martes, 24 de septiembre de 2013

Ratzinger: "Querido Odifreddi, le cuento quién era Jesús"

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Rocío Lancho García | 1363 hitos

El matemático italiano Piergiorgio Odifreddi recibió el pasado 3 de septiembre un carta muy especial. Un sobre sellado, con once folios con fecha del 30 de agosto y firmada por Benedicto XVI.

En el texto, el papa emérito responde a Caro papa, ti scrivo (Querido papa, te escribo) (Mondadori, 2011), libro escrito por Odifreddi. Tal y como el autor recuerda, un libro que desde la portada se define como una 'luciferina introducción al ateísmo'.  En el artículo en el que Odifreddi comenta sus impresiones al recibir esta carta afirma que no era una coincidencia que dirigiera mi carta abierta a Ratzinger. Después de haber leído su Introducción la Cristianismo, entendió que la fe y la doctrina de Benedicto XVI, a diferencia de otros, eran lo suficientemente coherentes y sólidas para poder afrontar perfectamente y sostener ataques frontales.
En el fragmento que se ha publicado de la carta en el diario La Repubblica, se pude leer cómo el papa emérito reconoce que ha leído algunas partes disfrutándolo y se ha beneficiado, mientras que en otras se ha maravillado por una cierta agresividad y la ligereza del argumento.
Al inicio de la carta, Benedicto XVI señala que "usted me hace notar que la teología sería 'fantaciencia'. Y frente a este argumento presenta el papa emérito cuatro puntos.

En primer lugar señala que "es correcto afirmar que 'ciencia' en el sentido más estricto de la palabra lo son solo las matemáticas, mientras yo he aprendido de usted que sería necesario distinguir todavía entre aritmética y geometría. En todas las materias específicas la científica tiene cada vez la propia forma, según la particularidad de su objeto. Lo esencial es que aplique un método verificable, excluya el arbitrio y garantice la racionalidad en las respectivas modalidades".

En segundo lugar Benedicto XVI sostiene que "usted debería por los menos reconocer que, en el ámbito histórico y en el del pensamiento filosófico, la teología ha producido resultados duraderos".
Como tercer aspecto afirma que "una función importante de la teología es la de mantener la religión unida a la razón y la razón a la religión. Ambas funciones son de esencial importancia para la humanidad". En este punto recuerda que en su diálogo con Habermas "he mostrado que existen patologías de la religión y  -no menos peligrosas- patologías de la razón. Ambas necesitan la una de la otra, y tenerlas continuamente conectadas es una tarea importante de la teología".

En el último punto, mucho más extenso que los anteriores, Benedicto XVI expresa que "la  'fantaciencia' existe, por otra parte, en el ámbito de muchas ciencias" y hace referencias a las teorías que Odifreddi expone sobre el inicio y el fin del mundo en Heisenberg, Schrödinger etc. que, continúa Benedicto XVI, "lo diseñaría como 'fantaciencia' en el buen sentido: son visiones y anticipaciones, para alcanzar un verdadero conocimiento, pero son, de hecho, solamente imaginaciones con las que buscamos acercarnos a la realidad".
Tras desarrollar con más detalle estas ideas, el papa emérito se detiene en el capítulo sobre el sacerdote y la moral católica y en los distintos capítulos sobre Jesús. "En lo que se refiere a lo que usted dice del abuso moral de menores por parte de sacerdotes, puedo -como usted sabe- constatarlo solo con profunda consternación. Nunca he tratado de enmascarar estas cosas. Que el poder del mal entre hasta tal punto en el mundo interior de la fe es para nosotros una sufrimiento que, por una parte, debemos soportar, mientras, por otra, debemos al mismo tiempo, hacer todo lo posible para que estos casos no se repitan.

No es tampoco motivo de tranquilidad saber que, según las investigaciones de los sociólogos, la porcentual de los sacerdotes culpables de estos crímenes no es más alta de la presente en otras categorías profesionales semejantes. En cualquier caso, no se debería presentar esta desviación ostentosamente como si se tratase de una suciedad específica del catolicismo. Si no es lícito silenciar el mal en la Iglesia, no se debe tampoco silenciar la gran sendero luminoso de bondad y de pureza, que la fe cristiana ha trazado a lo largo de los siglos". Por eso Benedicto XVI recuerda nombres como Benito de Norcia y su hermana Escolástica,
Francisco y Clara de Asís o Teresa de Ávila y Juan de la Cruz.

Respecto a lo que el matemático dice sobre la figura histórica de Jesús, Ratzinger recomienda al autor los cuatro volúmenes que Martin Hengel publicó junto con Maria Schwemer, "un ejemplo excelente de precisión histórica y de amplísima información histórica". Así mismo recuerda, como ya aclaró en el primer volumen de su libro sobre Jesús de Nazaret que "la exégesis histórica-crítica es necesaria para una fe que no propone mitos con imágenes históricas, sino que reclama una historicidad verdadera y por eso debe presentar la realidad histórica de sus afirmaciones también de forma científica".
Continúa el papa emérito afirmando que "si usted, sin embargo, quiere sustituir Dios con "La Naturaleza", queda la pregunta, quién o qué es esta naturaleza. En ninguna parte usted la define y aparece por tanto como una divinidad irracional que no explica nada. Quisiera, por tanto, sobretodo destacar que en Su religión de las matemáticas tres temas fundamentales de la existencia humana quedan sin considerar: la libertad, el amor y el mal. (...) Cualquier cosa que diga la neurobiología sobre la libertad, en el drama real de nuestra historia está presente como realidad determinante y debe ser tomada en consideración".

En la última parte publicada de la carta, Benedicto XVI señala que "mi crítica sobre su libro en parte es dura. Pero del diálogo forma parte la franqueza; solo así puede crecer el conocimiento".

lunes, 23 de septiembre de 2013

Instrumentalizar a los pobres por intereses propios es pecado grave. Papa Francisco

Pocos minutos después de las 15 horas, el papa Francisco viajaba en el papamovil entre la gente que le esperaba por las calles y le aplaudía. 

Después de haber saludado y besado a algunos niños, entró en la catedral. Y mientras el coro creaba una atmósfera recogida, el papa se sentó adelante, al pie del altar. 

El arzobispo de Cagliari, Arrigo Miglio, recordó que estaban presentes los voluntarios de la Cáritas, un grupo de presos.  Al final de sus palabras el papa saludó a diversas personas, pobres, detenidos, encarcelados menores, ex prostitutas y también enfermos y personas varias. 
El papa inició agradeciendo a los presentes de estar allí, y en su “yo me siento aquí como en mi casa” estallaron los aplausos. “Porque como se dice en América Latina esta casa es mi casa” dijo. 

El papa subrayó, en algunas palabras fuera del discurso que había preparado: “Aquí sentimos de manera fuerte y concreta que somos todos hermanos. Aquí el único Padre es el Padre Celeste, y el único maestro es Jesucristo”. Y volviendo al mensaje escrito recordó: “La primera cosa que quiero compartir es esta alegría de tener a Jesús como Maestro”. 

Y les aconsejó: “Miremos hacia Él, esto nos da tanta fuerza, tanta consolación en nuestras fragilidades, en nuestras miserias y dificultades”. Porque “todos los que estamos aquí somos iguales delante del Padre”, y señaló que “Jesús decidió de hacerse hombre y como hombre hacerse siervo, hasta la morir en la cruz”. El papa precisó que esta es la vía del amor, y señaló que “la caridad no es asistencialismo” porque advirtió que eso “es hacer negocios”. 

Sobre la palabra solidaridad en esta cultura de lo descartable consideró “que corre el riesgo de ser borrada del vocabulario, porque da fastidio y en cambio nosotros decimos que este es el camino”. Y recordó que la humildad de Jesús fue real, porque eligió de estar con los pequeños, con los excluidos, con nosotros. Pero volvió a advertir: “Atención, no es una ideología”. 

Un segundo aspecto que quiso subrayar el santo padre es que “Jesús no vino al mundo para hacer un desfile, para hacerse ver” y por eso agradeció a Dios por el empeño de aquellos que quieren seguirlo, en particular los voluntarios a quienes instó a “ realizar obras de misericordia con misericordia, las de caridad con caridad, con ternura y siempre con humildad. 

“¿Saben?, a veces se encuentra arrogancia en el servir a los pobres” dijo, y “estoy seguro que ustedes lo han visto, la arrogancia de quienes saben que necesitamos de su servicio”. Y señalo que “algunos instrumentalizan a los pobres por intereses personales o del propio grupo. Sé que esto es humano ¡pero no está bien! Y digo más: esto es pecado, pecado grave, porque es usar a los que son carne de Jesús para su vanidad propia”, y concluyó el santo padre: “Sería mejor si estas personas se quedaran en su casa”. 

“Siguiendo a Cristo en la vía de la caridad sembramos la esperanza” dijo. Recordó que la sociedad italiana y en general, necesita esperanza, “y algunos miembros de ella deben empeñarse en el sector político que es una forma alta de caridad”. Matizó que como Iglesia existe una responsabilidad de colaborar con las instituciones públicas respetando las propias competencias. 

Y repitió “No se dejen robar la esperanza y vayan adelante”. Concluyó bendiciendo “a todos ustedes junto a vuestras familias”. Al despedirse pidió: “recen por mí que tengo mucha necesidad de oraciones”. 

A la salida de la catedral hubo un evento fuera de programa, del santo padre encontró a un grupo de unas cien religiosas de clausura, de diversas congregaciones. “El señor nos ha llamado --les dijo-- para sostener a la Iglesia, ante todo con las oraciones. Recen por mí”. 

Encontrar a Jesús, su amor y misericordia es la aventura más grande y más bella, dijo Francisco a los jóvenes en Cerdeña


“Tengan el coraje de ir contra corriente, no se dejen llevar por la corriente” invitó el Obispo de Roma a los jóvenes, porque “encontrar a Jesús, hacer experiencia de su amor y de su misericordia es la aventura más grande y más bella que le puede suceder a una persona”.

El Sucesor de Pedro, después de afirmar frente a los jóvenes sardos, que verlos lo hizo pensar en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, se inspiró en la actitud de Pedro, cuando en el evangelio, después de haber trabajado toda la noche sin haber pescado nada, confiado en Jesús vuelve a remar mar adentro y echa las redes, para afirmar que las experiencias de fracaso en la juventud no los debe llevar a dejarse vencer por el pesimismo y la desconfianza. “¡Un joven sin alegría y sin esperanza es preocupante!, ¡No es un joven!”, expresó el Papa Francisco.

Pedro con coraje, sale de sí mismo y elige confiar en Jesús y tira nuevamente las redes. Frente a la amenaza del lamento y la resignación el camino es Jesús –expresó el Papa-, hacer subir a Jesús a nuestra barca y remar mar adentro con él. ¡El es el Señor!, el cambia la perspectiva de vida. La fe en Jesús conduce a una esperanza que va más allá, a una certeza fundada no solamente en nuestras cualidades y habilidades, sino sobre la palabra de Dios, sobre la invitación que viene de él

Remar mar adentro, salir de sí mismo, de nuestro pequeño mundo y abrirse a Dios para abrirse siempre más también a los hermanos, ha sido la fuerte invitación del Papa Francisco a los jóvenes, recordándoles que también ellos están llamados a ser “pescadores de hombres”. Les pidió que no duden en gastar la vida para dar testimonio con alegría del Evangelio, porque su contribución es indispensable para la misión de la Iglesia que es la evangelización.
(Jesuita Guillermo Ortiz – RV).

viernes, 20 de septiembre de 2013

Una Iglesia madre que no cierra la puerta a ninguno de sus hijos

La Iglesia como madre, ha sido de nuevo el tema que ha elegido Francisco para la catequesis de la audiencia general de los miércoles. “Es una imagen- ha dicho- que me gusta mucho porque nos dice no sólo como es la Iglesia, sino cual es el rostro que tendría que tener cada vez más la Iglesia, esta madre Iglesia nuestra”. 

Para explicar esa imagen, el Papa ha partido de lo que una madre hace por sus hijos. En primer lugar “nos enseña a caminar por la vida ... nos orienta, intenta siempre indicarnos el camino acertado para crecer y convertirse en adultos. Y lo hace con ternura, con afecto, con amor, siempre, incluso cuando se trata de enderezar nuestro camino porque nos perdemos o seguimos rumbos que nos llevan a un barranco”. 

“La Iglesia hace lo mismo: orienta nuestra vida, nos enseña a andar bien. Pensad en los Diez Mandamientos: nos indican el camino que hay que recorrer para madurar, para tener algunos puntos cardinales en nuestro comportamiento. Y son fruto de la ternura, del amor de Dios, que nos los ha dado. Podréis decir: ¡pero son órdenes! ¡Son un conjunto de "no"! Me gustaría invitaros a leerlos... y luego a pensarlos en positivo. Os daréis cuenta de que tratan de la forma en que nos comportamos con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Es justo lo que enseña una mamá para vivir bien... Nos invitan a que no fabriquemos ídolos materiales que luego nos esclavizan, a acordarnos de Dios , a respetar a nuestros padres, a ser honrados, a respetar a los demás ... Intentad verlos así, y consideradlos como si fueran las palabras, las enseñanzas que da una madre para ir bien por la vida. Una madre nunca enseña lo que es malo, lo único que quiere es el bien de los hijos, y eso es también lo que hace la Iglesia”. 

En segundo lugar,“cuando un niño crece y se hace adulto... se asume sus responsabilidades..., hace lo que quiere y, a veces, se sale del camino. Pero la madre siempre, en todas las situaciones, tiene la paciencia de seguir acompañando a sus hijos. Lo que la impulsa es la fuerza del amor... e incluso cuando se equivocan, encuentra la manera de entender... de ayudar. En mi tierra decimos que una madre sabe "dar la cara" por sus hijos, es decir, está dispuesta a defenderlos siempre”. 

“La Iglesia es así, es una madre misericordiosa, que comprende, que trata siempre de ayudar, de alentar incluso a los hijos que se han equivocado y que se equivocan; no cierra nunca las puertas de casa; no juzga, sino que ofrece el perdón de Dios, ofrece su amor que invita a reanudar el camino, incluso a aquellos hijos que han caído en un profundo abismo; no tiene miedo de entrar en su noche para darles esperanza. Y la Iglesia no tiene miedo de entrar en nuestra noche cuando estamos en la oscuridad del alma y de la conciencia para darnos esperanza. ¡Porque la Iglesia es madre!.” 

Por último, “una madre sabe también pedir, llamar a todas las puertas por sus hijos, sin cálculos, con amor. Y pienso en cómo las madres saben llamar -también y sobre todo- a la puerta del corazón de Dios ! Las madres rezan mucho por sus hijos, especialmente por los más necesitados... para los que en la vida han elegido sendas peligrosas o equivocadas. Lo mismo hace la Iglesia: pone en las manos del Señor, con la oración, todas las situaciones de sus hijos. Confiemos en la fuerza de la oración de la Madre Iglesia; el Señor no permanece insensible. Sabe siempre cómo sorprendernos cuando menos lo esperamos . ¡La Madre Iglesia lo sabe!”. 

“Estos eran los pensamientos que hoy quería transmitiros - ha concluido Francisco- . Veamos en la Iglesia a una buena madre, que nos muestra el camino a seguir en la vida que sabe ser siempre paciente, misericordiosa, comprensiva, y sabe cómo ponernos en manos de Dios”. 
Papa Francisco

jueves, 19 de septiembre de 2013

Papa Francisco: Contemplar a Jesús manso y sufriente

No es fácil para los cristianos vivir según los principios y las virtudes inspiradas por Jesús. «No es fácil —dijo el Papa Francisco en la misa celebrada el 12 de septiembre—, pero es posible»: basta con «contemplar a Jesús sufriente y la humanidad sufriente» y vivir «una vida escondida en Dios con Jesús».

La reflexión del Santo Padre se inspiró en la celebración de la memoria litúrgica del nombre de María. «Hoy —recordó— festejamos la onomástica de la Virgen. El santo nombre de María. Una vez esta fiesta se llamaba el dulce nombre de María y hoy en la oración hemos pedido la gracia de experimentar la fuerza y la dulzura de María. Después cambió, pero en la oración ha permanecido esta dulzura de su nombre. Tenemos necesidad hoy de la dulzura de la Virgen para entender estas cosas que Jesús nos pide. Es un elenco no fácil de vivir: amad a los enemigos, haced el bien, prestad sin esperar nada, a quien te golpea la mejilla ofrécele también la otra, a quien te quita el manto no le rehúses la túnica. Son cosas fuertes. Pero todo esto, a su modo, lo vivió la Virgen: la gracia de la mansedumbre, la gracia de la apacibilidad».

«El apóstol Pablo —prosiguió el Papa— insiste en el mismo tema: “Hermanos, elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo”» (Colosenses 3, 12-17). Cierto —observó el Pontífice—, se nos pide mucho y por ello la primera pregunta que surge espontáneamente es: «¿Pero cómo puedo hacer esto? ¿Cómo me preparo para hacer esto? ¿Qué debo estudiar para hacer esto?». La respuesta para el Santo Padre es clara: «Nosotros, con nuestro esfuerzo, no podemos hacerlo. Sólo una gracia puede hacerlo en nosotros. Nuestro esfuerzo ayudará; es necesario, pero no suficiente».

«El apóstol Pablo en estos días nos ha hablado a menudo de Jesús —continuó—. Jesús como la totalidad del cristiano, Jesús como el centro del cristiano, Jesús como la esperanza del cristiano, porque es el esposo de la Iglesia y trae esperanza para ir adelante; Jesús como vencedor sobre el pecado, sobre la muerte. Jesús vence y ha ido al cielo con su victoria». Al respecto el apóstol nos enseña algo: «nos dice: “Hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”».

Es éste «el camino para hacer lo que el Señor nos pide: esconder nuestra vida con Cristo en Dios», repitió el Papa. Y ello debe renovarse en cada una de nuestras actitudes cotidianas, pues sólo si tenemos el corazón y la mente dirigidos al Señor, «triunfador sobre el pecado, sobre la muerte», podemos hacer lo que Él nos pide.

Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es «una gracia. Una gracia —especificó el Santo Padre— que viene de la contemplación de Jesús». No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales —indicó— nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor.
«Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús —repitió— podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino». Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de «buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso». Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después «de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo».

Así que, para ser buenos cristianos, es necesario contemplar siempre la humanidad de Jesús y la humanidad sufriente. «¿Para dar testimonio? Contempla a Jesús. ¿Para perdonar? Contempla a Jesús sufriente. ¿Para no odiar al prójimo? Contempla a Jesús sufriente. ¿Para no murmurar contra el prójimo? Contempla a Jesús sufriente. No hay otro camino», insistió el Papa, recordando que estas virtudes son las mismas del Padre, «que es bueno, manso y magnánimo, que nos perdona siempre», y las mismas de la Virgen, nuestra Madre. No es fácil, pero es posible. «Encomendémonos a la Virgen. Y cuando hoy la felicitemos por su onomástica —concluyó— pidámosle que nos dé la gracia de experimentar su dulzura».

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Sacramento de la Reconciliación

Naturaleza – Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere” que significa: tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos teológicamente, este término se utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un sacramento.

Como virtud moral – Esta virtud moral, hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito de no volver a caer y hacer algo en satisfacción por haberlos cometidos.

Cristo nos llama a la conversión y a la penitencia, pero no con obras exteriores, sino a la conversión del corazón, a la penitencia interior. De otro modo, sin esta disposición interior todo sería inútil (Cfr. Isaías 1, 16-17; Mateo 6, 1-6; 16-18).

Cuando hablamos teológicamente de esta virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino que esta reparación tiene que ir acompañada del dolor de corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle perdón por una ofensa a un jefe por miedo de perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios (Cfr. Catecismo Núms. 1430 -1432).

Todos debemos de cultivar esta virtud, que nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta virtud son: la oración, confesarse con frecuencia, asistir a la Eucaristía (fuente de las mayores gracias), la práctica del sacrificio voluntario, dándole un sentido de unión con Cristo y acercándose a María.

Como sacramentoLa virtud nos lleva a la conversión, como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo, que perdona los pecados cometidos contra Dios – después de haberse bautizado -, obtiene la reconciliación con la Iglesia, a quien también se ha ofendido con el pecado, al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto fue definido por el Concilio de Trento como verdad de fe (Cfr. Lumem Gentium 11).

A este sacramento se le llama sacramento de “conversión”, porque responde a la llamada de Cristo a convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de conversión personal y de arrepentimiento y de reparación que tiene el cristiano. También es una “confesión”, porque la persona confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados graves.

El nombre de “Reconciliación” se debe a que reconcilia al pecador con el amor del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de la reconciliación. “Ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mateo 5, 24) (Cfr. Catecismo Núms. 1423 -1424).

El sacramento de la Reconciliación o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente ligados, para acudir al sacramento es necesaria la virtud de la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor de corazón.

La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y porque confiere la gracia.

Este sacramento es uno de los dos sacramentos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el alma está enferma debido al pecado grave, se necesita el sacramento que le devuelva la salud, para que la cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (Cfr. Marcos 2, 1-12).

Cristo instituyó los sacramentos y se los confió a la Iglesia – fundada por Él – por lo tanto la Iglesia es la depositaria de este poder, ningún hombre por sí mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos, la gracia de Dios se recibe en la Reconciliación “ex opere operato” – obran por la obra realizada – siendo el ministro el intermediario. La Iglesia tiene el poder de perdonar todos los pecados.

En los primeros tiempos del cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos decían que ciertos pecados no podían perdonarse, otros que cualquier cristiano bueno y piadoso lo podía perdonar, etc. Los protestantes fueron unos de los que más atacaron la doctrina de la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de Trento declaró que Cristo comunicó a los apóstoles y sus legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados (Denzinger 894 y 913).

La Iglesia, por este motivo, ha tenido la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su doctrina sobre la institución de este sacramento por Cristo, basándose en Sus obras. Preparando a los apóstoles y discípulos durante su vida terrena, perdonando los pecados al paralítico en Cafarnaúm (Lucas 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lucas 7, 37-50)… Cristo perdonaba los pecados, y además los volvía a incorporar a la comunidad del pueblo de Dios.

El poder que Cristo le otorgó a los apóstoles de perdonar los pecados, implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el sacerdote actúa como juez, imponiendo una sentencia y un castigo. Sólo que en este caso, la sentencia es siempre el perdón, sí es que el penitente ha cumplido con todos los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que ahí se lleva a cabo es en nombre y con la autoridad de Cristo.

Solamente si alguien se niega – deliberadamente – a acogerse la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento estará rechazando el perdón de los pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado. “El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Marcos 3, 29). Esto es lo que llamamos el pecado contra el Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a la condenación eterna (Cfr. Catecismo Núm. 1864).

Institución – Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por miedo a los judíos – se les aparece Jesús y les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Juan 20, 21-23). Este es el momento exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo – que nos ama inmensamente – en su infinita misericordia le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Jesús les da el mandato – a los apóstoles – de continuar la misión para la que fue enviado; el perdonar los pecados. No pudo hacernos un mejor regalo que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado.
Dios le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de Dios con los pecadores. (Cfr. Lucas 15, 4-7; Lucas15, 11-31). Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas veces nos alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos dejó un sacramento muy especial que nos permite la reconciliación con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es otra prueba más de su infinito amor.



Autor: Cristina Cendoya de Danel
Fuente: es.Catholic.Net

sábado, 14 de septiembre de 2013

AMOR

Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de El este precepto: que quien ama a Dios, ame también a su hermano. I Jn 4, 20-21.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que esta en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Mt 5, 44.


Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros. Jn 13, 34-35.

Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno. San Agustín de Hipona

Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, pues nuestro Señor Jesucristo (cuyas huellas debemos seguir) llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. San Francisco de Asís 

Ama con la totalidad de tu ser a quien se entregó a sí mismo por tu amor. Santa Clara de Asís

Ama hasta que te duela, si te duele es la mejor señal. Beata Madre Teresa de Calcuta

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición. San Juan de la Cruz 

"A mi parecer no es otra cosa oración sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. Santa Teresa de Jesús

A veces se dice "Dios castiga a los que ama". Pero no es verdad, porque para quienes Dios ama, las pruebas no son castigos, sino gracias. Cura de Ars

Historia del hombre e historia de Dios se entrecruzan en la cruz.

Historia del hombre e historia de Dios se entrecruzan en la cruz. Una historia esencialmente de amor.

El Pontífice dijo que es posible comprender “un poquito” el misterio de la cruz  “de rodillas, en la oración”, pero también con “las lágrimas”. Es más, son precisamente las lágrimas las que “nos acercan a este misterio”. En efecto, “sin llorar”, sobre todo sin “llorar en el corazón, jamás entenderemos este misterio”.

 Es el “llanto del arrepentido, el llanto del hermano y de la hermana que mira tantas miserias humanas y las mira también en Jesús, de rodillas y llorando”. Y, sobre todo, evidenció el Papa, “¡jamás solos!”. Para entrar en este misterio que “no es un laberinto, pero se le parece un poco”, tenemos siempre “necesidad de la Madre, de la mano de la mamá”. Que  María -añadió- “nos haga sentir cuán grande y cuán humilde es este misterio, cuán dulce como la miel y cuán amargo como el áloe”.


Los padres de la Iglesia, como recordó el Papa, “comparaban siempre el árbol del Paraíso con el del pecado. El árbol que da el fruto de la ciencia, del bien, del mal, del conocimiento, con el árbol de la cruz”. El primer árbol “había hecho mucho mal”, mientras que el árbol de la cruz “nos lleva a la salvación, a la salud, perdona aquel mal”. Este es “el itinerario de la historia del hombre”. Un camino que permite “encontrar a Jesucristo Redentor, que da su vida por amor”. 

Un amor que se manifiesta en la economía de la salvación, como recordó el Santo Padre, según las palabras del evangelista Juan. Dios -dijo el Papa- “no envió al Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de Él”. ¿Y cómo lo salvó? “Con este árbol de la cruz”. 

A partir del otro árbol comenzaron “la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia de querer conocer todo según nuestra mentalidad, según nuestros criterios, también según la presunción de ser y llegar a ser los únicos jueces del mundo”. Esta -prosiguió- “es la historia del hombre”. En el árbol de la cruz, en cambio, está la historia de Dios, quien “quiso asumir nuestra historia y caminar con nosotros”.    

Es justamente en la primera lectura que el apóstol Pablo “resume en pocas palabras toda la historia de Dios: Jesucristo, aún siendo de la condición de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Sino que -explicó- “se despojó de sí mismo, asumiendo una condición de siervo, hecho semejante a los hombres”. En efecto Cristo “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Es tal “el itinerario de la historia de Dios”. ¿Y por qué lo hace?, se preguntó el Obispo de Roma. La respuesta se encuentra en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios -concluyó el Papa- “realiza este itinerario por amor; no hay otra explicación”.
Papa Francisco

viernes, 13 de septiembre de 2013

Papa Francisco: Tocar las llagas de Jesús

Es necesario salir de nosotros mismos e ir por el camino del hombre para descubrir que las llagas de Jesús son todavía hoy visibles en el cuerpo de los hermanos que tienen hambre, sed, que están desnudos, humillados, esclavizados, que se encuentran en la cárcel y en el hospital. Tocando estas llagas, acariciándolas, es posible «adorar al Dios vivo en medio de nosotros».

La celebración de la fiesta de santo Tomás apóstol ofreció al Papa Francisco la ocasión de volver al concepto que le es de especial interés: poner las manos en la carne de Jesús. El gesto de Tomás que mete el dedo en las llagas de Jesús resucitado fue el tema central de la homilía de la misa del miércoles 3 de julio, por la mañana, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae.

El Santo Padre mencionó las actitudes de los discípulos «cuando Jesús, después de la resurrección, se dejó ver»: algunos estaban felices, otros dudosos. Tomás se mostró incrédulo. «El Señor —dijo el Papa— sabe cuándo y por qué hace las cosas. A cada uno da el tiempo que Él cree más oportuno». A Tomás le concedió ocho días. «¡Era un testarudo! Pero el Señor —comentó— quiso precisamente a un testarudo para hacernos entender algo más grande. Tomás, al ver al Señor, no dijo: “Es verdad, el Señor resucitó”. No. Fue más allá, y dijo: “Señor mío y Dios mío”. Es el primero de los discípulos en confesar la divinidad de Cristo tras la resurrección»

De esta confesión —explicó el Obispo de Roma— se comprende cuál era la intención del Señor respecto a Tomás: partiendo de su incredulidad le llevó a afirmar su divinidad. «Y Tomás —dijo el Papa— adora al Hijo de Dios. Pero para adorar, para encontrar a Dios, al Hijo de Dios, tuvo que meter el dedo en las llagas, meter la mano en el costado. Este es el camino». Y se preguntó: «¿Cómo puedo hoy encontrar las llagas de Jesús? Yo no las puedo ver como las vio Tomás. Las llagas de Jesús las encuentro haciendo obras de misericordia. Esas son las llagas de Jesús hoy».

No es suficiente —añadió el Papa— constituir «una fundación para ayudar a todos», sería sólo un comportamiento filantrópico. En cambio —dijo— «debemos tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús. Debemos sanar las llagas de Jesús con ternura». «Lo que Jesús nos pide hacer con nuestras obras de misericordia —concluyó el Pontífice— es lo que Tomás había pedido: entrar en las llagas».

Amad a vuestros enemigos


En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá». San Lucas 6, 27- 38


Y, hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. 

¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo. [...] 

El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. 
Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre. (S.S. Francisco, 17 de marzo de 2013)..

jueves, 12 de septiembre de 2013

Estad en vela

Dichoso tú si Cristo llama a tu puerta. Nuestra puerta es la fe que, si es sólida, defiende toda la casa. Por esa puerta entra Cristo. Por eso, la Iglesia dice en el Cantar de los cantares: Oigo la voz de mi amado que llama a la puerta. Escucha al que llama, escucha al que desea entrar: ¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche.



Fíjate en que momento el Dios Verbo llama a tu puerta: cuando su cabeza está cubierta del rocío de la noche. Porque él se digna visitar a los que están sometidos a prueba y a tentaciones a fin de que ninguno sucumba, vencido por las dificultades. Su cabeza está cubierta de rocío o gotas de agua cuando su su cuerpo está penando.

Es entonces cuando hay que velar por temor a que, cuando el Esposo venga, no se vaya porque ha encontrado cerrada la puerta de casa.

En efecto, si duermes y tu corazón no está en vela, él se aleja antes de llamar; si tu corazón está en vela, él llama y te pide que la abras la puerta..

Nosotros, pues, disponemos de la puerta de nuestra alma, y disponemos también de las puertas sobre las cuales se ha escrito: ¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria!.
San Ambrosio

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Francisco pidió a los romanos servir, acompañar y defender a los necesitados

El Santo Padre realizó este martes la tarde una visita privada al Centro Astalli de Roma, sede italiana del Servicio jesuítico para los refugiados, donde se albergan unas 700 personas desplazadas de diferentes partes del mundo, entre ellas familias sirias que se vieron obligadas a huir de sus casas a causa del actual conflicto. 

Francisco se encontró con unos 300 refugiados en la Chiesa del Gesú de Roma, donde se encuentra la tumba del padre Pedro Arrupe SJ, fundador en 1981 del servicio de los jesuitas para los refugiados y por aquella época superior general de la Compañía de Jesús. Desde allí se desplazó al comedor del centro, donde lo esperaban otros 400 residentes. 

En un claro mensaje hacia los prejuicios y desprecios que se ciernen sobre los inmigrantes –sean legales o no-, el Papa habló de la “riqueza humana y religiosa” que cada refugiado porta. “Muchos de ustedes son musulmanes, de otras religiones; han venido de diferentes países, de situaciones diversas. ¡No debemos tener miedo de las diferencias! La fraternidad nos hace descubrir que son un tesoro. ¡Son un regalo para todos! ¡Vivamos la fraternidad!”, clamó. 

El obispo de Roma también hizo notar el “trato degradante” que muchas veces cae sobre estas personas, e insistió en que la Ciudad Eterna “debe ser la ciudad que le permita encontrar una dimensión humana, para empezar a sonreír”. 

Emocionado, el Papa también recordó al padre Arrupe y la obra de los jesuistas. También evocó el programa de trabajo de la orden religiosa, basad en el servir, el acompañar y el defender. Francisco también enseñó sobre la “misericordia verdadera”: señaló que “no basta dar un sándwich si no va acompañado de la oportunidad de aprender a caminar”, y aseguró que ésta reclama justicia y pide que el pobre encuentre un camino para dejar de serlo. 

Finalmente, Francisco también dejó un mandato a los religiosos: les pidió que los conventos vacíos sirvan para ayudar a los necesitados: “Queridos religiosos y religiosas, los conventos vacíos no le sirven a la Iglesia para transformarlos en albergues y ganar dinero. Los conventos vacíos no son nuestros, son para la carne de Cristo, que son los refugiados. El Señor nos llama a vivir con generosidad y valentía la acogida en los conventos vacíos”.  

domingo, 8 de septiembre de 2013

Hazme un instrumento de tu Paz. Oración de San Francisco de Asís

Nacimiento de María.


Hoy, fiesta del nacimiento de la Virgen María, Estrella de la mañana, como la invoca San Bernardo, quiero poner nombres a la constelación celeste que corona a la Mujer vestida de sol y que tiene a la luna por pedestal, la dispuesta por Dios para ser madre suya.

María es la Inmaculada, la concebida sin pecado. Dios podía liberar a quien iba a ser madre de su Hijo de toda mancha de pecado, lo quiso y lo realizó. Ella es la sin-pecado.

María es la colmada de gracia, la amada de Dios; así la llama el ángel Gabriel como nombre propio, y esa identidad configura esencialmente la vida de la Nazarena.

María es la mujer creyente, la que se fía de Dios; así la saluda su prima Isabel: "Dichosa tu, que has creído". Ella es nuestra madre en la fe.

María es , que abandona su propio proyecto por el que le revela el Ángel de Dios: "Hágase en mí según tu Palabra".

María es la madre del Verbo encarnado: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo", el Hijo de Dios. Es la madre de Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero, es también verdadera Madre de Dios.

María es la contemplativa por excelencia, ella "guardaba todas estas cosas en su corazón". Maestra en acoger la Palabra, meditarla y alumbrarla.

María es la mujer servicial: "Subió deprisa a la montaña a servir a su prima". Ella se tiene por esclava, servidora del Señor, y de cuantos tengan necesidad de su ayuda.

María es la mujer agradecida, sensible a los dones recibidos. No se cree con derechos y reconoce a quien es la causa de su privilegio: "Proclama mi alma la grandeza del Señor".

María es mujer solidaria, sensible, social. La vemos actuar en el marco de una boda de manera comprometida cuando le dice a su Hijo: "No tienen vino".
María es la mujer fuerte, no se arredra frente a la dificultad. "Junto a la Cruz estaba María, su madre".

María es la mujer orante; dialogó con el Ángel, acudió al templo con angustia buscando a su Hijo, se reunió con los discípulos a la esperan del don del Espíritu Santo.

María es la mujer ensalzada, gloriosa, colocada junto a su Hijo en el cielo.

Por todos estos motivos, a la vez que sentimos inmensa alegría, felicitamos a la Virgen María en la fiesta de cumpleaños.

Por el nacimiento de María se enciende nuestra esperanza, el sentido de nuestra peregrinación. Ella, Medianera de todas las gracias, permanece en el desierto como mujer entrañable.


Don Ángel Moreno de Buenafuente

En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la paz. Homilía del Papa Francisco


Al caer la tarde del sábado 7 de septiembre una Plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos -más de cien mil- reunida en torno al Papa Francisco alzó su súplica por la paz en Siria, Oriente Medio y el mundo entero. 

En la Jornada de oración y ayuno por él convocada, el Obispo de Roma preguntó si el mundo que queremos “¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones?” 

Esta armonía y paz no es posible, reflexionó el Santo Padre “cuando el hombre piensa sólo en sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento.” 

“¿Es posible seguir otro camino? ¿Podemos salir de esta espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la paz?” preguntó el Papa, asegurando que sí, es posible para todos. “Esta noche me gustaría que desde todas las partes de la tierra gritásemos: Sí, es posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de nosotros, desde el más pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que están llamados a gobernar las naciones, dijese: Sí, queremos.” 

“¡Cómo quisiera que por un momento todos los hombres y las mujeres de buena voluntad mirasen la Cruz! Allí se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz.”