jueves, 2 de noviembre de 2017

Xabier Pikaza: "Oficio de Difuntos: Despierte el alma dormida (renacer muriendo)"


Las restantes plantas y animales no nacen ni mueren, en sentido estricto, sino que forman parte del continuo de la vida, sin identidad personal. Sólo el hombre nace y vive en sentido estricto sabiendo que muere... Y en ese sentido podemos afirmar con la antropología que el hombre nace a la vida humana por la muerte.
Éste es un elemento clave de la vida humana. Sólo al enfrentarse con la muerte ajena, que es espejo de la suya, ha descubierto el hombres su singularidad, el sentido y tarea de la vida, por sí mismo, por los otros, como muestran los primeros restos propiamente humanos: Enterramientos, monumentos y ritos funerarios.
Los hombres han descubierto y expresado "lo divino" de su vida al enterrar a sus muertos. Así lo han destacado de un modo especial los judíos, el pueblo que más dolorosamente ha protestado contra la muerte, manteniendo vivo el aguijón del recuerdo de sus muertos, en especial de sus víctimas.

Ellos, los judíos, no han querido evadirse de ella, como han hecho otras culturas, sino que , mirando hacia la muerte, cara a cara, han aprendido y han sabido que ella cuestiona todo lo que somos, haciendo que, por otra parte,nos abramos de manera más intensa a la experiencia de los otros, por quienes (con quienes) morimos, como muestra el el gran cementerio-memorial de de la Shoa (Holocausto) en Jerusalén.
Muriendo, dejamos dolor en nuestro entorno. . Pero, si no muriéramos, sería mucho peor...Tenemos que morir, no sólo para que vivan otros, abriendo con nuestra muerte un espacio para ellos, sino también para que valoremos la vida como regalo recibido,que vamos legando a los que vienen, para "ser" así nosotros mismos en ellos.
Sólo por la muerte podemos gozar de verdad (¡dando gracias a la vida, que nos ha dado tanto!) y regalar la vida a nuestros descendientes, para vivir en ellos, compartiendo así el Camino de la Vida, en gratuidad, en esperanza.
Tema desarrollado en Gran Diccionario de la Biblia (Estella 2015). El título evoca las coplas de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida / avive el seso e despierte contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte tan callando...
«Por la muerte, por el miedo a la muerte, empieza el conocimiento del Todo... Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal». Así comenzaba Rosenzweig su libro más inquietante y luminoso: (La Estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997 43-44).
En un sentido, ese saber es maldición, como ha visto el relato del "pecado ejemplar" de Adán/Eva, en Gen 2-3: "el día en que comas morirás...". Pero, en otro sentido,ese saber que se muere (que muero) puede y debe convertirse en bendición, como signo culminante del sí a la vida, a la vida de Dios, a la vida de los otros, dando por ellos la Vida que Dios nos ha dado. Por eso, en la muerte, descubre el hombre su sentido, como ser sobre la muerte (como ser para los otros).

Sólo los hombres pueden morir por los demás; sólo los hombres pueden dar de verdad su vida, abrir su cuerpo, para que otros vivan de su mismo cuerpo, como hacen las madres y los enamorados, como hacen todos los hombres y mujeres que saben que la muerte, siendo el máximo dolor, puede ser el más hondo gozo, que consiste en poner la vida propia en la gran Corriente de la Vida.
Sólo porque sabemos que vamos a morir podemos vivir arriesgando la vida, amando de verdad a los otros. Un hombre de este mundo, condenado a no morir, sería el mayor de los monstruos, un ser angustioso y angustiante, aquel judío errante del que cuenta la leyenda que no podía morir nunca, errante en una vida eterna encerrado en su sí mismo.
Una vida para siempre sólo tiene sentido cuando cambien las condiciones de este mundo, como ha querido Jesús, como han querido y quieren millones de personas, que esperan y desean una resurrección. Sólo por la muerte (cuando damos la vida a los otros, como Jesús en la cruz) puede haber resurrección (ascensión al cielo, por citar el símbolo de María Virgen, la madre de Jesús).
Jesús cristiano. Vida en la muerte
Así lo han descubierto los cristianos en la Pascua de Jesús, sabiendo que Jesús ha muerto porque vivía, ha muerto para vivir (para que llegue el Reino), ha muerto para que otros vivan.
Así lo visto la iglesia, descubriendo que todos los creyentes (¡todos los pobres!) mueren y resucitan y suben al cielo con Jesús, a un cielo de carne, de cuerpo y alma. Por eso han podido aplicar esta experiencia a María, madre y hermana de todos, en Jesús... Por eso no hay tumba para Jesús, pues él vive en la vida de los que viven. Su tumba de Jerusalén está vacía.
Ciertamente, como hombres y mujeres del mundo viejo... seguimos recorriendo cementerios. Pero al final de todo no hay cementerio, no hay tumbas de muertos, sino una tumba vacío de muertos, un hueco inmenso de vida.
Sólo aquel que acepta la muerte puede vivir en plenitud
Sólo aquel que acepta la muerte (y que es capaz de morir en amor y por amor) puede vivir en plenitud, vive por siempre (como vemos en María).
El autor judío ya citado, Rosenzweig, supone que muchos filósofos y pensadores religiosos han querido engañar a los hombres con mentiras piadosas, diciendo que son inmortales y añadiendo que la muerte no es más que una apariencia. Pues bien, ese consuelo es mentiroso y se sitúa en la línea de la evasión gnóstica o espiritualista.
Ninguna respuesta compasiva puede aquietar a los hombres, que nacen y mueren, ninguna teoría teórica puede convencerles. Los hombres mueren, ése es su destino; mueren y no son felices... (A. Camus), pero todavía serían más infelices si no pudieran morir.
Los hombres mueren, pero pueden descubrir en la muerte la mano de Dios y ofrecer su mano de amor a todos, como ha hecho Jesús, como ha hecho María, su madre, como hacen millones de creyentes, que no ponen su vida en manos de un Todo abstracto, sino el regazo del Dios Vivo, aunque sea (¡y ha de ser!) en inquietud, como en el caso de Jesús.
Morir en cristiano es dar la vida
En ese contexto se sitúa la respuesta de la fe, cuando afirma que el sentido de la vida está en vivir para los demás... y que de esa forma la misma muerte, sin perder su bravura y dureza y enigma (¡Dios mío, Dios míos! ¿por qué me has abandonado?), se convierte en signo de solidaridad, en vida que se abre (como ha visto de un modo impresionante el evangelio de Juan, al descubrir que del costado muerto de Jesús brota la vida, de manera que la misma muerte es ya resurrección).
Pues bien, la Iglesia ha creído y cree que los muertos han y siguen muriendo como Jesús, dando la vida. Por eso ella celebra hoy la memoria de Todos los Muertos, como memoria de vida Éste es el contenido de la fe, de la fe en la carne resucitado y compartida.
La muerte es asunción
Morimos solos, pero morimos, al mismo tiempo, para todos y con todos, en la gran corriente de la vida de la que pro-venimos, en la que post-vivimos, en Aquel a quien Jesús ha llamado Dios de Vivos (Abraham, Isaac, Jacob...), no de muertos (cf. Mc 12, 37). Morimos en Dios, de manera que nuestra vida (nuestra carne) pueda hacerse vida y carne (cuerpo) para los demás.
Ésta es la fe que los judíos siguen poniendo en manos del Dios en quien esperan, ésta es la fe que los cristianos descubrimos y proclamamos en la resurrección de Jesús quien, al morir por los demás, ha desvelado y realizado por su pascua el gran don de la vida de Dios: se ha hecho "cuerpo mesiánico" para todos.
En esta línea se entiende el dogma de Asunción de María, a quien los cristianos católicos recuerdan como la "primera" de los muertos con Jesús. Así dijo el papa Pío XII el año 1950: «Cumplido el curso de su vida terrestre, ella fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (Denzinger-Hünermann 3903).
Este dogma se puede aplicar a miles y millones de cristianos (que creen en la resurrección), pero también a los miles de millones que no creen, pero que viven, quizá sin saber, en el interior de la Vida que es Dios. Esta es una palabra clave del día de Difuntos, de aquellos que viven en Dios por la muerte.
Un curso, una carrera: en cuerpo y alma.
El Papa dice que "transcurrido el curso" de la vida de María, ella ha culminado su "carrera" en Dios. Ha sido una carrera hacia la muerte, en comunión con los demás, a través de Cristo, su hijo, y de todos sus restantes hijos y hermanos (cf. Mc 3, 31-35). Pues bien, cumplido ese curso vital, que había comenzado por el nacimiento, María ha sido asumida (assumpta) a la gloria de Dios, que se identifica con la misma Resurrección y Ascensión mesiánica de su Hijo Jesús, que se expresa y expande en el camino de la Iglesia.
Un tipo de antropología helenista, dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte (porque ella es inmortal), pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección del fin de los tiempos. En contra eso, situándose en un camino distinto de experiencia antropológica y de culminación pascual, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal o, mejor dicho, como persona histórica, en comunión con las demás personas que han estado y siguen estando implicadas en su vida.
Este dogma nos sitúa en el centro del misterio cristiano, vinculado a la muerte y resurrección de Jesús, vinculado al "cuerpo y alma" de los hombres y mujeres, de todos los que de un modo o de otro, quizá sin saberlo, están unidos a Jesús.
Este dogma no niega la muerte, no dice que el alma sea inmortal por su naturaleza; no escinde o separa a María del resto de los fieles, como si a ella se le hubiera ofrecido algo que no se da a los otros, como si ella fuera la única que muere y sube (resucita) al acabar el curso de su vida. Al contrario, este dogma abre para todos los creyentes una misma experiencia pascual, asumiendo con Jesús la muerte.
Por eso, al final, no hay una tumba, ni millones de tumba... Hay un camino de vida, como el de Jesús desde Jerusalén al mundo entero
(Xabier Pikaza)

Dies natalis


La solemnidad de Todos los Santos provoca el recuerdo de los fieles difuntos, presentes todos los días en la oración de la Iglesia. La muerte para los cristianos es el momento del paso de este mundo al Padre.
En la tradición de la Iglesia, el momento de la muerte ha sido considerado como el dies natalis, el día en que el cristiano nace a la vida verdadera. En el paso ciertamente dramático y agónico a este segundo nacimiento, es preciso destacar como fundamentales las ayudas que la Iglesia puede otorgar al que experimenta este trance. Los sacramentos son un medio privilegiado para recibir las gracias oportunas en este momento, porque así como los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía constituyen una unidad llamada sacramentos de iniciación cristiana, se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía en cuanto viático, constituyen cuando la vida toca a su fin a los sacramentos que preparan para entrar en la Patria celestial o bien los sacramentos que cierran la peregrinación.
El hombre de nuestro tiempo ha perdido de vista lo que significa verdaderamente la muerte, la ve como una maldición, no ve por ningún lado la mano de Dios. Apoyado en su inteligencia, busca todos los medios posibles para corregir este mal que inevitablemente está presente; lo que en realidad hace es huir del sufrimiento, de esta dura realidad, porque en el fondo se reconoce como un ser finito, y esto lo consume más que la misma muerte.
¿Cuál es la razón de este proceder? Sencillo: ha escuchado el susurro del demonio, que le ha quitado la esperanza de la resurrección, de poder esperar en el Señor, por eso busca la «muerte digna, sin dolor», que no es otra cosa que el suicidio llamado eutanasia».
Sin embargo, gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene su sentido positivo, como dice san Pablo: «Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia» (Fil. 1,21). En la muerte Dios llama al hombre hacia sí; en el momento de la muerte el primer fenómeno que se da es la separación del cuerpo y del alma, esta visión la hemos heredado de la tradición judía, por tanto la Iglesia ya desde los primeros tiempos inculcó la veneración del cuerpo como templo del Espíritu Santo, a la espera de la resurrección de los cuerpos.
Así el cristiano que muere en Cristo Jesús «sale de este cuerpo para vivir con el Señor» (2Cor. 5,8). La Iglesia, como madre, ha llevado sacramentalmente en su seno al cristiano durante su peregrinación terrena, lo acompaña al término de su caminar para entregarlo en manos del Padre; la Iglesia ofrece al Padre, en Cristo, al hijo de su gracia y deposita en la tierra con esperanza el germen del cuerpo que resucitará en la gloria.
Todo este sentido positivo debe iluminar la conmemoración de los fieles difuntos, nuestra fe, esperanza, y caridad sobre el destino definitivo personal y el de todos los difuntos.
Monasterio Madres Dominicas
Zamora
Alfa y Omego

2 de noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos


Hoy son multitudes las que van y vienen a los cementerios que están durante todo el día llenos. En los alrededores hay puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar siquiera sea por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos. Hasta la Iglesia premia determinadas actitudes de los fieles con indulgencias aplicables a los muertos.
Se lee en cada tumba RIP –DEPA en versión moderna hispana– bien como oración que indica deseo vehemente, bien como afirmación. Al cristiano, ese fonema –iniciales de Requiescat in pace en latín o de Descanse en paz en castellano– le suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios; desde la increencia solo suena a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una «pérdida irreparable».
Sin querer, se mezcló la mentalidad pagana: terror y ambiente macabro. Corrupción, abandono y soledad. Vino el espíritu tenebroso del Renacimiento que resumía su pensamiento al respecto con calaveras, tibias cruzadas y columnas rotas como iconografía ridícula, válida para animales cuyo ser muere en su totalidad, y no para el cristiano, que vive esperando su resurrección y hace de su propia muerte el acto humano capital de entrega al Creador, sin dudosa improvisación, adiestrado por las continuas entregas diarias.
Contemplar el hecho de la muerte a lo pagano se hace irresistible para una sociedad hedonista que bien querría eliminar de raíz su recuerdo. Se contempla a diario que va en auge y tomando cuerpo el «piadoso» ocultamiento casi sistemático del cadáver como si el muerto hubiera hecho algo muy malo o vergonzoso al morirse; como si el muerto fuera algo que es preciso disimular en el tanatorio –sin mortaja a la vista– y con velatorio breve y de compromiso.
También se aprecia que la frecuente dificultad de pagar costos elevados por la muerte del familiar tiene gran parte de la culpa de que se haya borrado tan pronto la memoria de muchos muertos, o se borrará en breve, y consecuentemente desaparecen también los posibles sufragios; el tarro de las cenizas que entregaron al poco de la incineración se conservó en el sitio de honor de la casa el tiempo que duraron las lágrimas, luego llegó a estorbar porque los vecinos decían que era algo macabro, fue pasando a lugares menos dignos hasta que las cenizas se espolvorearon en el campo con hipócrita manifestación romántica y sentimentaloide, o sencillamente acabaron en el contenedor de la basura una buena noche.
Una ineludible interrogación está en la cabeza de los que creemos y también ronda en el pensamiento de los que aún conservan un recuerdo, aunque sea débil y lejano, de la existencia del más allá. ¿Están ya en la Patria los muertos motivo del recuerdo o han de purificarse todavía?
La celebración de «los que nos han precedido con el signo de la fe» comenzó con san Odilón de Cluny y se extendió por toda la Iglesia. No deja lugar a duda: Son los cristianos muertos los que motivan hoy nuestro rezo. Con los testimonios bíblicos veterotestamentarios, la fe y práctica de la Iglesia católica confiesa como verdad perteneciente a la fe la existencia del Purgatorio, ese misterioso ámbito, más allá de esta vida, donde se realiza la purificación previa a la gozosa y definitiva proyección hacia la beatitud.
La muerte, ¿esqueleto con guadaña? Los fieles difuntos no se evocan entre las brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe.
El libro del Éxodo narra la salida del Pueblo de la esclavitud con el apoteósico paso del mar Rojo donde termina el enemigo; luego vinieron la Alianza, el maná y camino largo sembrado de dificultades por el inhóspito desierto donde se hace resplandecer el cariño de Dios, la esperanza de la tierra prometida y su posesión. Encierra con su tipología un formidable paso de lo transitorio a lo estable que podría servir para explicar lo que pasa el día en que se conmemora a los fieles difuntos e incluso para revitalizar el espíritu cristiano ante la muerte, porque así es el comienzo y fin de la vida del cristiano.
Muchas cosas convendría revisar porque no pocas veces viene precedida la muerte de la falsa y burguesa idea de no facilitar la presencia del sacerdote con pretextos erróneos de respeto a la intimidad del moribundo y de sus deudos. La debilidad de la fe y el falso sentimiento de piedad hacia el agonizante impiden, en casos cada vez más frecuentes, recibir el perdón de los pecados con el sacramento de la Confesión y las mejores disposiciones ante la ruptura próxima con el sagrado signo de la Unción.
El bautizado vibra con agrado y consuelo por la comunión del Cuerpo de Cristo tomada como Viático, porque sabe que recibe al Buen Pastor –frecuente motivo evangélico en las catacumbas, pensado por los primeros cristianos–. Se siente amparado por los santos y sus méritos en su definitivo paso a la eternidad, apoyado por la Virgen María y rodeado de quienes, queriéndole, le despiden con los honores del que terminó su pelea. Sí, el Rosario y las Letanías son como las salvas de honor. ¡Cómo no besar la imagen del crucifijo redentor en la hora postrera, cuando se unen y compenetran la iglesia de la tierra, la del purgatorio y la del cielo!
Pedimos hoy que se abrevie la dolorosa impaciencia de poseer el Bien seguro y cierto, que la ansiada Luz ilumine ya sus tinieblas esperanzadas y que sean nuestros valedores cuando caminamos.
Archimadrid.org

Papa Francisco: A veces me duermo cuando rezo


En una reciente entrevista emitida el miércoles 1 de noviembre, el Papa Francisco contó que en ocasiones se duerme cuando reza.
«Cuando voy a rezar algunas veces me duermo. Lo hacía también Santa Teresita del Niño Jesús. Ella decía que al Señor, a Dios, al Padre le gusta cuando uno se duerme» rezando.
Así lo dijo el Santo Padre en el programa ‘Padre nostro’ (Padre nuestro) en el que dialoga con el P. Marco Pozza, capellán de la cárcel de Padua, como parte de una iniciativa de la Secretaría para las Comunicaciones de la Santa Sede y TV2000.
En el diálogo, cuyo fragmento ha adelantado TV2000, el Papa también recuerda que en el salmo «129, 130, uno pequeño, se dice que se está ante Dios como un niño en brazos de su padre. Esta es una de las muchas maneras en las que el nombre de Dios es santificado: sentirme niño en sus brazos».
Con frecuencia, prosigue el Papa, «decimos ser cristianos, decimos que tenemos un padre, pero vivimos como… no digo como animales, sino como personas que no creen ni en Dios ni en el hombre, sin fe».
«Vivimos también haciendo el mal, vivimos no en el amor sino en el odio, en las competencias, en las guerras», prosiguió el Pontífice.
El nombre de Dios, cuestionó el Santo Padre, «¿es santificado en los cristianos que luchan entre ellos por el poder? ¿Es santificado en la vida de aquellos que pagan a un sicario para librarse de un enemigo? ¿Es santificado en la vida de quienes no se encargan de sus propios hijos? No, allí no se santifica el nombre de Dios».
Los diálogos del P. Pozza con el Papa y con diversos personajes de la cultura y el espectáculo forman parte de un libro titulado ‘Padre nostro’, de la editorial Rizzoli y la Librería Editora Vaticano, que saldrá a la venta en Italia el próximo 23 de noviembre.
ACI

En la casa de mi Padre hay muchas moradas


Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Palabra del Señor.

Papa: Los santos son como los vitrales que dejan entrar la luz de Dios

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!
La Solemnidad de Todos los Santos es “nuestra” fiesta: no porque nosotros somos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con los vitrales de las iglesias, que hacen entrar la luz en diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitida al mundo, cada uno según su propia “tonalidad”. Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, de tal modo de hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios; y también el objetivo de nuestra vida.
De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos “Felices” (Mt 5,3). Es la palabra con la cual inicia su predicación, que es “evangelio”, buena noticia porque es el camino de la felicidad. Quien esta con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en el tener algo o en el convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Ustedes creen esto? ¿Más o menos, no? La felicidad verdadera no está en el tener algo o en convertirse en alguien; la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Creen en esto? ¡Va un poco mejor! Debemos ir adelante, para creer en esto. Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen humildes, lejos de la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien.
Estas son las bienaventuranzas. No exigen gestos clamorosos, no son para súper hombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día. Para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden jamás de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana. Las bienaventuranzas son el mapa de la vida cristiana. Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada en este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen tantos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, saludémoslos con un fuerte aplauso: ¡todos!
Sobre todo – dice la primera bienaventuranza – son «los pobres de espíritu» (Mt 5,3). ¿Qué cosa significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (Cfr. Lc 12,21). Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida, y el amor al prójimo la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos; recordémonos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor: sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado.
Quisiera finalmente citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia y habla del conclusión de la vida: «Felices los que mueren en el Señor» (Ap 14,13). Mañana seremos llamados a acompañar con la oración con la oración a nuestros difuntos, para que gocen por siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres queridos y oremos por ellos.
La Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido y han ya partido para la Patria celestial.
(Traducción del italiano, Renato Martinez)
(from Vatican Radio)

Papa: Para hacer crecer el Reino de Dios se necesita valor

(RV).- Para hacer crecer el Reino de Dios es necesario tener el coraje de echar el granito de mostaza y mezclar la levadura. Mientras, en cambio, tantas veces se prefiere una “pastoral de conservación”. Lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el último martes de octubre. Inspirándose en el episodio evangélico de San Lucas, en el que Jesús compara el Reino de Dios con el granito de mostaza y la levadura, el Obispo de Roma afirmó que ambos elementos son pequeños, y sin embargo, “tienen dentro un poder” que los hace crecer. Así sucede con el Reino de Dios: su poder viene desde dentro.
También San Pablo, en su Carta a los Romanos – propuesta por la Primera Lectura – pone de manifiesto las tensiones existentes en la vida: sufrimiento que – como dijo el Papa – “no son comparables a la gloria que nos espera”. De manera que se trata “de una tensión entre sufrimiento y gloria”. Y en estas tensiones – añadió – hay “una expectativa ardiente” hacia una “revelación grandiosa del Reino de Dios”. Una expectativa que no es sólo nuestra, sino también de la creación, sometida a la caducidad “como nosotros” y “tendente hacia la revelación de los hijos de Dios”. A la vez que la fuerza interna que “nos conduce con esperanza hacia la plenitud del Reino de Dios”, es la del Espíritu Santo.
“Es precisamente la esperanza la que nos lleva a la plenitud. La esperanza de salir de esta cárcel, de esta limitación, de esta esclavitud, de esta corrupción, y llegar a la gloria: un camino de esperanza. Y la esperanza es un don del Espíritu. Es precisamente el Espíritu Santo que está dentro de nosotros y conduce a esto: a una cosa grandiosa, a una liberación, a una gran gloria. Por esta razón Jesús dice: ‘Dentro de la semilla de mostaza, de aquel grano pequeñísimo, hay una fuerza que desencadena un crecimiento inimaginable’”.
“Dentro de nosotros y en la creación – reafirmó Francisco – hay una fuerza que se desencadena: está el Espíritu Santo”, que “nos da la esperanza”. Además, el Santo Padre  explicó concretamente lo que significa vivir en la esperanza: “Dejar que estas fuerzas del Espíritu nos ayuden a crecer” hacia la plenitud que nos espera en la gloria. Pero así como la levadura hay que mezclarla, de la misma manera hay que echar el granito de mostaza puesto que de lo contrario esa fuerza interior permanece allí. Y lo mismo sucede con el Reino de Dios que “crece desde dentro y no por proselitismo”:
“Crece desde dentro, con la fuerza del Espíritu Santo. Y la Iglesia siempre ha tenido tanto el coraje de tomar y echar, de tomar y mezclar, a la vez que, asimismo, ha tenido miedo de hacerlo. Y tantas veces nosotros vemos que se prefiere una pastoral de conservación en lugar de dejar que el Reino crezca. Permanecemos los que somos, pequeñitos, allí, estamos seguros… Y el Reino no crece. Para que el Reino crezca se necesita el coraje de echar el granito y de mezclar la levadura”.
Sin embargo, el Papa Francisco evidenció que es verdad que si se echa la semilla, se la pierde, y que si se mezcla la levadura, “me ensucio las manos”, porque “siempre  hay alguna pérdida al sembrar el Reino de Dios”:
“Ay de aquellos que predican el Reino de Dios con la ilusión de no ensuciarse las manos. Estos son  custodios de museos: prefieren las cosas bellas y no este gesto de tirar para que la fuerza se desencadene, de mezclar para que la fuerza haga crecer. Éste es el mensaje de Jesús y de Pablo: esta tensión que va de la esclavitud del pecado, para ser simple, a la plenitud de la gloria. Y la esperanza es la que va adelante, la esperanza non decepciona: porque la esperanza es demasiado pequeña, la esperanza es tan pequeña como el grano y como la levadura”.
La esperanza “es la virtud más humilde”, “la sierva”, pero donde está la esperanza, está el Espíritu Santo, que lleva adelante el Reino de Dios. Y el Papa – como suele hacer – concluyó invitando a los fieles a hacerse algunas preguntas: a interrogarnos, hoy, si creemos que allí, en la esperanza, está el Espíritu Santo con quien hablar.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Santa Marta: “Ensuciarse las manos” para anunciar el Reino de Dios

“Ay de aquellos que predican el Reino de Dios con la ilusión de no ensuciarse las manos”, ha observado el Papa Francisco esta mañana en Santa Marta.
Homilía del Papa Francisco en la Misa celebrada esta mañana, 31 de octubre de 2017,en la capilla de la Casa de Santa Marta, inspirándose en el episodio evangélico de San Lucas en el que Jesús compara el Reino de Dios con el granito de mostaza y la levadura.
Francisco ha exhortado a “ensuciarse las manos”: Es verdad que si se echa la semilla, se la pierde, y que si se mezcla la levadura, “me ensucio las manos”, porque “siempre hay alguna pérdida al sembrar el Reino de Dios”.
El Santo Padre afirmó que el granito de mostaza y la levadura son elementos pequeños, y sin embargo, “tienen dentro un poder” que los hace crecer. Así sucede con el Reino de Dios: su poder viene desde dentro.
Asimismo, el Papa reflexionó a partir de la Carta de San Pablo a los Romanos, propuesta en la Primera Lectura, que pone de manifiesto las tensiones existentes en la vida: sufrimiento que –como dijo el Papa– “no son comparables a la gloria que nos espera”.
De manera –continuó Francisco– que se trata “de una tensión entre sufrimiento y gloria”. Y en estas tensiones hay “una expectativa ardiente” hacia una “revelación grandiosa del Reino de Dios”. Una expectativa que no es sólo nuestra, sino también de la creación, sometida a la caducidad “como nosotros” y “tendente hacia la revelación de los hijos de Dios”. A la vez que la fuerza interna que “nos conduce con esperanza hacia la plenitud del Reino de Dios”, es la del Espíritu Santo.
“Es precisamente la esperanza la que nos lleva a la plenitud. La esperanza de salir de esta cárcel, de esta limitación, de esta esclavitud, de esta corrupción, y llegar a la gloria: un camino de esperanza. Y la esperanza es un don del Espíritu. Es precisamente el Espíritu Santo que está dentro de nosotros y conduce a esto: a una cosa grandiosa, a una liberación, a una gran gloria. Por esta razón Jesús dice: ‘Dentro de la semilla de mostaza, de aquel grano pequeñísimo, hay una fuerza que desencadena un crecimiento inimaginable’”.
El Papa, como de costumbre hace, ha invitado a hacerse algunas preguntas, en este caso, ha animado a los presentes a “interrogarnos, hoy, si creemos que allí, en la esperanza, está el Espíritu Santo con quien hablar”.
ZENIT

Encuentro de catequistas en Madrid: «Dios se acerca a nosotros en los niños»


El sábado tuvo lugar en Madrid el Encuentro Diocesano de Catequistas, que ahondó en El proceso de conversión en la iniciación cristiana y en la espiritualidad de los más pequeños
«Estamos juntos, compartiendo la vocación más bella: ser dadores de la mano para el encuentro con el Señor»: así comenzó el delegado de Catequesis de Madrid, Manuel María Bru, el Encuentro Diocesano de Catequistas que tuvo lugar el pasado sábado en el Seminario Conciliar.
El acto contó con una intervención del profesor de San Dámaso Juan Carlos Carvajal, quien habló sobre la experiencia de fe de los niños«Un niño es una puerta abierta por la cual Dios se acerca a nosotros. No somos nosotros los que acercamos a los niños», matizó, al mismo tiempo que recordó que «Jesús dijo: Dejad a los niños acercarse a mí; no dijo: Acercad a los niños a mí».
Para Jesús, los niños son tan importantes que «plantea en la infancia todo el itinerario de madurez para alcanzar a Dios, porque los niños tienen una capacidad y una vivencia espiritual que les permiten tener un acceso fácil a las cosas de Dios. Nosotros, servidores de Dios, solo tratamos de discernir cómo Jesús se está haciendo presente en ellos, y en esta relación le abrimos la puerta al Padre». En realidad, «lo que Dios hace en el niño es lo que hizo con Jesús».
Por eso, los catequistas y los formadores de la fe de los más pequeños han de «trabajar a favor de lo que Dios ya hace en los niños», y deben «caer en la cuenta de que los sentimientos de los niños son el primer paso para hacerles dependientes de Dios. Los niños no solo tienen capacidad de Dios, tienen vivencias. El niño se reafirma en el amor. El amor, el contacto, construye. Cuando el niño siente que le aman se sabe valorado».
Asimismo, Carvajal recordó que «no se prepara la catequesis solo con material», porque para los niños «el asombro es la puerta del misterio. ¿Nosotros educamos en el asombro, o concretamos a Dios con definiciones? Hay que dejar abierta la puerta del misterio». Así, una infancia vivida de esta manera «permanece en el tiempo y nos prepara para ser hijos de Dios».
El Encuentro finalizó con una celebración de envío en la que el cardenal Osoro recordó a los catequistas: «Debéis antes ser testigos que maestros. El catequista es morada de Dios entre los hombres, y vosotros comunicáis la belleza de su rostro.
Antes de decir lo que tiene que decir a los demás, el catequista lo ha vivido y experimentado. Vosotros vivís para dar noticia de Cristo: noticia que sana, genera alegría y cura el corazón».
Alfa y Omega

1 de noviembre: Todos los Santos


Para cada persona humana, al ser libre, hay un momento decisivo: el de rendir cuentas. La razón pide un cumplimiento de la justicia postulado por las diversas opciones que cada persona va tomando a lo largo, ancho y alto de su existencia; a veces son acertadas porque coinciden con las exigencias del propio modo de ser; otras elecciones son aberrantes y malintencionadas, trastornan el orden de las personas, destrozan la convivencia y causan el mal. Por eso, la recta razón pide premio para los que usan bien la libertad y castigo para quien obra el mal. La enseñanza de Jesucristo confirma esta intuición del hombre al hablar de aquel rey que ajustará las contabilidades de sus vasallos.
Y es que no se puede servir a dos señores. Aterra pensar que no tener el traje de fiesta para el banquete de bodas, ir medio vestido con una indumentaria impropia del momento, presentarse con los capisayos hechos jirones o con la ropa destrozada supone ser arrojado fuera donde rechinan los dientes.
Hay que remontarse a las catacumbas para entender el sentido cristiano de la fiesta de Todos los Santos; es preciso ir a los inicios. Originariamente existió entre los cristianos un culto a los mártires; muchos de los primeros murieron así –Inés, Cecilia, Lucía, Sebastián, Lorenzo– y tuvieron una celebración anual determinada. La firme convicción de su poder celeste cuando interceden, la necesidad de su ejemplaridad como estímulo para vivir en cristiano y de su tercería en el tremendo juicio, lleva a desear poner los enterramientos cerca de sus sepulcros.
En el siglo IV aparece la liturgia colectiva a «todos los mártires» en Oriente; pasa a Occidente y cobra auge en Roma por el apoyo de los papas, de modo especial con Bonifacio IV que trasladó veinticuatro carretas de huesos de mártires al Panteón del paganismo –construido en honor de Júpiter, y donde entronizaron a Marte y a Venus–, dando a aquella edificación un sentido nuevo.
Y alrededor del culto martirial va abriéndose camino el anhelo de festejar a «todos los santos»: anacoretas, viudas, vírgenes, confesores y doctores. Con la herejía iconoclasta se produce la ocasión al condenar Gregorio III, en el 731, a «todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa Madre María, siempre Virgen inmaculada, de los apóstoles y de los santos»; luego, el papa Gregorio IV fijó la fiesta para el 1 de noviembre a instancias de Leudovico Pío y de los obispos de las Galias. Apoyan el culto las visiones del Apocalipsis con la descripción de muchedumbres vestidas de blanco y con palmas en las manos adorantes, dando bendición y gloria, en continua alabanza a Dios y al Cordero, a una con los ángeles.
Allí, en el Cielo, están los catalogados en los martirologios y todos los que mueren en paz; también los anónimos sin aureola en un número desconocido; todos los que vivieron como justos mientras estuvieron aquí, participando de los mismos gozos y alegrías de sus contemporáneos; son los que el mismo Pablo llama ya aquí santos; compartieron las mismas penas y tristezas, mezclando los sinsabores con los fogonazos de esperanza, en tono cristiano aprendido del Evangelio.
Unos vivieron virtudes heroicas dando testimonio ejemplar de fidelidad a Jesucristo y otros le fueron fieles en la vida ordinaria y normal con no menos heroicidad; porque a unos y a otros les movió el mismo denominador: el amor a Dios. Lo mismo imitó a Jesucristo el que dio su vida en el martirio cruel –arrebato de amor– que la madre santa que diariamente repite la sublimación de su vida por amor a Dios, dándose en entrega a los suyos, sin salir de los afanes domésticos. De ese modo se testimonia que es posible la santidad en la sencilla santidad asequible desde la casa y la calle, que es lo mismo que decir desde cualquier ámbito profesional y ciudadano.
Descubre y celebra la fiesta de hoy que todas las situaciones humanas honestas o dignas pueden ser iluminadas por el Evangelio y llevar al cristiano a la santidad; teniendo en circunstancias distintas la misma fortaleza de los mártires, el mismo afán misionero de Javier, la pasión por la Cruz de Pedro de Alcántara y la mismísima paciencia del santo Job. Se enlazan con la santidad todas las variantes y nimiedades de la vida sumergiéndolas en Dios: la casa, el campo, el taller, el laboratorio, la fábrica y los libros; también la deben conseguir los profesionales de la policía o de la docencia.
Son tantos los santos que faltan días del calendario para mostrarlos: «una gran muchedumbre que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus y lenguas». Unos fueron –Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio, Teresa, Catalina– humanamente ilustres y, por ello, conocidos en su entorno humano y recordados en la posteridad; otros son anónimos como aquel niño enfermo, esa madre entregada, el empleado paciente y el empresario honrado; también consiguieron el Cielo el novio limpio y la enfermera valiente que perdió su trabajo por no querer someterse a la imposición del hospital que le mandaba colaborar en el aborto criminal. Estos solo llevaron aquella existencia gris que a nadie llamó la atención, nada esplendorosa; fueron unos más de esa multitud de gente buena de todos los tiempos que es vulgar.
No lo creímos demasiado cuando nos dijeron en su entierro que «murió como un santo», pero, ya ves, era verdad. Allí está. Supo ser fiel y, a escala humana, había decidido ser otro Cristo.
Archimadrid.org

«Pedimos perdón por las formas en que los cristianos se han ofendido desde la Reforma»




Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos la Reforma protestante «desde una perspectiva ecuménica», lo que ha sido posible gracias a la «eliminación de prejuicios, una mayor comprensión mutua y la identificación de decisivos acuerdos teológicos». Así lo han reconocido ambas confesiones en una declaración conjunta hecha pública este martes al finalizar el año de la conmemoración ecuménica común de la Reforma
La Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos han emitido una declaración conjunta en la que aseguran estar «agradecidos por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma» y piden «perdón por nuestros fracasos, las formas en que los cristianos han herido el Cuerpo del Señor y se han ofendido unos a otros durante los 500 años transcurridos desde el inicio de la Reforma hasta hoy».
La declaración se ha producido este martes 31 de octubre al finalizar el año de la conmemoración ecuménica común de la Reforma, en el día en el que se cumplen 500 años desde que Lutero hizo públicas las 95 tesis en las que criticaba la práctica de las indulgencias y dio comienzo así a la Reforma. También este martes, en la misma iglesia del palacio de Wittenberg asociada con este hecho histórico, las iglesias luterana y católica de Alemania han participado en una celebración conjunta por el Día de la Reforma.
Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos la Reforma protestante «desde una perspectiva ecuménica», lo que ha sido posible gracias a la «eliminación de prejuicios, una mayor comprensión mutua y la identificación de decisivos acuerdos teológicos», prosigue el texto.
Esto ha dado lugar «a un nuevo enfoque de los acontecimientos del siglo XVI que llevaron a nuestra separación» y que, a su vez, permitirá transformar «su influencia sobre nosotros» en un «estímulo al crecimiento de la comunión y signo de esperanza».
La Iglesia Anglicana
Asimismo, la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos han asegurado en el comunicado sentirse alegres por la adhesión de la Iglesia Anglicana a la Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación, en la que ambas confesiones afirman tener la misma visión sobre cómo se vuelve efectiva en el pecador la gracia de Cristo y la salvación, firmada por católicos y luteranos en 1999.
Además de católicos, luteranos, y desde hoy los anglicanos, también comparten este acuerdo teológico fundamental los metodistas y reformados –calvinistas–. «Sobre esta base nuestras comuniones cristianas pueden construir un vínculo más estrecho de consenso espiritual y testimonio común en el servicio del Evangelio», afirman la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial en la nota publicada este martes.
El documento concluye con el deseo de católicos y luteranos de seguir «buscando un consenso sustancial que permita superar las restantes diferencias que existen».
José Calderero de Aldecoa @jcalderero
Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,1-12)






Las Bienaventuranzas son el camino que Dios indica como respuesta al deseo de felicidad ínsito en el hombre, y perfeccionan los mandamientos de la Antigua Alianza. Nosotros estamos acostumbrados a aprender los diez mandamientos, pero no estamos acostumbrados a repetir las Bienaventuranzas. Intentemos recordarlas e imprimirlas en nuestro corazón...

En las Bienaventuranzas está toda la novedad traída por Cristo, y toda la novedad de Cristo está en estas palabras. En efecto, las Bienaventuranzas son el retrato de Jesús, su forma de vida; y son el camino de la verdadera felicidad, que también nosotros podemos recorrer con la gracia que nos da Jesús. 

Además de la nueva Ley, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. 

La tarea de hoy es leer el 5 capítulo del Evangelio de Mateo donde están las Bienaventuranzas; y leer el 25, donde está el protocolo, las preguntas que nos harán el día del juicio. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez lo hemos reconocido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y es marginado, en quien sufre y está solo... 

Es este uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día. Leo las Bienaventuranzas y pienso cómo debe ser mi vida cristiana, y luego hago el examen de conciencia con este capítulo 25 de Mateo. Cada día: he hecho esto, he hecho esto, he hecho esto... Nos hará bien. Son cosas sencillas pero concretas.

Queridos amigos, la nueva alianza consiste precisamente en esto: en verse, en Cristo, envueltos por la misericordia y la compasión de Dios. Es esto lo que llena nuestro corazón de alegría, y es esto lo que hace de nuestra vida un testimonio hermoso y creíble del amor de Dios por todos los hermanos que encontramos a diario. Recordad las tareas. Capítulo 5 de Mateo y capítulo 25 de Mateo. ¡Gracias!
(De la catequesis del 6 de agosto de 2014)

EVANGELIO DE HOY MIÉRCOLES: LAS BIENAVENTURANZAS


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: 

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor


Papa: impulsar el Derecho internacional humanitario ante los crímenes atroces que interpelan la conciencia de la humanidad

El Papa Francisco alentó a los participantes en la III Conferencia sobre derecho internacional humanitario sobre el tema «La protección de las poblaciones civiles en los conflictos – el papel de las organizaciones humanitarias y de la sociedad civil», organizada en Italia.
Destacando la coincidencia del encuentro con el 40 aniversario de la adopción de los dos Protocolos Adicionales a las Convenciones de Ginebra relativos a la protección de las víctimas de los conflictos armados, ratificados también por la Santa Sede, con el fin de alentar «una humanización de los efectos de los conflictos armados», «convencida del carácter esencialmente negativo de la guerra y que la aspiración más digna del hombre es la abolición de la guerra», el Obispo de Roma destacó la importancia del desarrollo del derecho humanitario ante los atroces sufrimientos físicos, morales y espirituales en los conflictos armados de la actualidad:
«La Santa Sede, consciente de las omisiones y hesitaciones que caracterizan sobre todo el II Protocolo Adicional, relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados no internacionales, sigue considerando estos instrumentos como una puerta abierta hacia ulteriores desarrollos del derecho internacional humanitario, que sepan tener debida cuenta de las características de los conflictos armados contemporáneos y de los sufrimientos físicos, morales y espirituales que los acompañan».
Tras destacar que «a pesar del intento loable de reducir, a través de la codificación del derecho humanitario, las consecuencias negativas de las hostilidades sobre la población civil», el Papa Francisco constató con profundo dolor el testimonio de crímenes atroces perpetrados en el desprecio de toda consideración humana, así como las violaciones de la libertad religiosa:
«Las imágenes de personas sin vida, de cuerpos mutilados o decapitados, de nuestros hermanos y hermanas torturados, crucificados, quemados vivos, cuyos restos mortales son ultrajados, interpelan la conciencia de la humanidad. Por otra parte, se suceden noticias di antiguas ciudades, con sus milenarios tesoros culturales, reducidas a cúmulos de escombros, de hospitales y escuelas que son blanco de ataques deliberados y destructores, privando de este modo a generaciones enteras de su derecho a la vida, a la salud y a la educación.
¡Cuántas iglesias y otros lugares de culto son objeto de agresiones precisas, a menudo durante las celebraciones litúrgicas, con numerosas víctimas entre los fieles y los ministros reunidos en oración, en violación del derecho fundamental a la libertad de religión!»
Lamentando la saturación que anestesia o relativiza la gravedad de los problemas debido a cierta difusión de estas informaciones, el Papa hizo hincapié que ello hace más difícil la compasión y la apertura de las conciencias al sentido solidario:
«Para que ello suceda, es necesaria una conversión de los corazones, una apertura a Dios y al prójimo, que impulse a las personas a superar la indiferencia y a vivir la solidaridad, como virtud moral y actitud social, de la cual puede brotar un compromiso en favor de la humanidad que sufre».
Al mismo tiempo el Papa subrayó que es muy alentador «ver las numerosas demostraciones de solidaridad y de caridad que no faltan en tiempo de guerra. Hay tantas personas, tantos grupos caritativos y organizaciones no gubernamentales, en la Iglesia y fuera de ella, cuyos miembros afrontan fatigas y peligros para socorrer a los heridos y a los enfermos, para enterrar a los difuntos, para dar de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos, para visitar a los detenidos»:
«Verdaderamente el socorro a las poblaciones víctimas de los conflictos suma las diversas obras de misericordia, sobre las cuales seremos juzgados al final de la vida. Puedan las organizaciones humanitarias actuar siempre en conformidad con los principios fundamentales de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia. Anhelo, por lo tanto que tales principios, que constituyen el corazón del derecho humanitario, puedan ser acogidos en las conciencias de los combatientes y de los operadores humanitarios para ser traducidos a la práctica. Y que allí donde el derecho humanitario conoce hesitaciones y omisiones, sepa la conciencia individual reconocer el deber moral de respetar y proteger la dignidad de la persona humana en toda circunstancia, en especial en las situaciones en las cuales está fuertemente amenazada. Para que ello sea posible, quisiera recordar la importancia de la oración y la de asegurar, junto con la formación técnica y jurídica, el acompañamiento espiritual de los combatientes y de los operadores humanitarios».
A todos los «queridos hermanos y hermanas – y no son pocos - que han puesto en peligro su vida para salvar a otra o para aliviar los sufrimientos de las poblaciones golpeadas por conflictos armados», el Papa les recordó las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Y concluyó su discurso encomendando a todos a la intercesión de María Santísima, Reina de la Paz.
(CdM)

martes, 31 de octubre de 2017

Dos nuevas iglesias clausuradas en Egipto

Protesta de los coptos a las autoridades, que aluden a problemas para garantizar su seguridad ante los islamistas

Los cristianos coptos de Egipto han reiterado el llamamiento a las instituciones contra la discriminación religiosa, tras el cierre de dos iglesias en la provincia de Menia, sumando tres templos cristianos clausurados en las últimas semanas en lo que la Iglesia considera un ataque contra su religión.
«Nos hemos mantenido callados durante dos semanas después del cierre de la primera iglesia, pero debido a nuestro silencio la situación ha empeorado. Es como si la oración fuera un crimen por el que los coptos deben ser castigados», ha declarado la diócesis de Menia en un comunicado oficial.
Una de las iglesias ha sido cerrada bajo la sospecha de que podía estar bajo peligro de atentado. Sin embargo, la diócesis ha denunciado que no se ha producido ningún ataque y la iglesia continúa aún clausurada.
Los cristianos coptosque constituyen un 10 por ciento entre los casi 95 millones de habitantes de Egipto, han alertado en múltiples ocasiones de que llevan siendo perseguidos desde hace años y reclaman que el Estado no toma en consideración la gravedad de su situación.
No obstante, los coptos son partidarios del presidente Abdelfatá al Sisi, quien ha prometido aplastar el extremismo islamista y proteger a los cristianos. El pasado abril declaró el estado de emergencia durante tres meses después de dos atentados contra iglesias.
Aunque el grupo yihadista Daesh lleva a cabo desde hace mucho tiempo enfrentamientos contra las fuerzas de seguridad en la península egipcia del Sinaí, ha intensificado su ataque contra civiles cristianos en el continente. En un ataque reivindicado por la organización en mayo, varios hombres armados asaltaron a un grupo de peregrinos coptos que se dirigían a un monasterio en Menia, lo que provocó 29 muertos y otros 24 heridos.
ABC/REUTERS