viernes, 16 de noviembre de 2012

Oración a Jesús

Te damos gracias, Jesús,
porque nos propones tu amistad;
te damos gracias
porque, con independencia
de lo que hagamos o podemos hacer,
tu nos ofreces
una relación verdadera y real contigo,
de la que depende
cualquier relación verdadera con los demás.

Te pedimos, Señor,
que aceptemos tu ofrecimiento
que no lo rechacemos
ni lo consideremos algo evidente,
porque es un don excepcional que nos propones.

Te pedimos, Señor,
que te manifiestes a nosotros
diciéndonos lo que somos,
revelándonos la verdad sobre nosotros mismos,
para que podamos gustar la alegría del evangelio.

Te rogamos, Señor,
que nos salves,
que nos des tu Espíritu de verdad,
tú que vives y reinas
con el Padre y el Espíritu
por los siglos de los siglos.
Amén
Cardenal Martini

jueves, 15 de noviembre de 2012

Creo en Dios


Creo en Ti, Señor. Creo que existes, que vives, que eres amor. Creo que eres la misericordia infinita y que la manifiestas a raudales en tantos acontecimientos de nuestra vida.

Creo que eres el camino seguro que lleva al cielo, y que no hay otro. No hay otro cielo ni otro camino que lleve al mismo.

Creo que eres la verdad de la vida y de las cosas. Eres también la vida de todos los seres, eres mi vida... Vida plena, vida eterna...

Creo que has formado los cielos y la tierra, con todo su ornato. Si en Ti no creyera, todo sería destrucción, desorden, caos. Creo en Ti, Señor.

Crecer en la fe es crecer en el amor. Por eso, porque creo en Ti con toda mi mente, te amo con todo mi corazón. Creer es fiarse, es tomar la mano del amado y, sin soltarla, caminar juntos siempre, durante las horas de desierto y las horas de primavera.

Te gusta, Señor, que tengamos fe en Ti: "Tu fe te ha salvado", y te apena mucho nuestra falta de fe: "Hombres de apoca fe, ¿porqué habéis dudado?"

Quiero ser un hombre o una mujer que se fía de Ti totalmente, que camina por la vida no con la seguridad de sus pies o de su mente sino con la seguridad de su Dios.

Tu Humanidad ha sido glorificada y está junto a Dios. Eres un Dios Hombre para siempre con una humanidad glorificada y, como eres hombre, nos has elevado hasta el trono de Dios, buscando hacernos semejantes a Ti.
Todo lo ha puesto Dios bajo tus pies. Eres el rey del universo no sólo como Dios sino también como hombre. Pero al mismo tiempo has elevado a la naturaleza humana hasta el trono de Dios, la has divinizado.

Tu amor va mucho más allá de lo que pidiéramos imaginar o anhelar. La frase "seréis como dioses" se realizará. San Juan lo confirma: "Seremos semejantes a Él porque lo verismos al cual es." ¿Qué mas podías hacer por nosotros, por mí?

Por eso, el no corresponder a tanto amor, el dar la espalda a semejante bondad representa una ingratitud tan grande como el universo. Aún desconozco la altura, la anchura y la profundidad de semejante amor. Si yo conociera, si yo creyera en semejante amor...
P. Mariano de Blas

lunes, 12 de noviembre de 2012

Como el niño


Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos, al caer la tarde.

...
Como el niño que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura
sabiendo que eres tú quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tú cuidarás los sueños de la noche,
tú borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva. Amén.

-Himno de las Completas, Liturgia de las Horas


Esta tarde, cuando el día ya va de caída y la noche se siente cercana... abramos nuestro corazón al Amor y la Paz que solamente el Señor nos puede dar... y que mejor manera de acercarnos a Él que de la mano de su Santísima Madre...
De "Tengo sed de Ti"

La viuda pobre del Evangelio es un modelo de fe


Durante el tradicional rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, el papa Benedicto XVI centró su reflexión en los pasajes de las dos viudas pobres que presenta la Liturgia de la Palabra de hoy, presentándolas como “modelo de fe” para el creyente. 

Y esto lo explicó haciendo ver que ambas viudas --la que encontró Elías en el Primer Libro de los Reyes (17,10-16), y la que dejó su ofrenda en el templo de Jerusalén (Marcos 12, 41-44)--, eran mujeres muy pobres, que desde su misma condición demostraron una gran fe en Dios. 

Refiriéndose a la primera de ellas, recordó cómo en Sidón, hasta donde había llegado el profeta por orden de Dios, la viuda fue interpelada por Elías quien le pidió compartir el agua y la harina que era su único sustento. En un acto de confianza –y de misericordia--, le dio de comer confiando en la promesa de que si compartía, en su mesa no faltarían los alimentos. 

Luego el papa pasó a explicar la acción de la viuda de la ofrenda en el templo, quien nunca imaginó que su gesto oculto fuese visto por el propio Hijo de Dios, y usado como enseñanza in situ para la formación progresiva que le daba a sus discípulos. Bastó una palabra del Maestro para que se entendiera a cabalidad lo hecho por la viuda pobre frente a los demás, que depositaban muchas monedas: "esta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir" (Mc. 12,44). 

Ante el ejemplo de estas dos gigantes de la escritura, el papa comparó sus vidas con la actitud de quien “basa su vida en Dios, en su Palabra, y confía plenamente en Él”. Recordó que la viudez, así como la orfandad son presentados en la Biblia como objeto de la protección de Dios. Sin embargo, esta situación no es suficiente –ni menos justificación--, para no responderle a Dios, quien “siempre exige nuestra libre aceptación de la fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo”, ya que --añadió, “nadie es tan pobre que no pueda donar algo”. 

Finalmente, enseñó que las viudas de los dos relatos no solo dieron prueba de su fe, sino que cumplieron con un acto de caridad; fueron creyentes que dieron testimonio de la “unidad inseparable de la fe y de la caridad, y entre el amor a Dios y el amor al prójimo”. 

Y no quiso despedirse sin presentar nuevamente a la Virgen María como “el ejemplo perfecto de alguien que se entrega por completo confiando en Dios”, y le encomendó los esfuerzos que cada creyente hará en este Año de la fe, por reforzar la confianza en Dios y en su Palabra. 
Benedicto XVI

viernes, 9 de noviembre de 2012

Contemplación y oración



La contemplación es la forma más perfecta de la oración... 
es una mirada íntima que comienza en Dios y nos hace mirarle de vuelta, ensimismados en su mirada... 
en ese instante entre el Amado y el amante, se detiene el tiempo, se ensancha el corazón y se llena de gracias el alma... 
dicen los santos que esa unión perfecta con Dios es como un anticipo del cielo...

Ahora piensa que no importa que tan íntima y profunda llegue a ser nuestra oración contemplativa... 
no importa que tanto podamos adentrarnos en el Misterio de Dios... 
nunca podrá compararse con la mirada entre la Madre y el Hijo... 
nadie, absolutamente nadie, conoce a Jesús mejor que María... 
pidámosle en este día que nos acompañe en nuestra oración... 
y nos vaya revelando todas esas cosas que desde siempre ha conservado en su corazón...
De "Tengo sed de Ti"

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables


 El Papa Benedicto XVI, en sus palabras previas al rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, aseguró que el amor a Dios y al prójimo son inseparables, y “la misma Persona de Jesús y todo su misterio encarnan la unidad del amor de Dios y del prójimo, como dos brazos de la Cruz, vertical y horizontal”.

El Santo Padre dijo que “Jesús no ha inventado ni uno ni otro, sino que ha revelado que son en fondo, un único mandamiento, y lo ha hecho no solamente con la palabra, sino sobre todo con su testimonio”.

“En la Eucaristía, Él nos dona este doble amor, donándose a sí mismo, porque nutridos de este Pan, nos amamos los unos a los otros como Él nos ha amado”.

El Papa señaló que los santos, que fueron celebrados recientemente “en una única fiesta solemne, son propiamente aquellos, que, confiando en la gracia de Dios, buscan vivir según esta ley fundamental” del amor a Dios y al prójimo.

“En efecto, el mandamiento del amor lo puede poner plenamente en práctica quien vive una relación profunda con Dios, así como el niño aprende a amar a partir de una buena relación con la madre y el padre”.

Benedicto XVI destacó que “antes de ser un mandato, el amor es un don, una realidad que Dios nos hace conocer, experimentar, de manera que como una semilla, que pueda germinar incluso dentro de nosotros y desarrollarse en nuestra vida”.

“Si el amor de Dios ha metido raíces profundas en una persona, ésta está en grado de amar incluso a quien no lo merece, como justamente hace Dios hacia nosotros”.

El Papa indicó que “el padre y la madre no aman a sus hijos sólo cuando lo merecen: los aman siempre, aunque sí, naturalmente, les hacen entender cuando se equivocan”.

De Dios aprendemos a querer siempre y nada más que el bien y nunca el mal. Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo”.

Esa mirada, dijo el Papa, “parte del corazón y no se detiene en la superficie, va más allá de las apariencias y logra acoger las expectativas profundas del otro, ser escuchado, tener una atención gratuita, en una palabra: ser amado”.

“Pero se verifica también el recorrido inverso: que abriéndome al otro así como es, yendo a buscarlo, haciéndome disponible, me abro también al conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno”.
Benedicto XVI

sábado, 3 de noviembre de 2012

Llamados a la santidad


Al unirnos a la celebración del 50 aniversario del Concilio Vaticanos II, en el marco del Año de la Fe, cuando deseamos celebrar con toda la Iglesia la fiesta de Todos los Santos, recordamos una de las declaraciones conciliares, la que desarrolla la identidad de todos los cristianos: “Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu" (LG 7,1).

La teología hablaba de los “estados de perfección” referidos a los ministros ordenados y a los consagrados. Desde la doctrina conciliar, estos estados se extienden a todos los bautizados. “Los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto” (LG 11,10).

Hoy reavivamos la vocación a la santidad, testimoniada a lo largo de los siglos.  La santidad es de Dios. Solamente Dios es Santo, pero por su gracia, muchos han participado de esa santidad y han reflejado ante el mundo la belleza divina.

Los discípulos del Maestro de Nazaret, los que fueron detrás de Él y lo sirvieron con sus bienes, dejándolo todo por Él, se convirtieron en el mejor reflejo de lo que significa ser amigos de Jesús. Siempre serán referencia evangélica.

Los que se configuraron con el Crucificado y dieron la vida por Él y como Él, de forma martirial, desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días, son antorchas de fe en medio de la noche.

Desde muy temprano, hubo quienes, siguiendo a Jesús, se retiraron a los desiertos para dar la vida de otra manera, con la radicalidad de vivir las Bienaventuranzas. Ellos han sido calificados como la martyria blanca. Nuestros claustros siguen habitados por hermanos que testimonian el rostro luminoso de Jesús.

A lo largo de siglos, destacan los ungidos por el Espíritu con el don de la caridad, que tuvieron la sagacidad de ver el rostro de Cristo en los más pobres, y lo sirvieron como a su Señor.

En medio del anonimato doméstico, viven personas que se profesan el amor, sacramento del que Cristo tiene a su Iglesia, y se convierten en recintos entrañables y fecundos, matriz de santidad de vida. Hay casos en la historia de familias enteras con todos sus miembros  santos.

Todos los que llevan en su cuerpo las señales de la Pasión de Cristo serán llamados benditos, y quienes estén cerca de ellos de manera compasiva recibirán el título de bienaventurados.

La santidad huele a Dios y atrae como el perfume. Este momento necesita santos. Ellos son los mejores intercesores y benefactores de la sociedad, porque son los que obtienen la misericordia de Dios sobre el mundo.

"Desconocemos el autor del artículo, pero nos ha parecido muy interesante publicarlo en el Blog"

jueves, 1 de noviembre de 2012

Fiesta de todos los Santos


Hoy, primero de noviembre se celebra la fiesta de Todos los Santos. Para toda la Iglesia es una gran celebración porque hay gran fiesta en el cielo. Para nosotros es una gran oportunidad de agradecer todos los beneficios, todas las gracias que Dios ha derramado en personas que han vivido en esta tierra y que han sido como nosotros, con las mismas debilidades, y con las fortalezas que vienen del mismo Dios. Celebremos este día con un corazón agradecido, porque Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres. 

Hoy es un buen día para reflexionar todo el bien espiritual y material que por intercesión de los santos hemos obtenido y tenemos hasta el día de hoy, pues los santos que desearon la Gloria de Dios desde aquí en la tierra lo siguen deseando en la visión beatifica, y comparten el mismo deseo de Nuestro Señor Jesucristo de que todos los hombres se salven, que todos los hombres glorifiquen a Nuestro Señor.

La Iglesia ha instituido la Fiesta de Todos los santos por las siguientes razones: 

1.- Para alabar y agradecer al Señor la merced que hizo a sus siervos, santificándolos en la tierra y coronándolos de gloria en el cielo.

2.- Para honrar en este día aun a los Santos de que no se hace fiesta particular durante el año.

3.- Para procurarnos mayores gracias multiplicando los intercesores.

4.- Para reparar en este día las faltas que en el transcurso del año hayamos cometido en las fiestas particulares de los Santos.

5.- Para animarnos más a la virtud con los ejemplos de tantos Santos de toda edad, sexo y condición, y con la memoria de la recompensa que gozan en el cielo. 

Ha de alentarnos a imitar a los Santos el considerar que ellos eran tan débiles como nosotros y sujetos a las mismas pasiones; que, fortalecidos con la divina gracia, se hicieron santos por los medios que también nosotros podemos emplear, y que por los méritos de Jesucristo se nos ha prometido la misma gloria que ellos gozan en el cielo. 

Se celebra la fiesta de Todos los Santos con tanta solemnidad porque abraza todas las otras fiestas que en el año se celebran en honor de los Santos y es figura de la fiesta eterna de la gloria. 
Fuente: Catholic.net

Escuchar la voz de Dios


En el salmo 81, del  Antiguo Testamento, ya  se relataba la historia de un pueblo que no escuchaba al  Señor. Se describía los intentos de un Dios misericordioso que intentaba lograr la atención de su pueblo.

Oye, pueblo mío, yo atestiguo contra ti,
¡ojalá me escucharas, Israel!
No tendrás ningún dios extraño,
no adorarás a ningún dios extranjero:
yo, el Señor, soy tu Dios,
que te hice subir de la tierra de Egipto.
 
Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no me quiso obedecer:
por eso los entregué a su obstinación,
para que se dejaran llevar por sus caprichos.

¡Ojalá mi pueblo me escuchara,
e Israel siguiera mis caminos!

Yo sometería a sus adversarios en un instante,
y volvería mi mano contra sus opresores.
Los enemigos del Señor tendrían que adularlo,
y ese sería su destino para siempre;
yo alimentaría a mi pueblo con lo mejor del trigo
y lo saciaría con miel silvestre".

Hoy nos habla Dios con tanta fuerza como hablaba a su pueblo en el Antiguo Testamento. El problema es que en este mundo tan ruidoso, no nos ponemos en disposición de oír lo que nuestro Padre nos quiere decir.

" Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva" 1Reyes, 19, 11-13

Allí estaba el Señor, en el susurro de una brisa suave, nosotros debemos dejar el corazón libre de preocupaciones, de los problemas diarios y quedarnos con el corazón en paz esperando lo que Dios nos quiera decir.

Porque Dios todavía nos habla, además de hablarnos a través de las lecturas de Su Palabra, nos habla a cada uno de nosotros. 
Porque nos ama, porque quiere que le conozcamos y así le amemos más.
Porque Él sabe que necesitamos su dirección clara y concreta para nuestra vida.
Porque Él sabe que necesitamos consuelo y ayuda, un consuelo y una ayuda que solamente Él puede darnos.   

¡Señor ayúdanos a dejar nuestro corazón abierto a tu Palabra! ¡Deseamos escucharte y saber qué quieres de nosotros en cada momento!

martes, 30 de octubre de 2012

El cuidado espiritual


Todos nos maravillamos de los milagros que realizaba Jesús. ¡Y cuántas veces le hemos pedido la curación de alguna enfermedad, nuestra o de alguna persona a la que queremos!

Sin duda, las enfermedades de aquella época eran difíciles de curar. No contaban con los medios actuales de diagnosis y terapias. No había salas de operaciones con la higiene que conocemos hoy, ni ecografías, ni vacunas, ni anestesias locales. Todo eso ha venido con el progreso técnico, médico y farmacológico.

Parece como si Dios hubiera dejado en manos de los médicos el cuidado del cuerpo para poder dedicar a los sacerdotes, sus más íntimos colaboradores, a la tarea más importante: el cuidado espiritual. Es increíble recuperar la vida de gracia y de intimidad con Dios. Es maravilloso ver nacer a Cristo cada día en la Eucaristía.

Porque la vida espiritual, aunque esté oculta a los ojos, tiene una dimensión infinitamente superior a las acciones puramente materiales. Por ejemplo, un acto de caridad hecho por amor a Dios embellece al alma de tal manera que nos quedaríamos extasiados si pudiéramos contemplarla. Es impresionante lo que realizan en nosotros los sacramentos. Porque recibimos gracias especiales de Dios. Sin embargo, tenemos que reconocer que estamos sujetos a las realidades de la tierra y que no podemos percibir nuestra transformación en el mundo espiritual. Pero si tenemos fe, y perseveramos hasta el final, un día podremos ver con claridad, sin misterios, la grandeza de cada alma humana.
Catholic.net

miércoles, 24 de octubre de 2012

Las distintas miradas de Jesús


"La mirada de Jesús es una mirada profunda, penetrante, de comprensión, de afecto, de ternura, de atención singular. Y nosotros podremos tal vez recordar ese momento, distinto para cada uno, en el que hemos comprendido que Jesús había puesto su mirada en nosotros; para unos sucede en los primeros años, para otros de adolescentes y para otros de jóvenes. Es el momento en el que hemos sentido que algo distinto se movía dentro de nosotros, que el Señor se interesaba por nosotros, que nos miraba y nos llamaba precisamente a nosotros."
Cardenal Martini

Analicemos  algunas miradas  de Jesús que nos describen los evangelios:
Por ejemplo, el caso del joven rico, "“Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme". (Mc 10,21).  ¿Cómo pudo el joven rico resistirse a esa mirada de amor?

Otra vez su mirada está cargada de tristeza y de rabia: En el caso de la curación en sábado del hombre que tenía una mano paralizada, la mirada de Jesús a los fariseos: "Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: "Extiende tu mano". Él la extendió y su mano quedó curada". (Mc, 3,5)

A Zaqueo lo mira con simpatía y encanto seductor: «Cuando Jesús llegó a aquel lugar mirando hacia arriba, le vio y le dijo: "Baja enseguida, Zaqueo, porque hoy quiero hospedarme en tu casa"» (Lc 19, 5).

¡Cómo  miraría Jesús a Mateo!, para que dejando toda la recaudación sobre la mesa te siguiera sin titubear.

Y a Natanael: "Felipe encontró a Natanael y le dijo: "Hemos encontrado a Aquél de quien hablan Moisés y los profetas; es Jesús, hijo de José de Nazaret". Natanael le respondió: ¿Puede venir algo bueno de Nazaret?"- "Ven y verás", le contestó Felipe. Jesús al ver venir a Natanael , dijo de él: "Este es un verdadero israelita en quien no hay doblez".- "¿De cuándo a acá me conoces?", le preguntó Natanael. Y Jesús le respondió: "Antes de que Felipe te hablara, cuando estabas bajo la higuera, Yo te vi".- "Maestro" le respondió Natanael, "¡Tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el rey de Israel!". Jesús le dijo: "¡Porque te dije que te vi bajo la higuera crees! Verás cosas mucho más grandes". (S. Juan I. 45-50).

En el caso de la viuda generosa, su mirada está llena de penetración y admiración: «Levantando los ojos, miraba a los ricos que echaban sus ofrendas... Vio también a una viuda muy pobre que echaba dos blancas...» (Lc 21, 1-2).

¿Y cómo miraría Jesús, con qué compasiva ternura, a la prostituta arrepentida: «¿Ves a esta mujer» (Lc 7, 44); a la mujer adúltera: «Enderezándose Jesús y no viendo a nadie sino a la mujer» (Jn 8,10); al paralítico de Cafarnaúm y a sus ayudantes: «Al ver Jesús la fe de ellos» (Mc 2, S); a la humilde hemorroísa: «Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: "Ten ánimo, hija"» (Mt 9, 22); a la pobre mujer encorvada: «Cuando Jesús la vio, la llamó y dijo: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad" (Lc 13, 12); a las muchedumbres hambrientas de pan: «Y vio una gran multitud y tuvo compasión de ellos» (Mc 6, 34), o hambrientas de su palabra: «Y alzando los ojos... decía: "Bienaventurados..." (Lc 6, 20); a las piadosas mujeres que le seguían camino del Calvario: «Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: "Hijas de Jerusalén...» (Lc 23, 28);
mirada de compasión y pena la que dirigió a la ciudad de Jerusalén:
«Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella» (Lc 19, 41).
Tu mirada con lágrimas de tristeza por Jerusalén, destino trágico del descreimiento orgulloso... que no ha sabido acogerte porque se ha cerrado a tu Mensaje de Salvación.

Miradas de ternura y acogimiento hacia el pecador arrepentido, mirada fulminante hacia el perverso obstinado, hacia el injusto engreído y despiadado con los más pobres...
La mirada directa no miente, solo la mirada esquiva es engañosa, y tu, Señor, siempre has mirado de frente, incluso a tus verdugos, a los que te acusaban, a los que te abofeteaban, a los que te clavaban al madero mientras implorabas al Padre su perdón.

Destaquemos, en fin, dos últimas miradas. La mirada más generosa y entregada que conocemos: «Cuando vio Jesús a su madre y al discípulo a quien él amaba, dijo a su madre: "Madre, he ahí a tu hijo". Después dijo al discípulo: "He ahí a tu madre". (Jn 19, 26-27). ¡Cuánto salimos ganando después de esta mirada! Y la mirada profunda y transformadora que dirigió a su discípulo Pedro después de sus caídas y que le arrancó las lágrimas más hermosas de su vida: "Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro, y recordó Pedro... Y, saliendo fuera, lloró amargamente" (Lc 2 61-62).

Nos quedamos con esta mirada que regaló Jesús a Pedro. Que él nos mire así a nosotros, para que nos haga ver mejor nuestros pecados, para que seamos capaces de llorarlos y, sobre todo, para que aprendamos a amar a Jesús de la misma manera que le amaba Pedro.

jueves, 18 de octubre de 2012

San Lucas Evangelista


Breves notas en las Cartas de San Pablo son las únicas noticias que la Sagrada Escritura nos presenta sobre San Lucas, el solícito investigador de la buena noticia y autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Por sus apuntes de viaje, es decir, por las páginas de los Hechos en los que San Lucas habla en primera persona, podemos reconstruir parte de su actividad misionera. Fue compañero y discípulo de los apóstoles. El historiador Eusebio subraya: “... tuvo relaciones con todos los apóstoles, y fue muy solícito”. De esta sensibilidad y disponibilidad suyas hacia el prójimo nos da testimonio el mismo San Pablo, unido a él por grande amistad. En la carta a los Colosenses leemos: “Os saluda Lucas, médico amado...”.

La profesión médica nos hace suponer que él se dedicó mucho tiempo al estudio. Su formación cultural se nota también por el estilo de sus libros: su Evangelio está escrito en un griego sencillo, limpio y bello, rico en términos que los otros tres evangelistas no tienen. 

Hay que hacer otra consideración sobre su Evangelio, a más del hecho estilístico e historiográfico: Lucas es el evangelista que mejor que lo otros nos pintó la humana fisonomía del Redentor, su mansedumbre, sus atenciones para con los pobres y los marginados, las mujeres y lo pecadores arrepentidos. Es el biógrafo de la Virgen y de la infancia de Jesús. Es el evangelista de la Navidad. Los Hechos de los Apóstoles y el tercer Evangelio nos hacen ver el temperamento de San Lucas, hombre conciliador, discreto, dueño de sí mismo; suaviza o calla expresiones que hubieran podido herir a algún lector, con tal que esto no vaya en perjuicio de la verdad histórica.

Al revelarnos los íntimos secretos de la Anunciación, de la Visitación, de la Navidad, él nos hace entender que conoció personalmente a la Virgen. Algún exégeta avanza la hipótesis de que fue la Virgen María misma quien le transcribió el himno del “Magnificat”, que ella elevó a Dios en un momento de exultación en el encuentro con la prima Isabel. En efecto, Lucas nos advierte que hizo muchas investigaciones y buscó informaciones respecto de la vida de Jesús con los que fueron testigos oculares.

Un escrito del siglo II, el Prólogo antimarcionista del Evangelio de Lucas, sintetiza el perfil biográfico del modo siguiente: “Lucas, un sirio de Antioquía, de profesión médico, discípulo de los apóstoles, más tarde siguió a San Pablo hasta su confesión (martirio). Sirvió incondicionalmente al Señor, no se casó ni tuvo hijos. Murió a la edad de 84 años en Beocia, lleno de Espíritu Santo”. Recientes estudios concuerdan con esta versión.
¿Quieres saber más? Consulta ewtn
De Catholic.net

El Reino de Dios según Jesús

Jesús vivió en un tiempo en el que el pueblo judío estaba en "alerta máxima" esperando la inminente llegada de un Mesías que restaurara el reino tanto tiempo esperado, o reino de Dios.

Los esenios se habían retirado al desierto para purificarse y estar preparados para el acontecimiento. Juan Bautista esperaba que el juicio de Dios descendiera sobre Israel. Las personas comunes y sencillas esperaban y oraban  para que Israel fuera liberada de los romanos. Los dos discípulos que caminan hacia Emaús dicen que habían esperado que Jesús fuera el liberador de Israel (Lc 24,21).

Jesús dio un vuelco a tales expectativas. Él tenía una idea muy diferente de lo que el reino de Dios en la tierra  podría significar, y la razón es que veía a Dios de una manera diferente, no como un emperador o como un dictador benevolente. Jesús había llegado a experimentar a Dios como un padre amoroso, su abbá.

La imagen de Jesús del reino o reinado de Dios era la de una familia feliz y llena de amor, que tiene a Dios como un padre amoroso; no la de un imperio conquistador y opresor.

La actitud de Jesús hacia la familia no era nada convencional: "Si alguien viene conmigo y no odia a su padre, madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío". (Lc 14, 26). Lo que él quería decir, obviamente, era "y no deja de preferir......".
En otras palabras, uno no puede ser miembro del reino-como familia de Dios, si sigue dando preferencia a su propia familia convencional.

Jesús quiere salir de las limitaciones de la familia de los parientes próximos para formar la familia más amplia del reino de Dios.

Jesús habló del reino de Dios no como un acontecimiento futuro. El reino de Dios es una realidad presente. Ya ha llegado a nosotros. No tenemos que esperar signos y portentos. Podemos detectar el dedo de Dios en lo que ya está sucediendo (Lc 11, 20). La comunidad o familia de Dios es como la levadura que actúa ya en el mundo (Mc 13,33 par). Es un grano de mostaza que crecerá y se convertirá en algo más grande.

Lo que estamos esperando ya ha llegado. Esto no significa que tengamos que renunciar a la esperanza de un mundo mejor. Lo importante es comprender que la semilla o embrión de ese mundo futuro está ya en medio de nosotros..
Del  libro "Jesús, hoy" de Albert Nolan


lunes, 15 de octubre de 2012

El fuego de Cristo. Benedicto XVI


El Papa Benedicto XVI dijo que el fuego de Cristo, que hoy vive, no es un fuego destructor, sino uno que da luz y calor, que transforma a la Iglesia que navega "en medio de tempestades que la acechan".

Así lo señaló el Santo Padre desde el balcón de su estudio dirigiéndose a los numerosos participantes de la procesión de antorchas organizada por la Acción Católica Italiana (ACI), en colaboración con la diócesis de Roma, con motivo de la apertura del Año de la Fe y del 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II.
"Buenas noches a todos y gracias por haber venido. Hace cincuenta años, este mismo día, yo también estaba en esta plaza, mirando a esta ventana a la que se asomó el Papa bueno, el Beato Juan XXIII, que pronunció palabras inolvidables, palabras llenas de poesía, de bondad, palabras que salían del corazón", saludó el Santo Padre.

Benedicto XVI recordó luego que "éramos felices y estábamos llenos de entusiasmo. El gran Concilio ecuménico se había inaugurado; estábamos seguros de que llegaba una primavera para la Iglesia, una nueva Pentecostés, con una presencia nueva y fuerte de la gracia liberadora del Evangelio".
"Hoy también somos felices, tenemos la alegría en nuestro corazón, pero podríamos decir que es una alegría, quizás, más sobria, una alegría humilde. En estos cincuenta años hemos aprendido y experimentado que el pecado original existe y se traduce, siempre de nuevo, en pecados personales, que pueden transformarse en estructuras del pecado".

El Papa reconoció luego que "hemos visto que en el campo del Señor también hay siempre cizaña. Hemos visto que en la red de Pedro también hay peces podridos".
"Hemos visto que la fragilidad humana también está presente en la Iglesia, que la barca de la Iglesia también navega con viento contrario, en medio de tempestades que la acechan y, a veces, hemos pensado: ‘el Señor duerme y se ha olvidado de nosotros’".

"Esta es una parte de las experiencias de estos cincuenta años, pero también hemos tenido una experiencia nueva de la presencia del Señor, de su bondad, de su fuerza. El fuego del Espíritu Santo, el fuego de Cristo no es un fuego devorador o destructor; es un fuego silencioso, es una pequeña llama de bondad y verdad que transforma, que da luz y calor".

El Santo Padre expresó también que "el Señor no nos olvida. Hoy también, a su manera, humildemente, el Señor está presente y calienta los corazones, muestra vida, crea carismas de bondad y de caridad que iluminan al mundo y son para nosotros garantía de la bondad de Dios".

"Sí, Cristo vive, está con nosotros también hoy, y podemos ser felices también ahora porque su bondad no se apaga ¡Hoy también es fuerte!".
"Al final, me atrevo a hacer mías las palabras inolvidables del papa Juan: ‘Id a vuestras casas, dad un beso a los niños y decidles que es un beso del Papa’", concluyó.
VATICANO, 12 Oct. 12 / 10:04 am (ACI/EWTN Noticias).