domingo, 14 de abril de 2013

Jesús aparece a los apóstoles

Queridos hermanos y hermanas, toda la vida del venerable Juan Pablo II se desarrolló en el signo de esta caridad, de la capacidad de entregarse de manera generosa, sin reservas, sin medida, sin cálculo. 

Lo que lo movía era el amor a Cristo, a quien había consagrado su vida, un amor sobreabundante e incondicional. Y precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el hombre de hoy. [...] 

En la homilía con ocasión del XXV aniversario de su pontificado, confió que en el momento de la elección había sentido fuertemente en su corazón la pregunta de Jesús a Pedro: "¿Me amas? ¿Me amas más que estos...?"; y añadió: "Cada día se repite en mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. 

En espíritu, contemplo la mirada benévola de Cristo resucitado. Él, consciente de mi fragilidad humana, me anima a responder con confianza, como Pedro: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Y después me invita a asumir las responsabilidades que él mismo me ha confiado". Son palabras cargadas de fe y de amor, el amor de Dios, que todo lo vence. (Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).


San Juan nos narra en su evangelio la tercera aparición de Jesús a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. Tiene muchos rasgos comunes con la primera pesca milagrosa que obró el Señor, en este mismo lago, allá al principio de su vida pública, cuando conquistó el corazón inquieto de aquellos pescadores: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Milagro que nos narra Lucas en el capítulo 5 de su evangelio.

Sin embargo, el ambiente descrito es muy distinto. La primera pesca milagrosa refleja un entorno colorido y vivamente realista. Casi hasta podemos ver el verde de las colinas de la Galilea y el mar intenso del mar de Tiberíades. Mientras que éste de ahora -en mi propia percepción, al menos- respira una atmósfera especial, como si estuviera envuelto en un halo sobrenatural, de misterio y de misticismo. Efectivamente, ¡así como los paisajes de Leonardo! O como esa experiencia de estar en medio de la niebla. 

Los discípulos han ido a pescar. Han bregado toda la noche. En vano. Como aquella primera pesca descrita por Lucas. De pronto, al amanecer, se presenta Jesús en la ribera del lago, a lo lejos, y les dice que echen la red a la derecha. Ellos obedecen, esta vez sin protestar, y capturan una cantidad inmensa de peces. Pero ahora ya no se admiran ni se postran a los pies de Jesús como entonces. Y, a pesar del milagro, siguen sin reconocer al Señor hasta que Juan, el apóstol predilecto, movido por la intuición propia del amor -que no por la visión corporal- exclama: "¡Es el Señor!". Pero siguen sin reconocerlo, como si estuviera envuelto en una densa niebla que ocultara su rostro.


Más significativa aún es la frase que aparece un poco más adelante: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era -añade san Juan- porque sabían bien que era el Señor". ¿Cómo es posible? ¡Lo tienen enfrente y siguen aún sin reconocerlo! Lo mismo que le sucedió a la Magdalena en el huerto la mañana de Pascua; lo mismo que les aconteció a los discípulos de Emaús; exactamente igual a lo que les pasó a los once en el Cenáculo. Lo estaban viendo, lo tenían delante... ¡y no eran capaces de reconocerlo! ¿Por qué?

A esto me refería yo cuando decía que era una especie de realismo sobrenatural, místico, -o "mágico" si queremos- en donde se mezcla lo visible y lo invisible en una misma realidad. Ven y no ven. Miran y no reconocen. Es esa especie de incerteza de "si será o no será el Señor"; ese titubeo de querer preguntar a Jesús si es Él en verdad; pero, al mismo tiempo, un respestuoso temor porque, en el fondo, saben que es Él...

Es una sensación muy extraña, pero estoy seguro de que todos la hemos experimentado en más de una ocasión. Sentimos presente a nuestro Señor en la oración, pero dudamos si es realmente Él, aunque la fe y el corazón nos invitan a no temer, sabiendo que es realmente Él. O cuando lo sentimos actuar en nuestra vida de mil maneras distintas: en un amanecer, en una experiencia hermosa, en una amistad, en un gesto de cariño o en una palabra de consuelo, en una bella sorpresa, en la solución inesperada de un problema... Sabemos que es Él, aunque no lo vemos con los ojos corporales.... ¡Así es la relación de Cristo con nosotros desde su resurrección de entre los muertos! Por eso quiso educar a sus apóstoles a vivir desde entonces en esta nueva dimensión.

Yo creo, en definitiva, que estas narraciones pascuales reflejan muy bien nuestra vida cristiana: tenemos que avanzar casi sin ver, como entre sombras, guiados sólo de la FE en Cristo resucitado y animados de una grandísima esperanza y de un amor muy encendido a Él. Es la única manera como podemos relacionarnos con Jesucristo desde que Él resucitó de entre los muertos. Y el único camino para poder "verle", experimentarle, gozar de su amor y entrar en su eternidad ya desde ahora, sin salir de este mundo. Pidámosle hoy esta gracia.
P.Sergio Córdova

martes, 9 de abril de 2013

La frescura del Evangelio


Dolores Aleixandre, biblistaDOLORES ALEIXANDRE, RSCJ
“Han ido a buscarte casi hasta el fin del mundo y ha sido un acierto: gracias por haber aceptado quedarte, sin poder volver a recoger tus cosas. Menos mal que los zapatos que llevas parecen cómodos…”.
Hermano Francisco: Nunca pensé que me dirigiría así a un papa, pero como en tu saludo inicial no nos llamaste “hijos e hijas”, sino “hermanos y hermanas”, siento que tengo permiso para hacerlo. Y me sale también un , aunque llenísimo de respeto, porque no me imagino llamando de usted a un hermano de verdad, y el vos argentino no me va a salir.
En el diario La Nación del 14 de marzo, he leído que tu elección “ha resultado balsámica, y me ha parecido un adjetivo perfecto para calificar lo que nos está pasando desde que nos saludaste desde el balcón, con aquel tono en el que se mezclaban la timidez y la confianza.
Primer efecto balsámico: te vemos distendido y hasta bromista (¡qué maravilla, un papa con sentido del humor…!), sin dar en ningún momento la impresión de estar abrumado por el peso de esa responsabilidad agobiante y desmesurada que los papas se han ido echando sobre los hombros, como si les tocara a ellos solos encargarse de toda la Iglesia universal. Como si no existieran los otros pastores, como si el Pueblo de Dios fuera un fardo con el que cargar y no una comunidad de hombres y mujeres capaces de iniciativa y con deseos de participar y de colaborar, como soñamos con el Concilio.
Tú, en cambio, estás consiguiendo comunicarnos la convicción de que ese camino que comienzas lo vas a hacer acompañado por todos nosotros. Qué manera tan franciscana por lo sencilla y tan ignaciana por su lucidez de señalar un nuevo estilo eclesial.
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¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

lunes, 8 de abril de 2013

Tengamos más coraje de dar testimonio en Cristo Resucitado


¡Queridos hermanos y hermanas! 

¡Buen día! En este domingo en el que concluye la octava de pascua, les renuevo mis mejores deseos de pascua con las mismas palabras de Jesús Resucitado: ¡Paz a ustedes!. No es un saludo y tampoco un simple deseo: es un don, más aún, un don precioso que Cristo le ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y del infierno. 

Nos da la paz, como había prometido: “Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo la doy a ustedes”. Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es exactamente así: la verdadera paz, aquella profunda, viene de la experiencia que uno tiene de la misericordia de Dios. 

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia -por voluntad del beato Juan Pablo II- que cerró los ojos en este mundo justamente en la vigilia de dicha fecha. 

El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús se apareció dos veces a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: la primera, la noche misma de la Resurrección, cuando no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo. 
La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús se dirigió justamente a él, lo invitó a mirar las heridas y a tocarlas. Y Tomás exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!. 

Jesús entonces dijo: Porque me has visto tú has creído; ¡bienaventurados quienes no me han visto y han creído!. 

¿Y quiénes eran estos que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén, que mismo no habiendo encontrado a Jesús resucitado, creyeron en el testimonio de los apóstoles y de las mujeres. 

Esta es una palabra muy importante sobre la fe, podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Beatos aquellos que no vieron y creyeron, esta es la bienaventuranza de la fe. 

En cada tiempo y lugar son bienaventurados quienes, a través de la palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros! 

A los apóstoles Jesús les donó, junto con su paz, el Espíritu Santo, para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, aquel perdón que solamente Dios puede dar, y que ha costado la Sangre del Hijo.

La Iglesia es mandada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, para así hacer crecer el reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en la relaciones, en la sociedad y en las instituciones.

Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los apóstoles, los empuja a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más coraje de dar testimonio de la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos! 

¡Nosotros debemos tener este coraje de ir y anunciar a Cristo resucitado, porque Él es nuestra paz. Él ha traído la paz con su amor, con su perdón, con su sangre y con su misericordia!

Confiando siempre en la misericordia del Señor, porque Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que vamos a Él a pedir perdón. Tengamos confianza en su misericordia. 
Papa Francisco

sábado, 6 de abril de 2013

Fiesta de la Divina Misericordia


Como parte de las revelaciones de Jesús a la Santa Faustina sobre la Divina Misericordia, Jesús le pidió en diversas ocasiones que se dedicara una fiesta en honor a la Divina Misericordia y que esta fiesta fuera celebrada el domingo después de la Pascua.

Jesús habló por primera vez de instituir esta fiesta en 1931 en Plock, cuando comunicaba a Santa María Faustina su deseo de que pintara la imagen, “Yo deseo que haya una fiesta de la Misericordia. Quiero que la imagen que pintarás con el pincel sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo debe ser la fiesta de la Misericordia”.

En los años siguientes, Jesús repitió este deseo en 14 ocasiones, definiendo precisamente la posición de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de preparar y celebrarla, así como las gracias con ella vinculadas.

La elección del primer domingo después de Pascua tiene su profundo sentido teológico pues indica la estrecha unión entre el misterio pascual de Redención y la fiesta de la Misericordia. Los textos litúrgicos de ese día, del segundo domingo de Pascua, son concernientes a la institución del Sacramento de Penitencia, el Tribunal de la Divina Misericordia, de manera que van perfectamente con las peticiones de nuestro Señor.
Para seguir leyendo ir a http://www.tengoseddeti.org/article/fiesta-de-la-divina-misericordia/

LA PAZ NO TIENE PRECIO. PAPA FRANCISCO



La paz no se compra ni se vende: es un don de Dios. Y lo debemos pedir. Lo recordó el papa Francisco hoy por la mañana al hablar del estupor manifestado por los discípulos de Emaús ante de los milagros de Jesús. La ocasión fue el evangelio de Lucas, (24, 35-48), proclamado en la liturgia de la cotidiana misa matutina en la capilla de la Domus Santa Marta, con la presencia de empleados del Vaticano, que esta mañana fueron los responsables y trabajadores de la Tipografía Vaticana. 

“Los discípulos que fueron testigos de la curación del tullido y ahora ven a Jesús --dijo el pontífice- están un poco fuera de sí, no debido a una enfermedad mental: fuera de sí por el estupor” 

"¿Qué es este estupor?", se preguntó el papa. “Es algo --respondió el santo padre- que hace que estemos un poco fuera de nosotros por la alegría: esto es grande, muy grande. No es un mero entusiasmo, también los hinchas en el estadio se entusiasman cuando gana su equipo, ¿no? No, no es solamente entusiasmo, es algo más profundo: es el estupor que viene del encuentro con Jesús”. 

Este estupor, explicó el pontífice, es el inicio “del estado habitual del cristiano”. Seguramente --hizo notar- no podemos vivir siempre en el estupor, si bien esta condición deja “una huella en el alma: la consolación espiritual. Esto no obstante los problemas, los dolores, las enfermedades. 

“El último escalón de la consolación --dijo el papa- es la paz. Se inicia con el estupor, que es el tono menor. De este estupor y de esta consolación nace la paz”. 

El cristiano, incluso en las pruebas más dolorosas nunca pierde “la paz y la presencia de Jesús”, y con “un poco de coraje podemos decirle al Señor: `Señor dame esta gracia que es la huella del encuentro contigo: la consolación espiritual`”. Y sobre todo, subrayó, “no hay que perder nunca la paz”. Miremos al Señor, quien “sufrió tanto sobre la cruz, pero no perdió la paz. La paz, esta no es nuestra: no se vende ni se compra”. "Es un don de Dios que debemos pedir. En efecto, el estado del cristiano debe ser la consolación espiritual, a pesar de los problemas, dolores, enfermedades. 

El papa concluyó pidiendo la gracia de la consolación espiritual y de la paz, que «inicia con este estupor de alegría en el encuentro con Jesucristo». 


miércoles, 3 de abril de 2013

Como la Magdalena, pidamos la gracia de las lágrimas para ver a Cristo resucitado



En la breve homilía de la Misa de hoy que presidió en la Casa Santa Marta y meditando en el pasaje del Evangelio de la Magdalena, el Papa Francisco alentó a los fieles a pedirle a Dios la gracia de las lágrimas para poder ser capaces de ver a Cristo resucitado en este tiempo de Pascua. 

Ante algunos gendarmes del Vaticano y otras personas que laboran allí y que participaron en la Eucaristía, el Papa meditó sobre el pasaje en el que la mujer "pecadora" llora al ver el sepulcro vacío. 

El Papa dijo que la Magdalena es la mujer "de la cual Jesús dijo que ha amado mucho y por eso sus muchos pecados han sido perdonados". Sin embargo esta mujer debió "enfrentar la pérdida de todas sus esperanzas" al no ver a Jesús y por eso llora. 

"Todos nosotros en nuestra vida, hemos sentido la alegría, la tristeza, el dolor" pero "en los momentos más oscuros, ¿hemos llorado? ¿Hemos tenido esa bondad de las lágrimas que preparan los ojos para mirar, para ver al Señor?" 

Ante la Magdalena que llora, dijo luego el Papa, "podemos también pedir al Señor la gracia de las lágrimas. Es una bella gracia… Llorar pidiendo por todo: por el bien, por nuestros pecados, por las gracias, por la misma alegría" ya que "el llanto nos prepara para ver a Jesús". 

El Santo Padre indicó que es el Señor quien "nos da la gracia, a todos, de poder decir con nuestra vida ‘He visto al Señor’, no porque se haya aparecido, sino porque ‘lo he visto dentro del corazón’. Y este debe ser el testimonio de nuestra vida: ‘vivo así porque he visto al Señor’". 
Papa Francisco

María Magdalena


Santa María Magdalena, discípula del Señor, en los evangelios ocupa un lugar destacado.


San Lucas la incluye entre las mujeres que siguieron a Jesús después de haber sido "curadas de espíritus malignos y enfermedades", precisando que de ella "habían salido siete demonios". 

Magdalena está presente al pie de la cruz, junto con la Madre de Jesús y otras mujeres. Ella fue quien descubrió, la mañana del primer día después del sábado, el sepulcro vacío, junto al cual permaneció llorando hasta que se le apareció Jesús resucitado. 

La historia de María Magdalena recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él y lo ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo del poder de su amor misericordioso, más fuerte que el pecado y la muerte. 

(Benedicto XVI, 23 de julio de 2006). 

lunes, 1 de abril de 2013

Las 7 palabras de Cristo en la Cruz




Ante Cristo que yace en la Cruz, es momento propicio para traer a la memoria el testamento de sus últimas palabras. Cuando una persona nos deja, valoramos mucho más los últimos momentos de su vida, y los elevamos a acciones o recomendaciones ejemplares.
 
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23: 34)

El Papa, en su primer rezo del Ángelus, nos dijo: “Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos” (Francisco, Ángelus 17 de marzo). Señor, ante tu cuerpo tendido en tierra, perdóname. No tengas en cuenta mi pecado.
 
"En verdad te digo: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" - (Lc 23: 43)

 Jesús, con su muerte, ha abierto las puertas del Paraíso, a la vez que nos indica a todos nuestro propio destino. Resuenan las palabras del Evangelio: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él” (Mt 21, 31-32). Señor, que nunca me cobije en mi pecado para no confiar en ti, que nunca juzgue a los otros para excusarme yo. Que por encima de todo pueda en mí siempre la confianza.
 
"Mujer, aquí tienes a tu hijo ... Aquí tienes a tu madre" - (Jn 19: 26-27)

 Con la muerte de Cristo, se inauguran las relaciones del nuevo pueblo de Dios. La Madre de Jesús, imagen de la Iglesia esposa, se convierte para nosotros en mediación entrañable para sentirnos hermanos de Jesús, hijos de Dios. “Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado” (Homilía fin de Cónclave). A la vez, seamos custodios de María, como lo fue San José, como lo fue el discípulo amado. “Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio” (Homilía, inauguración del pontificado). Jesús, gracias por tu amor entrañable, por la mediación amorosa que nos dejas en tu Madre, y por la confianza que has depositado en nosotros para que la acojamos en nuestro corazón. Ten la seguridad de que la cuidaremos. Santa María del Desamparo, acepta la misión que te confía tu Hijo. Ruega por nosotros.

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46 y Mc 15, 34)

 Jesús reza el salmo 22, que si comienza con un grito de auxilio, termina con una experiencia de misericordia. “De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan al Señor le alabarán: «¡Viva por siempre vuestro corazón!»” (Sal 22, 26-27). Hoy hay muchas personas en extrema soledad, intemperie y pobreza. Tenemos la llamada para ser mediación de la ternura de Dios, para que nadie se sienta abandonado por Él. “Acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Entonces, también, podrán contar la experiencia de la bondad divina, la coherencia de nuestra fe. Una de las últimas palabras del Papa Benedicto XVI, fueron: “Me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido. (…) Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a muchas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mí” (Audiencia, 27 de febrero, 2013).
 
"Tengo sed" (Jn 19, 28)

 La sed de Jesús no es sed material.   Él se ha presentado como pozo de agua viva. Jesucristo en la Cruz muere de sed de amor, de sed de ti y de mí. Y ha convertido el gesto humilde de dar de beber en sacramento, y los que den aunque solo sea un vaso de agua por Cristo, tendrán su recompensa. Pero el agua que Él desea beber es el agua de la entrega de nuestras personas. “Debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto, sin permitir que prevalezca una visión de la persona humana unidimensional, según la cual el hombre se reduce a aquello que produce y a aquello que consume. Ésta es una de las insidias más peligrosas para nuestro tiempo” (Francisco a los líderes de diferentes religiones).Con el salmista te manifiesto, Señor: “Mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua” (Sal 62). “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 42, 2-3). “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed” (Jn 4, 15).
 
"Todo se ha cumplido" (Jn 19, 30)

 ¡Qué paz debe de brotar en el corazón cuando se tiene la seguridad de haber llevado a cabo la obra encomendada por Dios! Jesús la debió de sentir. San Pablo, quizá como eco de esta experiencia, dice de sí mismo: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación. (2 Tm 4, 7-8). Y el Apóstol Santiago: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido  el Señor a los que le aman” (Sant 1, 12). Señor, yo no puedo decir “todo está cumplido”, pero te pido que hagas conmigo tu voluntad, como Tú fuiste la voluntad de tu Padre.
 
 "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)

Es la última palabra de Jesús, en total abandono. Ante ella, me resuena el discurso del Papa Francisco a los cardenales: “Nunca nos dejemos vencer por el pesimismo, por esa amargura que el diablo nos ofrece cada día; no caigamos en el pesimismo y el desánimo: tengamos la firme convicción de que, con su aliento poderoso, el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). ¡Ánimo! La mitad de nosotros tenemos una edad avanzada: la vejez es – me gusta decirlo así – la sede de la sabiduría de la vida. Los viejos tienen la sabiduría de haber caminado en la vida, como el anciano Simeón, la anciana Ana en el Templo. Y justamente esta sabiduría les ha hecho reconocer a Jesús. Ofrezcamos esta sabiduría a los jóvenes: como el vino bueno, que mejora con los años, ofrezcamos esta sabiduría de la vida (Francisco, discurso a los cardenales). Amigos más jóvenes, sobre todo a vosotros, los niños, fijaos lo que dice la Biblia: “Seréis alimentados, en brazos seréis llevados y sobre las rodillas seréis acariciados. Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré” (Is 66, 12-13).


¡Que no se pierda en nosotros el fruto de tanto amor divino!

 Ángel Buenafuente

La Resurreción por Benedicto XVI

Así pues, para nuestra fe y para nuestro testimonio cristiano es fundamental proclamar la resurrección de Jesús de Nazaret como acontecimiento real, histórico, atestiguado por muchos y autorizados testigos.
 
Lo afirmamos con fuerza porque, también en nuestro tiempo, no falta quien trata de negar su historicidad reduciendo el relato evangélico a un mito, a una "visión" de los Apóstoles, retomando o presentando antiguas teorías, ya desgastadas, como nuevas y científicas.

Ciertamente, la resurrección no fue para Jesús un simple retorno a la vida anterior, pues en ese caso se trataría de algo del pasado: hace dos mil años uno resucitó, volvió a su vida anterior, como por ejemplo Lázaro.
 
La Resurrección se sitúa en otra dimensión: es el paso a una dimensión de vida profundamente nueva, que nos toca también a nosotros, que afecta a toda la familia humana, a la historia y al universo.

Este acontecimiento, que introdujo una nueva dimensión de vida, una apertura de nuestro mundo hacia la vida eterna, cambió la existencia de los testigos oculares, como lo demuestran los relatos evangélicos y los demás escritos del Nuevo Testamento. (Benedicto XVI, audiencia, 15 de abril de 2009).

domingo, 31 de marzo de 2013

Acepta que Jesús Resucitado entre en tu vida

Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir?
 
No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.
 
Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta.
 
Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida.
 
Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios.
 
Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano.
 
Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive.
 
Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida!
 
Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.
 
De la homilía de la Vigilia Pascual del Papa Francisco

sábado, 30 de marzo de 2013

Descenso de Jesús a los infiernos

"¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. «La tierra temió sobrecogida» porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado.



Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte». El, que es al mismo tiempo Hijo de Dios, hijo de Eva, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.


El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: Mi Señor esté con todos. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: Y con tu espíritu. Y tomándolo por la mano le añade: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».


Yo soy tu Dios que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo: tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: Salid; y a los que se encuentran en las tinieblas: iluminaos; y a los que dormís: levantaos.
 

A ti te mando: «despierta tú que duermes», pues no te creé para que permanezcas cautivo en el Abismo; «levántate de entre los muertos», pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
 

Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al Abismo; por ti me he hecho hombre, «semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos»; por ti que fuiste expulsado del huerto he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado. Contempla los salivazos de mi cara que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada.
 

Contempla los azotes en mis espaldas que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados que habían sido cargados sobre tu espalda. Contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero; por ti los he aceptado, que maliciosamente extendiste una mano al árbol.
 

Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado por ti, que en el paraíso dormiste y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del costado. Mi sueño te saca del sueño del Abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
 

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilará; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
 

El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y las moradas, los tesoros abiertos y el reino de los cielos que existe antes de los siglos está preparado. "
De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439. 451. 462-463)

La soledad de la Virgen. Fray Luis de Granada


Después de esto considera cómo fue quitado aquél santo cuerpo de la cruz y recibido en los brazos de la Virgen.

Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos, para sólo esto le quedaban fuerzas; mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.

¿Cómo no hablas ahora, Reina del cielo? ¿Cómo han atado los dolores vuestra lengua? La lengua estaba enmudecida, mas el corazón allá dentro hablaría con entrañable dolor al Hijo dulcísimo y le diría:


Hijo mío, ¿Qué haré sin ti? ¿Adónde iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían a rogarte por sus hijos y por sus hermanos difuntos, y tú, con tu infinita virtud y clemencia, los consolabas y socorrías. Mas yo que veo muerto a mi hijo, y a mi padre, y mi hermano y mi Señor, ¿a quién rogaré por Él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesús Nazareno, Hijo de Dios vivo, que consuela a los vivos y da vida a los muertos? ¿Dónde está aquel grande Profeta poderoso en obras y palabras?


¡Oh dulcísimo hijo mío! ¿qué haré sin ti? Ya no limpiaré tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más sentado a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia. Ya no me veré más a tus pies oyendo las palabras de tu dulce boca. Fenecida en ya mi gloria; hoy se acaba mi alegría y comienza mi soledad.
Cómo dura poco la alegría en la tierra y se siente mucho el dolor después de mucha prosperidad! ¡Oh Belén y Jerusalén, cuán diferentes días he llevado en vosotros! ¡Qué noche fue aquella tan clara y qué día este tan oscuro! ¡Qué rica entonces y qué pobre ahora!

¡Oh ángel bienaventurado!, ¿dónde están ahora aquellas tan grandes alabanzas de la antigua salutación? Entonces me llamaste llena de gracia; ahora estoy llena de dolor. Entonces, bendita entre las mujeres; ahora, la más afligida entre las mujeres. Entonces dijiste: El Señor es contigo; ahora también está conmigo, mas no vivo, sino muerto, como lo tengo en mis brazos.

¡Oh muerte!, ¿por qué eres tan cruel que me apartas de aquel en cuya vida está la mía? Más cruel eres a las veces en perdonar que en matar. Piadosa fuera para mí si nos llevaras a entrambos; mas ahora fuiste cruel en matar al hijo y más cruel en perdonar a la madre. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Anoche apresaron al Maestro


Anoche apresaron al Maestro… fue después de celebrar la Pascua… había estado con los suyos… primero, lavó sus pies para enseñarles que su misión era servir… e instituyó la Eucaristía… y oró… oró por Él… oró por ellos… oró por todos… también por nosotros… para que hoy también entendiéramos y siguiéramos su ejemplo… siendo humildes… sirviéndole en nuestros hermanos… acudiendo a Él en la Eucaristía…

Salió con ellos al Huerto… su alma estaba “triste hasta la muerte”… y les pidió orar… pero se durmieron… igual que nosotros hoy, que nos adormilamos ante lo que Él nos pide… dejamos que el “cansancio” nos domine… así es más fácil, así es “excusable” el no-hacer… pero Él tomó fuerzas del Padre para enfrentar su Pasión… tomó fuerzas por ti, por mí, por todos… y salió a encontrarse con el traidor…
Con un beso le entregó… modelo de hipocresía ese Judas… tantas enseñanzas, tantos signos, tantas oraciones… y al final, escogió hacer el mal… y nosotros hoy buscamos como justificar su pecado… así, tal vez así, encontraremos como justificar el nuestro… las tantas veces que, como aquel, lo vendemos por una miseria… y le fallamos… y le volvemos a fallar…
Sus amigos corrieron… sintieron miedo… y uno de ellos… el osado… el que con determinación había dicho “hasta la muerte te seguiré”… hasta ese le negó… así también nosotros… cuando la vida nos exige… cuando viene la prueba y el Maestro nos pide aguantar… nosotros también corremos despavoridos… negamos y renegamos… y olvidamos nuestras promesas de serle fiel… pero Él, como a Pedro, siempre nos tiende su mano… nos comprende y nos perdona… y nos invita a tratar otra vez…
Y llegó ante Caifás… toda una vida esperándolo… y no le reconoció… peor aún, ya todo estaba decidido… la envidia engendró el odio, el odio la maldad, y esta, a su vez, la muerte… calumnias, mentiras y falsedades se derramaban por doquier… y entre golpes y desprecios… entre burlas y canalladas… sellaron su destino… ¡Cuántos allí se horrorizaban por lo que sucedía!, mas se quedaron callados… así como nosotros, cuando vemos que le ofenden de obra o de palabra… a Él o a su Iglesia… y nos sorprendemos… y nos indignamos… pero hasta ahí llega nuestra “obligación”… cambiamos la mirada y callamos… y nos hacemos cómplices silentes de la traición…
Esta mañana estuvo donde Pilato… y la “justicia” no encontró causa… pero faltó el coraje… faltó valor… y les ofreció un trueque: el Justo por el criminal… pero el pueblo… aquellos que antes le aclamaron como Rey, ahora pedían a Barrabás… aquellos que días antes gritaban “Hosanna”, ahora exigían su crucifixión… y cuantos habemos que hoy… después de recibirle con vítores y glorias… que después de entregarle todo y abrirle el corazón… corremos a crucificarle a la primera tentación…

Pilato mando a azotarle como última opción… tal vez así se calme el pueblo y le dejen ir… ¡cuanta crueldad!, no se le ahorró ni una pizca de sufrimiento… azote tras azote… cada uno de los pecados de la humanidad fueron tatuados en su ser… azote tras azote… sin tregua… sin compasión… y todavía hoy – tú y yo – seguimos azotando al Señor… con cada pecado y con cada ofensa… nos convertimos en el verdugo sanguinario que levanta el flagelo para imprimir nuestra infidelidad en su ser…
Y trenzaron su corona… espina tras espina las hincaron en su cabeza… espina tras espina y Él no se quejó… Jesús, el Cristo, guardó silencio y aceptó cada una de las burlas y la humillación… y le cargaron el madero… así, sin más ni más… total, era cuestión de unas horas para llegar a su Hora final… así también nosotros, nos burlamos y le humillamos cada vez que le encontramos en aquel que necesita… total, ¿y a nosotros qué nos va?

El camino de la Cruz fue largo… ya no habían fuerzas… una caída y otra y otra… pero había que llegar… como diciendo, “de ti espero lo mismo, que perseveres siempre hasta el fin”… entonces hubo dos que aliviaron su carga, la Verónica y el de Cirene… una por compasión, el otro por obligación… pero ambos fueron transformados y premiados en su corazón… quien carga la Cruz del Señor, aunque sea solo un instante, nunca vuelve a ser el mismo… así también hoy día, a veces surge alguno que en medio del camino se lanza a sus pies… y su vida cambia… y se transforma… y se libera… y ya no vuelve a ser igual…

Y el encuentro con su Madre… una gota de ternura en medio de un mar de sufrimiento… cómo consuela… cómo alivia… cómo le dio fuerzas para seguir y continuar…!!! Así también es Ella para nosotros… bálsamo que reconforta y que reanima… que nos impulsa hacia delante… con fe… con esperanza… seguros de llegar…

Llegó Jesús al Gólgota y con Él, el momento de la crucifixión… una mano… la otra… los pies… cada clavo arrancaba de Él un nuevo sufrimiento… un nuevo dolor… cuanto había que expiar por cada hombre… cuantos pecados que perdonar… y allí, con la respiración entrecortada, escuchó como Dimas lo defendía y le pedía perdón… “Hoy estarás conmigo”… a él le prometía el Cielo, mientras que el otro, el malo, elegía para sí la condenación… así también nosotros, somos libres para escoger… podemos acudir a su Misericordia o llenarnos de soberbia y rechazar para siempre su perdón…
Y pidió perdón por todos… por los de allí y por los de acá… por los que creían y por los que no… y los que se burlaban de su gesto, al ver en Él tanta bondad, rabiaban llenos de coraje y querían humillarle más… pero no sabían lo que hacían… la envidia, el orgullo, la arrogancia… estaban ciegos y no reconocían al Mesías, al Hijo de Dios, que estaba entregándose para su redención… hoy también hay muchos ciegos que pasan por la vida sin encontrase con el Señor… aunque camine con ellos… aunque los llame y los espere… prefieren no mirarle y le niegan y rechazan su amor

Desde lo alto de la Cruz miraba a aquellos hombres… y en medio de todos por fin la divisó… era su Madre a quien buscaba… y junto a Ella, aquel que no le abandonó… el discípulo, el amado, el que se mantuvo firme hasta el final… y el que – en tu nombre y en el mío – recibió su mayor regalo, su mayor bien, su Madre… para ser también Madre de él… y Madre tuya… y Madre mía… y de todos los que dicen ser amigos y discípulos de Él…

Y llegó la Hora… ya todo se había cumplido, nada quedaba ya por hacer… sólo entregar el Espíritu al Padre… y expiró… se rasgó el velo del Templo y la tierra tembló… y al clavar en su costado la lanza, el soldado por fin en Él creyó… así, como nosotros, que cuando vemos que se ha ido… cuando vemos todo lo que ha hecho y lo que nos dejó… entonces le reconocemos… y nos arrepentimos… y queremos su perdón…

Lo bajaron de la Cruz… y José, el de Arimatea, le envolvió en una sábana y lo fueron a enterrar… le dijeron adiós… y mientras rodaban la piedra, el cansancio y la desesperanza, la sorpresa y la confusión… se iba haciendo presa de ellos… pero María… aquella que desde siempre creyó… aquella que todavía espera… y que nos invita a esperar… aquella que todavía aguarda… y que nos dice, “no hay por que dudar… es cosa de tres días… ¡confiad…!”
De Tengo sed de ti

jueves, 28 de marzo de 2013

No me mueve, mi Dios, para quererte

 
 
 No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.