domingo, 5 de noviembre de 2017

5 de noviembre: santa Ángela de la Cruz




Desde pequeñita fue alegre, devota y trabajadora. Sus problemas de salud le impidieron entrar en las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad. Pasado el tiempo, y tras una profunda maduración espiritual fundamentada en la oración, fundó el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, que se caracterizaban por el servicio a los pobres, «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo». Murió en 1932 y fue canonizada en 2003 en Madrid por san Juan Pablo II
Santa Ángela de la Cruz, más conocida como sor Ángela de la Cruz, nació en Sevilla en 1846. De pequeña era una niña alegre, devota y trabajadora. A los 13 años se tuvo que poner a trabajar y entró en un taller de zapatería. Tres años después, sor Ángela conoce al padre José Torres, un apoyo para su vida espiritual que le anima a madurar en su fe.
Tras un proceso de maduración espiritual, Ángela decide hacerse religiosa pero las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad la rechazan por motivos de salud, así que, a pesar de no poder entrar como monja, Ángela continúa su vida de oración. Es estando en recogimiento, cuando ve una cruz vacía frente a la Cruz de Cristo crucificado, y recibe la inspiración de inmolarse junto a Jesús para la salvación de las almas. Esta inspiración presidirá toda su vida y la de sus hijas en la orden que iba a fundar.
Tras el suceso el padre José le manda escribir un diario espiritual. En él fue detallando su estilo de vida, que sería después el de sus hijas, cuando, en 1875, Ángela funde el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, caracterizado por el servicio a los pobres «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo».
Las vocaciones crecen rápidamente así como las personas a las que tienen que atender. Pobres y ricos, todos estiman a las Hermanas de la Compañía de la Cruz. Son años de muchas fundaciones para Ángela, que morirá el 2 de marzo de 1932 a los 86 años de edad.
Fue beatificada en 1982 y canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña plaza de Colón.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

El amor, la mejor prótesis



Antonio, el octogenario al que voy a visitar, no para de llorar mientras su hija intenta consolarlo. Al verme, se me acerca y me dice: «Desde ayer, que le tuvimos que decir que le tienen que amputar la pierna, se ha venido abajo y no para de llorar». Con el Señor en el bolsillo de mi bata y apretando más fuerte el porta viril en mi mano, le pido que me ayude a consolar al triste. Me acerco a la cabecera de la cama para saludar a Antonio y no hace falta preguntar el motivo de su angustia. No para de contar su historia personal: lo joven que conoció a su mujer, que ahora está enferma en casa, y lo mucho que les quieren sus hijos, que no les dejan solos ni un momento, lo mucho que han trabajado en la vida…, todo lo cuenta sin dejar de suspirar, insistiendo en qué va a hacer ahora sin su pierna.
Observando el mucho cariño que manifestaba por su familia le dije: «Antonio, si tuvieras que elegir una sola cosa… ¿con qué te quedarías, con tu pierna enferma o con el amor de tus hijos? Respondió: «Sin duda elegiría el cariño de mis hijos». Cuántas alabanzas dedicó a sus dos hijas y a su hijo, pero como si despertara de un sueño volvió a llorar y a lamentar el que le quitaran su piernita.
Antonio sabía que su pierna gangrenada le había dejado tres meses en cama, pero aun así, él esperaba que su pierna sanase y poder atender a su mujer sin ser ambos una carga para sus hijos. Pero Antonio y yo sabíamos que su dolor era el fruto del recuerdo de su pasado, de todo lo vivido y recorrido con sus dos piernas. Me dijo que ya era muy mayor para afrontar un futuro teniendo que depender del amor de sus hijos. Estaba triste porque no sabía si sabría aceptar que le amaran tanto; él había nacido para dar la vida por sus hijos y ahora dependería de ellos para vivir.
Le agarré la mano, después de darle la comunión, diciéndole: «Antonio, no serás ninguna carga para tus hijos porque el amor que tú le diste, como dice el Evangelio de la samaritana, es como un surtidor que hace que necesiten dar todo ese amor que tienen dentro. Siéntete orgulloso de tus hijos y disfruta de lo mejor que tienes, porque el Amor no pasa nunca».
Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida
Alfa y Omega

Silencio en vías de extinción


Hace algún tiempo hicimos una salida a una reserva forestal en la provincia de León en la que se protegían las hayas, una especie, al parecer, en vías de extinción. Durante el día estuve pensando en posibles especies espirituales en esa situación y descubrí tres: el silencio, interioridad y soledad.
Comenzaré por el silencio. Le veo caminar lentamente, se aleja. ¿A dónde irá? No tiene amigos, no tiene hogar. Va huyendo de quienes lo intentan eliminar. El ruido que ensordece, la palabra vacía, la algarabía, la exterioridad… Todos le van hiriendo obstinadamente día tras día, pero es especialmente la palabra la que se le quiere imponer con prepotencia y desterrarlo al desván, y eso que generalmente no dice nada, es sonante, pero no sonora.
El silencio nos garantiza la presencia de Dios en la tierra como principal vía de acceso al Misterio divino. Proporciona una auténtica comunión y relación. La palabra es siempre un intruso que se interpone en la conversación, mientras que el silencio posee una poderosa dimensión comunicativa.
Permite el conocimiento de la verdad, porque nos revela un aspecto de la realidad demasiado profunda para ser descubierta a simple vista. Nos inunda de serena alegría, ya que el silencio siempre se expande y exterioriza como una amplia sonrisa, inmensa y maravillosa, que abraza todo lo creado. Gracias a él podemos conocernos, al permanecer en ese «espacio de desierto» en el que se forma nuestra identidad.
Agudiza nuestro oído y, asombrados, escuchamos cantar a los campos, aplaudir a los árboles del bosque y a los ríos, y aclamar a los montes (salmos 95 y 97). ¡El silencio desaparece! Necesita urgentemente un ámbito de protección. Al menos los monasterios tendríamos que ser lugares de «reserva forestal» con la obligación de cuidar esos valores que creemos necesarios para el bienestar de la humanidad.
La invitación está hecha. ¡Encontremos tiempos para el silencio en nuestras vidas! Es un reto, como un río que aguarda a que te sumerjas en él.
Ernestina Álvarez
Monjas Benedictinas. Monasterio de Santa María de Carbajal de León
Alfa y Omega

La Iglesia, comprometida con la transparencia económica


"Somos una gran familia CONTIGO" es el lema del Día la Iglesia Diocesana 2017 que se celebra el próximo 12 de noviembre. El secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia nos invita a colaborar con nuestra parroquia aportando lo que tenemos: cualidades, tiempo o dinero.
Somos la familia de los hijos de Dios y como familia todos somos corresponsables de su labor y de su sostenimiento.
Un tema que preo­cu­pa: ¿qué ha­cen con el di­ne­ro los par­ti­dos po­lí­ti­cos?, ¿las fun­da­cio­nes?, ¿los sin­di­ca­tos?, ¿los clu­bes de fút­bol?, ¿las or­ga­ni­za­cio­nes re­li­gio­sas? Desde que se acordó con el Gobierno de España el nuevo modelo de financiación de la Iglesia en el año 2006, los esfuerzos de la Iglesia católica por ser transparente han sido cuantiosos. Todos ellos se han concretado en el acuerdo que en 2016 se ha firmado con la asociación Transparencia Internacional España.
Este acuer­do su­po­ne 10 com­pro­mi­sos:
1.- In­for­mar pun­tual y de­ta­lla­da­men­te de los re­sul­ta­dos de las Asig­na­ción Tri­bu­ta­ria a fa­vor de la Igle­sia de la cam­pa­ña de la ren­ta. To­dos los da­tos es­tán dis­po­ni­bles des­de el año 2007 en la pá­gi­na de re­sul­ta­dos de la cam­pa­ña de la ren­ta a fa­vor de la Igle­sia don­de se in­di­can el nú­me­ro de de­cla­ra­cio­nes a fa­vor e im­por­te de la cam­pa­ña.
2.- Pu­bli­car la in­for­ma­ción eco­nó­mi­ca que ex­pli­que el des­tino de los fon­dos re­cau­da­dos en la Asig­na­ción Tri­bu­ta­ria. La Con­fe­ren­cia Epis­co­pal, como or­ga­nis­mo res­pon­sa­ble de re­ci­bir los fon­dos y dis­tri­buir­los en­tre las di­fe­ren­tes dió­ce­sis se­gún sus ne­ce­si­da­des, edi­ta en la Me­mo­ria de Ac­ti­vi­da­des un apar­ta­do don­de se de­ta­llan los in­gre­sos y el des­tino de los re­cur­sos de la Igle­sia. Ade­más, mu­chas dió­ce­sis pu­bli­can sus pro­pias me­mo­rias eco­nó­mi­cas don­de se de­ta­lla el des­tino de sus re­cur­sos eco­nó­mi­cos.
3.- Dis­po­ner de un Por­tal de Trans­pa­ren­cia que ofrez­ca toda la in­for­ma­ción re­le­van­te so­bre la Asig­na­ción Tri­bu­ta­ria y tan­tos con­ve­nios na­cio­na­les e in­ter­na­cio­na­les que sean ges­tio­na­dos por la CEE. La ofi­ci­na de Trans­pa­ren­cia de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal es ya una reali­dad que cuen­ta con una sec­ción en la pá­gi­na web don­de en­con­trar toda la re­gu­la­ción in­ter­na y ex­ter­na de la CEE.
4.- Di­fun­dir la Me­mo­ria de Ac­ti­vi­da­des de la Igle­sia ca­tó­li­ca en Es­pa­ñaque in­clu­ya in­for­ma­ción con­so­li­da­da so­bre las dis­tin­tas ac­tua­cio­nes que rea­li­zan las ins­ti­tu­cio­nes de la Igle­sia de nues­tro país. To­das las Me­mo­rias de Ac­ti­vi­da­des es­tán dis­po­ni­bles en la pá­gi­na web de Xtan­tos.
5.- Apli­car a la Me­mo­ria de Ac­ti­vi­da­des de la Igle­sia ca­tó­li­ca a un pro­ce­so de au­di­to­ría por una de las gran­des au­di­to­ras in­ter­na­cio­na­les. En los úl­ti­mos años PWC ha au­di­ta­do la Me­mo­ria de Ac­ti­vi­da­des cer­ti­fi­can­do la au­ten­ti­ci­dad de los da­tos pre­sen­ta­dos.
6.- Im­pul­sar en las 70 dió­ce­sis es­pa­ño­las un Por­tal de trans­pa­ren­cia pro­pio. Mu­chas dió­ce­sis cuen­tan ya con una Ofi­ci­na de Trans­pa­ren­cia que dis­po­nen de pu­bli­ca­cio­nes y ser­vi­cios de in­for­ma­ción para to­dos aque­llos que lo re­quie­ran. Ade­más, la ma­yo­ría de las dió­ce­sis cuen­tan con una sec­ción en la pá­gi­na web de Xtan­tos don­de pu­bli­can la me­mo­ria dio­ce­sa­na de ac­ti­vi­da­des y eco­nó­mi­ca.
7.- Adap­tar el Plan Con­ta­ble de en­ti­da­des no lu­cra­ti­vas a las en­ti­da­des re­li­gio­sas. De esta for­ma se con­se­gui­rá una ar­mo­ni­za­ción con­ta­ble en to­das las ins­ti­tu­cio­nes que for­man la Igle­sia en Es­pa­ña, lo que fa­ci­li­ta­rá enor­me­men­te las la­bo­res de aná­li­sis, au­di­to­ria y con­so­li­da­ción.
8.- Crear una Ofi­ci­na de ren­di­ción de cuen­tas para fun­da­cio­nes y aso­cia­cio­nes re­li­gio­sas de toda Es­pa­ña que sir­va de apo­yo or­ga­ni­za­ti­vo y en ma­te­ria de trans­pa­ren­cia a es­tas en­ti­da­des.
9.- De­fi­nir un ma­nual de bue­nas prác­ti­cas en ma­te­ria de trans­pa­ren­cia para la ac­ti­vi­dad de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal y que sir­va de mo­de­lo para la apli­ca­ción en el ám­bi­to dio­ce­sano.
10.- Ha­cer una au­di­to­ría con­ta­ble a las cuen­tas de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal una vez se haya apro­ba­do el Plan Con­ta­ble de­fi­ni­do an­te­rior­men­te.
Más info en www.por­tan­tos.es

No hacen lo que dicen

Jesús habla con indignación profética. Su discurso, dirigido a la gente y a sus discípulos, es una dura crítica a los dirigentes religiosos de Israel. Mateo lo recoge hacia los años ochenta para que los dirigentes de la Iglesia cristiana no caigan en conductas parecidas.
¿Podremos recordar hoy las recriminaciones de Jesús con paz, en actitud de conversión, sin ánimo alguno de polémicas estériles? Sus palabras son una invitación para que obispos, presbíteros y cuantos tenemos alguna responsabilidad eclesial hagamos una revisión de nuestra actuación.
"No hacen lo que dicen". Nuestro mayor pecado es la incoherencia. No vivimos lo que predicamos. Tenemos poder, pero nos falta autoridad. Nuestra conducta nos desacredita. Un ejemplo de vida más evangélica de los dirigentes cambiaría el clima en muchas comunidades cristianas.
"Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobres las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas". Es cierto. Con frecuencia somos exigentes y severos con los demás, comprensivos e indulgentes con nosotros. Agobiamos a la gente sencilla con nuestras exigencias, pero no les facilitamos la acogida del Evangelio. No somos como Jesús, que se preocupa de hacer ligera su carga, pues es humilde y de corazón sencillo.
"Todo lo hacen para que los vea la gente". No podemos negar que es muy fácil vivir pendientes de nuestra imagen, buscando casi siempre "quedar bien" ante los demás. No vivimos ante ese Dios que ve en lo secreto. Estamos más atentos a nuestro prestigio personal.
"Les gusta el primer puesto y los primeros asientos [...] y que les saluden por la calle y los llamen maestros". Nos da vergüenza confesarlo, pero nos gusta. Buscamos ser tratados de manera especial, no como un hermano más. ¿Hay algo más ridículo que un testigo de Jesús buscando ser distinguido y reverenciado por la comunidad cristiana?
"No os dejéis llamar maestro [...] ni preceptor [...] porque uno solo es vuestro Maestro y vuestro Preceptor: Cristo". El mandato evangélico no puede ser más claro: renunciad a los títulos para no hacer sombra a Cristo; orientad la atención de los creyentes solo hacia él. ¿Por qué la Iglesia no hace nada por suprimir tantos títulos, prerrogativas, honores y dignidades para mostrar mejor el rostro humilde y cercano de Jesús?

"No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo". Para Jesús, el título de Padre es tan único, profundo y entrañable que no ha de ser utilizado por nadie en la comunidad cristiana. ¿Por qué lo permitimos?
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (23,1-12)





«Quien quiera ser el primero - o sea el más importante - que sea el último de todos y el servidor de todos». Quien quiera ser grande, que sirva a los demás, no que se sirva de los demás. 

Y esta es la gran paradoja de Jesús... Él trastoca nuestra lógica diciéndoles sencillamente que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo. Es decir, sirviendo.

La invitación al servicio posee una peculiaridad a la que debemos estar atentos. Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar. 

Amor que se plasma en acciones y decisiones. Amor que se manifiesta en las distintas tareas que como ciudadanos estamos invitados a desarrollar. Son personas de carne y hueso, con su vida, su historia y especialmente con su fragilidad, las que Jesús nos invita a defender, a cuidar y a servir. 

Porque ser cristiano entraña servir la dignidad de sus hermanos, luchar por la dignidad de sus hermanos y vivir para la dignidad de sus hermanos. Por eso, el cristiano es invitado siempre a dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. 

Hay un «servicio» que sirve a los otros; pero tenemos que cuidarnos del otro servicio, de la tentación del «servicio» que «se» sirve de los otros. Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés el beneficiar a los «míos», en nombre de lo «nuestro». Ese servicio siempre deja a los «tuyos» por fuera, generando una dinámica de exclusión. 

Todos estamos llamados por vocación cristiana al servicio que sirve y a ayudarnos mutuamente a no caer en las tentaciones del «servicio que se sirve». Todos estamos invitados, estimulados por Jesús a hacernos cargo los unos de los otros por amor. 

Y esto sin mirar de costado para ver lo que el vecino hace o ha dejado de hacer. Jesús dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos». Ese va a ser el primero. No dice, si tu vecino quiere ser el primero que sirva. Debemos cuidarnos de la mirada enjuiciadora y animarnos a creer en la mirada transformadora a la que nos invita Jesús. 

Este hacernos cargo por amor no apunta a una actitud de servilismo, por el contrario, pone en el centro la cuestión del hermano: el servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas.

...Porque, queridos hermanos y hermanas, «quien no vive para servir, no sirve para vivir».
(De la Homilía en La Habana 20 de septiembre de 2015)

EVANGELIO DE HOY: QUE EL MÁS GRANDE DE ENTRE USTEDES SE HAGA SERVIDOR DE LOS OTROS





Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agradan las filacterias y alargas los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar "mi maestro" por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar "maestro", porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen "padre", porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco "doctores", porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». 
Palabra del Señor

viernes, 3 de noviembre de 2017

«Los mártires son más actuales que nunca, porque nos enseñan a perdonar»



Cerca de 3.000 personas celebrarán la beatificación de 60 nuevos mártires de la familia vicenciana, el sábado 11 de noviembre en Madrid
«Estos 60 mártires dieron su vida por amor. Murieron amando y perdonando. Mostraron una sabiduría que viene de arriba, que no lleva a rivalidades ni a desórdenes, sino que viene de Jesucristo», ha dicho el cardenal Osoro este jueves durante la rueda de prensa de presentación de la beatificación de 60 miembros de la familia vicenciana que va a tener lugar el sábado 11 de noviembre en Madrid.
La celebración comenzará a las 11 horas en el palacio de Vistalegre y será presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Concelebrarán otros siete cardenales y 28 obispos, y se prevé que participen en ella cerca de 3.000 personas.
El arzobispo de Madrid ha propuesto a estos mártires como modelo para «dar la vida como ellos, sirviendo a los demás y considerándolos más importantes que uno mismo». Para el cardenal Osoro, «solo el amor y el perdón sirven a los hombres. Si deseamos este camino para nosotros hay que pedirlo, porque no es algo espontáneo y natural, sino que es un regalo que se nos da», ya que esta forma de vivir «solo la hace posible Jesús; es Él el que nos permite dar la vida por Dios y por los demás. Y es una propuesta de vida extraordinaria».
Todo ello llevará a «construir un mundo sin rencores ni odios ni envidias, en el que seremos capaces de dar la vida por los otros, aunque no piensen como nosotros», porque «las armas de los seres humanos no son las del odio ni las del rencor, sino las de Jesucristo: el amor que genera vida, y no muerte», ha subrayado el purpurado.
Para el arzobispo de Madrid, estos mártires son un modelo «más actual que nunca», porque «hay momentos en la historia en los que parece que nos cuesta perdonar. Por eso es bueno traer a la memoria a personas como estas, gente que no destruye sino que perdona, que da la vida no por una idea, sino por una persona: Jesucristo», porque «la paz tiene un nombre y un rostro: Jesucristo».
Misión y caridad
El visitador de la provincia San Vicente de Paúl-España, el padre Jesús María González, ha señalado que «para la familia vicenciana esta beatificación es un broche de oro al jubileo de los 400 años de carisma vicenciano que estamos celebrando este año». Además, estos mártires «llevaron a cabo al carisma vicenciano: misión y caridad, y han sido fieles continuadores de la misión que Cristo nos ha confiado».
Por su parte, la hija de la Caridad Ángeles Infante, miembro de la comisión de preparación del evento, ha destacado que la beatificación es «una gran fiesta de fe, de perdón y de esperanza», porque para los mártires «su gran tesoro es la vida, que entregan por amor a semejanza de Cristo. Y esto solo se entiende con la fe». Además, «todos ellos murieron perdonando», porque para ellos el perdón fue «su perla preciosa».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Programa de la beatificación
Viernes 10 de noviembre
18 horas: acto oficial de acogida de peregrinos, con saludo de autoridades y Vísperas solemnes, en la basílica de la Virgen Milagrosa.
19 horas: ágape en los jardines de la casa provincial de las Hijas de la Caridad. (C/ José Abascal, 30).
20 horas: musical El primer paso, sobre el carisma vicenciano, en salón de actos de colegio La Inmaculada-Marillac.
Visionado de película Red de libertad, de Pablo Moreno, en el cine Paz.
21:30 horas: vigilia de oración en basílica de la Virgen Milagrosa, especialmente para jóvenes, organizada por Juventudes Marianas Vicencianas.
Sábado 11 de noviembre
11 horas: ceremonia de beatificación presidida por el cardenal Angelo Amato en el Palacio Vistalegre Arena (Madrid).
14 horas: almuerzo de confraternización para invitados y peregrinos inscritos.
16 horas: itinerario martirial en autobús y oración a las 18:30 horas, preparada por el Grupo Siquem, en el Cerro de los Ángeles, para los peregrinos que se hayan inscrito.
20 horas: musical El primer paso, sobre el carisma vicenciano, en salón de actos de colegio La Inmaculada-Marillac.
Visionado de película “Red de libertad”, de Pablo Moreno, en el cine Paz.
Musical Sandalias de viento, en el colegio Chamberí Maristas.
21:30 horas: concierto en honor a los mártires en la basílica de la Virgen Milagrosa, con composiciones de algunos nuevos beatos.
Domingo 12 de noviembre
10:30 horas: Eucaristía de acción de gracias en la catedral de la Almudena, presidida por el cardenal Carlos Osoro.
12 horas: visita por grupos a exposición sobre el carisma vicenciano en las Casas Provinciales de las Hijas de la Caridad.

«Se manda a las parejas infértiles a reproducción asistida por no conocer otra cosa»


Madrid acoge este sábado un encuentro para informar a médicos y personal sanitario sobre la Naprotecnología, una forma de abordar los problemas de fertilidad desde la investigación médica y el respeto a la doctrina católica sobre la procreación
Desde su nacimiento, los métodos de diagnóstico de la fertilidad han servido a miles de parejas en todo el mundo no solo para distanciar sus embarazos, sino también para mejorar sus posibilidades de concebir. El motivo es sencillo: permiten detectar los días próximos a la ovulación, los únicos en los que es posible la fecundación.
Sin embargo, desde hace tres años, funciona en España la Naprotecnología. Esta corriente da un paso más allá: forma a médicos para que, desde el conocimiento y seguimiento del ciclo femenino, puedan diagnosticar y tratar un amplio abanico de problemas de fertilidad. Todo ello, desde el respeto al cuerpo de los esposos y a la doctrina católica sobre la procreación.
Este sábado a las 18 horas, la parroquia madrileña de San Germán acoge en su auditorio (c/ General Varela, 28) un encuentro informativo sobre Naprotecnología para médicos y personal sanitario.
¿Infertilidad de causa desconocida?
«Queremos que los médicos, enfermeros y farmacéuticos conozcan nuestra existencia. Primero, para que revisen sus propios diagnósticos de infertilidad, y para que puedan derivarlos hacia la Naprotecnología», explica Venancio Carrión, que se encarga de coordinar el contacto entre los pacientes, las médicos, y las monitoras del método Creighton.
Unas y otras son los dos pilares de la Naprotecnología: las monitoras enseñan a las pacientes el método Creighton de reconocimiento de la fertilidad, desarrollado por el Instituto Pablo VI para el Estudio de la Reproducción Humana de Omaha (Nebraska, Estados Unidos); y las médicos dirigen el diagnóstico y tratamiento utilizando esta información. De momento, solo hay dos en España.
«No somos una alternativa a las técnicas de reproducción asistida; no tenemos nada que ver. Nosotros no prometemos hijos, sino acompañamiento y un diagnóstico» que los médicos y clínicas de reproducción asistida muchas veces nunca dan. Una gran parte de los casos de infertilidad, explica Carrión, se atribuyen a «causas desconocidas» sin haberlos investigado en profundidad.
Detectar el problema permite ponerle remedio. Sin embargo, «muchos ginecólogos mandan a las parejas con problemas a una inseminación o una fecundación in vitro porque no conocen otra cosa».
Se buscan colaboradores
Otro objetivo del encuentro es que los ginecólogos puedan, si lo desean, convertirse en colaboradores. Las dos naprólogas españolas llevan casos de todo el país, cuando es necesario a distancia. Pero necesitan médicos dispuestos a realizar algunas pruebas en el lugar de residencia de los pacientes.
«En Barcelona tenemos dos colaboradores, que salieron de un encuentro similar al de este sábado que hicimos el año pasado en la ciudad condal –cuenta Carrión–. También estaría fenomenal que algún otro doctor se enamorara de la Naprotecnología para que, a medio plazo, también se enrolara» en el proyecto.
La formación en Naprotecnología dura unos seis meses, que incluyen dos visitas el Instituto Pablo VI de Estados Unidos, fundado en 1985 por el doctor Thomas W. Hilgers.
En España, esta forma de abordar la fertilidad funciona de forma organizada desde hace menos de un año, aunque las doctoras ya la practicaban antes. El nuevo método de trabajo les permite llevar a cada una unos 180 casos.
Desde la organización del encuentro del sábado se pide a los profesionales interesados en acudir que confirmen su asistencia a través de EventBrite. Los días 8 y 9 de diciembre se celebrará otro encuentro, ya abierto a todas las personas interesadas. Más información: www.naprotec.es.
María Martínez López

3 de noviembre: san Martín de Porres, el primer santo mulato



San Martín de Porres es patrono universal de la paz y ejemplo de sencillez, humildad y santidad. Fue el primer santo mulato de América, hijo no reconocido de un español y de una negra liberta. Vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII (1579-1639). Juan XXIII lo elevó a los altares en Roma el 6 de mayo de 1962
San Martín de Porres es el primer santo mulato de la Iglesia Católica. Nacido en Lima en 1579, fue hijo no reconocido de un español y una negra liberta. Fue bautizado en la iglesia de San Sebastián. Años más tarde fue confirmado por Santo Toribio de Mogrovejo, primer azrobispo de Lima.
Con doce años se inició en el mundo de la peluquería. Compaginaba esta labor con la de asistente en la consulta de un dentista. Fue Fray Juan de Lorenzana quien, tras conocer al chaval, le anima a entrar en el Convento de Nuestra Señora del Rosario. Como era mulato no podía ser religioso, por lo que entró en el convento como donado. Desde aquel momento se entrega al servicio, la humildad, la obediencia y el amor, y todo ello por Dios.
Dentro del convento recibe el encargo de barrer, por lo que la escoba se convierte para él en una herramienta de su santificación. Dos años después de entrar en el convento le permiten convertirse en hermano cooperador. El 2 de junio de 1603 realiza su profesión religiosa definitiva. El padre Fernando Aragonés aseguró entonces: «Se ejercitaba en la caridad día y noche, curando enfermos, dando limosna a españoles, indios y negros, a todos quería, amaba y curaba con singular amor».
Las virtudes de San Martín empezaron a cobrar fama, y eran muchos los que acudían a él para ser curados. También abundaban los que le injuriaban por envidia.
El 3 de noviembre de 1639 el mulato murió mientras sus hermanos entonaban un credo a su alrededor. Mucha gente lloró su muerte. San Martin fue beatificado en 1837 por Gregorio XVI y canonizado por san Juan XXIII en 1962.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

¿A quien se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en día de sábado?



Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 1-6
Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos lo estaban espiando.
Había allí, delante de él un hombre enfermo de hidropesía y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y a los fariseos:
«¿Es lícito curar los sábados, o no?».
Ellos se quedaron callados.
Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y a ellos les dijo:
«¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida en día de sábado?»
Y no pudieron replicar a esto.
Palabra del Señor.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Fieles difuntos: El Papa celebra la Misa en el Cementerio Americano de Neptuno


El Papa Francisco ha celebrado hoy, 2 de noviembre de 2017, la conmeración de todos los fieles difuntos, a las 15 horas en el Cementerio Americano de Neptuno, donde ha presidido la Santa Misa.
Es la primera vez que un papa celebra la Eucaristía en este cementerio.
A su llegada, el Santo Padre ha visitado las tumbas, incluidas las de un desconocido, un italo-estadounidense y un judío. Después, se ha dirigido a la sacristía para encontrarse con Mons. Marcello Semeraro, obispo de Albano, Melanie Resto, directora del Cementerio, Angelo Casto, alcalde de Neptuno, y Luciano Bruschini, alcalde de Anzio.
Al final de la celebración, el Papa se ha trasladado para visitar el Mausoleo de las Fosas Ardeatinas, donde hará un rato en oración.
El Papa Francisco será allí recibido por el honorable comisionado y el director del Santuario. También habrá miembros de la Asociación Nacional de Familias Italianas Mártires Caídos por el Patriotismo (ANFIM).
A las 18 horas, el Pontífice regresará al Vaticano, donde irá a la gruta de la Basílica Vaticana para un momento de oración privada, en el sufragio de los Sumos Pontífices enterrados allí y de todos los muertos.
Cementerio americano de Neptuno
El cementerio americano de la Segunda Guerra Mundial Sicilia-Roma y sitio conmemorativo en Italia cubre 77 acres, elevándose en una pendiente suave de una amplia piscina con una isla y cenotafio flanqueado por grupos de cipreses italianos.
Más allá del estanque se encuentra el inmenso campo de lápidas de 7.860 soldados estadounidenses de guerra militar, dispuestos en suaves arcos en amplios prados verdes bajo hileras de pinos romanos. La mayoría de estos individuos murieron en la liberación de Sicilia (del 10 de julio al 17 de agosto de 1943); en los desembarcos en la zona de Salerno (9 de septiembre de 1943) y en los intensos combates hacia el norte; en los desembarcos en la playa Anzio y la expansión de la cabeza de playa (22 de enero de 1944 a mayo de 1944); y en el apoyo aéreo y naval en las regiones.
Santuario de las fosas ardeatinas
El Mausoleo de las Fosas Ardeatinas fue creado para el recuerdo perpetuo de la cruel masacre perpetrada por los nazis en Roma el 24 de marzo de 1944, en los pozos de la calle Ardeatina; fue inaugurado solemnemente en 1949, con motivo del quinto aniversario de la masacre. Abarca en un solo complejo: las cuevas, donde se consumieron los heridos; el mausoleo; el grupo escultórico, que expresa expresamente la tragedia de los 335 mártires.
ZENIT

Xabier Pikaza: "Oficio de Difuntos: Despierte el alma dormida (renacer muriendo)"


Las restantes plantas y animales no nacen ni mueren, en sentido estricto, sino que forman parte del continuo de la vida, sin identidad personal. Sólo el hombre nace y vive en sentido estricto sabiendo que muere... Y en ese sentido podemos afirmar con la antropología que el hombre nace a la vida humana por la muerte.
Éste es un elemento clave de la vida humana. Sólo al enfrentarse con la muerte ajena, que es espejo de la suya, ha descubierto el hombres su singularidad, el sentido y tarea de la vida, por sí mismo, por los otros, como muestran los primeros restos propiamente humanos: Enterramientos, monumentos y ritos funerarios.
Los hombres han descubierto y expresado "lo divino" de su vida al enterrar a sus muertos. Así lo han destacado de un modo especial los judíos, el pueblo que más dolorosamente ha protestado contra la muerte, manteniendo vivo el aguijón del recuerdo de sus muertos, en especial de sus víctimas.

Ellos, los judíos, no han querido evadirse de ella, como han hecho otras culturas, sino que , mirando hacia la muerte, cara a cara, han aprendido y han sabido que ella cuestiona todo lo que somos, haciendo que, por otra parte,nos abramos de manera más intensa a la experiencia de los otros, por quienes (con quienes) morimos, como muestra el el gran cementerio-memorial de de la Shoa (Holocausto) en Jerusalén.
Muriendo, dejamos dolor en nuestro entorno. . Pero, si no muriéramos, sería mucho peor...Tenemos que morir, no sólo para que vivan otros, abriendo con nuestra muerte un espacio para ellos, sino también para que valoremos la vida como regalo recibido,que vamos legando a los que vienen, para "ser" así nosotros mismos en ellos.
Sólo por la muerte podemos gozar de verdad (¡dando gracias a la vida, que nos ha dado tanto!) y regalar la vida a nuestros descendientes, para vivir en ellos, compartiendo así el Camino de la Vida, en gratuidad, en esperanza.
Tema desarrollado en Gran Diccionario de la Biblia (Estella 2015). El título evoca las coplas de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida / avive el seso e despierte contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte tan callando...
«Por la muerte, por el miedo a la muerte, empieza el conocimiento del Todo... Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal». Así comenzaba Rosenzweig su libro más inquietante y luminoso: (La Estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997 43-44).
En un sentido, ese saber es maldición, como ha visto el relato del "pecado ejemplar" de Adán/Eva, en Gen 2-3: "el día en que comas morirás...". Pero, en otro sentido,ese saber que se muere (que muero) puede y debe convertirse en bendición, como signo culminante del sí a la vida, a la vida de Dios, a la vida de los otros, dando por ellos la Vida que Dios nos ha dado. Por eso, en la muerte, descubre el hombre su sentido, como ser sobre la muerte (como ser para los otros).

Sólo los hombres pueden morir por los demás; sólo los hombres pueden dar de verdad su vida, abrir su cuerpo, para que otros vivan de su mismo cuerpo, como hacen las madres y los enamorados, como hacen todos los hombres y mujeres que saben que la muerte, siendo el máximo dolor, puede ser el más hondo gozo, que consiste en poner la vida propia en la gran Corriente de la Vida.
Sólo porque sabemos que vamos a morir podemos vivir arriesgando la vida, amando de verdad a los otros. Un hombre de este mundo, condenado a no morir, sería el mayor de los monstruos, un ser angustioso y angustiante, aquel judío errante del que cuenta la leyenda que no podía morir nunca, errante en una vida eterna encerrado en su sí mismo.
Una vida para siempre sólo tiene sentido cuando cambien las condiciones de este mundo, como ha querido Jesús, como han querido y quieren millones de personas, que esperan y desean una resurrección. Sólo por la muerte (cuando damos la vida a los otros, como Jesús en la cruz) puede haber resurrección (ascensión al cielo, por citar el símbolo de María Virgen, la madre de Jesús).
Jesús cristiano. Vida en la muerte
Así lo han descubierto los cristianos en la Pascua de Jesús, sabiendo que Jesús ha muerto porque vivía, ha muerto para vivir (para que llegue el Reino), ha muerto para que otros vivan.
Así lo visto la iglesia, descubriendo que todos los creyentes (¡todos los pobres!) mueren y resucitan y suben al cielo con Jesús, a un cielo de carne, de cuerpo y alma. Por eso han podido aplicar esta experiencia a María, madre y hermana de todos, en Jesús... Por eso no hay tumba para Jesús, pues él vive en la vida de los que viven. Su tumba de Jerusalén está vacía.
Ciertamente, como hombres y mujeres del mundo viejo... seguimos recorriendo cementerios. Pero al final de todo no hay cementerio, no hay tumbas de muertos, sino una tumba vacío de muertos, un hueco inmenso de vida.
Sólo aquel que acepta la muerte puede vivir en plenitud
Sólo aquel que acepta la muerte (y que es capaz de morir en amor y por amor) puede vivir en plenitud, vive por siempre (como vemos en María).
El autor judío ya citado, Rosenzweig, supone que muchos filósofos y pensadores religiosos han querido engañar a los hombres con mentiras piadosas, diciendo que son inmortales y añadiendo que la muerte no es más que una apariencia. Pues bien, ese consuelo es mentiroso y se sitúa en la línea de la evasión gnóstica o espiritualista.
Ninguna respuesta compasiva puede aquietar a los hombres, que nacen y mueren, ninguna teoría teórica puede convencerles. Los hombres mueren, ése es su destino; mueren y no son felices... (A. Camus), pero todavía serían más infelices si no pudieran morir.
Los hombres mueren, pero pueden descubrir en la muerte la mano de Dios y ofrecer su mano de amor a todos, como ha hecho Jesús, como ha hecho María, su madre, como hacen millones de creyentes, que no ponen su vida en manos de un Todo abstracto, sino el regazo del Dios Vivo, aunque sea (¡y ha de ser!) en inquietud, como en el caso de Jesús.
Morir en cristiano es dar la vida
En ese contexto se sitúa la respuesta de la fe, cuando afirma que el sentido de la vida está en vivir para los demás... y que de esa forma la misma muerte, sin perder su bravura y dureza y enigma (¡Dios mío, Dios míos! ¿por qué me has abandonado?), se convierte en signo de solidaridad, en vida que se abre (como ha visto de un modo impresionante el evangelio de Juan, al descubrir que del costado muerto de Jesús brota la vida, de manera que la misma muerte es ya resurrección).
Pues bien, la Iglesia ha creído y cree que los muertos han y siguen muriendo como Jesús, dando la vida. Por eso ella celebra hoy la memoria de Todos los Muertos, como memoria de vida Éste es el contenido de la fe, de la fe en la carne resucitado y compartida.
La muerte es asunción
Morimos solos, pero morimos, al mismo tiempo, para todos y con todos, en la gran corriente de la vida de la que pro-venimos, en la que post-vivimos, en Aquel a quien Jesús ha llamado Dios de Vivos (Abraham, Isaac, Jacob...), no de muertos (cf. Mc 12, 37). Morimos en Dios, de manera que nuestra vida (nuestra carne) pueda hacerse vida y carne (cuerpo) para los demás.
Ésta es la fe que los judíos siguen poniendo en manos del Dios en quien esperan, ésta es la fe que los cristianos descubrimos y proclamamos en la resurrección de Jesús quien, al morir por los demás, ha desvelado y realizado por su pascua el gran don de la vida de Dios: se ha hecho "cuerpo mesiánico" para todos.
En esta línea se entiende el dogma de Asunción de María, a quien los cristianos católicos recuerdan como la "primera" de los muertos con Jesús. Así dijo el papa Pío XII el año 1950: «Cumplido el curso de su vida terrestre, ella fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (Denzinger-Hünermann 3903).
Este dogma se puede aplicar a miles y millones de cristianos (que creen en la resurrección), pero también a los miles de millones que no creen, pero que viven, quizá sin saber, en el interior de la Vida que es Dios. Esta es una palabra clave del día de Difuntos, de aquellos que viven en Dios por la muerte.
Un curso, una carrera: en cuerpo y alma.
El Papa dice que "transcurrido el curso" de la vida de María, ella ha culminado su "carrera" en Dios. Ha sido una carrera hacia la muerte, en comunión con los demás, a través de Cristo, su hijo, y de todos sus restantes hijos y hermanos (cf. Mc 3, 31-35). Pues bien, cumplido ese curso vital, que había comenzado por el nacimiento, María ha sido asumida (assumpta) a la gloria de Dios, que se identifica con la misma Resurrección y Ascensión mesiánica de su Hijo Jesús, que se expresa y expande en el camino de la Iglesia.
Un tipo de antropología helenista, dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte (porque ella es inmortal), pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección del fin de los tiempos. En contra eso, situándose en un camino distinto de experiencia antropológica y de culminación pascual, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal o, mejor dicho, como persona histórica, en comunión con las demás personas que han estado y siguen estando implicadas en su vida.
Este dogma nos sitúa en el centro del misterio cristiano, vinculado a la muerte y resurrección de Jesús, vinculado al "cuerpo y alma" de los hombres y mujeres, de todos los que de un modo o de otro, quizá sin saberlo, están unidos a Jesús.
Este dogma no niega la muerte, no dice que el alma sea inmortal por su naturaleza; no escinde o separa a María del resto de los fieles, como si a ella se le hubiera ofrecido algo que no se da a los otros, como si ella fuera la única que muere y sube (resucita) al acabar el curso de su vida. Al contrario, este dogma abre para todos los creyentes una misma experiencia pascual, asumiendo con Jesús la muerte.
Por eso, al final, no hay una tumba, ni millones de tumba... Hay un camino de vida, como el de Jesús desde Jerusalén al mundo entero
(Xabier Pikaza)

Dies natalis


La solemnidad de Todos los Santos provoca el recuerdo de los fieles difuntos, presentes todos los días en la oración de la Iglesia. La muerte para los cristianos es el momento del paso de este mundo al Padre.
En la tradición de la Iglesia, el momento de la muerte ha sido considerado como el dies natalis, el día en que el cristiano nace a la vida verdadera. En el paso ciertamente dramático y agónico a este segundo nacimiento, es preciso destacar como fundamentales las ayudas que la Iglesia puede otorgar al que experimenta este trance. Los sacramentos son un medio privilegiado para recibir las gracias oportunas en este momento, porque así como los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía constituyen una unidad llamada sacramentos de iniciación cristiana, se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía en cuanto viático, constituyen cuando la vida toca a su fin a los sacramentos que preparan para entrar en la Patria celestial o bien los sacramentos que cierran la peregrinación.
El hombre de nuestro tiempo ha perdido de vista lo que significa verdaderamente la muerte, la ve como una maldición, no ve por ningún lado la mano de Dios. Apoyado en su inteligencia, busca todos los medios posibles para corregir este mal que inevitablemente está presente; lo que en realidad hace es huir del sufrimiento, de esta dura realidad, porque en el fondo se reconoce como un ser finito, y esto lo consume más que la misma muerte.
¿Cuál es la razón de este proceder? Sencillo: ha escuchado el susurro del demonio, que le ha quitado la esperanza de la resurrección, de poder esperar en el Señor, por eso busca la «muerte digna, sin dolor», que no es otra cosa que el suicidio llamado eutanasia».
Sin embargo, gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene su sentido positivo, como dice san Pablo: «Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia» (Fil. 1,21). En la muerte Dios llama al hombre hacia sí; en el momento de la muerte el primer fenómeno que se da es la separación del cuerpo y del alma, esta visión la hemos heredado de la tradición judía, por tanto la Iglesia ya desde los primeros tiempos inculcó la veneración del cuerpo como templo del Espíritu Santo, a la espera de la resurrección de los cuerpos.
Así el cristiano que muere en Cristo Jesús «sale de este cuerpo para vivir con el Señor» (2Cor. 5,8). La Iglesia, como madre, ha llevado sacramentalmente en su seno al cristiano durante su peregrinación terrena, lo acompaña al término de su caminar para entregarlo en manos del Padre; la Iglesia ofrece al Padre, en Cristo, al hijo de su gracia y deposita en la tierra con esperanza el germen del cuerpo que resucitará en la gloria.
Todo este sentido positivo debe iluminar la conmemoración de los fieles difuntos, nuestra fe, esperanza, y caridad sobre el destino definitivo personal y el de todos los difuntos.
Monasterio Madres Dominicas
Zamora
Alfa y Omego

2 de noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos


Hoy son multitudes las que van y vienen a los cementerios que están durante todo el día llenos. En los alrededores hay puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar siquiera sea por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos. Hasta la Iglesia premia determinadas actitudes de los fieles con indulgencias aplicables a los muertos.
Se lee en cada tumba RIP –DEPA en versión moderna hispana– bien como oración que indica deseo vehemente, bien como afirmación. Al cristiano, ese fonema –iniciales de Requiescat in pace en latín o de Descanse en paz en castellano– le suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios; desde la increencia solo suena a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una «pérdida irreparable».
Sin querer, se mezcló la mentalidad pagana: terror y ambiente macabro. Corrupción, abandono y soledad. Vino el espíritu tenebroso del Renacimiento que resumía su pensamiento al respecto con calaveras, tibias cruzadas y columnas rotas como iconografía ridícula, válida para animales cuyo ser muere en su totalidad, y no para el cristiano, que vive esperando su resurrección y hace de su propia muerte el acto humano capital de entrega al Creador, sin dudosa improvisación, adiestrado por las continuas entregas diarias.
Contemplar el hecho de la muerte a lo pagano se hace irresistible para una sociedad hedonista que bien querría eliminar de raíz su recuerdo. Se contempla a diario que va en auge y tomando cuerpo el «piadoso» ocultamiento casi sistemático del cadáver como si el muerto hubiera hecho algo muy malo o vergonzoso al morirse; como si el muerto fuera algo que es preciso disimular en el tanatorio –sin mortaja a la vista– y con velatorio breve y de compromiso.
También se aprecia que la frecuente dificultad de pagar costos elevados por la muerte del familiar tiene gran parte de la culpa de que se haya borrado tan pronto la memoria de muchos muertos, o se borrará en breve, y consecuentemente desaparecen también los posibles sufragios; el tarro de las cenizas que entregaron al poco de la incineración se conservó en el sitio de honor de la casa el tiempo que duraron las lágrimas, luego llegó a estorbar porque los vecinos decían que era algo macabro, fue pasando a lugares menos dignos hasta que las cenizas se espolvorearon en el campo con hipócrita manifestación romántica y sentimentaloide, o sencillamente acabaron en el contenedor de la basura una buena noche.
Una ineludible interrogación está en la cabeza de los que creemos y también ronda en el pensamiento de los que aún conservan un recuerdo, aunque sea débil y lejano, de la existencia del más allá. ¿Están ya en la Patria los muertos motivo del recuerdo o han de purificarse todavía?
La celebración de «los que nos han precedido con el signo de la fe» comenzó con san Odilón de Cluny y se extendió por toda la Iglesia. No deja lugar a duda: Son los cristianos muertos los que motivan hoy nuestro rezo. Con los testimonios bíblicos veterotestamentarios, la fe y práctica de la Iglesia católica confiesa como verdad perteneciente a la fe la existencia del Purgatorio, ese misterioso ámbito, más allá de esta vida, donde se realiza la purificación previa a la gozosa y definitiva proyección hacia la beatitud.
La muerte, ¿esqueleto con guadaña? Los fieles difuntos no se evocan entre las brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe.
El libro del Éxodo narra la salida del Pueblo de la esclavitud con el apoteósico paso del mar Rojo donde termina el enemigo; luego vinieron la Alianza, el maná y camino largo sembrado de dificultades por el inhóspito desierto donde se hace resplandecer el cariño de Dios, la esperanza de la tierra prometida y su posesión. Encierra con su tipología un formidable paso de lo transitorio a lo estable que podría servir para explicar lo que pasa el día en que se conmemora a los fieles difuntos e incluso para revitalizar el espíritu cristiano ante la muerte, porque así es el comienzo y fin de la vida del cristiano.
Muchas cosas convendría revisar porque no pocas veces viene precedida la muerte de la falsa y burguesa idea de no facilitar la presencia del sacerdote con pretextos erróneos de respeto a la intimidad del moribundo y de sus deudos. La debilidad de la fe y el falso sentimiento de piedad hacia el agonizante impiden, en casos cada vez más frecuentes, recibir el perdón de los pecados con el sacramento de la Confesión y las mejores disposiciones ante la ruptura próxima con el sagrado signo de la Unción.
El bautizado vibra con agrado y consuelo por la comunión del Cuerpo de Cristo tomada como Viático, porque sabe que recibe al Buen Pastor –frecuente motivo evangélico en las catacumbas, pensado por los primeros cristianos–. Se siente amparado por los santos y sus méritos en su definitivo paso a la eternidad, apoyado por la Virgen María y rodeado de quienes, queriéndole, le despiden con los honores del que terminó su pelea. Sí, el Rosario y las Letanías son como las salvas de honor. ¡Cómo no besar la imagen del crucifijo redentor en la hora postrera, cuando se unen y compenetran la iglesia de la tierra, la del purgatorio y la del cielo!
Pedimos hoy que se abrevie la dolorosa impaciencia de poseer el Bien seguro y cierto, que la ansiada Luz ilumine ya sus tinieblas esperanzadas y que sean nuestros valedores cuando caminamos.
Archimadrid.org