sábado, 16 de enero de 2016

El Papa visita por sorpresa una residencia de ancianos y un centro de enfermos de Sida

Los 'viernes de la misericordia' de Francisco
"La visita ha tomado a todos por sorpresa", dice la Santa Sede
El papa Francisco visitó hoy una residencia de ancianos en la periferia de Roma, como parte de las visitas privadas que hará cada mes durante el Año Santo Extraordinario de la Misericordia, informó la Santa Sede.
El pontífice saludó a las 33 personas de la tercera edad que habitualmente viven en la residencia Bruno Buozzi y conversó con ellas, según explicó el Vaticano en un comunicado publicado en la página oficial del Jubileo.
"La visita ha tomado a todos por sorpresa", subrayó la Santa Sede, que aseguró que este gesto ha permitido hacer comprender a estas personas "lo importante que son las palabras del papa Francisco cuando se refiere a la 'cultura del descarte' y el gran valor que los ancianos y los abuelos tienen en la Iglesia y en la sociedad".
Posteriormente, el papa visitó a otras seis personas en estado vegetativo que son atendidas en el centro Casa Iride, tras lo cual regresó al Vaticano.
El pasado 4 de enero, el presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Rino Fisichella, anunció que Jorge Bergoglio tendrá "gestos personales" de solidaridad cada mes durante el Jubileo de la Misericordia.
"Estos gestos tendrán un carácter de visitas privadas por parte del santo padre para mantener en la medida de lo posible una relación personal de cercanía y solidaridad con las personas o las instituciones visitadas", dijo Fisichella. (RD/Agencias)


Homilía del Papa: La fe no se compra, es un don que cambia la vida

 “¿Cómo es mi fe en Jesucristo?”. Fue la pregunta que el Papa Francisco planteó en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. 
El Pontífice se inspiró en el Evangelio que reafirma que, para comprender verdaderamente a Jesús, no debemos tener el corazón cerrado, sino que debemos seguirlo por el camino del perdón y de la humillación. A la vez que insistió en que nadie puede comprar la fe, y que se trata de un don que cambia la propia vida.

La gente hace de todo para acercarse a Jesús y no piensa en los riesgos que puede correr con tal de escucharlo o sencillamente rozarlo. Así lo subrayó Francisco basándose en lo que escribe el evangelista San Marcos que narra la curación del paralítico en Cafarnaúm. Era tanta la gente que se encontraba ante la casa donde estaba Jesús que tuvieron que destapar el techo y desde allí bajar al enfermo en su camilla.
El Papa comentó que tenía fe, la misma fe de aquella señora que estaba en medio de la muchedumbre cuando Jesús iba a la casa de Jairo y que tocó un borde del manto del Señor para ser curada. La misma fe del centurión que pedía la curación de su siervo. “La fe fuerte, contagiosa, que va adelante”  – dijo el Santo Padre – gracias, precisamente, al “corazón abierto a la fe”.
Con el corazón cerrado no podemos comprender a Jesús

De la vicisitud del paralítico, el Obispo de Roma señaló que “Jesús da un paso hacia adelante”. En Nazaret, al inicio de su ministerio, “dijo en la Sinagoga que había sido enviado para liberar a los oprimidos, a los encarcelados, para dar la vista a los ciegos… inaugurando un año de gracia”, es decir un año “de perdón, de acercamiento al Señor. Inaugurar un camino hacia Dios”. Pero aquí – dijo el Papa –  da un paso más: no sólo cura a los enfermos, sino que perdona sus pecados:

“Estaban allí los que tenían el corazón cerrado, que aceptaban – hasta cierto punto – que Jesús fuera un sanador. Pero, perdonar los pecados… ¡es fuerte! ¡Este hombre va más allá! No tiene el derecho de decir esto, porque sólo Dios puede perdonar los pecados, y Jesús, que sabía lo que ellos pensaban dice: ‘¿Yo soy Dios’? No, no lo dice. ‘¿Por qué piensan estas cosas? Porque saben que el Hijo del Hombre tiene el poder  – ¡es el paso hacia adelante! – de perdonar los pecados. Levántate, toma tu camilla y queda curado’. Comienza a hablar con aquel lenguaje que en cierto momento desanimará a la gente, a algunos discípulos que lo seguían… Es duro este lenguaje, cuando habla de comer su Cuerpo como camino de salvación”.

Preguntémonos si la fe en Jesús cambia verdaderamente nuestra vida

El Papa Francisco añadió que  comprendemos que Dios viene a “salvarnos de las enfermedades”, pero ante todo a “salvarnos de nuestros pecados, a salvarnos y a conducirnos al Padre. Fue enviado por este motivo, para dar su vida por nuestra salvación. Y éste es el punto más difícil de entender”, no sólo por los escribas. Cuando Jesús se hace ver con un poder mayor al del hombre “para dar aquel perdón, para dar la vida, para recrear la humanidad, mientras también sus discípulos dudaban… Y se van”. Y Jesús – recordó – “debe preguntar a su pequeño grupo: ‘¿También ustedes quieren irse?’”.

“La fe en Jesucristo. ¿Cómo es mi fe en Jesucristo? ¿Creo que Jesucristo es Dios, es el Hijo de Dios? ¿Y esta fe me cambia la vida? ¿Hace que en mi corazón se inaugure este año de gracia, este año de perdón, este año de acercamiento al Señor? La fe es un don. Nadie ‘merece’ la fe. Nadie la puede comprar. Es un don. ‘Mi’ fe en Jesucristo, ¿me lleva a la humillación? No digo a la humildad: a la humillación, al arrepentimiento, a la oración que pide: ‘Perdóname, Señor. Tú eres Dios. Tú ‘puedes’ perdonar mis pecados”.

La prueba de nuestra fe es la capacidad de alabar a Dios

Que el Señor – fue la invocación del  Papa –, “nos haga crecer en la fe”. Y constató que la gente “buscaba a Jesús para oírlo” porque hablaba “con autoridad, no como hablan los escribas”. A la vez que añadió que la gente lo seguía porque curaba, “¡hace milagros!”. Pero al final, “esta gente, después de haber visto esto, se fue y todos se maravillaron y alababan a Dios”:
“La alabanza. La prueba de que yo creo que Jesucristo es Dios en mi vida, que me ha sido enviado para ‘perdonarme’, es la alabanza: si yo tengo la capacidad de albar a Dios. Alabar al Señor. Es gratuito, esto. La alabanza es gratuita. Es un sentimiento que da el Espíritu Santo que te lleva a decir: ‘Tú eres el único Dios’. Que el Señor nos haga crecer en esta fe en Jesucristo Dios, que nos perdona, nos ofrece el año de gracia y esta fe nos lleva a la alabanza”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


JESÚS DA A TODOS UNA OPORTUNIDAD DE CONVERSIÓN. COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY POR BENEDICTO XVI.

«Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Leví (nota d.r.: se trata de san Mateo), respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: "No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores". 

La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador. En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, Jesús llega a poner a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina: mientras el fariseo hacía alarde de su perfección moral, "el publicano (...) no se atrevía ni a elevar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!". 

Y Jesús comenta: "Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado" (Lc 18, 13-14)

Por tanto, con la figura de Mateo-Leví, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia. (…)

Hay otra reflexión que surge de la narración evangélica: Leví responde inmediatamente a la llamada de Jesús: "Él se levantó y lo siguió". La concisión de la frase subraya claramente la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios. 

Se puede intuir fácilmente su aplicación también al presente: tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme" (Mt 19, 21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo: se levantó y lo siguió. En este "levantarse" se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús. 

Escuchemos este mensaje, meditémoslo siempre de nuevo, para aprender también nosotros a levantarnos y a seguir a Jesús con decisión».

Fuente: News.va

No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores


Lectura del santo evangelio según San Marcos 2, 13-17
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:
-«Sígueme.»
Se levantó y lo siguió.
Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa, de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que los seguían.
Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:
-«¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y les dijo:
-«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores».
Palabra del Señor.

viernes, 15 de enero de 2016

EL PECADO NOS PARALIZA, LA MISERICORDIA DE DIOS NOS SANA

«Cuatro personas llevan en una camilla a un paralítico a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". 
Al obrar así, Jesús muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí. 
En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: "Tus pecados quedan perdonados", y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa", y lo sana completamente. 
 El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios que Cristo vino a darnos, para que, sanados en el corazón, toda nuestra existencia pueda renovarse. 
 También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de los propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? 
 Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente. (…)
Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo. 
 Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen». 

Benedicto XVI, Ángelus del 19 de febrero de 2006

Santo Padre, enséñanos a rezar.

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.


Sal 88, 16-17. 18-19 

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: 
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; 
tu nombre es su gozo cada día, 
tu justicia es su orgullo.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Porque tú eres su honor y su fuerza, 
y con tu favor realzas nuestro poder. 
Porque el Señor es nuestro escudo 
y el Santo de Israel nuestro rey.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

El Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados.



Lectura del santo evangelio según San Marcos 2, 1-12
Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
-«Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
-«Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
-«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados te son perdonados" o decir: "Levántate, coge la camilla y echa a andar"?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados-dice al paralítico-: ”Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa” ».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
-«Nunca hemos visto una cosa igual».
Palabra del Señor.

jueves, 14 de enero de 2016

El número de cristianos muertos por su fe aumenta en un 60 por ciento

Corea del Norte e Irak, los países más peligrosos en 2015
El número de cristianos muertos por su fe ha aumentado en más de un 60% en todo el mundo entre el 1 de noviembre de 2014 y el 31 de octubre de 2015, periodo en el que se ha duplicado el número de iglesias atacadas, según se desprende de la Lista Mundial de la Persecución 2016, un estudio publicado anualmente por la organización sin ánimo de lucro Puertas Abiertas que analiza el nivel de persecución religiosa a la que se ven sometidos los cristianos a nivel mundial, que registra un incremento de 2,8 puntos respecto a la lista de 2015.
Así, mientras la Lista Mundial de la Persecución de 2015 (1 de noviembre 2013-31 octubre 2014) recogió un total de 4.344 cristianos muertos por su fe y 1.062 iglesias atacadas, la LMP de este año recoge 7.100 cristianos muertos por su fe y 2.406 iglesias atacadas, lo que supone un incremento del 63% en el número de muertes conocidas y del 127% en el número de iglesias atacadas conocidas.
Los mayores incidentes se han producido en países del África subsahariana, donde grupos terroristas islamistas como Boko Haram, Séléka, ADF-NALU y Al-Shabaab están activos, y en los que destaca el elevado número de muertes acaecidas en Nigeria (4.028 muertes y 198 iglesias atacadas), RCA (1.269 fallecidos y 131 ataques), Chad (750 muertes y 10 ataques), RDC (467 muertes y 13 ataques), Kenia (225 muertes) y Camerún (114 muertes y 10 ataques).
En el caso de Nigeria, el estudio alerta de que muchos datos "aún no han sido estudiados en profundidad" por lo que las cifras pueden ser más elevadas y añade que, del total de víctimas, 2.500 se atribuyen a Boko Haram y más de 1.500 a los pastores Fulani, mientras que al menos 30.000 cristianos han sido desplazados por la violencia sólo en el estado de Taraba. En relación a la República Centroafricana, el número de muertes (1.269) e iglesias atacadas (131) comprende el periodo que va de enero a abril de 2015, "de modo que los números reales para el periodo completo de la investigación son probablemente mucho más altos".

Puertas Abiertas precisa que esto ocurre también con la situación de Siria e Irak, ya que los incidentes conocidos no representan un registro completo de los actos violentos que han afectado a los cristianos en el periodo de un año y añaden que, durante el periodo de investigación, se han sucedido los informes de profanaciones de iglesias, especialmente en áreas controladas por el Estado Islámico.

Homilía del Papa Francisco: Nuestra victoria es la fe


La fe vence siempre, porque transforma en victoria incluso la derrota, pero no es una cosa “mágica”, es una relación personal con Dios que no se aprende en los libros porque es un don de Dios, un don que hay que pedir. Son los conceptos que expresó el Papa Franciscoen su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

La primera lectura tomada del Libro de Samuel relata la derrota del Pueblo  de Dios por obra de los filisteos: “La matanza fue muy grande” – dijo el Papa – y recordó que el pueblo perdió todo, “incluso la dignidad”. Francisco se preguntó qué consecuencia tuvo esta derrota. Y afirmó que el pueblo, “lentamente se había alejado del Señor, vivía mundanamente, incluso con los ídolos que tenía”. Iba al Santuario de Silo, pero “como si fuera una costumbre cultural”, porque había perdido su relación filial con Dios. ¡No adoraba a Dios! – prosiguió  Francisco –. “Y el Señor los dejó solos”. El pueblo usa incluso el Arca de Dios para vencer la batalla, pero como si fuera una cosa “un poco mágica”.

“En el Arca – recordó asimismo el Pontífice – estaba la Ley, la Ley que ellos no observaban y de la que se habían alejado”. ¡Ya no tenían “una relación personal con el Señor! – dijo –. Se habían olvidado de Dios que los había salvado”. Y fueron derrotados, treinta mil israelíes muertos, y los filisteos, los dos hijos de Elí, toman el Arca de Dios, eran “aquellos sacerdotes delincuentes que explotaban a la gente en el Santuario de Silo”, y mueren.

“Una derrota total” –  afirmó el Papa –. Y añadió: “Un pueblo que se aleja de Dios termina así”. Cuenta con un Santuario, pero el corazón no está con Dios, no sabe adorar a Dios: “Cree en Dios, pero en un Dios un poco brumoso, lejano, que no entra en el corazón, por lo que se obedecen sus Mandamientos. ¡Esta es la derrota!”. Pero el Evangelio del día, en cambio, nos habla de una victoria:
“En aquel tiempo fue a ver a Jesús un leproso que le suplicaba de rodillas – precisamente en un gesto de adoración – y le decía: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Desafía al Señor diciendo: ‘Yo soy un derrotado en la vida – el leproso era un derrotado, porque no podía hacer vida común, era siempre ‘descartado’, puesto a parte – ¡pero tú puedes transformar esta derrota en victoria!’. Es decir: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Ante esto Jesús tuvo compasión, tendió la mano, lo tocó y le dijo: ‘¡Yo lo quiero! ¡Estás purificado!’. Así, sencillamente: esta batalla terminó en dos minutos con la victoria; aquella otra, toda la jornada, con la derrota. Aquel hombre tenía algo que impulsaba a ir hacia Jesús y lanzarle aquel desafío. ¡Tenía fe!”.
El Apóstol Juan dice que la victoria sobre el mundo es nuestra fe
“Nuestra fe vence, ¡siempre!”, dijo el Papa y añadió:
“La fe es victoria. La fe. Como este hombre: ‘Si quieres, puedes hacerlo’. Los derrotados de la  Primera Lectura rezaban a Dios, llevaban el Arca, pero no tenían fe. Se habían olvidado de Él. Este tenía fe y cuando se pide con fe, el mismo Jesús nos ha dicho que se mueven las montañas. Somos capaces de mover una montaña de una parte a otra: la fe es capaz de esto. El mismo Jesús nos ha dicho: ‘Todo lo que le pidan al Padre en mi nombre, les será dado. Pidan y les será dado; llamen y se les abrirá’. Pero con fe. Y ésta es nuestra victoria”.
El Santo Padre Francisco concluyó su homilía con la siguiente oración:
“Pidamos al Señor que nuestra oración tenga siempre aquella raíz de fe, que nazca de la fe en Él. La gracia de la fe: es un don la fe. No se aprende en los libros. Es un don que te da el Señor, pero pídelo: ‘¡Dame la fe!’. ‘¡Creo, Señor!’ dijo aquel hombre que pedía a Jesús que curara a su hijo: ‘Te pido Señor, aumenta mi poca fe’. La oración con la fe… y es curado. Pidamos al Señor la gracia de rezar con fe, de tener la seguridad de que cada cosa que le pedimos a Él nos será dada, con esa seguridad que nos da la fe. Y esta es nuestra victoria: ¡nuestra fe!”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


“Crecer misericordiosos como el Padre”, Mensaje del Papa para el Jubileo de los Jóvenes

 “Mantengan la esperanza en el Señor, con valentía para ir contra corriente y así poder sentir el gozo de ser sus testigos”, es el aliento del Papa Francisco en su mensaje a los chicos y chicas que se preparan a celebrar el Jubileo de los Jóvenes en el marco del Año de la Misericordia. En su mensaje publicado la mañana de este jueves 14 de enero, el Santo Padre invitó a los jóvenes “a aspirar a grandes ideales, a preparar el corazón para poder meditar las palabras del Señor y vivir intensamente este Año Santo”.
El evento es organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización en colaboración con el Servicio nacional italiano de pastoral juvenil. El 23 de abril estará dedicado a la peregrinación de la Misericordia. Los diversos grupos de jóvenes partirán de Castel Sant’Angelo y recorrerán la Vía de la Conciliación, en un camino penitencial, leyendo la Palabra de Dios y meditando. Una vez llegados a la Plaza de San Pedro podrán recibir el Sacramento de la Reconciliación, después, entrarán en la Basílica por la Puerta Santa para la profesión de fe en el Altar de la Confesión junto a la tumba de San Pedro.
A lo largo de su Jubileo, los jóvenes podrán visitar las plazas y lugares más significativos de Roma donde se colocarán una serie de instalaciones explicativas de las siete obras de misericordia corporales y espirituales y algunos testigos de la caridad les hablarán de cómo traducir la misericordia en actos concretos.

(Renato Martinez – Radio Vaticano) 

EL BIEN ES CONTAGIOSO



“Queridos hermanos y hermanas,

El evangelista san Marcos nos relata la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores... Él se presenta como Aquél que combate y vence el mal donde quiera que lo encuentre.

En el Evangelio de hoy esta lucha afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante. 

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa.

El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. 

Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó... la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso… Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado. 

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios. 

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. 

Para ser «imitadores de Cristo» ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión...

Yo os pregunto: vosotros, ¿cuándo ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis? ¿A distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien”. 

(Papa Francisco, Ángelus del 5 de febrero de 2015).

La lepra se le quitó, y quedó limpio


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1,40-45
En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
-«Si quieres, puedes limpiarme.»
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
-«Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
-«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu, purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio ».
Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor.


miércoles, 13 de enero de 2016

La curación de la suegra de Pedro

La obra salvadora de Cristo, no se agota con su persona durante su vida terrena; ésta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres.

Al enviar en misión a sus discípulos, Jesús les confiere una doble misión: anunciar el Evangelio de la salvación y sanar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia siempre ha considerado la asistencia a los enfermos como parte integrante de su misión.

"Los pobres y los que sufren, los tendrán siempre”, advierte Jesús. Y la Iglesia continuamente les encuentra en la calle, considerando a las personas enfermas como una vía privilegiada para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo.

Curar a un enfermo, acogerlo y servirlo es servir a Cristo, el enfermo es la carne de Cristo.

Esto sucede en nuestro tiempo, cuando a pesar de las diversas adquisiciones de la ciencia, el sufrimiento interior y físico de las personas despierta fuertes interrogantes sobre el sentido de la enfermedad y del dolor, y sobre el porqué de la muerte.

Son preguntas existenciales a las cuales la acción pastoral de la Iglesia debe responder a la luz de la fe, teniendo delante de los ojos al Crucifico, en el cual aparece todo el misterio de salvación de Dios padre, que por amor de los hombres no escatimó a su propio Hijo.

Por lo tanto cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz del evangelio y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a todos aquellos que los asisten, familiares, médicos, enfermeros, para que el servicio al enfermo sea realizado cada vez con más humanidad, con dedicación generosa, con amor evangélico, y con ternura. 

(Homilía de S.S. Francisco,  8 de febrero de 2015).

Jesús, puerta de Misericordia. Arzobispo de Barcelona.


Mirando desde el Tibidabo la ciudad de Barcelona, he observado una gran urbe y he pensado que el corazón de las personas que la habitan se puede ganar con el mismo amor que en cualquier rincón del planeta. Bajando a la ciudad he pensado que estamos en el Año de la Misericordia, que es precisamente un año único para poner a prueba nuestra estima, que se manifiesta en lo más tierno que tenemos los hombres y las mujeres en nuestro interior, como es el amor, la comprensión, el perdón y la capacidad de volver a empezar.

En mi camino de regreso a casa, cerca de la Catedral, me han preguntado dónde está la Puerta de la Misericordia en este Jubileo al que hemos sido llamados por el papa Francisco. Me ha parecido que lo que debía responder no es sólo dónde está el portalón que da acceso al templo, sino que el hecho de cruzarlo es dar un paso más allá...Debemos cruzar la puerta del amor que representa el Señor.

En el Antiguo Testamento, la primera manifestación de Dios al pueblo de Israel se revela a Moisés diciendo: “Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). La misericordia es el primer atributo de Dios, seguido inmediatamente de la compasión. Es un Dios que se nos presenta desde la benevolencia, desde el amor y la ternura que muestra siempre el don gratuito, puesto que éste se expresa queriendo visceralmente, dándolo todo, ofreciéndolo todo, sin esperar nada a cambio. A lo largo del Antiguo Testamento hallamos muchas expresiones de la misericordia de Dios: en la compasión por todas las criaturas, en la acogida de quien ha pecado, proclamando que el amor misericordioso de Dios es para siempre. Por eso, la benevolencia de Dios se nos presenta, se nos hace cercana y nos ilumina a través de Jesús y su Evangelio, “porque Él es la puerta que nos conduce hacia el Padre”. A través de los relatos de san Lucas, la misericordia de Dios se hace misericordia humana en Jesús. Esto es lo que distingue a los cristianos en su forma de entender a los hombres como prójimos y como hermanos. Por eso el Evangelio nos dice: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36).

Lo que hay que traspasar en el año de la misericordia es la puerta del Cristo que nos lleva a Dios Padre. Y la Puerta Santa tiene que ser ese signo que, una vez traspasado, haga que nuestro corazón vaya de lo humano a lo divino, recordando la cita de Gregorio de Niza en su tratado de las bienaventuranzas: “Si el nombre de misericordioso se atribuye a Dios, ¿a qué te invita Jesús cuando te pide que seas misericordioso si no es a ser Dios?” “[...] Si, efectivamente, la escritura proclama a Dios misericordioso y la verdadera beatitud es Dios en sí mismo, es evidente que el hombre que se hace misericordioso se convierte en Dios”.
Desde la ciudad he mirado el Tibidabo y he vuelto a pensar que los corazones de los hombres y las mujeres deberían estar abiertos a esta misericordia que nos hace cruzar la puerta de los corazones de nuestros hermanos vecinos, la puerta de la Catedral como signo, la Puerta de Cristo como transformación de nuestra vida.
+ Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona