martes, 6 de junio de 2017

Líderes musulmanes británicos se niegan a oficiar el funeral de los tres yihadistas muertos


Más de 130 imanes británicos han lanzado un comunicado de condena ante los atentados yihadistas en Londres, y han anunciado que se han negado a oficiar el entierro de los terroristas. En opinión de los líderes islámicos, "los terroristas contaminan el nombre de nuestra religión y nuestro profeta".
Para este nutrido grupo de imanes, los tres terroristas no pueden tener el "privilegio" de ser enterrados según los ritos islámicos después de haber asesinado a 7 personas y causar medio centenar de heridos. Y es que, subrayan, "los atentados son acciones indefendibles que están en completo desacuerdo con las elevadas enseñanzas del islam".
Por su parte el secretario general del "Muslim Council of Britain" Harun Khan, señaló que "somos testigos otra vez del horror desencadenado en nuestras calles". Y añadió: "Estamos profundamente consternados y condenamos estos ataque de manera firme y fuerte".
Esta vez además de condenar, las comunidades islámicas lanzaron una campaña en todas las mezquitas y asociaciones islámicas del país para "facilitar una respuesta de base al desafío del terrorismo", pidiendo sean señaladas las "actividades sospechosas" y "echando una mano" y cooperando con el Gobierno.
Señaló también su rabia porque este atentado se ha realizado durante el Ramadán, lo que "demuestra que estas personas no respetan ni la vida ni la fe". Harun Khan añadió que "estas personas no tienen que encontrar ningún lugar para esconderse" y que "hoy lanzamos una campana para exhortar a nuestras mezquitas y a las asociaciones para que aumenten su vigilancia".
Pidió reforzar "nuestras mezquitas, capacitar a nuestros imanes, a nuestros jóvenes líderes y a otros, dando instrumentos para que sepan relacionarse con los jóvenes y enfrentar la fascinación que el Isis despierta en ellos". Aseguró también que el atentado "no es el islam, no es el camino indicado por nuestro querido Profeta".
El mensaje del Consejo Musulmán Británico concluye invitando a "no hacer crecer las voces del odio" porque el ataque al Puente de Londres "nos hace enojar a todos y queremos hacer algo". Sobre las medidas más duras anunciadas por el Gobierno dijo: "Estamos de acuerdo con el Primer ministro, de que las cosas tienen que cambiar. Porque cuando es demasiado es demasiado".
Finalmente, el Padre Ángel ha respaldado la decisión de los imanes del Reino Unido que han pedido que no se oficien funerales por los terroristas que han participado en atentados como el de este fin de semana en Londres. "Dejemos ya de hacer homenajes y rezos por personas que han cometidos estas barbaridades", ha admitido el presidente de Mensajos de la Paz.
"La sociedad y la humanidad está en un momento precioso en el que todos reconocemos , incluso cuando son partes de los nuestros, que han hecho estas barbaridades", ha destacado como aspecto positivo el sacerdote en una entrevista en Antena 3 recogida por Europa Press en la que ha reconocido, no obstante, sentir "una gran tristeza" ante personas que "matan en nombre de Dios".
En su opinión, los terroristas "son excepciones, hombres que están enfermos, a los que hay que apartar, quitarles de en medio, no matarles, sino curarles" y ha abogado por trabajar desde las escuelas y las guarderías para transmitir que estas acciones "son absurdas y que hay otras formas de dialogar".

El Papa en Sta. Marta: Pio XII al esconder a los judíos cumplía las obras de misericordia


Practicar las obras de misericordia no para descargarse la conciencia sino para participar al sufrimiento de los otros, también arriesgando si fuera necesario, como hizo Pio XII al esconder a los judíos, evitando así que no fueran deportados o asesinados. Porque era una obra de misericordia salvar la vida de esa gente.
Lo indicó este lunes el papa Francisco en la homilía de la misa matutina celebrada como todos los días en la residencia Santa Marta en el Vaticano.
El Santo Padre parte de las lecturas del hoy, que narran cuando los judíos son deportados en Asiria. Tobi, ayuda a escondidas a enterrar a los judíos asesinados impunemente. Así cumplir las 14 obras de misericordia corporal y espiritual, significa no solo compartir lo que uno tiene sino también sufrir con los que sufren.
No para decir “me quito un peso de arriba” sino para compartir los problemas de los otros. El Papa invita entonces a preguntarse “¿Sé compartir, soy generoso?”. “¿Sé ponerme e los paños de quien sufre?”.
“Tantas veces se corren riegos. ¡Pensemos aquí en Roma, durante la guerra, cuántos se han puesto en peligro, iniciando por Pío XII, para esconder a los judíos de manera que no fueran asesinados, para que no fueran deportados! Arriesgaban la propia piel. ¡Pero era una obra de misericordia para salvar la vida de toda esa gente!” y subrayó la palabra: “Arriesgar”.
“Hacer obras de misericordia es incómodo”, reconoce el Pontífice.
– ‘Yo tengo una amiga enferma, querría ir a visitarla pero no tengo ganas… prefiero descansar y mirar la televisión’.
Realizar obras de misericordia significa siempre sufrir incomodidades. Son incómodas. Pero el señor sufrió la incomodidad por nosotros: acabó en la cruz para darnos misericordia”, indicó el Santo Padre.

Y ha concluido indicando que “quien es capaz de hacer una obra de misericordia es porque sabe que él mismo ha sido ‘misericordiado’. Y nosotros debemos hacer lo mismo con nuestros hermanos”.

Terroristas de Daesh se graban destrozando e incendiando una iglesia en Filipinas


El vídeo ha sido difundido por la agencia de noticias Amaq, afín a esta organización
En las últimas semanas, Daesh está aumentando la presión sobre el Ejército de Filipinas. Así lo demuestra el vídeo difundido por la agencia de noticias Amaq, afín al grupo terrorista, en el marco de los enfrentamientos que se libran en el país asiático, donde los yihadistas han vuelto a situar, en las últimas horas, a la comunidad católica como blanco de sus ataques.
En el minuto y medio que duran aproximadamente las imágenes se puede ver a un grupo de hombres armados irrumpiendo en una iglesia de la localidad de Marawi, donde comienzan a destrozar todas las imágenes y esculturas de santos y cruces que encuentran a su paso, antes de prender fuego al edificio.
No es la primera vez que los miembros de Daesh atacan un centro religioso de Filipinas. Hace unos 15 días, los yihadistas entraron en la Catedral de St. Mary’s, también en Marawi, y secuestraron a varios feligreses y a un sacerdote. En esta ocasión, los terroristas llegaron a la iglesia en un momento en el que no se estaba celebrando ninguna misa y, aunque se les puede ver también quemando una imagen del Papa Francisco, no se recoge que secuestren a nadie.
Mientras tanto, los enfrentamientos entre el Ejército filipino y el Daesh han ido en aumento en esta ciudad de 200.000 habitantes, mayoritariamente musulmanes, donde hace unos semanas estalló una revuelta, tras un ataque de las fuerzas de seguridad contra una casa en la que creyeron que se encontraba escondido el actual jefe de Daesh en Filipinas: Isnilon Hapilon.
La respuesta del presidente filipino, Rodrigo Duterte, fue decretar la ley marcial en el sur del país asiático donde se encuentra Marawi.
Alfa y Omega

Una samaritana del siglo XXI


Una preocupación que tenemos los sacerdotes es que el Evangelio no se quede en historias bonitas, sino que se haga vida y realidad en la existencia concreta de cada persona, empezando por nosotros mismos. Pero a veces el Señor se adelanta a nuestros deseos y convierte en vida real el mismo Evangelio. Hace unos domingos se proclamó el Evangelio de la samaritana, en el pozo de Jacob. Pues en ese día tuvimos otra samaritana en la parroquia.
Sucedió así: se acerca una mujer a la sacristía con una botella de plástico vacía. Quiere agua bendita para su casa. Mientras se la voy llenando, le explico la importancia de la vida en gracia para la eficacia del agua bendita. Le pregunto si se ha confesado recientemente. «Hace muchos años», comenta, un poco avergonzada. Le indico que hay un sacerdote disponible que atiende muy bien y que se sentirá mucho mejor hablando con él. Se echa a llorar. Se emociona. Necesitaba soltar un montón de cosas. Llevaba una mochila demasiado pesada. Tras una larga confesión, decide apuntarse a la catequesis para hacer la Confirmación, traer a su marido, a su hijo y venir a Misa los domingos. Al salir reflexiona: «Ni siquiera sé por qué se me ha ocurrido entrar a la parroquia a pedir agua bendita. Nunca lo había hecho».
Cuando se dispone a irse le recuerdo que se lleve la botella de agua bendita, que se le había olvidado. Igual que la samaritana que olvidó su cántaro en el pozo para ir a anunciar a los suyos el encuentro con Jesús. Lo que se narra en el Evangelio sucede en la Iglesia. Lo que Jesús hizo entonces, lo sigue haciendo con cada persona: con cántaro o con botella de plástico.
José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid

Alfa y Omega

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (12,13-17)




Los interlocutores de Jesús —discípulos de los fariseos y herodianos— se dirigen a Él con palabras de aprecio, diciendo: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie». Precisamente esta afirmación, aunque brote de hipocresía, debe llamar nuestra atención. 

Los discípulos de los fariseos y los herodianos no creen en lo que dicen. Sólo lo afirman como una captatio benevolentiae para que Jesús los escuche, pero su corazón está muy lejos de esa verdad; más bien quieren tender una trampa a Jesús para poderlo acusar. 

Para nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es sincero y enseña el camino de Dios según la verdad y no depende de nadie. Él mismo es este «camino de Dios», que nosotros estamos llamados a recorrer. Podemos recordar aquí las palabras de Jesús mismo, en el Evangelio de san Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». 

Es iluminador al respecto el comentario de san Agustín: «era necesario que Jesús dijera: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” porque, una vez conocido el camino, faltaba conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y nosotros ¿a dónde vamos sino a Él? y ¿por qué camino vamos sino por Él?» (In Ioh 69, 2). 

Los nuevos evangelizadores están llamados a ser los primeros en avanzar por este camino que es Cristo, para dar a conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. Y en este camino, nunca avanzamos solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad que se ofrece a cuantos encontramos, para hacerlos partícipes de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio unido al anuncio puede abrir el corazón de quienes están en busca de la verdad, para que puedan descubrir el sentido de su propia vida.

Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, vinculado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a Él, y sólo a Él, cada uno debe su existencia. 

Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios (...) San Agustín utilizó muchas veces esta referencia en sus homilías: (...) «Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su Rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre» (Ib., Salmo 4, 8).

Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir únicamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida. (...)

Queridos hermanos y hermanas, vosotros estáis entre los protagonistas de la nueva evangelización que la Iglesia ha emprendido y lleva adelante, no sin dificultad, pero con el mismo entusiasmo de los primeros cristianos. 

(...) La Virgen María, que no tuvo miedo de responder «sí» a la Palabra del Señor y, después de haberla concebido en su seno, se puso en camino llena de alegría y esperanza, sea siempre vuestro modelo y vuestra guía. Aprended de la Madre del Señor y Madre nuestra a ser humildes y al mismo tiempo valientes, sencillos y prudentes, mansos y fuertes, no con la fuerza del mundo, sino con la de la verdad. Amén.

(De la homilía de Benedicto XVI el 16 de octubre de 2011)

EVANGELIO DE HOY: DEN A DIOS LO QUE ES DE DIOS




Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,13-17):


Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones.

Ellos fueron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarla o no?».

Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario».

Cuando se lo mostraron, preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». 

Respondieron: «Del César».

Entonces Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». 

Y ellos quedaron admirados por la respuesta. 

Palabra del Señor

HOY (AYER) JORNADA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE. ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR NUESTRA TIERRA



Queridos amigos, hoy se celebra la Jornada Mundial del Medio Ambiente. Les invitamos a rezar por nuestra tierra y todos sus habitantes, especialmente por nuestros hermanos más necesitados, que son quienes más sufren las consecuencias de la degradación de nuestro planeta. 

Unámonos a la oración del Papa Francisco en su encíclica “Laudato Sì” sobre el cuidado de la Creación:

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.

Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas sin dañar a nadie.

Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.

Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.

Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.

Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz. Amén.

Papa: Hacer obras de misericordia es compartir y arriesgarse

Que las obras de misericordia no sean dar limosna para tranquilizar la conciencia, sino la participación en el sufrimiento de los demás, incluso corriendo riesgos y dejándose incomodar. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta en el día en que la Iglesia recuerda a San Bonifacio, mártir y apóstol de Alemania.
El Papa Francisco comenzó su reflexión a partir de la Primera Lectura, tomada del Libro de Tobías. Los hebreos habían sido deportados a Asiria: un hombre justo, llamado Tobit, ayuda a sus compatriotas pobres  – arriesgando su propia vida – a sepultar a escondidas a los que eran asesinados impunemente. Tobit experimenta tristeza di frente al sufrimiento de los demás. De aquí la reflexión del Papa sobre las catorce obras de misericordia, corporal y espiritual. Realizarlas – explicó – no significa sólo compartir lo que uno posee, sino apiadarse:
“Es decir, sufrir con quien sufre. Una obra de misericordia no es hacer alguna cosa para tranquilizar la conciencia: una obra de bien así estoy más tranquilo, me quito un peso de encima… ¡No! También es compadecerse el dolor del otro. Compartir y compadecerse: van juntas. Es misericordioso el que sabe compartir y también apiadarse de los problemas de las otras personas. Y aquí la pregunta: ¿Yo sé compartir? ¿Soy generoso? ¿Soy generosa? Pero también cuando veo a una persona que sufre, que tiene dificultades, ¿yo también sufro? ¿Sé ponerme en los zapatos de los demás? ¿En la situación de sufrimiento?”.
A los judíos deportados a Asiria se les había prohibido sepultar a sus propios compatriotas. Incluso podían ser asesinados a su vez. De este modo Tobit se arriesgaba. Realizar obras de misericordia – reafirmó Francisco – no sólo significa compartir y compadecer, sino también correr el riesgo:
“Pero tantas veces se arriesga. Pensemos aquí, en Roma. En plena guerra: cuántos corrieron riesgos, comenzando por Pío XII, por esconder a los judíos, ¡para que no fueran asesinados, para que no fueran deportados! ¡Arriesgaban el pellejo! ¡Pero salvar la vida de aquella gente era una obra de misericordia! Arriesgarse”.
El Pontífice subrayó asimismo otros dos aspectos: dijo que quien realiza obras de misericordia puede ser objeto de burla por parte de los demás – como le sucedió a Tobit – porque era considerada una persona que hacía cosas demenciales en lugar de estar tranquila. Y también –  añadió el Papa – es uno que se deja incomodar:
“Hacer obras de di misericordia incomoda. ‘Pero yo tengo un amigo, una amiga, enfermo y quisiera ir a visitarlo, pero no tengo ganas… prefiero descansar o mirar la televisión… tranquilo’. Hacer obras de misericordia siempre es padecer incomodidades. Incomodan. El Señor ha padecido la incomodidad por nosotros: fue a la cruz. Para darnos misericordia”.
Quien “es capaz de hacer una obra de misericordia” – subrayó el Santo Padre al concluir – es “porque sabe que él ha sido ‘misericordiado’ antes; que el Señor le ha dado la misericordia a él. Y si nosotros hacemos estas cosas, es porque el Señor ha tenido piedad de nosotros. Pensemos en nuestros pecados, en nuestras equivocaciones y en cómo el Señor nos ha perdonado: nos ha perdonado todo, ha tenido esta misericordia” y nosotros “hacemos lo mismo con nuestros hermanos”. “Las obras de misericordia – concluyó Francisco  – son las que nos sacan del egoísmo y nos hacen imitar a Jesús más de cerca”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

El Papa en Pentecostés: “La novedad del Espíritu: crea un pueblo nuevo y nos da un corazón nuevo”

Hoy concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.
Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.
Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).
Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.
Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.
El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.
Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».
(from Vatican Radio)

lunes, 5 de junio de 2017

Las palabras que no pudo pronunciar el catedrático abucheado en el debate Universidad Laica


«La censura no debe tener cabida en la universidad», escribe el catedrático de Filología de la Complutense, Felipe Hernández. Encuentros Complutense organizó el 9 de mayo, con la asociación Europa Laica, un debate en la Biblioteca Histórica con el título Universidad laica, en el que todos los participantes se pronunciaron a favor de la eliminación de las capillas y símbolos cristianos de la universidad. En el turno de intervenciones del público el catedrático pidió la palabra para argumentar sus discrepancias, pero tuvo que dejar su discurso a medias por los gritos y abucheos de muchos de los asistentes. En este artículo expone lo que ese día le impidieron decir
Como otros muchos colegas, yo también había recibido un correo institucional con la invitación al acto organizado por la Universidad Complutense de Madrid, el 9 de mayo, sobre Universidad laica. Allí acudí con la esperanza –que luego resultó frustrada– de asistir a algo parecido a un debate, a un verdadero encuentro, con intercambio razonado de ideas y argumentos sobre un tema, organizado en un ámbito tan proclive al debate como es –o debería serlo– la propia universidad. Pero la verdad es que el acto, de debate o diálogo tuvo poco: los seis miembros de la mesa, incluido su moderador –profesor de la Complutense, pero integrante también de la junta directiva de Madrid Laica, ya representada en la mesa por otro miembro–, hilvanaron un largo monólogo de casi dos horas de duración con un mismo hilo conductor: que la existencia de capillas y otros símbolos cristianos en la Universidad Complutense, como en otros espacios públicos, es un hecho anacrónico y singular de España, herencia de su nacionalcatolicismo, a diferencia de lo que ocurre en el resto de países civilizados, y muestra de los privilegios que aún conserva la Iglesia católica en nuestro país.
Como al finalizar las intervenciones el moderador abrió el turno para que lo hiciera el público asistente –por cierto, poco numeroso–, pedí la palabra para, en uso de una legítima libertad de expresión, exponer educadamente mis discrepancias sobre mucho de lo que allí se había manifestado. Se me concedió, pero en pleno uso de la palabra tuve que interrumpirla abruptamente y abandonar el micrófono por las protestas y gritos de la mayoría del público y la pasividad de la mesa. Agradezco, pues, que se me dé ahora la oportunidad que entonces no tuve.
Oxford, Cambridge, Harvard… mantienen los símbolos cristianos
Comencé mi intervención aclarando que mi intención no era provocativa, sino deseosa en lo posible de enriquecer el debate, poniendo sobre la mesa ideas diferentes a las que se habían expuesto hasta ese momento. En primer lugar, que la Universidad Complutense no es una rara avis en el panorama occidental, sino que universidades tan prestigiosas como Oxford, Cambridge o Harvard, por citar algunos ejemplos, siguen manteniendo sin problemas esos símbolos cristianos que se quieren eliminar de la Complutense. Recordé, en concreto, el lema del escudo oficial de la Universidad de Oxford (Dominus illuminatio meaEl Señor es mi inspiración); del Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, institución germinal de la física moderna, en la que trabajaron Newton y tantos premios Nobel, cuya entrada está enmarcada por un versículo del salmo 111 de la Biblia («Grandes son las obras del Señor para los que se deleitan en su estudio»); e incluso del lema, bajo una cruz, del escudo oficial del Ayuntamiento de Londres: Domine, dirige nos (Señor, dirígenos).
Como en la mesa había representación académica del ámbito jurídico, mostré también mi extrañeza de que nadie se hubiera referido a la sentencia de marzo de 2011 del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que, casi por unanimidad y a propósito de la presencia de crucifijos en la escuela pública italiana, determinó que dicha presencia no viola en modo alguno el derecho a la libertad de pensamiento y religión, sino que, por el contrario, sintetiza los valores sobre los que se apoya la cultura europea y la propia civilización occidental, como son el respeto a la dignidad de la persona humana y su libertad.
Después me referí también al escudo oficial de la propia Universidad Complutense, que presidía el acto, y recordé que si figura en él un gran cisne es en recuerdo y homenaje a su fundador, el cardenal Cisneros –de cuya muerte se cumple precisamente este año el quinto centenario– y que lo que hay bajo ese cisne es el cordón de san Francisco, orden a la que pertenecía Cisneros. Aludí también a la magna obra filológica que intentaba promover Cisneros cuando fundó la Complutense, la Biblia políglota, y recordé asimismo el lema central del escudo de la universidad, tomado del poeta latino Lucrecio II, 148: Libertas perfundet omnia luce (La Libertad inundará todo con su luz). En nombre de esa libertad reivindiqué, hasta donde me dejaron, el derecho que tenemos todos los universitarios (estudiantes, profesores…) católicos –religión mayoritaria en España y, por tanto, también en la Complutense– a ejercer nuestra fe también en los espacios públicos, incluida la universidad, como garantiza el artículo 16 de la Constitución Española.
La iglesia, fundadora de universidades
A las dos representantes feministas de la mesa quise también recordarles que el cristianismo no va contra los derechos humanos y, más en concreto, de la mujer, sino que, por el contrario, como han reconocido incluso filósofos e intelectuales alejados de él, hay una cadena de eslabones luminosos. Se inicia con el Evangelio, continúa con la fundación de las universidades por la Iglesia durante la Edad Media y el Renacimiento, prosigue con los principios rectores de los pensadores y legisladores ingleses, americanos y franceses (y, antes, también españoles: recuérdense las admirables aportaciones de la llamada Escuela de Salamanca, de Domingo de Soto, Luis de Molina, Francisco Suárez o Bartolomé de las Casas, con esa primera gran reivindicación de la libertad individual y de la soberanía del pueblo, inusitada para su época) que abolieron la esclavitud y definieron la esencia de la democracia, y que han tenido su última plasmación en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por supuesto, en esa historia de grandes luces también ha habido, y hay, espacio para las sombras, pero ¿qué institución en la que participen seres humanos no las tiene, sobre todo si es milenaria?
Entre esas luces quise referirme particularmente a lo que supone la consideración, fundamental en el cristianismo, de hombre y mujer como imagen de Dios, lo que confiere al ser humano una dignidad sagrada (res sacra, que diría Séneca) e inalienable, con los mismos derechos y obligaciones; que, al ser todos hijos e hijas de Dios, somos también hermanos y depositarios de su Espíritu que vivimos en una casa común que debemos cuidar y estamos unidos por un vínculo, también sagrado, de amor y fraternidad; y que esta consideración se extiende, sin excepciones, a todos los seres humanos, particularmente a los más excluidos y vulnerables, tanto en aquel mundo en el que históricamente surgió el cristianismo –mujeres, niños, esclavos, refugiados, emigrantes, pobres, ancianos, enfermos…–, como en este, esas periferias que tanto preocupan al Papa y para los que la Iglesia debería ser siempre un acogedor hospital de campaña.
La censura no cabe en una universidad
Lo último que a duras penas pude decir a ese público, ya sin micrófono, es que la censura no debe tener cabida en la universidad, porque lo propio no solo de la universidad, sino de cualquier ámbito civilizado, es un verdadero encuentro, un dia-logos, un intercambio razonado, respetuoso y libre, y a ser posible amable, de argumentos y opiniones. En este tema, ¿es también España diferente? ¿Algún presidente español podrá acabar algún día sus discursos, como la hacía el presidente –demócrata– Obama, con un «Dios bendiga América», sin que nadie se rasgue las vestiduras?
Tengo, por último, la impresión de que este debate no preocupa actualmente demasiado ni a la sociedad española en su conjunto, ni particularmente a sus campus universitarios, por más que una minoría, muy mediática e influyente, se empeñe continuamente en reavivarlo. Al menos, las encuestas que diversos medios de comunicación han realizado sobre el tema muestran a una inmensa mayoría que no ve problemas en que haya capillas y otros símbolos religiosos en los espacios públicos. Otra cosa es la composición de las juntas de facultades y otros órganos de representación, que quizá no reflejen del todo esa realidad, en buena medida por la desidia de los que erróneamente suelen inhibirse –y me incluyo entre ellos– en los procesos electorales que periódicamente se convocan. No es, en definitiva, una cuestión de derechas ni de izquierdas, sino de derechos y libertades, en mayúsculas, y de que, en el ámbito concreto que nos ocupa, la universidad sea verdaderamente eso, universal, y nos represente y acoja a todos como alma mater que es o debería ser.
Si alguien lee la reseña tan parcial que del acto ha publicado la revista oficial de la Universidad Complutense, la Tribuna Complutense (reproducción exacta, por cierto, de la publicada por Laicismo.org), verá que, al menos en este caso, no se han respetado esos principios de libertad y pluralidad que deben iluminar toda universidad, máxime si es pública, como la Complutense.
Felipe G. Hernández Muñoz
Catedrático del Departamento de Filología Griega y Lingüística Indoeuropea. Facultad de Filología. Universidad Complutense de Madrid

Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (12,1-12) POR EL PAPA FRANCISCO



Está claro a quién se dirige Jesús con esta parábola: a los jefes de los sacerdotes, a los escribas y a los ancianos del pueblo. Para ellos, el Señor usa «la imagen de la vid», que «en la Biblia es la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma». 

Así, «el Señor planta una viña, la rodea de una cerca, cava un lagar y edifica una torre». Precisamente en este trabajo se reconoce «todo el amor y la ternura de Dios para hacer a su pueblo: esto el Señor lo ha hecho siempre con tanto amor y con tanta ternura. Él recuerda siempre a este pueblo cuando le era fiel, cuando lo seguía en el desierto, cuando buscaba su Rostro». 

Pero «después la situación se volvió al revés y el pueblo se adueñó de este don de Dios», al grito de “nosotros somos nosotros, somos libres”. Ese pueblo «no piensa, no recuerda que fueron las manos, el corazón de Dios quien lo hizo, y así se convierte en un pueblo sin memoria, un pueblo sin profecía, un pueblo sin esperanza».

Es, por lo tanto, «a los dirigentes de este pueblo» a quienes Jesús se dirige «con esta parábola: un pueblo sin memoria ha perdido la memoria del don, del regalo; y atribuye a sí mismo lo que es. Jesús mismo destaca la importancia de la memoria: un pueblo sin memoria no es un pueblo, olvida sus raíces, olvida su historia».

Moisés, en el libro del Deuteronomio, repite numerosas veces este concepto: «¡Recordad, recuerda!». Este es, en efecto, «el libro de la memoria del pueblo, del pueblo de Israel; es el libro de la memoria de la Iglesia, aunque es también el libro de nuestra memoria personal». Es precisamente «la dimensión deuteronómica de la vida, de la vida de un pueblo o de la vida de una persona, que hace siempre volver a las raíces para recordar y poder no equivocarse en el camino». 

En cambio, las personas a quienes Jesús se dirige con la parábola «habían perdido la memoria: habían perdido la memoria del don, del regalo de Dios que había hecho a ellos». «Perdida la memoria, es un pueblo incapaz de hacer espacio para los profetas». Jesús mismo, en efecto, «les dice que han asesinado a los profetas, porque los profetas estorban, los profetas nos dicen siempre lo que nosotros no queremos escuchar». 

Y así, «Daniel en Babilonia se lamenta: “nosotros, hoy, no tenemos profetas”». Palabras que encierran la realidad «de un pueblo sin profetas» que les indican «el camino y les recuerdan: el profeta es el que tiene la memoria y hace ir adelante». Es así que «Jesús dice a los jefes del pueblo: “vosotros habéis perdido la memoria y no tenéis profetas. Es más: cuando teníais a los profetas, vosotros los habéis asesinado”».

Por lo demás, la actitud de los jefes del pueblo era evidente: «Nosotros no tenemos necesidad de los profetas, nosotros somos nosotros». Pero «sin memoria y sin profetas se convierte en un pueblo sin esperanza, un pueblo sin horizonte, un pueblo cerrado en sí mismo que no se abre a las promesas de Dios, que no espera las promesas de Dios». Por lo tanto, «un pueblo sin memoria, sin profecía y sin esperanza: este es el pueblo que los jefes de los sacerdotes, los escribas, los ancianos han hecho del pueblo de Israel».

Y «¿dónde está la fe? En la muchedumbre»: en el Evangelio se lee que «buscaban capturar a Jesús, pero tuvieron miedo de la gente». Esas personas, en efecto, «habían entendido la verdad y, en medio de sus pecados tenían memoria, estaban abiertos a la profecía y buscaban la esperanza». Un ejemplo, en este sentido, viene de «dos ancianillos, Simeón y Anna, personas de memoria, de profecía y de esperanza».

En cambio «los jefes del pueblo» legitimaban su pensamiento rodeándose «de abogados, doctores de la ley, que elaboran un sistema jurídico cerrado: había casi 600 preceptos». Y así «cerrado, seguro» era su pensamiento, con la idea que «se salvarán los que hacen esto; no nos importan los demás». Por lo que respecta «la profecía: mejor que no vengan los profetas». Este «es el sistema a través del cual se legitiman: doctores de la ley, teólogos que siempre caminan en la vía de la casuística y no permiten la libertad del Espíritu Santo; no reconocen el don de Dios, el don del Espíritu y enjaulan al Espíritu porque no permiten la profecía en la esperanza».

Es precisamente «este el sistema religioso del cual habla Jesús». Un sistema «de corrupción, de mundanidad y de concupiscencia», como dice el pasaje tomado de la segunda carta de san Pedro (1, 2-7), propuesto en la primera lectura. Incluso Jesús mismo «fue tentado de perder la memoria de su misión, para no dar lugar a la profecía y de elegir la seguridad en lugar de la esperanza». Este es el sentido de «las tres tentaciones del desierto: “realiza un milagro y muestra tu poder”, “tírate del alero del templo y así todos creerán”; “adórame”».

«A esta gente Jesús, porque conocía en sí mismo las tentaciones» del «sistema cerrado», la reprende por recorrer «medio mundo para obtener un prosélito» y para «hacerlo esclavo». Y así «este pueblo tan organizado, esta iglesia así organizada, hace esclavos». De tal modo que «se entiende cómo reacciona Pablo, cuando habla de la esclavitud de la ley y de la libertad que te da la gracia». Porque «un pueblo es libre, una Iglesia es libre cuando tiene memoria, cuando deja el lugar a los profetas, cuando no pierde la esperanza».

«Que el Señor nos enseñe esta lección, también para nuestra vida». Preguntémonos, en un auténtico examen de conciencia: «¿tengo memoria de las maravillas que el Señor hizo en mi vida? ¿Tengo memoria de los dones de Dios? ¿Soy capaz de abrir el corazón a los profetas, es decir a quien me dice: “esto no funciona, deber ir por ahí, sigue adelante, arriesga”, como hacen los profetas? ¿Estoy abierto a ello o tengo miedo y prefiero encerrarme en la jaula de la ley?». Y al final: «¿Tengo esperanza en las promesas de Dios, como la tuvo nuestro padre Abrahán, que salió de su tierra sin saber a dónde dirigirse, sólo porque confiaba en Dios?»

(Homilía en Santa Marta del 30 de mayo 2016)

EVANGELIO DE HOY: LOS VIÑADORES MALVADOS



Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,1-12):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: 

Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. 

A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. 

Les envió otro criado; a éste lo insultaron y lo descalabraron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos los apalearon o los mataron. 

Le quedaba uno, su hijo querido. Y lo envió el último, pensando que a su hijo lo respetarían. Pero los labradores se dijeron: "Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia." Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 

¿Qué hará el dueño de la viña? Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"?»

Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor

domingo, 4 de junio de 2017

Vivir a Dios desde dentro


Hace algunos años, el gran teólogo alemán Karl Rahner se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos era su «mediocridad espiritual». Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es «seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual».
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por lo «exterior». Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando qué es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta hoy una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger a Dios en nuestro interior quiere decir al menos dos cosas. La primera: no colocar a Dios siempre lejos y fuera de nosotros, es decir, aprender a escucharlo en el silencio del corazón. La segunda: bajar a Dios de la cabeza a lo profundo de nuestro ser, es decir, dejar de pensar en Dios solo con la mente y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nosotros.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, puede transformar nuestra fe. Uno se sorprende de cómo hemos podido vivir sin descubrirla antes. Es posible encontrar a Dios dentro de nosotros en medio de una cultura secularizada. Es posible también hoy conocer una alegría interior nueva y diferente. Pero me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.
José Antonio Pagola
Pentecostés - A  (Juan 20,19-23)


Francisco explica a los niños que los pequeños gestos cambian al mundo


El Papa Francisco recibió en audiencia este viernes en el Aula Pablo VI, a unos seis mil estudiantes, padres y profesores de a la experiencia educativa italiana Caballeros del Grial, que le recibieron con manifestaciones de alegría.
“Los Caballeros de San Esteban” que buscan el Grial, nació en el Movimiento de Comunión y Liberación. También había grupos que llegaron de España, Portugal, Francia y Suiza. Además de otros conectados por internet desde Paraguay y Brasil.
El papa Francisco respondió a diversas preguntas realizadas por estos estudiantes de los tres últimos años de la escuela primaria italiana.
Respondiendo a una pregunta, el Santo Padre señaló que “la vida es un continuo ‘buenos días’ y ‘adiós’. Muchas veces es un ‘adiós’ breve, pero otras es un ‘adiós’ para años o para siempre. Se crece conociendo y despidiendo. Si tú no aprendes a despedirte bien, jamás aprenderás a conocer nueva gente”.
El Santo Padre les animó también a mirar hacia uno de las paredes del Aula Pablo VI. “Mira a esa pared. ¿Qué hay detrás? ¿No lo sabes? Así es el modo en que una persona no puede crecer. Tiene un muro delante. No se sabe qué hay al otro lado”.
Po ello “debemos aprender a mirar la vida mirando horizontes. Siempre más, siempre más. Siempre adelante. Esto es el conocer nuevas gentes, conocer nuevas situaciones…”.
Lo que no significa olvidarse de los viejos amigos. “No, siempre hay un lindo recuerdo. Con frecuencia nos reencontramos con los antiguos compañeros, te saludan. Pero debemos continuar siempre adelante para crecer”.
¿Cómo cambiar al mundo? “Si ya es difícil para la gente grande, para la gente que ha estudiado, para la gente que tiene la capacidad de gobernar los países, cuanto más difícil será para un niño o una niña, ¿no?”
Y les preguntó: ¿Es posible? Dio el ejemplo de dos niños, uno que tiene dos caramelos en el bolsillo y comparte uno, en cambio el otro espera que su amigo se vaya para comerse los dos. “La primera es una actitud positiva, la otra es una actitud egoísta, negativa”, dijo.
“Para cambiar el mundo hace falta tener la mano abierta. La mano es un símbolo del corazón. Es decir, hace falta tener el corazón abierto”. O sea hay que “cambiar el mundo con las pequeñas cosas de cada día, con la generosidad, con el compartir, escuchando a los demás y creando actitudes de fraternidad”. Si alguno me insulta, y yo le insulto, eso es tener el corazón cerrado. En cambio, si alguno me insulta y yo no respondo, eso es tener el corazón abierto”. Y pidió: “¡Nunca respondáis al mal con el mal!”.
¿Cómo entender el sufrimiento? El Santo Padre señaló el caso de un hospital de niños, “¿Cómo se puede pensar que Dios ame a esos niños y les deje enfermar, les deje morir, muchas veces?”. Y añadió: “¿Por qué hay niños en el mundo que sufren hambre, mientras que en otros lugares del mundo derrochan? ¿Por qué?”. Reconoció que “hay preguntas que no se pueden responder con las palabras. No tengo palabras para explicarlo”. Si bien el Pontífice indicó que a veces no hay explicación “al por qué” sino al “para qué”.
“Pero detrás de ello, siempre está el amor de Dios”. Y ” si alguien te dice: ‘ven que te lo explico’, duda. Sólo te harán sentir el amor de Dios aquellos que te sostienen, que te acompañan y te llevan adelante”.
ZENIT