sábado, 18 de abril de 2015

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

No quieras soportar injustamente la sombra de tu historia malversada. No intentes huir de la voz que en lo más profundo de ti te dicta tu conciencia. No te justifiques aplicando sobre tu zona oscura el argumento de tus obras buenas, incluso generosas.
No eres juez y parte de tus días, necesitas que otro te responda, te acoja, te disculpe, te escuche, te objetive, te perdone. Es muy fácil creernos hasta héroes, cuando lo que somos en verdad es solo humanos, vulnerables y frágiles.
¡Cómo descansa el alma cuando sabe que no arrastra las heridas incurables de manera clandestina, sino que alguien las comprende y hasta echa sobre ellas el aceite bueno de la misericordia!
¡Qué distinto es recordar los hitos del camino en los que se gustó el descanso, a la sombra de la posada samaritana, de mantener la larga travesía del desierto, sin tregua ni alivio, sino solo sacando por esfuerzo las etapas!
Hoy tienes a tu alcance la oferta generosa, la que acontece en el puerto franco del perdón, donde no se te pide otra cosa que el deseo de iniciar de nuevo la andadura. No temas que te impongan el pago de aranceles portuarios, tan solo se te pide que vacíes tus bodegas del peso clandestino y dejes el lastre que te oprime y dificulta continuar la singladura de la vida.
Aquel que dio su vida por nosotros permanece con los brazos abiertos, con sus palmas heridas, para demostrarnos que comprende, por experiencia propia, nuestras llagas.
No es bueno el disimulo, ni el aparentar que se es invulnerable. Si Jesucristo resucitado se muestra con las señales de su Pasión, ¿cómo tú vas mostrarte exento de arañazos?
No hay mejor posibilidad de curación que cuando se conoce la dolencia, y no hay mayor dificultad de tratamiento, que cuando no se acepta la debilidad. Alguien cree que no existe la enfermedad si se silencia, y se engaña.
Hoy, si te dejas curar, echar aceite en tu herida, gustarás el gozo de la Pascua, el que acontece cuando se recibe el beso de la misericordia divina por el que se renace.

Ángel Moreno de Buenafuente

Creer por experiencia propia.

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que solo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.
Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.
Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: "Paz a vosotros"». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.
El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».
Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?
Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».
Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

El cristiano es una obra maestra

Si te dignas leer esta carta, estoy convencido de que, de entrada, quizás el título te parezca muy presuntuoso. Pero, si sigues leyendo, espero que al final no te lo parezca tanto y hasta es posible que te haga feliz el ser lo que eres o lo que puedes ser.

1. Un cristiano es una obra maestra de Dios y a lo largo de toda su ejecución siempre se podrá ver la hermosura infinita de su amor. Desde el mismo diseño tiene todos los detalles que se necesitan para alcanzar la perfección. Pero el diseño de Dios se ejecuta siempre a cuatro manos: las dos de Dios y las dos de cada ser humano. Entre las cuatro se hace la obra maestra, aunque las de Dios tengan a veces que retocar, si se le deja, lo que la libertad oscurece, cambia, ensucia o intentan malograr por el pecado. La obra de Dios en el camino de fe de un cristiano: siempre sucede entre la gracia y la libertad. ¡Esa pedagogía de Dios es maravillosa! ¡Ese camino del hombre es siempre maravillosamente humilde!

2. El diseño de Dios y el paso libre del cristiano cuentan en su ejecución con la mediación de otros artistas, algunos imprescindibles. Todos están tocados por la mano infinita y amorosa del que hace esa maravilla. Por eso el esmero en completar la obra divina ha de ser tan delicado y generoso: es el esmero de los padres y es el de la Iglesia, que se complementan y enriquecen mutuamente. Si la obra maestra de Dios comienza al nacer, en ese momento empieza la colaboración del hombre y de la mujer que pusieron al ser humano en la vida. Toda la ternura de los padres, a partir de entonces, es reflejo de la ternura de Dios, que caerá como gloria bendita en la vida de los hijos. Con pequeños pasos, lo que Dios diseñó por amor para ser amado, se va embelleciendo poco a poco por la gracia, esa que algunos tienen reservada por haber nacido en tierra sagrada bañada por la carne y la sangre del Hijo de Dios. Esa tierra es la que pisan los hombres y mujeres que han conocido a Jesucristo en el seno de la Iglesia. La Iglesia, que primero es doméstica y después pueblo de Dios, les va dando a los nacidos del agua y del Espíritu los tonos de belleza, bondad y verdad que necesitan para crecer en santidad, que es el fruto precioso que el diseño divino va buscando.

3. Por el misterio de la Pascua de Cristo, a iniciativa primero de los padres y después bajo su protección, los nacidos van entrando, por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía y a veces por la Penitencia, en una dinámica de vida nueva, en un camino espiritual que les va enriqueciendo como seres humanos y como cristianos. Por el camino de los sacramentos de iniciación se va ejecutando el diseño del Creador, que toma cuerpo en las decisiones, en las actitudes, en los sentimientos, en las opciones de los chicos y chicas, a medida que van creciendo. Aunque nunca esté acabado del todo lo que Dios diseñó, en el camino de la vida, con sus matices, sus empeños, sus luchas e incluso en sus fracasos, la obra de Dios va poco a poco resplandeciendo. Por la libertad de elegir el bien de los chicos y por la acción de la Iglesia, que les va mostrando los diversos perfiles de la vida cristiana, se puede hacer la maravilla que Dios espera y que el mundo necesita. Interactuando la educación en la fe y la gracia sacramental, hay que esperar que se pueda decir al final del camino: “Y vio Dios que todo era bueno, porque surgió un cristiano”. Día grande en el que actuó el Señor.

4. Como escribo para iniciados en la fe, enseguida habréis entendido que estoy describiendo la iniciación cristiana. Sé muy bien que lo que acabo de presentar, con matices poéticos y, por tanto, ideales, transcurre siempre entre muchas dificultades, entre situaciones muy difíciles y también sin una clara conciencia de que lo que hacemos es tan maravilloso que exija toda nuestra creatividad y nuestro esfuerzo. Con más frecuencia de la que debiéramos dejamos de hacer lo que a nosotros nos corresponde y, por eso, además de poner en peligro el diseño original de Dios, no acabamos de encontrarnos, al final de los itinerarios de iniciación, al cristiano que esperábamos.

5. A veces no nos damos cuenta de que las obras de arte proceden de una genialidad que las hace únicas. Pensamos que hacer un cristiano es automático, quizás porque nos dejamos llevar por viejos y pasados modos de hacer, que ya no nos sirven en las nuevas formas de este arte: ahora hay que poner amor, cercanía, paciencia y un acompañamiento continuo de todos los que han de colaborar con el diseño de Dios y la libertad de cada uno de nuestros chicos. Ahora hay que poner el trazo exacto que la obra necesite en cada momento. Y ahora, sobre todo, hay que poner lo único que de verdad crea con naturalidad belleza cristiana: el testimonio de la fe.

6. La fe le da la luz que la obra necesita; le da la verdad que la identifica; le da la vida que la proyecta. Porque la obra maestra de Dios, la que sale de la iniciación cristiana de cada chico y de cada chica, si bien es irrepetible, se hace para que embellezca la vida de otros, sobre todo cuando actúan por el amor. Porque el amor es el color que Dios pone en el diseño, el que acompaña todos los retoques, el que luce en su mejor expresión. Se trata de un color que, al brillar, contagia a otras vidas y les deja el destello de una estela especial, que siempre se admira en “color esperanza”.
7. En estos días de la Pascua, desde la misma Vigilia Pascual, la Iglesia, en unos casos está iniciando y en otros completando, por los Sacramentos de iniciación cristiana muchas obras maestras de Dios. Si supiéramos ver así a nuestros niños que se bautizan, a los que participan por vez primera en la Eucaristía y a los adolescentes que reciben el Sacramento del Espíritu, la Confirmación, todo cambiaría para cuantos han de intervenir en su magistral acabado. Nacería una más sensible responsabilidad y disfrutaríamos más al hacernos esta pregunta: ¿Qué puse yo en lo que Dios mismo diseñó, perfeccionó y acabó? Porque, no lo olvidemos, un cristiano es obra de la gracia, y nosotros colaboramos con ella.
Feliz Pascua de Resurrección.

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia

Pedir la gracia de abrir el corazón a la humildad, dijo el Papa

La humillación por sí misma es masoquismo, mientras la padecida y soportada en nombre del Evangelio te hace semejante a Jesús. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, en que invitó a los cristianos a no cultivar jamás sentimientos de odio, sino a tomarse el tiempo para descubrir dentro de sí sentimientos y actitudes agradables a Dios: el amor y el diálogo.

Al preguntarse si en una situación difícil, el hombre puede reaccionar según los modos de Dios, el Papa Bergoglio afirmó que sí, y que se trata de una cuestión de tiempo. El tiempo de dejarse permear por los sentimientos de Jesús. Francisco explicó este concepto analizando el episodio contenido en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, a quienes se los somete a un juicio ante el Sanedrín, por ser acusados de predicar aquel Evangelio que los  doctores de la ley no quieren oír.

No dedicar tiempo al odio

Sin embargo, un fariseo del Sanedrín, Gamaliel, de modo puro, sugiere que los dejen actuar, porque – citando casos análogos del pasado – sostiene que si la doctrina de los Apóstoles “fuera de origen humano, se aniquilaría”, mientras no sucedería si viniera de Dios. El Sanedrín acepta la sugerencia, es decir  – subrayó el Papa – “toma tiempo”. No reacciona siguiendo el instintivo sentimiento de odio. Y esto – añadió Francisco –  es un “remedio” justo para cada ser humano:
“Da tiempo al tiempo. Esto nos sirve a nosotros, cuando tenemos malos pensamientos contra los demás, malos sentimientos, cuando tenemos antipatía, odio, no los dejes crecer, detenerse, dar tiempo al tiempo. El tiempo pone las cosas en armonía y nos hace ver lo justo de las cosas. Pero si tú reaccionas en el momento de la furia, seguramente serás injusto. Serás injusto. Y también te hará mal a ti mismo. Éste es un consejo: el tiempo, el tiempo en el momento de la tentación”.

Quien se detiene da tiempo a Dios

Cuando nosotros alimentamos un resentimiento – observó el Papa – es inevitable que estalle. “Estalla en el insulto, en la guerra” – dijo – y “con estos malos sentimientos contra los demás, luchamos contra Dios”, mientras “Dios ama a los demás, ama la armonía, ama el amor, ama el diálogo, ama caminar juntos”. También “a mí me sucede”, admitió el Santo Padre: “Cuando una cosa no gusta, el primer sentimiento no es de Dios, es malo, siempre”. “Detengámonos en cambio – exclamó – y demos espacio al Espíritu Santo”, para que “nos haga llegar a lo justo, a la paz”. Como los Apóstoles, que son flagelados y dejan el Sanedrín “contentos” de haber padecido “ultrajes por el nombre de Jesús”:

“El orgullo de los primeros te lleva a querer matar a los demás, la humildad, también la humillación, te lleva a asemejarte a Jesús. Y esto es algo que no pensamos. En este momento en el que tantos hermanos y hermanas nuestros son martirizados por el nombre de Jesús, ellos están en este estado, tienen en este momento la alegría de haber sufrido ultrajes, incluso la muerte, por el nombre de Jesús. Para huir del orgullo de los primeros, sólo existe el camino de abrir el corazón a la humildad y a la humildad jamás se llega sin la humillación. Esto es algo que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir”.

Los mártires y los humildes se asemejan a Cristo

Hacia el final de su homilía Francisco se refirió a la gracia de la “imitación de Jesús”. Una imitación testimoniada no sólo por los mártires de hoy, sino también por aquellos “tantos hombres y mujeres que padecen humillaciones cada día y por el bien de su propia familia” y “cierran la boca, no hablan, soportan por amor de Jesús”:
“Y ésta es la santidad de la Iglesia, esta alegría que da la humillación, no porque la humillación sea bella, no, eso sería masoquismo, no: porque con esa humillación tú imitas a Jesús. Dos actitudes: el de la cerrazón que te lleva al odio, a la ira, a querer matar a los demás y el de la apertura a Dios por el camino de Jesús, que deja que las humillaciones te lleguen, incluso aquellas fuertes, con esta alegría interior porque tienes la seguridad de estar en el camino de Jesús”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

jueves, 16 de abril de 2015

Obedecer dialogando

El Papa Francisco recordó a Benedicto XVI en el día de su octogésimo octavo cumpleaños. Y por el Papa emérito ofreció la misa que celebró el jueves 16 de abril, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, invitando a los presentes a unirse a él en la oración «para que el Señor lo sostenga y le
done mucha alegría y felicidad».
En la homilía, el Pontífice hizo referencia al tema de la obediencia, un tema puesto de relieve por la liturgia del día. Y citó inmediatamente las últimas palabras del pasaje del evangelio de Juan (3, 31-36): «El que no crea al Hijo no verá la vida». Refiriéndose a la primera lectura (Hechos de los apóstoles 5, 27-33), el Pontífice recordó también el momento en que «los apóstoles dijeron a los sumos sacerdotes: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
«La obediencia —explicó el Papa Francisco— muchas veces nos conduce por una senda que no es la que yo pienso que debe ser: existe otra, la obediencia de Jesús que dice al Padre en el huerto de los Olivos “que se cumpla tu voluntad”». Obrando así, Jesús «obedece y nos salva a todos». Por lo tanto, debemos estar dispuestos a «obedecer, tener la valentía de cambiar de camino cuando el Señor nos lo pide». Y «por ello quien obedece tiene la vida eterna; y quien no obedece, la ira de Dios permanece en él».
Precisamente «en este marco», afirmó el Pontífice, «podemos reflexionar sobre la primera lectura», más precisamente sobre el «diálogo entre los apóstoles y los sumos sacerdotes». Una «historia que había iniciada poco antes, en el mismo capítulo quinto de los Hechos de los apóstoles». Así pues, retomando el tema, «los apóstoles predicaban al pueblo y con frecuencia se reunían en el pórtico de Salomón. Todo el pueblo iba allí a escucharlos: hacían milagros y el número de los creyentes crecía». Pero «un pequeño grupo no se atrevía a unirse a ellos por temor, estaban lejos». Sin embargo, afirmó el Papa, «también de los sitios vecinos, de los poblados vecinos, llevaban a los enfermos a las plazas, en camillas, para que al pasar Pedro al menos su sombra los cubriese un poco y los curase. Y se curaban».
Y así, continua la narración de los Hechos, «los sacerdotes y el grupo dirigente del pueblo se enfureció»: de hecho tenían «muchos celos porque el pueblo seguía a los apóstoles, los exaltaba, los loaba». Y así dieron orden «de meterlos en la cárcel». Pero, continuó Francisco, «por la noche el ángel de Dios los libera, y no es la primera vez que hará esto». Por eso cuando «por la mañana los sacerdotes se reúnen para juzgarlos la cárcel estaba cerrada, toda cerrada y ellos no estaban». Después tienen conocimiento de que los apóstoles habían regresado allí, al pórtico de Salomón, a predicar al pueblo. Y los convocaron de nuevo a su presencia.
El Pontífice dijo que el pasaje de los Hechos que propone hoy la liturgia cuenta lo que sucede en aquel momento: los comandantes y los sirvientes «condujeron a los apóstoles y los presentaron en el Sanedrín». Y, se lee también en la Escritura, «el sumo sacerdote los interrogó diciendo: “¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en ese nombre? Y habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
A estas acusaciones Pedro responde: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y así «repite la historia de salvación hasta Jesús». Pero «al oír este kerigma de Pedro, esta predicación de Pedro sobre la redención realizada por Dios a través de Jesús al pueblo», los miembros del Sanedrín «se enfurecieron y querían matarlos». En realidad, «fueron incapaces de reconocer la salvación de Dios» aun siendo «doctores» que «habían estudiado la historia del pueblo, habían estudiado las profecías, habían estudiado la ley, conocían casi toda la teología de pueblo de Israel, la revelación de Dios, sabían todo: eran doctores».
La pregunta es «¿por qué esta dureza de corazón?». Sí, afirmó el Papa, su dureza «no es dureza de mente, no es una simple testarudez». La dureza está en su corazón. Y entonces «se puede preguntar: ¿cómo es el recorrido de esta testarudez total de mente y corazón? Cómo se llega a esto, a esta cerrazón, que incluso los apóstoles tenían antes de que llegara el Espíritu Santo». Tanto que Jesús dice a los dos discípulos de Emaús: «Necios y torpes para entender las cosas de Dios».
En el fondo, explicó el Papa Francisco, «la historia de esta testarudez, el itinerario, es cerrarse en sí mismos, no dialogar, es la falta de diálogo». Eran personas que «no sabían dialogar, no sabían dialogar con Dios porque no sabían orar y escuchar la voz del Señor; y no sabían dialogar con los demás».
Esta cerrazón al diálogo les llevaba a interpretar «la ley para hacerla más precisa, pero estaban cerrados a los signos de Dios en la historia, estaban cerrados al pueblo: estaban cerrados, cerrados». Y «la falta de diálogo, esta cerrazón de corazón, los llevó a no obedecer a Dios».
Por lo demás «este es el drama de estos doctores de Israel, de estos teólogos del pueblo de Dios: no sabían escuchar, no sabían dialogar». Porque, afirmó el Papa, «el diálogo se hace con Dios y con los hermanos». Y «esta furia y el deseo de hacer callar a todos los que predican, en este caso la novedad de Dios, es decir, que Jesús ha resucitado» es claramente «el signo de que no se sabe dialogar, que una persona no está abierta a la voz del Señor, a los signos que el Señor realiza en el pueblo». Por lo tanto, «no tienen razón, sino que llegan» a estar furiosos y a querer matar a los Apóstoles. «Es un itinerario doloroso», insistió el Papa Francisco, también porque «estos son los mismos que pagaron a los guardias del sepulcro para hacer decir que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús: hacen de todo para no abrirse a la voz de Dios».
Antes de seguir con la celebración de la Eucaristía –«que es la vida de Dios, que nos habla desde lo alto, como Jesús dice a Nicodemo»–, el Papa Francisco pidió «por los maestros, por los doctores, por los que enseñan al pueblo de Dios, para que no se cierren, para que dialoguen, y así se salven de la ira de Dios que, si no cambian de actitud, pesará sobre ellos».


GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR


Del Salmo 33

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha
Los ojos del Señor miran al justo
y sus oídos escuchan su clamor;
Pero el Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El justo padece muchos males,
pero el Señor lo libra de ellos.
El Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en Él no serán castigados.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna.



Evangelio según San Juan 3,31-36.

El que viene de lo alto está por encima de todos. 


El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. 

El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.

El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.

El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. 

El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Juan Pablo II, Discurso durante la visita al Santuario de la Divina Misericordia.


Nada necesita el hombre como la divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios. [...] El mensaje de la divina Misericordia ... [es] un mensaje claro e inteligible para todos. Cada uno puede venir acá, contemplar este cuadro de Jesús misericordioso, su Corazón que irradia gracias, y escuchar en lo más íntimo de su alma lo que oyó la beata. «No tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo» (Diario, cap. II).

Y, si responde con sinceridad de corazón: «¡Jesús, confío en ti!», encontrará consuelo en todas sus angustias y en todos sus temores. En este diálogo de abandono se establece entre el hombre y Cristo un vínculo particular, que genera amor. Y «en el amor no hay temor —escribe san Juan—; sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4, 18). [...]

Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado.

Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo, mediante la institución de la fiesta de la divina Misericordia. Aquí, ante las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy gracias también por el don de su beatificación. Pido incesantemente a Dios que tenga «misericordia de nosotros y del mundo entero».


«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia » (Mt 5, 7).

miércoles, 15 de abril de 2015

El Papa a los intelectuales: vínculo matrimonial y familiar no es tema secundario

La catequesis de hoy está dedicada a la diferencia y a la complementariedad entre el hombre y la mujer. El libro del Génesis insiste en que ambos son imagen y semejanza de Dios. No sólo el hombre por su parte, no sólo la mujer por su parte, sino también la pareja. La diferencia entre ellos no es para competir o para dominar, sino para que se dé esa reciprocidad necesaria para la comunión y para la generación, a imagen y semejanza de Dios. En esta complementariedad está basada la unión matrimonial y familiar para toda la vida, sostenida por la gracia de Dios. El ser humano está hecho para la escucha y la ayuda mutua”.
El Santo Padre especificó que estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente, y es por ello que sin el enriquecimiento recíproco, ya sea en el pensamiento como en la acción, en los afectos y el trabajo, como también en la fe, ninguno puede entender en profundidad que significa ser hombre y mujer.
Reconociendo los aportes de la cultura moderna que ha abierto nuevos espacios y libertades para el enriquecimiento de la comprensión de la diferencia entre hombre y mujer, Papa Bergoglio puso en guardia sobre las dudas y el escepticismo: “me pregunto si la llamadateoría del género no sea también expresión de una frustración y de una resignación, dirigida más a cancelar la diferencia sexual que a confrontarse con ella”.
“La eliminación de las diferencias – subrayó el Papa – es el problema, no la solución”.
De ahí la exhortación a los intelectuales, a no abandonar este tema “como si se hubiera convertido en secundario” en relación al compromiso en favor de una sociedad más libre y justa. Y la indicación de dos puntos que deben comprometernos con urgencia:
“Para superar las dificultades de esta unión, me gustaría indicar dos puntos que nos comprometen con urgencia: Tenemos que hacer mucho más en favor de la mujer, primer punto. No sólo para que sea más reconocida, sino para que su voz tenga un peso real, una autoridad efectiva en la sociedad y en la Iglesia. Segundo punto, me pregunto si la crisis de fe en el Padre no estará también relacionada con la crisis de la alianza entre el hombre y la mujer. De aquí nace la responsabilidad de la Iglesia y de todos los creyentes de redescubrir la belleza del diseño creador de Dios, que imprime también su imagen en el vínculo del hombre y la mujer.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, México, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Queridos hermanos y hermanas, cuando el hombre y la mujer juntos colaboran con el designio divino, la tierra se llena de armonía y confianza. Que Dios les bendiga. Muchas gracias”. 
(GM – RV)

Redescubrir la belleza del designio creador de Dios, Francisco en su catequesis

La familia: varón y mujer
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La catequesis de hoy está dedicada a un aspecto central del tema de la familia: aquel del gran don que Dios ha dado a la humanidad con la creación del hombre y de la mujer y con el sacramento del Matrimonio. Esta catequesis y la próxima tratan sobre la diferencia y la complementariedad entre el hombre y la mujer, que están al vértice de la creación divina; las dos que seguirán después serán sobre otros temas del Matrimonio.
Iniciamos con un breve comentario del primer relato de la creación, en el Libro del Génesis. Aquí leemos que Dios, después de haber creado el universo y todos los seres vivientes, creó la obra maestra, es decir, el ser humano, que hizo a su propia imagen: “Lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. (Gen 1,27). Así dice el Libro del Génesis.
Como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en tantas formas de vida, en la larga escala de los vivientes. Pero sólo en el hombre y en la mujer ésta lleva en sí la imagen y la semejanza de Dios: ¡el texto bíblico lo repite por tres veces en dos versículos (26-27)!: ¡Hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios! Esto nos dice que no sólo el hombre por su parte es imagen de Dios, no sólo la mujer por su parte es imagen de Dios, sino también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición o la subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios.
La experiencia nos lo enseña: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano tiene necesidad de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no sucede, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos recíprocamente. Podemos decir que sin enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento, en la acción, en los afectos y en el trabajo, también en la fe – los dos no pueden ni siquiera entender profundamente que significa ser hombre y ser mujer.
La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la comprensión de esta diferencia. Pero también ha introducido muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo, yo me pregunto si la así llamada teoría del género no es también expresión de una frustración y de una resignación que punta a cancelar la diferencia sexual porque no sabe más confrontarse con ella. Nos arriesgamos a dar un paso atrás. La remoción de la diferencia, en efecto, es el problema no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablarse más, escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar con amistad. Con estas bases humanas, sostenidas por la gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar para toda la vida. El vínculo matrimonial y familiar es una cosa seria, lo es para todos, no sólo para los creyentes. Quisiera exhortar a los intelectuales a no abandonar este tema, como si se hubiera transformado en secundario, por el compromiso a favor de una sociedad más libre y más justa.
Dios ha confiado la tierra a la alianza del hombre y de la mujer: su fracaso aridece el mundo de los afectos y oscurece el cielo de la esperanza. Las señales ya son preocupantes, y las vemos. Quisiera indicar, entre las muchas, dos puntos que yo creo que deben empeñarnos con más urgencia.
El primero. Indudablemente debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos volver a dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario, de hecho, que la mujer no sólo sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, una autoridad reconocida, en la sociedad y en la Iglesia. El mismo modo con el cual Jesús ha considerado a la mujer - pero leamos el Evangelio eh, es así - en un contexto menos favorable del nuestro - porque en aquel tiempo la mujer estaba en segundo lugar, ¿no? Y Jesús la ha considerado de una manera que da una luz potente, que ilumina un camino que lleva lejos, del cual hemos recorrido solamente un pedacito. Todavía no hemos entendido en profundidad cuáles son las cosas que nos puede dar el genio femenino, qué puede dar a la sociedad y también a nosotros, la mujer. Quizás, ver las cosas con otros ojos que complementan el pensamiento de los hombres. Es un camino para recorrer con más creatividad y más audacia.
Una segunda reflexión concierne el tema del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios. Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios, que nos hace tanto mal, nos hace enfermar de resignación a la incredulidad y al cinismo, no esté también conectada a la crisis de la alianza entre hombre y mujer. En efecto, el relato bíblico, con el gran fresco simbólico sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de la confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y mujer.
De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer. La tierra se llena de armonía y de confianza cuando la alianza entre el hombre y la mujer se vive en el bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin dudas la encuentran. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios. Gracias.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)

Recuperar la otra memoria histórica en el V Centenario de Santa Teresa

“Qué fuerza tiene con Vos, Señor, un suspiro nacido de las entrañas”, oraba Sta. Teresa. La oración, profundamente emocional, y por ello verdadera; se sentía unida a Dios, desde su ser mujer; por eso le hablaba con sus entrañas. El vínculo con Dios podía ser emocional; campo abonado de mujeres, es parte de la subjetividad femenina. Rehabilita la emoción y el sentimiento para Dios, para la vida. Las entrañas, como vehículo de relación con Dios. Entrañas de millones de mujeres que hoy son campo de batalla de los varones donde se extermina su dignidad ante nuestra indiferencia. 
 Rompió el techo de cristal de las mujeres en su tiempo. Defiende la necesidad y el derecho de las mujeres a una vida interior de altura. Lucha contra las normas que la han constreñido, así como contra los “ideales de mujer” con los que la han definido: “No quiero bobaliconas” –decía. Rompe con la identidad que se le ha dado de fuera. Hace una lectura crítica de la razón imperante; y bien que se lo recordaban: “fémina contumaz inquieta y andariega”. Su tiempo le otorgaba una identidad a la baja; “pretenden hacernos andar como pollo trabado a los que vuelan como águilas con las mercedes que nos hace Dios”. Teresa a través de la oración  construye una conciencia reflexiva sobre su propia identidad y conoce profundamente a Dios, profundamente la vida. Abierta al amor y a la belleza, con un corazón vivo, que siente, capaz de fecundarse siempre.  “Aprovéchame a mi también ver campo agua y flores, en estas cosas hallo yo memoria del criador; digo que me despertaban y recogían y servían de libro”.  Está claro, cuando te haces una con Cristo, te abres a la comunión de la vida; entonces, la luz viene de la vida misma.
El cuerpo de las mujeres como lugar de oración, como lugar de la dignidad humana. Me alienta a ello esa voluntad de Teresa de visualizar y corporaliza lo divino.
Privadas las mujeres de la universidad; se pusieron barrotes en los claustros; si por perfección era, ¿por qué privarles de las rejas a los varones? Ella hizo otra universidad: Convirtió en autoconocimiento su propia proximidad con la profundidad del misterio de Dios; antes de convencernos que ese conocimiento era valioso para todos, varones y mujeres. Enseñaba: “El conocimiento propio es el pan con que todos los manjares se han de comer por delicados que sean”. Con gran conciencia de su debilidad que no niega (“mujer soy al fin flaca y ruin”) rompe sus muros, parte de sus propias fronteras para alcanzar la de los otros al ocuparse de Dios, en el interior de sí misma; en esa necesidad de auto clarificación, como mujer que oficialmente no sabía. Alza su voz para nombrarse como criatura de Dios con capacidad para recibir todos sus dones y sabiduría: “Que no sea esclava de nadie vuestra voluntad”.
Muchas mujeres salen en sus obras, con admirada gratitud; supo recibir la grandeza de las otras, un puntazo para nosotras ahora ¡Habla de mujeres cuando nos habla de Dios y, nos habla de Dios cuando habla de mujeres!  
Pocas obras históricas retratan mejor la vida de las mujeres en esa época. La atroz vida e infamante que hoy se repite y atraviesa nuestra sociedad.  Fue una disidente, inquieta y comprometida en una época de miedo y persecuciones.
Revaloriza el espacio femenino privado, el trabajo doméstico donde, durante siglos, se recluye a las mujeres; ella lo visibiliza como espacio abierto a Dios. Introdujo su propia lectura al acontecer de Dios. “Pues hermanas, entended que si es a la cocina, Dios anda entre los pucheros”. Un aviso a navegantes. Dios también juega en nuestro campo. Los pucheros, la cocina, lugar donde se relega a millones de mujeres, lo invoca como lugar donde acaece todo el misterio de Dios.
No habitó exclusivamente el “espacio femenino” ni la clausura. Gran negociadora y con capacidad de comunicación, concertó licencias, compraventas, estableció relaciones de diversa índole. Su voz era escuchada en decisiones importantes. Estaba en el mundo, por tanto en el tiempo, por tanto en la historia, rompiendo el techo de cristal de las mujeres en terreno negado por la cultura patriarcal. No cabe la exclusión en la aventura humana; tampoco en la iglesia, que no es un campo abierto para la experiencia integral de las mujeres en ella. ¿En la celebración de su V Centenario se interrogaron sobre esto? Si no lo hacemos será “un disparate huir de la luz para andar siempre tropezando”.

“Entre los pucheros anda el Señor.” Tanto vale el trabajo intelectual como el trabajo doméstico; tanto vale para Dios como la propia liturgia. Tanto vale y tanto debería valer para nuestra propia sociedad (pucheros, costura, plancha cuidados, aseos, cultivo de la tierra, limpieza) lugar de mujeres, todo invisibilizado por nuestra sociedad. Este espíritu de Teresa tendría que suponer en la iglesia un cambio radical de la concepción y de la participación de las mujeres, y la presencia en todos los ministerios de la iglesia; que se elimine el lenguaje que minusvalora a las mujeres, y a veces las veja, incluso en la liturgia. Ella lo sabía bien: “Basta ser mujer para caérseme las alas”.
Sería un gran homenaje a Santa Teresa una nueva comprensión de la vida humana, varón y mujer, que se encuentran y reconocen en el Amor de Dios, que se encuentran y respetan en todas las sociedades. 
¿Se contentaba, para sus monjas, con hablar y vivir la experiencia de Dios? ¿Quería más para las mujeres? “Conviene mucho no apocar los deseos” –decía. Formaliza un pacto entre mujeres que se reconocen como interlocutoras, sororidad, se llama ahora Reconocerse en otras mujeres. Un modo, en que los ecos de lo personal es religioso y lo religioso es personal, llamando a la perfección la vivencia femenina.
Descorrió el velo de los prejuicios Modificó claramente la manera de encarar el mundo y su propia vida. Ella es un vestigio de la presencia de las mujeres en el proceso histórico. “Que fuerza tiene con Vos, Señor, un suspiro nacido de las entrañas”.
Su vida y su obra desbordan los sueños más ambiciosos de una Teresa de Jesús preocupada por ser útil a la iglesia de su tiempo y que interpela y urge a la actual, sobre la presencia de las mujeres en la misma, y a nuestra sociedad por la exclusión que sigue ejerciendo. Escuchemos a Teresa: “¿No basta Señor que nos tiene el mundo acorraladas, que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hallar algunas verdades que lloramos en secreto, si no que no nos habíais de oír petición tan justa?  No lo creo Señor, de vuestra bondad y justicia. Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes aunque sean de mujeres. No aborrecisteis Señor cuando andabais en el mundo a las mujeres, antes las favorecisteis con mucha piedad. Dad ya luz a estas tinieblas”.
No es bueno convertir esta cita en una anécdota, porque al fin y al cabo, “este árbol también está plantado en las mesmas aguas de la vida”

María Isabel Serrano Gonzalez