martes, 21 de abril de 2015

Cristianos en medio del mundo

Hoy resulta especialmente necesaria y urgente la presencia de los cristianos con una actitud evangelizadora en medio de nuestra sociedad. La Iglesia existe para evangelizar. Todos los cristianos son Iglesia y deben evangelizar.
La Iglesia evangeliza siempre. Lo hace cuando celebra cada día el misterio eucarístico, administra los sacramentos y anuncia la palabra de Dios. Sin embargo, observamos un proceso progresivo de descristianización. Muchos hombres y mujeres de hoy no encuentran en la evangelización permanente de la Iglesia del Evangelio, es decir, una respuesta convincente a la pregunta: ¿Cómo vivir? Por ello, más allá de la evangelización permanente, hoy es muy necesaria una nueva modalidad de testimonio cristiano, que sea capaz de hacerse escuchar por el mundo de hoy. Todo el mundo tiene necesidad del Evangelio, que está hecho para todos.
Cabe preguntarse: ¿cuál es el campo de los laicos cristianos en la evangelización y en el testimonio cristiano? La primera respuesta es ésta: los laicos son Iglesia y participan de la única misión de la Iglesia tanto en el seno de la comunidad eclesial como en el mundo, tanto en el orden espiritual como en el temporal.
Pero, ¿cuál de los dos campos es el específico de los laicos cristianos? El Concilio Vaticano II dio una respuesta clara afirmando que "el carácter secular es el propio y peculiar de los laicos". Los laicos cristianos tienen como vocación propia buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades de este mundo y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y en las condiciones ordinarias de la familia y de la sociedad, que forman el tejido de su existencia. Los laicos cristianos reúnen la doble condición de ser miembros de la Iglesia y de vivir plenamente insertados en medio del mundo.
El trabajo primero e inmediato de los laicos es la realización de todas las virtualidades cristianas, escondidas, ciertamente, pero ya presentes y operantes en las realidades del mundo. Así, el campo propio de la actividad de los laicos cristianos como tales es el mundo amplio y complejo de la política, de la realidad social, de la economía, así como el de la familia, de la educación, de la cultura, del ocio, etc. Su identidad cristiana consiste en estar en el mundo sin ser del mundo.
Si esta es la vocación específica de los laicos cristianos, podemos preguntarnos: ¿se tiene conciencia de esta vocación? Hoy se observa en todo el mundo que los laicos cristianos tienen la tentación de dedicarse excesivamente a los servicios intraeclesiales, dejando su tarea específica de presencia cristiana en medio del mundo. Esta constatación es preocupante y hay que tomar conciencia de ello. Jesús pidió en la santa cena al Padre por sus discípulos: "No te pido que los saques del mundo".
† Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

Misa del Papa en Santa Marta - Iglesia de mártires

«Hoy la Iglesia es Iglesia de mártires». Y entre ellos están «nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por ser cristianos; los etíopes, asesinados por ser cristianos». Haciendo referencia a la historia del protomártir san Esteban, el Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 21 de abril en la capilla de la Casa Santa Marta, recordó a los numerosos mártires de hoy: también aquellos de quienes no conocemos los nombres, que sufren en las cárceles o que son calumniados y perseguidos «por los numerosos sanedrines modernos» o, también, los que viven cada día «la fidelidad en su familia».
El Pontífice inició la homilía indicando precisamente lo que une a los numerosos mártires: son los que, explicó, «en la historia de la Iglesia dieron testimonio de Jesús» sin tener «necesidad de otros panes: para ellos era suficiente sólo Jesús, porque tenían fe en Jesús». Y «hoy —destacó— la Iglesia nos hace reflexionar y nos propone, en la liturgia de la Palabra, al primer mártir cristiano», san Esteban, de quien hablan los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1).
«Este hombre no tenía hambre, no tenía necesidad de hacer negociaciones, componendas con otros panes, para sobrevivir», afirmó el Papa. Y con este estilo «dio testimonio de Jesús» hasta el martirio. Ya «ayer —recordó refiriéndose a la liturgia de la Palabra del día anterior— la Iglesia comenzó a hablar de él: algunos de la sinagoga, los “libertos”, se pusieron de pie para discutir con Esteban pero no lograban resistir a la sabiduría y al espíritu con el que él hablaba». En efecto, explicó, «Esteban estaba lleno del Espíritu Santo y hablaba con la sabiduría del Espíritu: era fuerte». Y así estas personas «instigaron a algunos para que dijesen que lo habían escuchado pronunciar palabras contra Moisés y contra Dios, y dar un falso testimonio». Con estas acusaciones «levantaron al pueblo, a los ancianos, a los escribas: se abalanzaron sobre él, lo capturaron y lo llevaron ante el sanedrín».
«Es curioso» —destacó el Papa— cómo «la historia de Esteban» sigue «los mismos pasos de la historia de Jesús», es decir, el esquema de los «falsos testimonios» para «levantar al pueblo y llevarlo a juicio. Y hoy hemos escuchado cómo termina esta historia, porque Esteban en el sanedrín explica la doctrina de Jesús, hace una larga explicación». En realidad, sus acusadores «no querían escuchar, tenían el corazón cerrado». Así, «al final Esteban, con la fuerza del Espíritu, les dijo la verdad: “Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos”, es decir paganos, “no tenéis el corazón y los oídos de la fe en Dios”». Con ese «sois paganos, incircuncisos» Esteban precisamente «quiere decir eso». Y añadió: «Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo».
«Una de las características de la terquedad ante la Palabra de Dios» es, precisamente, la «resistencia al Espíritu Santo», explicó el Papa, repitiendo las palabras de Esteban: vosotros sois «como vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?». Esteban «recuerda a muchos profetas que fueron perseguidos y asesinados por haber sido fieles a la Palabra de Dios». Luego, «cuando él confiesa su visión de Jesús, lo que Dios le hace ver en ese momento, estando él lleno del Espíritu Santo, ellos se escandalizaron y a gran voz dieron un grito estentóreo, se taparon los oídos». Y esto es un «buen signo», comentó el Papa, porque «no querían escuchar». Y así «se abalanzaron todos juntos sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo».
Y esta es siempre «la historia de los mártires», también «los del Antiguo Testamento, de los que hablaba Esteban en el sanedrín». La cuestión es que la «Palabra de Dios no siempre cae bien a algunos corazones; la Palabra de Dios molesta cuando tú tienes el corazón duro, cuando tu corazón es pagano, porque la Palabra de Dios te interpela a seguir adelante, buscando y dándote de comer con ese pan del cual hablaba Jesús».
«En la historia de la revelación» afirmó el Papa Francisco, hay «muchos mártires que fueron asesinados por ser fieles a la Palabra de Dios, a la verdad de Dios». Así, «el martirio de Esteban se asemeja mucho al sacrificio de Jesús». Y mientras lo lapidaban Esteban oraba diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Cómo no recordar lo que Jesús había dicho en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». E, incluso, los Hechos de los Apóstoles nos relatan que Esteban «cayó de rodillas y gritó a gran voz: “Señor, no le tengas en cuenta este pecado”». De nuevo, Jesús había dicho: «Perdónales Señor, Padre: no saben lo que hacen». Aquí está toda «la magnanimidad cristiana del perdón, de la oración por los enemigos».
Pero «estos que perseguían a los profetas, estos que persiguieron y mataron a Esteban y a muchos mártires, estos –Jesús lo había dicho– creían que daban gloria a Dios, creían que» haciendo así, «eran fieles a la doctrina de Dios». Y, afirmó el Papa, «hoy quisiera recordar que la historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires: los mártires perseguidos» y muchos también «asesinados por los que creían dar gloria a Dios, por los que creían poseer la verdad: corazón corrupto, pero la verdad».
También «en estos días ¡cuántos “Esteban” existen en el mundo!» exclamó el Papa. Y recordó historias recientes de persecuciones: «Pensemos en nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; pensemos en el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; pensemos en los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por los demás porque eran cristianos; pensemos –anteayer– en los etíopes, asesinados por ser cristianos». Y también, añadió, «en muchos otros que no conocemos, que sufren en las cárceles por ser cristianos».
Hoy, afirmó el Papa Francisco, «la Iglesia es Iglesia de mártires: ellos sufren, ellos dan la vida y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio». Y «están también los mártires ocultos, los hombres y las mujeres fieles a la fuerza del Espíritu Santo, a la voz del Espíritu, que abren camino, que buscan caminos nuevos para ayudar a los hermanos y amar mejor a Dios». Y por esta razón «son vistos con sospecha, calumniados, perseguidos por muchos sanedrines modernos que se creen dueños de la verdad». Hoy, dijo el Pontífice, hay «muchos mártires ocultos» y entre ellos existen muchos «que por ser fieles en su familia sufren mucho por fidelidad».
«Nuestra Iglesia es Iglesia de mártires» reafirmó el Papa Francisco antes de proseguir con la celebración, durante la cual, dijo, «vendrá a nosotros “el primer mártir”, el primero que dio testimonio y, más aún, salvación para todos nosotros». Así, pues, exhortó el Papa, «unámonos a Jesús en la Eucaristía, y unámonos a los numerosos hermanos y hermanas que sufren el martirio de la persecución, de la calumnia y del asesinato por ser fieles al único pan que sacia, es decir, a Jesús».


lunes, 20 de abril de 2015

HOMILÍA DEL LUNES: EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES Y LOS SANTOS NOS DESPIERTA PARA QUE NO SEAMOS CRISTIANOS QUE VIVEN COMO PAGANOS

El testimonio de los mártires nos ayuda a no caer en la tentación de transformar la fe en poder. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Tantos siguen a Jesús por interés y por el poder
En el Evangelio del día, la muchedumbre busca a Jesús después de la multiplicación de los panes y de los peces, no “por el estupor religioso que lleva a adorar a Dios”, sino “por interés material”.
A partir de este texto, el Papa observó que el cristiano corre el riesgo de no comprender la verdadera misión del Señor, lo que sucede cuando se aprovecha de Jesús, resbalando “hacia el poder”:
“Esta actitud se repite en los Evangelios. Muchos siguen a Jesús por interés. También entre sus apóstoles: los hijos de Zebedeo que querían ser, uno primer ministro, y el otro ministro de economía, tener el poder. Esa unción de llevar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y anunciar un año de gracia, se vuelve oscura, se pierde y se transforma en algo relacionado con el poder”.
De la tentación del poder a la hipocresía
El Papa Francisco subrayó que siempre existió esta tentación de pasar del estupor religioso “que Jesús nos da en el encuentro con nosotros”, a “aprovecharse de esto”:
“También ésta fue la propuesta del diablo a Jesús en las tentaciones. Una, precisamente, sobre el pan. La otra sobre el espectáculo: ‘Hagamos un hermoso espectáculo, así toda la gente creerá en ti’. Y la tercera, la adoración de los ídolos".
"Y ésta es una tentación cotidiana de los cristianos, nuestra, de todos nosotros que somos la Iglesia: la tentación de querer no el poder del Espíritu Santo, sino el poder mundano. Así se cae en esa tibieza religiosa a la que te lleva la mundanidad, esa tibieza que, cuando crece, crece, crece, termina en esa actitud que Jesús llama hipocresía”.
De este modo – afirmó el Papa – “uno se convierte en cristiano de nombre, de actitud externa, pero el corazón está en el interés”, como dice Jesús: “En verdad, en verdad yo les digo: ustedes me buscan, no porque han visto algunos signos, sino porque han comido aquellos panes y se han saciado”.
Es la tentación de “deslizarse hacia la mundanidad, hacia los poderes” y así “se debilita la fe, la misión, se debilita la Iglesia”:
“Pero el Señor nos despierta con el testimonio de los santos, con el testimonio de los mártires, que cada día nos anuncian que ir por el camino de Jesús es el de su misión: anunciar el año de gracia".
La gente entiende el reproche de Jesús y le pregunta: ‘¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?’. Jesús les responde: ‘Ésta es la obra de Dios: que crean en Aquel que Él ha enviado'".
"Es decir, la fe en Él, sólo en Él, la confianza en Él y no en las demás cosas que, al final, nos llevarán lejos de Él. Ésta es la obra de Dios: que crean en Aquél que Él ha enviado, en Él”.
El Santo Padre concluyó su homilía con una oración al Señor, en la que pidió que “nos dé esta gracia del estupor del encuentro y que también nos ayude a no caer en el espíritu de la mundanidad, es decir, en ese espíritu que detrás o debajo de un barniz de cristianismo, nos llevará a vivir como paganos”.


El Arzobispo de Madrid afirma que “el primer defensor de la mujer es Cristo”

La Casa de Ejercicios San José, de El Escorial, acogió este fin de semana la celebración del II Foro Internacional de la mujer, organizado por la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA) con el lema “Mujer, responsable de la civilización del amor y de la vida”. 


La Misa de clausura del Congreso, ayer domingo, fue presidida por el Arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro, quien comentó que “le había tocado la gracia” de estar como Arzobispo en el I Foro celebrado en Valencia y también de asistir a este II Foro Internacional “siendo arzobispo de Madrid”. 



En su homilía, recordó que “el primer defensor de la mujer es Jesucristo. Esto, dicho en este Foro, es muy importante. Lo decimos con datos y realidades”, aseguró, al tiempo que señalaba que “para poder vivir esto, hay que pasar de la lógica del poder a la lógica del amor humano” que “nos describe Dios mismo”. 



“El lema que os ha reunido”, ‘Mujer, responsable de la civilización del amor y de la vida’, apuntó, “ha sido el hilo conductor de todas las conferencias. Habéis dicho cosas preciosas: el primer defensor de la mujer es Cristo. Es cierto que la lógica del poder distorsiona la figura de la mujer y del amor, de lo que es el amor. Es cierto que habéis visto el valor que tiene la maternidad, y habéis descubierto que el amor es un don”. Por eso, dijo, “creo que para todos los que habéis participado aquí, este momento es una gracia. Y os pediría algo que está pidiendo el Papa Francisco: que nos dejemos marcar por la alegría. Pero no por una alegría cualquiera, sino por la alegría que viene de Jesucristo. La Virgen María se dejó marcar por esta alegría: ‘Alégrate, llena de gracia’ fue el primer saludo que le dio Dios a la Virgen… Alégrate, entra en esta lógica que te pido”, añadió. En este sentido, explicó que “Julián Marías, cuando habla de lo que es el ser humano, dice que hay dos paginas bíblicas que es necesario tener en cuenta para entender lo que es la persona” y “la define como creatura amorosa. Es creatura” porque “Dios creó al hombre a imagen y semejanza de Dios mismo. Y, cuando en la carta de San Juan, el apóstol quiere decirnos quién es Dios, nos dice que Dios es amor”. Por tanto, “si el ser humano es creatura amorosa, es imagen y semejanza de Dios. Y si Dios es amor, el ser humano es amor. Es un amor que Dios mismo le ha regalado, es un don. El ser humano es amor, como Dios mismo es amor. Y si somos imagen y semejanza, hemos de ejercer según lo que en verdad somos”. 



Dirigiéndose a los presentes, señaló que “en la Iglesia de Madrid tenéis siempre sitio y lugar. Este es un lugar y una iglesia tremendamente abierta a todos: no pone fronteras a nadie, porque es una gran ciudad hecha por gente venida de todos los lugares y que abre sus puertas para engrandecer la ciudad. Esto que hace Madrid con todos vamos a hacerlo nosotros con este Dios que engrandece nuestra vida cuando entramos en la lógica del amor humano, que Él ha puesto en lo más profundo de nuestro corazón. Si la bendita entre las mujeres fue María, hoy hemos de decir, aplicándolo a todas las mujeres, que precisamente son benditas también porque el Señor les ha dicho: Alégrate, vive del río de la alegría que nace de esa gran noticia que es saber que somos amor y que tenemos que difundir ese amor que Dios ha puesto en nuestro corazón”, concluyó.

domingo, 19 de abril de 2015

ORACIÓN Y AMOR

La Madre Teresa de Calcuta decía: No hay diferencia entre oración y amor. No podemos decir que oramos, pero que no amamos o que amamos sin necesidad de orar, porque no hay oración sin amor y no hay amor sin oración. Santa Teresa de Jesús afirmaba: Orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama (Vida 8, 5). No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced. El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho.
Como vemos, orar es amar y cuanto más amor haya en nuestra oración, ésta será mejor. Sin amor, la oración se puede reducir a una repetición vacía de palabras de memoria o a la realización de una serie de ritos vacíos. Hay quienes van a la iglesia por cumplir un compromiso y no son capaces de decir en todo el tiempo que permanecen en el templo: Señor, te amo. Están de cuerpo presente como espectadores a una ceremonia, sin participar ni hablar con el Señor. Son como mudos o ciegos, que no oyen la voz de Dios ni lo ven presente entre ellos, porque les falta fe. Y la fe es amor y confianza en Dios; y es un regalo que podemos recibir en la medida que lo deseemos y lo pidamos.
Sin amor, nada vale nada. Dice san Pablo: Ya podría hablar lenguas de hombres y de ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que hace ruido... Ya podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve (1 Co 13, 1-3).
La oración verdadera debe estar llena de amor a Dios. Debe ser una comunicación amorosa con Dios. Para ello, no necesariamente hace falta hablar. Se puede amar con palabras o sin palabras. De ahí que una de las más sublimes maneras de orar es la oración contemplativa, en que el alma se queda como extasiada, contemplando a Dios y sintiendo su amor. Es como una oleada de amor que envuelve el alma y la deja sin palabras, respondiendo con un amor silencioso. Es un silencio amoroso o un amor silencioso. Es como un fundirse dos en uno por el amor, donde sobran las palabras o, a lo máximo, sólo puede repetirse constantemente: Te amo, te amo, te amo...
Es la oración de aquel campesino de que habla el santo cura de Ars. Iba a rezar todos los días a la iglesia y un día el santo le preguntó:
– Tú ¿qué haces? ¿Cómo oras?
Yo lo miro y él me mira.
Era una oración de simple mirada de amor. O como aquella religiosa que, cuando se sentía cansada o enferma y no podía orar, simplemente tomaba entre sus dedos el anillo de compromiso de sus votos. Era como decirle constantemente a Jesús con ese gesto, que era su esposa y que lo amaba, a pesar de no sentir nada ni ser capaz de nada. En una oportunidad, vi a una mujer muy pobre de mi parroquia de Arequipa que encendía una vela delante de una imagen de Jesús. Y se quedó mirando la vela hasta que se apagó. Casi una hora mirando una vela, que para ella era como una oración dirigida con amor a Jesús, que estaba en la imagen. No sabía rezar con bonitas oraciones, pero sí sabía amar y, por eso, su oración fue del agrado de Dios.

En otra oportunidad, una mamá fue llorando con su hijo enfermo delante de una imagen de la Virgen y lo colocó en su altar. No rezaba, sólo lloraba. No sé si le diría algo, pero el gesto de entregárselo era más que suficiente para decirle a la Virgen con todo su amor de madre que le curara a su hijo. Y Dios se lo curó milagrosamente por medio de María. Nunca me olvidaré tampoco de aquel campesino pobre que me pidió que le pusiera el manto de la Virgen. Y yo le coloqué sobre su cabeza uno de los mantos que ya no se usaban. ¡Qué felicidad para aquel hombrecito! Estoy seguro que no dijo muchas palabras, estaba en silencio, disfrutando de sentirse protegido y amparado por el manto de la Mamá Virgen María, pidiéndole por sus necesidades sin palabras.
De libro “La oración del corazón”, por el Padre Ángel Peña. Fuente: Tengo sed de Tí

Sábana Santa. Meditación de Benedicto XVI.


«Se puede decir que la Sábana Santa es el icono del misterio del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. 

Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. 

Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. 

Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.


El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (...). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos» (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439). 

En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos». (...) 

La Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. 

El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». 

Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». 

Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con Él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. 

Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. 

El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. 

La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. 

Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. 

Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. 

La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. 

Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.

Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad». 

Meditación de Benedicto XVI en su visita pastoral a Turín, durante la veneración de la Sábana Santa, 2 de mayo de 2010

Jesús se mostró a sus discípulos para que la Verdad de la Resurrección llegara a todos, dijo el Papa en el Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena dos veces la palabra “testigos”. La primera vez es en los labios de Pedro: él, después de la curación del paralítico en la puerta del templo de Jerusalén, exclama: “ Mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. (Hechos 3,15). La segunda vez es en los labios de Jesús resucitado: él, la noche de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice:  “Ustedes son testigos de todo esto.” (Lc 24,48). Los Apóstoles, que vieron con los propios ojos al Cristo resucitado, no podían callar su extraordinaria experiencia. Él se había mostrado para que la verdad de su resurrección llegara a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene la tarea de prolongar en el tiempo esta misión; todo bautizado está llamado a dar testimonio, con las palabras y con la vida, que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo.

Podemos preguntarnos: pero, ¿quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y que relata. Ver, recordar y relatar son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el evento. Por esto recuerda, no sólo porque sabe reconstruir en modo preciso los hechos sucedidos,  pero también porque aquellos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo relata, no en manera fría y distante sino como uno que se ha dejado poner en cuestión y desde aquel día ha cambiado vida. El testigo es uno que ha cambiado vida.

Testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz
El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvación, un evento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. Él puede ser testimoniado por quienes han hecho una experiencia personal de Él, en la oración y en la Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su constante conversión en la Penitencia. Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, todo cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuanto más transparenta un modo de vivir evangélico, alegre, valeroso, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por la comodidad, por la vanidad, por el egoísmo, si se vuelve sordo y ciego a la pregunta sobre la “resurrección” de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita?

María, Madre nuestra nos sostenga con su intercesión para que podamos volvernos, con nuestros límites, pero con la gracia de la fe, testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz.

Traducción del italiano María Cecilia Mutual


Ecuaciones teresianas

Teresa de Jesús tenía una lógica muy particular. Era una mujer inteligente y con ingenio, le gustaba pensar. Observaba y sabía hacer cálculos para lograr sus objetivos, porque su carácter apasionado no apagaba su espíritu práctico y su sentido común.
En Camino de Perfección, escribía: «Un buen entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado… Cuando este falta, yo no sé para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto».
Una ecuación sencilla: cuando el buen entendimiento suma buenas costumbres da lugar a una buena vida. Igual de sencilla es aquella que explica que afrontar la vida sin un arrimo verdadero concluye en un fracaso. Y entonces hablaba de que Jesús es la puerta para adentrarse en lo profundo de Dios.
Era cuando explicaba que en la vida hay de todo: «Negocios y persecuciones y trabajos… tiempo de sequedades…, y que «nosotros no somos ángeles». Contando con eso –dice Teresa– si no se procura andar con Jesús, todo «es andar el alma en el aire, como dicen; porque parece no trae arrimo».
La ecuación es elemental y Teresa explicaba que, a veces, el orden de factores sí altera el producto y «querer ser María antes que haya trabajado con Marta», es decir, saltar pasos en la relación de amistad con Dios, da mal resultado. Lo mismo que hacer adiciones sin cuidado, de modo que una «motita de poca humildad, aunque no parece es nada, para querer aprovechar en la contemplación hace mucho daño».
También tiene su tabla de equivalencias: «Humildad es andar en verdad» o «amor de Dios es… servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad». Y más: si se procura «siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos… se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros». Y –dice Teresa– el resultado es que se tiene una gran libertad.

A veces, tiene una lógica aplastante. Por ejemplo, cuando habla del dinero, ¿para qué sirve?: «¿Qué es esto que se compra con estos dineros que deseamos? ¿Es cosa de precio? ¿Es cosa durable? ¿O para qué los queremos? Negro descanso se procura, que tan caro cuesta».
Y no es que no supiese lo importante que es disponer de lo necesario. Se había visto «atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los tener»; buscando el modo como llevar adelante sus fundaciones y viéndose «sin ayuda de ninguna parte».
Pero, había visto que el dinero acababa marcando las relaciones, como si fuera el baremo de la vida, la medida de buenos y malos, hasta el punto de que –como escribió– «por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre, antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco». Una ecuación tan clara como engañosa, a la que Teresa responde enérgicamente: «¡Oh, si todos diesen en tenerlos por tierra sin provecho!... ¡Con qué amistad se tratarían todos si faltase interés de honra y de dineros!».
Otra de sus ecuaciones dice que despejando el amor propio, se resuelve la incógnita del auto engaño, porque se echa a los ladrones y se descubre la verdad.
Decía: «No os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas».
Hay que aplicar unas fórmulas: «Andar contradiciendo su voluntad… ponerla en lo que nunca se ha de acabar», y hay que dejar de aplicar otras: «Una propia estimación, un juzgar los prójimos, aunque sea en pocas cosas, una falta de caridad con ellos, no los queriendo como a nosotros mismos».
La lógica que propone Teresa es la de ponerse manos a la obra. Sin miedo: «Esforcémonos» –dice– dejando los temores, porque a veces, «no osamos pasar adelante, como si pudiésemos nosotras llegar a estas moradas y que otros anduviesen el camino». Y sin pereza, aunque en ocasiones «como no hemos dejado a nosotras mismas, es muy trabajoso y pesado; porque vamos muy cargadas».
Solo queda observar la progresión: «Andar con particular cuidado y aviso, mirando cómo vamos en las virtudes: si vamos mejorando o disminuyendo en algo, en especial en el amor unas con otras».

El resultado final, en cifras, es que en la amistad con Dios, «lo que está dicho y se dijere… es una cifra de lo que hay que contar», porque Él es infinito y sus misericordias no se pueden calcular.
Fuente: Carmelo de Puzol

sábado, 18 de abril de 2015

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

No quieras soportar injustamente la sombra de tu historia malversada. No intentes huir de la voz que en lo más profundo de ti te dicta tu conciencia. No te justifiques aplicando sobre tu zona oscura el argumento de tus obras buenas, incluso generosas.
No eres juez y parte de tus días, necesitas que otro te responda, te acoja, te disculpe, te escuche, te objetive, te perdone. Es muy fácil creernos hasta héroes, cuando lo que somos en verdad es solo humanos, vulnerables y frágiles.
¡Cómo descansa el alma cuando sabe que no arrastra las heridas incurables de manera clandestina, sino que alguien las comprende y hasta echa sobre ellas el aceite bueno de la misericordia!
¡Qué distinto es recordar los hitos del camino en los que se gustó el descanso, a la sombra de la posada samaritana, de mantener la larga travesía del desierto, sin tregua ni alivio, sino solo sacando por esfuerzo las etapas!
Hoy tienes a tu alcance la oferta generosa, la que acontece en el puerto franco del perdón, donde no se te pide otra cosa que el deseo de iniciar de nuevo la andadura. No temas que te impongan el pago de aranceles portuarios, tan solo se te pide que vacíes tus bodegas del peso clandestino y dejes el lastre que te oprime y dificulta continuar la singladura de la vida.
Aquel que dio su vida por nosotros permanece con los brazos abiertos, con sus palmas heridas, para demostrarnos que comprende, por experiencia propia, nuestras llagas.
No es bueno el disimulo, ni el aparentar que se es invulnerable. Si Jesucristo resucitado se muestra con las señales de su Pasión, ¿cómo tú vas mostrarte exento de arañazos?
No hay mejor posibilidad de curación que cuando se conoce la dolencia, y no hay mayor dificultad de tratamiento, que cuando no se acepta la debilidad. Alguien cree que no existe la enfermedad si se silencia, y se engaña.
Hoy, si te dejas curar, echar aceite en tu herida, gustarás el gozo de la Pascua, el que acontece cuando se recibe el beso de la misericordia divina por el que se renace.

Ángel Moreno de Buenafuente

Creer por experiencia propia.

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que solo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.
Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.
Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: "Paz a vosotros"». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.
El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».
Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?
Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».
Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola