la ley y por medio de la ley. Liberó, por ello, a los que desean recibir la vida. Pero no la pueden recibir, salvo que ellos mismos ofrezcan la suya propia. 

Porque los que han sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte han sido bautizados. Son sumergidos en su vida para devenir miembros de su cuerpo y padecer y morir con él, como miembros suyos. Esta vida vendrá abundantemente en el día glorioso, pero ya ahora, mientras vivimos en la carne, participamos de ella, si creemos que Cristo ha muerto por nosotros para darnos la vida. 

Con esta fe nos unimos con él como los miembros se unen con su cabeza; esta fe nos abre a la fuente de su vida. Por eso, la fe en el Crucificado, es decir, esa fe viva que lleva aparejada un amor entregado, viene a ser para nosotros puerta de la vida y comienzo de la gloria; de ahí que la Cruz constituya nuestra gloria: Fuera de mí gloriarme en otra cosa que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Quien elige a Cristo ha muerto para el mundo y el mundo para él. [...]

Pero la Cruz no es el fin; la Cruz es la exaltación y mostrará el cielo. La Cruz no sólo es signo, sino también invicta armadura de Cristo: báculo de pastor con el que el divino David se enfrenta contra el malvado Goliat; báculo con el que Cristo golpea enérgicamente la puerta del cielo y la abre. Cuando se cumplan todas estas cosas, la luz divina se difundirá y colmará a cuantos siguen al Crucificado.
Fuente: News.va

Adiós Mosul. Gracias por no habernos protegido

Amarga carta de adiós del escritor iraquí cristiano Majed Aziza a su ciudad, Mosul, después de la decisión del ISIS de expulsar a todos los cristianos.
Expulsados, dejamos nuestra ciudad, Mosul, humillados por los detentores del nuevo islam. La dejamos por primera vez en la historia. Y, partiendo, damos las gracias a nuestros vecinos, vecinos que pensábamos que nos habrían protegido como lo hicieron un tiempo, y que se habrían rebelado contra la furia de estos criminales del siglo XXI, diciéndoles que somos los auténticos hijos de esta ciudad y que somos sus fundadores.

Nos armábamos de valor diciéndonos que podíamos contar con ellos, hermanos valerosos que mostrarán de qué pasta están hechos.

Pero nos han abandonado, dejándonos arrastrar fuera de la ciudad, hacia lo desconocido. Han cerrado los ojos, mientras dejábamos detrás nuestra historia, las tumbas de nuestros antepasados, nuestras casas, nuestro patrimonio y todo lo que es querido a nuestro corazón. Nos han abandonado, mientras decíamos adiós a nuestros barrios, a la mezquita de Jonás (que contenía también la tumba de este profeta y que, por este motivo, ha sido destruida por los yihadistas del estado islámico de Iraq y del Levante (ISIS). Adiós también al arzobispado, a la iglesia de Maskinta y a la de Ain Kibrit… ¡Adiós a todos vosotros! No estaremos más en vuestras fiestas y ceremonias, en vuestros matrimonios y funerales. El final de los milenios que hemos pasado juntos.

Adiós a nuestros parientes sepultados en Mosul. Les dejamos, expulsados de nuestra ciudad. Que nos perdonen si no podemos ir a sus tumbas con ocasión de las fiestas religiosas. Adiós a los restos mortales de mi abuelo Elías, de mi tío paterno– padre Mikhail –, a mis tíos maternos Ibrahim y Mikhail Haddad que me transmitieron la pasión del periodismo, adiós a mi tío paterno Estefan Aziza, el primer mártir de la familia, adiós al convento de San Jorge, adiós a los puentes de mi ciudad, a sus murallas y a sus terrenos de juego, a su universidad y a su centro cultural.

Perdonadnos, viejos amigos, hermanos y nobles hijos de nuestra ciudad. Perdonad nuestras faltas. Si acaso hemos faltado a nuestros deberes hacia vosotros, esto no quita que hemos vivido juntos centenares, miles de años, construyendo Mosul con el sudor de nuestra frente.

Y hoy, nos miráis desde lejos, mientras somos expulsados, humillados a los ojos de todos. Los asesinos de Daech (acrónimo árabe de ISIS) nos han echado de nuestras casas y de nuestras ciudades. Adios a todos vosotros. Y gracias. Dejamos por la fuerza una tierra que hemos alimentado con nuestra sangre.

Fuente: Aleteia