viernes, 23 de mayo de 2014

JESÚS Y LAS MUJERES: REFLEXIONES DE HANS KÜNG

«... En la sociedad del tiempo de Jesús las mujeres no contaban para nada; debían evitar incluso en público la compañía masculina. Las fuentes judías contemporáneas están llenas de animosidad contra la mujer, quien –según Josefo-- vale en todos los aspectos menos que el hombre. Hasta con la propia mujer, así se aconseja, ha de hablarse poco y absolutamente nada con la extraña. Las mujeres vivían en lo posible retiradas de la vida pública; en el Templo solo tenían acceso hasta el patio de las mujeres y respecto a la obligación de la plegaria estaban equiparadas a los esclavos.

Los evangelios, sin embargo, cualquiera que sea la historicidad de los detalles biográficos, no tienen reparos en hablar de las relaciones de Jesús con determinadas mujeres. Lo cual quiere decir que Jesús se había liberado de la costumbre que imponía la segregación de la mujer. Jesús, en efecto, no muestra ningún desprecio por las mujeres, sino que las trata con sorprendente naturalidad: unas mujeres lo acompañan a él y sus discípulos desde Galilea a Jerusalén; él mismo siente un afecto personal hacia algunas mujeres; unas mujeres asisten también a su muerte y sepultura. La situación jurídica y humanamente tan precaria, de la mujer en la sociedad de aquel tiempo hubo de resultar considerablemente revalorizada al prohibir Jesús el divorcio por parte del marido, a quien solo bastaba presentar el libelo de repudio...»


Permanecer en el amor de Dios, con su paz y alegría, alienta el Papa

Custodia Señor el Espíritu Santo en nosotros, la gracia y paz que nos has regalado, para que no seamos cristianos avinagrados, invitó a pedir el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina de este jueves, en la capilla de la Casa de Santa Marta. 

Recordando que Jesús, antes de subir el Cielo, habló de tantas cosas, pero sobre todo reiteró «tres palabras clave»: «paz, amor y alegría», el Obispo de Roma hizo hincapié en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo. 

Casi un «protocolo» - en Mateo 25 – en el que «todos seremos juzgados». Con el Evangelio de este día, destacó el Papa Bergoglio, Jesús añade una cosa sobre el amor nueva y nos dice: «No sólo amen, sino permanezcan en mi amor»:
«La vocación cristiana es esto: permanecer en el amor de Dios. Es decir, respirar, vivir con ese oxígeno. Vivir gracias a ese aire. Permanecer en el amor de Dios, con esto cierra la profundidad de su discurso sobre el amor. Y añade... Y ¿cómo es su amor? «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes» - un amor que viene del Padre. 

La relación de amor entre él y el Padre es la relación de amor entre él y nosotros. Y a nosotros nos pide que permanezcamos en este amor que viene del Padre».

Paz y amor que no vienen del mundo, sino que vienen del Padre y de Jesús, que nos exhorta a permanecer en su amor. Amor que nos lleva a cumplir los mandamientos, volvió a señalar el Papa, reflexionando luego sobre la alegría cristiana:
«La alegría es como el signo del cristiano... un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo. No hay otra, no está bien de salud... como ya dije alguna vez, hay cristianos con cara de pimiento avinagrado, siempre con cara así... con el ceño fruncido... también el alma es así... (sonríe) allí está lo feo... esos no son cristianos. Un cristiano sin alegría no es cristiano. 

La alegría es como el sello del cristiano, también en el dolor, en las tribulaciones, aun en las persecuciones».
Paz, amor y alegría son tres palabras que nos deja Jesús, con el don del Espíritu Santo:
«...El gran olvidado de nuestra vida ¿eh?... Tendría ganas de preguntarles – pero no lo haré ¿eh? ¿Cuántos de ustedes le rezan al Espíritu Santo? no levanten la mano... Es el gran olvidado, el gran olvidado. Y Él es el don, el don que nos da la paz, que nos enseña a amar y que nos llena de alegría. En la oración le pedimos al Señor: ¡custodia tu don! Le pedimos la gracia que el Señor custodie al Espíritu Santo que está en nosotros. Que el Señor nos dé esta gracia: custodiar siempre al Espíritu Santo en nosotros. Ese Espíritu que nos enseña a amar, nos llena de alegría y nos da la paz»


(CdM - RV)

Permanecer en el amor de Dios, con su paz y alegría, alienta el Papa

Custodia Señor el Espíritu Santo en nosotros, la gracia y paz que nos has regalado, para que no seamos cristianos avinagrados, invitó a pedir el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina de este jueves, en la capilla de la Casa de Santa Marta. 

Recordando que Jesús, antes de subir el Cielo, habló de tantas cosas, pero sobre todo reiteró «tres palabras clave»: «paz, amor y alegría», el Obispo de Roma hizo hincapié en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Casi un «protocolo» - en Mateo 25 – en el que «todos seremos juzgados». Con el Evangelio de este día, destacó el Papa Bergoglio, Jesús añade una cosa sobre el amor nueva y nos dice: «No sólo amen, sino permanezcan en mi amor»:
«La vocación cristiana es esto: permanecer en el amor de Dios. Es decir, respirar, vivir con ese oxígeno. Vivir gracias a ese aire. Permanecer en el amor de Dios, con esto cierra la profundidad de su discurso sobre el amor. Y añade... Y ¿cómo es su amor? «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes» - un amor que viene del Padre. La relación de amor entre él y el Padre es la relación de amor entre él y nosotros. Y a nosotros nos pide que permanezcamos en este amor que viene del Padre».

Paz y amor que no vienen del mundo, sino que vienen del Padre y de Jesús, que nos exhorta a permanecer en su amor. Amor que nos lleva a cumplir los mandamientos, volvió a señalar el Papa, reflexionando luego sobre la alegría cristiana:
«La alegría es como el signo del cristiano... un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo. No hay otra, no está bien de salud... como ya dije alguna vez, hay cristianos con cara de pimiento avinagrado, siempre con cara así... con el ceño fruncido... también el alma es así... (sonríe) allí está lo feo... esos no son cristianos. Un cristiano sin alegría no es cristiano. La alegría es como el sello del cristiano, también en el dolor, en las tribulaciones, aun en las persecuciones».
Paz, amor y alegría son tres palabras que nos deja Jesús, con el don del Espíritu Santo:
«...El gran olvidado de nuestra vida ¿eh?... Tendría ganas de preguntarles – pero no lo haré ¿eh? ¿Cuántos de ustedes le rezan al Espíritu Santo? no levanten la mano... Es el gran olvidado, el gran olvidado. Y Él es el don, el don que nos da la paz, que nos enseña a amar y que nos llena de alegría. En la oración le pedimos al Señor: ¡custodia tu don! Le pedimos la gracia que el Señor custodie al Espíritu Santo que está en nosotros. Que el Señor nos dé esta gracia: custodiar siempre al Espíritu Santo en nosotros. Ese Espíritu que nos enseña a amar, nos llena de alegría y nos da la paz»


(CdM - RV)

jueves, 22 de mayo de 2014

Dios perdona siempre, la naturaleza no: el Papa en la catequesis

Lo que nos lleva a percibir la grandeza de Dios y su amor por las creaturas es un don del Espíritu; el don de ciencia –explicó el Obispo de Roma en su catequesis sobre los dones del Espíritu Santo-. 

Dijo que aquí no se trata de la ciencia del conocimiento humano de la naturaleza, sino el don del Espíritu que Dios nos da que provoca en nosotros estupor y sentido de gratitud con Dios y nos lleva a alabar a Dios y agradecerle por toda la belleza que nos ha dado, siguiendo las huelas de santos como Francisco de Asís.
 

El don de ciencia del Espíritu -expresó el Francisco- nos pone en sintonía con la mirada de Dios sobre las cosas y sobre las personas. “Una mirada bondadosa y respetuosa, que nos advierte del peligro de creernos dueños absolutos de la creación, disponiendo de ella a nuestro antojo, sin límites”. 

El Papa manifestó que “la creación no es propiedad nuestra, ni, menos aún, sólo de algunos, sino un don maravilloso que Dios nos ha dado para que la cuidemos y la utilicemos con respeto en beneficio de todos”. El Sucesor de Pedro insistió en la necesidad de custodiar la creación. Porque custodiar la creación es custodiar el don de Dios. Si destruimos la creación la creación nos destruirá a nosotros. “Dios perdona pero la naturaleza no”, afirmó el Vicario de Cristo.
jesuita Guillermo Ortiz- RV

Como el Padre me amó, así os he amado.


Evangelio según San Juan 15,9-11.

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.


Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»

miércoles, 21 de mayo de 2014

«YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS»

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan.
El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza (pues el Espíritu de Cristo nos une con él)... Nosotros... así llegamos a participar de su propia naturaleza y alcanzamos la dignidad de hijos adoptivos, pues, como afirma san Pablo, el que se une al Señor es un espíritu con él. [...]
Esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.
De qué modo nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros nos lo pone en claro el evangelista Juan al decir: En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.
De News VA

Recibamos con corazón de niños al Espíritu Santo, que nos regala la paz que nadie puede arrebatarnos. Papa Francisco.

La paz de Jesús, no la de este mundo que se afianza en las cosas materiales, dinero y poder, hizo hincapié el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina, en la Capilla de la Casa de Santa Marta, este martes. Con el Evangelio de Juan y las palabras de Jesús antes de la Pasión, anunciando a sus discípulos: ‘les doy mi paz’, el Santo Padre, puso de relieve que es una paz completamente distinta de la paz que da el mundo:
 

«Por ejemplo, nos ofrece la paz de las riquezas: ‘pero, yo estoy en paz porque tengo todo arreglado para vivir, para toda mi vida, no tengo que preocuparme...’ Ésta es una paz que da el mundo. No te preocupas, no tendrás problemas porque tienes tanto dinero... La paz de la riqueza. Y Jesús nos dice que no nos fiemos de esta paz, porque con gran realismo nos dice: ‘¡Miren que hay ladrones... Los ladrones pueden robarte tus riquezas!’ La paz que da el dinero no es una paz definitiva. Piensen también en que el metal se oxida ¿no? ¿Qué quiere decir? ¡Que ante una caída de la Bolsa todo tu dinero se irá! ¡No es una paz segura: es una paz superficial, temporal!»
 

La paz mundana abarca características que nos muestran que no es definitiva. La del poder, que no funciona, que por ejemplo termina con un golpe de estado. La de Herodes, que acaba cuando los Magos le dicen que ha nacido el Rey de Israel. La de la vanidad, que se tambalea según me sienta apreciado o insultado. Sin embargo la paz que nos da Jesús es el Espíritu Santo:¡La paz de Jesús es una Persona, es el Espíritu Santo! El mismo día de su Resurrección, Él viene al Cenáculo y su saludo es: ‘La paz esté con ustedes. Reciban al Espíritu Santo’. Ésta es la paz de Jesús: es una Persona, es un regalo grande. Y cuando el Espíritu Santo está en nuestro corazón, nadie puede arrebatarnos la paz ¡nadie! ¡Es una paz definitiva! ¿Cuál es nuestro trabajo? Custodiar esta paz ¡custodiarla! Es una paz grande, una paz que no es mía, es de otra Persona que me la regala, de otra Persona que está dentro de mi corazón y que me acompaña toda la vida. ¡Me la dio el Señor!»
 

Esta paz se recibe con el Bautismo y con la Confirmación, pero sobre todo se recibe como un niño recibe un regalo – sin condiciones, con el corazón abierto, enfatizó luego el Papa, poniendo de relieve que hay que custodiar al Espíritu Santo, sin enjaularlo, pidiéndole ayuda a este ‘gran regalo’ de Dios:
 

«Si ustedes tienen esta paz del Espíritu, si tienen al Espíritu dentro de ustedes y tienen conciencia de esto, que no se turbe el corazón de ustedes ¡Estén seguros! Pablo nos decía que para entrar en el Reino de los Cielos es necesario pasar por tantas tribulaciones. Pero todos, todos nosotros, tenemos tantas ¡todos! Más pequeñas... más grandes... Pero que no se turbe el corazón de ustedes: y ésa es la paz de Jesús. La presencia del Espíritu hace que nuestro corazón esté en paz. ¡No anestesiado, no! Consciente, en paz: con esa paz que sólo da la presencia de Dios»

(CdM - RV)

domingo, 18 de mayo de 2014

EL MANDAMIENTO NUEVO, POR SAN AGUSTÍN

El Señor Jesús declara que da a sus discípulos un mandato nuevo por el que les prescribe que se amen mutuamente unos a otros: Os doy -dice- el mandato nuevo: que os améis mutuamente.

¿Es que no existía ya este mandato en la ley antigua, en la que hallamos escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, llama nuevo el Señor a lo que nos consta que es tan antiguo? ¿Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo? Porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho, al que lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado.

Éste es el amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, capaces de cantar el cántico nuevo. Este amor, hermanos muy amados, es el mismo que renovó antiguamente a los justos, a los patriarcas y profetas, como también después a los apóstoles, y el mismo que renueva ahora a todas las gentes, y el que hace que el género humano, esparcido por toda la tierra, se reúna en un nuevo pueblo, en el cuerpo de la nueva esposa del Hijo único de Dios. [...]

Este amor es don del mismo que afirma: Como yo os he amado, para que vosotros os améis mutuamente. Por esto nos amó, para que nos amemos unos a otros; con su amor nos ha otorgado el que estemos unidos por el amor mutuo y, unidos los miembros con tan dulce vínculo, seamos el cuerpo de tan excelsa cabeza.

Confrontando, discutiendo y rezando se resuelven los problemas en la Iglesia, Francisco Papa

Hoy la lectura de los Hechos de Apóstoles nos muestra que aun en el comienzo de la Iglesia emergen las primeras tensiones y disensiones. 

En la vida, los conflictos existen, el problema es cómo se afrontan. Hasta ese momento la unidad de la comunidad cristiana había sido favorecida por la pertenencia a una etnia y cultura, la judaica. Pero, cuando el cristianismo, que por voluntad de Jesús está destinado a todos los pueblos, se abre al ámbito cultural helenista – griego – llega la falta de esta homogeneidad y surgen las primeras dificultades. 

En ese momento, serpentea el descontento, hay lamentaciones, rumores de favoritismos y trato desigual – esto sucede también en nuestras parroquias -. La ayuda de la comunidad a las personas necesitadas - viudas, huérfanos y pobres en general -, parece privilegiar a los cristianos de origen judío, con relación a los demás.
Entonces, ante este conflicto, los Apóstoles toman las riendas de la situación: convocan una reunión ampliada también a los discípulos, debaten juntos acerca de la cuestión, todos. 

Los problemas, en efecto, ¡no se resuelven fingiendo que no existen! Y es hermoso este debate sincero entre los pastores y los otros fieles. Se llega por lo tanto a una subdivisión de tareas. Los Apóstoles presentan una propuesta que todos aceptan: ellos se dedicarán a la oración y al ministerio de la Palabra, mientras siete hombres, los diáconos, se encargarán del servicio en las mesas para los pobres. 

Estos siete no son elegidos porque eran expertos en negocios, sino porque eran hombres honestos y de buena reputación, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría; y son constituidos en su servicio mediante la imposición de las manos de parte de los Apóstoles.
Y así, de aquel malcontento, de aquella queja, de aquellos rumores de favoritismos y trato desigual, se llega a una solución. Confrontándonos, discutiendo y rezando: así se resuelven los conflictos en la Iglesia. 

¡Confrontándonos, discutiendo y rezando, con la certeza de que los chismes y los celos nunca podrán llevarnos a la concordia, a la armonía o a la paz!
Fue también allí, que el Espíritu Santo coronó este entendimiento y esto nos hace comprender que, cuando nosotros nos dejamos guíar por Espíritu Santo, Él nos lleva a la armonía, a la unidad y al respeto de los diversos dones y talentos.
¿Han entendido?... ¡Nada de chismes! ¡Nada de envidias! ¡Nada de celos! ¿entendido?.... (aplausos)
Que la Virgen María nos ayude a ser dóciles al Espíritu Santo, para que sepamos estimarnos mutuamente y converger cada vez más profundamente en la fe y en la caridad, teniendo el corazón abierto a las necesidades de los hermanos.
Traducción del italiano: Cecilia de Malak

Para conocer a Jesús hay que abrir tres puertas: rezarle, celebrarlo e imitarlo, destaca el Papa


Para conocer a Jesús hay que abrir tres puertas, reiteró el Papa y explicó cuáles son:
 

«Primera puerta: rezarle a Jesús. Sepan que el estudio sin la oración no sirve. Rezar a Jesús para conocerlo. Los grandes teólogos hacen teología de rodillas ¡rezar a Jesús! Y, con el estudio y con la oración, nos acercamos un poco... Pero sin la oración nunca conoceremos a Jesús ¡nunca, nunca! 

Segunda puerta: celebrar a Jesús. No basta la oración, es necesaria la alegría de la celebración. Celebrar a Jesús en sus Sacramentos, porque allí nos da la vida, nos da la fuerza, nos da el alimento, nos da el consuelo, nos da la alianza, nos da la misión. Sin la celebración de los Sacramentos, no llegamos a conocer a Jesús. Esto es propio de la Iglesia: la celebración Tomar el Evangelio: qué cosa ha hecho Él, cómo era su vida, qué cosa nos ha dicho, qué cosa nos ha enseñado e intentar imitarlo».
 



Entrar por estas tres puertas significa entrar en el misterio de Jesús. Sólo si somos capaces de entrar en su misterio podemos conocer a Jesús. Y no hay que tener miedo de entrar en el misterio de Jesús, volvió a alentar, el Papa, recordando el significado y la importancia de «rezar, celebrar e imitar, para encontrar el camino e ir a la verdad y a la vida»:
«Podemos, hoy, durante este día, pensar en cómo va la puerta de la oración en mi vida: ¡pero la oración del corazón no es la del papagayo! La oración del corazón ¿cómo va? ¿Cómo va la celebración cristiana en mi vida? Y ¿cómo va la imitación de Jesús en mi vida? ¿Cómo debo imitarlo? ¿Verdad que no lo recuerdas? ¡Porque el libro del Evangelio está lleno de polvo, porque nunca se abre! ¡Agarra el libro del Evangelio, ábrelo y encontrarás cómo imitar a Jesús! ¡Pensemos en estas tres puertas, en cómo están en nuestra vida y nos hará bien a todos!».
(CdM – R

jueves, 15 de mayo de 2014

No se puede comprender a Jesucristo solo, ni a un cristiano solo, sin Iglesia, recuerda el Papa

No existe un cristiano sin Iglesia, un cristiano que camina solo, porque el mismo Jesús entró en el camino de su pueblo, señaló el Papa Francisco en la Misa matutina, de este jueves, en la capilla de la Casa de Santa Marta. Reflexionando sobre la primera lectura del día, el Papa Bergoglio explicó que los apóstoles cuando anunciaron a Jesús, no comenzaron a partir de Él, sino de la historia del pueblo. En efecto, «no se comprende a Jesús sin esta historia», porque Él «es precisamente el fin de esta historia, hacia el cual va esta historia». Por ello, «no se puede comprender un cristiano fuera del pueblo de Dios. El cristiano no es una nómada», sino que pertenece a un pueblo: la Iglesia. El cristiano sin Iglesia es una cosa meramente ideal, no es real»:
 

«Pero, no se puede comprender un cristiano solo, como no se puede comprender a Jesucristo solo. Jesucristo no cayó del cielo como un héroe que viene a salvarnos y llega. No. Jesucristo tiene historia. Y podemos decir – y es verdad – esto: Dios tiene historia, porque ha querido caminar con nosotros. Y no se puede comprender a Jesucristo sin historia. Así como no se puede comprender un cristiano sin historia, un cristiano sin pueblo, un cristiano sin Iglesia. Es una cosa de laboratorio, una cosa artificial, una cosa que no puede dar vida».
 

«El pueblo de Dios camina con una promesa», reiteró Francisco, añadiendo que «es importante que tengamos presente en nuestra vida esta dimensión: la dimensión de la memoria»:
 

«Un cristiano es un memorioso de la historia de su pueblo, es memorioso del camino que el pueblo ha cumplido, es memorioso de su Iglesia. La memoria... la memoria de todo el pasado... Después, este pueblo ¿a dónde va? Hacia la promesa definitiva. Es un pueblo que camina hacia la plenitud; un pueblo elegido que tiene una promesa en el futuro y camina hacia esta promesa, hacia el cumplimiento de esta promesa. Y, por ello, un cristiano en la Iglesia es un hombre, una mujer con esperanza: esperanza en la promesa. Que no es expectativa: ¡no, no! Es otra cosa: es esperanza. ¡Esa que no defrauda!»
 

«Mirando hacia atrás, el cristiano es una persona memoriosa: pide la gracia de la memoria, siempre. Mirando hacia adelante, el cristiano es un hombre y una mujer de esperanza. Y en el presente, el cristiano sigue el camino de Dios y renueva la Alianza con Dios. Le dice continuamente al Señor: ‘Sí, yo quiero los mandamientos, yo quiero tu voluntad, yo quiero seguirte’. Es un hombre de alianza y la alianza la celebramos todos los días en la Misa», destacó luego el Obispo de Roma, añadiendo que el cristiano es ‘una mujer, un hombre eucarístico’ y concluyendo con este ruego:
 

«Pensemos – nos hará bien esto hoy – cómo es nuestra identidad cristiana. Nuestra identidad cristiana es pertenencia a un pueblo: la Iglesia. Sin esto no somos cristianos. Hemos entrado en la Iglesia con el bautismo: allí somos cristianos. Y por ello es importante tener la costumbre de pedir la gracia de la memoria, la memoria del camino que ha cumplido el pueblo de Dios. También de la memoria personal: qué ha hecho Dios conmigo, en mi vida, como me hizo caminar... Pedir la gracia de la esperanza, que no es optimismo: ¡no, no! Es otra cosa. Y pedir la gracia de renovar todos los días la Alianza con el Señor que nos ha llamado. Que el Señor no dé estas tres gracias, que son necesarias para la identidad cristiana».
(CdM - RV)

CANTARÉ ETERNAMENTE TUS MISERICORDIAS, SEÑOR.


Del Salmo 88:

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» 

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso.

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Muchos dan testimonio de fe aún a costa de la vida, gracias al don de Fortaleza que infunde el Espíritu, expresó Francisco

Queridos hermanos:


En nuestra vida frecuentemente experimentamos nuestra fragilidad, nuestros límites y clausuras. Con el don de fortaleza, el Espíritu Santo nos ayuda a superar nuestra debilidad, para que seamos capaces de responder al amor del Señor. 

Hay momentos en que este don se manifiesta de modo extraordinario, como ocurre en el caso de tantos hermanos nuestros que no han dudado en entregar su vida por fidelidad al Señor y a su Evangelio. 

También hoy sigue habiendo muchos cristianos que, en distintas partes del mundo, dan testimonio de su fe, con convicción y serenidad, aun a costa de sus vidas. Esto sólo es posible por la acción del Espíritu Santo que infunde fortaleza y confianza. 

Sin embargo, no debemos pensar que este don es sólo para las circunstancias extraordinarias; también en nuestra vida de cada día el Espíritu Santo nos hace sentir la cercanía del Señor, nos sostiene y fortalece en las fatigas y pruebas de la vida, para que no nos dejemos llevar de la tentación del desaliento, y busquemos la santidad en nuestra vida ordinaria. Pero para que todo esto sea realidad, es necesario que al don de fortaleza se le una la humildad del corazón.
 

miércoles, 14 de mayo de 2014

Los gestos más hermosos del Papa Francisco

“Nadie puede soltarse de la mano del Padre”

Dios es. La fe cristiana añade: dios es como Padre, Hijo y Santo Espíritu, uno en tres personas. En la cristiandad un silencio molesto rodea este centro de su fe. ¿La Iglesia no ha ido demasiado lejos? ¿No valdría más dejarlo como una cosa muy grande, muy impenetrable, de carácter inaccesible? ¿Por otra parte, tal realidad puede significar algo para nosotros? Por cierto, este artículo de fe nos expresa en cierto modo que Dios es Todo Otro, que es infinitamente más grande que nosotros, que sobrepasa todo nuestro pensamiento, todo nuestro ser. Pero si no tenía nada que decirnos, su contenido no nos habría sido revelado…

¿Qué significa esto? Comencemos allí dónde Dios también comenzó: él se llama Padre. La paternidad humana puede dar una idea de lo que es. Pero allí dónde no hay más que paternidad, allí dónde la paternidad se vive más como un fenómeno biológico más que humano y espiritual, hablar de Dios Padre, es una forma de hablar vacía… Allí dónde la paternidad no aparece más que como azar biológico sin recurso humano o como tiranía que hay que rechazar, está herida la estructura profunda del ser humano. Para ser plenamente hombre necesitamos de un padre con verdadero sentido del término: una responsabilidad frente al otro, sin dominar al otro pero devolviéndole su libertad; es decir un amor que no desea tomar posesión del otro sino que le quiere en su verdad más íntima, que está en su creador. Esta manera de ser padre sólo es posible con la condición de aceptar de ser hijo; aceptar la palabra de Jesús: "Vosotros tenéis un solo Padre, el que está en los cielos" (Mt 23,9), es la condición interior para que los hombres puedan ser padres de la mejor manera…

Hay que completar nuestro pensamiento: el hecho de que en la Biblia Dios aparece fundamentalmente bajo la imagen de Padre incluye el hecho de que el misterio del maternal también, está presente en él en su origen… No es una abstracción que el hombre es "imagen de Dios" (Gn 1,27) - esto nos presentaría sólo a un Dios abstracto. El lo es en su realidad concreta, es decir en la relación.