domingo, 12 de abril de 2015

Cómo Jesús nos quita las dudas y los miedos


El evangelio de este domingo comienza con el miedo de los discípulos: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

No estuvieron al pie de la cruz. No lograron salvar al Maestro. Ahora temen por sus vidas. Cierran las puertas de su casa. Están seguros. El miedo nos encierra en nuestra vida. El corazón se cubre de seguros para impedir que alguien pueda entrar. No queremos abrir nuestras puertas.

Jesús rompe las barreras y entra en la casa en la que se esconden. Entra y les da su paz: “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
 
Les da su espíritu, les regala su paz. Me impresiona ese momento de transformación. Porque eso es lo que fue la entrada de Jesús. Vino, se puso en medio de ellos y se volvió a partir por amor. Les entregó su vida.

Como dice el Padre José Kentenich: “Debemos ser transformados. Que se hagan feliz realidad aquellas palabras de san Pablo: - Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Y si Cristo vive en mí, vivirá también su espíritu en mí; será pues el Espíritu Santo quien viva en mí”[3].

La llegada de Jesús vivo transforma sus vidas. Ya no importan tanto sus miedos ni sus angustias. Desaparece el temor a la muerte y al futuro. Son de Cristo para siempre. Jesús vive en sus corazones.

Esa experiencia salvadora que habían experimentado en su vida terrena, la tocan ahora de una forma totalmente nueva. Jesús va a actuar en ellos. Se va a hacer presente en sus vidas. Sus palabras ya no serán sus palabras.

Todo en ellos será de Jesús. Todo en ellos será obra del Espíritu. Siempre y cuando se mantengan unidos a Cristo en el corazón. Si se alejan de Él, perderán su fuerza, faltará la fe, regresará el miedo. 

Esta es la paz que les regala en sus corazones. No es una paz de bienestar. Es el convencimiento de que su vida merece la pena.

¡Bendita duda!

Tomás no estaba aquel día: “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Es impresionante el amor de Jesús por Tomás. Parece que es al que menos quiere. Seguro que en esos ocho días se sentiría inseguro. Pero después le regala la certeza de que viene por él, sólo por él. Hasta se somete a esa petición absurda en su falta de fe.

Tomás era, igual que nosotros, un hombre roto. En su herida más honda, en esa herida de amor que le hacía sufrir, no se siente amado por Dios. Es como un niño y expresa su frustración, su rabia, su desengaño. No se reprime. Estalla.


No cree en los suyos, en sus amigos. Siente el dolor del abandono y del rechazo. Está roto por dentro. Lo ha dado todo y se siente abandonado.

Siguió a Jesús por los caminos y ahora Jesús no le busca a él. Ese Jesús al que él tanto ama no ha venido a verle cuando estaba con los suyos. Ha aparecido justo aquella noche.


¡Cuánto nos cuesta perdonar a Dios tantas veces! Pensamos que no es justo, que no nos ama con locura, que no quiere nuestro bien. Pensamos que prefiere a otros, que otros son sus elegidos.

Sí, nos pasa como a Tomás, ¿no le importaba a Jesús que él estuviera presente aquella noche? Jesús, que lo sabe todo, ¿no podía haber aparecido justo cuando él estuviera en el cenáculo? ¿Por qué no le enseñó a él sus heridas? ¿Por qué no se detuvo cerca y le dio su paz?
 
Ahora llora en su dolor. Sufre la soledad y el desprecio. Se compara con los otros que están felices. ¡Cuánto mal nos hace compararnos! Pero siempre lo hacemos. Vemos que la vida es más justa con otros. Pensamos que Dios ama más a algunas personas y menos a nosotros.
 
Tomás no puede compartir la alegría de los discípulos. La envidia envenena su corazón herido y lo llena de amargura. Experimenta lo que decía el Padre Kentenich: “Son los caminos del menosprecio, de la deshonra, de la injusticia, de los desengaños; es el camino en que Dios nos abandona y olvida, a fin de que, a partir de aquí, aprendamos a ver de otra manera lo que nuestra vida ha sido hasta ahora[4].
 
Tomás experimenta el desprecio y el fracaso. Vive en su carne las afrentas de la cruz de Jesús. Se hace más semejante a Aquel a quien ahora desprecia. Comparte, sin saberlo, algo de su misma pasión.
 
Tomás vive la cruz antes que los otros discípulos, pero se rebela contra ella. No calla como hizo Jesús. No se hace humilde en la humillación. No es paciente. No mira su historia de otra forma cuando ha caído y experimenta la derrota.
 
La cruz no le acerca a Jesús crucificado. Al revés. Se enfrenta a Dios. Le exige pruebas de su amor.
 
¡Cuánto nos parecemos nosotros a Tomás! Cuando la vida no es justa con nosotros. Cuando no respetan nuestro espacio. Cuando no valoran nuestros talentos. Cuando no nos reconocen y colocan en el lugar al que creemos tener derecho.
 
Nos rebelamos y le pedimos explicaciones a Dios. No perdonamos su actitud y su falta de amor. No vemos el amor en la cruz. Sino más bien la indiferencia y el desprecio.
 
Jesús ama tanto a Tomás que vuelve para que pueda tocar sus heridas: “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: - ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
 
Jesús vuelve. Tomás sabe que vuelve por él, sólo por él. Sólo por él que dudó, que se rebeló, que pidió pruebas, que exigió. Jesús llega para mirarlo a él. Y sin decir nada, toma su mano y ofrece su herida.
 
Ahora es más que la primera vez. Entonces sólo las mostró. Ahora se deja tocar. Obedece a la petición absurda de Tomás, su hijo incrédulo. Y le dice: “Ven, trae tu dedo. Toca, mete la mano hasta el fondo. Es la puerta a mi corazón. A mi corazón que late por ti. A mi corazón partido en la cruz”.
 
Tomás reconoce a Jesús. Lo ve. Le mira de un modo diferente. Es Jesús. Pero ahora sabe más. Se descorre el velo de toda su vida. Se arrodilla. Es su Dios. Es su Señor. Exclama: “Señor mío y Dios mío”.
 
Tomás se encuentra con Jesús. Y ve a Dios. ¿Por qué? ¿Por sus heridas? ¿Porque lo vio resucitado cuando él pensaba que estaba muerto? No. Fue por su amor infinito. Por su ternura. Por su paciencia. Porque lo amó más que nunca al verlo caído.
 
Por volver por él que era sólo un pecador. Por amarlo sin pretender nada. Por esperar su regreso en su huida. Por tener paciencia con su incredulidad. Porque en sus heridas está la señal del amor imposible, del amor hasta el extremo que él sólo intuyó durante su vida al lado de Jesús.

Y ahora Dios se deja tocar. Dios se deja invadir. Tomás se arrodillaante Él. Su pecado, su duda, su envidia, sus celos y su dureza de corazón, se convierten en camino para encontrarse cara a cara con la misericordia infinita de Dios. 
 
De los once discípulos, nadie cayó más bajo en esos días, pero nadie se sintió tan amado como Tomás. Su roca es ese momento. Probablemente fue la experiencia más sólida de toda su vida. Volvería a ella cuando dudase, cuando flaquease.
 
Sólo Dios puede hacer eso. Sólo Él puede convertir mi duda en la certeza más luminosa. Mi pecado en camino de vida.
 
La herida de Tomás fue tocada por Jesús ese día en que volvió por él. Jesús y Tomás se tocaron mutuamente las heridas. Se reconocieron. Jesús sabe cómo es Tomás, conoce su herida de soledad y de amor, y cuánto lo necesita encerrado en sus muros.
 
Él calma su herida para siempre en ese momento. Menos mal que no estuvo la primera vez, pensaría quizás Tomás en su corazón. Hubiera creído junto a los demás y se hubiera alegrado. Eso es verdad.
 
Pero no se hubiera roto como se había roto ahora, y no se hubiera sentido tan pequeño, tan humano. Y se hubiera perdido tanto amor y tanta ternura de Jesús al perdonarle, al venir por él.
 
Mereció la pena esperar con angustia ocho días oscuros. Merecieron la pena sus lágrimas. Guardaría ese momento como lo más sagrado. Jesús tocó la herida de Tomás y la llenó de luz. Tomás tocó la herida de Jesús con el respeto del niño que ama con inocencia.
 
 Las dos heridas son heridas de amor. De un amor pequeño es la herida de Tomás. Un hombre necesitado, pobre, egoísta, sediento. De un amor inmenso, infinito, incondicional, personal, es la herida de Jesús. L
a puerta queda abierta para siempre. La grieta que se abrió en la roca del Gólgota es esa misma herida de Jesús. Mi corazón desea que Jesús toque mi herida. Mi corazón desea tocar la suya, creer que es mi Dios, que me ama y vuelve cada día por mí.

Padre Carlos Padilla. Aleteia

sábado, 11 de abril de 2015

"¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida!”, con Francisco iniciamos el Año de la Misericordia

La tarde del sábado 11 de abril, víspera del II Domingo de Pascua, el Santo Padre Francisco convocó oficialmente el Jubileo Extraordinario de la Misericordia con la publicación de la Bula "Misericordiae vultus".  Al ingreso de la Basílica de San Pedro, el Obispo de Roma entregó la Bula a los cuatro cardenales arciprestes de las basílicas papales de Roma: el Cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el Cardenal Agostino Vallini, arcipreste de la Basílica de San Juan de Letrán, el Cardenal James Michael Harvey, arcipreste de la Basílica de San Pablo Extramuros, el Cardenal Santos Abril y Castelló, arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor.  Con la lectura de algunos extractos del documento oficial de convocatoria del Año Santo extraordinario a cargo del Regente de la Casa Pontificia, Mons. Leonardo Sapienza, Protonotario Apostólico, se dio inicio a la celebración de las Primeras Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia.

EXTRACTOS DE LO LEÍDO POR MONS. SAPIENZA, EN PRESENCIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona1 revela la misericordia de Dios.

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.

Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Sal 117,1 y 14-15.16-18.19-21 

Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Dad gracias al Señor porque es bueno, 
porque es eterna su misericordia. 
El Señor es mi fuerza y mi energía, 
él es mi salvación. 
Escuchad: hay cantos de victoria 
en las tiendas de los justos.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
La diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.
No he de morir, viviré 
para contar las hazañas del Señor. 
Me castigó, me castigó el Señor, 
pero no me entregó a la muerte.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
Abridme las puertas del triunfo, 
y entraré para dar gracias al Señor. 
Esta es la puerta del Señor: 
los vencedores entrarán por ella. 
Te doy gracias porque me escuchaste 
y fuiste mi salvación.
Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

"Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."


Evangelio según San Marcos 16,9-15.

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios.

Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban.

Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado.

Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.

Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."

Teresa de Jesús en el día de la mujer

La valoración peyorativa de la mujer no era algo propio del siglo XVI. En siglos anteriores, el
ambiente misógino ya se había fraguado paulatinamente. Evidenciamos abundantes documentos que así lo manifiestan. Aquí citaré solo uno; me refiero al El Decreto de Graciano del 1140, en él se lee lo siguiente:
“Las mujeres deberán quedar sujetas a los varones. El orden natural para la humanidad es que las mujeres sirvan a los varones y los niños a sus padres, pues es justo que lo inferior sirva a lo superior. La imagen de Dios está en el varón y es única. La autoridad de la mujer es nula; que en toda cuestión se someta al dominio del varón. No puede enseñar, ser testigo, dar garantías, sentarse en un juicio”¹.
            En tiempos de Teresa, muchos personajes se proyectarán en la misma línea antifeminista. De algunos de ellos, nuestra santa llegó incluso a leer sus libros. Autores contemporáneos con esta visión son: Hernando de Talavera, Francisco de Osuna, Tomás Cayetano de Vio (el famoso cardenal Cayetano),  Melchor Cano y hasta fray Luis de León con su  “Manual de la perfecta casada”. De igual manera, estará imbuido de este mismo espíritu Domingo Báñez, aunque con Teresa hace una excepción.
            Teresa será una profetisa de un sano feminismo, pero a diferencia de algunas corrientes modernas feministas a ultranza, su fundamento será la dimensión espiritual, es decir, cuando ella navega hondamente en las profundidades de su ser es cuando cae en la cuenta de que el ser humano (hombre y mujer) posee una dignidad inabarcable: “veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces; ¡cuántos más debe haber!” (4M 2,5), por lo tanto, su feminismo no es que sea solo de carácter espiritual, pero sí encuentra allí su fundamento.
            Nuestra mística hace un irónico eco de las posiciones machistas que mantenían sesgado el acceso a la oración de las mujeres: ”no es para mujeres, que les podrían venir ilusiones”, “mejor será que hilen”, “no han menester esas delicadezas”, “basta el paternóster y avemaría”.”(CV 21,2). Estos pensadores llegaban a la lamentable conclusión  de que para las mujeres: “no es vuestro de enseñar”. (CV 20,6). Asumiendo críticamente que por la condición femenina  no se pueden hacer mayores cosas en el servicio de Dios (Cfr. CV 1,2), define su postura audaz: “hemos de ser predicadoras de obras, ya que el Apóstol y nuestra inhabilidad nos quita que lo seamos en las palabras”. (CV 15,6).
            Teresa piensa que la mujer de su tiempo no era muy escuchada o tomada en cuenta, y sobre todo por la “iglesia” institución, a la cual ella tanto amaba. Su crítica goza de realismo veraz; el siguiente texto es de una valentía sin precedente alguno en la espiritualidad de su tiempo:
“¿no basta, Señor, que nos tienen el mundo acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que valga nada por vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán y, en fin varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa.
Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1)²
            Entresacamos cosas fundamentales: las mujeres son testigos de  algunas verdades que se lloran en secreto.  Los hombres no les comprenden, pues “no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”.  De la misma manera propone el no desvalorizar los “ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres.” El argumento teológico que arguye la Santa es el siguiente:
“Ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima Madre, en cuyos méritos merecemos.” (Ib.).
            Estos textos fueron rápidamente censurados para la segunda redacción, de Camino de Perfección,  pero el grito teresiano ha quedado expresado clara y celosamente guardado en la primera redacción, pues al fin y al cabo: “mujeres eran otras y han hecho cosas heroicas por amor de vos.” (V 21,5).
            Según la santa abulense –si bien es cierto que la naturaleza femenina se puede prestar en algunas ocasiones para desvíos espirituales: “téngase aviso que la flaqueza natural es muy flaca, en especial en las mujeres, y en este camino de oración se muestra más.”  (F 8,6; Cfr. F 4,2; 4M 3,11; 6M 4,9)- también es el mismo Espíritu de Dios el que va haciendo que las mujeres se conviertan en maestras de la vida interior, y esto a merced de sus vivencias íntimas con el Señor. De igual manera, está segura nuestra mística madre  de otro dato y es el que las mujeres avanzan más fácilmente en la vida del Espíritu:
“y hay muchas más (mujeres) que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres.” (V 40,8).
            Sería un trabajo arduo abordar aquí  todos los aportes teresianos a favor de  la mujer, pues su pluma delineó esta temática desde distintos ángulos, ejemplos: la estima exagerada de tener hijos (F 20,3); mientras se lamenta de su situación de mujer, enseña a los “hombres de tomo, de letras, de entendimiento” (V 11,14; 40,8); sabe también que hay hombres ignorantes (F 5,2), etc. Por tanto, nuestro intento es tan solo referir aquí cómo la experiencia de Dios es dignificante para la condición femenina; “cuanto más orantes, más defensores de la dignidad femenina”, esa  podría ser una máxima teresiana.
    Finlmente, recordemos que el Papa Pío XI negó la concesión del Doctorado  de Teresa de Jesús en razón de sexo. Sin embargo,  Pablo VI, más en sintonía  con los tiempos modernos la declara doctora³, lo cual se convierte en un  hito significativo, con vientos más favorables para la condición femenina en la iglesia; es al menos un comienzo prometedor.


Fray Oswaldo Escobar, ocd
Superior Provincial de América Central 

PASIÓN DE CRISTO. De las Catequesis de Cirilo de Jerusalén



«Fuisteis conducidos a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo desde la cruz fue llevado al sepulcro. Y se os preguntó a cada uno si creíais en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Después de haber confesado esta fe salvadora, se os sumergió por tres veces en el agua y otras tantas fuisteis sacados de la misma: con ello significasteis, en imagen y símbolo, los tres días de la sepultura de Cristo.

Pues, así como nuestro Salvador pasó en el seno de la tierra tres días y tres noches, de la misma manera vosotros habéis imitado con vuestra primera emersión el primer día que Cristo estuvo en la tierra, y, con vuestra inmersión, la primera noche. Porque, así como de noche no vemos nada y, en cambio, de día lo percibimos todo, del mismo modo en vuestra inmersión, como si fuera de noche, no pudisteis ver nada; en cambio, al emergeros pareció encontraros en pleno día; y en un mismo momento os encontrasteis nuevos y nacidos, y aquella agua salvadora os sirvió a la vez de sepulcro y de madre. [...]

No hemos muerto ni hemos sido sepultados, ni hemos resucitado después de crucificados en el sentido material de estas expresiones, pero, al imitar estas realidades en imagen hemos obtenido así la salvación verdadera. Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación. 

¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue el que recibió los clavos en sus inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores».

News.Va

¿Te cuesta creer en la Resurrección? La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener


Los primeros testigos de la Resurrección fueron mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron al primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc. 16,1). Esto es seguido por un encuentro con un mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6.). Las mujeres se sienten impulsadas por el amor y saben cómo acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten; no lo retienen para sí mismas, sino que lo transmiten. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena su corazón, no se pueden contener.

Esto también debería suceder en nuestras vidas: ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte! ¡Tengamos el valor de "salir" para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; ¡es el tesoro más preciado!

¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros, es para transmitirlo, para dárselo a los demás, compartirlo con los demás. Es nuestro propio testimonio.


En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solo a los hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la ley judía de la época, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble.


En los evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo, no hubiera estado ligado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas sin embargo, narran simplemente lo que sucedió: las mujeres son las primeras testigos.


Esto nos dice que Dios no escoge según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es hermoso. ¡Y esto es un poco la misión de las madres, de las mujeres! Dar testimonio a sus hijos, a sus nietos, que Jesús está vivo, que es la vida, que resucitó.


¡Mamás y mujeres, adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, el cuánto estamos abiertos a Él, si acaso somos como niños que se confían.

Pero esto también nos hace reflexionar sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un rol especial en la apertura de las puertas al Señor, en el seguirlo y en el comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe tiene siempre la necesidad de la mirada simple y profunda del amor.
A los Apóstoles y a los discípulos les resulta más difícil creer. A las mujeres no. Pedro corre a la tumba, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se confiesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.
Después de las apariciones a las mujeres, les siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino que lo hace en una condición nueva.
Al principio no lo reconocen, y solo a través de sus palabras y sus gestos sus ojos se abren: el encuentro con Cristo resucitado transforma, da nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. Incluso para nosotros, hay muchos indicios de que el Señor resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros en el mundo, los signos de la muerte den paso a los signos de la vida.

Autor: Papa Francisco. Fuente: Catholic net

viernes, 10 de abril de 2015

El Dios en quien creo

De partida tenemos que decir que Dios es el Otro, que nos trasciende totalmente, y por tanto de El, desde nosotros mismos, poco podemos saber, y de lo poco que sabemos, sabemos poco.
Por tanto, nuestra vía para conocerlo va por otro camino: Jesús de Nazaret. El, con los hemos y palabras de su vida, nos ha descubierto quién es y debe ser Dios para nosotros. Es un tema muy amplio. Señalaremos solo unas líneas vertebrales, yendo más allá de la exacta literalidad histórica de las palabras para buscar su mensaje, que es lo importante; cada uno podemos sacar conclusiones bien concretas, correspondientes a la realidad de nuestro tiempo, para nosotros mismos y para el mundo en que vivimos, confrontando el Evangelio con la realidad de la vida, como un espejo que va reflejando en si mismo todo aquello por donde pasa, pues el Evangelio, donde quiera que sea, siempre tiene algo que decir, y por más veces que lo leas siempre descubres algo nuevo. Es así de maravilloso, porque maravilloso fue aquel gran Jesús de Nazaret que le dio origen.


1.- Creo en el Dios de Jesús que responde con hechos de liberación a los problemas, necesidades y sufrimientos de los hombres de su tiempo como debemos responder nosotros hoy a los de nuestro tiempo.

2.-Creo en el Dios de Jesús, que se enfrentó a las causas y a los causantes de la opresión político-religiosa de las gentes de su tiempo.

3.-Creo en el Dios de Jesús, cuya Religión es una Religión de Liberación contra toda opresión.

4.-Creo en el Dios de Jesús que tiene hambre y sed de justicia para este mundo, que nos pide que tengamos todos.

5.-Creo en el Dios de Jesús que tiene opción preferencial por los primidos y empobrecidos, que nos pide que tengamos todos, porque solo desde ellos es posible que sea nuestro el Reino de Dios.

6.-Creo en el Dios de Jesús que denuncia a los ricos y su riqueza para que se desprendan de ella y así formen parte del Reino de Dios. 

7.-Creo en el Dios de Jesús que presenta a Dios incompatible con el dinero.

8.-Creo en el Dios de Jesús que rechaza el poder como dominio de los demás.

9.-Creo en el Dios de Jesús que define la autoridad como servicio total.

10.-Creo en el Dios de Jesús de la misericordia y el perdón porque todos somos ontologicamente imperfectos. 

11.-Creo en el Dios de Jesús que no juzga, no condena, perdona, da generosamente.

12.-Creo en el Dios de Jesús que quiere la vida en plenitud para todos y para todo.

13.-Creo en el Dios de Jesús que está realmente presente en este mundo.

14.-Creo en el Dios de Jesús en las celebraciones de la Eucaristía cuando hay en ellas un compromiso real y liberador con los oprimidos del mundo

15.-Creo en el Dios de Jesús que es Padre/Madre de igualdad y fraternidad universal.

16.-Creo en el Dios de Jesús que es plenitud definitiva para todos y para todo. 

17.-Creo en el Dios de Jesús para quien la vida no tiene fin. 

18.-Creo en el Dios de Jesús para el cual morir es celebrar la vida, no la muerte.

19.-Creo en el Dios de Jesús para el cual el perdón de Dios pasa siempre a través del perdón a los demás.

20.-Creo en el Dios de Jesús que está en el pueblo, comprometido con el pueblo.

21.-Creo en el Dios humano de Jesús.

22.-Creo en el Dios de Jesús que está siempre presente donde hay alguien haciendo el bien.

 23.-Creo en el Dios de Jesús que denunció la falsedad, la inmoralidad, la corrupción, la avaricia, la hipocresía, de los fariseos, de los legisladores, de los jueces, de los senadores y sumos sacerdotes de su tiempo. 

24.-Credo en el Dios de Jesús que no va a la muerte a ciegas, que sabe bien lo que hace y lo que le espera, que sabe que seguirá vivo personalmente y en sus discípulos, que tiene conciencia muy crítica, política e histórica de realidad de su vida.

 25.-Creo en el Dios de Jesús que da la misma dignidad y valor a la mujer y al hombre. 

Fuente: Religión digital

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Evangelio según San Juan 21,1-14.

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así:
estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.
Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No".
El les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.
Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.
Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.