martes, 26 de agosto de 2014

APRENDER A PERDER

Mt 16, 21-27
El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?


Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.

Escrito por  José Antonio Pagola

lunes, 25 de agosto de 2014

Perder los sueños en Israel y Palestina: “No me queda más que Dios”

El párroco argentino en Franja de Gaza: "Eran viviendas y ya no están más, eran sueños de años y se desvanecieron en un minuto”

En la más reciente de sus crónicas, el padre Jorge Hernández, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado y párroco en la Franja de Gaza, relató la ayuda humanitaria llevada por la Iglesia a las zonas más afectadas durante el periodo de tregua del 10 al 15 de agosto de este año, y aseguró que “los niños son las silenciosas e inocentes víctimas” del conflicto entre Palestina e Israel.
 
El conflicto, iniciado el 8 de julio, ha dejado hasta el momento, de acuerdo a las cifras de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, 1.976 muertos; el 72% que han documentado fueron civiles, y 698 han sido mujeres y niños.
 
En una carta anterior, con fecha 31 de julio, el padre Jorge advirtió que “no han bombardeado la parroquia, como apareció en algunos medios”.
 
“Nosotros estamos bien”, indicó, “por gracia de Dios seguimos adelante, tranquilos y serenos, haciendo lo que se puede”.
 
En su crónica más reciente, fechada el 14 de agosto y titulada “Por que veas lo que yo veo”, el padre Jorge relató que “gozamos de una tregua de cinco días de esta espantosa guerra. Así es que aprovechamos para llevar ayuda a los más necesitados y nos dirigimos hacia El Jiza’a, en Jan Iunes, localidad situada al sur de la Franja de Gaza en la frontera con Israel”.
 
Al llegar a esta, “una de las localidades más dañadas”, el sacerdote se encontró con una insospechada destrucción.
 
“Seguimos a pie. Silencio. ¡No se puede creer! Es tremendamente difícil conceptualizar lo que significa tanta destrucción. Panorama desolador”, escribió.
 
“No hay casas, sólo escombros. Eran viviendas y ya no están más. Eran sueños de años y se desvanecieron en un minuto”.
 
El padre Jorge reflexionó sobre el caso de Abu Ahmad, “un hombre sencillo que pasó toda la vida trabajando para tener su casa. Tenía que habitarla en septiembre, pero ya no podrá hacerlo”.
 
“Seguimos. Poco más adelante el tanque del agua potable del barrio, destruido. ¿Por qué? Sinceramente, no lo sé”.
 
El sacerdote lamentó que “los niños son las silenciosas e inocentes víctimas de lo que aquí se vive. Baste pensar que un niño de sólo 6 años ha vivido ya 3 guerras, en medio de un ambiente de hostilidad y violencia, con habituales esporádicos bombardeos, en una prisión a cielo abierto”.
 
“¿¡Qué clase de infancia pueden vivir!? ¿¡Qué personalidad pueden fraguar, que carácter forjar!? -se preguntó-. Es difícil encontrar en ellos la alegría espontanea”.
 
El padre Jorge se cuestionó “¿cómo hace la gente? ¿Cómo enfrenta todo esto? ¿Cómo se empieza? Se empieza resignándose a aceptar la realidad. Lo que sucedió no se puede cambiar. Sólo queda confiarse a Dios y recomenzar. La vida continúa”.
 
“Van a sus casas (ruinas), observan, repasan, recuerdan los lugares de la casa donde estaba tal o cual cosa. Ven una ropa, que todavía sirve, la separan. Una silla, un zapato, una cuadro, un ladrillo… lo separan, pues todavía es útil. Y así, con el resto. Se comienza de a poco y se camina un paso a la vez. ¡Que fortaleza!”.
 
El sacerdote argentino señaló que estando en ese poblado destruido por los bombardeos “encontré un hombre que me dio una gran lección. Me acerco para hablar con él y al final, como despidiéndose me dijo: ‘No me queda más que Dios’. Resultan extraños, a veces, los caminos que la Divina Providencia utiliza para instruirnos. Creo que este debiera ser el lema del religioso, desprendido de todo, confiado sólo a Dios”.
 
Pasado el mediodía, recordó el párroco, vio a una familia “almorzando en lo que queda de su casa”. “Abas, garbanzos, cebollas, constituyen el bocado diario básico, y muchas veces el único”.
 
“Más adelante, un montón de escombros con la bandera palestina. Alta, esbelta, flameando, como sugiriendo a un tiempo la paciencia de la gente simple y sencilla que no baja los brazos”.
 
Al volver, concluyó, con “paso lento y el ánimo ido, no se puede menos que elevar una plegaria al Buen Dios, para que tenga misericordia de todos; ilumine y cambie las inteligencias de los responsables de semejante masacre, que duras cuentas habrán de dar ante Él; por los niños, tristes víctimas de esta locura”.

Fuente: Aciprensa

¡Ay de los que cierran a los hombres el Reino de los Cielos!



Evangelio según San Mateo 23,13-22.

"¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo han conseguido lo hacen dos veces más digno de la Gehena que ustedes!

¡Ay de ustedes, guías, ciegos, que dicen: 'Si se jura por el santuario, el juramento no vale; pero si se jura por el oro del santuario, entonces sí que vale'!

¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante: el oro o el santuario que hace sagrado el oro?
Ustedes dicen también: 'Si se jura por el altar, el juramento no vale, pero vale si se jura por la ofrenda que está sobre el altar'.

¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que hace sagrada esa ofrenda?

Ahora bien, jurar por el altar, es jurar por él y por todo lo que está sobre él.

Jurar por el santuario, es jurar por él y por aquel que lo habita.

Jurar por el cielo, es jurar por el trono de Dios y por aquel que está sentado en él.

De News.va

domingo, 24 de agosto de 2014

Pensemos de qué modo responderemos a la pregunta de Jesús: «¿Pero ustedes, quién dicen que soy yo?», el Papa a la hora del Ángelus

El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre pasaje, central en el relato de Mateo, en el que Simón, en nombre de los Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo»; y Jesús llama «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don, un don especial del Padre, y le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Detengámonos un momento precisamente en este punto, sobre el hecho de que Jesús atribuye a Simón este nuevo nombre: “Pedro”, que en la lengua de Jesús suena “Cefas”, una palabra que significa “piedra”. En la Biblia este nombre, este término, “piedra”, está referido a Dios. Jesús lo atribuye a Simón, no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le viene de lo alto.


Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre ha dado a Simón una fe “fiable”, sobre la cual Él, Jesús, podrá edificar su Iglesia, es decir su comunidad. Es decir, todos nosotros. Todos nosotros.


Jesús tiene el propósito de dar vida a “su” Iglesia, un pueblo fundado ya no en su descendencia, sino en la fe, es decir, en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús edifica la Iglesia. Y, por tanto, para iniciar su Iglesia, Jesús tiene necesidad de encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe “de confianza”. Esto es lo que Él debe verificar en este punto del camino. Y por eso formula la pregunta.


El Señor tiene en su mente la imagen del construir, la imagen de la comunidad como edificio. He aquí porqué, cuando siente la profesión de fe genuina de Simón, lo llama “piedra”, y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.

Hermanos y hermanas, lo que sucedió de modo único en San Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios vivo.
El Evangelio de hoy también interpela a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Cada uno responda en su corazón, eh. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo es? ¿Qué encuentra el Señor en nuestros corazones? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, difidente, incrédulo? 

Nos hará bien en la jornada de hoy pensar en esto.
Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe, no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros piedras vivas con las cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús su propia fe, pobre, pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia hoy, en todas partes del mundo.
 

También en nuestros días «mucha gente» piensa que Jesús es un gran profeta, un maestro de sabiduría, un modelo de justicia… Y también hoy Jesús pregunta a sus discípulos, es decir a nosotros, a todos nosotros: «¿Pero ustedes, quién dicen que soy yo?». ¿Un profeta, un maestro de sabiduría, un modelo de justicia? ¿Qué responderemos nosotros?
Pensemos en esto. Pero sobre todo, oremos a Dios Padre, para que nos dé la respuesta y por intercesión de la Virgen María; pidámosle que nos dé la gracia de responder, con corazón sincero: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Ésta es una confesión de fe. Éste es precisamente el Credo. Pero podemos repetirlo tres veces todos juntos: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Todos juntos: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre?



Evangelio según San Mateo 16,13-20.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".

Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Desde mi cruz a tu soledad


Te escribo desde mi cruz a tu soledad,
a ti, que tantas veces me miraste sin verme

y me oíste sin escucharme.

A ti, que tantas veces prometiste
seguirme de cerca
y sin saber por qué te distanciaste
de las huellas que dejé en el mundo
para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo,
que me buscas sin hallarme
y a veces pierdes la fe en encontrarme,
a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo

y no comprendes que estoy vivo.

Yo soy el principio y el fin,
soy el camino para no desviarte,
la verdad para que no te equivoques
y la vida para no morir.

Mi tema preferido es el amor,
que fue mi razón para vivir y para morir.

Yo fui libre hasta el fin,
tuve un ideal claro
y lo defendí con mi sangre para salvarte.

Fui maestro y servidor,
soy sensible a la amistad
y hace tiempo que espero que me regales la tuya.

Nadie como yo conoce tu alma,
tus pensamientos, tu proceder,
y sé muy bien lo que vales.

Sé que quizás tu vida
te parezca pobre a los ojos del mundo,
pero Yo sé que tienes mucho para dar,
y estoy seguro que dentro de tu corazón
hay un tesoro escondido;
conócete a ti mismo
y me harás un lugar a mí.

Si supieras cuánto hace
que golpeo las puertas de tu corazón
y no recibo respuesta.

A veces también me duele que me ignores
y me condenes como Pilato,
otras que me niegues como Pedro
y que otras tantas me traiciones como Judas.

Y hoy, te pido paciencia para tus padres,
amor para tu pareja,
responsabilidad para con tus hijos,
tolerancia para los ancianos,
comprensión para todos tus hermanos,
compasión para el que sufre,
servicio para todos.

Quisiera no volver a verte egoísta,
orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista.
Desearía que tu vida fuera alegre,
siempre joven y cristiana.

Cada vez que flaquees, búscame y me encontrarás,
cada vez que te sientas cansado,
háblame, cuéntame.
Cada vez que creas que no sirves para nada
no te deprimas,
no te creas poca cosa,
no olvides que yo necesité de un asno
para entrar en Jerusalén
y necesito de tu pequeñez
para entrar en el alma de tu prójimo.

Cada vez que te sientas solo en el camino,
no olvides que estoy contigo.
No te canses de pedirme
que yo no me cansaré de darte,
no te canses de seguirme que yo 
no me cansaré de acompañarte,
nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes,
estoy para ayudarte.

Tu amigo que te ama,
Jesús.
Fuente: Tengo sed de Ti

viernes, 22 de agosto de 2014

Santa María Reina

Pablo VI dice en su exhortación apostólica Marialis cultus: «La solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la Realeza de María, que tiene lugar ocho días después y en la que se contempla a aquella que, sentada junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre».

Se subraya así el vínculo profundo que existe entre la Asunción y la Coronación de la Virgen. En esa misma línea de pensamiento, el Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia, enumera las grandezas de la Madre de Jesús, que culminan en su coronación: Los Apóstoles –recuerda–, antes de recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, perseveraban unánimes en la oración con María, la Madre de Jesús.

También María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra.

Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial, y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte (Lumen gentium, 59).
 
Pío XII, en su Encíclica sobre la Realeza de María, exponía que el pueblo cristiano, desde los primeros siglos de la Iglesia, ha elevado suplicantes oraciones e himnos de loa y de piedad a la “Reina del Cielo”, tanto en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligro; y que nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció la fe que nos enseña que la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, y está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.
 
Con razón –añadía el Papa–, el pueblo cristiano ha creído siempre que aquella de quien nació el Hijo del Altísimo, Príncipe de la Paz, Rey de reyes y Señor de los señores, recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia; y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, ha reconocido en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.

En la tradición cristiana, ya los antiguos escritores, fundados en las palabras del arcángel san Gabriel, que predijo el reinado eterno del Hijo de María, y en las de Isabel, que se inclinó reverente ante ella llamándola Madre de mi Señor, llamaban a María Madre del Rey y Madre del Señor, queriendo significar que de la realeza del Hijo se derivaba la de su Madre.
 
La sagrada liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina: Salve Regina, Regina caeli laetare, Ave Regina caelorum, etc.

También el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Éfeso, ha representado a María como Reina y Emperatriz coronada.
 
Desde el punto de vista teológico, el argumento principal en que se funda la dignidad regia de María es su divina maternidad: el ser madre de Jesucristo, el único que en sentido estricto, propio y absoluto, es Rey del Universo por naturaleza. A lo que hay que añadir que la Virgen también es proclamada Reina en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo, asociada a su Hijo, en la obra de nuestra eterna salvación.
 
La Iglesia no ha cesado de avivar la devoción a María, madre de Dios y madre de nuestra, y de fomentar la confianza en su maternal intercesión.

jueves, 21 de agosto de 2014

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Mt 16, 13-20

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quiénes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


        José Antonio Pagola

Agradecimiento del Papa a la Virgen por la peregrinación a Corea y preocupación por Irak. A los periodistas en el avión: “detener si, bombardear no”

Inmediatamente después su llegada a Roma, antes de las 18 horas del 18 de agosto, de regreso de su tercer viaje apostólico, Francisco se dirigió a la Basílica Santa María Mayor con un ramo de flores que le entregó en Seúl una niña coreana.
 

En el avión el Obispo de Roma habló con los periodistas de los momentos más importantes de este viaje, de las emociones vividas y de los diversos encuentros, de la actualidad internacional desde Irak a Oriente Medio. El servicio es de nuestra colega Gabriela Ceraso:
El pensamiento sobre el pueblo coreano abre y cierra sustancialmente el diálogo articulado en 16 preguntas que el Papa respondió a los periodistas. 

Fue la actualidad internacional la que irrumpió entre los argumentos. Especialmente Irak: “Estoy dispuesto a ir”, reveló Francisco, “pero en este momento no es lo mejor para hacer”, después afirmó: “Es lícito frenar al agresor injusto”, frenar, "no digo bombardear", aclara, y por lo tanto evaluar los medios con los cuales hacerlo”. Detener al agresor es justo y lícito.Pero tenemos que tener memoria de todas las veces que con esta escusa de detener al agresor las potencias se han apropiado de los pueblos y han hecho ¡una verdadera guerra de conquista! Una sola nación no puede juzgar cómo se detiene esto, cómo se detiene a un agresor injusto".
 


Después se habló de la guerra en Oriente Medio. Le preguntan si fue inútil la oración y el ayuno con Abu Mazen y Peres, en el Vaticano. El Obispo de Roma respondió que aquella iniciativa “nacida de hombres que creen en Dios”, “no ha sido un fracaso absoluto” porque sin oración no hay negociación ni diálogo –explicó-, ha sido un paso fundamental en cuanto a la actitud humana”, “Creo que la puerta fue abierta”: "Ahora el humo de las bombas, de las guerras no dejan ver la puerta, pero la puerta ha quedado abierta desde aquel momento. Yo creo en Dios y creo que el Señor mira aquella puerta y a cuantos rezan y a cuantos piden que Él nos ayude".
 


Las emociones experimentadas, que encuentran muchos testimonios de sufrimiento en Corea, son ocasión para que el Papa hable de los efectos de la guerra. En el abrazo con las mujeres ancianas que sobrevivieron a la deportación en la Segunda Guerra mundial Francisco manifiesta haber visto el dolor de todo el pueblo coreano, dividido, humillado, invadido y sin embargo fuerte en su dignidad. De aquí parte el llamado al mundo: “debemos detenernos a pensar un poco en el nivel de crueldad al que hemos llegado” y después, palabras duras sobre la tortura usada en los procesos judiciarios y de inteligencia: "La tortura es un pecado contra la humanidad, es un delito contra la humanidad y a los católicos yo les digo: ¡Torturar una persona es pecado mortal, es pecado grave!. Pero es más: es un pecado contra la humanidad".
 


Después el pensamiento del Papa regresa sobre la disponibilidad al diálogo con el pueblo chino, definido “bello, noble y sabio”; "la Santa Sede tiene abiertos los contactos” dice Francisco que revela el deseo de viajar a China.También le hacen una pregunta sobre el proceso de beatificación del arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar Arnulfo Romero. “Está desbloqueado” -explica el Papa-, y expresa el deseo de que ahora todo se aclare para este "hombre de Dios" y se proceda con prontitud.
 

Después, las infaltables preguntas sobre los viajes previstos para el 2015: es segura la etapa en Filadelfia, para el encuentro mundial de las familias, a la que se podría agregar New York y Washington. Es probable después el viaje a Méjico, pero no es seguro, como también España. Finalmente, tantas curiosidades de los periodistas sobre la vida privada: la vida "normal" en Santa Marta, las vacaciones caracterizadas por un “ritmo distinto” de vida, con más lectura, más descanso, música. También la relación con Benedicto XVI fue tema de la conferencia: Es una relación "fraterna" hecha de intercambio continuo de opiniones. La elección que hace hoy un Papa emérito "abre una puerta", afirma Francisco, una “puerta que es institucional, non excepcional": "Porque nuestra vida se alarga y a una cierta edad no está la capacidad de gobernar bien, porque el cuerpo se cansa… la salud quizá es buena pero no hay capacidad para llevar adelante los problemas de un gobierno como el de la Iglesia. Quizá algún teólogo me dirá que esto es injusto. Los siglos dirán si es justo o no. Veremos. Pero yo haría lo mismo".

El Papa Francisco concluye la visita a Corea indicando a todo el continente un futuro de reconciliación y de paz - Nuevos horizontes de diálogo y encuentro

Para Corea, que desde hace más de sesenta años vive «una experiencia de división y de conflicto», y para toda Asia, el Papa Francisco ve en el horizonte «nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro y de superación de las diferencias». Y así, como conclusión de su tercer viaje más allá de los confines italianos, lanza un mensaje que une realismo y esperanza: incluso cuando toda perspectiva humana parece «imposible, irrealizable y, quizás, hasta inaceptable» —asegura durante la misa celebrada en la catedral de Seúl el lunes 18 de agosto, por la mañana, poco antes de dejar Corea para regresar al Vaticano— es posible experimentar que «el perdón es la puerta que conduce a la reconciliación» que «supera toda división, sana cualquier herida y restablece los lazos originarios del amor fraterno».
Una convicción que, en la visión del Papa Francisco, se basa en la «disciplina de la paciencia» y en el trabajo paciente de una diplomacia lejana de «recriminaciones recíprocas, críticas inútiles y demostraciones de fuerza», como había destacado ante las autoridades políticas coreanas ya a su llegada el jueves 14 por la mañana. Sin olvidar que en un mundo cada vez más globalizado la paz pasa también a través de un desarrollo económico a la medida del hombre, atento a los más vulnerables y capaz de poner un freno al «espíritu de competición desenfrenada —adviritió en la misa de la solemnidad de la Asunción— que genera egoísmo y hostilidad».

A este compromiso el Pontífice llama a los cristianos a dar una aportación original, a través de un «testimonio profético» en beneficio de toda la sociedad. Y así a los obispos coreanos recordó que la Iglesia debe huir de la tentación del «bienestar espiritual» que aleja a los pobres de sus puertas. Y a los prelados del continente le presenta una iluminadora lección de diálogo, invitándoles a no «esconderse detrás de respuestas fáciles, frases hechas, leyes y reglamentos» sino a acercarse a los demás con espíritu libre y abierto. Teniendo bien presente que los cristianos no actúan como «conquistadores» sino deseando caminar junto a cada hombre para mostrar que la unidad —como recordó a los jóvenes protagonistas de la sexta jornada de la juventud asiática en el santuario de Solmoe— «no destruye la diversidad sino que la reconoce, la reconcilia y la enriquece».

lunes, 18 de agosto de 2014

Papa: ¡Jesús pide que creamos que el perdón es la puerta que conduce a la reconciliación!

 «La cruz de Cristo revela el poder de Dios que supera toda división, sana cualquier herida y restablece los lazos originarios del amor fraterno. 

¡Éste es el mensaje que les dejo como conclusión de mi visita a Corea: tengan confianza en la fuerza de la cruz de Cristo!

Reciban su gracia reconciliadora en sus corazones y compártanla con los demás», dijo el Papa Francisco, culminando su viaje a Corea con la Santa Misa para implorar a Dios la gracia de la paz y de la reconciliación. 

Con este ruego que tiene especial resonancia en la península coreana, cuyo pueblo desde hace más de 60 años conoce la experiencia de división y conflicto, en la Catedral de Myeong-dong, en Seúl, el Obispo de Roma alentó también a dar «un testimonio convincente del mensaje reconciliador de Cristo en sus casas, en sus comunidades y en todos los ámbitos de la vida nacional». 

Exhortando a la conversión e impulsando la amistad y colaboración con otros cristianos, con los seguidores de otras religiones y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, invitó a rezar «para que surjan nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro, para que se superen las diferencias, para que, con generosidad constante, se preste asistencia humanitaria a cuantos pasan necesidad, y para que se extienda cada vez más la convicción de que todos los coreanos son hermanos y hermanas, miembros de una única familia, de un solo pueblo. Hablan la misma lengua».

En la oración de los fieles, el Papa Bergoglio invitó a rezar por el Card. Filoni, enviado personal suyo a Irak y por cuantos sufren persecuciones y están obligados a dejar sus casas y tierra.

 Homilía Completa

sábado, 16 de agosto de 2014

«TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO» De la constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío XII

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición... afirma, con elocuencia vehemente: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre
de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al
Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. [...]


Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen
integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

Fuente: News.va



Papa: los mártires testimonian que la victoria de Cristo es la nuestra. Escuchar el clamor de los pobres e impulsar la paz, en Corea, en Asia y en todo el mundo

¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rm 8,35). 

En un mundo que a menudo cuestiona nuestra fe, los mártires son testimonio del poder del amor de Dios, para construir una sociedad justa, libre y reconciliada, inspirando a todos los hombres de buena voluntad para impulsar la paz, en Corea, en Asia y para toda la familia humana.

 Con una multitudinaria participación de fieles - entre ochocientos mil y un millón - en un día de gran regocijo para todos los coreanos, el Papa Francisco beatificó a los mártires Pablo Yun Ji-chung y sus 123 compañeros que «vivieron y murieron por Cristo y ahora reinan con Él en la alegría y en la gloria». 


Su ejemplo nos interpela a todos en sociedades que no escuchan el clamor de los pobres, donde Cristo nos sigue llamando. Destacando el legado de todos ellos y su testimonio de caridad y solidaridad para con todos - parte de la rica historia del pueblo coreano - el Santo Padre recordó que «en la misteriosa providencia de Dios, la fe cristiana no llegó a las costas de Corea a través de los misioneros; sino que entró por el corazón y la mente de los propios coreanos»

«Tras un encuentro inicial con el Evangelio», «el conocimiento de Jesús pronto dio lugar a un encuentro con el Señor mismo». 

Abrazando en esta beatificación también a todos los mártires anónimos que en Corea y en todo el mundo, han dado su vida por Cristo o han sufrido lacerantes persecuciones por su nombre, el Papa Bergoglio culminó su homilía rogando «que la intercesión de los mártires coreanos, en unión con Nuestra Señora, Madre de la Iglesia, nos alcance la gracia de la perseverancia en la fe y en toda obra buena en la santidad y la pureza de corazón, y en el celo apostólico de dar testimonio de Jesús en este querido país, en toda Asia y hasta los confines de la tierra». (CdM - RV)

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viernes, 15 de agosto de 2014

Santo Padre ¡cuente con nosotros!

Tras las huellas del Papa en Corea, nuestro enviado especial, Raúl Cabrera, nos habla de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María presidida por el Papa Francisco
Santo Padre ¡cuente con nosotros!Francisco tuvo unas horas de merecido reposo la noche del jueves luego del largo viaje y la intensa primera jornada de actividades en Seúl. Pasadas las ocho de la mañana del viernes 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María y Fiesta nacional de la Liberación de la República de Corea, el Papa dejó la Nunciatura Apostólica para dirigirse a Daejeon. Con su séquito recorrió más de cien kilómetros en un modernísimo tren de alta velocidad. Entre cantos, oraciones y momentos de meditación, en el estadio de la Copa Mundial del 2002 esperaban ya más de cincuenta mil fieles concentrados alegremente desde muy temprano. Una imagen característica del paso de Francisco se repitió también en esta ciudad: en un lento avanzar del papamóvil, el Obispo de Roma recorrió el campo deteniéndose a bendecir y saludar a quien le tendía la mano o lo llamaba con insistencia. La ceremonia se realizó en coreano y en latín y estuvo marcada por el recuerdo de las 300 victimas del barco Sewol, con la presencia de unos cuarenta familiares. Un conmovedor testimonio lo dio el padre de uno de los muertos con su peregrinación de 900 kilómetros cargando una cruz para ver al Papa, y pidiendo ser bautizado. El Santo Padre lo hará el sábado en la Nunciatura Apostólica.
Iglesia en camino: Mons. Lázaro Yu, obispo de Daejeon, prestó su voz para saludar al Papa a nombre de los presentes, notando que la Iglesia católica de Corea, de Iglesia que solamente recibía, se está transformando en una Iglesia que comparte y dona. Es una Iglesia aun afligida por el sufrimiento de las divisiones y tensiones, dijo, y que vive en el luto a causa del accidente que ha causado el hundimiento de la Sewol. El Obispo Yu subrayó la certeza de que la visita del Papa, que se realiza en este período de crisis tan delicado y difícil, se convertirá en una preciosa ocasión para testimoniar la palabra ‘levántate e ilumina el mundo’.“En muchas oportunidades ha pedido al pueblo de Dios rezar por usted y su ministerio apostólico, le recordó .” Acogiendo su deseo y en espera de su venida a Corea, los fieles de la diócesis de Daejeon han rezado con particular devoción, dijo al Papa el Monseñor Yu, contándole que en este periodo los fieles coreanos han rezado el Rosario por Francisco más de 15 millones de veces.
Con precisión asiática el Obispo de Daejeon agregó que los coreanos han celebrado la Santa Misa según las intenciones del Pontífice más de dos millones de veces. Hemos rezado juntos una oración especial por el Papa 3.289,179 veces puntualizó, prometiendo a Francisco seguir rezando por él. “Queremos comprometernos en vivir para la Iglesia y por el Papa ¡Santo Padre cuente con nosotros!”
RC-RV

Papa Francisco: transformar el mundo según el plan de Dios Amor. La Asunción de María nos muestra la esperanza y libertad cristiana real

Homilía Asunción de la Virgen María
Daejeon, Estadio de la Copa del Mundo 15 de agosto de 2014
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
En unión con toda la Iglesia celebramos la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a la gloria del cielo. La Asunción de María nos muestra nuestro destino como hijos adoptivos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Como María, nuestra Madre, estamos llamados a participar plenamente en la victoria del Señor sobre el pecado y sobre la muerte y a reinar con Él en su Reino eterno. Ésta es nuestra vocación.
La “gran señal” que nos presenta la primera lectura –una mujer vestida de sol coronada de estrellas (cf. Ap 12,1)– nos invita a contemplar a María, entronizada en la gloria junto a su divino Hijo. Nos invita a tomar conciencia del futuro que también hoy el Señor resucitado nos ofrece. Los coreanos tradicionalmente celebran esta fiesta a la luz de su experiencia histórica, reconociendo la amorosa intercesión de María en la historia de la nación y en la vida del pueblo.
En la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo diciéndonos que Cristo es el nuevo Adán, cuya obediencia a la voluntad del Padre ha destruido el reino del pecado y de la esclavitud y ha inaugurado el reino de la vida y de la libertad (cf. 1 Co 15,24-25). La verdadera libertad se encuentra en la acogida amorosa de la voluntad del Padre. De María, llena de gracia, aprendemos que la libertad cristiana es algo más que la simple liberación del pecado. Es la libertad que nos permite ver las realidades terrenas con una nueva luz espiritual, la libertad para amar a Dios y a los hermanos con un corazón puro y vivir en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Cristo.
Hoy, venerando a María, Reina del Cielo, nos dirigimos a ella como Madre de la Iglesia en Corea. Le pedimos que nos ayude a ser fieles a la libertad real que hemos recibido el día de nuestro bautismo, que guíe nuestros esfuerzos para transformar el mundo según el plan de Dios, y que haga que la Iglesia de este país sea más plenamente levadura de su Reino en medio de la sociedad coreana. Que los cristianos de esta nación sean una fuerza generosa de renovación espiritual en todos los ámbitos de la sociedad. Que combatan la fascinación de un materialismo que ahoga los auténticos valores espirituales y culturales y el espíritu de competición desenfrenada que genera egoísmo y hostilidad. Que rechacen modelos económicos inhumanos, que crean nuevas formas de pobreza y marginan a los trabajadores, así como la cultura de la muerte, que devalúa la imagen de Dios, el Dios de la vida, y atenta contra la dignidad de todo hombre, mujer y niño.


Como católicos coreanos, herederos de una noble tradición, ustedes están llamados a valorar este legado y a transmitirlo a las generaciones futuras. Lo cual requiere de todos una renovada conversión a la Palabra de Dios y una intensa solicitud por los pobres, los necesitados y los débiles de nuestra sociedad.
Con esta celebración, nos unimos a toda la Iglesia extendida por el mundo que ve en María la Madre de nuestra esperanza. Su cántico de alabanza nos recuerda que Dios no se olvida nunca de sus promesas de misericordia (cf. Lc 1,54-55). María es la llena de gracia porque «ha creído» que lo que le ha dicho el Señor se cumpliría (Lc 1,45). En ella, todas las promesas divinas se han revelado verdaderas. Entronizada en la gloria, nos muestra que nuestra esperanza es real; y también hoy esa esperanza, «como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,19), nos aferra allí donde Cristo está sentado en su gloria.
Esta esperanza, queridos hermanos y hermanas, la esperanza que nos ofrece el Evangelio, es el antídoto contra el espíritu de desesperación que parece extenderse como un cáncer en una sociedad exteriormente rica, pero que a menudo experimenta amargura interior y vacío. Esta desesperación ha dejado secuelas en muchos de nuestros jóvenes. Que los jóvenes que nos acompañan estos días con su alegría y su confianza no se dejen nunca robar la esperanza.
Dirijámonos a María, Madre de Dios, e imploremos la gracia de gozar de la libertad de los hijos de Dios, de usar esta libertad con sabiduría para servir a nuestros hermanos y de vivir y actuar de modo que seamos signo de esperanza, esa esperanza que encontrará su cumplimiento en el Reino eterno, allí donde reinar es servir. Amén.