domingo, 2 de agosto de 2015

El corazón del cristianismo









La gente necesita a Jesús y lo busca. Hay algo en él que los atrae, pero todavía no saben 
exactamente por qué lo buscan ni para qué. Según el evangelista, muchos lo hacen porque el día anterior les ha distribuido pan para saciar su hambre.

Jesús comienza a conversar con ellos. Hay cosas que conviene aclarar desde el principio. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre su hambre de vida.

La gente intuye que Jesús les está abriendo un horizonte nuevo, pero no saben qué hacer, ni por dónde empezar. El evangelista resume sus interrogantes con estas palabras: «y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»Hay en ellos un deseo sincero de acertar. Quieren trabajar en lo que Dios quiere, pero, acostumbrados a pensarlo todo desde la Ley, preguntan a Jesús qué obras, prácticas y observancias nuevas tienen que tener en cuenta.

La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: «la obra (¡en singular!) que Dios quiere es esta: que creáis en el que él ha enviado». Dios solo quiere que crean en Jesucristo pues es el gran regalo que él ha enviado al mundo. Esta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Lo demás es secundario.
Después de veinte siglos de cristianismo, ¿no necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia está en creer en Jesucristo y seguirlo?¿No necesitamos pasar de la actitud de adeptos de una religión de «creencias» y de «prácticas» a vivir como discípulos de Jesús?

La fe cristiana no consiste primordialmente en ir cumpliendo correctamente un código de prácticas y observancias nuevas, superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús el Cristo. Nos vamos haciendo cristianos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

Ser cristiano exige hoy una experiencia de Jesús y una identificación con su proyecto que no se requería hace unos años para ser un buen practicante. Para subsistir en medio de la sociedad laica, las comunidades cristianas necesitan cuidar más que nunca la adhesión yel contacto vital con Jesús el Cristo.

Juan 6,24-35

José Antonio Pagola

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»


Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35
En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús., Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: 
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó:
«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»
Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.»
Le replicaron: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: "Les dio a comer pan del cielo."»
Jesús les replicó:
«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»

Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan.»

Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Palabra del Señor.

viernes, 31 de julio de 2015

¿No es el hijo del carpintero? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo, fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada:
-«¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?»
Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo:
-«Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.»
Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor

ORAR CON LOS SALMOS: ¡ACLAME A DIOS TODA LA TIERRA!

Del salmo 66:
¡Aclame a Dios toda la tierra!
¡Aclame a Dios toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan a Dios: «¡Qué admirables son tus obras!».

¡Aclame a Dios toda la tierra!
Vengan a ver las obras de Dios,
las cosas admirables que hizo por los hombres.
Bendigan, pueblos, a nuestro Dios,
hagan oír bien alto su alabanza.

¡Aclame a Dios toda la tierra!
Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
yo les contaré lo que hizo por mí:
apenas mi boca clamó hacia Él,
mi lengua comenzó a alabarlo

¡Aclame a Dios toda la tierra!
Si hubiera tenido malas intenciones,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó
y atendió al clamor de mi plegaria.

¡Aclame a Dios toda la tierra!
Bendito sea Dios,
que no rechazó mi oración
ni apartó de mí su misericordia.


¡Aclame a Dios toda la tierra!

Homilía del Papa Francisco en la solemnidad de San Ignacio de Loyola Julio 31 de 2013

“El lema de nosotros, los jesuitas, “Iesus Hominum Salvator” - dijo- nos recuerda constantemente una realidad que nunca debemos olvidar: la centralidad de Cristo para cada uno de nosotros y para toda la Compañía que precisamente San Ignacio quiso que se llamase “de Jesús” para indicar el punto de referencia... Y esto nos lleva a nosotros, los jesuitas y a toda la Compañía a ser “descentrados”, a tener siempre delante a “Cristo siempre mayor”... Cristo es nuestra vida.

A la centralidad de Cristo corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo si no en la Iglesia y con la Iglesia. Y también en este caso, nosotros los jesuitas y toda la Compañía, estamos por decirlo así “desplazados”, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia... Ser hombres radicados y fundados en la Iglesia: así nos quiere Jesús. 
No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos de búsqueda, caminos creativos, sí, es importante; ir hacia las periferias... pero siempre en comunidad con la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir hacia adelante”. 

El Pontífice continuó subrayando que el camino para vivir esta centralidad doble es “dejarse conquistar por Cristo. Yo busco a Jesús y lo sirvo porque Él me ha buscado en primer lugar... En español - precisó- hay una palabra que es muy descriptiva: “Él nos primerea”. Es siempre el primero... Ser conquistado por Dios para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y nuestra fatiga... imitarlo en el soportar incluso injurias, desprecio, pobreza”. “Dejarse conquistar por Cristo significa estar siempre tendidos hacia quién tengo enfrente, hacia la meta de Cristo”.

El Santo Padre señaló luego cómo siempre en el ocaso de su existencia, "cuando un jesuita termina su vida" le vienen a la mente dos imágenes; la de san Francisco Javier, mirando a China, y la del padre Arrupe, en su última conversación en el campo de refugiados. "Dos imágenes -aseguró- que a todos nos hará bien observar y recordar. Pedir la gracia que nuestro ocaso sea como el de ellos". 
Finalizando su homilía en la Iglesia romana del Gesù, el Papa Francisco animó a los congregados a pedir a la Virgen que "nos haga sentir vergüenza por ser inadecuados para el tesoro que nos ha sido confiado, para vivir la humildad ante Dios. Que acompañe nuestro camino la intercesión paternal de San Ignacio y de todos los santos jesuitas, que siguen enseñándonos cómo hacer todo, con humildad, ad maiorem Dei gloriam".

Ignacio y Teresa


Aunque ambos santos fueron canonizados el mismo día, Teresa no conoció personalmente a Ignacio de Loyola. Sin embargo, desde el principio, le atrajo el estilo y la labor pastoral de los jesuitas. Ya desde el monasterio de la Encarnación, en 1555, recién fundado el Colegio de san Gil por parte de la Compañía, en Ávila, Teresa contactó con ellos. A lo largo de su vida, la ayuda y el magisterio de los jesuitas serían decisivos para Teresa. Hubo un enriquecimiento mutuo por parte de ambas espiritualidades.
En 1982,  con motivo del IV Centenario de la muerte de la santa, el P. Ignacio Iglesias (s.j.) escribió un artículo en la revista Manresa, titulado «Santa teresa de Jesús y la espiritualidad ignaciana». En él, trazaba algunos puntos de contacto entre ambas espiritualidades. Podemos resumir así su interesante aportación:
  1. El primado de la oración. Para ambos, la oración está en la base de cualquier hacer. Los dos entienden también la oración contemplativa como una experiencia gratuita que Dios regala a la persona, que esta no produce. Para los dos,  orar es quehacer de amigos. «El coloquio se hace propiamente hablando así como un amigo habla a otro…» (EE, 54). El «gustar internamente», «conocimiento interno» tienen también resonancias en las obras teresianas.
  2. Cristología. Desde la Cristología de Ignacio, toda ella centrada en el conocimiento interno de la humanidad divina de Jesús «para que más le ame y le siga», resulta muy cercano el proceso de Teresa, su entusiasmo por la Humanidad de Cristo. La meta de la espiritualidad teresiana, el matrimonio espiritual, se lleva a cabo con la Humanidad de Cristo. Para Teresa, Cristo es el  Hijo, Maestro, Amigo, Esposo, Rey, Juez. Para Ignacio, es Señor, Rey eterno, Hijo, Capitán (término también usado por Teresa), Mediador, Cabeza. Teresa refleja más el mundo de la relación personal, Ignacio el del compromiso misionero.
  3. Espiritualidad misionera.  Ignacio y Teresa viven la Iglesia de su tiempo con una misma sintonía, reaccionando, como mujer o como varón, ante la realidad de una Iglesia turbada por divisiones internas y hostilidades externas, y abierta, por otra parte, al Nuevo Mundo necesitado de evangelización. Ambos perciben que la Iglesia, por mandato de Jesús, es para los hombres. Y por ello, su amor a la Iglesia se transformará en una preocupación concreta por la persona en su necesidad. El ansia misionera de Teresa bulle como componente de su propia espiritualidad, a pesar de las limitaciones que como mujer, tenía en su tiempo.
 Os invitamos a leer el contenido completo de este artículo.

ORACIÓN DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Las siete claves de Laudato si. Carta pastoral de monseñor Francesc Pardo.


Es muy importante leer íntegramente –o por lo menos un buen resumen– esta encíclica que el Papa Francisco dirige a todo el mundo, y no únicamente a los cristianos católicos, para concienciarnos de lo que sucede y de la necesidad de cambios profundos, si no queremos poner en peligro la persona y la Humanidad.
Estas breves líneas, en un formato casi telegráfico, son una invitación a conocer qué nos propone el Papa.
– El títuloLaudato si Alabado seas, mi Señor— es una expresión de san Francisco de Asís, el gran santo amante de las personas, los animales y la naturaleza, que en su Cántico de las criaturas recuerda que la tierra es nuestra casa común. El Papa invita a contemplar de una forma diferente a las personas, los pueblos, animales y naturaleza, no como objeto de explotación, sino como contribución al bienestar y disfrute de las personas, los pueblos y la humanidad. Por ello su clamor para que, dialogando, nos esforcemos en promover un cambio radical.
– Compresión integral de la ecología.
La encíclica, en su análisis de la realidad, lo hace con los pies en el suelo y concreta la cuestión sobre la contaminación y el cambio climático, en lo referente al agua, a la tierra, al mar, las plantas, los animales, la diversidad biológica… Pero al mismo tiempo remarca la necesidad de justicia respecto a los pobres, el deterioro de la calidad de la vida humana, la decadencia social en el sentido que muchas ciudades son inhabitables. Y señala el daño a la salud de las personas y las desigualdades planetarias.
– Posicionamiento en relación a la debilidad de las reacciones.
El Papa se muestra afectado por «la debilidad de las reacciones» ante las tragedias de tantas persones y poblaciones. Remarca reacciones positivas, pero lamenta una cierta «irresponsabilidad despreocupada». Solicita con urgencia «crear un sistema normativo que garantice la protección de los ecosistemas».
– El evangelio de la Creación.
La fe ofrece motivaciones para cuidar de la naturaleza y de nuestros hermanos y hermanas más frágiles. Los deberes respecto a la naturaleza forman parte de la fe cristiana. El Dios que libera y salva es el mismo que ha creado el universo. La creación solo puede entenderse como un regalo que brota de la mano del Padre de todos. Por ello la tierra es un don, no una propiedad. Se nos ha dado para administrarla, no para destruirla.
– El destino común de los bienes.
«Creados por el mismo Padre, nosotros, todos los seres del universo, estamos unidos por lazos invisibles y formamos una especie de familia universal». El Papa, recordando a los Padres de la Iglesia, enfatiza el destino común de los bienes de la tierra: «La tierra es esencialmente una herencia común, los frutos de la cual han de revertir en beneficio de todos». Los que poseen una parte han de administrarla respetando la «hipoteca social» que grava todas las formas de propiedad. Propiedad privada, sí, pero respetando la dimensión social de toda propiedad.
– Ecología ambiental, económica, social, cultural, de la vida cotidiana.
Aquí apreciamos el corazón de la encíclica: la ecología integral, un nuevo paradigma de justicia, una ecología que integre el lugar que ocupa el ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad en que está inmerso. Esto es válido para todas las dimensiones que configuran la vida: economía, política, cultura, e incluso cada momento de nuestra vida cotidiana.
– Educación y espiritualidad. Invitación a la conversión.
Estilo de vida distinto con una verdadera conversión ecológica. La dimensión civil y política del amor. La relación con la Trinidad, con la celebración de los sacramentos y con la Reina de la Creación, María.
Al final nos hallaremos ante la infinita belleza de Dios. ¡Laudato si’!

+ Francesc Pardo i Artigas, obispo de Gerona

Nuncio Apostólico denuncia: Además de la guerra, Siria sufre el olvido del mundo

El Nuncio Apostólico en Damasco (Siria), Mons. Mario Zenari, exhortó a la comunidad internacional a no acostumbrarse a la violencia que golpea a este país, porque corre el riesgo de acostumbrarse y dejar caer en el olvido a los más de once millones de refugiados dentro y fuera de las fronteras sirias.

“La situación es verdaderamente alarmante: se superan los cuatro millones de refugiados en los países vecinos, se habla todavía de siete millones y medio, incluso más de siete millones y medio de refugiados internos”, señaló el Prelado a Radio Vaticana. 
Sin embargo, advirtió que junto a los muertos y heridos está “la amenaza de la bomba de la pobreza”. “Cerca del 60 por ciento de la población no tiene trabajo”, señaló. 

En ese sentido, reiteró que junto a las Naciones Unidas se sigue insistiendo en que “no se debe dar una solución militar: Es necesario encontrar urgentemente una solución política y se necesita que la comunidad internacional haga esfuerzos mayores. No se puede permitir que sigan llegando más meses y meses de guerra”. 


“El olvido es un mal que se une al mal que ya existe. Cuando un conflicto se prolonga por un largo tiempo, se corre el riesgo de caer en el olvido y esto hace mucho daño a todos”, advirtió el Prelado en declaraciones a Radio Vaticana. 

En ese sentido, agradeció la cercanía del Papa Francisco, que anda pendiente de lo que sucede en Siria. “Es cercano a estas personas que sufren y ello lo he tocado con la mano, lo he sentido”, afirmó.

«DICHOSOS LOS QUE PUDIERON HOSPEDAR AL SEÑOR EN SU PROPIA CASA» San Agustín

Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término.

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una criatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia el permitir ser alimentado. Su condición humana lo hacía capaz de sentir hambre y sed. [...]

No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.
Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?

Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

De los sermones de san Agustín, obispo (Sermón 103,1-2. 6: PL 38, 613. 615)

News.va

Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 47-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos les contestaron:
-«Sí.»
Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende el reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. »
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor.

miércoles, 29 de julio de 2015

Ofrecer la vida, elegir el amor

En 1895, Teresa de Lisieux tomó una decisión importante que iba a afectar a su propia vida pero, también, a su mundo más próximo, a sus hermanas de comunidad. Una decisión que, finalmente y de modo insospechado para ella, iba a traspasar los muros de su convento, las fronteras de la cristiandad de su Francia natal e incluso los límites de la Iglesia Católica.
Parece desproporcionado y, sin embargo, es real. No hay nada que tenga más fuerza que una vida entregada, una vida hecha de tiempo y carne, de gestos concretos y esfuerzo, de elecciones cotidianas y opciones trabajadas. Teresa decidió ofrecer lo más valioso que tenía: a sí misma, su propia vida y regalárselo a la misericordia o, como decía ella, al «amor misericordioso de Dios», para que la repartiera.
No ocultó las muchas batallas que libró consigo misma para que el sí que daba, fuera un sí con toda su vida. Y, en cambio, intuyó que vivir de ese modo, cogida por el amor y entregada a él, era formar parte de una onda expansiva que no tenía límites.
Tenía experiencia de la misericordia, de lo que es capaz de despertar la bondad divina en los seres humanos. De cómo mueve y transforma, y de cómo cura, porque Teresa había permitido que la misericordia labrase su interior y había aceptado la purificación continua del amor, al elegir la gratuidad como su modo de ser en el mundo.
Su propia vida le decía que el amor es lo que hace dignos a los seres humanos y lo único que los hace santos al modo del único santo: Jesús. Por eso, escribía: «Sé también que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del purgatorio. Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos inútiles».
Así es como Teresa tomó la decisión de ofrecer su vida: desde la experiencia del desproporcionado amor de Dios. Hablando a Jesús, decía: «Déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura... ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza...?».
Esa confianza le dio alas para comprometer toda su vida, para poder decir: hago «ofrenda de mí misma», una ofrenda de amor. Teresa había comprendido que lo único que agrada a Dios es el amor, que ese es su modo de comunicarse y el camino humano para unirse a Él. Por eso, escribía dirigiéndose a Dios: «Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti».
Quien vive con un Dios así, que –como decía Juan de la Cruz– «el lenguaje que más oye solo es el callado amor», entiende que aprender esa lengua es el camino de vida verdadera. Desde esa experiencia, escribirá Teresa: «No quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar solo por tu amor».
Esa es la ofrenda que hace ella: elegir cada día el amor. Y entiende que hay que elegirlo allí donde uno se encuentra y haciendo lo que tiene a mano, en vez de soñar con lo que no está al alcance. Por eso, le habla a su hermana Celina de amar buscando «pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús… una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado».
Teresa llevó al extremo el amor que sentía por Jesús, dándole concreción en su vida. Eligió ser amable, es decir, hacer agradable la vida, facilitar las cosas, mostrar afecto, colaborar abiertamente con todos los que le rodeaban pero, especialmente, con aquellas personas que no podían devolverle la amabilidad. Prefirió estar con «los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos» de los que hablaba Jesús, con aquellos que tenían carencias poco agradables y no podían «pagar» su afecto.
Por todo esto –y más que desvela una lectura profunda del mismo–, el «acto de ofrenda al amor misericordioso» que escribe Teresa, dos años antes de morir, es un testamento de amor y una confesión de fe en el Dios entrañable del que hablaba Jesús.
Solo a ese Dios podía Teresa entregar su vida, sabiendo que Él la uniría a la suya, entregada por todos. Solo a ese Dios podía decirle: «Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno».

 Religión digital

“No tengan miedo al matrimonio, Cristo los acompaña con su gracia”. Mons. Paglia comenta el Tweet del Papa

Queridos jóvenes, no tengan miedo del matrimonio: Cristo acompaña con su gracia a los esposos que permanecen unidos a él”. Escribe esta mañana el Papa Francisco en su cuenta oficial de Twitter @Pontifex, seguido por más de 22 millones de usuarios en todo el mundo. Sobre la exhortación del Santo Padre a los jóvenes de hoy y a menos de tres meses del inicio del Sínodo sobre la Familia, el Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, el Arzobispo Vincenzo Paglia, explica las palabras del Pontífice ante los micrófonos de Radio Vaticano, el servicio es de nuestro compañero Alessandro Gisotti.
R.- Como muchas veces sucede, el Papa Francisco ha acertado. Todos nosotros, en proximidad del Sínodo, sabemos cuántos problemas giran alrededor de este tema del matrimonio, de la familia. Pero el núcleo de fondo es exactamente este: lamentablemente muchos jóvenes tienen miedo de casarse, no porque ellos sean – como decir – peores de ayer, ¡absolutamente no! Existe una cultura que induce a tener miedo, que provoca este desconcierto sobre las decisiones definitivas por lo cual es fácil retroceder. El Papa Francisco repite a los jóvenes hoy: “!NO tengan miedo!”. Es interesante ver que esta afirmación se repite en la Biblia 365 veces, una al día. Entonces, diría que esta insistencia cotidiana debe ser el coro que debe resonar en el corazón y en la mente de los jóvenes porque – de verdad – si se está unido a Jesús, el matrimonio, la unión para siempre, logra dar esta estabilidad que en cambio una sociedad demasiado liquida lo impide.
P.- Es muy bello que el Papa Francisco utilice el tweet, para animar a los jóvenes, es decir una “modalidad joven” que viene justamente usada por la juventud, entonces es una modalidad para conectarse con quienes escuchan.
R.- Si justamente, en este sentido todavía una vez más se percibe a un Papa que sale de los esquemas ordinarios, un poco pomposos y solemnes para hacerse cercano a todos. En definitiva, el Papa Francisco cuando nos pide “salir” no lo dice solo en palabras, lo dice también con los hechos y también con este pequeño y extraordinario medio que es el tweet, que de todos modos logra tocar un poco la mente y el corazón. ¡Esperamos de verdad que llegue al corazón con este tweet!
P.- ¿Qué cosa puede hacer la Iglesia para evidenciar la belleza del matrimonio en un periodo en el cual, tal vez la cultura muestra más los peligros y las dificultades de formar una familia?
R.- Sí, creo yo que la Iglesia tiene un tesoro en este campo: un tesoro espiritual, humanístico, de una increíble riqueza. Pienso que sea poco conocido y tal vez también olvidado. Hoy se tiene necesidad de sacarlo fuera, y representar el matrimonio y la familia no como una opción simplemente por sí misma, sino como el modo para cambiar el mundo. El matrimonio y la familia no es una opción cerrada en el círculo de los propios afectos: es una opción para la sociedad, para el mundo.
(Renato Martinez - RV)


"Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí no morirá para siempre".

En el episodio de Betania. Lágrimas derramadas por las hermanas Marta y María junto a su hermano Lázaro, muerto y puesto ya hace cuatro días en la sepultura. También Jesús llora. Pero de aquellas lágrimas del Amigo Divino saltan destellos de victoria, que son el primer anuncio del misterio de la Pascua.

¡Oh, qué palabras las que se dijeron Jesús y Marta! La seguridad de la Resurrección y de la vida garantizada a la humanidad redimida toda entera por virtud de la sangre de Cristo.

"Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí no morirá para siempre". 

En realidad, la Pascua —cuyo anuncio solemne tuvo lugar en Betania— está toda aquí: celebración perenne y renovada del misterio de Cristo, Rey glorioso e inmortal de los pueblos y de los siglos, consuelo y alimento para toda la humanidad, por Él redimida y reservada al triunfo de sus destinos eternos, y también a los triunfos pacíficos dentro de la humana convivencia y de la ordenada prosperidad sobre la Tierra.


MENSAJE PASCUAL DE SU SANTIDAD JUAN XXIII .

La resurrección de Lázaro. San Agustín

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

 Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.
Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado.

¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven habíanle sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? 
Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.


Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, mas el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)
(San Agustín, Obras Completas, XXIII, Sermones (3º), BAC, Madrid, 1983, Pág. 270-273)