martes, 25 de abril de 2017

Servidoras de Jesús, en el Cottolengo: Las matemáticas de Dios


«No tengáis miedo», «paz a vosotros», son las frases que más se repiten en los relatos de la Resurrección. La confianza y la paz acompañan a los que han experimentado a Jesucristo vivo y resucitado, a los que se fían de la Providencia
No es fácil para una matemática acostumbrarse a vivir sin previsiones, sin tener todo controlado como hace la mayoría de la gente. Es el caso de la madre Claudia, superiora de la comunidad de Servidoras de Jesús del Cottolengo del padre Alegre (Madrid). Allí, 14 hermanas –ocho de las cuales se mueven en sillas de ruedas– atienden a 80 enfermas con discapacidad.
Dice la madre Claudia que, hace 28 años, cuando entró en la congregación, «lo primero que me sorprendió fue la Providencia, y también la alegría. No tener nada, atender a enfermos pobres e incurables, y estar siempre contentos: eso es lo que se respira aquí. La alegría de no tener nada. Cada día es un regalo, la salud es un regalo, levantarse por la mañana es un regalo».
En el Cottolengo «vivimos totalmente abandonados en la Providencia, no tenemos subvenciones de ningún tipo. Tampoco pedimos nada ni aceptamos nada que sea fruto de una petición directa que otros hagan para nosotras: es el cuarto voto que tenemos». En realidad, al único al que le pueden pedir algo es a Dios, «por eso la oración es el trabajo más importante que tenemos. El sagrario es el centro de esta casa: cuando alguien necesita algo allá que vamos, a ponernos delante de Él. Y el Señor nunca nos defrauda. Es el mejor jefe».
Así, aunque la casa es muy grande y tiene muchos gastos, Dios siempre ha provisto, desde 1948 cuando echó a andar en Algete. Hasta los mismos voluntarios, indispensables para su funcionamiento, son también fruto de la Providencia, porque no hay un compromiso fijo y vienen cuando quieren o cuando pueden.
Anécdotas sobre este vivir abandonado en Dios hay muchas. La pasada Navidad no tenían lombarda, un plato típico que suelen dar de cenar a las enfermas en el Cottolengo. «Dos días antes no teníamos nada, pero entonces llamaron a la puerta y un señor al que no conocíamos de nada nos dijo: “No sé por qué, pero les traigo dos cajas de lombarda”. Nosotras sí sabíamos por qué».
En otra ocasión no tenían leche, algo muy necesario sobre todo para hacer la papilla que precisan para comer las enfermas a las que llaman las pequeñas, las que están en peor estado de salud. «Entonces llegaron unas voluntarias que nos trajeron dos cajas grandes de leche, y no había pasado una hora cuando llegó un camión con un palé entero lleno de leche.
Y así hay muchas más historias», afirma madre Claudia con una sonrisa, recordando que «Dios es Padre, y los enfermos son sus mimados. Y cuida de ellos hasta el mínimo detalle».
La superiora de este Cottolengo aclara que «a veces atribuimos lo que nos pasa a la casualidad, cuando en realidad es la Providencia de Dios la que está detrás. Hay que pedirle al Señor por tus necesidades. A veces no llegan las cosas como tú querrías, y en vez de una cosa te manda otra, pero es por una razón que descubres después, y es lo mejor para ti. Hay que fiarse de Dios por entero».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

25 de abril: san Marcos, evangelista



Juan Marcos era su nombre completo. Bien conocido por el historiador Lucas y a través de sus afirmaciones, desparramadas en su obra llamada Hechos de los Apóstoles y completadas con las que están en el tercer Evangelio, es posible reconstruir varios aspectos muy interesantes de la vida de Marcos.
Era hijo de una tal María que algunos, jugando con pasajes neo-testamentarios, la hacen dueña de la casa donde se celebró la última cena y de aquella otra que sirvió de primer refugio de Pedro cuando en ángel lo libró de la prisión en Jerusalén.
A Marcos se le identifica con el joven que, la noche del prendimiento de Jesús en Getsemaní, salió huyendo desnudo después de haber dejado la sábana que lo cubría en manos de los que intentaban prenderlo.
Quizá fue bautizado por Pedro. Era judío temeroso de Dios, judío cumplidor fiel y buen conocedor de la Ley y los Profetas. Probablemente era uno de los muchos que se habían helenizado por su contacto con el mundo griego; el segundo nombre grecorromano de Marcos unido al primero genuinamente hebreo de Juan, junto con su parentesco con el chipriota Bernabé, apoya esta posibilidad. Y quizá estas dos cualidades hicieron que los Apóstoles se fijaran en él y lo tomaran como uno de sus principales colaboradores a la hora de ponerse a predicar el Evangelio para cumplir el encargo de Jesús.
De hecho es compañero de Pablo y Bernabé en el primer viaje apostólico a Chipre y Asia Menor; pero abandonó aquel cometido en Perge de Panfilia, sin que se conozcan con certeza los motivos –algunos apuntan que tomó la decisión por miedo, cuando vio las dificultades anejas a la predicación– y sin atender a razones. Este abandono fue el motivo por el que Pablo rechazara su compañía y discutiera con Bernabé al organizar el segundo viaje de predicador, haciéndose acompañar por Silas para dirigirse a Asia, mientras que Bernabé tomó consigo a su primo Juan Marcos, marchando a Chipre.
Marcos debió de trasladarse a Roma, donde fue compañero y ayudante de Pedro, en la década del 50 al 60; como asiduo oyente de la primitiva catequesis petrina, puso por escrito lo que escuchó tantas y tantas veces al primer papa, que era infatigable a la hora de dar a los romanos testimonio de Cristo resucitado, hasta el punto de que el obispo de Hierápolis, Papías, junto con san Ireneo, lo llaman «intérprete de Pedro» para dar a entender que lo escrito por Marcos en el segundo Evangelio no es de cosecha propia, sino la genuina predicación del primero de los Apóstoles. ¿Será esta la razón por la que los notarios le hayan tomado por patrono?
Marcos está en Roma en torno al año 62, porque cuando Pablo escribió su carta a los colosenses les manda saludos en su nombre, y en la carta a Filemón anuncia la posibilidad de la próxima marcha de Marcos a Colosas. Se ve que el disgusto primero había dado paso a la reconciliación y a la confianza.
En el año 67 reside en Éfeso; Pablo está preso y soporta las penalidades de su segunda cautividad, escribe la última carta a Timoteo pidiéndole que, cuando vaya a Roma, se haga acompañar por Marcos porque echa muy de menos sus servicios.
Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría, y Simón Metafraste cuenta que allí lo martirizaron en la fiesta de la diosa Serápidis o Farmuti, coincidente aquel año con la de la Pascua cristiana; dice que los paganos egipcios se enfurecieron porque los éxitos que iba consiguiendo el evangelista con su predicación vaciaban los templos nacionales.
Las reliquias del santo, que sin ser Apóstol perteneció al círculo de los primeros discípulos del Maestro, llegaron a Venecia en el año 828; los venecianos lo tomaron por Patrono y levantaron una iglesia para albergar su cuerpo entre el 828 y el 832; en el 1063 comenzaron la construcción de la basílica actual, que, con sus arcos de medio punto y sus cinco cúpulas, está claramente influenciada por el estilo arquitectónico bizantino del período medio o comneno.
Archimadrid.org

lunes, 24 de abril de 2017

«Los mártires son la sangre viva de la Iglesia»


Homilía completa del Papa en la basílica de San Bartolomé, en memoria de los nuevos mártires:
Hemos venido como peregrinos a esta Basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, donde la historia antigua del martirio se une a la memoria de los nuevos mártires, de tantos cristianos asesinados por las desequilibradas ideologías de siglo pasado, y asesinados sólo porque eran discípulos de Jesús.
El recuerdo de estos heroicos testimonios antiguos y recientes nos confirma en la conciencia que la Iglesia es una Iglesia de mártires. Y los mártires son aquellos que, como nos lo ha recordado el Libro del Apocalipsis, «vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras, haciéndolas cándidas en la sangre del Cordero» (7,17). Ellos han tenido la gracia de confesar a Jesús hasta el final, hasta la muerte. Ellos sufren, ellos donan la vida, y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio. Y existen también tantos mártires escondidos, esos hombres y esas mujeres fieles a la fuerza humilde del amor, a la voz del Espíritu Santo, que en la vida de cada día buscan ayudar a los hermanos y de amar a Dios sin reservas.
Si miramos bien, la causa de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y con su resurrección. En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Cfr. Jn 15,12-19) Jesús usa una palabra fuerte y escandalosa: la palabra “odio”. Él, que es el maestro del amor, a quien gustaba mucho hablar de amor, habla de odio. Pero Él quería siempre llamar las cosas por su nombre. Y nos dice: «No se asusten. El mundo los odiará; pero sepan que antes de ustedes, me ha odiado a mí».
Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado, por un don gratuito de su amor. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. Y el origen del odio es este: porque nosotros hemos sido salvados por Jesús, y el príncipe de este mundo esto no lo quiere, él nos odia y suscita la persecución, que desde los tiempos de Jesús y de la Iglesia naciente continúa hasta nuestros días. ¡Cuántas comunidades cristianas hoy son objeto de persecución! ¿Por qué? A causa del odio del espíritu del mundo.
Cuantas veces, en momentos difíciles de la historia, se ha escuchado decir: «Hoy la patria necesita héroes». Los mártires pueden ser pensados como héroes pero lo fundamental del mártir es que es uno que ha recibido una gracia. Existe la gracia de Dios, no el coraje, no valentía, ésto es lo que lo hace mártir.
Hoy, del mismo modo, nos podemos preguntar: «¿Qué necesita hoy la Iglesia?» Mártires, testimonios, es decir, santos, aquellos de la vida ordinaria, porque son los santos los que llevan adelante a la Iglesia. ¡Los santos!, sin ellos la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita de los santos de todos los días, de la vida ordinaria llevada adelante con coherencia; pero también de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don.
Yo querría hoy añadir un ícono más en esta Iglesia: una mujer. No sé su nombre, pero ella nos mira desde el Cielo. Cuando estaba en Lesbos, saludaba a los refugiados y encontré a un hombre de 30 años con tres niños que me ha dicho: «Padre, yo soy musulmán, pero mi esposa era cristiana. A nuestro país han venido los terroristas, nos han visto y nos han preguntado cuál era la religión que practicábamos. Han visto el crucifijo, y nos han pedido tirarlo al piso. Mi mujer no lo hizo y la han degollado delante de mí. Nos amábamos mucho».
Este es el ícono que hoy les traigo como regalo aquí. No sé si este hombre está todavía en Lesbos o ha logrado ir a otra parte. No sé si ha sido capaz de huir de ese campo de concentración porque los campos de refugiados… muchos de ellos son campos de concentración, son abandonados ahí, a los pueblos generosos que los acogen, que tienen que llevar adelante este peso porque los acuerdos internacionales parecen ser más importantes que los Derechos Humanos. Y este hombre no tenía rencor. Y él siendo musulmán llevaba adelante esta cruz sin rencor, se refugiaba en el amor de su mujer, que ha recibido la gracia del martirio.
Recordar estos testimonios de la fe y orar en este lugar es un gran don. Es un don para la Comunidad de San Egidio, para la Iglesia de Roma, para todas las Comunidades cristianas de esta ciudad, y para tantos peregrinos. La herencia viva de los mártires nos dona hoy a nosotros paz y unidad. Ellos nos enseñan que, con la fuerza del amor, con la mansedumbre, se puede luchar contra la prepotencia, la violencia, la guerra y se puede realizar con paciencia la paz. Y entonces podemos orar así: «Oh Señor, haznos dignos testimonios del Evangelio y de tu amor; infunde tu misericordia sobre la humanidad; renueva tu Iglesia, protege a los cristianos perseguidos, concede pronto la paz al mundo entero. A ti Señor la Gloria y a nosotros la vergüenza».
Traducción: RV
Alfa y Omega

El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios



Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 1-8
Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta:
«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? ».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Palabra del Señor.

La Divina Misericordia nos compromete a ser instrumentos de paz y hace visible a Jesús Resucitado, dijo el Papa en el rezo del Regina Coeli

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Sabemos que cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este periodo después de la Pascua, el domingo se reviste de un significado aún más iluminante. En la tradición de la Iglesia, este domingo, el primero después de la Pascua, se denominaba ‘in albis’. ¿Qué significa esto? Esta expresión se proponía evocar el rito que cumplían cuantos habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua. A cada uno de ellos se les entregaba una túnica blanca – ‘alba’ –  ‘blanca’, para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios. Aún hoy se sigue haciendo, a los recién nacidos se les ofrece una pequeña túnica simbólica, al tiempo que los adultos visten una verdadera, como vimos en la Vigilia Pascual. Y aquella túnica blanca, en el pasado, se llevaba puesta durante una semana, hasta este domingo y de ello deriva el nombre ‘in albis deponendis’,  que significa el domingo en el que se quita la túnica blanca. Y así,  cuando se quitaban la túnica blanca, los neófitos comenzaban una vida nueva en Cristo y en la Iglesia.
Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo se dedicara a la Divina Misericordia. ¡Es verdad, fue una bella intuición: fue el Espíritu Santo el que lo inspiró en esto! Desde hace pocos meses hemos concluido el Jubileo extraordinario de la Misericordia y este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios. El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (cfr Jn 20, 19-31). Escribe San Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» ( 21- 23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta justo el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús Resucitado ha transmitido a su Iglesia, como primera tarea, su misma misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Ésta es la primera tarea: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.
La misericordia en la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de tantas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, la razón y otras más. Pues bien, ¡se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia.  Porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen sentido alguno y que la primera víctima es la que vive con estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia abre también la puerta del corazón y permite expresar cercanía, sobre todo a cuantos están solos y marginados, porque los hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre. Ella favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consolación y hace encontrar palabras adecuadas para dar conforto.
Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y lo vuelve sensible a las necesidades de los hermanos con el compartir y la participación. La misericordia, en resumen, nos compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús.
Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a creer y a vivir con alegría todo esto»
(traducción del italiano: Cecilia de Malak)
(from Vatican Radio)

domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Texto profético: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 5).
Texto evangélico: “Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua” (Jn 19, 34). “Dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». (Jn 20, 27-28).
Texto patrístico: “Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costados, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza” (San Teodoro Estudita).

Texto místico: Aparecióme como otras veces y comenzóme a mostrar la llaga de la mano izquierda, y con la otra sacaba un clavo grande que en ella tenía metido. Parecíame que a vuelta del clavo sacaba la carne. Veíase bien el gran dolor, que me lastimaba mucho, y díjome que quien aquello había pasado por mí, que no dudase sino que mejor haría lo que le pidiese” (Vida 39). “Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía».” (Vida 35).

CONSIDERACIÓN
Hoy es el día octavo, el día cristiano por excelencia, la pascua semanal, profecía del último día, el día pleno, colmado de luz, de compasión y de misericordia.

Por este día, siempre es posible el retorno de toda increencia, escepticismo, desánimo, alejamiento o decepción…
Sorprendentemente, Jesús nos demuestra que las heridas son testigos de resurrección, y al compartirlas, confiere a las nuestras la dimensión profética.
Lo que puede parecer desgracia, se convierte en título de compasión, en mano alargada que rescata de cualquier exilio.
Es día de dejarnos curar en las heridas del Resucitado, a la vez que de transfigurar nuestros posibles dolores en posibilidad de acompañar a los que pueden padecer sin esperanza.
Es día de bienaventuranza, de dar fe, aun sin ver, porque nada queda fuera de la misericordia divina. El Resucitado sale a nuestro camino de forma solidaria y convierte nuestras dolencias en capacidad de caminar junto a cuantos desengañados o escépticos encontremos a nuestro paso.
Ángel Moreno de Buenafuente

Jesús salvará a su Iglesia


Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está con ellos Jesús. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? «Está anocheciendo» en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.
Dentro de la casa están «con las puertas bien cerradas». Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.
Los discípulos están llenos de «miedo a los judíos». Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar al mundo como lo amaba Jesús ni infundir en nadie aliento y esperanza.
De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. «Entra en la casa y se pone en medio de ellos». La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a anunciar por todas partes la Buena Noticia de Jesús.
Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros». No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.
Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice, como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo».
Solo Jesús salvará a su Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.
Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores.
José Antonio Pagola

Benedicto XVI advierte frente a los radicalismos ateo e islamista


El Papa emérito rompe su silencio con una carta dirigida a un simposio sobre su concepción del Estado celebrado en Varsovia
Benedicto XVI ha roto su silencio para pedir que se superaren dos concepciones del Estado que incurren en sendos radicalismos de signo distinto. Por un lado, está el del «Estado radicalmente ateo», y por otro, el «surgir de un Estado radicalmente religioso en los movimientos islamistas». Las consecuencias de uno y otro exceso, advierte el Papa emérito, se dejan sentir hoy «cada día».
Joseph Ratzinger hacía estas consideraciones, recogidas por la agencia Zenit, en una carta enviada a los participantes a un simposio en su honor en Varsovia, con el título «El concepto del Estado en la perspectiva de la enseñanza del cardenal Joseph Ratzinger». El encuentro está patrocinado por la Fundación Ratzinger y por la agencia católica polaca Kai, y ha sido organizado por los obispos polacos, con el apoyo también del presidente de Polonia, Andrzej Duda.
Durante su pontificado, Benedicto XVI reivindicó con frecuencia el derecho natural como lugar de encuentro para creyentes de diversas religiones o de ninguna, y abogó insistentemente por un diálogo fe y razón, señalando como patología el racionalismo extremo que se cierra a las preguntas de la religión, al tiempo que denunciaba que «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Pronunciamientos en ese sentido como su célebre discurso en Ratisbona (de esa intervención procede la cita anterior) fueron no pocas veces malinterpretados como hostiles hacia el islam.
A finales de abril, precisamente, el Papa Francisco emprenderá un viaje a Egipto, epicentro de un importante debate en el seno de la comunidad musulmana sobre un concepto de ciudadanía integrador que no discrimine a las minorías religiosas. Uno de los lugares que visitará el Obispo de Roma es la universidad de Al Azhar, en El Cairo, una de las principales instituciones académicas en el islam sunita, que rompió relaciones con el Vaticano después de que Benedicto XVI pidiera genéricamente protección para las minorías pocos días después de un atentado en Alejandría durante las celebraciones de año nuevo de 2011. Las autoridades egipcias interpretaron entonces esas palabras como una injerencia en sus asuntos internos.
En su carta al simposio de Varsovia, Benedicto pide a los líderes políticos polacos que desarrollen «urgentemente» una concepción de Estado que supere tanto el radicalismo laicista como el integrista. Como ejemplo, les pone a Juan Pablo II y al cardenal Stefan Wyszynski, obispo durante los años más duros del régimen comunista. Estas grandes personalidades que «Polonia ha dado a la humanidad», afirma, marcan hoy el «camino hacia el futuro».
Alfa y Omega

«Paz a vosotros»


Constantemente estamos deseando la paz. Hablamos de paz exterior, es decir, de ausencia de guerras y de conflictos entre distintos países o regiones. Socialmente este deseo se acentúa en torno a la Navidad. Cualquier guion de mensaje navideño no está completo sin una referencia en este sentido. 
Por otro lado, no faltan quienes subrayan la relevancia de una paz interior, quizá más importante que la exterior, ya que es origen de ella. Como de un componente más de la sociedad de bienestar, se habla de paz y armonía a modo de ausencia de cualquier perturbación. Nada hay de censurable en esta visión, pero es parcial. Podemos olvidar que la paz es un don de Dios y, más en concreto, del Señor resucitado. Ciertamente, las alusiones navideñas a la paz no ignoran que Jesucristo, Rey de la Paz, viene a traer la paz a los hombres. Sin embargo, hoy en día casi nadie es consciente de que la paz es también el gran don del Señor resucitado. En efecto, tras la resurrección, las primeras palabras de Jesús al dirigirse a sus discípulos, reunidos en el Cenáculo, son «Paz a vosotros». Precisamente este es el sentido principal del gesto litúrgico de darse la paz en Misa. No consiste en un mero saludo para suspender momentáneamente la celebración y aprovechar para expresar mis propias emociones. Tampoco es solamente la oportunidad para, en las ceremonias de mayor relevancia social, compartir mis sentimientos con quien está de luto o de enhorabuena. Se trata, ante todo, de prolongar la paz que el Señor nos trae, con la finalidad de reconocerle, como fuente de este don, vivo en medio de nosotros. Si la liturgia ofrece como facultativo el gesto del intercambio de la paz no es por privar en ciertos momentos a la comunidad de una participación gestual. La ausencia de este signo durante la Cuaresma o el Adviento puede servir, por ejemplo, para relacionar mejor el vínculo entre la paz y Jesucristo resucitado, tal y como aparece en el Evangelio, o para reconocerle como príncipe de la paz en Navidad. De este modo, la propia celebración nos explicita lo que el Señor nos ha dicho con su Palabra.
La alegría de los discípulos
Podemos imaginarnos la situación de los apóstoles tras haber visto a Jesús crucificado y muerto. El Evangelio los muestra con miedo y huyendo. Después de que Jesús les enseñara las manos y el costado, el pasaje dice que «se llenaron de alegría al ver al Señor». He aquí el segundo fruto de la vuelta de Jesús a la vida: la alegría. Esta alegría no se testimonia únicamente en el texto evangélico. También la primera y la segunda lectura de este domingo citan el gozo que viven los cristianos de las primeras comunidades. De ello se hacen eco las oraciones centrales de la Misa, al señalar que gracias al acontecimiento pascual «el mundo entero se desborda de alegría».
La presencia de los signos de la Pasión
Si el domingo pasado el principal indicio de la resurrección del Señor era la imagen del sepulcro vacío, hoy tenemos otro signo: a Jesús se le reconoce por las huellas de su pasión. De no ser porque el Evangelio lo refleja, a nadie se le hubiera ocurrido imaginar a Jesucristo triunfante con los signos de su pasión, como mostrando aún una debilidad. Pero con ello, el Señor quiere hacernos ver que la resurrección no ha cancelado la pasión y la muerte, sino que estas adquieren ahora su verdadero significado. A Tomás las llagas le han valido para realizar la mayor confesión de fe del Evangelio: «Señor mío y Dios mío». Es ahí cuando Jesús pronuncia la bienaventuranza de la fe: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Durante estos domingos iremos comprendiendo cómo el acontecimiento de la resurrección se reflejará en la fe y en la vida de quienes entran en contacto con la Iglesia.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

Alfa y Omega

Papa Francisco: Europa encierra a los refugiados en «campos de concentración»


Francia recuerda a los mártires contemporáneos en su visita a la basílica de San Bartolomé y denuncia la «crueldad» hacia los inmigrantes en una Europa que se encamina hacia el «suicidio» demográfico
El Papa ha recordado este sábado a la mujer de un refugiado asesinada por su fe cristiana a manos de terroristas y denunció la situación de los inmigrantes, en una Misa por los mártires de las «locas ideologías» de las últimas décadas.
Fue durante su visita este sábado a la basílica romana de San Bartolomé, en un isla en el río Tíber, que desde 2002, por deseo de san Juan Pablo II, recuerda a los mártires contemporáneos, entre ellos muchos cristianos asesinados durante la Guerra Civil española o a manos de los regímenes n«Mi mujer no quiso tirar la cruz y la degollaron»
Francisco dejó de lado la homilía escrita y habló de sus vivencias personales a partir de su viaje a la isla griega de Lesbos en abril de 2016. Allí –contó– conoció a un musulmán de unos treinta años y con tres hijos, quien le relató cómo los terroristas habían degollado a su mujer, cristiana, por no renunciar a su fe en Cristo. «Me miró y me dijo: “Padre yo soy musulmán, mi mujer era cristiana, y a nuestro país llegaron los terroristas. Nos preguntaron por la religión. Vieron el crucifijo y le pidieron que lo tirara. Ella no quiso y la degollaron delante de mí”».
«Aquel hombre «no tenía rencor» –prosiguió el Papa– y, como musulmán, «tenía esa cruz de dolor que llevaba adelante sin rencor», refugiado «en el amor de su mujer».
Con tono apesadumbrado, el Obispo de Roma reconoció que desconoce si el hombre y sus hijos siguen en aquel campamento de refugiados griegos que visitó junto al patriarca Bartolomé, de Constantinopla, o si, por el contrario, «fue capaz de salir de ese campo de concentración».
De este modo el Pontífice lanzó una dura crítica a la acogida a los refugiados que huyen de la guerra o la pobreza. «Los campos de refugiados –dijo–, muchos son de concentración por la cantidad de gente que son dejados allí. Los pueblos generosos que los acogen deben llevar adelante ese peso. Los acuerdos internacionales parecen más importantes que los derechos humanos», denunció el Papa, en alusión al arreglo de la Unión Europea con Turquía para que esta se haga cargo de retener a los refugiados que intentan llegar a Europa.
«Una civilización que no hace hijos»
No se quedó ahí el Papa, que criticó también la política de cierre de fronteras a inmigrantes y refugiados. A ella se refirió como una «crueldad» hacia los migrantes además de un «suicidio» para las sociedades con bajo nivel de natalidad, «que no hacen hijos».
«Es verdad –abundó–, nosotros somos una civilización que no hace hijos, pero cerramos la puerta a los inmigrantes. Esto se llama suicidio. Recemos», dijo.
Si en Italia simplemente «se acogiera a dos refugiados por cada municipio, habría lugar para todos», prosiguió. Y pidió que esa «generosidad» que está mostrando el sur –Grecia e Italia– pueda «contagiar un poco al norte» del continente.
 Efe / Alfa y Omega

A los ocho días, llegó Jesús


Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Palabra del Señor.

sábado, 22 de abril de 2017

Carlos Osoro, a los religiosos: "Hace falta una misericordia misionera, y revolucionaria"

Un abarrotado salón de actos de la Fundación Pablo VI acogió esta tarde la inauguración de la 46ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, que este año lleva por título "La Vida Consagrada tras las huellas de la belleza", y que abrió el cardenal de Madrid, Carlos Osoro, quien animó a los religiosos a contemplar la belleza de Jesucristo en los pobres y olvidados de la Tierra.
Carlos Martínez Oliveras, cmf. Director del ITVR, presentó la primera mesa, pidiendo al cardenal de Madrid que, "ahora que está más cerca del Papa Francisco, que ahora le lleve la presencia de la vida consagrada en España". Un deseo que fue recibido con aplausos en la concurrencia, un auténtico ejemplo de intercongregacionalidad efectiva. Y es que en la "Pablo VI" se vivió una experiencia de comunión, y de belleza, que es de lo que se trata en estas jornadas.
"¿Podemos ver belleza en el martirio de los coptos egipcios que sufrieron los atentados? ¿Hay belleza en las pateras que llegan a nuestras fronteras? ¿Se puede hablar de belleza contemplando a Jesús resucitado? Precisamente en ese rostro desfigurado aparece el amor, que llega hasta el extremo, y que por eso se revela más fuerte que el odio y la muerte" señaló el director del ITVR.
En su saludo, Osoro animó a los religiosos a "tomar conciencia de que el Señor va con nosotros en el camino", como los discípulos de Emaús. "El Señor nos regala su pan. Esto es especialmente importante en la vida de la Iglesia y para el anuncio de Jesucristo", recordó el cardenal de Madrid, quien reconoció que "pueden surgir dudas en nuestro corazón, como les pasaba a los primeros discípulos".
"No podemos alarmarnos. Porque lo único que nos dice el Señor es lo que les dijo a los discípulos: ¿tenéis algo que darme para comer? ¿Estamos dispuestos a regalar al Señor lo poco o lo mucho que tengamos, sin mirar o sin que nos afecten las circunstancias que nos afecten en nuestra vida?", se preguntó el arzobispo de Madrid, quien pidió a los consagrados que "prestemos lo que somos y lo que tenemos, y eso es lo que está haciendo la Vida Consagrada. Ir tras las huellas de la belleza, sabiendo que la belleza misma, Cristo, es quien nos acompaña".
En su intervención posterior, el cardenal de Madrid recalcó algunas de las claves de la presencia de la vida consagrada en la Iglesia y el mundo de hoy: "La vida consagrada es un don de Dios para la Iglesia", recordó Osoro, quien incidió en que esta "opción de total entrega no es incompatible con estar presentes en una historia singular y particular de cada pueblo y lugar", junto a los más necesitados, en los lugares donde nadie quiere.

"Sois un don, no una realidad aislada, estáis en el corazón mismo de la Iglesia, como un elemento decisivo de la misión", continuó el cardenal de Madrid, quien ve la vida consagrada "como signo y profecía", de modo que les pidió "seguir regalando a la Iglesia el bello escándalo del amor".
Y a quienes clamó por la "alegría misionera que nos haga salir", y a una "misericordia misionera, y revolucionaria", en mitad de un mundo "que se está retorciendo de dolor". "Tenemos que estar presentes en todos los escenarios. Pero tenemos que ser expertos en la alegría misionera", recalcó, porque "la Iglesia nos pide que nos acerquemos a los que están más lejos, ponernos de rodillas ante los demás para lavarnos, meternos en sus vidas con obras y gestos".
 Por su parte, Mª Rosario Ríos Álvarez, odn., presidenta de CONFER, agradeció la presencia de Osoro y de otros obispos (se vio de Luis Ángel de las Heras, Eusebio Hernández, o Manuel Sánchez Monge), y dedicó su saludo a la importancia de "ir tras las huellas de la belleza que es y está en Jesús y su seguimiento", en esas "pinceladas de la belleza en la comunidad que conoció a Jesús. Frágil, temerosa, que no acaba de entender, y donde Jesús nos prepara para ser comunidad reunida en torno al Señor".
La presidenta de Confer animó a "no apartar la mirada de tantos rostros desfigurados en los que Cristo se hace presente", y a seguir su ejemplo, tratando de pasar "haciendo el bien", lo que se traduce, también, en "acoger a los inmigrantes, crear vínculos con los que se sienten solos, escuchar, reconocer y agradecer lo valioso que hay en cada persona, y especialmente en los que parecen más débiles".
"Todos los que estamos aquí, desde nuestra vida consagrada, podemos enriquecer esas pinceladas de belleza", destacó la religiosa, quien insistió en que "contemplar a Jesús afecta a nuestra vida de consagrados e ilumina nuestro caminar como seguidores de Jesús".
Para Gonzalo Tejerina Arias, osa., decano de la Facultad de Teología (UPSA), el encuentro de esta semana "es un acontecimiento fundamental en la vida consagrada en España, y cada vez con más relevancia internacional", y saludó con esperanza el hecho de que, "después de un largo exilio, la belleza ha vuelto como gran perspectiva de experiencia del misterio cristiano".
"La belleza de Jesucristo es una llamada, a través de la comunión vivida de modo ejemplar, en el seno de la vida religiosa. El Espíritu Santo convoca a aquellos a los que llama, a pisar las huellas de la belleza, que no es otro que Jesucristo", apuntó el teólogo, quien recordó que "estamos convocados por el Espíritu a reproducir retazos de la fascinante humanidad de Jesús", para "irradiar belleza en el entorno eclesial y entre los hombres".
Finalmente, el superior provincial de los claretianos de Santiago, Pedro Belderrain Belderrain, cmf., hizo un repaso de los orígenes de estas jornadas, en 1972, e insistió en la que parece una de las claves de este simposio: "Buscar la belleza, y reconocer en maltratados, asesinados y olvidados, a Jesús de Nazaret".
La Vía de la belleza, a partir de la experiencia simple del encuentro con la belleza que suscita admiración, puede abrir el camino a la búsqueda de Dios y disponer el corazón y la mente al encuentro con Cristo, Belleza de la santidad encarnada, ofrecida por Dios a los hombres paras su salvación.
Esta belleza sigue invitando hoy a los Agustines de nuestro tiempo, buscadores incansables de amor, de verdad y de belleza, a elevarse desde la belleza sensible a la Belleza eterna y a descubrir con fervor al Dios santo, artífice de toda belleza.

Juan José Omella: “No he hablado con el Papa Francisco sobre la independencia de Cataluña”

El arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, no ha hablado con el Papa Francisco sobre el procés o la independencia de Cataluña. En una extensa entrevista con el diario Ara, Omella subraya que "la Iglesia no entra en política", y reclama "trabajar todos juntos por el bien de la sociedad".
"Yo veo que la sociedad está dividida. Tendríamos que procurar evitar todo lo que lleva a la división y al enfrentamiento", subraya el arzobispo, quien reconoce cómo "en la sociedad, unos está a favor y otros en contra". En la Iglesia, añade, "cada uno tiene su opinión, pero como institución tenemos que colaborar en la construcción de la sociedad que ella misma decida. Nosotros vamos con la sociedad, pero no queremos llegar partidos".
¿La Iglesia cree en el derecho de los pueblos a decidir? "La Iglesia no entra en política", responde Omella. "Mi deseo sería que trabajásemos todos por el bien de la sociedad. Como Iglesia queremos la comunión y ofrecemos nuestras manos para trabajar en este línea". El periodista le pregunta, directamente, si ha hablado con Francisco del proceso. "No, no hemos hablado de eso", zanja Omella, quien afirma rezar "por que todo vaya bien. "Deseo un diálogo fecundo, y que se escuche a todas las partes implicadas. El bien común está por encima del bien particular", añade, admitiendo que "la sociedad catalana es una sociedad compleja".
El arzobispo de Barcelona destaca que mantiene una relación "buena y fluida, pero nada más", con los políticos catalanes, y defiende "la separación entre la política y la Iglesia", aunque sí que "debemos colaborar para el bien común. Una sana laicidad es buena, no beligerante contra la Iglesia. No entiendo cuando alguno reacciona atacando a la Iglesia".
En la entrevista, Omella admite sentirse acogido en Cataluña. "Parece que soy de aquí de toda la vida", y aboga por "potenciar la cercanía con la gente, porque si no llegaremos a una sociedad que vive sola". El arzobispo asegura ir en Metro y relata la anécdota de cuando le robaron la cartera. "Me cogí una rabieta... pero después me calmé. Es una prueba de que soy del pueblo, y , como el pueblo, padezco los mismos 'sufrimientos'", sostiene entre risas.
Más en serio, denuncia la "indiferencia que hemos globalizado", y que se refleja "en la política, el trabajo común, el sufrimiento de los que vienen de fuera, las instituciones...". Todo ello, en una sociedad que "ha perdido la alegría, la confianza y la esperanza por un futuro mejor", y que vive una crisis que "no sólo es económica, también social, política, religiosa o de familia".
Preguntado por cómo la Iglesia afronta los abusos sexuales, Omella reclama la importancia de "trabajar en defensa de las víctimas, ayudarlas en sus necesidades espirituales y de reestructuración psicológica". ¿Y pedir perdón? "Es lo que Jesús nos vino a enseñar, porque él murió perdonando. Un cristiano ha de saber pedir perdón". "Poco a poco estamos tomando conciencia de tantas cosas que se han hecho muy mal, y cuando se conocen, se pide perdón".
Sobre la eutanasia, Omella subraya que "la Iglesia no busca alargar una vida innecesariamente, pero la medicina ha avanzado mucho y existen los cuidados paliativos". Sí es tajante en lo tocante al aborto, señalando que "la vida humana no se puede destruir, y menos cuando no se puede defender, que es cuando está en el útero de su madre. Hemos de tener respeto por la vida".
Respecto al celibato, el arzobispo incide en que "no es un problema de casarse o no. Es un problema de fe. Cuando uno descubro a Jesús, es capaz de darlo todo. Como casado o como célibe".
En cuanto a la propuesta de la Iglesia para los jóvenes, la respuesta es clara: "El Evangelio de Jesús. El problema es que nosotros, cristianos, no lo hemos vivido en plenitud y no lo enseñamos a los jóvenes, pero cuando descubren su mensaje, se dejan seducir".
Jesús Bastante

EVANGELIO DE HOY: ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO





Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,9-15):

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.

También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Palabra del Señor