lunes, 5 de junio de 2017

Las palabras que no pudo pronunciar el catedrático abucheado en el debate Universidad Laica


«La censura no debe tener cabida en la universidad», escribe el catedrático de Filología de la Complutense, Felipe Hernández. Encuentros Complutense organizó el 9 de mayo, con la asociación Europa Laica, un debate en la Biblioteca Histórica con el título Universidad laica, en el que todos los participantes se pronunciaron a favor de la eliminación de las capillas y símbolos cristianos de la universidad. En el turno de intervenciones del público el catedrático pidió la palabra para argumentar sus discrepancias, pero tuvo que dejar su discurso a medias por los gritos y abucheos de muchos de los asistentes. En este artículo expone lo que ese día le impidieron decir
Como otros muchos colegas, yo también había recibido un correo institucional con la invitación al acto organizado por la Universidad Complutense de Madrid, el 9 de mayo, sobre Universidad laica. Allí acudí con la esperanza –que luego resultó frustrada– de asistir a algo parecido a un debate, a un verdadero encuentro, con intercambio razonado de ideas y argumentos sobre un tema, organizado en un ámbito tan proclive al debate como es –o debería serlo– la propia universidad. Pero la verdad es que el acto, de debate o diálogo tuvo poco: los seis miembros de la mesa, incluido su moderador –profesor de la Complutense, pero integrante también de la junta directiva de Madrid Laica, ya representada en la mesa por otro miembro–, hilvanaron un largo monólogo de casi dos horas de duración con un mismo hilo conductor: que la existencia de capillas y otros símbolos cristianos en la Universidad Complutense, como en otros espacios públicos, es un hecho anacrónico y singular de España, herencia de su nacionalcatolicismo, a diferencia de lo que ocurre en el resto de países civilizados, y muestra de los privilegios que aún conserva la Iglesia católica en nuestro país.
Como al finalizar las intervenciones el moderador abrió el turno para que lo hiciera el público asistente –por cierto, poco numeroso–, pedí la palabra para, en uso de una legítima libertad de expresión, exponer educadamente mis discrepancias sobre mucho de lo que allí se había manifestado. Se me concedió, pero en pleno uso de la palabra tuve que interrumpirla abruptamente y abandonar el micrófono por las protestas y gritos de la mayoría del público y la pasividad de la mesa. Agradezco, pues, que se me dé ahora la oportunidad que entonces no tuve.
Oxford, Cambridge, Harvard… mantienen los símbolos cristianos
Comencé mi intervención aclarando que mi intención no era provocativa, sino deseosa en lo posible de enriquecer el debate, poniendo sobre la mesa ideas diferentes a las que se habían expuesto hasta ese momento. En primer lugar, que la Universidad Complutense no es una rara avis en el panorama occidental, sino que universidades tan prestigiosas como Oxford, Cambridge o Harvard, por citar algunos ejemplos, siguen manteniendo sin problemas esos símbolos cristianos que se quieren eliminar de la Complutense. Recordé, en concreto, el lema del escudo oficial de la Universidad de Oxford (Dominus illuminatio meaEl Señor es mi inspiración); del Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, institución germinal de la física moderna, en la que trabajaron Newton y tantos premios Nobel, cuya entrada está enmarcada por un versículo del salmo 111 de la Biblia («Grandes son las obras del Señor para los que se deleitan en su estudio»); e incluso del lema, bajo una cruz, del escudo oficial del Ayuntamiento de Londres: Domine, dirige nos (Señor, dirígenos).
Como en la mesa había representación académica del ámbito jurídico, mostré también mi extrañeza de que nadie se hubiera referido a la sentencia de marzo de 2011 del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, que, casi por unanimidad y a propósito de la presencia de crucifijos en la escuela pública italiana, determinó que dicha presencia no viola en modo alguno el derecho a la libertad de pensamiento y religión, sino que, por el contrario, sintetiza los valores sobre los que se apoya la cultura europea y la propia civilización occidental, como son el respeto a la dignidad de la persona humana y su libertad.
Después me referí también al escudo oficial de la propia Universidad Complutense, que presidía el acto, y recordé que si figura en él un gran cisne es en recuerdo y homenaje a su fundador, el cardenal Cisneros –de cuya muerte se cumple precisamente este año el quinto centenario– y que lo que hay bajo ese cisne es el cordón de san Francisco, orden a la que pertenecía Cisneros. Aludí también a la magna obra filológica que intentaba promover Cisneros cuando fundó la Complutense, la Biblia políglota, y recordé asimismo el lema central del escudo de la universidad, tomado del poeta latino Lucrecio II, 148: Libertas perfundet omnia luce (La Libertad inundará todo con su luz). En nombre de esa libertad reivindiqué, hasta donde me dejaron, el derecho que tenemos todos los universitarios (estudiantes, profesores…) católicos –religión mayoritaria en España y, por tanto, también en la Complutense– a ejercer nuestra fe también en los espacios públicos, incluida la universidad, como garantiza el artículo 16 de la Constitución Española.
La iglesia, fundadora de universidades
A las dos representantes feministas de la mesa quise también recordarles que el cristianismo no va contra los derechos humanos y, más en concreto, de la mujer, sino que, por el contrario, como han reconocido incluso filósofos e intelectuales alejados de él, hay una cadena de eslabones luminosos. Se inicia con el Evangelio, continúa con la fundación de las universidades por la Iglesia durante la Edad Media y el Renacimiento, prosigue con los principios rectores de los pensadores y legisladores ingleses, americanos y franceses (y, antes, también españoles: recuérdense las admirables aportaciones de la llamada Escuela de Salamanca, de Domingo de Soto, Luis de Molina, Francisco Suárez o Bartolomé de las Casas, con esa primera gran reivindicación de la libertad individual y de la soberanía del pueblo, inusitada para su época) que abolieron la esclavitud y definieron la esencia de la democracia, y que han tenido su última plasmación en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por supuesto, en esa historia de grandes luces también ha habido, y hay, espacio para las sombras, pero ¿qué institución en la que participen seres humanos no las tiene, sobre todo si es milenaria?
Entre esas luces quise referirme particularmente a lo que supone la consideración, fundamental en el cristianismo, de hombre y mujer como imagen de Dios, lo que confiere al ser humano una dignidad sagrada (res sacra, que diría Séneca) e inalienable, con los mismos derechos y obligaciones; que, al ser todos hijos e hijas de Dios, somos también hermanos y depositarios de su Espíritu que vivimos en una casa común que debemos cuidar y estamos unidos por un vínculo, también sagrado, de amor y fraternidad; y que esta consideración se extiende, sin excepciones, a todos los seres humanos, particularmente a los más excluidos y vulnerables, tanto en aquel mundo en el que históricamente surgió el cristianismo –mujeres, niños, esclavos, refugiados, emigrantes, pobres, ancianos, enfermos…–, como en este, esas periferias que tanto preocupan al Papa y para los que la Iglesia debería ser siempre un acogedor hospital de campaña.
La censura no cabe en una universidad
Lo último que a duras penas pude decir a ese público, ya sin micrófono, es que la censura no debe tener cabida en la universidad, porque lo propio no solo de la universidad, sino de cualquier ámbito civilizado, es un verdadero encuentro, un dia-logos, un intercambio razonado, respetuoso y libre, y a ser posible amable, de argumentos y opiniones. En este tema, ¿es también España diferente? ¿Algún presidente español podrá acabar algún día sus discursos, como la hacía el presidente –demócrata– Obama, con un «Dios bendiga América», sin que nadie se rasgue las vestiduras?
Tengo, por último, la impresión de que este debate no preocupa actualmente demasiado ni a la sociedad española en su conjunto, ni particularmente a sus campus universitarios, por más que una minoría, muy mediática e influyente, se empeñe continuamente en reavivarlo. Al menos, las encuestas que diversos medios de comunicación han realizado sobre el tema muestran a una inmensa mayoría que no ve problemas en que haya capillas y otros símbolos religiosos en los espacios públicos. Otra cosa es la composición de las juntas de facultades y otros órganos de representación, que quizá no reflejen del todo esa realidad, en buena medida por la desidia de los que erróneamente suelen inhibirse –y me incluyo entre ellos– en los procesos electorales que periódicamente se convocan. No es, en definitiva, una cuestión de derechas ni de izquierdas, sino de derechos y libertades, en mayúsculas, y de que, en el ámbito concreto que nos ocupa, la universidad sea verdaderamente eso, universal, y nos represente y acoja a todos como alma mater que es o debería ser.
Si alguien lee la reseña tan parcial que del acto ha publicado la revista oficial de la Universidad Complutense, la Tribuna Complutense (reproducción exacta, por cierto, de la publicada por Laicismo.org), verá que, al menos en este caso, no se han respetado esos principios de libertad y pluralidad que deben iluminar toda universidad, máxime si es pública, como la Complutense.
Felipe G. Hernández Muñoz
Catedrático del Departamento de Filología Griega y Lingüística Indoeuropea. Facultad de Filología. Universidad Complutense de Madrid

Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (12,1-12) POR EL PAPA FRANCISCO



Está claro a quién se dirige Jesús con esta parábola: a los jefes de los sacerdotes, a los escribas y a los ancianos del pueblo. Para ellos, el Señor usa «la imagen de la vid», que «en la Biblia es la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma». 

Así, «el Señor planta una viña, la rodea de una cerca, cava un lagar y edifica una torre». Precisamente en este trabajo se reconoce «todo el amor y la ternura de Dios para hacer a su pueblo: esto el Señor lo ha hecho siempre con tanto amor y con tanta ternura. Él recuerda siempre a este pueblo cuando le era fiel, cuando lo seguía en el desierto, cuando buscaba su Rostro». 

Pero «después la situación se volvió al revés y el pueblo se adueñó de este don de Dios», al grito de “nosotros somos nosotros, somos libres”. Ese pueblo «no piensa, no recuerda que fueron las manos, el corazón de Dios quien lo hizo, y así se convierte en un pueblo sin memoria, un pueblo sin profecía, un pueblo sin esperanza».

Es, por lo tanto, «a los dirigentes de este pueblo» a quienes Jesús se dirige «con esta parábola: un pueblo sin memoria ha perdido la memoria del don, del regalo; y atribuye a sí mismo lo que es. Jesús mismo destaca la importancia de la memoria: un pueblo sin memoria no es un pueblo, olvida sus raíces, olvida su historia».

Moisés, en el libro del Deuteronomio, repite numerosas veces este concepto: «¡Recordad, recuerda!». Este es, en efecto, «el libro de la memoria del pueblo, del pueblo de Israel; es el libro de la memoria de la Iglesia, aunque es también el libro de nuestra memoria personal». Es precisamente «la dimensión deuteronómica de la vida, de la vida de un pueblo o de la vida de una persona, que hace siempre volver a las raíces para recordar y poder no equivocarse en el camino». 

En cambio, las personas a quienes Jesús se dirige con la parábola «habían perdido la memoria: habían perdido la memoria del don, del regalo de Dios que había hecho a ellos». «Perdida la memoria, es un pueblo incapaz de hacer espacio para los profetas». Jesús mismo, en efecto, «les dice que han asesinado a los profetas, porque los profetas estorban, los profetas nos dicen siempre lo que nosotros no queremos escuchar». 

Y así, «Daniel en Babilonia se lamenta: “nosotros, hoy, no tenemos profetas”». Palabras que encierran la realidad «de un pueblo sin profetas» que les indican «el camino y les recuerdan: el profeta es el que tiene la memoria y hace ir adelante». Es así que «Jesús dice a los jefes del pueblo: “vosotros habéis perdido la memoria y no tenéis profetas. Es más: cuando teníais a los profetas, vosotros los habéis asesinado”».

Por lo demás, la actitud de los jefes del pueblo era evidente: «Nosotros no tenemos necesidad de los profetas, nosotros somos nosotros». Pero «sin memoria y sin profetas se convierte en un pueblo sin esperanza, un pueblo sin horizonte, un pueblo cerrado en sí mismo que no se abre a las promesas de Dios, que no espera las promesas de Dios». Por lo tanto, «un pueblo sin memoria, sin profecía y sin esperanza: este es el pueblo que los jefes de los sacerdotes, los escribas, los ancianos han hecho del pueblo de Israel».

Y «¿dónde está la fe? En la muchedumbre»: en el Evangelio se lee que «buscaban capturar a Jesús, pero tuvieron miedo de la gente». Esas personas, en efecto, «habían entendido la verdad y, en medio de sus pecados tenían memoria, estaban abiertos a la profecía y buscaban la esperanza». Un ejemplo, en este sentido, viene de «dos ancianillos, Simeón y Anna, personas de memoria, de profecía y de esperanza».

En cambio «los jefes del pueblo» legitimaban su pensamiento rodeándose «de abogados, doctores de la ley, que elaboran un sistema jurídico cerrado: había casi 600 preceptos». Y así «cerrado, seguro» era su pensamiento, con la idea que «se salvarán los que hacen esto; no nos importan los demás». Por lo que respecta «la profecía: mejor que no vengan los profetas». Este «es el sistema a través del cual se legitiman: doctores de la ley, teólogos que siempre caminan en la vía de la casuística y no permiten la libertad del Espíritu Santo; no reconocen el don de Dios, el don del Espíritu y enjaulan al Espíritu porque no permiten la profecía en la esperanza».

Es precisamente «este el sistema religioso del cual habla Jesús». Un sistema «de corrupción, de mundanidad y de concupiscencia», como dice el pasaje tomado de la segunda carta de san Pedro (1, 2-7), propuesto en la primera lectura. Incluso Jesús mismo «fue tentado de perder la memoria de su misión, para no dar lugar a la profecía y de elegir la seguridad en lugar de la esperanza». Este es el sentido de «las tres tentaciones del desierto: “realiza un milagro y muestra tu poder”, “tírate del alero del templo y así todos creerán”; “adórame”».

«A esta gente Jesús, porque conocía en sí mismo las tentaciones» del «sistema cerrado», la reprende por recorrer «medio mundo para obtener un prosélito» y para «hacerlo esclavo». Y así «este pueblo tan organizado, esta iglesia así organizada, hace esclavos». De tal modo que «se entiende cómo reacciona Pablo, cuando habla de la esclavitud de la ley y de la libertad que te da la gracia». Porque «un pueblo es libre, una Iglesia es libre cuando tiene memoria, cuando deja el lugar a los profetas, cuando no pierde la esperanza».

«Que el Señor nos enseñe esta lección, también para nuestra vida». Preguntémonos, en un auténtico examen de conciencia: «¿tengo memoria de las maravillas que el Señor hizo en mi vida? ¿Tengo memoria de los dones de Dios? ¿Soy capaz de abrir el corazón a los profetas, es decir a quien me dice: “esto no funciona, deber ir por ahí, sigue adelante, arriesga”, como hacen los profetas? ¿Estoy abierto a ello o tengo miedo y prefiero encerrarme en la jaula de la ley?». Y al final: «¿Tengo esperanza en las promesas de Dios, como la tuvo nuestro padre Abrahán, que salió de su tierra sin saber a dónde dirigirse, sólo porque confiaba en Dios?»

(Homilía en Santa Marta del 30 de mayo 2016)

EVANGELIO DE HOY: LOS VIÑADORES MALVADOS



Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,1-12):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: 

Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. 

A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. 

Les envió otro criado; a éste lo insultaron y lo descalabraron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos los apalearon o los mataron. 

Le quedaba uno, su hijo querido. Y lo envió el último, pensando que a su hijo lo respetarían. Pero los labradores se dijeron: "Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia." Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 

¿Qué hará el dueño de la viña? Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"?»

Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor

domingo, 4 de junio de 2017

Vivir a Dios desde dentro


Hace algunos años, el gran teólogo alemán Karl Rahner se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos era su «mediocridad espiritual». Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es «seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual».
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por lo «exterior». Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando qué es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta hoy una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger a Dios en nuestro interior quiere decir al menos dos cosas. La primera: no colocar a Dios siempre lejos y fuera de nosotros, es decir, aprender a escucharlo en el silencio del corazón. La segunda: bajar a Dios de la cabeza a lo profundo de nuestro ser, es decir, dejar de pensar en Dios solo con la mente y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nosotros.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, puede transformar nuestra fe. Uno se sorprende de cómo hemos podido vivir sin descubrirla antes. Es posible encontrar a Dios dentro de nosotros en medio de una cultura secularizada. Es posible también hoy conocer una alegría interior nueva y diferente. Pero me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.
José Antonio Pagola
Pentecostés - A  (Juan 20,19-23)


Francisco explica a los niños que los pequeños gestos cambian al mundo


El Papa Francisco recibió en audiencia este viernes en el Aula Pablo VI, a unos seis mil estudiantes, padres y profesores de a la experiencia educativa italiana Caballeros del Grial, que le recibieron con manifestaciones de alegría.
“Los Caballeros de San Esteban” que buscan el Grial, nació en el Movimiento de Comunión y Liberación. También había grupos que llegaron de España, Portugal, Francia y Suiza. Además de otros conectados por internet desde Paraguay y Brasil.
El papa Francisco respondió a diversas preguntas realizadas por estos estudiantes de los tres últimos años de la escuela primaria italiana.
Respondiendo a una pregunta, el Santo Padre señaló que “la vida es un continuo ‘buenos días’ y ‘adiós’. Muchas veces es un ‘adiós’ breve, pero otras es un ‘adiós’ para años o para siempre. Se crece conociendo y despidiendo. Si tú no aprendes a despedirte bien, jamás aprenderás a conocer nueva gente”.
El Santo Padre les animó también a mirar hacia uno de las paredes del Aula Pablo VI. “Mira a esa pared. ¿Qué hay detrás? ¿No lo sabes? Así es el modo en que una persona no puede crecer. Tiene un muro delante. No se sabe qué hay al otro lado”.
Po ello “debemos aprender a mirar la vida mirando horizontes. Siempre más, siempre más. Siempre adelante. Esto es el conocer nuevas gentes, conocer nuevas situaciones…”.
Lo que no significa olvidarse de los viejos amigos. “No, siempre hay un lindo recuerdo. Con frecuencia nos reencontramos con los antiguos compañeros, te saludan. Pero debemos continuar siempre adelante para crecer”.
¿Cómo cambiar al mundo? “Si ya es difícil para la gente grande, para la gente que ha estudiado, para la gente que tiene la capacidad de gobernar los países, cuanto más difícil será para un niño o una niña, ¿no?”
Y les preguntó: ¿Es posible? Dio el ejemplo de dos niños, uno que tiene dos caramelos en el bolsillo y comparte uno, en cambio el otro espera que su amigo se vaya para comerse los dos. “La primera es una actitud positiva, la otra es una actitud egoísta, negativa”, dijo.
“Para cambiar el mundo hace falta tener la mano abierta. La mano es un símbolo del corazón. Es decir, hace falta tener el corazón abierto”. O sea hay que “cambiar el mundo con las pequeñas cosas de cada día, con la generosidad, con el compartir, escuchando a los demás y creando actitudes de fraternidad”. Si alguno me insulta, y yo le insulto, eso es tener el corazón cerrado. En cambio, si alguno me insulta y yo no respondo, eso es tener el corazón abierto”. Y pidió: “¡Nunca respondáis al mal con el mal!”.
¿Cómo entender el sufrimiento? El Santo Padre señaló el caso de un hospital de niños, “¿Cómo se puede pensar que Dios ame a esos niños y les deje enfermar, les deje morir, muchas veces?”. Y añadió: “¿Por qué hay niños en el mundo que sufren hambre, mientras que en otros lugares del mundo derrochan? ¿Por qué?”. Reconoció que “hay preguntas que no se pueden responder con las palabras. No tengo palabras para explicarlo”. Si bien el Pontífice indicó que a veces no hay explicación “al por qué” sino al “para qué”.
“Pero detrás de ello, siempre está el amor de Dios”. Y ” si alguien te dice: ‘ven que te lo explico’, duda. Sólo te harán sentir el amor de Dios aquellos que te sostienen, que te acompañan y te llevan adelante”.
ZENIT

El Papa en la vigilia de Pentecostés: “Estamos como en un cenáculo a cielo abierto”



“Hermanos y hermanas gracias por el testimonio que hoy dan aquí, nos hace bien a todos, también a mi”. Con estas palabras el papa Francisco se dirigió a las aproximadamente cien mil personas que participaban en la vigilia de Pentecostés, reunidas en el antiguo Circo Máximo de Roma.
Tras leer una frase de los Actos de los Apóstoles, ‘Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados por el Espíritu Santo’, el Santo Padre recordó que en el Cenáculo todos fueron llenos del Espíritu Santo. “Hoy estamos aquí como en un cenáculo a cielo abierto”, dijo, porque “no tenemos miedo” y “porque profesamos que Jesús es el Señor”.
Estamos para llevar la buena noticia a todo el mundo, dijo el sucesor de Pedro, para decir que la paz es posible, “no es fácil, pero en nombre de Jesús podemos dar testimonio que la paz es posible”. Entretanto precisó que esto será posible “solamente si estamos en paz entre nosotros”. Si no “no es posible”.
Reconoció que tenemos diferencias, pero deseamos ser “una diversidad reconciliada” y precisó que “esta frase no es mía, es de un hermano luterano”.  Añadió que “hemos venido a pedir que el Espíritu Santo venga sobre nosotros” para “predicarlo en las calles del mundo”.
Indicó que hace 50 años nació “¿una esta institución? ¿una organización? “No, a una corriente de gracia, de la Renovación carismática católica. Una obra que nació ecuménica”, aseguró.
Recordó que allí en el Circo Máximo, “fueron martirizados tantos cristianos, como diversión”. Y que nos une el ecumenismo de la sangre,  “nos une el testimonio de nuestros mártires de hoy”, recordando que los hay más que en los tiempos pasados.
Señaló además que “el Espíritu nos quiere en camino” que Renovación “es una corriente de gracia, sin estatutos ni fundadores”, que comprende muchas obras humanas inspirada por el Espíritu Santo, y aseguró que “no se puede cerrar al Espíritu Santo en una jaula”.
Ahora, “los 50 años son un momento de reflexión”, dijo y deseó que la Renovación carismática católica sea un “lugar privilegiado” para ir hacia la unidad y precisó que “nadie es el patrón, todos somos siervos de esta corriente de gracia”.
“Puede ser que a alguien no le guste este modo de rezar, pero está en las escrituras”, dijo. Y recordó tres cosas: “Bautismo en el Espíritu Santo, alabanza y ayuda a los necesitados”. Les agradeció también porque los servicios de caridad de las diversas corrientes inician a unificarse, “como les había pedido hace dos años atrás”.
“Gracias por lo que le dieron a la Iglesia en estos 50 años, la Iglesia cuenta con ustedes”, dijo.  Y concluyó: “Servir a los más pobres, esto la Iglesia y el Papa lo espera del Movimiento Carismático Católico y de todos, todos, todos, los que entraron en esta corriente de gracia”.
ZENIT

El Papa convoca un mes extraordinario de oración y reflexión sobre la misión


Francisco acoge la propuesta de las Obras Misionales Pontificias con el objetivo de que la Iglesia vuelva a «encontrar el frescor y el ardor de su primer amor para con el Señor» y así «pueda evangelizar el mundo con credibilidad y eficacia evangélica»
Las Obras misionales Pontificias no pueden quedar reducidas a «una organización que recoge y distribuye, en nombre del Papa, ayuda económica para las Iglesias necesitadas», dijo el Papa al recibir a los participantes en la asamblea general de esta institución.
Francisco les pidió que busquen «caminos nuevos y modalidades más adecuadas, más eclesiales para desarrollar su servicio a la misión universal de la Iglesia». «Dejémonos sostener en este proceso de reforma urgente», añadió.
El Papa anunció la convocatoria de un tiempo extraordinario dedicado a la misionariedad de la Iglesia universal. «Para renovar el ardor y la pasión, motor espiritual de la actividad apostólica de innumerables santos y mártires misioneros, he acogido con mucho favor vuestra propuesta, elaborada junto con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de convocar un tiempo extraordinario de oración y reflexión sobre la missio ad gentes. Pediré a toda la Iglesia que dedique el mes de octubre del año 2019 a esta finalidad, porque ese año celebraremos el centenario de la Carta Apostólica Maximum illud, del Papa Benedicto XV».
Citando a este Papa, Francisco pidió que «el que predica a Dios sea hombre de Dios». Y en ese sentido, expresó su anhelo de que «vuestra asistencia espiritual y material a las Iglesias las haga que estén cada vez más fundadas en el Evangelio y en el compromiso bautismal de todos los fieles, laicos y clérigos, en la única misión de la Iglesia». Se trata de aproximar «el amor de Dios a todo hombre, en especial a los más necesitados de su misericordia».
«El mes extraordinario de oración y reflexión sobre la misión como primera evangelización servirá para esta renovación de la fe eclesial». «Que la preparación de este tiempo extraordinario dedicado al primer anuncio del Evangelio –añadió el Pontífice– nos ayude a ser cada vez más Iglesia en misión, según las palabras del beato Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, magna carta del compromiso misionero postconciliar».
«En el espíritu del magisterio del Beato Pablo VI –concluyó Francisco–, deseo que la celebración de los 100 años de la Maximum illud, en el mes de octubre de 2019, sea un tiempo propicio para que la oración, el testimonio de tantos santos y mártires de la misión, la reflexión bíblica y teológica, la catequesis y la caridad misionera contribuyan a evangelizar ante todo a la Iglesia, de modo que ella, volviendo a encontrar el frescor y el ardor de su primer amor para con el Señor crucificado y resucitado, pueda evangelizar el mundo con credibilidad y eficacia evangélica».
Alfa y Omega

«Recibid el Espíritu Santo»



Estamos acostumbrados a comprender la venida del Espíritu Santo según la narración de los Hechos de los Apóstoles, la primera lectura de la Misa de este domingo. El escenario acostumbrado para narrar la venida del Espíritu está dominado por las imágenes del estruendo del viento y de las lenguas, como llamaradas, posándose sobre la cabeza de cada uno de los discípulos. Sin embargo, la fiesta de Pentecostés es la coronación del año litúrgico, debido a que celebra la culminación de la obra de Jesús. Igualmente, es imprescindible poner en relación el don del Espíritu con las apariciones del Señor resucitado.
Sopló sobre ellos
El Evangelio relata la aparición de Jesús al atardecer del día en que había resucitado, «al anochecer de aquel día, el primero de la semana». Se nos muestra con ello que la venida del Espíritu Santo es un acontecimiento estrechamente unido a la encarnación y a la resurrección. Para esto murió y resucitó el Señor: para comunicarnos el Espíritu Santo. De hecho, el evangelista había aludido ya al don del Espíritu en el momento de la muerte de Jesús. En lugar de decir que expiró, afirma que entregó el Espíritu. Además, el hecho de mostrar las llagas no es solo un argumento para defender la identidad entre el que fue crucificado y el que ahora vive. Constituye una manifestación del vínculo entre su pasión y muerte y los dones que ahora otorga a la comunidad.
El soplo es una de las imágenes que refleja de un modo más claro la llegada del Espíritu Santo. Jesús sopla sobre los discípulos, dándoles el Espíritu Santo. De este modo se hace alusión al relato de la Creación del hombre, que afirma que Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida (Gn 2, 7). Soplando sobre los apóstoles, el Señor, a través de su propio cuerpo, les da de modo nuevo el aliento de Dios. En cierto modo los convierte en nuevas criaturas.
No pasa desapercibido el detalle de que el Señor entra en un lugar cerrado «por miedo a los judíos». Este dato acentúa, por una parte, que, tras haber resucitado, el Señor tiene el dominio absoluto sobre el tiempo y el espacio, pudiendo abrir lo que está cerrado, tanto en sentido local como personal; por otra parte, anticipa lo que sucederá en los discípulos como consecuencia de su presencia entre ellos: abrirse al mundo. De hecho, a partir de la venida del Espíritu Santo no será posible ya volver a encontrar a los apóstoles en un lugar cerrado. La valentía que adquieren, gracias al impulso del Espíritu, les moverá no solo a salir a las calles, sino también a hablar sin miedo en el templo de lo que han visto y oído. Del mismo modo que para el Señor, tras su resurrección, ya no hay obstáculo que se interponga a su acción, nada podrá impedir a los discípulos llevar a cabo la misión que han recibido de comunicar la presencia del Resucitado.
Un don y una compañía
El pasaje de este domingo fue proclamado el domingo de la octava de Pascua; en esa ocasión para referirnos la primera aparición del Señor a los apóstoles. Al escuchar a los 50 días el mismo relato, la liturgia nos permite profundizar en las consecuencias del acontecimiento pascual, tanto para los apóstoles como para nosotros. En su día hablamos de la alegría de la paz como frutos de la Pascua. Ahora nos detenemos en la importancia del Espíritu sobre la primera comunidad de discípulos.
En definitiva, el Espíritu es un don que reciben los discípulos desde el momento en que la Pascua del Señor ha tenido lugar. Muerte, resurrección y envío del Espíritu Santo corresponden a la misma realidad: el don total que Dios hace a los hombres. Su entrega máxima. Del mismo modo que el pueblo de Israel quedó liberado del faraón tras su salida de Egipto y, tras cincuenta días, se sella la alianza en el Sinaí, con la muerte y resurrección de Cristo, el hombre ha sido liberado. Comprender que el Espíritu Santo asiste a la Iglesia significa que nunca caminamos solos, sino que llevamos un compañero de viaje que nos asiste, nos guía, nos consuela y nos anima.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

ALFA Y OMEGA


4 de junio: Corazón Inmaculado de María



Contemplábamos ayer el Corazón de Jesús como el lugar donde lo humano y lo divino se han unido para la salvación del género humano. Hoy nos toca contemplar el inmaculado corazón de María, la obra maestra de la gracia. Normalmente decimos que un hijo se parece a sus padres pues lleva en los genes los genes paternos y aprende cada uno de sus gestos de forma admirable. Algo así sucede con el Corazón de Jesús, se parece al de María. Pero sucede aquí algo que no sucede en la analogía con los hombres: y es que el corazón de María se parece al de su hijo. Porque el corazón humano por excelencia es el de Jesús, es el modelo de todo corazón. Es lógico, por tanto que el de María se le parezca. Igual que de Adán, Dios sacó a Eva, del Nuevo Adán, Cristo, Dios ha sacado a la nueva Eva, María. Con todo, María tenía que educar a Jesús según las leyes de lo humano y este, según estas mismas leyes, no era ajeno al aprendizaje propio de los niños. Por eso su corazón no podía tener ni la sombra del pecado, ni una mancha que pudiera enturbiar su labor. Tenía que ser inmaculado, lleno de gracia.
Por eso también, mucha de la sensibilidad de Jesús tenía su origen en la de su madre, y viceversa. Jesús miraba a María y aprendía a mirar, la escuchaba y aprendía a hablar, experimentaba sus abrazos y aprendía a acoger a las personas…Pero sucedía también al revés. María miraba a su hijo, le escuchaba y se sorprendía muy a menudo de su profundidad, de su misterio. Ella le enseñó a rezar y tuvo que convertirse después en su discípula más aventajada. María «guardaba todas esas cosas, dándole vueltas en su corazón». El corazón de María es el lugar de la intimidad con el Espíritu Santo, es el huerto reservado para Dios donde tiene sus delicias, es el Arca de la Alianza que albergó al Salvador.
Pero eso no excluyó ni la prueba ni el dolor de la vida de María. Ella fue la «peregrina en la fe» que tuvo que atravesar la oscuridad alumbrada solo por la luz de la fe. También Ella, como su hijo, aprendió sufriendo a obedecer y a ser la madre que Dios quería. Porque la obra de Dios en Ella no estaba acabada. Faltaba la labor de Jesús y la prueba de la pasión. Y si la obra ya era de por sí hermosa, alcanzó después una belleza sin par hasta el punto de hacer de Ella la Reina de los ángeles.
El corazón de María nos muestra hasta qué punto puede Dios hacer obras grandes en los humildes, en los pequeños que se dejan habitar por Él. Y nos muestra también hasta qué punto Dios puede culminar su obra en el hombre en el ápice de la creación que es María, nuestra madre. Que Ella nos de un corazón como el suyo. A Ella nos encomendamos. Amén.
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COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20,19-23):




En su primera aparición a los Apóstoles, en el cenáculo, Jesús resucitado hizo el gesto de soplar sobre ellos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» . Jesús, transfigurado en su cuerpo, es ya el hombre nuevo, que ofrece los dones pascuales fruto de su muerte y resurrección. 

¿Cuáles son estos dones? La paz, la alegría, el perdón de los pecados, la misión, pero sobre todo dona el Espíritu Santo que es la fuente de todo esto. El soplo de Jesús, acompañado por las palabras con las que comunica el Espíritu, indica la transmisión de la vida, la vida nueva regenerada por el perdón.

Pero antes de hacer el gesto de soplar y donar el Espíritu, Jesús muestra sus llagas, en las manos y en el costado: estas heridas representan el precio de nuestra salvación. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios «pasando a través» de las llagas de Jesús. Estas llagas que Él quiso conservar. 

También en este momento Él, en el Cielo, muestra al Padre las llagas con las cuales nos rescató. Por la fuerza de estas llagas, nuestros pecados son perdonados: así Jesús dio su vida para nuestra paz, para nuestra alegría, para el don de la gracia en nuestra alma, para el perdón de nuestros pecados. Es muy bello contemplar a Jesús de este modo.

Y llegamos al segundo elemento: Jesús da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Es un poco difícil comprender cómo un hombre puede perdonar los pecados, pero Jesús da este poder. La Iglesia es depositaria del poder de las llaves, de abrir o cerrar al perdón. Dios perdona a todo hombre en su soberana misericordia, pero Él mismo quiso que quienes pertenecen a Cristo y a la Iglesia reciban el perdón mediante los ministros de la comunidad. 

A través del ministerio apostólico me alcanza la misericordia de Dios, mis culpas son perdonadas y se me dona la alegría. De este modo Jesús nos llama a vivir la reconciliación también en la dimensión eclesial, comunitaria. Y esto es muy bello. 

La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, acompaña nuestro camino de conversión durante toda la vida. La Iglesia no es dueña del poder de las llaves, sino que es sierva del ministerio de la misericordia y se alegra todas las veces que puede ofrecer este don divino.

Muchas personas tal vez no comprenden la dimensión eclesial del perdón, porque domina siempre el individualismo, el subjetivismo, y también nosotros, los cristianos, lo experimentamos. Cierto, Dios perdona a todo pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está vinculado a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Para nosotros cristianos hay un don más, y hay también un compromiso más: pasar humildemente a través del ministerio eclesial. 

Esto debemos valorarlo; es un don, una atención, una protección y también es la seguridad de que Dios me ha perdonado. Yo voy al hermano sacerdote y digo: «Padre, he hecho esto...». Y él responde: «Yo te perdono; Dios te perdona». En ese momento, yo estoy seguro de que Dios me ha perdonado. Y esto es hermoso, esto es tener la seguridad de que Dios nos perdona siempre, no se cansa de perdonar. 

Y no debemos cansarnos de ir a pedir perdón. Se puede sentir vergüenza al decir los pecados, pero nuestras madres y nuestras abuelas decían que es mejor ponerse rojo una vez que no amarillo mil veces. Nos ponemos rojos una vez, pero se nos perdonan los pecados y se sigue adelante.

Al final, un último punto: el sacerdote instrumento para el perdón de los pecados. El perdón de Dios que se nos da en la Iglesia, se nos transmite por medio del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él es un hombre que, como nosotros, necesita de misericordia, se convierte verdaderamente en instrumento de misericordia, donándonos el amor sin límites de Dios Padre. 

También los sacerdotes deben confesarse, también los obispos: todos somos pecadores. También el Papa se confiesa cada quince días, porque incluso el Papa es un pecador. Y el confesor escucha las cosas que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón. 

A veces sucede que escuchamos a alguien que afirma que se confiesa directamente con Dios... Sí, como decía antes, Dios te escucha siempre, pero en el sacramento de la Reconciliación manda a un hermano a traerte el perdón, la seguridad del perdón, en nombre de la Iglesia.

El servicio que el sacerdote presta como ministro de parte de Dios para perdonar los pecados es muy delicado y exige que su corazón esté en paz, que el sacerdote tenga el corazón en paz; que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benévolo y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, que sea consciente de que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús para que les curase. 

El sacerdote que no tenga esta disposición de espíritu es mejor que, hasta que no se corrija, no administre este Sacramento. Los fieles penitentes tienen el derecho, todos los fieles tienen el derecho, de encontrar en los sacerdotes a los servidores del perdón de Dios.

Queridos hermanos, como miembros de la Iglesia, ¿somos conscientes de la belleza de este don que nos ofrece Dios mismo? ¿Sentimos la alegría de este interés, de esta atención maternal que la Iglesia tiene hacia nosotros? ¿Sabemos valorarla con sencillez y asiduidad? 

No olvidemos que Dios no se cansa nunca de perdonarnos. Mediante el ministerio del sacerdote nos estrecha en un nuevo abrazo que nos regenera y nos permite volver a levantarnos y retomar de nuevo el camino. Porque ésta es nuestra vida: volver a levantarnos continuamente y retomar el camino.
(Audiencia general, 20 de noviembre de 2013)

EVANGELIO DE HOY: RECIBID EL ESPÍRITU SANTO






Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

sábado, 3 de junio de 2017

HACER UN MUNDO NUEVO

3 de junio: san Juan XXIII, Papa


Es el Papa de la sonrisa, también llamado el Papa de la bondad, y el «Papa bueno», que convocó el Concilio Vaticano II –Guía de la Iglesia en el Tercer Milenio– el 25 de enero de 1959, a 93 años de la anterior asamblea universal primera y que fue beatificado el día 3 de septiembre del 2000, en la misma ceremonia en que se subió a los altares a Pío IX, el Papa que convocó el otro concilio Vaticano.
Su pontificado se consideró desde el principio como un papado de transición; y en verdad fue breve, solo cuatro años y medio; pero supuso un cambio de rumbo en la Iglesia.
Fue el primer Papa que rompió el pertinaz aislamiento del Vaticano, saliendo tanto para visitar niños en un hospital romano, como para ver a los presos en sus cárceles, y a sus fieles –porque era el Obispo de Roma– de las parroquias ubicadas por los arrabales de la Ciudad Eterna.
Supo llamar la atención y ganarse la simpatía del mundo con su llamamiento a la paz durante la crisis cubana. Dos de sus encíclicas hicieron historia: la conocida como Mater et Magistra (14-V-1961) y la llamada Pacem in terris (11-IV-1963).
Con su personalidad, pletórica de humanidad gruesa en lo físico, a la que acompañaba un carácter bondadoso y una cara siempre sonriente, se ganó el cariño de los romanos y del mundo.
Fue el Sumo Pontífice de los años comprendidos entre el 1958 al 1963 que rompió los moldes fríos, y rígidos del papado hasta entonces.
El trabajo diplomático en Bulgaria, Turquía, Grecia y Francia lo había preparado intelectual y espiritualmente para el desempeño de su misión. Pero donde aprendió la bondad fue en la casa de sus padres, en un hogar muy pobre de Sotto il Monte, a 64 kilómetros de Bérgamo, en la comarca de Bergamasco. Era el cuarto de catorce hermanos, que nació el 25 de noviembre de 1881. Allí, Giovanni Battista Roncalli y Mariana Mazzola pusieron los fundamentos de su conocida afabilidad, experimentada por los búlgaros, turcos, griegos –países que le permitieron un contacto intenso con el mundo ortodoxo y musulmán que aprendió a amar como amaba a toda criatura humana y como amaba la paz– y por los franceses.
El que fue bautizado el mismo día de su nacimiento, ingresó en el seminario de Bérgamo en 1892; continuó sus estudios en Roma, en el Ateneo de San Apolinar desde 1901, donde obtuvo el doctorado en Teología en 1904. Se ordenó sacerdote el 10 de agosto del mismo año, cuando solo tenía veintitrés; lo nombraron secretario del nuevo obispo de Bérgamo y profesor del seminario; fue movilizado en la Segunda Guerra Mundial para prestar servicios en enfermería y ejercer como capellán de la tropa; reincorporado a la diócesis, lo hicieron director espiritual del seminario.
Luego, fue consagrado obispo para que desempeñara en el Este europeo encargos de Visitador, Delegado y Administrador Apostólico, hasta que se le nombró Nuncio en París en diciembre del 1944, cardenal en 1953, y enseguida Patriarca de Venecia. Después de los veinte años de papado de Pío XII, se eligió papa a Angelo Guiseppe Roncalli, contando 77 años, el día 28 de octubre de 1958.
Murió el 3 de junio de 1963, a las 19:49.
Sí; cuando se le beatificó, Juan XXIII vivía todavía en el corazón de los italianos y en los de millares de personas de todo el mundo que habían tenido la suerte de conocerlo. Entre los asistentes a la ceremonia se encontraban su secretario personal –monseñor Loris Capovilla, a quien el papa legó su diario y sus escritos– y la hermana Caterina Capitán, de 56 años, curada milagrosamente por la intercesión del papa Juan, cuando, el 25 de mayo de 1966, consumía sus últimas horas de vida con fiebre altísima y dolores intensos en el Hospital de la Marina de Nápoles, desahuciada a causa de una perforación gástrica con fístula por la que se le escapaban los alimentos. «Cuando estaba tumbada sobre el lado derecho sentí una mano y una voz que me llamaba: Sor Caterina. Asustada –refiere la religiosa– me di la vuelta y vi de pie junto a la cama al Papa Juan que me sonreía y me dijo: Has rezado mucho y también tus hermanas. Me habéis arrancado del corazón este milagro: No tengas miedo. Se ha acabado todo. Estás curada completamente. Suena la campanilla y llama a tus hermanas que están rezando en la capilla, menos alguna que duerme». Esto lo dijo con una sonrisa en los labios. Sor Caterina se levantó sin fiebre, comenzó a caminar de inmediato y a comer normalmente: la fístula había desaparecido sin dejar rastro. Dos días después abandonaba el hospital y, aunque han pasado treinta y cuatro años, lo recuerda como si fuera ayer.
Posiblemente el talante sencillo, bondadoso, servicial y sonriente de un papa nos anime a evitar los altivos estiramientos de los que somos menos importantes; esos engreídos aires de suficiencia que a bien poco conducen, salvo a marcar distancias.
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El Papa explica por qué Jesús eligió a Pedro, un pecador, para dirigir la Iglesia

El Papa Francisco explicó, durante la homilía de la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, los motivos por los que Jesús eligió a San Pedro como primer Papa de la Iglesia, una decisión que podría parecer contradictoria teniendo en cuenta que unos días antes de su elección había renegado de Él.
El Santo Padre realizó esta reflexión a partir del Evangelio del día, en el que Jesús Resucitado dialoga con Pedro junto al mar de Galilea. Francisco subrayó que se trata de un diálogo entre amigos, en el contexto de la Resurrección. Durante esa conversación, Jesús confió su Iglesia a Pedro.
«Jesús escogió al más pecador de los apóstoles. Los otros escaparon, pero Pedro renegó de Él: ‘No lo conozco’. Jesús escoge al más pecador. El más pecador fue elegido para dirigir al Pueblo de Dios. Esto te hace pensar», observó el Pontífice.
Francisco explicó cómo es el modelo de Jesús para dirigir la Iglesia: «No se trata de dirigir con la cabeza alzada, como hacen los dominadores, no, sino de dirigir con humildad, con amor, como hizo Jesús».
Los pecados y los errores de Pedro no son obstáculo para Jesús. Incluso después de ser elegido, el apóstol vuelve a equivocarse: «Esa es la misión que Jesús encarga a Pedro. Sí, con sus pecados, con sus errores. Tanto es así que, justo después de este diálogo, Pedro da otro resbalón, comete otro error. Resulta tentado por la curiosidad y pregunta al Señor: ‘Y este otro discípulo, ¿adónde va? ¿Qué va a hacer?’».
Jesús le corrige, «pero con amor –continuó el Papa–, en medio de sus errores, de sus pecados…, con amor: ‘Porque estas ovejas no son tus ovejas, son mis ovejas’, dice el Señor. ‘Ama. Si eres mi amigo, debes ser también amigo de estos’».
Sin embargo, Francisco no quiso exculpar a Pedro de su traición, ya que en ella radica también su posterior redención y fidelidad ciega al Señor: Pedro, cuando reniega del Señor, lo hace convencido, al igual que estaba convencido cuando confiesa ante Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo».
Pedro permanecerá fiel a Jesús hasta su muerte, y como Él, recibirá también una muerte de cruz.
«Después de toda una vida al servicio del Señor, termina del mismo modo que el Señor: en la cruz. Pero no se jacta: ‘Termino como mi Señor’. De hecho, pide: ‘Por favor, colocadme en la cruz cabeza abajo, para que por lo menos se vea que no soy el Señor, soy el siervo’».
En conclusión, el Papa Francisco resumió aquello que podemos aprender de la enseñanza que ofrece Jesús al elegir a un pecador, a una persona que renegó de Él, para cuidar a su Pueblo:
«Esto es lo que nosotros podemos tomar de este diálogo, este diálogo tan bello, tan sereno, tan amigable, tan púdico. Que el Señor siempre nos da la gracia de ir por la vida con la cabeza baja: la cabeza en alto por la dignidad que Dios nos da, pero la cabeza baja sabiendo que somos pecadores y que el único Señor es Jesús, nosotros somos siervos».
ACI/Miguel Pérez Pichel

Cardenal Osoro, a los catequistas: «Sois necesarios, porque el mundo no puede vivir sin Dios»



El cardenal Osoro clausuró este jueves, 1 de junio, el Curso de Catequética que ha organizado durante todo este curso la Delegación de Catequesis. Al dirigirse a los catequistas, el arzobispo de Madrid les recordó que «Cristo es el modelo de todo catequista, y en comunión con Él nosotros anunciamos el Evangelio».
Asimismo, resaltó que «la primera catequista fue la Virgen María, que fue la primera que se puso en camino para anunciar a Nuestro Señor. Para ella no fue fácil –dice la Escritura que "tuvo que atravesar regiones montañosas"–, como tampoco lo es para vosotros. Tenéis dificultades de todo tipo: dificultades con los padres, que a lo mejor no tienen interés, dificultades con los niños, que cuando acaban la catequesis a los mejor ya no quieren saber nada... Hay dificultades. Dar catequesis supone también "atravesar regiones montañosas"».
Sin embargo, «hemos recibido tres regalos esenciales para poder ser catequistas». El primero es «que hemos conocido a Cristo, y tenemos el regalo de su amor; sin esto, no seríamos catequistas, sino orientadores o simples parlanchines», destacó.
El segundo regalo es «la propia misión, que es un regalo. "Ir" es un regalazo del Señor. Tenemos que ir a los hombres, no esperar a que vengan. Venimos de una época de cristiandad, pero tenemos que empezar a realizar lo que el Papa llama "conversión pastoral". Tenemos que desinstalarnos, para ir a los caminos donde realmente está la gente, no donde a nosotros nos gustaría que estuviera. Ser catequista no es solo coger el Catecismo o aprender una serie de estrategias, es ir donde está de verdad la gente».
Y el tercer regalo es «el mandamiento del Señor: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado". No valen solo las metodologías, que son muy válidas, sino que el catequista es una persona que vive esta experiencia de amor a todos los hombres». En este sentido, el arzobispo de Madrid aconsejó a los catequistas: «Hay que conquistar a los padres, no con estrategias, sino con amor».
Por último, el cardenal Osoro les exhortó: «No os desaniméis, el Señor está con vosotros. El mensaje que lleváis no es vuestro, es de Dios, y Él tiene más interés que vosotros mismos en llegar a los hombres. Vosotros sois muy necesarios, porque el mundo no puede vivir en ausencia de Dios».
Después, el purpurado entregó los más de 60 diplomas acreditativos a los catequistas participantes presenciales (y a los que habían acreditado también su seguimiento a través de su transmisión online) del curso, provenientes de parroquias y colegios de todas las vicarías territoriales.
Este ha sido el primer curso de formación de catequistas con el formato de ciclo de conferencias –cada tema, un ponente–, organizado por la Delegación de Catequesis. Se ha emitido también vía online por el canal de YouTube del Arzobispado de Madrid para todos los interesados que lo han podido seguir en directo, personalmente o en grupos, o que han podido descargarlos después. De este modo, han podido beneficiarse de esta formación catequistas de diversos municipios de Madrid y de toda España.
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