lunes, 20 de abril de 2015

HOMILÍA DEL LUNES: EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES Y LOS SANTOS NOS DESPIERTA PARA QUE NO SEAMOS CRISTIANOS QUE VIVEN COMO PAGANOS

El testimonio de los mártires nos ayuda a no caer en la tentación de transformar la fe en poder. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Tantos siguen a Jesús por interés y por el poder
En el Evangelio del día, la muchedumbre busca a Jesús después de la multiplicación de los panes y de los peces, no “por el estupor religioso que lleva a adorar a Dios”, sino “por interés material”.
A partir de este texto, el Papa observó que el cristiano corre el riesgo de no comprender la verdadera misión del Señor, lo que sucede cuando se aprovecha de Jesús, resbalando “hacia el poder”:
“Esta actitud se repite en los Evangelios. Muchos siguen a Jesús por interés. También entre sus apóstoles: los hijos de Zebedeo que querían ser, uno primer ministro, y el otro ministro de economía, tener el poder. Esa unción de llevar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y anunciar un año de gracia, se vuelve oscura, se pierde y se transforma en algo relacionado con el poder”.
De la tentación del poder a la hipocresía
El Papa Francisco subrayó que siempre existió esta tentación de pasar del estupor religioso “que Jesús nos da en el encuentro con nosotros”, a “aprovecharse de esto”:
“También ésta fue la propuesta del diablo a Jesús en las tentaciones. Una, precisamente, sobre el pan. La otra sobre el espectáculo: ‘Hagamos un hermoso espectáculo, así toda la gente creerá en ti’. Y la tercera, la adoración de los ídolos".
"Y ésta es una tentación cotidiana de los cristianos, nuestra, de todos nosotros que somos la Iglesia: la tentación de querer no el poder del Espíritu Santo, sino el poder mundano. Así se cae en esa tibieza religiosa a la que te lleva la mundanidad, esa tibieza que, cuando crece, crece, crece, termina en esa actitud que Jesús llama hipocresía”.
De este modo – afirmó el Papa – “uno se convierte en cristiano de nombre, de actitud externa, pero el corazón está en el interés”, como dice Jesús: “En verdad, en verdad yo les digo: ustedes me buscan, no porque han visto algunos signos, sino porque han comido aquellos panes y se han saciado”.
Es la tentación de “deslizarse hacia la mundanidad, hacia los poderes” y así “se debilita la fe, la misión, se debilita la Iglesia”:
“Pero el Señor nos despierta con el testimonio de los santos, con el testimonio de los mártires, que cada día nos anuncian que ir por el camino de Jesús es el de su misión: anunciar el año de gracia".
La gente entiende el reproche de Jesús y le pregunta: ‘¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?’. Jesús les responde: ‘Ésta es la obra de Dios: que crean en Aquel que Él ha enviado'".
"Es decir, la fe en Él, sólo en Él, la confianza en Él y no en las demás cosas que, al final, nos llevarán lejos de Él. Ésta es la obra de Dios: que crean en Aquél que Él ha enviado, en Él”.
El Santo Padre concluyó su homilía con una oración al Señor, en la que pidió que “nos dé esta gracia del estupor del encuentro y que también nos ayude a no caer en el espíritu de la mundanidad, es decir, en ese espíritu que detrás o debajo de un barniz de cristianismo, nos llevará a vivir como paganos”.


El Arzobispo de Madrid afirma que “el primer defensor de la mujer es Cristo”

La Casa de Ejercicios San José, de El Escorial, acogió este fin de semana la celebración del II Foro Internacional de la mujer, organizado por la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA) con el lema “Mujer, responsable de la civilización del amor y de la vida”. 


La Misa de clausura del Congreso, ayer domingo, fue presidida por el Arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro, quien comentó que “le había tocado la gracia” de estar como Arzobispo en el I Foro celebrado en Valencia y también de asistir a este II Foro Internacional “siendo arzobispo de Madrid”. 



En su homilía, recordó que “el primer defensor de la mujer es Jesucristo. Esto, dicho en este Foro, es muy importante. Lo decimos con datos y realidades”, aseguró, al tiempo que señalaba que “para poder vivir esto, hay que pasar de la lógica del poder a la lógica del amor humano” que “nos describe Dios mismo”. 



“El lema que os ha reunido”, ‘Mujer, responsable de la civilización del amor y de la vida’, apuntó, “ha sido el hilo conductor de todas las conferencias. Habéis dicho cosas preciosas: el primer defensor de la mujer es Cristo. Es cierto que la lógica del poder distorsiona la figura de la mujer y del amor, de lo que es el amor. Es cierto que habéis visto el valor que tiene la maternidad, y habéis descubierto que el amor es un don”. Por eso, dijo, “creo que para todos los que habéis participado aquí, este momento es una gracia. Y os pediría algo que está pidiendo el Papa Francisco: que nos dejemos marcar por la alegría. Pero no por una alegría cualquiera, sino por la alegría que viene de Jesucristo. La Virgen María se dejó marcar por esta alegría: ‘Alégrate, llena de gracia’ fue el primer saludo que le dio Dios a la Virgen… Alégrate, entra en esta lógica que te pido”, añadió. En este sentido, explicó que “Julián Marías, cuando habla de lo que es el ser humano, dice que hay dos paginas bíblicas que es necesario tener en cuenta para entender lo que es la persona” y “la define como creatura amorosa. Es creatura” porque “Dios creó al hombre a imagen y semejanza de Dios mismo. Y, cuando en la carta de San Juan, el apóstol quiere decirnos quién es Dios, nos dice que Dios es amor”. Por tanto, “si el ser humano es creatura amorosa, es imagen y semejanza de Dios. Y si Dios es amor, el ser humano es amor. Es un amor que Dios mismo le ha regalado, es un don. El ser humano es amor, como Dios mismo es amor. Y si somos imagen y semejanza, hemos de ejercer según lo que en verdad somos”. 



Dirigiéndose a los presentes, señaló que “en la Iglesia de Madrid tenéis siempre sitio y lugar. Este es un lugar y una iglesia tremendamente abierta a todos: no pone fronteras a nadie, porque es una gran ciudad hecha por gente venida de todos los lugares y que abre sus puertas para engrandecer la ciudad. Esto que hace Madrid con todos vamos a hacerlo nosotros con este Dios que engrandece nuestra vida cuando entramos en la lógica del amor humano, que Él ha puesto en lo más profundo de nuestro corazón. Si la bendita entre las mujeres fue María, hoy hemos de decir, aplicándolo a todas las mujeres, que precisamente son benditas también porque el Señor les ha dicho: Alégrate, vive del río de la alegría que nace de esa gran noticia que es saber que somos amor y que tenemos que difundir ese amor que Dios ha puesto en nuestro corazón”, concluyó.

domingo, 19 de abril de 2015

ORACIÓN Y AMOR

La Madre Teresa de Calcuta decía: No hay diferencia entre oración y amor. No podemos decir que oramos, pero que no amamos o que amamos sin necesidad de orar, porque no hay oración sin amor y no hay amor sin oración. Santa Teresa de Jesús afirmaba: Orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama (Vida 8, 5). No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced. El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho.
Como vemos, orar es amar y cuanto más amor haya en nuestra oración, ésta será mejor. Sin amor, la oración se puede reducir a una repetición vacía de palabras de memoria o a la realización de una serie de ritos vacíos. Hay quienes van a la iglesia por cumplir un compromiso y no son capaces de decir en todo el tiempo que permanecen en el templo: Señor, te amo. Están de cuerpo presente como espectadores a una ceremonia, sin participar ni hablar con el Señor. Son como mudos o ciegos, que no oyen la voz de Dios ni lo ven presente entre ellos, porque les falta fe. Y la fe es amor y confianza en Dios; y es un regalo que podemos recibir en la medida que lo deseemos y lo pidamos.
Sin amor, nada vale nada. Dice san Pablo: Ya podría hablar lenguas de hombres y de ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que hace ruido... Ya podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve (1 Co 13, 1-3).
La oración verdadera debe estar llena de amor a Dios. Debe ser una comunicación amorosa con Dios. Para ello, no necesariamente hace falta hablar. Se puede amar con palabras o sin palabras. De ahí que una de las más sublimes maneras de orar es la oración contemplativa, en que el alma se queda como extasiada, contemplando a Dios y sintiendo su amor. Es como una oleada de amor que envuelve el alma y la deja sin palabras, respondiendo con un amor silencioso. Es un silencio amoroso o un amor silencioso. Es como un fundirse dos en uno por el amor, donde sobran las palabras o, a lo máximo, sólo puede repetirse constantemente: Te amo, te amo, te amo...
Es la oración de aquel campesino de que habla el santo cura de Ars. Iba a rezar todos los días a la iglesia y un día el santo le preguntó:
– Tú ¿qué haces? ¿Cómo oras?
Yo lo miro y él me mira.
Era una oración de simple mirada de amor. O como aquella religiosa que, cuando se sentía cansada o enferma y no podía orar, simplemente tomaba entre sus dedos el anillo de compromiso de sus votos. Era como decirle constantemente a Jesús con ese gesto, que era su esposa y que lo amaba, a pesar de no sentir nada ni ser capaz de nada. En una oportunidad, vi a una mujer muy pobre de mi parroquia de Arequipa que encendía una vela delante de una imagen de Jesús. Y se quedó mirando la vela hasta que se apagó. Casi una hora mirando una vela, que para ella era como una oración dirigida con amor a Jesús, que estaba en la imagen. No sabía rezar con bonitas oraciones, pero sí sabía amar y, por eso, su oración fue del agrado de Dios.

En otra oportunidad, una mamá fue llorando con su hijo enfermo delante de una imagen de la Virgen y lo colocó en su altar. No rezaba, sólo lloraba. No sé si le diría algo, pero el gesto de entregárselo era más que suficiente para decirle a la Virgen con todo su amor de madre que le curara a su hijo. Y Dios se lo curó milagrosamente por medio de María. Nunca me olvidaré tampoco de aquel campesino pobre que me pidió que le pusiera el manto de la Virgen. Y yo le coloqué sobre su cabeza uno de los mantos que ya no se usaban. ¡Qué felicidad para aquel hombrecito! Estoy seguro que no dijo muchas palabras, estaba en silencio, disfrutando de sentirse protegido y amparado por el manto de la Mamá Virgen María, pidiéndole por sus necesidades sin palabras.
De libro “La oración del corazón”, por el Padre Ángel Peña. Fuente: Tengo sed de Tí

Sábana Santa. Meditación de Benedicto XVI.


«Se puede decir que la Sábana Santa es el icono del misterio del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. 

Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. 

Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. 

Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.


El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (...). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos» (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439). 

En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos». (...) 

La Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. 

El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». 

Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». 

Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con Él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. 

Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. 

El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. 

La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. 

Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. 

Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. 

La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. 

Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.

Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad». 

Meditación de Benedicto XVI en su visita pastoral a Turín, durante la veneración de la Sábana Santa, 2 de mayo de 2010

Jesús se mostró a sus discípulos para que la Verdad de la Resurrección llegara a todos, dijo el Papa en el Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena dos veces la palabra “testigos”. La primera vez es en los labios de Pedro: él, después de la curación del paralítico en la puerta del templo de Jerusalén, exclama: “ Mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. (Hechos 3,15). La segunda vez es en los labios de Jesús resucitado: él, la noche de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice:  “Ustedes son testigos de todo esto.” (Lc 24,48). Los Apóstoles, que vieron con los propios ojos al Cristo resucitado, no podían callar su extraordinaria experiencia. Él se había mostrado para que la verdad de su resurrección llegara a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene la tarea de prolongar en el tiempo esta misión; todo bautizado está llamado a dar testimonio, con las palabras y con la vida, que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo.

Podemos preguntarnos: pero, ¿quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y que relata. Ver, recordar y relatar son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el evento. Por esto recuerda, no sólo porque sabe reconstruir en modo preciso los hechos sucedidos,  pero también porque aquellos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo relata, no en manera fría y distante sino como uno que se ha dejado poner en cuestión y desde aquel día ha cambiado vida. El testigo es uno que ha cambiado vida.

Testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz
El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvación, un evento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. Él puede ser testimoniado por quienes han hecho una experiencia personal de Él, en la oración y en la Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su constante conversión en la Penitencia. Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, todo cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuanto más transparenta un modo de vivir evangélico, alegre, valeroso, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por la comodidad, por la vanidad, por el egoísmo, si se vuelve sordo y ciego a la pregunta sobre la “resurrección” de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita?

María, Madre nuestra nos sostenga con su intercesión para que podamos volvernos, con nuestros límites, pero con la gracia de la fe, testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz.

Traducción del italiano María Cecilia Mutual


Ecuaciones teresianas

Teresa de Jesús tenía una lógica muy particular. Era una mujer inteligente y con ingenio, le gustaba pensar. Observaba y sabía hacer cálculos para lograr sus objetivos, porque su carácter apasionado no apagaba su espíritu práctico y su sentido común.
En Camino de Perfección, escribía: «Un buen entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado… Cuando este falta, yo no sé para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto».
Una ecuación sencilla: cuando el buen entendimiento suma buenas costumbres da lugar a una buena vida. Igual de sencilla es aquella que explica que afrontar la vida sin un arrimo verdadero concluye en un fracaso. Y entonces hablaba de que Jesús es la puerta para adentrarse en lo profundo de Dios.
Era cuando explicaba que en la vida hay de todo: «Negocios y persecuciones y trabajos… tiempo de sequedades…, y que «nosotros no somos ángeles». Contando con eso –dice Teresa– si no se procura andar con Jesús, todo «es andar el alma en el aire, como dicen; porque parece no trae arrimo».
La ecuación es elemental y Teresa explicaba que, a veces, el orden de factores sí altera el producto y «querer ser María antes que haya trabajado con Marta», es decir, saltar pasos en la relación de amistad con Dios, da mal resultado. Lo mismo que hacer adiciones sin cuidado, de modo que una «motita de poca humildad, aunque no parece es nada, para querer aprovechar en la contemplación hace mucho daño».
También tiene su tabla de equivalencias: «Humildad es andar en verdad» o «amor de Dios es… servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad». Y más: si se procura «siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos… se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros». Y –dice Teresa– el resultado es que se tiene una gran libertad.

A veces, tiene una lógica aplastante. Por ejemplo, cuando habla del dinero, ¿para qué sirve?: «¿Qué es esto que se compra con estos dineros que deseamos? ¿Es cosa de precio? ¿Es cosa durable? ¿O para qué los queremos? Negro descanso se procura, que tan caro cuesta».
Y no es que no supiese lo importante que es disponer de lo necesario. Se había visto «atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los tener»; buscando el modo como llevar adelante sus fundaciones y viéndose «sin ayuda de ninguna parte».
Pero, había visto que el dinero acababa marcando las relaciones, como si fuera el baremo de la vida, la medida de buenos y malos, hasta el punto de que –como escribió– «por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre, antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco». Una ecuación tan clara como engañosa, a la que Teresa responde enérgicamente: «¡Oh, si todos diesen en tenerlos por tierra sin provecho!... ¡Con qué amistad se tratarían todos si faltase interés de honra y de dineros!».
Otra de sus ecuaciones dice que despejando el amor propio, se resuelve la incógnita del auto engaño, porque se echa a los ladrones y se descubre la verdad.
Decía: «No os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas».
Hay que aplicar unas fórmulas: «Andar contradiciendo su voluntad… ponerla en lo que nunca se ha de acabar», y hay que dejar de aplicar otras: «Una propia estimación, un juzgar los prójimos, aunque sea en pocas cosas, una falta de caridad con ellos, no los queriendo como a nosotros mismos».
La lógica que propone Teresa es la de ponerse manos a la obra. Sin miedo: «Esforcémonos» –dice– dejando los temores, porque a veces, «no osamos pasar adelante, como si pudiésemos nosotras llegar a estas moradas y que otros anduviesen el camino». Y sin pereza, aunque en ocasiones «como no hemos dejado a nosotras mismas, es muy trabajoso y pesado; porque vamos muy cargadas».
Solo queda observar la progresión: «Andar con particular cuidado y aviso, mirando cómo vamos en las virtudes: si vamos mejorando o disminuyendo en algo, en especial en el amor unas con otras».

El resultado final, en cifras, es que en la amistad con Dios, «lo que está dicho y se dijere… es una cifra de lo que hay que contar», porque Él es infinito y sus misericordias no se pueden calcular.
Fuente: Carmelo de Puzol

sábado, 18 de abril de 2015

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

No quieras soportar injustamente la sombra de tu historia malversada. No intentes huir de la voz que en lo más profundo de ti te dicta tu conciencia. No te justifiques aplicando sobre tu zona oscura el argumento de tus obras buenas, incluso generosas.
No eres juez y parte de tus días, necesitas que otro te responda, te acoja, te disculpe, te escuche, te objetive, te perdone. Es muy fácil creernos hasta héroes, cuando lo que somos en verdad es solo humanos, vulnerables y frágiles.
¡Cómo descansa el alma cuando sabe que no arrastra las heridas incurables de manera clandestina, sino que alguien las comprende y hasta echa sobre ellas el aceite bueno de la misericordia!
¡Qué distinto es recordar los hitos del camino en los que se gustó el descanso, a la sombra de la posada samaritana, de mantener la larga travesía del desierto, sin tregua ni alivio, sino solo sacando por esfuerzo las etapas!
Hoy tienes a tu alcance la oferta generosa, la que acontece en el puerto franco del perdón, donde no se te pide otra cosa que el deseo de iniciar de nuevo la andadura. No temas que te impongan el pago de aranceles portuarios, tan solo se te pide que vacíes tus bodegas del peso clandestino y dejes el lastre que te oprime y dificulta continuar la singladura de la vida.
Aquel que dio su vida por nosotros permanece con los brazos abiertos, con sus palmas heridas, para demostrarnos que comprende, por experiencia propia, nuestras llagas.
No es bueno el disimulo, ni el aparentar que se es invulnerable. Si Jesucristo resucitado se muestra con las señales de su Pasión, ¿cómo tú vas mostrarte exento de arañazos?
No hay mejor posibilidad de curación que cuando se conoce la dolencia, y no hay mayor dificultad de tratamiento, que cuando no se acepta la debilidad. Alguien cree que no existe la enfermedad si se silencia, y se engaña.
Hoy, si te dejas curar, echar aceite en tu herida, gustarás el gozo de la Pascua, el que acontece cuando se recibe el beso de la misericordia divina por el que se renace.

Ángel Moreno de Buenafuente

Creer por experiencia propia.

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que solo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.
Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.
Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: "Paz a vosotros"». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.
El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».
Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?
Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».
Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

El cristiano es una obra maestra

Si te dignas leer esta carta, estoy convencido de que, de entrada, quizás el título te parezca muy presuntuoso. Pero, si sigues leyendo, espero que al final no te lo parezca tanto y hasta es posible que te haga feliz el ser lo que eres o lo que puedes ser.

1. Un cristiano es una obra maestra de Dios y a lo largo de toda su ejecución siempre se podrá ver la hermosura infinita de su amor. Desde el mismo diseño tiene todos los detalles que se necesitan para alcanzar la perfección. Pero el diseño de Dios se ejecuta siempre a cuatro manos: las dos de Dios y las dos de cada ser humano. Entre las cuatro se hace la obra maestra, aunque las de Dios tengan a veces que retocar, si se le deja, lo que la libertad oscurece, cambia, ensucia o intentan malograr por el pecado. La obra de Dios en el camino de fe de un cristiano: siempre sucede entre la gracia y la libertad. ¡Esa pedagogía de Dios es maravillosa! ¡Ese camino del hombre es siempre maravillosamente humilde!

2. El diseño de Dios y el paso libre del cristiano cuentan en su ejecución con la mediación de otros artistas, algunos imprescindibles. Todos están tocados por la mano infinita y amorosa del que hace esa maravilla. Por eso el esmero en completar la obra divina ha de ser tan delicado y generoso: es el esmero de los padres y es el de la Iglesia, que se complementan y enriquecen mutuamente. Si la obra maestra de Dios comienza al nacer, en ese momento empieza la colaboración del hombre y de la mujer que pusieron al ser humano en la vida. Toda la ternura de los padres, a partir de entonces, es reflejo de la ternura de Dios, que caerá como gloria bendita en la vida de los hijos. Con pequeños pasos, lo que Dios diseñó por amor para ser amado, se va embelleciendo poco a poco por la gracia, esa que algunos tienen reservada por haber nacido en tierra sagrada bañada por la carne y la sangre del Hijo de Dios. Esa tierra es la que pisan los hombres y mujeres que han conocido a Jesucristo en el seno de la Iglesia. La Iglesia, que primero es doméstica y después pueblo de Dios, les va dando a los nacidos del agua y del Espíritu los tonos de belleza, bondad y verdad que necesitan para crecer en santidad, que es el fruto precioso que el diseño divino va buscando.

3. Por el misterio de la Pascua de Cristo, a iniciativa primero de los padres y después bajo su protección, los nacidos van entrando, por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía y a veces por la Penitencia, en una dinámica de vida nueva, en un camino espiritual que les va enriqueciendo como seres humanos y como cristianos. Por el camino de los sacramentos de iniciación se va ejecutando el diseño del Creador, que toma cuerpo en las decisiones, en las actitudes, en los sentimientos, en las opciones de los chicos y chicas, a medida que van creciendo. Aunque nunca esté acabado del todo lo que Dios diseñó, en el camino de la vida, con sus matices, sus empeños, sus luchas e incluso en sus fracasos, la obra de Dios va poco a poco resplandeciendo. Por la libertad de elegir el bien de los chicos y por la acción de la Iglesia, que les va mostrando los diversos perfiles de la vida cristiana, se puede hacer la maravilla que Dios espera y que el mundo necesita. Interactuando la educación en la fe y la gracia sacramental, hay que esperar que se pueda decir al final del camino: “Y vio Dios que todo era bueno, porque surgió un cristiano”. Día grande en el que actuó el Señor.

4. Como escribo para iniciados en la fe, enseguida habréis entendido que estoy describiendo la iniciación cristiana. Sé muy bien que lo que acabo de presentar, con matices poéticos y, por tanto, ideales, transcurre siempre entre muchas dificultades, entre situaciones muy difíciles y también sin una clara conciencia de que lo que hacemos es tan maravilloso que exija toda nuestra creatividad y nuestro esfuerzo. Con más frecuencia de la que debiéramos dejamos de hacer lo que a nosotros nos corresponde y, por eso, además de poner en peligro el diseño original de Dios, no acabamos de encontrarnos, al final de los itinerarios de iniciación, al cristiano que esperábamos.

5. A veces no nos damos cuenta de que las obras de arte proceden de una genialidad que las hace únicas. Pensamos que hacer un cristiano es automático, quizás porque nos dejamos llevar por viejos y pasados modos de hacer, que ya no nos sirven en las nuevas formas de este arte: ahora hay que poner amor, cercanía, paciencia y un acompañamiento continuo de todos los que han de colaborar con el diseño de Dios y la libertad de cada uno de nuestros chicos. Ahora hay que poner el trazo exacto que la obra necesite en cada momento. Y ahora, sobre todo, hay que poner lo único que de verdad crea con naturalidad belleza cristiana: el testimonio de la fe.

6. La fe le da la luz que la obra necesita; le da la verdad que la identifica; le da la vida que la proyecta. Porque la obra maestra de Dios, la que sale de la iniciación cristiana de cada chico y de cada chica, si bien es irrepetible, se hace para que embellezca la vida de otros, sobre todo cuando actúan por el amor. Porque el amor es el color que Dios pone en el diseño, el que acompaña todos los retoques, el que luce en su mejor expresión. Se trata de un color que, al brillar, contagia a otras vidas y les deja el destello de una estela especial, que siempre se admira en “color esperanza”.
7. En estos días de la Pascua, desde la misma Vigilia Pascual, la Iglesia, en unos casos está iniciando y en otros completando, por los Sacramentos de iniciación cristiana muchas obras maestras de Dios. Si supiéramos ver así a nuestros niños que se bautizan, a los que participan por vez primera en la Eucaristía y a los adolescentes que reciben el Sacramento del Espíritu, la Confirmación, todo cambiaría para cuantos han de intervenir en su magistral acabado. Nacería una más sensible responsabilidad y disfrutaríamos más al hacernos esta pregunta: ¿Qué puse yo en lo que Dios mismo diseñó, perfeccionó y acabó? Porque, no lo olvidemos, un cristiano es obra de la gracia, y nosotros colaboramos con ella.
Feliz Pascua de Resurrección.

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia

Pedir la gracia de abrir el corazón a la humildad, dijo el Papa

La humillación por sí misma es masoquismo, mientras la padecida y soportada en nombre del Evangelio te hace semejante a Jesús. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, en que invitó a los cristianos a no cultivar jamás sentimientos de odio, sino a tomarse el tiempo para descubrir dentro de sí sentimientos y actitudes agradables a Dios: el amor y el diálogo.

Al preguntarse si en una situación difícil, el hombre puede reaccionar según los modos de Dios, el Papa Bergoglio afirmó que sí, y que se trata de una cuestión de tiempo. El tiempo de dejarse permear por los sentimientos de Jesús. Francisco explicó este concepto analizando el episodio contenido en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, a quienes se los somete a un juicio ante el Sanedrín, por ser acusados de predicar aquel Evangelio que los  doctores de la ley no quieren oír.

No dedicar tiempo al odio

Sin embargo, un fariseo del Sanedrín, Gamaliel, de modo puro, sugiere que los dejen actuar, porque – citando casos análogos del pasado – sostiene que si la doctrina de los Apóstoles “fuera de origen humano, se aniquilaría”, mientras no sucedería si viniera de Dios. El Sanedrín acepta la sugerencia, es decir  – subrayó el Papa – “toma tiempo”. No reacciona siguiendo el instintivo sentimiento de odio. Y esto – añadió Francisco –  es un “remedio” justo para cada ser humano:
“Da tiempo al tiempo. Esto nos sirve a nosotros, cuando tenemos malos pensamientos contra los demás, malos sentimientos, cuando tenemos antipatía, odio, no los dejes crecer, detenerse, dar tiempo al tiempo. El tiempo pone las cosas en armonía y nos hace ver lo justo de las cosas. Pero si tú reaccionas en el momento de la furia, seguramente serás injusto. Serás injusto. Y también te hará mal a ti mismo. Éste es un consejo: el tiempo, el tiempo en el momento de la tentación”.

Quien se detiene da tiempo a Dios

Cuando nosotros alimentamos un resentimiento – observó el Papa – es inevitable que estalle. “Estalla en el insulto, en la guerra” – dijo – y “con estos malos sentimientos contra los demás, luchamos contra Dios”, mientras “Dios ama a los demás, ama la armonía, ama el amor, ama el diálogo, ama caminar juntos”. También “a mí me sucede”, admitió el Santo Padre: “Cuando una cosa no gusta, el primer sentimiento no es de Dios, es malo, siempre”. “Detengámonos en cambio – exclamó – y demos espacio al Espíritu Santo”, para que “nos haga llegar a lo justo, a la paz”. Como los Apóstoles, que son flagelados y dejan el Sanedrín “contentos” de haber padecido “ultrajes por el nombre de Jesús”:

“El orgullo de los primeros te lleva a querer matar a los demás, la humildad, también la humillación, te lleva a asemejarte a Jesús. Y esto es algo que no pensamos. En este momento en el que tantos hermanos y hermanas nuestros son martirizados por el nombre de Jesús, ellos están en este estado, tienen en este momento la alegría de haber sufrido ultrajes, incluso la muerte, por el nombre de Jesús. Para huir del orgullo de los primeros, sólo existe el camino de abrir el corazón a la humildad y a la humildad jamás se llega sin la humillación. Esto es algo que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir”.

Los mártires y los humildes se asemejan a Cristo

Hacia el final de su homilía Francisco se refirió a la gracia de la “imitación de Jesús”. Una imitación testimoniada no sólo por los mártires de hoy, sino también por aquellos “tantos hombres y mujeres que padecen humillaciones cada día y por el bien de su propia familia” y “cierran la boca, no hablan, soportan por amor de Jesús”:
“Y ésta es la santidad de la Iglesia, esta alegría que da la humillación, no porque la humillación sea bella, no, eso sería masoquismo, no: porque con esa humillación tú imitas a Jesús. Dos actitudes: el de la cerrazón que te lleva al odio, a la ira, a querer matar a los demás y el de la apertura a Dios por el camino de Jesús, que deja que las humillaciones te lleguen, incluso aquellas fuertes, con esta alegría interior porque tienes la seguridad de estar en el camino de Jesús”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).