sábado, 6 de diciembre de 2014

CONFESAR NUESTROS PECADOS

Mc 1, 1-8

«Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Este es el inicio solemne y gozoso del evangelio de Marcos. Pero, a continuación, de manera abrupta y sin advertencia alguna, comienza a hablar de la urgente conversión que necesita vivir todo el pueblo para acoger a su Mesías y Señor.

En el desierto aparece un profeta diferente. Viene a «preparar el camino del Señor». Este es su gran servicio a Jesús. Su llamada no se dirige solo a la conciencia individual de cada uno. Lo que busca Juan va más allá de la conversión moral de cada persona. Se trata de «preparar el camino del Señor», un camino concreto y bien definido, el camino que va a seguir Jesús defraudando las expectativas convencionales de muchos.

La reacción del pueblo es conmovedora. Según el evangelista, dejan Judea y Jerusalén y marchan al «desierto» para escuchar la voz que los llama. El desierto les recuerda su antigua fidelidad a Dios, su amigo y aliado, pero, sobre todo, es el mejor lugar para escuchar la llamada a la conversión.

Allí el pueblo toma conciencia de la situación en que viven; experimentan la necesidad de cambiar; reconocen sus pecados sin echarse las culpas unos a otros; sienten necesidad de salvación. Según Marcos, «confesaban sus pecados» y Juan «los bautizaba».

La conversión que necesita nuestro modo de vivir el cristianismo no se puede improvisar. Requiere un tiempo largo de recogimiento y trabajo interior. Pasarán años hasta que hagamos más verdad en la Iglesia y reconozcamos la conversión que necesitamos para acoger más fielmente a Jesucristo en el centro de nuestro cristianismo.

Esta puede ser hoy nuestra tentación. No ir al «desierto». Eludir la necesidad de conversión. No escuchar ninguna voz que nos invite a cambiar. Distraernos con cualquier cosa, para olvidar nuestros miedos y disimular nuestra falta de coraje para acoger la verdad de Jesucristo.

La imagen del pueblo judío «confesando sus pecados» es admirable. ¿No necesitamos los cristianos de hoy hacer un examen de conciencia colectivo, a todos los niveles, para reconocer nuestros errores y pecados? Sin este reconocimiento, ¿es posible «preparar el camino del Señor»?


José Antonio Pagola

Proclamen el Reino de los Cielos


Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.6-8.


Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.


Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel, por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente." 

La síntesis del Adviento en 10 pasos



1.      Adviento es una palabra de etimología latina, que significa “venida”.
2.      Adviento es el tiempo litúrgico compuesto por las cuatro semanas que preceden a la Navidad como tiempo para la preparación al Nacimiento del Señor.
3.      El Adviento tiene como color litúrgico al morado que significa penitencia y conversión, en este caso, transidas de esperanza ante la inminente venida del Señor.
4.      El Adviento es un periodo de tiempo privilegiado para los cristianos ya que se nos invita a recordar el pasado, vivir el presente y preparar el futuro.
5.      El Adviento es memoria del misterio de gracia del nacimiento de Jesucristo. Es memoria de la encarnación. Es memoria de las maravillas que Dios hace en favor de los hombres. Es memoria de la primera venida del Señor. El Adviento es historia viva.
6.      El Adviento es una llamada a vivir el presente de nuestra vida cristiana comprometida y a experimentar y testimoniar la presencia de Jesucristo entre nosotros, con nosotros, por nosotros. El Adviento nos interpela a vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor en la justicia y en el amor. El Adviento es presencia encarnada del cristiano, que cada vez que hace el bien, reactualiza la encarnación y la natividad de Jesucristo.
7.      El Adviento prepara y anticipa el futuro. Es una invitación a preparar la segunda y definitiva venida de Jesucristo, ya en la “majestad de su gloria”. Vendrá como Señor y como Juez. El Adviento nos hace proclamar la fe en su venida gloriosa y nos ayuda a prepararnos a ella. El Adviento es vida futura, es Reino, es escatología.
8.      El Adviento es tiempo para la revisión de la propia vida a la luz de vida de Jesucristo, a la luz de las promesas bíblicas y mesiánicas. El Adviento es tiempo para el examen de conciencia continuado, arrepentido y agradecido.
9.      El Adviento es proyección de vida nueva, de conversión permanente, del cielo nuevo y de la tierra nueva, que sólo se logran con el esfuerzo nuestro -mío y de cada uno de las personas- de cada día y de cada afán.

10.  El Adviento es el tiempo de María de Nazaret que esperó, que confío en la palabra de Dios, que se dejó acampar por Él y en quien floreció y alumbró el Salvador de mundo. 
Fuente: Tengo sed de Ti.

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL TIEMPO DE ADVIENTO: ESPERANDO EL NACIMIENTO DE JESÚS

Queridos amigos, el pasado domingo entramos en el tiempo litúrgico de Adviento, que dura hasta el 24 de diciembre, víspera de Navidad.

Es importante conocer el significado de este tiempo litúrgico, para poder vivirlo mejor. Vamos a adentrarnos en ese significado siguiendo el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos:

El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza:

- espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal;
- conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: "Convertios, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3,2);
- esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y "nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2).
La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías. Está sólidamente enraizada en el pueblo cristiano la conciencia de la larga espera que precedió a la venida del Salvador. Los fieles saben que Dios mantenía, mediante las profecías, la esperanza de Israel en la venida del Mesías.
A la piedad popular no se le escapa, es más, subraya llena de estupor, el acontecimiento extraordinario por el que el Dios de la gloria se ha hecho Niño en el seno de una mujer virgen, pobre y humilde. Los fieles son especialmente sensibles a las dificultades que la Virgen María tuvo que afrontar durante su embarazo y se conmueven al pensar que en la posada no hubo un lugar para José ni para María, que estaba a punto de dar a luz al Niño (cfr. Lc 2,7).
Con referencia al Adviento, han surgido diversas expresiones de piedad popular, que alientan la fe del pueblo cristiano y transmiten, de una generación a otra, la conciencia de algunos valores de este tiempo litúrgico.

La Corona de Adviento

La colocación de cuatro cirios sobre una corona de ramos verdes, que es costumbre sobre todo en los países germánicos y en América del Norte, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.
La Corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cfr. Mal 3,20; Lc 1,78).

Las Procesiones de Adviento
En el tiempo de Adviento se celebran, en algunas regiones, diversas procesiones, que son un anuncio por las calles de la ciudad del próximo nacimiento del Salvador (la "clara estrella" en algunos lugares de Italia), o bien representaciones del camino de José y María hacia Belén, y su búsqueda de un lugar acogedor para el nacimiento de Jesús (las "posadas" de la tradición española y latinoamericana).

Las "Témporas de invierno"

En el hemisferio norte, en el tiempo de Adviento se celebran las "témporas de invierno". Indican el paso de una estación a otra y son un momento de descanso en algunos campos de la actividad humana. La piedad popular está muy atenta al desarrollo del ciclo vital de la naturaleza: mientras se celebran las "témporas de invierno", las semillas se encuentran enterradas, en espera de que la luz y el calor del sol, que precisamente en el solsticio de invierno vuelve a comenzar su ciclo, las haga germinar.
Donde la piedad popular haya establecido expresiones celebrativas del cambio de estación, consérvense y valórense como tiempo de súplica al Señor y de meditación sobre el significado del trabajo humano, que es colaboración con la obra creadora de Dios, realización de la persona, servicio al bien común, actualización del plan de la Redención.
News.va

La grandeza de lo pequeño

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. »
Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: « ¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
 (Lc. 10. 21-24)

“Yo te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños.” Estas palabras encierran un misterio y una paradoja para la lógica humana. Los más grandes acontecimientos de su vida, Cristo no los quiso revelar a quienes, según el mundo, son “los sabios y prudentes”. Él tiene una manera diferente para calificar a los hombres.

Para Dios no existen los instruidos y los iletrados, los fuertes y los débiles, los conocedores y los ignorantes. No busca a las personas más capaces de la tierra para darse a conocer, sino a las más pequeñas, pues sólo estas poseen la única sabiduría que tiene valor: la humildad.

Las almas humildes son aquellas que saben descubrir la mano amorosa de Dios en todos los momentos de su vida, y que con amor y resignación se abandonan con todas sus fuerzas a la Providencia divina, conscientes de que son hijos amados de Dios y que jamás se verán defraudadas por Él. La humildad es la llave maestra que abre la puerta de los secretos de Dios. Es la gran ciencia que nos permite conocerle y amarle como Padre, como Hermano, como Amigo.

El adviento es tiempo de preparación, un momento fuerte de ajuste en nuestras vidas. Esforcémonos, pues, por ser almas sencillas, almas humildes que sean la alegría y la recreación de Dios. Cristo niño volverá a nacer en medio de la más profunda humildad como lo hiciera hace más de dos mil años. Un par de peregrinos tocarán a la puerta de nuestro corazón pidiendo un lugar para que el Hijo de Dios pueda nacer. ¿Cómo podremos negarle nuestro corazón a Dios, que nos pide un corazón humilde y sencillo en el cual pueda nacer?


“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que oyen, y no lo oyeron.”

Autor: H. Christian David Garrido F

ADVIENTO: CAMINO Y PÓRTICO



La invitación llega desde muy lejos. La historia humana comenzó a partir de un acto de amor divino: “Hagamos al hombre”. El amor daba inicio a la vida.


Ese acto magnífico se vio turbado por la respuesta del hombre, por un pecado que significó una tragedia cósmica. Dios, a pesar de todo, no interrumpió su Amor apasionado y fiel. Prometió que vendría el Mesías.

La humanidad entera fue invitada a la espera. El Pueblo escogido, el Israel de Dios, recibió nuevos avisos, oteó que el Mesías llegaría en algún momento de la historia. El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor iba a cumplir, pronto, su promesa.

Esa invitación llega ahora a mi vida. También yo espero salir de mi pecado. También yo necesito sentir el Amor divino que me acompaña en la hora de la prueba. También yo escucho una voz profunda que me pide dejar el egoísmo para dedicarme a servir a mis hermanos.

¿Desde dónde comienzo este camino? Quizá desde la tibieza de un cristianismo apagado y pobre. Quizá desde odios profundos hacia quien me hizo daño. Quizá desde pasiones innobles que me llevan a caer continuamente en el pecado. Quizá desde la tristeza por ver tan poco amor y tantas promesas fracasadas.

La voz vuelve a llamar. En el desierto del mundo, en la soledad de la multitud urbana, en la calma de la noche invadida por los ruidos, en las risas de una fiesta sin sentido... La voz pide, suplica, espera que dé un primer paso, que abra el Evangelio, que escuche la voz de Juan el Bautista, que abandone injusticias y perezas, que mira hacia delante.

El Salvador llega. Juan lo anuncia. La voz que suena en el desierto llega hasta nosotros: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15-16).
Autor: P. Fernando Pascual


Primera predicación de Adviento: “La paz como don de Dios en Cristo Jesús”

A las 9 de la mañana, en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio apostólico vaticano, el Papa Francisco asistió a la primera Predicación de Adviento,  junto a los demás miembros de la Curia Romana.
Tal como explicó el Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en una entrevista concedida al periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, “Paz en la tierra a los hombres que Dios ama”, es el tema inspirado en el Evangelio de San Lucas que ha elegido precisamente por su dolorosa actualidad, junto a la necesidad de volver a dar a esta palabra la riqueza de significado que tiene en la Biblia.
La meditación  del primer viernes de Adviento estuvo dedicada a la paz  como don del Señor en Cristo Jesús. Porque como afirmó el predicador, “la Palabra de Dios nos enseña que la primera y más esencial paz es la vertical, entre Dios y la humanidad”.
“Si se pudiera escuchar el grito más fuerte que hay en el corazón de millones de personas, se oiría, en todas las lenguas del mundo, una sola palabra: ¡paz! La dolorosa actualidad de este tema, unida a la necesidad de dar de nuevo a la palabra paz la riqueza y la profundidad de significado que ésta tiene en la Biblia, me ha impulsado a dedicar a este tema las meditaciones de Adviento de este año. Nos ayudará, espero, a escuchar con oídos nuevos el anuncio navideño: “Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor” y también a comenzar a vivir en nuestro interior el mensaje que la Iglesia, cada año, dirige al mundo en la jornada mundial de la paz”.
Entre los puntos tocados por el Predicador de la Casa Pontificia destacamos: “La paz de Dios prometida y donada”; “La paz, fruto de la cruz de Cristo”; “¡Reciban el Espíritu Santo!” y “¡Dejarse reconciliar con Dios!”.
Al explicar que una de las causas de la alienación del hombre moderno de la religión y de la fe es la imagen distorsionada que se tiene de Dios. El Padre Cantalamessa dijo que ésta es también la causa de un cristianismo apagado, sin entusiasmo y sin alegría, vivido más como un deber que como un don.
De ahí que recordara cuán grandiosa era la imagen de Dios Padre en la Capilla Sixtina,  cuando la vio por primera vez a pesar de estar cubierta por una pátina oscura, y cómo se la ve ahora, tras la restauración, con los colores brillantes y los contornos definidos, tal como salió del pincel de Miguel Ángel. A lo que añadió: “Una restauración más urgentes de la imagen de Dios Padre debe tener lugar en los corazones de los hombres, incluidos nosotros los creyentes”.
Y al destacar que el Espíritu Santo nos comunica el sentimiento que Jesús tenía de su Padre, el Predicador concluyó diciendo:
“De aquí brota el sentimiento filial que se traduce espontáneamente en el grito: ¡Abba, Padre! Como quien dice: “Yo no te conocía, o te conocía sólo de oídas; ahora te conozco, sé quién eres”.
“Salimos ahora a nuestro trabajo cotidiano con una pregunta en el corazón: ¿Qué idea de Dios Padre tengo yo dentro de mí: la del mundo o la de Jesús?”.
Y dado que “el Señor viene”, recordamos que durante la audiencia general del primer miércoles de diciembre, en sintonía con este tiempo litúrgico, el Papa Francisco saludaba a los peregrinos procedentes de América Latina y de España con un deseo muy actual:
“Que la preparación del nacimiento del Señor, en este tiempo de Adviento, les haga crecer en el amor a Jesús y en el deseo de comunicarlo a todos los demás. Muchas gracias y que Dios los bendiga a todos”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los santos escondidos de todos los días dan esperanza, dijo el Papa

Hay tantos santos escondidos, hombres, mujeres, padres y madres de familia, enfermos, sacerdotes, que ponen en práctica todos los días el amor de Jesús y esto da esperanza: es cuanto dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Es verdaderamente cristiano quien pone en práctica la Palabra de Dios. No basta decir que se tiene fe. Al comentar el Evangelio sobre la casa construida sobre la roca o sobre la arena, Francisco invitó a no ser “cristianos de apariencia”, cristianos disfrazados, porque apenas cae un poco de lluvia el truco desaparece. Non basta – dijo el Papa – pertenecer a una familia muy católica o a una asociación o ser un benefactor, si no se sigue después la voluntad de Dios.

Tantos cristianos de apariencias” –  observó el Santo Padre – “caen ante las primeras tentaciones”, porque “no hay sustancia allí”, han construido sobre la arena. En cambio, hay tantos santos “en el pueblo de Dios –   no necesariamente canonizados, sino santos – tantos hombres y mujeres” que “ponen en práctica el amor de Jesús. Tantos”. Que han construido su casa sobre la roca, que es Cristo:

“Pensemos en los más pequeños, eh. En los enfermos que ofrecen sus sufrimientos por la Iglesia, por los demás. Pensemos en tantos ancianos solos, que rezan y ofrecen. Pensemos en tantas madres y padres de familia que llevan adelante con tanta fatiga su familia, la educación de los hijos, el trabajo cotidiano, los problemas, pero siempre con la esperanza en Jesús, que no se pavonean, sino que hacen lo que pueden”.
¡Son los “santos de la vida cotidiana!”, exclamó el Papa:

“Pensemos en tantos sacerdotes que no se hacen ver pero que trabajan en sus parroquias con tanto amor: la catequesis a los niños, la atención a los ancianos, a los enfermos, la preparación a los recién casados… Y todos los días lo mismo, lo mismo, lo mismo. No se aburren porque en su fundamento está la roca. Es Jesús, esto es lo que da santidad a la Iglesia, ¡esto es lo que da esperanza!”.

Francisco afirmó además que “debemos pensar mucho en la santidad escondida que existe en la Iglesia”. “Cristianos que permanecen en Jesús. Pecadores, ¡eh! Todos lo somos. Y también a veces alguno de estos cristianos comete algún pecado grave, pero se arrepienten, piden perdón, y esto es grande: la capacidad de pedir perdón, de no confundir pecado con virtud, de saber bien dónde está la virtud y dónde está el pecado. Estos están fundados sobre la roca y la roca es Cristo. Siguen el camino de Jesús, lo siguen a Él”.

“Los soberbios, los vanidosos, los cristianos de apariencia –  subrayó el Papa Bergoglio  – serán derribados, humillados”, mientras “los pobres serán aquellos que triunfarán, los pobres de espíritu, los que ante Dios se sienten una nada, los humildes, y llevan adelante la salvación poniendo en práctica la Palabra del Señor”.

“Hoy estamos, mañana no estaremos” –  dijo el Papa citando a San Bernardo: “Piensa, hombre, qué será de ti: comida para gusanos”. “Nos comerán los gusanos, a todos” – recordó el Papa – y “si no tenemos esta roca, terminaremos aplastados”:

“En este tiempo de preparación a la Navidad pidamos al Señor que estemos fundados firmemente en la roca que es Él. Nuestra esperanza es Él. Nosotros somos todos pecadores, somos débiles pero si ponemos la esperanza en Él podremos ir adelante. Y ésta es la alegría de un cristiano: saber que en Él está la esperanza, está el perdón, está la paz, está la alegría. Y no poner nuestra esperanza en cosas que hoy están y mañana no estarán”.
(María Fernanda Bernasconi - RV). 


miércoles, 3 de diciembre de 2014

«LAS DOS VENIDAS DE CRISTO»



De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

(Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874)

De News.va

martes, 2 de diciembre de 2014

Charles de Foucauld


Padre mío
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo,
Lo acepto todo,
Con tal que tu voluntad se haga en mí
Y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
Con todo el amor de mi corazón.
Porque te amo
Y porque para mí amarte es darme, 
Entregarme en tus manos sin medida,
Con una infinita confianza, 
Porque tu eres mi Padre.

(Carlos de Foucauld)

“¡Despierten al mundo!”, pide el Papa a los religiosos

En vísperas de la apertura oficial del Año de la Vida Consagrada, que tuvo lugar el primer domingo de Adviento, con la solemne celebración de la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, presidida por el Cardenal João Braz de Aviz, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Santo Padre Francisco, quien se encontraba en Turquía en el ámbito de su sexto viaje apostólico internacional, dirigió un video mensaje a todos los consagrados y las consagradas que viven y trabajan en el mundo, sin olvidar a quienes participaron en la vigilia de oración celebrada el 29 de noviembre en la Basílica romana de Santa María la Mayor.
Al respecto cabe destacar que este Año de la Vida Consagrada concluirá el 2 de febrero del 2016, en coincidencia, precisamente, con la celebración de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
“¡Despierten al mundo! ¡Despierten al mundo!” Es ésta la invocación que el Papa Francisco hace nuevamente con este video mensaje de saludo a los consagrados y consagradas que gastan su vida en las periferias del mundo. El Santo Padre manifiesta su deseo de que este Año dedicado de modo especial a este estado de vida sea una ocasión para valorizar de modo conveniente el don precioso de la vocación a la vida consagrada.
“Pongan a Cristo en el centro de su existencia” – les dice el Papa Francisco – porque “la vida consagrada consiste esencialmente en la adhesión personal a Él”. Y pide a los consagrados y a las consagradas de todo el mundo que se transformen en la “memoria viva del modo de ser de Jesús, como Verbo encarnado frente al Padre y frente a los hermanos” (cit. Vita Consacrata 22).
Escuchemos algunas de las consideraciones del Obispo de Roma, comenzando por la afectuosa cercanía que les manifiesta:
Queridos hermanos y hermanas, si bien lejos físicamente a causa de mi servicio a la Iglesia universal, me siento íntimamente unido a todos los consagrados y a las consagradas al inicio de este Año que he querido que estuviera dedicado a la Vida Consagrada.
Tras saludar a los miembros de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, así como a todos los que en ese momento estaban presentes en la Basílica de Santa María la Mayor, bajo la tierna mirada de la Bienaventurada VirgenSalus Populi Romani, para asistir a esa vigilia de oración, el Pastor de la Iglesia universal extendió, con su agradecimiento, su mirada a todos los consagrados de los cinco continentes:
En esta ocasión, mis primeras palabras son de gratitud al Señor por el don precioso de la vida consagrada a la Iglesia y al mundo. Que este Año de la Vida Consagrara sea una ocasión a fin de que todos los miembros del pueblo de Dios del gracias al Señor, del que proviene todo bien, por el don de la vida consagrada, valorizándola de manera conveniente.
A ustedes, queridos hermanos y hermanas consagrados, va igualmente mi gratitud por lo que son y hacen en la Iglesia y en el mundo: que éste sea un “tiempo fuerte” para celebrar con toda la Iglesia el don de su vocación y para reavivar su misión profética.
Tras insistir en que deben despertar al mundo, poniendo a Cristo en el centro de su existencia, dejándose tocar por su mano, conducir por su voz y sostener por su gracia, porque están llamados a ser “exégesis viva” del Evangelio, el Papa les pide:
¡Salgan de su nido hacia las periferias del hombre y de la mujer de hoy! Para esto, déjense encontrar por Cristo. El encuentro con Él los impulsará al encuentro con los demás y los llevará hacia los más necesitados, hacia los más pobres. Lleguen a las periferias que esperan la luz del Evangelio. Vivan en las fronteras. Esto les pedirá vigilancia para descubrir las novedades del Espíritu; lucidez para reconocer la complejidad de las nuevas fronteras; discernimiento para identificar los límites y la manera adecuada de proceder; e inmersión en la realidad, “tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo”.
Francisco les recuerda que ante ellos se presentarán numerosos desafíos, que sin embargo pueden ser superados, siendo realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la esperanza. De ahí que exclame: “¡ No nos dejemos robar la fuerza misionera!”. Y antes de concluir manifestando su deseo de que el Señor los bendiga y la Virgen los custodie, y de pedir, por favor, que recen por él, el Santo Padre desea:
Que María, mujer en contemplación del misterio de Dios en el mundo y en la historia, mujer diligente en el ayudar con prontitud a los demás, y por esto modelo de todo discípulo misionero, nos acompañe en este Año de la Vida Consagrada que ponemos bajo su mirada materna.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Francisco: un corazón humilde conoce a Dios, la teología se hace de rodillas, dijo el Papa en su homilía

 Quien estudia el misterio de Dios que se ponga de rodillas, porque Dios se revela con mucho gusto a un corazón humilde. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
Los ojos de un pobre son más aptos para ver a Cristo y, a través de Él, vislumbrar el perfil de Dios. Los otros que pretenden sondar este misterio con los recursos de su propia inteligencia primero deben ponerse “de rodillas”, en actitud de humildad, de lo contrario “no entenderán nada”. Francisco reafirmó la verdad y la paradoja del misterio de la Buena Nueva: el Reino de su Padre pertenece a los “pobres de espíritu”. La reflexión del Papa siguió la huella del Evangelio de Lucas propuesta por la liturgia, en el punto en el que Cristo alaba y da gracias a su Padre porque ha decidido revelarse a quien para la sociedad no cuenta nada y a quien, tal vez cuenta, pero sabe hacerse “pequeño” en el alma:
“Él nos hace conocer al Padre, nos hace conocer esta vida interior que Él tiene. Y ¿a quién revela esto el Padre? ¿A quién da esta gracia? ‘Te alabo, oh Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y las has revelado a los pequeños’. Sólo aquellos que tienen el corazón como los pequeños, que son capaces de recibir esta revelación, el corazón humilde, manso, que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, se siente pobre; solamente aquel que va adelante con la primera Bienaventuranza: los pobres de espíritu”.
Por tanto, la pobreza es la dote privilegiada para abrir la puerta del misterio de Dios. Una dote que a veces, hizo notar el Papa, puede faltar precisamente en quien a este misterio dedica una vida de estudios:
“Tantos pueden conocer la ciencia, la teología también, ¡tantos! Pero si no hacen esta teología de rodillas, o sea humildemente, como pequeños, no entenderán nada. Nos dirán tantas cosas, pero no comprenderán nada. Sólo esta pobreza es capaz de recibir la Revelación que el Padre da a través de Jesús, a través de Jesús. Y Jesús viene, no como un capitán, un general de ejército, un gobernante potente, no, no. Viene como un brote. Así lo hemos escuchado en la Primera Lectura: ‘En aquel día, un retoño brotará del tronco de Jesé. Él es un vástago: es humilde, es manso, y ha venido para los humildes, para los mansos, a traer la salvación a los enfermos, a los pobres, a los oprimidos”.
El Santo Padre prosiguió explicando que Jesús es el primero de los marginados llegando incluso a considerar “un valor no negociable ser igual a Dios”. “La grandeza del misterio de Dios”, repitió, se conoce solamente “en el misterio de Jesús y el misterio de Jesús es precisamente el misterio del abajarse, del aniquilarse, del humillarse” que “trae la salvación a los pobres, a aquellos que son aniquilados por tantas enfermedades, pecados y situaciones difíciles”. “Fuera de este marco  – concluyó el Papa Francisco – no se puede entender el misterio de Jesús”:
“Pidamos al Señor, en este tiempo de Adviento, que nos acerquemos más, más, más a su misterio y que lo hagamos por el camino que Él quiere que hagamos: el camino de la humildad, el camino de la mansedumbre, el camino de la pobreza, el camino de sentirnos pecadores. Así Él viene a salvarnos, a liberarnos. Que el Señor nos de esta gracia”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).