martes, 3 de febrero de 2015

El Evangelio al alcance de la mano

Leer cada día una página del Evangelio durante «diez, quince minutos y no más», teniendo «fija la mirada en Jesús» para «imaginarme en la escena y hablar con Él, como surge de mi corazón»: estas son las características de la «oración de contemplación», auténtica fuente de esperanza para nuestra vida. Es la sugerencia dada por el Papa durante la misa que celebró el martes 3 de febrero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.
En la primera lectura, destacó el Papa Francisco, «el autor de la Carta a los Hebreos (12, 1-4) hace memoria de los primeros días después de la conversión, después del encuentro con Jesús, y hace memoria también de nuestros padres: “Cuánto sufrieron a lo largo del camino”». Precisamente «mirando a estos padres dice que también nosotros estamos rodeados de “una nube tan ingente de testigos”». Así, pues, «es el testimonio de nuestros antepasados» que «él trae a la memoria». Y «hace referencia también a nuestra experiencia, cuando éramos muy felices en el primer encuentro con Jesús». Esta «es la memoria, de la que hemos hablado como una referencia de la vida cristiana».
Pero hoy, destacó el Papa, «el autor de la Carta habla de otra referencia, es decir, de la esperanza». Y «nos dice que debemos tener el valor de seguir adelante: “Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca”». Luego «dice cuál es precisamente el núcleo de la esperanza: “teniendo fijos los ojos en Jesús”». He aquí el punto: «si nosotros no tenemos la mirada fija en Jesús difícilmente podremos tener esperanza». Tal vez «podremos tener optimismo, ser positivos, ¿pero la esperanza?».
Por lo demás, explicó el Papa Francisco, «la esperanza se aprende sólo mirando a Jesús, contemplando a Jesús; se aprende con la oración de contemplación». Y «de esto quiero hablar hoy» confesó, alimentando su reflexión a través de una pregunta: «Os puedo preguntar: ¿cómo rezáis?». Alguno, dijo, podría responder: «Yo, padre, rezo las oraciones que aprendí siendo niño». Y comentó: «Está bien, eso es bueno». Algún otro podría añadir: «Rezo también el rosario, pero todos los días». Y el Papa: «Es bueno rezar el rosario todos los días». Por último está quien podría decir: «Hablo también con el Señor, cuando tengo una dificultad, o con la Virgen o con los santos...». Y también «esto es bueno».
Ante todo esto el Pontífice hizo otra pregunta: «Pero, ¿haces tú la oración de contemplación?». Un interrogante, tal vez, un poco desconcertante, tanto que alguno podría decir: «¿Qué es eso, padre? ¿Cómo es esa oración? ¿Dónde se compra? ¿Cómo se hace?». La respuesta del Papa Francisco es clara: «Se puede hacer sólo con el Evangelio en la mano». En concreto, sugirió, «tomas el Evangelio, eliges un pasaje, lo lees una vez, lo lees dos veces; imagina, como si tú vieses lo que sucede y contempla a Jesús».
Para dar una indicación práctica, el Papa tomó como ejemplo el pasaje del Evangelio de san Marcos (5, 21-43) propuesto por la liturgia, que «nos enseña muchas cosas hermosas». Partiendo de esta página, preguntó: «¿Cómo hago la contemplación con el Evangelio de hoy?». Y al compartir su experiencia personal, propuso una primera reflexión: «Veo que Jesús estaba en medio de la multitud, a su alrededor había mucha gente. Cinco veces dice este pasaje la palabra “multitud”. Pero, ¿Jesús no descansaba? Puedo pensar: ¡siempre con la gente! La mayor parte de su vida Jesús la pasó por la calle, con la multitud. ¿Y no descansaba? Sí, una vez: el Evangelio dice que dormía en la barca, pero sucedió que llegó la tormenta y los discípulos lo despertaron. Jesús estaba continuamente entre la gente». Por ello, sugirió el Papa, «se mira a Jesús así, contemplo a Jesús así, me imagino a Jesús así. Y le digo a Jesús lo que me viene en mente decirle».
El Papa Francisco continuó su meditación con estas palabras: «Luego, en medio de la multitud, estaba esa mujer enferma y Jesús se dio cuenta. ¿Cómo hace Jesús, en medio de tanta gente, para darse cuenta de que una mujer lo tocó?». Es Él mismo, en efecto, quien hace la pregunta directa: «¿Quién me ha tocado?». Por su parte, los discípulos dijeron a Jesús: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». La cuestión, indicó el Papa, es que «Jesús no sólo comprende a la multitud, siente la multitud, siente el latido del corazón de cada uno de nosotros, de cada uno: nos cuida a todos, a cada uno, siempre».
El Papa, al seguir releyendo el pasaje de san Marcos, explicó que la misma situación se repite también cuando se acerca a Jesús «el jefe de la sinagoga, a contarle sobre su hija gravemente enferma. Y Él dejando todo se ocupa de esto: Jesús en lo grande y en lo pequeño, ¡siempre!». Luego, continuó, «podemos seguir adelante y ver cómo llega a la casa, ve todo el alboroto, a las mujeres llamadas para llorar cuando se vela un muerto: gritos, llantos». Pero Jesús dice: «Estad tranquilos: ¡duerme!». Ante estas palabras, alguno comenzó incluso a reírse de Él. Pero «Él permaneció en silencio» y con su «paciencia» logró soportar la situación, no responder a quienes se reían de Él.
El relato evangélico termina con «la resurrección de la niña». Y Jesús, «en lugar de decir: “¡Ánimo!”, les dice: “Por favor, dadle de comer”». Porque Jesús, es la conclusión del Papa, «tiene siempre pequeños detalles».
«Lo que hice con este Evangelio —explicó el Papa Francisco— es precisamente la oración de contemplación: tomar el Evangelio, leer e imaginarme la escena, imaginarme lo que sucede y hablar con Jesús, como surge del corazón». Y «así hacemos crecer la esperanza, porque tenemos fija la mirada en Jesús». De aquí la propuesta: «haced esta oración de contemplación». E incluso en medio de muchas ocupaciones, sugirió, se puede siempre encontrar el tiempo, tal vez quince minutos en casa: «Toma el Evangelio, un pasaje breve, imagina lo sucedido y habla con Jesús sobre eso». Así, «tu mirada estará fija en Jesús, y no tanto en la telenovela, por ejemplo; tu oído estará atento a las palabras de Jesús y no tanto a los comentarios del vecino, de la vecina».
«La oración de contemplación nos ayuda en la esperanza» y nos enseña a «vivir de la esencia del Evangelio», recordó el obispo de Roma. Por esto hay que «rezar siempre: rezar las oraciones, rezar el rosario, hablar con el Señor, pero también hacer esta oración de contemplación para tener nuestra mirada fija en Jesús». De aquí «viene la esperanza». Y así también «nuestra vida cristiana se mueve en ese marco, entre memoria y esperanza: memoria de todo el camino pasado, memoria de tantas gracias recibidas del Señor; y esperanza, mirando al Señor, que es el único que puede darme la esperanza». Y «para mirar al Señor, para conocer al Señor, tomemos el Evangelio y hagamos esta oración de contemplación».

Al concluir, el Papa Francisco volvió a proponer la experiencia de la oración de contemplación: «Hoy por ejemplo —sugirió— buscad diez minutos, quince y no más: leed el Evangelio, imaginad y decid algo a Jesús. Y nada más. Así, vuestro conocimiento de Jesús será más grande y vuestra esperanza crecerá. No olvidéis, teniendo fija la mirada en Jesús». Precisamente por esto se llama «oración de contemplación».

"¡Niña, yo te lo ordeno, levántate".


Evangelio según San Marcos 5,21-43.

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.

Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: "Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva".
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: "Con sólo tocar su manto quedaré curada".

Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: "¿Quién tocó mi manto?".
Sus discípulos le dijeron: "¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?".
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad".

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: "Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?".
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta que creas".
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba.

Al entrar, les dijo: "¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme".
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba.
La tomó de la mano y le dijo: "Talitá kum", que significa: "¡Niña, yo te lo ordeno, levántate".
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer. 

lunes, 2 de febrero de 2015

El Evangelio cambia el corazón, dijo el Papa a la hora del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
El pasaje evangélico de este domingo (cfr. Mc 1, 21-28) presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaúm, la ciudad en la que vivía Pedro y que en aquellos tiempos era la más grande de Galilea. Y Él entra en aquella ciudad.

El evangelista Marcos relata que Jesús, siendo aquel día un sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y se puso a enseñar (cfr. v. 21). Esto hace pensar en la primacía de la Palabra de Dios, Palabra que hay que escuchar, Palabra que hay que acoger, Palabra que hay que anunciar. Al llegar a Cafarnaúm, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa primero en la disposición logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se detiene en la organización. Su preocupación principal es la de comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Y la gente en la sinagoga permanece asombrada, porque Jesús “porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (v. 22).

¿Qué significa “con autoridad”? Quiere decir que en las palabras humanas de Jesús se sentía toda la fuerza de la Palabra de Dios, se sentía la misma autoridad de Dios, inspirador de las Sagradas Escrituras. Y una de las características de la Palabra de Dios es que realiza lo que dice. Porque la Palabra de Dios corresponde a su voluntad. En cambio, nosotros con frecuencia pronunciamos palabras vacías, sin raíz, o palabras superfluas, palabras que no corresponden a la verdad. En cambio la Palabra de Dios corresponde a la verdad, es unidad a su voluntad y hace lo que dice. En efecto, Jesús, después de haber predicado, demuestra inmediatamente su autoridad liberando a un hombre, presente en la sinagoga, que estaba poseído por el demonio (cfr. Mc 1 ,23-26).

Precisamente la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de satanás, escondido en aquel hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y “ordenó severamente: ¡Cállate y sal de este hombre!” (v. 25). Sólo con la fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes permanecen asombrados: “¡Da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!” (v. 27). “Pero este hombre, ¿de dónde viene? Da órdenes a los espíritus impuros, ¡y estos le obedecen!” (v. 27). La Palabra de Dios provoca asombro en nosotros. Tiene esa fuerza: nos asombra, bien.

El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a cuantos son esclavos de tantos espíritus malvados de este mundo: tanto el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… El Evangelio cambia el corazón, El Evangelio, el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. ¡El Evangelio es capaz de cambiar a las personas! Por tanto, es deber de los cristianos difundir por doquier su fuerza redentora, llegando a ser misioneros y heraldos de la Palabra de Dios.
Nos lo sugiere también el mismo pasaje de hoy que se cierra con una apertura misionera e dice así: “Su fama – la fama de Jesús – se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea” (v. 28). La nueva doctrina que Jesús enseña con autoridad es la que la Iglesia lleva al mundo, junto con los signos eficaces de su presencia: la enseñanza acreditada y la acción liberadora del Hijo de Dios se transforman en las palabras de salvación y los gestos de amor de la Iglesia misionera.
¡Acuérdense siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida! No se olviden de esto. Él es la Buena Nueva, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella. He aquí porqué les pido siempre que tengan un contacto cotidiano con el Evangelio, que lean cada día un pasaje, un pasaje, que lo mediten y también que lo lleven con ustedes por doquier: en el bolsillo, en la cartera… Es decir que se alimenten cada día de esta fuente inagotable de salvación. ¡No se olviden! Lean un pasaje del Evangelio cada día. Es la fuerza que nos cambia, que nos trasforma: cambia la vita, cambia el corazón.
Invoquemos la materna intercesión de la Virgen María, Aquella que ha acogido la Palabra y la ha generado para el mundo, para todos los hombres. Que Ella nos enseñe a ser escuchas asiduos y anunciadores acreditados del Evangelio de Jesús.

"CRISTO NOS HA LLAMADO A SU REINO Y GLORIA". San Ignacio de Antioquía

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia... en Esmirna de Asia, la que ha alcanzado toda clase de dones por la misericordia de Dios. [...]
Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo, creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente de la estirpe de David, según la carne, es Hijo de Dios por la voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan para cumplir así todo lo que Dios quiere; finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección, elevar su estandarte para siempre en favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia.

Todo esto lo sufrió por nosotros, para que alcanzáramos la salvación; y sufrió verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo verdaderamente.

Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte. Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al Padre.

Quiero insistir acerca de estas cosas, queridos hermanos, aunque ya sé que las creéis.
News.va

Presentación del Señor en el Templo


Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.


También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".

Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
News.va

domingo, 1 de febrero de 2015

RECIBIR LA COMUNIÓN EN LA MANO

Una mano abierta que pide, que espera, que recibe. Mientras los ojos miran al Pan eucarístico que el ministro ofrece y los labios dicen “amén”. ¿No es una actitud expresiva para recibir el Cuerpo de Cristo?

Durante varios siglos la comunidad cristiana mantuvo con naturalidad la costumbre de recibir el Pan eucarístico en la mano. De esto hay testimonios de diversas zonas de la Iglesia: África, Oriente, España, Roma, Milán...

El más famoso de estos testimonios es el documento de san Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, que en sus catequesis sobre la Eucaristía nos describe cómo se acercaban los cristianos a la comunión:

“Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no te acerques con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde Amén...”

No “coger”, sino “recibir”

El decidirse por la mano o por la boca a la hora de comulgar no tiene excesiva trascendencia. Ambas maneras pueden ser respetuosas y expresivas.

Pero si hay un aspecto que sí vale la pena subrayar: no es lo mismo “coger” la comunión con la mano que “recibirla” del ministro. El recibir los dones de la Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Cristo, de manos del ministro (el presidente o sus ayudantes) expresa mucho mejor la mediación de la Iglesia. Los sacramentos no los cogemos nosotros, sino la recibimos de y por y en la Iglesia. La comunión no debe convertirse en un “self.service”, sino en una celebración expresiva no sólo del sentido personal del don sino también en dimensión comunitaria.

El gesto de libre. Una vez que el Episcopado ha decidido, es el fiel el que opta de un modo u otro de comulgar, no el ministro el que impone ni en un sentido ni en otro según su gusto o preferencia.

Una oportuna catequesis puede preparar a los fieles a entender la razón de ser del nuevo gesto, sobre todo las primeras veces que se realiza, y a partir ya de la preparación de los niños de la primera comunión. El cambio no se elige porque hace bonito o el modo, sino que se debe convertir en ocasión de manifestar más expresivamente la fe y reverencia hacia la Eucaristía.

El modo más expresivo e el de extender la mano izquierda, bien abierta, haciéndole con la derecha, también extendida “como un trono”, como decía san Cirilo, para luego con la derecha tomar el Pan y comulgar allí mismo, antes de volver a su lugar. No se “coge” el Pan ofrecido con los dedos -a modo de pinzas- sino que el ministro lo deposita dignamente en la palma abierta de la mano. No se coge: se acoge.

Naturalmente que cuando se va a recibir el Vino por “intinción”, mojando en él el Pan, no cabe dar en la mano el Pan ya mojado: o se da en la boca, o es el mismo fiel el que moja en el cáliz el Pan que ha recibido. En cualquier caso hay que hacer el gesto
con pausa y dignidad.

Hay que dar importancia al diálogo: el ministro que distribuye la Eucaristía muestra el Pan o el Vino al fiel, dice “Cuerpo de Cristo”, o “Sangre de Cristo”, y espera la respuesta del “Amén” para entregar pausadamente la comunión.

UN ENSEÑAR NUEVO. José Antonio Pagola

Mc 1, 21-28



El episodio es sorprendente y sobrecogedor. Todo ocurre en la «sinagoga», el lugar donde se enseña oficialmente la Ley, tal como es interpretada por los maestros autorizados. Sucede en «sábado», el día en que los judíos observantes se reúnen para escuchar el comentario de sus dirigentes. Es en este marco donde Jesús comienza por vez primera a «enseñar».

Nada se dice del contenido de sus palabras. No es eso lo que aquí interesa, sino el impacto que produce su intervención. Jesús provoca asombro y admiración. La gente capta en él algo especial que no encuentra en sus maestros religiosos: Jesús «no enseña como los escribas, sino con autoridad».

Los letrados enseñan en nombre de la institución. Se atienen a las tradiciones. Citan una y otra vez a maestros ilustres del pasado. Su autoridad proviene de su función de interpretar oficialmente la Ley. La autoridad de Jesús es diferente. No viene de la institución. No se basa en la tradición. Tiene otra fuente. Está lleno del Espíritu vivificador de Dios.

Lo van a poder comprobar enseguida. De forma inesperada, un poseído interrumpe a gritos su enseñanza. No la puede soportar. Está aterrorizado: «¿Has venido a acabar con nosotros?» Aquel hombre se sentía bien al escuchar la enseñanza de los escribas. ¿Por qué se siente ahora amenazado.

Jesús no viene a destruir a nadie. Precisamente su «autoridad» está en dar vida a las personas. Su enseñanza humaniza y libera de esclavitudes. Sus palabras invitan a confiar en Dios. Su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar aquel hombre atormentado interiormente. Cuando Jesús lo cura, la gente exclama: «este enseñar con autoridad es nuevo».

Los sondeos indican que la palabra de la Iglesia está perdiendo autoridad y credibilidad. No basta hablar de manera autoritaria para anunciar la Buena Noticia de Dios. No es suficiente transmitir correctamente la tradición para abrir los corazones a la alegría de la fe. Lo que necesitamos urgentemente es un enseñar nuevo.

No somos «escribas», sino discípulos de Jesús. Hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes. Hemos de anunciar su Espíritu, no nuestras teologías.


José Antonio Pagola

sábado, 31 de enero de 2015

"¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".



Evangelio según San Marcos 4,35-41.
Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla".
Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua.

Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.
Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.
Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?".

Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".

viernes, 30 de enero de 2015

"Avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio". San Juan Bosco

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.


Este era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.



Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.



En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

La memoria y la esperanza son los parámetros del cristiano dijo el Papa

 Un cristiano siempre debe custodiar en sí la “memoria” de su primer encuentro con Cristo y la “esperanza” en Él, que lo impulsa a ir adelante en la vida con el “coraje” de la fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

No ama verdaderamente quien no recuerda “los días del primer amor”. Y un cristiano sin memoria de su primer encuentro con Jesús es una persona vacía, espiritualmente inerte, come sólo saben ser los “tibios”.

Cristianos tibios, un fracaso.

La frase inicial de la Carta a los Hebreos, en la que el autor invita a llamar “a la memoria aquellos primeros días”, aquellos en los que han recibido – dice – “la luz de Cristo”, orientó la reflexión del Papa Francisco. En especial “el día del encuentro con Jesús” – observó el Pontífice – jamás debe olvidarse porque es el día de “una alegría grande”, de “unas ganas de hacer cosas grandes”. Y junto a la memoria –  pidió –  jamás perder el “coraje de los primeros tiempos” y el “entusiasmo”, la “franqueza” que nacen del recuerdo del primer amor:

“La memoria es muy importante para recordar la gracia recibida, porque si nosotros perdemos este entusiasmo que viene de la memoria del primer amor, este entusiasmo que viene del primer amor, llega ese peligro tan grande para los cristianos: la tibieza. Los cristianos ‘tibios’, ¡eh! Pero están allí, detenidos, y sí, son cristianos, pero han perdido la memoria del primer amor. Y sí, han perdido el entusiasmo. También han perdido la paciencia, ese ‘tolerar’ las cosas de la vida con el espíritu del amor de Jesús; ese ‘tolerar’, ese ‘cargar sobre los hombros’ las dificultades… Los cristianos tibios, pobrecitos, son un grave peligro”.

Atención al mal que llama

Al pensar en los cristianos tibios, el Papa Bergoglio refiere dos imágenes tan incisivas cuanto desagradables. La evocada por Pedro, del “perro que vuelve a su vómito”, y la otra de Jesús, para quien hay personas que al decidir seguir el Evangelio sí han echado de ellas al demonio, pero cuando éste vuelve con fuerza le abren la puerta sin estar en guardia y así el demonio “toma posesión de aquella casa” inicialmente limpia y bella. Que es como decir, volver al “vómito” de aquel mal en un primer tiempo rechazado. Viceversa, afirmó Francisco:
“El cristiano tiene estos dos parámetros: la memoria y la esperanza. Llamar a la memoria para no perder aquella experiencia tan bella del primer amor, que alimenta la esperanza. Tantas veces la esperanza es oscura, pero va adelante. Cree, va, porque sabe que la esperanza no decepciona, para encontrar a Jesús. Estos dos parámetros son precisamente el marco en el que podemos custodiar esta salvación de los justos que viene del Señor”.

Memoria y esperanza es igual a fe

Una salvación –  afirmó el Papa citando un pasaje del Evangelio –  que debe ser protegida “para que la pequeña semilla de mostaza crezca y dé su fruto”:
“Causan pena, hacen mal al corazón tantos cristianos – ¡tantos cristianos! – a mitad de camino, tantos cristianos fracasados en este camino hacia el encuentro con Jesús, partiendo del encuentro con Jesús. Este camino en el que han perdido la memoria del primer amor y no tienen esperanza”.
“Pidamos al Señor –  fue la oración conclusiva del Santo Padre en esta homilía –  la gracia de custodiar el regalo, el don de la salvación”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).

jueves, 29 de enero de 2015

La belleza de la paternidad y de la maternidad


Queridos hermanos y hermanas:
En nuestra reflexión sobre la familia, hoy nos centramos sobre la palabra padre. Padre es una palabra universal, conocida por todos, que indica una relación fundamental cuya realidad es tan antigua como la historia del hombre. Es la palabra con la que Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios, dándole un nuevo y profundo sentido, revelándonos, así, el misterio de la intimidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es el centro de nuestra fe cristiana.


En nuestros días, se ha llegado a hablar de una “sociedad sin padre”. La ausencia de la figura paterna es entendida como una liberación a veces, sobre todo cuando el padre es percibido como la autoridad cruel que coarta la libertad de los hijos, o cuando éstos se sienten desatendidos por unos padres centrados únicamente en sus problemas, en su trabajo o la realización personal o caracterizados por su marcada ausencia del hogar. Todo esto crea una situación de orfandad en los niños y jóvenes de hoy, que viven desorientados sin el buen ejemplo o la guía prudente de un padre. Todas las comunidades cristianas y la comunidad civil deben estar atentas a la ausencia de la figura paterna, pues ésta deja lagunas y heridas en la educación de los jóvenes. Sin guías de los que fiarse, los jóvenes pueden llenarse de ídolos, que terminan robándoles el corazón, robándoles la ilusión y robándoles las auténticas riquezas, robándoles la esperanza.

DIOS NOS SALVA EN UN PUEBLO, NO EN LOS GRUPITOS QUE HACEMOS NOSOTROS CON NUESTRAS FILOSOFÍAS O NUESTRO MODO DE ENTENDER LA FE


No siguen la vía nueva inaugurada por Jesús cuantos privatizan la fe encerrándose en “élites” que desprecian a los demás. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
No privatizar la fe
Al comentar la Carta a los Hebreos, el Papa Francisco afirmó que Jesús “es la vía nueva y viva” que debemos seguir como Él quiere. Porque hay formas equivocadas de vida cristiana. Jesús “da los criterios para no seguir modelos equivocados. Y uno de estos modelos equivocados es privatizar la salvación”:
“Es verdad, Jesús nos ha salvado a todos, pero no en general, ¿no? A todos, a cada uno, con nombre y apellido. Y ésta es la salvación personal. Verdaderamente yo soy salvado, el Señor me ha mirado, ha dado su vida por mí, ha abierto esta puerta, esta vía nueva para mí, y cada uno de nosotros puede decir ‘para mí’".
"Existe el peligro de olvidar que Él nos ha salvado individualmente pero en un pueblo. En un pueblo. El Señor siempre salva en el pueblo. Desde el momento en que llama a Abraham, le promete que formará un pueblo. Y el Señor nos salva en un pueblo. Por esto el autor de esta Carta nos dice: ‘Prestemos atención los unos a los otros'. No hay una salvación sólo para mí. Si yo entiendo la salvación así, me equivoco; equivoco el camino. La privatización de la salvación es un camino equivocado”.
Comunicar fe, esperanza y caridad
Son tres los criterios para no privatizar la salvación: “la fe en Jesús que nos purifica”, la esperanza que “te hace ver las promesas e ir adelante” y “la caridad: es decir, prestemos atención los unos a los otros, para estimularnos recíprocamente en la caridad y en las obras buenas”:
“Y cuando yo estoy en una parroquia, en una comunidad – cualquiera que sea – yo esto allí, yo puedo privatizar la salvación y estar allí un poco socialmente. Pero para no privatizarla debo preguntarme a mí mismo si yo hablo, comunico la fe; hablo, comunico la esperanza; hablo, hago y comunico la caridad".
"Si en una comunidad no se habla, no se anima uno al otro en estas tres virtudes, los componentes de aquella comunidad han privatizado la fe. Cada uno busca su propia salvación, no la salvación de todos, la salvación del pueblo. Y Jesús ha salvado a cada uno pero en un pueblo, en una Iglesia”.
Grupitos eclesiales que desprecian a los demás
El autor de la Carta a los Hebreos – prosiguió explicando el Papa – da un consejo “práctico” muy importante: “no desertéis de nuestras reuniones, como algunos tienen la costumbre de hacer”. Esto sucede “cuando nosotros estamos en una reunión – en la parroquia, en el grupo – y juzgamos a los demás”, “hay una especie de desprecio hacia los demás. Y ésta no es la puerta, la vía nueva y viva que el Señor ha abierto, ha inaugurado”:
“Desprecian a los demás; abandonan la comunidad total; abandonan el pueblo de Dios; han privatizado la salvación: la salvación es para mí y para mi grupito, pero no para todo el pueblo de Dios. Y esta es una equivocación muy grande. Es lo que llamamos ‘las elites eclesiales’. Cuando en el pueblo de Dios se crean estos grupitos, piensan que son buenos cristianos, también – quizás – tengan buena voluntad, pero son grupitos que han privatizado la salvación”.
Dios nos salva en un pueblo, no en las élites
“Dios – subrayó el Papa – nos salva en un pueblo, no en las élites que hemos hecho nosotros con nuestras filosofías o nuestro modo de entender la fe. Estas no son gracias de Dios".
Preguntémonos: "¿Yo tengo tendencia a privatizar la salvación para mí, para mi grupito, para mi élite? ¿O no me alejo del pueblo de Dios y estoy siempre en comunidad, en familia, con el lenguaje de la fe, de la esperanza y el lenguaje de las obras de caridad?".

El Papa Francisco concluyó pidiendo: “Que el Señor nos dé la gracia de sentirnos siempre pueblo de Dios, salvados personalmente. Eso es verdad: Él nos salva con nombre y apellido, pero salvados en un pueblo, no en el grupito que yo hago para mí”.

ASÍ SON LOS QUE BUSCAN AL SEÑOR


Del salmo 23:

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el mundo y todos sus habitantes:
porque Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos.


Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

¿Quién puede subir al monte del Señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente.


Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Ése recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Dios, su Salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.



Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

miércoles, 28 de enero de 2015

EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES, POR SANTO TOMÁS DE AQUINO

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato.

De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero (Conferencia 6 sobre el Credo)

¿QUÉ PODEMOS HACER ANTE EL SUFRIMIENTO DE LOS DEMÁS?


El Papa Francisco escribe: "Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamamiento a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos".
Fuente: News.va