Para
un cristiano la esencia de la confianza en Dios es contemplar en Jesucristo al
Mesías, al Hijo de Dios que viene a salvarnos, que viene a guiarnos, que viene
a enseñarnos, convirtiéndose así en "camino, verdad y vida".
En
esta confianza en Dios entra también la Iglesia, divina y humana, instrumento
de salvación y certeza de los bienes futuros. Y entra también la Persona del
Papa, Vicario de Cristo, Maestro de nuestra fe y Pastor de nuestros corazones.
Fiarse de Dios es, pues, entregarse a Dios sin condiciones, sin exigencias, sin
reticencias, en la certeza de que él es lo mejor que tenemos, El único que no
nos puede fallar, la Verdad que nos puede guiar en la confusión de la vida.
Fiarse de Dios es poner a su servicio nuestra inteligencia y nuestra libertad
sin pedirle pruebas. Fiarse de Dios es creer de veras en el que tanto nos ama.
Y
es que al cristiano de hoy le siguen alentando aquellas palabras de Jesús: Y
he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Ante esta realidad, vamos
a reflexionar qué implica para nosotros, hombres, este fiarnos de Cristo y las
dificultades que encontramos a veces para ello.
Fiarnos de Dios para nosotros es, ante todo, doblegar nuestra mente con la
humildad ante el que nos supera plenamente. Los hombres de hoy le damos
excesiva importancia a nuestra razón. Exigimos que la razón sea la norma de la
verdad. No somos conscientes de cómo nuestra razón puede estar tocada por el
subjetivismo o el relativismo. Al vivir en un mundo tremendamente pragmático y
empírico queremos que todo pase por la razón, incluso Dios. No somos
conscientes de que Dios nos supera absolutamente y que, por tanto, no puede
caber su infinitud en nuestra finitud. Sería como querer meter el mar en una
pequeña charca. Por eso, una de las realidades que en la vida cotidiana
embellece más a la razón es reconocer su propia pequeñez y sus limitaciones.
Precisamente en la fe puede encontrar la razón las certezas, las seguridades,
el conocimiento que por sí misma no puede alcanzar. La humildad de la razón se
llama lucha contra el racionalismo, el orgullo y la vanidad; y se manifiesta en
la sencillez, en la conciencia de sus propias limitaciones y en la paz del que
se fía en alguien que es más grande que ella, porque la ha creado.
Fiarnos de Dios para nosotros es,
también, aprender a ver su amor y su presencia en las circunstancias de la
vida, tanto favorables como adversas; es poner más nuestra confianza en él que
en nuestros esfuerzos; es esperarlo más todo de él que de los demás. Es
confiar en su Providencia que no permite que se nos caiga un pelo de la cabeza
sin su consentimiento. Muchas veces los cristianos damos la impresión de que,
confiando en Él, tenemos miedo a que Dios se distraiga, no se entere, no nos
eche una mano. Y tendríamos que hacer ver a los demás que la confianza en Dios
está muy encima de nuestras seguridades personales. Da mucha paz al corazón del
hombre que lucha todos los días por sacar un hogar adelante, por educar a los
hijos, por mantenerse en el camino correcto la certeza de un Dios Padre que le
acompaña, que siente con él, que le protege. Esta certeza es la confianza
auténtica.
Fiarnos de Dios para nosotros es,
finalmente, erradicar de cara al futuro esa ansiedad que nos lleva con
frecuencia a olvidarnos de Dios y a poner nuestro corazón y nuestras fuerzas en
objetivos que consideramos fundamentales para nuestra vida. A veces
constatamos que el corazón es prisionero de la ansiedad, que vivimos
desasosegados, que no tenemos tiempo para pensar en las verdades esenciales de
la vida. No se trata de vivir el reto del futuro con inconsciencia+, sino más
bien de encontrar respuestas para este futuro en el Corazón de Dios, no dejando
de luchar al mismo tiempo por lo inmediato. El problema se agudiza cuando el
futuro nos atormenta como si todo dependiera de uno mismo o de las
circunstancias. Un cristiano no puede vivir en esa dinámica. Para algo nos
fiamos de Dios, sabiendo al mismo tiempo que Dios nos apremia, nos exige, nos
anima a luchar. Todo esto se podría aplicar al campo de la propia santidad, de
la familia, de la vida profesional, de los retos personales.?
Extraído de un artículo de P Juan Ferrán