martes, 26 de enero de 2016

EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA



Evangelio según San Lucas 10,1-9

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'.

Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'."

El Papa en la Solemnidad de la Conversión de San Pablo: "La unidad se hace en el camino”

«Porque yo soy el último de los Apóstoles, [...] ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí».  (1 Cor 15,9- 10). El apóstol Pablo resume así el significado de su conversión. Ésta, llevada a cabo después del encuentro deslumbrante con Cristo resucitado (cf. 1 Cor 9,1) en el camino de Jerusalén a Damasco, no es ante todo un cambio moral, sino una experiencia de la gracia transformadora de Cristo, y al mismo tiempo la llamada a una nueva misión, la de anunciar a todos a aquel Jesús a quien antes perseguía, persiguiendo a sus discípulos. En ese momento, de hecho, Pablo entiende que entre el Cristo eternamente vivo y sus seguidores hay una unión real y trascendente: Jesús vive y está presente en ellos y ellos viven en Él. La vocación a ser un apóstol no se funda en los méritos humanos de Pablo, quien se considera "último" e "indigno", sino en la infinita bondad de Dios, que lo eligió y le confió el ministerio.

Una comprensión similar de lo que sucedió en el camino de Damasco es testimoniada por san Pablo también en la Primera Carta a Timoteo: «Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó a mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús». (1,12-14). La sobreabundante misericordia de Dios es la única razón en la cual se funda el ministerio de Pablo, y es al mismo tiempo lo que el Apóstol tiene que anunciar a todos.

La experiencia de san Pablo es similar a aquella de las comunidades a las que el apóstol Pedro dirigió su Primera Carta. San Pedro se dirige a los miembros de comunidades pequeñas y frágiles, expuestas a la amenaza de las persecuciones y aplica a ellos los títulos gloriosos atribuidos al pueblo santo de Dios, «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido» ( 1 Pe 2,9).


Para los primeros cristianos, como hoy para todos nosotros bautizados, es una fuente de consuelo y de constante estupor el saber de haber sido elegidos para formar parte del diseño de salvación de Dios, actuado en Jesucristo y en la Iglesia. "Señor, ¿por qué yo?"; "¿Por qué nosotros?". Alcanzamos aquí el misterio de la misericordia y la elección de Dios: el Padre nos ama a todos y quiere salvar a todos, y por eso llama a algunos, "conquistándolos" con su gracia, para que a través de ellos su amor pueda llegar a todos. La misión del entero pueblo de Dios es la de anunciar las maravillas del Señor, ante todas el Misterio pascual de Cristo, por medio del cual hemos pasado de las tinieblas del pecado y la muerte, al esplendor de su vida, nueva y eterna (cf. 1 Pe 2,10).
 A la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que nos ha guiado durante esta Semana de Oración por la unidad de los cristianos, realmente podemos decir que todos los creyentes en Cristo estamos "llamados a anunciar las maravillas de Dios" (cf. 1 2.9 pt). Más allá de las diferencias que todavía nos separan, reconozcamos con alegría, que en el origen de la vida cristiana hay siempre una llamada, cuyo autor es Dios mismo. Podemos avanzar en el camino hacia la comunión plena y visible entre los cristianos no sólo cuando nos acercamos los unos a los otros, sino sobre todo en la medida en que nos convertimos al Señor, que por su gracia nos elige y nos llama a ser sus discípulos. Y convertirse significa dejar que el Señor viva y trabaje en nosotros. Por este motivo, cuando los cristianos de diferentes Iglesias escuchan juntos la Palabra de Dios y tratan de ponerla en práctica, cumplen pasos verdaderamente importantes hacia la unidad. Y no sólo la llamada nos une; también compartimos la misma misión: anunciar a todos las maravillosas obras de Dios. Como san Pablo, y como los fieles a quienes escribe san Pedro, también nosotros no podemos no anunciar el amor misericordioso que nos ha conquistado y transformado. Mientras estamos en camino hacia la plena comunión entre nosotros, ya podemos desarrollar múltiples formas de colaboración para favorecer la difusión del Evangelio. Y caminando y trabajando juntos, nos damos cuenta de que ya estamos unidos en el nombre del Señor. “La unidad se hace en camino”.

lunes, 25 de enero de 2016

COMENTARIO AL EVANGELIO DE BENEDICTO XVI:

El amor de Cristo llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra. Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo.

Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer, y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos.

Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. (…)

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, cada vez más, en las manos de un amor que se experimenta cada vez con más fuerza porque tiene su origen en Dios.
(Benedicto XVI, homilía en Madrid el 21 de agosto de 2011)

Fuente: News.va

ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO


Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,15-18):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»

Palabra del Señor

Ángelus del Papa: ¿Somos fieles al programa de Cristo?

En el Evangelio de hoy, el evangelista Lucas antes de presentar el discurso programático de Jesús de Nazaret, resume brevemente su actividad evangelizadora.  Es una actividad que Él realiza con el poder del Espíritu Santo: su palabra es original, porque revela el sentido de las Escrituras; es una palabra autorizada, porque manda incluso a los espíritus impuros y estos obedecen (Cfr. Mc 1, 27). Jesús es diverso de los maestros de su tiempo: por ejemplo, Jesús no ha abierto una escuela para el estudio de la Ley, pero va a predicar y enseña por doquier: en las sinagogas, por las calles, en las casas, siempre andando. Jesús también es diverso de Juan Bautista, quien proclama el juicio inminente de Dios, mientras Jesús anuncia su perdón de Padre.

Y ahora entramos también nosotros – imaginamos – que entramos en la sinagoga de Nazaret, la aldea donde creció Jesús hasta llegar casi a los treinta años. Lo que sucede allí es un acontecimiento importante, que traza la misión de Jesús.  Él se levanta para leer la Sagrada Escritura. Abre el rollo del profeta Isaías y elige el pasaje en el que está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4, 18). Después, tras un momento de silencio lleno de la expectativa de todos, dice, en medio del estupor general: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (v. 21).

Evangelizar a los pobres: ésta es la misión de Jesús; según [lo que] Él dice;  ésta es también la misión de la Iglesia, y de todo bautizado en la Iglesia. Ser cristiano y ser misionero es la misma cosa. Anunciar e1 Evangelio, con la palabra y, antes aún, con la vida, es la finalidad principal de la comunidad cristiana y de cada uno de sus miembros. Se nota aquí que Jesús dirige la Buena Nueva a todos, sin excluir a nadie, más bien, privilegia a los más lejanos, a los que sufren, a los enfermos, a los descartados de la sociedad.

Pero hagámonos una pregunta: ¿Qué significa evangelizar a los pobres? Significa ante todo acercarse a ellos, significa tener la alegría de servirlos, de liberarlos de su opresión, y todo esto en el nombre y con el Espíritu de Cristo, porque es Él el Evangelio de Dios, es Él la Misericordia de Dios, es Él la liberación de Dios, es Él quien se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza.
El texto de Isaías, reforzado por pequeñas adaptaciones introducidas por Jesús, indica que el anuncio mesiánico del Reino de Dios venido entre nosotros se dirige de modo preferencial a los marginados, a los prisioneros y a los oprimidos.
Probablemente en tiempos de Jesús estas personas no estaban en el centro de la comunidad de fe. Y podemos preguntarnos: ¿Hoy, en nuestras comunidades parroquiales, en las asociaciones, en los movimientos, somos fieles al programa de Cristo?  ¿La evangelización de los pobres, llevarles el feliz anuncio, es la prioridad?
Atención: no se trata sólo de hacer asistencia social, y menos aún actividad política. Se trata de ofrecer la fuerza del Evangelio de Dios, que convierte los corazones, sana las heridas, transforma las relaciones humanas y sociales según la lógica del amor. En efecto, los pobres están en el centro del Evangelio.
Que la Virgen María, Madre de los evangelizadores, nos ayude a sentir fuertemente el hambre y la sed del Evangelio que hay en el mundo, especialmente en el corazón y en la carne de los pobres. Y obtenga para  cada uno de nosotros y a toda comunidad cristiana testimoniar concretamente la misericordia, la gran misericordia que Cristo nos ha donado.
(María Fernanda Bernasconi - RV). 

domingo, 24 de enero de 2016

AÑO DE GRACIA

El papa Francisco nos lo viene recordando copiosamente este Año de Gracia, año de Misericordia. Fundándose en el Evangelio que hoy se proclama, anunció este Año de Gracia, Año Santo. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»
El tiempo del Adviento y de la Navidad es suficientemente fuerte, y las celebraciones litúrgicas se han centrado en los misterios del advenimiento, nacimiento y manifestación de Jesucristo.
Al llegar el Tiempo Ordinario, la Palabra de este domingo nos recuerda de manera más viva la doble invitación que nos ha hecho el Papa: mediante las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales a lucrarnos de las gracias especiales del Año Santo, y a ser mediación y mano alargada de la bondad de Dios para los que más puedan necesitar ayuda.
Como si la liturgia quisiera mantenernos en clima festivo a pesar de haber vivido, tan recientemente, la Navidad, nos invita, en clave del Año de Gracia, a gustar de la bondad del Señor: «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»
¡Cómo consuelan las palabras de Francisco, que no son sino eco de la alegría del Evangelio! El salmista nos hace repetir: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.” La vida que se experimenta cuando nos dejamos consolar por Jesucristo, quien en la sinagoga de Nazaret proclama sus señas de identidad, que son la ternura, la compasión, la proximidad a todos los que sufren.

Hay un gozo que se desprende de nuestra identidad de bautizados, por sabernos miembros de la familia de Dios. San Pablo afirma algo que en su tiempo era verdaderamente revolucionario: “Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.
La dignidad de la persona viene ofrecida por el don bautismal, y originalmente por la voluntad del Creador de hacernos a todos a imagen de su Hijo.
No dejemos pasar el Año de Gracia del Señor. Las circunstancias sociales, familiares y personales nos ofrecen tanto la posibilidad de para acogernos a la misericordia del Señor, como de ser signo de su amor en nuestro entorno.
Ángel  Moreno de Buenafuente



En la misma dirección

Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, cierra el libro, lo devuelve y se sienta. Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús pues exponen la tarea a la que se siente enviado por Dios.
Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Al terminar, les dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres, orientando toda su vida hacia los más necesitados, oprimidos y humillados. En esta dirección hemos de trabajar sus seguidores. Esta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. Los últimos han de ser los primeros en conocer esa vida más digna, liberada y dichosa que Dios quiere ya desde ahora para todos sus hijos e hijas.
No lo hemos de olvidar. La «opción por los pobres» no es un invento de unos teólogos del siglo veinte, ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios que anima la vida entera de Jesús, y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Lo decía Pablo VI: es un deber de la Iglesia «ayudar a que nazca la liberación... y hacer que sea total».
No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué evangelio estamos predicando? ¿A qué Jesús estamos siguiendo? ¿Qué espiritualidad estamos promoviendo? Dicho de manera clara: ¿qué impresión tenemos en la iglesia actual? ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús?
José Antonio Pagola

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY DE SAN JUAN PABLO II:


“El Señor me ha ungido". Estas palabras se refieren, ante todo, a la misión mesiánica de Jesús, consagrado por virtud del Espíritu Santo y convertido en sumo y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, sellada con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en Jesús, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Así comenta Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Afirma que Él es el ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberación de sus pecados y anunciar la buena nueva a los pobres y a los afligidos. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia. 

El Apóstol, en la carta a los Colosenses, afirma que Cristo, "primogénito de toda la creación" (Col 1, 15) es "el primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18). Acogiendo la llamada del Padre a asumir la condición humana, trae consigo el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.

También nosotros, como las personas presentes en la sinagoga de Nazaret, tenemos la mirada fija en el Redentor, que "ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1, 6). Si cada bautizado participa de su sacerdocio real y profético "para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios" (1 P 2, 5), los presbíteros están llamados a compartir su oblación de modo especial. Están llamados a vivirla en el servicio al sacerdocio común de los fieles. 
(San Juan Pablo II, homilía del 28 de marzo de 2002, Jueves Santo)

El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido


Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Ilustre Teófilo:
Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo después he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que le ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:

- «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»
Palabra del Señor.

sábado, 23 de enero de 2016

"Misericordia es poner en todo mucho amor""Las obras de misericordia deben ser muy espontáneas"

Queridos diocesanos: El lema del Año Jubilar de la Misericordia lo recoge muy bien la primera parte de uno de nuestros sabios refranes: "Obras son amores y no buenas razones". En él se sitúan las obras en su verdadero origen, en el amor mismo.
También el lema jubilar recuerda que nuestras obras empiezan en un amor que nos transciende, en el amor misericordioso de Dios Padre. "Misericordiosos como el Padre". La misericordia del Padre es la que nos impulsa, la que nos alienta en nuestras actitudes, en nuestros sentimientos y en nuestras obras a poner la vida en favor de los demás. Ese amor original nos sitúa siempre en las situaciones más injustas, más dolorosas, más excluyentes que encontramos en nuestro entorno. Y todo porque en el entorno de Dios esos son los predilectos, los que conforman la misericordia de su corazón y los que centran sus preocupaciones más urgentes.
Si estamos abiertos a esa corriente de amor, se vive de Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu, Y a nosotros nos queda actualizar esa corriente, poniendo mucho amor hacia los otros, porque misericordia es poner en todo mucho amor, es situar el amor en todas las situaciones de la vida, hasta en lo más complejo y difícil, como es el perdón.
Es por eso que la tradición de la Iglesia, al ahondar en lo que más identifica a los cristianos, ha querido ofrecernos, a modo de ejemplo, y siempre abierto a modificaciones para una mayor radicalidad, las obras de misericordia: las corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
La fuente de esta conducta a la que se nos invita la encontramos en el Evangelio mismo, en Mt 25, 31-46: se nos dice que se nos va a juzgar por el amor y la misericordia. Es en este texto evangélico donde se nos indica el camino a seguir para vivir, como Jesucristo, la misericordia del Padre. Al ahondar en esas palabras del Señor, ya los Santos Padres las entendían no sólo en su aspecto externo, sino que también las interpretaban de un modo espiritual. En realidad la misericordia que Dios pone en nuestro corazón sólo se puede ofrecer mirando a la persona en la integridad de todas sus necesidades.

De ahí que San Agustín proponía las obras que hacen el bien al cuerpo del prójimo y las que buscan el bien de su alma. Fue justamente en esta visión integral de la misericordia en la que tomaron cuerpo en la doctrina cristiana las obras de misericordia corporales y espirituales. Es más, esta visión de la misericordia se convirtió también en el reclamo para las acciones institucionales en favor de los más débiles y necesitados a lo largo de la historia de la Iglesia.
De cualquier modo, la misericordia corporal y espiritual, auque está pautada en el catecismo, tiene que ser, además de concreta, muy espontánea. Como decía el título de una buena novela de Susana Tamaro, hemos de ir a donde el corazón nos lleve. Tenemos que dejar que la misericordia fluya en nosotros con naturalidad, con la naturalidad de la fe, poniendo corazón para todo lo débil, lo injusto, lo despreciado, lo excluido, lo maltratado, lo marginado. De no hacerlo así, las teorizaciones sobre lamisericordia, además de convertirse en ideologías, corren el peligro de ser, en muchos casos, ideales inalcanzables.
Por eso haríamos muy bien en no olvidar la segunda parte del sabio refrán que estoy comentando: "Obras son amores y no buenas razones". En ocasiones se suele tener un concepto excesivamente romántico e idealista de la misericordia, si sólo se contempla desde una estética espiritualista o desde una visión maximalista, que hace de ella la solución a todos los problemas del mundo. Al final estos dos extremos hacen quehablemos mucho y hagamos poco.
La misericordia es un modo de ser, de sentir o de vivir, es abrir los ojos, desde los de Cristo (como muy bien expresa el "logo" del Año Jubilar), para estar en medio del mundo con espíritu de misericordia, de perdón, de respeto, de justicia, de caridad. Es verdad que esa actitud de misericordia tiene un horizonte amplio, y siempre ha de pretender ir hacia cualquier dolor, allí donde se haga presente. Pero no podemos olvidar que nuestro ámbito ordinario, el más familiar y cercano, es el primer y más concreto espacio en el que realizar las obras de misericordia. Por lo ordinario es por donde hay que empezar, por lo que sucede cada día entre los que convivimos. Si no empezamos por ahí, no alcanzaremos las cotas más ideales.
Como estoy seguro de que nos servirá de estímulo, no quiero olvidar el efecto benéfico que el actuar con misericordia tiene para nosotros. En realidad, todo lo que hacemos por el otro sentimos que también nos sucede a nosotros, que nos hace bien. Los necesitados nos enriquecen. En realidad, "obras son amores para los demás y para nosotros". Pongamos entonces mucha atención interior y exterior a lo largo del Año Jubilar en las obras de misericordia, corporales y espirituales.
Con mi afecto y bendición.
+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia



COMENTARIO DE SAN BEDA AL EVANGELIO DE HOY:



Conduce el Señor a la casa a los apóstoles elegidos en el monte, como para advertirles que deben volver a su conciencia después de haber recibido la dignidad del apostolado. 

«Llega a casa… y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.» ¡Cómo sería esta bienaventurada muchedumbre, para quien tanto importaba alcanzar la salvación, que no dejaba ni una hora libre para alimentarse al Autor mismo de la salvación y a los que estaban con Él!

Pero a Aquél a quien no deja libre la muchedumbre de los extraños le falta la estima de los suyos. «Al enterarse los suyos, vinieron a llevárselo…» Como no podían comprender la sabiduría de las palabras que oían, creían que había hablado como un enajenado. «… porque se decía que estaba fuera de sí.» Por su escasa capacidad, no entienden la palabra de Dios

Los escribas, que habían bajado de Jerusalén, blasfemaban; pero la muchedumbre que viene de aquella ciudad y de otras partes de la Judea y de los pueblos gentiles sigue al Señor. Porque la muchedumbre del pueblo judío había de precederle a Jerusalén en el tiempo de la pasión con palmas y cánticos de alabanza, mientras que los gentiles deseaban verle, y los escribas y fariseos trataban de su muerte.
Fuente: Newss.Va

Su familia decía que estaba fuera de sí


Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 20-21
En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Palabra del Señor.

viernes, 22 de enero de 2016

Ante el Tribunal de la Rota romana. El Papa pide misericordia con las familias heridas por el pecado.

Francisco defiende la indisolubilidad del matrimonio.

El Papa ha defendido ante el Tribunal de la Rota la indisolubilidad del matrimonio católico, pero también ha pedido misericordia con aquellas familias heridas por el pecado.
Así, Francisco ha indicado, con motivo de la apertura del Año Judicial, que "los errores que se refieren a la sacramentalidad del matrimonio deben ser examinados muy atentamente".
En su discurso ante el tribunal eclesiástico más alto de la Iglesia católica, Francisco ha reafirmado que "la familia fundada en el matrimonio indisoluble, unitivo y procreativo, pertenece al 'sueño' de Dios y de su Iglesia para la salvación de la humanidad", pero ha especificado que "cuantos viven en un estado objetivo de error, siguen siendo objeto del amor misericordioso de Cristo y por lo tanto de la Iglesia".
Así ha subrayado que la Iglesia debe "mostrar el indefectible amor misericordioso de Dios para con las familias, en particular a las heridas por el pecado y por las pruebas de la vida, y, al mismo tiempo, proclamar la irrenunciable verdad del matrimonio según el designio de Dios".
El Papa ha destacado la importancia del Sínodo de Obispos sobre la familia y ha señalado que "en espíritu y estilo de efectiva colegialidad" y con "un profundo discernimiento sapiencial", la Iglesia católica ha indicado al mundo "que no puede haber confusión entre la familia querida por Dios y cualquier otro tipo de unión".
Renovación de la catequesis matrimonial
Por ello, ha invitado a la Iglesia a seguir proponiendo el matrimonio, en sus elementos esenciales - hijos, bien de los cónyuges, unidad, indisolubilidad, sacramentalidad - "no como un ideal para pocos, a pesar de los modernos modelos centrados en lo efímero y lo transitorio, sino como una realidad que, en la gracia de Cristo, puede ser vivida por todos los fieles bautizados".
Así, ha remarcado la urgencia pastoral que impulsa a converger hacia un intento "común ordenado" a la "preparación adecuada al matrimonio, en una especie de nuevo catecumenado".

(RD/EP)

El ISIS reduce a escombros el monasterio más antiguo de Irak. San Elías de Mosul


El complejo tenía más de 1.400 años de antigüedad

El monasterio San Elías de Mosul, el templo cristiano más antiguo de Irak, ha quedado recudido a escombros convirtiéndose en la última víctima de la implacable destrucción de sitios culturales históricos perpetrada por el grupo terrorista ISIS.
Durante 1.400 años, el complejo sobrevivió a los ataques de la naturaleza y los hombres y recientemente sirvió de lugar de culto para soldados estadounidenses.
En siglos anteriores, generaciones de monjes encendieron velas en sus nichos y rezaron en su fría capilla. Cerca de la entrada estaban talladas las letras griegas chi y rho, que representan las dos primeras letras del nombre de Cristo.
Ahora, imágenes de satélite obtenidas en exclusiva por la agencia Associated Press confirman los peores temores de las autoridades eclesiásticas y los conservacionistas: el monasterio de San Elías de Mosul ha desaparecido por completo.
Este templo cristiano se suma así a las numerosas destrucciones de sitios religiosos y valiosos arqueológicamente perpetradas por los terroristas del ISIS. Palmira es un triste ejemplo de ello.

(RD/Agencias)

Homilía del Papa: Si el obispo no reza, el pueblo de Dios sufre


 El obispo tiene la tarea de rezar y anunciar la Resurrección de Jesús. Si el obispo no reza y no anuncia el Evangelio, sino que se ocupa de otras cosas, el pueblo de Dios sufre. Son los conceptos que expresó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

El Evangelio del día (Mc 3, 13-19) relata la elección de los Doce Apóstoles por parte de Jesús: los elige “para que estén con Él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios”. Los Doce – afirmó el Santo Padre – “son los primeros obispos”. Después de la muerte de Judas fue elegido Matías; lo que representó “la primera ordenación episcopal de la Iglesia”. “Los obispos – dijo Francisco – son las columnas de la Iglesia”, y están llamados a ser testigos de la Resurrección de Jesús:

“Nosotros los obispos tenemos esta responsabilidad de ser testigos: atestiguamos que el Señor está vivo, que el Señor Jesús ha resucitado, que el Señor Jesús camina con nosotros, que el Señor Jesús nos salva, que el Señor Jesús ha dado su vida por nosotros, que el Señor Jesús es nuestra esperanza, que el Señor Jesús nos recibe siempre y nos perdona. El testimonio. Nuestra vida debe ser esto: un testimonio. Un verdadero testimonio de la Resurrección de Cristo”.

Los obispos  – prosiguió explicando el Pontífice  – tienen dos tareas:
“El primer deber del obispo es estar con Jesús en la oración. El primer deber del obispo no es hacer planes pastorales… ¡no, no! Rezar: éste es el primer deber. El segundo deber es ser testigo, es decir, predicar. Predicar la salvación que el Señor Jesús no ha traído. Dos tareas no fáciles, pero son propiamente estos dos deberes los que hacen fuertes a las columnas de la Iglesia. Si estas columnas se debilitan porque el obispo no reza o reza poco, se olvida de rezar; o porque el obispo no anuncia el Evangelio, se ocupa de otras cosas, también la Iglesia se debilita, sufre. El pueblo de Dios sufre. Porque las columnas son débiles”.

El Papa concluyó su homilía afirmando que “la Iglesia sin obispos no puede ir adelante”. Por esta razón – añadió Francisco –  “la oración de todos nosotros por nuestros obispos es una obligación, pero una obligación de amor, una obligación de los hijos con respecto al Padre, una obligación de hermanos, para que la familia permanezca unida en la confesión de Jesucristo, vivo y resucitado”:
“Por esto yo quisiera invitarlos hoy a rezar por nosotros, los obispos. Porque también nosotros somos pecadores, también nosotros tenemos debilidades, también nosotros corremos el peligro de Judas: porque también él había sido elegido como columna. También nosotros corremos el peligro de no rezar, de hacer algo que no sea anunciar el Evangelio y expulsar a los demonios… Rezar, para que los obispos sean lo que Jesús quería, que todos nosotros demos testimonio de la Resurrección de Jesús. El pueblo de Dios reza por los obispos. En cada Misa se reza por los obispos: se reza por Pedro, la cabeza del colegio episcopal, y se reza por el obispo del lugar. Pero esto es poco: se dice el nombre y tantas veces se lo dice por costumbre y va adelante. Rezar por el obispo con el corazón, pedir al Señor: Señor, cuida a mi obispo; cuida a todos los obispos, y mándanos obispos que sean verdaderos testigos, obispos que recen, y obispos que nos ayuden, con su predicación, a comprender el Evangelio, a estar seguros de que Tú, Señor, estás vivo, estás entre nosotros”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).